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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El quinto día divisaron el batallón, si bien apenas intercambiaron algunas palabras. Los quinientos soldados Iöron que habían permanecido en Minas de Hierro durante la masacre de la Gruta Real volvían cariacontecidos a su hogar, seguidos por varios centenares de mineros cargados con todos sus pertrechos. Tras estos, los carros de heridos, que transportaban a los más graves, mientras a su alrededor podían verse brazos rotos y cabezas contusionadas. En la mañana del sexto día desde el Castillo Verde arribaron al Lago Chels, donde no quedaba rastro de Sírom y sus hijos, vivos o muertos, pero sí un montón carbonizado de kérveros. Aquella misma tarde rodearon la Gruta Real, donde los Iöron ya habían comenzado los trabajos de recuperación y cremación de cadáveres. Era un soleado día de otoño, soleado no obstante frío, debido a la ausencia absoluta de nubes en el cielo, muy al contrario que el penúltimo día en Gargüid, donde el río Crial se había desbordado, tornando difícil el paso por el pequeño puente del Brezal. Ahora al fin el día era propicio para cabalgar, y al atardecer apareció ante ellos Minas Dirok, donde Carg I se sumaría a su grupo.

–¿Cuántas millas nos separan de la costa sur? –se interesó Sertgón, pues pensaba que las galeras que él debía dirigir ya se encontrarían cerca del punto de reunión, y no deseaba retrasarse demasiado, aun cuando Teerlaí, su segundo, siempre había cumplido sus órdenes sin cuestionarlas.

–Aproximadamente cien millas –informó Rolja–, pero el terreno de Sandor es muy abrupto, como ya sabéis, a consecuencia de las fuerzas que desató el Maras Dokk contra Grishka en el combate en el que este pereció y aquel fue derrotado. Así como deseéis partir de Ardellén, se os entregará un caballo especialmente criado en tal terreno, y en tres días veréis el mal que oculta el antiguo valle. Aún tardaremos un día y medio en llegar al castillo del rey, por lo que al menos serán cinco los días que os demoraréis en tierra.

–Os agradezco vuestra explicación –manifestó Sertgón. Su mirada contemplaba algo que se hallaba muy lejos de allí.

Antes de llegar al anfiteatro natural que albergaba el mercado de Minas Dirok, una columna de caballeros salió a recibirlos. Montaban pequeños y fuertes ponis, y todos llevaban arcos excepto el líder, cuya armadura desentonaba con el resto no solo por lo antigua, sino incluso por lo avejentada que parecía. Pero para los Orondos aquel pertrecho de guerra constituía el más preciado de los tesoros, y el más grande de los desafíos. Era el emblema que el Heraldo había entregado al primer Orondo que se había enfrentado en combate al Caos, y se había constituido en el verdadero estandarte de guerra de su pueblo.

Cuando la visera del yelmo subió, dejó al descubierto los ojos, marrones e inflexibles, del rey de los Orondos.

–Bienvenidos –fue el lacónico recibimiento.

En el campamento, la acogida no fue fastuosa, pero fue todo lo cálida que un pueblo diezmado y aun así dispuesto a seguir adelante sabía ofrecer. Nalma recordaba bien a Carg, hoy rey, entonces un sargento que había combatido junto a los caballeros garguines, llegando a salvar en una ocasión la vida de su padre, cuando una correría de los kérveros lo había sorprendido con una guardia mínima y el Orondo, que venía persiguiéndolos desde Aliranaos, se atrevió a entrar en tierras de Gargüid al ver peligrar la vida del rey. El joven soldado había sido invitado al Castillo Verde y agasajado con toda clase de ofrendas, que había rechazado discretamente. A Nalma le había parecido frio y orgulloso, si bien honesto. Le había sorprendido cuando, rompiendo todo protocolo y para bochorno de la corte, ella le había retado a un combate simulado–como niña que era, había pensado que aquel Orondo, al que aventajaba en altura, no podía ser más que un muchacho–, y él muy respetuosamente había aceptado. Para sorpresa de todos, el combate, o más bien la clase, se prolongó durante horas, pues Carg se había investido de las prerrogativas del maestro de armas y se había dedicado a mostrar a la joven princesa, sin ninguna condescendencia, varios trucos que ella dominó con creciente facilidad. Si antes de aquel día ya tenía decidido su futuro de guerrera, aquellas horas confirmaron que no se había equivocado, que tenía un don para la espada. Con los años, había visto a Carg, luego Capitán Carg, en varias ocasiones, durante visitas oficiales de Gargüid en Arodia o a la inversa, y siempre habían reservado unas horas para practicar, con Nalma como incipiente aportadora de técnicas nuevas, inventadas por ella misma, que Carg sabía apreciar con un gesto de cabeza afirmativo.

