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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Nadie conformaba una excepción a la opinión general. Todos y cada uno de ellos solo lo creían porque lo habían visto, e incluso así jamás hubieran podido concebir que en plena noche, y frente a un solo guerrero, los kérveros retrocederían… y, no obstante, había ocurrido. La aparición de aquel zulfo había bastado para ahuyentar a unos enemigos que se habían mostrado implacables durante más de una semana.

En la última hora solo habían podido avistarse ocasionalmente algunos pequeños kérveros, prácticamente desarmados, que sin duda hacían las veces de espías, vigilando los movimientos del nuevo personaje. En aquel instante permanecía en pie, hablando con algunos caballeros.

–Señor, vuestra llegada ha sido oportuna –aseguró el general Galader a Sertgón–, y gracias a vos se han salvado muchas vidas, por el momento al menos. No obstante, me temo que pronto nos veremos sometidos a un ataque sin contemplaciones, y me atrevo a ofreceros un lugar en nuestras centurias.

El general acababa de llegar de su posición al mando de la quinta, y todo lo que sabía de la irrupción de Sertgón en el desfiladero era por la voz que escuchó y por los rumores extendidos entre los caballeros.

–General, no estoy solo, ni siquiera ahora –aseveró–. Mis arqueros se encuentran apostados en varias cimas, pero pronto serán miles los Alfens que me acompañarán. –Era tal su seguridad que el general no acertó a desconfiar.

–Mi Señor, ¿puedo tener el honor de saber con quién estoy hablando?

–Mi nombre es Sertgón, de la Casa Maullé –anunció, aunque en la expresión del general no se reflejase cambio alguno–. Senescal de los Alfens. –Y ahora sí el rostro de Galader se transmutó por completo. O estaba loco, o aquella afirmación les acarreaba mucha suerte.

El sonido de decenas de cuernos provenientes del desfiladero hizo imposible la duda, y durante varios minutos el suspense heló el corazón del general, que despertó al alborozo al escuchar el golpeteo rítmico de los cascos de miles de caballos al galope y desencadenó una risa entusiasta cuando al fin aparecieron los estandartes alfens, desplegados y ondeando al viento del sur, cada uno portado por un guerrero de largo cabello, montados sobre sillas doradas y tocados con brillantes yelmos.

–¡He aquí la vanguardia del ejército Alfen! – gritó Sertgón–. ¡Acercaos, siervos del Mal, esbirros del Caos, y veréis qué pronto vuestras esencias aparecerán en las Imflömbs!

Aproximadamente a un tiro de flecha se escuchó una voz imperativa, una voz en lenguaje Arëdro, y, en perfecta sincronía, ochocientas saetas rasgaron la noche, produciendo un zumbido que en algunos corazones se tradujo como victoria. De la oscuridad extrajeron aullidos de dolor y muerte.

Varios minutos transcurrieron hasta que los restantes arqueros llegaron, y tras ellos desfilaba la caballería, precediendo a los infantes. Al frente de todos marchaba Ose a Laraí, que se dirigió al general sin titubeos.

–Señor, el tiempo es para nosotros imprescindible, y por ello os ruego que nos conduzcáis al Senescal y a mí a presencia de vuestro monarca, con el objeto de solicitarle permiso para atravesar vuestro reino. –Aunque parecía una petición, la sola presencia del alfen hacía difícil la negativa.

–Será un honor, Señor; tan pronto como sea posible, yo mismo os acompañaré –prometió.

–Adelante, pues. –Espoleó su montura, seguido inmediatamente del Senescal.

El general Galader no hizo ningún movimiento.

–Señores, los kérveros…

–Los kérveros ya se han retirado, os lo aseguro; tras confirmar mi presencia y la del ejército de Blakari, huyen hacia un lugar momentáneamente seguro, y ya han mandado mensajeros a Thrasgok para preguntar lo que deben hacer –aseguró Sertgón–. Entenderé que antes de partir deba dar alguna orden a sus subordinados, que de momento podrán compartir el reposo y las provisiones de Blakari –ofreció.

