Feria de Autopublicación Delicias

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Desde el barrio Delicias de Valladolid , la recién creada RED DELICIAS presenta una Feria de Autoedición para el fin de semana 6-8 de octubre en la que está invitada toda persona interesada en estos temas que resida o simplemente pase por aquí en estas fechas.

¡Animáos!

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Capítulo XII. En el llano entre los cerros. El dios azaroso. La sombra de la luz II

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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Con la brisa cálida del mediodía partieron hacia el este, el sol oculto tras las nubes allá en el sur, y las lunas, también invisibles, que ya se habían encontrado de nuevo en el cénit de su sendero.

Abrían la marcha los dos jóvenes caballeros, cabalgando vestidos de armadura completa, seguidos por los Iöron, envueltos en una animada conversación. Dos escuderos los respaldaban, cargados con las espadas de sus Señores y algunas lanzas de repuesto punteadas de un afilado bronce. Era Gôlfang quién cerraba la marcha, por voluntad propia, a unos diez metros de distancia de los jóvenes pajes y, aunque resultase extraño, era precisamente él quién marcaba el ritmo desde su posición.

A decir verdad, la marcha rozaba el límite de forzada y Alwarín respiraba nervioso, con el anhelo de la carrera por el llano. Origog estaba convencido de que su montura hubiese deseado marchar junto al Señor de Dorón en su vuelta a Sandor, a su tierra. No obstante, había permanecido fiel a su nuevo amo, incluso cuando sus amados criadores se despidieron de él como de un ser querido. Ahora solo deseaba correr sin detenerse por aquel nuevo y bello paraje.

–Mañana llegaremos al Bosque del Collado con las primeras luces del astro –señaló Amdácad.

–Sí, ayudaremos a escapar a cuantos podamos, y erigiremos el mayor túmulo que haya sepultado jamás a un hombre o un elfo, a un plebeyo o a un rey –anticipó Dalamán.

–¡No os entretengáis! –azuzó la voz de Gôlfang desde atrás.

Los caballeros retomaron el ritmo.

Cabalgaron todo el día, hasta que el sol se ocultó en el oeste y, ya al anochecer, el mago ordenó hacer un alto. Los cinco caballos y las dos mulas estaban exhaustos, pues ni siquiera se habían detenido para beber.

–¿A qué distancia se encuentra ese bosque? ––preguntó mientras desmontaba. Eran las primeras palabras que les dirigía en mucho tiempo.

–A unas cuatro millas hacia el noroeste, Venerable, detrás del cerro que se veía al fondo. –Se refería a un otero que había constituido su horizonte durante la última hora de marcha–. Es un pequeño bosque en cuyo centro emerge un collado desierto de vegetación de apenas treinta metros de alzada.

–Descansad entonces, pues en dos horas reanudaremos la marcha.

–¿Descansar ahora, tan cerca de nuestros camaradas? –Amdácad no supo ocultar su contrariedad; casi podía considerarse un asunto de honor.

–Hemos recorrido en pocas horas el camino de más de una jornada, y ni siquiera vuestros costosos caballos de guerra podrán aguantar si hay que escapar de allí. Antes de salir del castillo prometí pasar por la tumba del rey, pero no lo haré en condiciones que puedan provocar que debamos permanecer junto a él; demasiado estamos arriesgando. Ahora dormid, Señores.

Los jóvenes no replicaron nada, y se tumbaron sin desprenderse de su armadura, excepto de los yelmos. Los Iöron, por su parte, se alegraron de poder descansar al fin.

Origog se acostó sobre su recién adquirida manta de lana y se arropó con ella fuertemente, doblándola por la mitad. No consiguió conciliar el sueño, sin embargo; pensaba en Rolja, y en la promesa que se habían hecho, casi bromeando, de volverse a ver algún día. Ese pensamiento le llevó sin querer al recuerdo de la amistad de Phêron. Poco había durado. Ahora el bonerii había desaparecido… tal vez incluso hubiese fallecido, después de que aquel ciervo se lo llevase. Extrañamente, ante tal pensamiento, la paz lo invadió por completo, y el sueño lo venció poco a poco… despacio.

Despertó para descubrir que era el último en hacerlo. Los caballeros examinaban minuciosamente los correajes de sus monturas. Gwist le tendió un trozo de pan cocido en el castillo el día anterior, que Origog comió con gesto de asentimiento. Mientras tanto, los escuderos, que apenas sobrepasarían los trece años –Dalamán seguramente había cumplido los quince poco tiempo atrás–, hablaban con desgana y entre bostezos, al mismo tiempo que ajustaban las cinchas de los caballos y las correas donde cargaban las lanzas. Gôlfang examinaba algunos de los bolsillos de su túnica en busca de raíces y extraños polvos y frascos con brebajes que depués volvía a depositar en sus lugares correspondientes. Cuando terminó, echó un vistazo al improvisado campamento y dio la orden de marchar bajo la oscuridad mal iluminada de las Constelaciones, ocultas tras nubes de tormenta. Quizá la lluvia pronto se convertiría en un indeseado compañero de viaje.