Se habían dado las mutuas condolencias, y esta vez no habría cruce de espadas. Acompañarían a Rolja val Armit a Ardellén, jurarían vasallaje y se prepararían para la venganza.

Ya era invierno. A diferencia de la llegada de la primavera, no era una fecha para la celebración; no se recordaba a Avania de las cosechas, ni a Karas de la Paz, ni a Naraendil de la luz; no se pasaba la noche cantando, agradeciendo a los amigos, fortaleciendo lazos. El solsticio de invierno es la noche más oscura, cuando las Constelaciones parecen tan lejanas como si Edeter se hubiese desprendido del hilo que le sujeta al cosmos y se precipitara por un agujero sin fondo. Durante esa noche es imposible cabalgar por la desolada estepa de Sandor, y aun los jinetes más avezados temen exponer sus monturas, incluso haciéndolas ir al paso.

Fue ese y no otro motivo el que les decidió a acampar en mitad de la estepa. Por suerte, habían aprovechado la claridad del día, avanzando tanto como los caballos les permitieron, que fue mucho teniendo en cuenta que, excepto el rey Carg y la reina Nalma, el resto llevaba casi una semana cabalgando, descansando apenas.

–¿Cuánto nos retrasará esto? –había increpado Setgón, cuyos ojos le permitían ver en esa oscuridad casi tan bien como a Carg.

–Saldrremos al amanecer –el Señor Rolja evitó toda inflexión en la voz, a pesar de que probablemente se sentía doblemente molesto; primero, porque él mismo deseaba llegar a Ardellén lo antes posible, y segundo a causa de las constantes muestras de impaciencia del Alfen. Sí, él mismo había derramado lágrimas la primera vez que había visto a esas criaturas de leyenda, pero el Senescal en concreto le parecía más orgulloso de lo que cabía soportar. Comprendía, sin embargo, que no podía hacer nada para ganar tiempo, de modo que se limitó a aprovechar el sueño.

Por la mañana tomaron un desayuno frío y precipitado mientras preparaban sus monturas, y se lanzaron por aquel territorio hostil. Los caballeros sandoreanos entonaron canciones, tan tristes como aquel paraje, pero, como si pensaran que sus palabras podían conformar la realidad, siempre la esperanza asomaba a las letras, y los ojos brillaban con los finales plenos de renacimiento. Poco a poco, y a Sertgón no le pasó desapercibido, el gris estéril dejó entrever claros más verdes, y en lontananza apareció un bosque.

Los extranjeros mostraron su perplejidad.

–Magnífico –reconoció Sertgón Maullé–. ¿Cómo lo habéis logrado?

–Con trrabajo, Senescal, y con mucho tiempo. Este bosque prrotege Arrdellén por el norrrte y por el este, mientras el sur y el oeste están forrmados por grrandes extensiones de alodios, donde los campesinos, librres, cultivan su futurro y el de toda la Corrona. Entrre las dos murrallas del castillo, se encuentrran los campos de cultivo comunales, que suministrran suficiente alimento para abastecer el castillo y desde luego todas las acciones que prronto vamos a emprrender contra los kérrverros. En estos últimos tiempos, cuando la mayorría de nuestrras fuerrzas se hallan concentrradas en los alrededorres, este bosque es alojamiento de innumerrables trropas y perrsonal de intendencia. Los Orrondos tendrán su lugar más al sur, ya dentrro del condado de Dorrón, donde mi padrre ha dispuesto un enclave que esperro que encuentrren satisfactorrio, majestad. Si lo deseáis, yo mismo os conducirré allí trras la audiencia –las últimas palabras fueron dirigidas al rey Orondo, que asintió con gesto grave.