–¿Es que esa estúpida mula no puede galopar, por Karos?

Amdácad soltó algo similar a un bufido y espoleó su caballo, que emitió un sonido demasiado parecido al del caballero. Se distanciaron unos metros del jovencísimo escudero y de su montura, agotada tras la cabalgata desde el río. Fue solo un impulso, porque enseguida permitió que le alcanzasen; a pesar de todo, no los dejaría solos en aquellos parajes, a pesar de la relativa proximidad del castillo.

Fue mientras giraba la cabeza cuando vio a los jinetes que venían del norte. Los primeros rayos del círculo rojo que asomaba entre las nubes de tormenta bastaron para identificarlos como caballeros garguines. Dos, concretamente. A juzgar por su aspecto y el de sus monturas, debían haber cabalgado durante mucho tiempo.

Amdácad detuvo su montura –la de su escudero se había detenido otra vez–, en espera de que los dos hombres llegaran hasta él. Aún transcurrieron algunos minutos hasta entonces. A medida que se acercaban, el joven pudo apreciar que su aspecto era peor de lo que le había parecido. Ambos habían perdido el yelmo, y del resto de la armadura solo conservaban la coraza, las grebas y, uno de ellos, una escarcela. Amdácad pudo observar que donde le faltaba esta, la larga cota de mallas sufría un desgarrón, cuyos bordes metálicos aparecían ensangrentados. La coraza del otro caballero lucía innumerables abolladuras.

–Saludos, caballeros –se adelantó–. Mi nombre es Amdácad, y soy el protector del Venerable Gôlfang durante su estancia en Gargüid. ¿Puedo preguntaros qué empeño os conduce?

Los dos caballeros se detuvieron y le observaron con cansancio. Si habían entendido el sentido de sus palabras, no hicieron la menor demostración. Tras unos breves instantes en el que el más joven tomó un sorbo de agua, por fin rompió el silencio.

–Somos mensajeros del General Galader, y nos dirigimos al Castillo Verde para solicitar el auxilio de la reina. Acompañadnos o permitidnos continuar, Señor Amdácad.

Incluso la montura del joven escudero resistió la marcha, no demasiado alta tras dos noches y un día de cabalgata de los caballeros; al menos hasta el Cerro de la Advertencia, donde se detuvo y se negó a dar un paso más.

“Mensaje del General Galader”, había dicho el mayordomo de palacio, y ni siquiera él había podido contener la emoción. Los cuatro personajes que se encontraban en la Sala del Trono de Gargüid compartieron el sentimiento, incluso el alto caballero sureño, vestido con la negra armadura del renacido reino de Sandor. Tanto la reina como el alférez Balamó esperaban impacientes la llegada de los dos portadores de nuevas.

–Ahora apoyaréis mi decisión de permanecer en Gargüid por el momento, Señor Rolja –solicitó repentinamente Nalma.

–El tiempo corre, Majestad –fue su escueta respuesta. Desde que partió de la fortaleza de Ardellén, había deseado regresar a ella, cumplida su misión y colmado de honores. Dos reyes le acompañarían, y la Corona volvería a renacer en el instante en que ambos jurasen vasallaje a su eminente Majestad Brim Tarlá… mas desde el principio las cosas se habían complicado: primero, los soldados perdidos en Arodia y luego los caballeros casi exterminados en Gargüid, el rey Dámjala incluido. Confiaba en que el futuro inmediato no complicara más las cosas.

Las puertas se abrieron y dos caballeros penetraron en la Sala, postrándose de inmediato.

–Bienvenidos a vuestro hogar –recibió la reina, lo que provocó que los fatigados rostros de los caballeros se iluminaran.

–Por mi nombre, Bérilad, entrego a vos mi vida y mi espada, para que dispongáis de ellas como hizo vuestro difunto padre, Karos lo acoja –ofreció el más anciano. De inmediato, Develan, el más joven, repitió la fórmula de fidelidad.

