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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El invierno solo era un nombre allí, un nombre ajeno al infierno flamígero que todo lo envolvía y ahogaba, y que solo permitía un tipo de vida muy especial; así era Madrivo, Otorgador del Soplo. Mas para uno de los que ahora se alejaban de los volcanes sangrantes, el infierno había sido muy diferente a lo puramente físico… ahora ya conocía la tortura mental en su forma más cruenta: ahora había abandonado sus ideales, inherentes a su raza desde el instante mismo de su nacimiento. Y, no obstante, era consciente de que aún faltaba un arduo camino hasta su liberación final. En este mismo instante, en este instante que salía de su infierno, se acercaba al pozo insondable de la no existencia… habría sido un alivio si ese hubiese sido su estado, mas no lo era, y aquellos que sí se encontraban en él exigirían Vida, una vida que no podría darles, y por segunda vez exigirían de él que traicionara sus ideales. Y él debería hacerlo. Sabía que los que le habían llevado a esa situación la desconocían por completo. Ni siquiera la imaginaban.

El Cinturón de Fuego era solo una ligera franja de humo en el horizonte, allá en el sur, mientras aparecían ante sus ojos para desaparecer alternativamente, cordilleras y ríos, lagos y valles, estepas y picos sembrados de nieve inviolada. Su pelo dorado flagelaba el viento que lo revolvía, y Orofín Beradol intentó esconder la cabeza tras el recio cuello del Megaterio, el hijo de la Vida. Junto a ellos viajaba la Muerte.

Orofín Beradol intentaba no perder los únicos hilos que le unían a los Alfens después de traicionar los ideales a los que él mismo consagró su vida –era extraño que su presente existencia no la considerase como tal–. Aquellos hilos eran los restos de una esencia torturada hasta los límites de la desesperanza, una esencia que compartía la mente y el joven cuerpo de Alfen con él, y que sin embargo se aferraba a la vida con unas fuerzas que iban más allá de lo esperado. Si llegaba el día en que la parte de él que era Austrong sucumbía, su pueblo, el pueblo de Orofín, se vería condenado por siempre a la dualidad.

Mas no era ocasión de pensar en finales nefastos, no ahora, tan cerca del siguiente averno mental al que le someterían las esencias de los muertos. Ya el Megaterio le había hablado de esa raza cuya necrópolis oculta había de visitar. Los Augreii, la nación desaparecida cuando aún no se había desarrollado totalmente; Kordafán Narkot la había barrido por entero en el transcurso de una sola y apoteósica batalla.

Pero había habido un superviviente. O un reencarnado.

Jamás antes había visto aquel bosque, pero podía nombrarlo sin temor a equivocarse –era el único temor que no albergaba al nombrarlo–. Averni Dokk, inconmensurable bosque putrefacto de los Trolls. Sí, en la actualidad, el bosque de los Augreii había sido colonizado por una nueva raza de maldad.

Los dioses amantes aterrizaron en medio de la espesura y Orofín Beradol se dispuso a desmontar. Lo hizo con un esfuerzo tal que apenas podía respirar, y sus párpados se cerraban buscando el estado más apacible. En este momento se dio cuenta de la completa simbiosis que su esencia había experimentado con la de Austrong, aun con su cuerpo. No obstante, se obligó a abrir los ojos cuando sus piernas se tambalearon, pero fue tarde, y nadie detuvo su caída cuando la cabeza comenzó a darle vueltas.

La temerosa y triste mirada de Domla fue lo único que vio antes de que sus ojos se cerraran de nuevo. Ya estaba en el suelo.

Fue necesario el empleo de todas sus fuerzas para volver a levantar la vista, aun a pesar de encontrarse tumbado boca arriba. Un rayo de sol le deslumbró. Tan solo tardó un instante en comparar este hecho con su estancia en el tupido bosque en el que había caído. Se incorporó movido por la curiosidad, confirmando lo que ya sospechaba: todo a su alrededor había cambiado. Ya los árboles florecían, siempre sombríos aunque no putrefactos; ya los grajos y las grajillas lanzaban sus llamadas a sus hijos o consortes; las serpientes dormitaban en las ramas gruesas camuflándose entre ellas, pero solo en las más bajas, pues en las altas formaban los murciélagos un sucedáneo de frutos tempranos.