Los cuernos sonaron, y las puertas se abrieron. Armaduras y caballos llenaban a rebosar el patio de armas y, a juzgar por el número de hombres que se apiñaban en él, Rolja dedujo que el resto de los patios se encontraban en la misma situación. Al frente de aquel ejército, vistiendo una imponente armadura negra y empuñando una brillante espada roja, Dranlill bal Tarlá, el futuro rey del reino de Sandor.

Tan pronto como vio entrar a los recién llegados, enfundó su espada y levantó la visera del yelmo. Sus ojos mostraban más decepción que sorpresa.

–¿Qué hacéis aquí, Señor Rolja?, ¡por Karos que os creía luchando contra los kérveros en el norte! Ahora partíamos nosotros.

Tardaron solo unos minutos en poner al príncipe al día de los acontecimientos sucedidos después de que los mensajeros garguines hubiesen partido del Castillo Verde para pedir la ayuda de Sandor, tras lo cual agradeció a Sertgón y dio la bienvenida al rey y a la reina.

–¿Sabéis, por ventura, qué ha ocurrido con los kérveros?, ¿dónde han huído? –preguntó al fin.

–Imagino que a cortarnos el paso, aunque vos sabréis mejor que yo el lugar más propicio para ello –concedió Sertgón.

Todos pudieron ver cómo el rostro del príncipe se iluminaba.

–No hay muchos lugares, ¿verdad? –Sonrió, y durante unos segundos mantuvo esa enigmática expresión; era muy joven a pesar de su imponente presencia. De pronto, cambió totalmente–. Pero disculpadme, os lo ruego, no os he ofrecido la hospitalidad propia de los amigos. Señor Rolja, acompañad a nuestros invitados y luego retiraos vos también a vuestros aposentos. Yo hablaré con mi padre el rey.

Nalma cazó una mirada de Sertgón; ninguno parecía tener una gran estima por las capacidades intelectuales del joven príncipe; pero la guerra se acercaba, y también se necesitaban guerreros capaces de dirigir a los hombres. Brim Tarlá era suficiente garantía para la estrategia.

Se alejaron por un perfecto pasillo que se había abierto de inmediato entre los caballeros. Después de que hubieron desmontado, se hizo evidente que los sandoreanos no iban a hacerlo; solo el Señor de Dorón permaneció junto a ellos. Les llevó a un edificio donde varios donceles y doncellas se ocuparían de mostrarles sus habitaciones.

–Señor Rolja, cumplid vuestra palabra y pedid audiencia con Su Majestad Brim Tarlá. No es tiempo lo que me sobra. Decidle que Sertgón, de la casa Maullé, descendiente de Orofín y Senescal de los Alfens desea parlamentar con él.

En la mirada del caballero podían leerse sentimientos contradictorios, pero por un momento pareció pesar esa clase de temor que se profesa a los espíritus grandes.

–Así se hará, insigne guerrero –prometió, y modificó su camino con agilidad.

Cada segundo que pasaba crecía su seguridad de que la prontitud con que le habían concedido la audiencia era consecuencia directa de sus títulos. Por supuesto, su saga era la segunda en importancia entre los Alfens –si esto era realmente así, y no la primera, puesto que tanto la de los Senescales como la de los Señores se iniciaba en un mismo personaje–, y los Alfens, la raza elegida por Madrivo. Un rey humano, aun cuando fuese descendiente directo de Grishka –y esto era más bien dudoso–, se sentiría apabullado ante su árbol genealógico. Ello le habría llevado a concertar tan rápidamente aquella entrevista, tanto que el Alfen había tenido apenas tiempo de terminar de desprenderse de su armadura dorada. Pocos instantes después, el Señor Rolja le conducía por los pasillos hasta la puerta de la Sala de Audiencias de Su Majestad, cuyo umbral no traspasaría. La hoja metálica se abrió sin ruido, y dejó ver una estancia oscura en la que penetró sin vacilar.