La reina aceptó levantándolos con sus propias manos y golpeándolos en el hombro con su propia espada. A continuación, volvió a su trono.

–Caballeros, escuchemos el mensaje.

Los hombres recuperaron su expresión amarga; Develan, el menos fatigado de los dos, fue quién tomó el peso de relatar la situación y de transmitir las peticiones del General. Su rostro se mostró apesadumbrado por las noticias acerca del Señor Coria, el más joven de los hermanos de su padre, y con quien había mantenido una relación más sólida; aún recordaba las primeras clases de equitación. Compartió brevemente su dolor con Balamó, el último de los hermanos Niría, y con el hijo de aquel. Luego retornó a su deber de monarca.

–Ya habéis escuchado la situación; si no actuamos pronto, muchos más hombres morirán, y eso es algo que no pienso permitir.

–¿Qué haremos, Majestad? –interrogó el Alférez.

–Solo nos queda una salida. El único ejército que hay ahora mismo dispuesto para el combate es el de las amazonas; conmigo al frente, cabalgaremos directamente hasta la cordillera de Anuro, cogiendo entre dos frentes al ejército kérvico. Mientras, solicito del Señor Rolja la ayuda de Sandor; ignoro cuánto tendremos que aguantar, pero esperaremos su llegada.

–Sin embargo, así queda desprotegido al castillo y casi todo Gargüid –objetó el alférez.

–Bien sabéis que no se han oído noticias de grandes tropas de kérveros a este lado del Boureanaur, exceptuando aquella a la que os enfrentasteis con total éxito en la Gruta Real –refutó la reina–. En todo caso, los infantes, junto a los doscientos caballeros que quedan aquí, serán fuerza suficiente contra esos pequeños grupos.

–Contad con el apoyo de Sandor, Majestad; ahora mismo enviaré a dos de mis caballeros con la petición –dispuso Rolja–. Si me lo permitís, yo mismo con el resto de mi gente os acompañaremos hasta la Cordillera y lucharemos junto a vos.

La reina asintió y dejó escapar una sonrisa, que no ocultaba su preocupación.

–Siendo así, dentro de dos horas partiremos, al mediodía; será una dura jornada, pero mañana a estas horas sabremos si Karos tiene a bien concedernos la gloria. Sí, Balamil, me acompañará –se apresuró, al ver adelantarse a su cohermano.

Nalma Niría salió de la Sala como la reina que era; en su interior, palpitaba el deseo de demostrar la valía de sus amazonas y el no menos intenso de vengar la muerte de su padre.

La galerna estallaría de repente, sin avisar, alcanzando de lleno a las cuarenta centurias de caballeros garguines que habían partido por la mañana, tras dos noches y un día de reposo. No afectó a la vanguardia de ese ejército, que ahora, llegado el ocaso, saludaba a los dondiegos que comenzaban a abrirse, cubriendo una amplia zona a ambos lados del camino que pronto desembocaría en el páramo. Los diez caballeros que acompañaban al general Galader se situaban en una columna paralela a la constituida por los arqueros Alfens, al frente de la cual cabalgaban Sertgón y Ose a Laraí.

–Señor Ose, sé que no os mostráis de acuerdo con mi actiuación frente a los kérveros, y lo comprendo, no estoy de acuerdo, pero lo comprendo –era la primera vez que podían intercambiar ideas con un mínimo de intimidad–. No obstante, debemos hablar de una cuestión que en el futuro te afectará más directamente a ti que a mí. –El Señor Ose lo miró inquisitivo, pero no le interrumpió. En todo caso, Sertgón ya había comenzado a exponer la cuestión–. ¿Qué creéis que ha ocurrido para que los kérveros se hayan retirado sin lucha?