–No quiero héroes hoy –advirtió Gôlfang en un tono que no dejaba lugar a dudas.

–No debéis preocuparos, Venerable, mi cohermano y yo os guiaremos en silencio –se apresuró a aclarar Dalamán–. Ningún kérvero se atreverá a tocaros –añadió levantando la espada.

Origog no pudo contener una sonrisa. Gôlfang se limitó a impartir órdenes.

–Vos iréis delante, Señor Dalamán, y vos, Señor Amdácad, cubriréis la retaguardia; nunca se sabe por dónde llegará el enemigo –se apresuró a apaciguar al joven, cuyo rostro mostraba claramente que se estaba interrogando si aquella posición no conllevaría una ofensa.

–Lo que vos ordenéis, Venerable –concedió. Se dirigió raudo a ocupar el puesto que le habían encomendado.

El trecho que los separaba del bosque al acampar se cubrió en silencio. Muy lejos aún, el mundo se entretejía con los primeros tonos rojos que lo harían sensible a la vista. Sabedor de que los kérveros se mueven mejor en la oscuridad, Gôlfang no quiso concederles mucha ventaja. Ahora cabalgaban despacio, un tanto alejados del lindero para evitar posibles emboscadas, pero en algún momento tendrían que decidirse a entrar. Lo hicieron al fin cuando descubrieron las huellas del ejército del rey.

Todos reconocieron el hedor cuando este colmó sus fosas nasales. Se detuvieron instintivamente, tratando de dominar a sus monturas. Dulce y repugnante, como siempre tras las batallas encarnizadas. Ya no podía escucharse ruido alguno, no obstante; ni los cuernos que reorganizan o alientan, ni el estrépito del metal, ni los gritos de los agonizantes. El Señor de Bérilad mostraba signos de una inquietud acuciante, aunque Origog sospechaba que no era temor.

Al fin penetraron entre los robles y encinas autóctonos, cuyas ramas ocultaban a la vista lo que se hallaba más en el interior; cientos de cadáveres de kérveros, cubiertos con corazas de cuero o algún metal oxidado y ensangrentado, y también de caballeros de todas las edades, cuya armadura verde ya no les protegería más. Todos mezclados para enlosar un suelo hasta donde alcanzaba la vista. Las armas inservibles o perdidas rodeaban a víctimas y señores, clavadas en cualquier sitio imaginable; un enorme troll pendía de un roble insertado por una lanza, coraza y pétrea piel atravesadas.

–Loado sea su Majestad Dámjala, pues esa lanza lleva su sello –ensalzó Dalamán, y arrojó su propia lanza al suelo–. Queda ahí como recuerdo de los que aún viven, y que el alma de ese diablo se retuerza en las Inflömb.

Gônfang lo miró sin mudar la expresión de su rostro. Miraba todo con los ojos fijos en algún lugar lejano, pero Origog tuvo la certeza de que miraba en su propio interior y de que por alguna razón le atormentaba la culpa; no quiso indagar más por el momento. Alwarín notó su inquietud y avanzó unos pasos, obligando a los demás a avanzar.

Sin embargo, no todos avanzaron. Uno de los escuderos, el de Dalamán, permanecía estático, observando horrorizado el pecho destrozado de un caballero sobre el que reposaba la cabeza de un kérvero. Su compañero comenzó a gritar y a acercarse con el caballo.

–¡Por Karos, Aldamar, vámonos de aquí!

Origog se sorprendió al oírle gritar; era la primera vez que veía a un garguín fuera de sí.

–¡Deja de gritar, animal! –vociferó a su vez Amdácad. Había cabalgado rápido desde la retaguardia y dio un fuerte empujón al escudero, derribándolo. El golpe le despertó de su aturdimiento por un instante, que aprovechó para montar a duras penas.

–¡Cabalgad deprisa hacia el collado! –incitó Gôlfang–. ¡No os detengáis hasta llegar a la cima!

Todos obedecieron azuzando sus monturas, y Alwarín, sin Origog pretenderlo, pronto tomó la delantera. A medida que avanzaban, los cadáveres eran más numerosos y ahora además los cuerpos de los caballos ocupaban grandes espacios a intervalos.