Poco tardaron sus ojos en habituarse a la penumbra, y pronto distinguió una tarima escalonada, en cuyo cénit se situaba un trono ocupado por un anciano. Continuó andando, y no se detuvo en el primer escalón, sino que continuó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los del rey sentado. Mucho se sorprendió cuando aquel hombre, todo naturalidad, se levantó esgrimiendo una sonrisa, haciendo imposible la igualdad, dada su altura aventajada.

–Veo que no os impresiona. –Abarcó toda la estancia con un solo gesto–. Naturalmente, no esperaba menos de vos.

Aquella sinceridad hizo que por un instante Sertgón bajara la guardia, y fue demasiado tarde cuando se dio cuenta del significado de sus palabras.

–Vos me habéis impresionado más que todo vuestro montaje.

Brim Tarlá sonrió, complaciente. Sertgón pensó que aquella era la oportunidad de resarcirse de su error.

–Pensé que erais un reyezuelo loco, aunque ahora me conformo con pensar que sois un verdadero rey con un sueño utópico.

Ambos sabían a qué se referían sus palabras, y por eso no dejó de sorprenderle la reacción del rey de Sandor.

–¡Un sueño utópico! Y lo dice quien se hace llamar Senescal de los Alfens, un pueblo separado antes de la desaparición de la propia Corona.

El carácter de Sertgón se reveló de nuevo.

–¿Quién creéis que sois para dudar de mí? –Por un instante deseó no haber dejado su espada en la habitación.

Sin perder la sonrisa, pero ya sin reír, Brim Tarlá comenzó a bajar los escalones, hasta que sus ojos profundos se encontraron mirando a Sertgón de igual a igual. El Alfen se serenó al instante.

–Yo no dudo de vos, así como vos no debéis dudar de mí –aquellas simples palabras bastaron para que Sertgón sintiera un escalofrío a lo largo de su espalda. Las siguientes le hicieron perder toda compostura–. Sois muy joven, y no comprendéis muchas cosas. No comprendéis por qué vuestro amigo, vuestro hermano, debe sacrificarse por todos, y por ello os encamináis a una guerra que bien podría ser suicida; quizá lo logréis, con un Senescal como vos, pero de cualquier forma caerán miles de Alfens.

–¿Cómo podéis saber todo eso sobre mi pueblo, sobre mí? Decís que no comprendo, ¿acaso comprendéis vos, comprendéis el porqué del sacrificio de espíritus grandes? Creo que no. –Mientras hablaba había bajado los escalones, intentando ocultar las lágrimas que tiempo atrás había jurado no derramar. Por eso no vio cómo las derramaba aquel anciano al que acusaba.

–Hoy mismo, poco después de la salida del sol, he perdido un amigo, mi único amigo desde hacía siglos, que se ha sacrificado por todos nosotros para hacer posible nuestra libertad. Vos le conocíais; su nombre fue Gôlfang, Led a Nerín, el Portador de la Palabra.

¿Qué se podía responder a aquello? Nada, y por eso calló, y dejó correr sus lágrimas sin hacer nada por evitarlo.

Aquellos minutos habían sido los más largos de su prolongada existencia. Las palabras del anciano no tenían sentido. Siglos. Gôlfang su único amigo. Muerto. Y sin embargo las creía, sabía que eran ciertas; pero, entonces, ¿quién era aquel hombre que había llorado junto a él? No Brim Tarlá, no eso solo. ¿Un espíritu? No, los espíritus no se presentaban así, él lo sabía bien desde hacía poco tiempo. Intentó hablar, necesitaba decir algo, pero sus pensamientos eran tan irreales que las palabras no bastaban a expresarlos. Cuando unas palabras se hicieron conscientes en su mente, supo que no eran suyas. Su Majestad Brim Tarlá, rey de la Corona de Sandor, estaba hablando.

–Has escuchado cosas que tal vez no deberías saber aún; solo quiero confiar en tu discreción.

Sertgón enseguida percibió el cambio de tratamiento, y también él cambió.

–Puedes estar seguro de que no revelaré lo que hoy he oído… Grishka.

Los labios del reencarnado monarca se extendieron en una sombra de sonrisa. Ahora ya no era necesario fingir, y no lo deseaba; reír le desgarraba por dentro.