–¿Que te temen? –ensayó el sarcasmo–. Lo ignoro, Senescal, aunque me inclino a pensar que se trata de una encerrona. Probablemente hayan neutralizado todos los pasos del río Boureanaur, excepto el que les permite mantener la comunicación terrestre con Thrasgok, de donde obtendrán refuerzos.

–Sí, algo así pensé; en ese caso, disponemos del factor sorpresa.

–El ejército de Sandor. Sin embargo, preferiría tener un paso que llegase hasta Dorfen Hond, de modo que los kérveros esperasen en vano. Brim Tarlá atacará con nosotros o sin nosotros, y preferiría no perder efectivos antes de juntarnos con nuestro ejército del mar; si debemos luchar, desde Dorfen podríamos coger al ejército enemigo entre dos frentes. De cualquier forma, debemos esperar hasta llegar al Castillo Verde y hablar con la reina.

El páramo apareció tras una colina pelada y terrosa, solo habitada por una encina centenaria, retorcida y achaparrada. Los jinetes apenas la observaron unos instantes, sin detenerse. Sin embargo, los dos caballeros que marchaban en la vanguardia, a varios cientos de metros, descendieron de sus caballos y luego uno regresó al galope; tras intencambiar algunas palabras con el general Galader, este se reunió con los dirigentes Anfens.

–Señores, se han descubierto huellas recientes de kérveros, y no se descarta que estos se encuentren en uno de los oteros, vigilando nuestra marcha.

–¡Beledil! –llamó Ose, y un arquero salió de la columna y se acercó haciendo lucirse a su montura–. Examina esas huellas, y dime si observas algún signo reciente de la presencia de kérveros.

El arquero tardó solo unos minutos en ir, examinar las huellas, cambiar impresiones con el caballero, y volver.

–Las huellas son de entre dos y cinco horas, las más recientes, pues hay otras que se remontan a dos días. Al parecer, hoy han pasado dos grupos de kérveros, el primero de ellos acompañado por lobos. Estoy casi seguro de que partieron hacia el sudeste, pero hay un puesto de vigilancia en aquel cerro, cien individuos, calculo, todos ellos kérveros –señaló una elevación de tierra más baja que el resto, apenas treinta metros sobre la llanura, un lugar ideal para vigilar gran parte de esta y para escapar con rapidez si era preciso.

–No nos costaría demasiado eliminarlos –sugirió Galader–, y no los tendríamos pisándonos los talones.

–Pienso que no nos atacarán mientras no estén seguros de si el ejército nos sigue; incluso en caso contrario, no desobedecerán las órdenes, si estas son de vigilar… y, tratándose de nosotros, esas son las órdenes. –Sertgón miró al cerro con expresión irónica. Después volvió a dirigirse al general–. Además, cualquier pérdida de tiempo podría resultar fatal para nuestra empresa. Continuemos sin más, caballeros, esa es mi sugerencia.

Galader miró unos instantes hacia el cerro antes de asentir. Con un gesto de la mano, reordenó las posiciones y la marcha continuó.

A medida que la cordillera de Anuro –el Aitan Baz para los Alfens que lo acompañaban– iba quedando atrás, en el general aumentaba la preocupación por las implicaciones de sus últimas palabras. ¿Qué había sido de aquella personalidad que se burlaba abiertamente de los que disfrutaban en situaciones límite?, ¿qué de aquel general que solo lo era por herencia? Había actuado como uno de esos jóvenes impetuosos que tan pronto solían perecer. ¿Qué clase de guerra era aquella, que podía cambiar a un hombre hasta ese punto?, ¿qué clase de guerra cuando acababa con todo vestigio de cordura? Y sin embargo la respuesta se hallaba tan cerca… era la inútil guerra que había ocasionado la muerte en vano de un hombre como Coria Niría; la inútil guerra en la que había fallecido Su Majestad Dámjala y la mitad de su ejército; la inútil guerra a la que se encaminaban los Alfens, los hijos de la Vida; la misma inútil guerra, en fin, que tantas veces se había producido y de la que no se veía el final. ¿Podría acabar? Pregunta a la cual siempre había existido alguien para contestar: no, mientras el Caos no sea exterminado. Un ataque descarado al Equilibrio. Pero el Equilibrio no tenía lugar si se adoraba a Karos, dijesen lo que dijesen los sabios, y los garguines adoraban a Karos. No obstante, aun sabiendo que Darko y Dne Korba eran los más acérrimos enemigos de su dios, Galader no podía aceptar tantas muertes inútiles. Si el rey hubiera esperado un mes, los kérveros todavía estarían sitiando el Castillo verde, y los Alfens les hubieran hecho huir como ahora… el motivo por el que habían huido era otra cuestión; desde luego, la versión de Sertgón no le había dejado satisfecho en absoluto.