La parte que era Austrong contempló el nuevo bosque con ojos curiosos y casi aprobadores. Existía la belleza allí, una belleza originada por una armonía en que todo se entretejía hasta formar un tapiz. Incluso la luz tenía cabida en aquella representación.

Tan rápido como el sol le cegase, la oscuridad lo envolvió todo, de modo que el tiempo parecía emprender una veloz carrera contra sí mismo, y las serpientes parecieron despertar, y los murciélagos se lanzaron a su peculiar forma de vuelo. Le sorprendió que la oscuridad fuese en aumento, solo hasta que se percató de que en el firmamento no brillaba ninguna constelación. De repente no pudo ver ya nada.

“Es la hora de los muertos”, pensó, y sus pensamientos se agitaron con temor.

Un resplandor rojo lo envolvió todo entonces, y los árboles y las bestias y los pájaros se tiñeron de ese color vital. Después apareció una gran llama u hoguera que desprendía calor y luz, pero que nada quemaba. Impasible la contempló Orofín, que no amaba la magia aunque tampoco la temía; la llama vaciló y degeneró entonces hasta que ya no hubo color, y solo quedó una sombra, negra como el Güllaei. Para su sorpresa, la sombra reveló una figura humana e incluso un rostro humano cuando se desprendió del manto.

¿Quién sois, humano, y qué hacéis aquí, en la necrópolis de los Augreii?, preguntó, mas la figura mostró una sonrisa burlona, sin responder. Orofín lo contempló en silencio, escrutando la faz apergaminada, seguro de que nunca antes le había conocido aun cuando algo le resultaba familiar. Austrong le contempló de igual manera, y cuando los pensamientos de ambos confluyeron, el cuerpo de ambos pronunció su nombre, cargado de odio. “Tas-par”, dijeron, y para ambos aquel nombre tenía remembranzas amargas como hiel. Él, un simple humano, había accedido a un secreto terrible para la raza Alfen, y ese secreto les concernía directamente a ambos. Él había denunciado a Alsidel, la madre de Sertgón, como zulfa, y por culpa de esa denuncia Maullé, el hijo de Orofín, se había exiliado y había sido asesinado; y Sertgón, el hermano en el corazón de Austrong, se había visto expuesto a una vida de sufrimientos, pérdidas y continuas añoranzas. Para Orofín era el mortal más odiado de Edeter, más aún que su verdugo, Cmeist el Condenador, el Adalid de la Manada. Pero además Tas-par había lanzado al mundo la profecía que condenaba a Orofín a reencarnarse en el hijo primogénito de Labarín y Austra, obligándole a un pago terrible que destruiría la esencia Alfen en caso de que intentasen volver a ser un solo pueblo.

Sí, Tas-par es mi nombre. Las Tinieblas son mi credo.

La fuerza que acompañó a la primera sorpresa ya se había agotado, y aquel cuerpo que albergaba dos esencias solo podía escuchar sin responder, ver sin actuar.

Bienvenido, Orofín Beradol, sin duda os preguntaréis qué hago aquí. La respuesta es sencilla, y reside en vuestra propia misión. Vosotros negáis la Vida a quién os la reclama, y se la quitáis a otros. –Su sonrisa fue grotesca–. Esta vez no necesitaréis hacerlo.

Austrong respiró aliviado un instante; Orofín sabía que aquello no sería todo.

¿Qué os proponéis, Tas-par?, ¿dónde están las esencias de los Augreii?

¿De verdad queréis verlas? –Volvió a sonreír, esta vez con cínica amabilidad–. No será necesario esta vez, yo puedo deciros lo que desean. A diferencia de las Shoru’Treak, que valoran más al individuo que la especie, los Augreii prefieren la supervivencia de esta última.

Pero la especie fue exterminada.

También la de las Shoru’Treak.

¿Queréis decir que uno ha vuelto a la vida?, ¿existe un Augreii reencarnado?

Tas-par rió abiertamente.

Pedís demasiada información para ser mi enemigo. Mas os satisfaré: yo mismo le desperté –afirmó con inocultable orgullo–. ¿Acaso no soy el humano más caro al tenebroso corazón de Maras Dokk?