–Ahora saber que no solo los problemas de los Alfens son importantes, y que ninguno está aislado en esta guerra. No soy la única persona que he vuelto, y tampoco Orofín, ¿verdad? Sí, sentí su presencia hace poco, y también en Gargüid alguien se ha ido recientemente. –En otro aquella expresión hubiese parecido nostalgia.

–Sí, ahora lo sé, pero eso no significa que no sean urgentes, y como bien dices, podrían ser decisivos para todos.

–Bien, bien, me alegra que nos entendamos. Has venido hasta aquí para hacer una petición. Te escucho –ofreció, mientras volvía a su Trono.

–Majestad, no sé si debo revelaros el objeto de mi misión; hay cosas que ni tú comprenderías… tal vez sí, si es cierto que has venido para reconstruir esta fortaleza. Es posible que seas el único en poder comprenderlo entre los de tu especie.

El rey lo miró con amarga ironía.

–¿Es la humana mi especie? ¿Después de pasar casi mil años en la Lomba? ¿Después de ver a Bedrom dos veces? Yo solo vivo por el Equilibrio, así lo dice la profecía que los Alfens hicisteis tan popular. Por cierto, seguro que jamás antes pensasteis que el nombre de Grishka pertenecería a un hombre.

–Pero Grishka ya cumplió su destino –eludió el tema, centrándose en lo importante–. ¿Lo cumplió, verdad?

Los segundos que transcurrieron en silencio se le hicieron ilógicos ante una respuesta que debería ser evidente.

–No lo sé. No sé por qué he vuelto. –Por primera vez, Sertgón pudo leer en sus ojos incertidumbre, por detrás de aquella seguridad que imponía su presencia–. Estoy aquí, y Tarkión dominó la noche. Para algo serviré. Quizá solo para engendrar a alguien que continúe mi labor.

Sabía que se refería a Dranlill. El motivo debía ser otro. Se abstuvo de comentarlo.

–Bien, Sertgón, pide lo que deses, y si está en mi mano te lo daré; si no es así, extenderé mis dedos hasta alcanzarlo. –Con aquella simple y usada frase, el rey le trajo al presente y a las posibilidades más reales.

–Majestad, deseo pedirte permiso para cruzar las tierras bajo tu dominio hasta el Mare Flamígero. –Ocultó el propósito, que decidió personal. El rey no se mostró afectado, solo lo miró con su gravedad habitual y asinttió.

–Se te dará un caballo, y un guía si lo necesitas –concedió.

–Con el caballo bastará, mis agradecimientos.

El rey asintió de nuevo. Sertgón estaba dispuesto a despedirse, pero Brim Tarlá continuaba fijándolo con la mirada. El anciano rey habló tras varios latidos.

–Entonces es mi turno de peticiones –comenzó.

–Si está en mi mano… –ofreció, pero su expresión se tornó en asombro cuando escuchó las palabras del rey.

–Os pido vuestro ejército. –Sertgón Maullé lo miró de hito en hito para asegurarse de que no bromeaba. No lo parecía–. Es decir, utilizar vuestro ejército para una maniobra de distracción, que no supondrá que entre en batalla ni que se pierda ni un solo Alfen.

Tardó solo unos instantes en responder.

–Desearía conocer el plan con detalle, pero tengo otra misión más urgente que realizar. No obstante, confío en tu palabra; sin embargo, el ejército Alfen de tierra se encuentra al mando del Señor Ose a Laraí, por lo que os conmino a que os pongáis en contacto con él. Si le parece que no altera gravemente nuestros planes y que se puede ejecutar, yo le respaldaré. Es todo cuanto puedo hacer –ofreció.

El rey asintió.

–Me basta. He redactado un documento en el que, si estás de acuerdo, le informo de tu conformidad; solo tendrás que leerlo y firmarlo. –Hizo un gesto con la mano de arriba abajo, y Sertgón tuvo que esforzarse para descubrir una cuerda que parecía más un hilo. Una puerta se abrió a la derecha, y un hombre penetró en la estancia. Al acercarse, extendió un pergamino ante el Senescal.