Durante el resto del día, el semblante del general permaneció impasible, en parte por estos pensamientos, en parte por la fiebre que, lejos de remitir, le había envuelto en un sudor frio que al llegar la noche le hacía tiritar dentro de su armadura.

–Se encuentra mal –aquella afirmación de Ose fue la primera frase que le dirigió desde el mediodía–. Será mejor que descansemos durante un par de horas. ¿Presenta alguna herida de importancia?

–Si no nos detenemos, avistaremos el Cerro de la Advertencia al mediodía –se limitó a contestar. Deseaba llegar cuanto antes y ponerse bajo los cuidados de los sacerdotes de Karos.

De vez en cuando observaban columnas de fuego, sin duda restos del pillaje kérvico, pero ni se acercaron a comprobarlo ni modificaron su ruta. Solo una parada, antes del alba, cuando hallaron una pieza de armadura oculta entre una mata de tomillo. Al investigar las huellas, descubrieron que se trataba de dos caballeros, provenientes del Aitan Baz, que no les sacaban más de un par de horas. Seguramente Develan y Beleseda, que habían abandonado la cordillera a aquella altura y ahora cabalgarían raudos hacia el castillo. El general recogió la greba verde y la ató a su silla.

El resto de la mañana transcurrió lentamente, quizá influenciada por el similar avance de las nubes de tormenta hacia el norte, y cerca del mediodía el sol lanzó sus oblicuos rayos desde el sureste, bien visibles en el recientemente despejado cielo. Como habían previsto, apareció entonces la silueta del Cerro de la Advertencia, aún muy alejada y aparentemente inalcanzable, pues el discurrir de los minutos no aumentaba su tamaño. El sonido grave del cuerno llegó finalmente a sus oídos, y obligaron a sus monturas a incrementar el ritmo, anhelantes de arrivar a su meta.

El sonido del cuerno fue escuchado por todos los rincones del castillo, así como en el bosque. Las amazonas y caballeros que allí se encontraban no supieron cómo interpretarlo. El mensajero que mandaron se cruzó con el que venía galopando desde el cerro, y ambos se presentaron ante la reina, descabalgando de un salto y haciendo una reverencia.

–Jinetes por el páramo, Majestad, desde el norte, no llegan a cuarenta.

–¿Garguines? –su voz fue obligada a salir de su garganta atorada.

–Caballeros garguines, Majestad, y… –el doncel no continuó, como si temiese decir una majadería; una mirada crispada de la reina lo instó a continuar– …parecen zulfos, Majestad, incluso portan estandartes zúlficos, pero también hemos creído distinguir estandartes élficos.

La reina no permitió que su asombro se trasluciera en indecisión, de modo que ordenó avanzar a su montura, y al poco se había lanzado a un trote largo que le acercó rápidamente al cerro. Si bien muchas de sus amazonas se dispusieron a seguirla, las capitanas, al no haber recibido la orden de avanzar, contuvieron las filas. No así el Señor Rolja, que se lanzó de inmediato tras la reina, seguido de los cohermanos de esta, Amdácad –ya repuesto del viaje junto a Gôlfang– y Balamil. Llegaron juntos al pie del cerro, y se dispusieron a esperar.