Ya no sois Qüenyum, Tas-par, ya alguien ha ocupado vuestro lugar en el corazón de las Tinieblas –su supremo esfuerzo para pronunciar aquellas palabras pareció recompensado, en vista de la expresión de perplejidad del nigromante. Pero el asombro se tornó paulatinamente burla, y aún fue más allá, hasta que lujuriosas carcajadas ocuparon la totalidad del espacio sensorial–. ¡Pensé que ya habíais comprendido! –sonaron las palabras, y el desmayo hizo presa en Orofín Beradol cuando, descorrido el velo de la ignorancia, la verdad le golpeó privándole de las últimas fuerzas que le quedaban.

Sánedri. El hombre que había despertado al valle, desencadenando toda su fuerza irracional y sumergiéndolo en las profundidades; Sánedri, que había suplantado a Tas-par en el corazón del Maras Dokk; Sánedri, que bajo su forma humana ocultaba un Augreii.

La esencia que era Austrong sentía cómo Orofín Beradol se sumía en la desesperación ante la verdad. Había sido el Primero, hijo de Madrivo, y la vida era para él algo sagrado, no podía soportar la idea del Caos jugando con ella. El retoño de Austra lo veía de otra manera, quizá porque no había comprendido, o tal vez porque en el Cinturón de Fuego ya había pisoteado sus ideales al prometer Muerte. Sánedri había vuelto a la vida, bien, mas, ¿no lo había hecho también la Shoru’Treak, y aun el mismo Orofín, de alguna manera? Entonces no había desfallecido como ahora. Más aún, los Augreii no exigirían el sacrificio de Sánedri.

Orofín cayó en un extraño remolino de negrura, una curvatura sin fin que le llevaba a algún lugar más allá de la muerte que ya conocía. La certeza de que el máximo mandatario de las Tinieblas era un Augreii lo había llevado a aquel estado, pues bajo aquella verdad se escondía un peligro que Austrong, por su juventud, no podía conocer: los Augreii habían sido una raza clónica, una mente común en muchos cuerpos. Y la mente había vuelto a la vida con el mismo propósito con el que la abandonó.

Era una extraña historia aquella, una historia de venganza y magia divina. Pues la mente Augreii no era otra cosa que la hermana nonata de Sírom. El Minero y el Leñador, debían haber sido, mas el Leñador nació inmaterial, sin un color que lo identificase, y aquella mente vagó clamando una Justicia que no podía ser, y sus pensamientos se volvieron oscuros, y creó más seres como él, solo mentes, a los que denominó Ngbors, Potencias del Mal. Fue tanta su ansia de cuerpo que llegó a pactar con Maras Dokk, que le entregó una carcasa para su mente a cambio de jurar odio eterno contra la Luz y sus hijos. Fue un trato ventajoso, pues el Leñador ya lo había jurado hacía tiempo.

Y ahora la mente había vuelto a la vida, con el odio de un dios.

La plena conciencia de que Austrong no podía saberlo hizo que Orofín se sobrepusiera y se aferrase al único hilo que le unía a la vida, pero necesitó de toda su fuerza para asirse y avanzar por él, hasta que al fin sintió otra presencia junto a la suya.

Tas-par miró con satisfacción aquel cuerpo demacrado, y observó el regreso de la esencia que casi lo había abandonado. Incluso contempló el destello que desprendió el cuerpo cuando estuvo completo, y volvió a sonreír.

El último hálito antes de la destrucción final.

¡Ah, Orofín Beradol!, veo que te has recuperado –volvió a sonreír–, es hora de que te enfrentes finalmente con tu prueba. ¿Estás preparado? No, nunca estarás preparado para esto. –Su rostro adquirió un rictus severo que sin embargo solo ocultaba a medias la satisfacción que experimentaba en aquel instante–. Ahora elige, Orofín Beradol, ¿dejarás vivir a Sánedri, cumpliendo así el deseo de los Augreii y haciendo justicia, o volverás a pisar tus ideas, prometiendo muerte?

¿Por qué iba a prometer una muerte que no es exigida? –preguntó Austrong, y su corazón se contrajo cuando escuchó las palabras de Orofín.