Lo leyó. Antes de que pudiera mediar palabra, se dio cuenta de que otros dos hombres entraban y se situaban a su lado; uno portaba una vela verde. El otro, un bulto envuelto en un pañuelo. Al retirar este, se dio cuenta de que era su espada.

–Nadie la ha empuñado, os doy mi palabra –intervino el rey ante la airada expresión del Senescal–. El tiempo apremia, es bien cierto. Sellad el pergamino, si os place. Ya os espera un caballo en los establos.

Partió. Partió con la seguridad de que el terreno que pisaba ya había sido hollado, amado incluso, por sus antepasados. Sí, Brim Tarlá, o Grishka, había construido un gran imperio en Sandor, mas los Alfens habían habitado aquel erial, otrora partícipe de un vasto prado de colinas y valles, de ríos y vados, mucho antes de que el primero de los humanos hiciese su aparición en Edeter. Por otro lado, poseía otra certeza, y esta embargaba su esencia, inundándole de temor: los Alfens, los Elegidos, los Primeros, habían abandonado su tierra, su bosque, su valle, y ahora era el momento de enfrentarse con aquella traición. ¡Cuántas traiciones en el seno de los que debieron haber sido perfectos! El negro corcel dio un gran salto para salvar una especie de abismo, aunque eso no sacó a Sertgón del suyo, en el cual sus pensamientos vagaban oscuros y desorientados. Su silueta encapotada desapareció tras un peñasco. Su áureo pelo enmarañado fue lo último que se vio de él, ondulado y agitado bajo el viento sureño de Shûgra, introduciéndose en la noche.

De esa guisa prosiguió su camino Sertgón Maullé, hasta el día siguiente, cuando el sol Naraendil se hallaba en su cénit invernal, oculto tras densas nubes de lluvia; el olor con el que creció inundó paulatinamente sus pulmones, y sus ojos dorados contemplaron el mar desde la cima de los nuevos acantilados.

Cuando desmontó, no necesitó mirar atrás para saber que el caballo había huido, como no necesitó un segundo pensamiento que le indicase lo que debía hacer.

Incluso el mar contuvo la respiración de sus mareas cuando aquella centella hendió su espumosa superficie.

Mentecato, había sido la primera palabra que se le vino a la cabeza, y desde luego no sería la más fuerte que definiera a Dranlill. En aquel momento se le ocurrían varias docenas de epítetos con que calificarle, entre los que podrían destacarse el arrojo suicida, inepto para el mando, escasa locuacidad por desconexiones entre ideas… La Corona no duraría mucho una vez desaparecido Brim Tarlá, y para Nalma solo existía una solución; la habían criado para ser reina.

No obstante, el momento no era el más propicio para cortes amorosos o juegos de seducción –algo que, por otra parte, ella aborrecía desde lo más profundo de su ser–, y la cuestión que se exponía en aquella sala era demasiado importante como para desviar la atención hacia cualquier otro asunto. Se encontraban reunidos los notables de los tres reinos que conformaban la Corona de Sandor, y entre ellos, además de Dranlill y ella misma, se encontraban el rey Brim Tarlá, presidiendo la enorme mesa rectangular, y el señor Prejat, vistiendo un atuendo sencillo y mostrado un semblante alegre, distorsionado por unas bolsas amoratadas bajo los ojos que indicaban lo intempestivo de la hora, madrugada aún. Cabía mencionar además la presencia del monarca de los Orondos, Carg I, que, si bien había entrado con la cabeza adornada con la corona, inmediatamente se había desembarazado de ella, la cual podía verse aparentemente olvidada en una silla.

Desde el inicio de la reunión, Brim Tarlá había sido el único dueño de la palabra, exponiendo algunos casos desconocidos para la mayoría, tales como la partida del Senescal, o el consentimiento de este para la utilización de su ejército de Alfens. Era ahora cuando se acercaba al centro de la espiral.

–Por lo tanto, la pregunta es la siguiente: ¿qué harán los kérveros cuando sepan que un ejército de miles de Alfens se dirige hacia el sur? –Por la expresión de sus ojos, ya conocía la respuesta, pero aún así dejó que ellos la dieran.

