La selvayviene

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por Segundo Clon

En la verde selva de Elabajo los Frailes, por donde discurre –sin pensárselo mucho– el caudaloso río Minines, reposa apaciblemente el hipofante; mientras el sol brilla sobre las praderas del Ser-en-confetti, nuestro animal rumia su felicidad y el celión observa el apareamiento de dos burrejos para, en el mínimo descanso de la pareja, atacar con un salvajismo propenso a la noviolencia.

La pareja de burrejos, atareados en sus placeres coitidianos (y Coiti dijo “a nos”, a fe mía), perseveraban ajenos al peligro, disfrutando del do de pecho (es larga y dura la vida del burrejo), mientras el celión, saboreando por anticipado las mieles de la carne rebosante de hormonas (como un vulgar ganadero), peinaba su bigote presidencial (si bien su última moda son las barbas).

Pero en la selvayviene las sorpresas acechan en cada esquina, por metafórica que esta sea: una sombra, una gran sombra cornúpeta inunda el cielo de oscuridad. Las manadas de chimpanfés se dan la extremaunción y huyen aterrorizadas; el Oso Yonki tira su papel de plata y huye con la botella de Volvone; los hipofantes solitarios regurgitan el alimento vital y salen a la carrera con su medio canto en los labios (hip, hip). Y todo, ¿por qué?

La sombra siluetea la oscuridad y unos enormes cuernos, unas enormes alas, dos patitas traseras, una patita delantera nos presentan la imagen del terror: el herbívoro Cabrugón.

¿Por qué se asusta de tamaño herbívoro nuestra animalia? Porque el Cabrugón, según la leyenda y la oyenda (e incluso la gestienda), nada puede comer salvo vegetales asados, y así, primero expulsa su fuego sobre una gran extensión y solo más tarde busca los vegetales.

Y con esto y un chimpanfé, hasta mañana desde Kiev.

Un día de luz

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por Glorika Adrowicz

I
Después del grito silencioso que se ahoga en el fluir del agua del lavabo, en mis manos crispadas engarfiando ilusiones, en el momento insólito de la mirada perpleja desde un aturdido espejo; después, el amor no acaba, pero de qué se alimentará, pobre zombi inocente.

II
Un día de luz. La vida multiplica su lujuria, la exaltación de clorofilas verdea amplitudes orgiásticas, endémicas existencias exhiben sus polimorfismos readaptados a realidades cambiantes durante vastas cronologías inconscientes.

Un día de luz. Palabras ambulantes, experimentadas en lances proxenetas superados en virtud de su afán creador, generadas y regeneradas por espíritus embelesados por cada inminencia.

Un día de luz. La vida y la palabra sin distancias; fractales que se expanden; estructuras emergentes que se diversifican en cada nodo autoproyectado.

Un día de luz.

 

Jugos de palabras 55

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por León Seguro

-Los duendes duermen en cami-setas.

-En el banco no me sonríen ni los carteles.

-Mi Aniversaurio me devora.

Con estos jugos de palabras se despide más o menos temporalmente León Seguro, que nos ha acompañado durante meses. Agradece lecturas y apoyos. Os seguirá leyendo. Deja el relevo a otras compañeras y compañeros del colectivo “Días de alquiler”, y les desea la misma ilusión y constancia, al menos, en sus entradas.