Porque es el único modo de salvar la Vida; porque Sánedri es el dios que rompe el Equilibrio –sentenció, y después, despacio, añadió–: Yo prometo muerte.

Lo último que vio antes de que el bosque podrido volviese a aparecer fue la sonrisa satánica de Tas-par, burlándose de la Vida.

Había despertado poco antes de la salida del sol, una burla premeditada al imperio de luz del astro. Movió la cola como un azote y chasqueó la lengua, intentando recordar el sabor dulzón de la sangre que era su alimento. No lo halló, y sus ojos enrojecieron de ira, revelando su filiación. No obstante, un súbito recuerdo, tan dulce que casi podía sustentarse de él, motivó el afloramiento de una sonrisa, si aquel gesto podía denominarse así. En un acto reflejo movió la fuerte mandíbula inferior, provista de colmillos largos y afilados como lascas, intentando hacer nuevamente real el recuerdo de Orofín en su boca y su tibia sangre descendiendo por su garganta. Había dormido después de aquello. Demasiado tiempo. Ahora solo restaba Labarín, aquel indómito Alfen cuyo recuerdo llevaba marcado en su hocico en forma de una incisión roja, que nunca se cerraba por culpa de la magia de la hoja que hendiese su carne.

Mas pronto también él alimentaría su cuerpo, el cuerpo de Cmeist el Condenador.

Salió de la caverna por tercera vez en su vida, y sus finos oídos escucharon el sonido del ejército que se acercaba. Su olfato identificó el olor. Con un gruñido, sus patas se lanzaron a veloz carrera y pronto completó el espacio que lo separaba de su manada; sabía tan bien dónde se hallaba como conocía el ritual que ya antes había realizado. Un ritual de sangre por el que de nuevo se encumbraría como Adalid de la Manada.

Todos los lobos aullaron en los bosques de Thrasgok cuando el guía enterno apareció, incluso aquel que les había servido de jefe mientras Cmeist había estado ausente. Ahora ambos debían enfrentarse, aunque no cabía duda sobre el resultado, y esto alegró a la manada. El negro lobo que les había llevado Cerial al Fionol cuando Tarkión dominó la noche les había entregado mucha carne… pero Cmeist siempre traía más venganza, más noche, más sangre.

Solo fue un instante, muchos ni siquiera alcanzaron a verlo. El lobo ofreció su cuello, la parte más débil de su cuerpo, en señal de sumisión, como siempre habían hecho los perdedores de las peleas mortales. Pero Cmeist hundió sus dientes hasta seccionar las arterias del cuello de su oponente, y después aulló, ofreciendo el sacrificio a su padre. Él no era un verdadero lobo, era el hijo de un dios, y por eso no respetaba los instintos de la raza. Era una carcasa que envolvía la maldad del Maras Dokk.

Tras el aullido, los lobos partieron tras su Adalid, cuyos pensamientos se retorcían, y en los que se entremezclaban la ira y el rencor con la frustración más profunda.

Había estado tan cerca.

Había olido y oído al ejército de Alfens, pero no podía ir tras ellos. Sabía, tan bien como conocía su propia existencia, que su despertar solo podía significar una cosa: su padre le reclamaba. Y su padre merecía respeto. Llevó a los lobos fuera de Thrasgok, hacia el norte y el oeste. Dejaría que los kérveros se las arreglaran solos. Si podían. Él y sus lobos a su lado hubiesen supuesto un ejército invencible, pero no esperaría, y el respeto a las órdenes de su padre no era la única razón: si los Alfens eran vencidos, todo Willand se levantaría en armas para vengarlos, cerrándole el camino hacia el lugar donde era convocado. Por otra parte, quizá más importante, odiaba a los kérveros, esos medio lobos, casi tanto como a los Alfens, y verlos aniquilarse mutuamente le producía un agradable dulzor.

Dejó descansar a la manada durante el día, para luego reanudar la marcha cuando la oscuridad dominaba, dirigiéndose hacia el paso de los Mutantes del Norte. No le asustaban. Lo atravesó sin problemas y se encaminó hacia el país de las amazonas, donde Maras Dokk organizaba su ejército para asestar el golpe definitivo a Edeter.