–Tratarán de aniquilarlos –respondió el conde Prejat–, se replegarán hacia el sur y el oeste, dejando una pequeña extensión de terreno entre el río y ellos, pues es seguro que piensan que dominan el único paso del Boureanaur, y cuando los Alfens lleguen a este terreno, caerán sobre ellos sin dejarlos ninguna vía de escape.

–En efecto. De hecho, ya han comenzado a replegarse, si bien no con todo su ejército, y es importante para nosotros que lo hagan, para poder asestarles el golpe definitivo.

A pesar de la constancia de la sensated de Brim Tarlá, la princesa Nalma no dejó de inquietarse por aquellas palabras.

–Bien es verdad que no conozco exhaustivamente la geografía que rodea ese paso, mas si está dentro de la estepa, el terreno será abrupto y los caballos no podrán maniobrar con comodidad. La ventaja es de los kérveros, que son mayor número y no necesitan caballos, además de que su altura les permitirá desjarretar a los nuestros con facilidad. Por otra parte, el que dejen un espacio entre ellos y el río va contra nuestros intereses y es el contrapeso del factor sorpresa.

–Por Grishka que razonáis con sensatez, y cuanto habéis dicho es bien cierto –intervino de nuevo el conde Prejat.

–Ese es, en efecto, el punto más débil del plan. Necesitábamos a los Alfens para que los kérveros se replegasen hacia el sur, pero esto era un problema a la hora de atacar. Mas ya todo está resuelto, creo que con buen tino. Esta noche envié doscientos caballeros vestidos con armaduras similares a las de los Alfens, y estos servirán de anzuelo a los kérveros. Ose a Laraí hará un movimiento repentino de tropas hacia el sur, de modo que los vigías kérvicos apenas tengan tiempo de ver lo que sucede y acudan a informar a Luobo, pues es Luono en persona quien comanda este ejército. Cuando vean a los doscientos jinetes, creerán que es una avanzadilla a la que no atacarán. No obstante, los caballeros fingirán haber descubierto la estratagema y tocarán los cornos de advertencia. No dudéis un instante de que Luobo ordenará atacar, entonces, creyendo que la presa escapa, y mandará a parte de sus tropas a hostigar al ejército alfen… un ejército que no estará allí, pero que servirá para que sus fuerzas queden divididas.

–¿Y qué sucederá con la avanzadilla? –se interesó el rey Carg–. Quedarán totalmente expuestos.

–No, si antes hemos tomado el puente –un murmullo de admiración corrió entre los sandoreanos, algo que no pudieron compartir ni Nalma ni Carg. Fue la princesa quien habló.

–¿Y cómo pretendéis tomarlo sin desbaratar la sorpresa?

Brim Tarlá sonrió, pero fue Dranlill quien dio contestación al interrogante.

–Desde hace meses hemos infiltrado caballeros en el Castillo Crítaler a través de caravanas de supuestos mercaderes. Existe un paso cerca de De Corbelli por el que parte de los caballeros cruzaban a Dorfen Hond, para después integrarse en las caravanas; el sitio de Crítaler no es sino una farsa, y por algunas monedas se puede entrar y salir sin que nadie te moleste. Ahora hay un verdadero ejército de caballeros, casi cinco centurias, dirigidas por el eminente Marqués de Arheim. Solo esperan nuestra señal para alzarse en armas –El príncipe guardó silencio para dar la palabra a su padre.

–El Señor Rolja ha sido el encargado de enviar esa señal, y a estas horas ya cabalga hacia allí, con toda su gente y tres caballos de refresco cada uno.

La sala quedó entonces en un silencio engañoso, pues las miradas de todos los presentes reflejaban su conformidad y su anhelo. No eran palabras lo que deseaban derramar en ese instante. Mas Nalma lo hizo.

–Majestad, vuestra visión para la guerra me abruma, mas necesito conocer los detalles de vuestro plan, entre ellos, quizá el más importante, el cuándo de la ofensiva.

–Todo el ejército de Sandor está preparado. En cinco días comenzará todo –anunció en tono triunfal.

–Majestad, cinco días no son suficientes para que el ejército de Gargüid llegue hasta el campo de batalla. Necesitaré al menos ocho días para preparar el ejército, y tres para unirme a vos. Si no me engaño, buena parte de la milicia de los Orondos tampoco llegará a tiempo.