Después de diez minutos de loca carrera, comenzaban a subir la pequeña ladera del cerro. Como por arte de magia, los cadáveres desaparecieron y no volvieron a aparecer en todo el trayecto hacia la cima. Una vez allí, desmontaron desenvainando las armas y separándose para cubrir todos los ángulos. Se mantuvieron alerta mucho tiempo, quizá hasta el mediodía, pendientes del bosque por si algún kérvero había escuchado los gritos. Al fin, Gôlfang se volvió hacia los pajes y el Señor Amdácad.

–¿No hubieseis preferido un cuerno? ¿Un timbal, quizá?

Los otros le miraron afligidos. El mago no cesó.

–¿En qué diablos estaba pensando, Señor Amdácad?

El caballero ablandó la mirada. Origog estaba seguro de que se encontraba profundamente herido; se había ofrecido voluntario para acompañar al mago, y este le regañaba como a un niño.

–¡Lubania y el Sol! ¡Esto es el campamento del Rey! –anunció Dalamán entonces, y sus palabras pusieron momentáneamente fin a la discusión. Todos se acercaron veloces–. Fijaos: la hierba está aplastada y hay muchos agujeros formando círculos; aquí se montaron las tiendas.

Miraron, efectivamente; nadie dudaba ahora de que estaban en medio de lo que había sido el campamento real. Lo que no se veía por ninguna parte era a los caballeros.

–¡Habrán muerto todos! –se lamentó el escudero que antes quedase inmovilizado.

–¡No seas necio! –cortó Gôlfang–. Es evidente que alguien se ha llevado las tiendas, y no hay huellas de kérveros en todo el cerro. Espero que hayan sido muchos los caballeros supervivientes.

–¿Pensáis que han llevado consigo a Su Majestad Dámjala? –se interesó Dalamán, visiblemente preocupado. Había prometido erigir su túmulo.

–Quizá hayan depositado sus restos en la tierra –opinó Amdácad.

–Jamás harían eso mientras los kérveros les acosaran; solo Karos sabe lo que esos perversos podrían hacer con él –contradijo Dalamán indignado.

Gôlfang no intervino hasta que se aseguró de que los caballeros habían finalizado su conversación.

–Como quiera que haya sido, ahora no podemos permanecer aquí más tiempo. Siempre hay merodeadores en busca de botín, y algunos son aún más repulsivos que los kérveros.

Montó su caballo y se dirigió hacia la ladera opuesta. Dalamán le siguió el primero y poco después le sobrepasaba, internándose en el bosque. Cuando los demás llegaron a la altura del mago, el caballero había desaparecido entre los cuerpos yertos que también aparecían en este lado del bosque.

–Debió ser una batalla magnífica –comentó Amdácad. Nadie le respondió.

–Pido permiso para ir con él –solicitó Aldamar, el escudero de Dalamán.

–Ha decidido ir solo como avanzadilla –denegó Gôlfang con una mirada severa.

Unos instantes después, de nuevo hizo acto de presencia el hedor de la muerte; y esta vez vino acompañado por el claro sonido de un caballo al galope. En un momento estuvieron prestos para el combate, con Amdácad cubriendo la vanguardia junto a Gwist; Origog y Gôlfang, cada uno en un flanco; lo escuderos en la retaguardia.

Con un suspiro de alivio, vieron aparecer a Dalamán.

–Venerable, he escuchado el relincho de un caballo a cien metros de aquí –informó rápidamente–; antes de acercarme he querido avisaros, como vos ordenasteis –casi se disculpó, lanzando una mirada a Amdácad que parecía suplicar clemencia.

–Habéis hecho lo correcto, Señor Dalamán. Ahora, pertrecheaos para el combate; trataremos de evitarlo, pero debemos investigar. No podemos permitirnos ser seguidos por enemigos ignorados.

–Mi parecer es que no son kérveros –ofreció Amdácad–. Esos infieles no montan caballos –argumentó.

–Sin embargo, comen caballos, Señor Amdácad –puntualizó Gôlfang y la discusión quedó zanjada. Continuaron la marcha redoblando las cautelas.

Cada paso que daban se veía entorpecido por un número creciente de cadáveres de kérveros y menos caballeros acompañándoles, lo que no dejó de sorprender al grupo, que ahora avanzaba apiñado. Habían recorrido aproximadamente los dos tercios del camino cuando el relincho de un caballo sonó claro en el silencio. Incluso los nobles lo escucharon sobresaltados. Desmontaron por orden de Gôlfang y dejaron a los escuderos a cargo de las lanzas, mientas los demás se dirigían al lugar de donde parecía venir aquel sonido que era más que esperanzador, aunque bien podía ser todo lo contrario. Demasiados adolescentes muertos a su alrededor.