A toda vela hacia Thrasgok les llevaba la esbelta nave alfen, y tras ella otras sesenta embarcaciones de guerra. El capitán de la nave insignia paseaba por la cubierta de popa con un brillo en los ojos que nadie podría haber imaginado en él apenas unos días antes. Tan solo uno de aquellos marinos, el segundo en importancia a bordo, de nombre Teerleí, podía siquiera intuír lo que le había sucedido al capitán: había emprendido una misión, y había triunfado. Cuando subió al barco, salido de la inmensidad del océano, su mirada ya mostraba aquella expresión de dicha.

Tres días más tarde, el ejército alfen de los zulfos desembarcó en la tierra de los kérveros, y Sertgón Maullé fue el primero, de modo que al mediodía, a pesar del invierno, su armadura brilló como sus ojos. Mas hoy no pudo escucharse su ancestral desafío de venganza, y en su lugar sus palabras formaron una elegía a la Vida, que todos agradecieron y corearon:

Vala darai, ehr kalca cir liridal.

Mandred fî uriadâ cire leglh,

Orik’alalai saril fî liridal.

¡Gueillalrimal asiv larän lirädal!

De aquel modo gritaba al mundo que habían sido perdonados.

El cuarto día desde que atravesaran el vado del Boureanaur, la vanguardia comenzó a cruzar las colinas que rodeaban los pantanos de Smeguer. Siguiendo las colinas, también ellos rodearon aquellas tierras fangosas por el norte, mas nadie les vio, pues nada podía sobrevivir mucho tiempo en aquel lugar de podredumbre y gases nocivos, y los kérveros ni siquiera habían destinado puestos fijos, ni aun patrullas, pues no pensaban que fuera posible una invasión desde una tierra que controlaban militarmente. Pero para bien o para mal, el Señor Ose ya estaba en Thrasgok con su ejército, dispuesto cada uno de sus miembros a vencer o a morir.

Y así llegó el segundo ejército alfen al campo de batalla.

Desde su camarote había visto cómo la galera pirata se hundía con toda su tripulación; el último obstáculo antes del desembarco. Subió a cubierta para descubrir que ni siquiera el invierno podía con los vientos cálidos de Shûgra en aquella latitud, y le vinieron a la memoria los lejanos días de verano en los que la presente empresa tomaba forma en las mentes de Labarín, Sertgón, Ose y él mismo; ni siquiera entonces imaginó que el marino Bezadol se podría hallar en aquella situación, Almirante de las tropas de Cerian al Fionol.

Dio orden a los exploradores de acercarse a la costa, y cuando se hubieron cerciorado de que no existían más peligros –se habían enfrentado a cinco navíos piratas Abhrü y Edrêi, sin bajas–, el resto de la flota desembarcó en Thrasgok.

El tercer ejército alfen había llegado.

Los hijos renegados del dios de las Tinieblas, los Mutantes. Aquel no era su nombre real, pero desde luego sí era el que mejor los definía; una raza creada cuando Maras Dokk desconocía el poder de Dar Forma, por lo cual solo podían tomar la de aquello que más cerca tenían. Se rebelaron, exigiendo una Forma como cualquiera de sus hermanos, y el dios les confinó en dos grandes grutas subterráneas, una en el Norte y otra en el Sur de La Península, que tomaron el nombre de Pasos de los Mutantes.

El del sur era el que Labarín había decidido atravesar, pues desde Wiland conducía hacia Thrasgok, por debajo de la gran cordillera Llerîtanán Bâz Tûrsâla. Aun teniendo la certeza de que los mutantes adoraban a Naraendil desde la oscuridad, la mayoría de los Alfens no podía ocultar su temor cuando lo que parecía una roca se transformaba de súbito en un Raahami, o incluso en la copia exacta del guerrero más cercano. Pero Labarín hizo cantar a sus tropas, cantos de esperanza llenos de optimismo, de modo que el gozo del cante venció al temor.

Y así fue como llegó a Thrasgok el cuarto y último ejército alfen, y a muchos les hubiera emocionado verlos cantar mientras se dirigían a la muerte.

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