–No os inquietéis por ello, nunca imaginé que la batalla fuese a durar un día, si bien seis me parece un tiempo excesivo. Os concedo ocho para llegar, de modo que pasemos tres sin vos y vuestro ejército –su orden no dejaba lugar a réplicas, y desde aquella noche Nalma era vasalla de Brim Tarlá.

–Majestad, ¿podréis aguantar tres días?

–¿Aguantar? ¡Vamos a iniciar una ofensiva, por Karos! ¿Quién habla de aguantar? Como bien dijisteis, nuestra caballería no puede desplegarse en un terreno como la estepa de Sandor, y por ello hemos de esperar el momento idóneo. El primer día atacaremos con seiscientas lanzas, grupos reformados y sin escuderos, compuestos por un caballero, dos arqueros y dos jinetes ligeros armados con espadas. En total dos mil arqueros, entre Orondos y sandoreanos reclutados entre las aldeas, y tres mil de los mejores caballos de Sandor, casi tan arrogantes y orgullosos como los raahami que luchan junto a los Alfens. Decidme, Majestad Nalma, ¿qué podrá hacer un desorganizado ejército kérvico, separado en dos por añadidura, ante esta fuerza de escaramuzas? Estas lanzas son como saetas, con la ventaja de que después de clavarse se pueden retirar y volver a lanzarse.

–Como un enjambre de mosquitos mordedores –puntualizó el conde Prejat riendo, y todos compartiendo su humor, de modo que cada uno mostró una sonrisa o estalló en una carcajada, según su ánimo.

Cuando todos se hubieron desahogado, Brim Tarlá continuó.

–Solo cuando el ejército kérvico vuelva a reunirse utilizaremos a la caballería, pues debéis saber que la orilla del Boureanaur es llana durante más de cien metros, y así atacaremos por los flancos en terreno favorable, mientras las lanzas y el ejército Orondo, junto a la infantería, lo hará por el centro tratando de volver a romper el ejército, rodeando así ambas mitades. Si empujamos con suficiente intensidad cuando nuestras fuerzas estén al completo, la corriente del Boureanaur arrastrará muchos cadáveres sin trinchar, pues los kérveros no se destacan por su destreza en el agua.

La princesa Nalma no se mostró tan optimista como él.

–Majestad, ¿por qué hemos de esperar a que los kérveros se reagrupen? Si comenzamos la ofensiva una semana más tarde, todas nuestras fuerzas se encontrarán en disposición de aniquilar a ambas partes consecutivamente.

Brim Tarlá asintió gravemente, pero sus ojos no mostraban asentimiento, y sus palabras reafirmaron a sus ojos.

–Bien es verdad que podría hacerse así, mas los Alfens no pueden retrasarse una semana. –Se reclinó en su silla, apoyando su mano en la barbilla, como si hubiese finalizado de hablar. Permaneció así unos instantes antes de continuar–. Además, si no esperamos a que se reagrupen, corremos el riesgo de quedar entre dos flancos, sin posibilidades de escape ni de presentar batalla. Sería una carnicería.

Nalma escuchó un instante, y luego comenzó a reír. Los demás la miraban sin comprender.

–Ahora entiendo lo que pretendéis, Majestad. Merecería dejar la corona de reina por no haberme percatado de lo obvio. Esas lanzas de las habláis son una estratagema para que, a la vez que se hostiga a una parte del ejército, la otra acuda con rapidez, con el consiguiente agotamiento, mientras nuestras fuerzas están prácticamente intactas. Esos tres días…

–Esos tres días atacarán las lanzas, en efecto –terminó con una sonrisa–. Pero basta ya de vacilaciones. Partid inmediatamente y traednos vuestros ejércitos, pues, ¿qué otra opción tenemos a la guerra? Ninguna, así pues, aprovechemos nuestras ventajas.

Y con aquellas palabras y un murmullo de asentimiento, se acordó en Ardellén la que sería la primera ofensiva contra el caos, anterior incluso a la previamente planeada ofensiva de los Alfens.

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