–¿Quiénes creéis que serán esos elfos, Señor Balamil? –había preguntado la reina sin ni siquiera mirar atrás, lo que no dejó de sorprender a Rolja, acostumbrado a ver esa actitud en dirigentes más experimentados.

–Lo ignoro, Majestad, aunque es posible que solo sean zulfos de Blakari; no hace mucho estaban en Arodia, según el testimonio del Señor Rolja. Tal vez los haya mandado Gôlfang, si los ha encontrado en su camino.

–¿Amdácad?

–Todo es posible para un mago de su poder, pero podría jurar que Gôlfang se encuentra muy lejos en el sur, y estos vienen del norte.

–Pronto lo sabremos, caballeros. –Los estandartes verdes y azules se hicieron visibles a los lejos, seguidos del polvo que levantaban las dos columnas de jinetes, verde una y destellante la otra en plata y oro. Nalma azuzó a su montura, y todos se encontraron a mitad de camino.

–Majestad, el general Galader os presenta su espada y su vida –ofreció el primer caballero, descendiendo a duras penas de su montura.

La reina estaba bastante más sorprendida que emocionada; sin duda la presencia de aquellos elfos y zulfos necesitaba una explicación, pero aún más lo necesitaba la presencia ante ella del general de sus tropas.

–General Galader, acepto ambas con honor. Os suponía mucho más lejos, y ya habíamos comenzado los preparativos para ir a buscaros –indicó, mirando con aprensión a la columna de caballeros. A la exigua columna de caballeros.

El general solo tardó un segundo en comprender la aprensión en la mirada de la reina y se apresuró a dar las explicaciones más apremiantes.

–Majestad, me alegra decir que la batalla que parecía inevitable fue abortada en el último instante gracias a la intervención de Sertgón Maullé, Senescal de los Alfens, y sus ejércitos. –El caballero señaló con amplitud al joven Alfen, que hizo avanzar su caballo hacia la reina, tendiendo a esta las manos, que ella apretó con fuerza. –Os saludo, Senescal, y os agradezco vuestra ayuda. No sé cómo podría demostraros mi amistad.

–Saludos, Nalma Niría, reina de los garguines. –Levantó su estandarte y lo inclinó ante la mujer. –Como Senescal de los Alfens, os felicito por vuestro ascenso al trono, y os acompaño en la pérdida. –La mirada dorada del joven era tan sincera y profunda que Nalma casi se sintió desfallecer.

–Os agradezco vuestras palabras; y os felicito asimismo por vuestro título, que confío en que refleje que el más antiguo dolor en Edeter está sanado –aventuró. Ahora fue el turno de Sertgón para emocionarse.

–Pronto lo estará, mi señora –aseguró, con una sonrisa triste–. Mi presencia aquí en este momento no es ajena a ello, y vos podríais contribuir si aceptaseis concedernos un pequeño favor que precisamos para continuar con nuestra cruzada.

La reina se apresuró a contestar.

–Naturalmente, si está en mi mano; no dudo que vuestra petición sabrá mantener la dignidad para ambos pueblos –añadió, y ni una sombra de segundas intenciones podría haber sido detectada en sus palabras. –Las puertas del Castillo Verde están abiertas para vos y vuestros acompañantes mientras os escuchamos y tratamos de aliviar los inconvenientes del viaje.

Cuatro días más tarde, Ose a Laraí cruzaba Gargüid hacia el este con el ejército Alfen de Blakari; las cuarenta centurias de caballeros garguines habían sido recibidas entre vítores por los que regresaban y pesar por los caídos; se habían celebrado las exequias por el rey perdido casi al tiempo que se coronaba a la nueva monarca, y Sertgón Maullé se dirigía al sur junto al Señor Rolja, que le llevaba a conocer al rey de reyes Brim Tarlá, a quién Nalma Niría y Carg I jurarían vasallaje.

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