Mas en el corazón de Origog brotó una semilla, que al germinar hizo recorrer por todo su cuerpo un calor reconfortante y el recuerdo de una profecía borró todo pensamiento; porque su amigo más íntimo se la había comunicado, aun cuando alguien hablase por él. Él y Gwist –a quién comenzaba a descubrir como a un compañero de aventuras necesario ya en su nueva vida– liberarían al mundo de la tiranía de la maldad en que se encontraba sumido, aunque nadie quisiera reconocerlo, y Gôlfang sería su guía. Aún faltaban otros compañeros, pero pronto estarían todos, y la Piedra Darko, fuese lo que fuese, sería destruida. No, definitivamente no iban a morir allí.

De nuevo miró a Gwist, que avanzaba a su lado junto a Gôlfang, y volvió a ser consciente de la situación actual; se encontraba en medio de un bosque repleto de cadáveres y se dirigían hacia quién sabía dónde, guiados por el relincho de un caballo que quizá era el almuerzo de sus más odiados enemigos.

El mago ordenó parar con un gesto de la mano e intentó atisbar entre unos matorrales el claro que tenía enfrente. Lo hizo con precaución, evitando el desplazamiento de una sola rama. El silencio se vio roto de repente por la figura que se encontraba a su izquierda.

–¡Por las esencias de la Lomba! ¡Son caballeros! ¡Y están vivos! –vociferó Amdácad y acto seguido se introdujo en el claro tan rápido como su armadura se lo permitió, entre los reniegos de Gôlfang.

Efectivamente, había tres caballeros en el claro, que instintivamente le apuntaron con sus espadas tan pronto como asomó la cabeza. El joven se detuvo balbuceante.

–No deis un paso más, por Karos –advirtió el de más edad, un caballero ya entrado en años cuyo cabello blanco raleaba. Un profundo corte en la mejilla derecha estropeaba su rostro.

Fue Dalamán el primero que habló.

–Mi nombre es Dalamán dil Balamó, Señor de Bérilas y protector de Gôlfang, llamado Projia en el lenguaje de la Corona de Sandor –enumeró; los caballeros se calmaron. Ellos conocían a su padre, y el caballero les conocía a ellos. Pero solamente cuando el mago entró en el claro se permitieron bajar las espadas. Origog no pudo dejar de fijarse en que los tres sangraban por heridas de consideración.

–Señores, he aquí el sepulcro de Su Majestad Dámjala Niría –anunció el más anciano de los caballeros verdes, señalando un pequeño promontorio de tierra rodeado de rocas. Una espada clavada en un extremo indicaba dónde se encontraba la cabeza del difunto. Aquel era el glorioso túmulo que Dalamán había deseado levantar. Por un momento pasó por la cabeza la idea de modificarlo, de hacerlo mayor, más ostentoso, pero al ver a los heridos decidió no cambiar ni siquiera un grano de arena. Nada podía ser más significativo que aquello, nada más glorioso. Aquellos hombres, que permanecían allí para morir defendiendo su tumba, era toda la gloria que podía desear cualquier rey.

Los cinco caballeros se hincaron de hinojos y Gôlfang dirigió la plegaria por la esencia del difunto monarca, y por las de todos los caídos por Karos.

Después, llegó la hora de las explicaciones.

–Ya podeis ver la razón de nuestra permanencia en el lugar; en cuanto a los otros, marcharon hacia el norte para regresar al castillo dando un rodeo, tal y como Su Majestad ordenó. De no ser así, nadie hubiera sobrevivido; nos sobrepasaban en una proporción de veinte a uno.

Todos quedaron impresionados por los números. Debía ser un ejército mayor que el que atacó Arodia.

–¿Cuántos caballeros sobrevivieron? –se interesó el mago.

–Lo ignoro, Venerable, pero no menos de sesenta centurias; la mitad de los que partimos. Solo tres generales los guiaban, de los diez con que contaba el rey al principio, y los kérveros salieron en su persecución.

–¿Decís que los kérveros superaban los doscientos mil guerreros? –Amdácad puso voz al asombro de todos. Ninguno podía concebir una hueste de tales dimensiones. El que atacó Arodia debía constituir una parte ínfima–. ¿Cómo pudieron sorprenderos?

–Cómo pudieron sorprendernos a todos –murmuró Gôlfang–. Se mueven más deprisa que cualquier ejército, son como las manadas de lobos que los acompañan – permaneció pensativo–. Debemos comunicar estas nuevas a la reina Nalma de inmediato. ¿Tal vez vos, caballeros? –se dirigió al más anciano de los que guardaban la tumba. Este se limitó a sonreír amargamente, y lo mismo sus dos compañeros.

–Tenemos una misión que cumplir aquí, aunque no por mucho tiempo. –A Origog se le empañaron los ojos, pues era evidente lo que significaban sus palabras, y demasiada sangre manchaba el verde de sus armaduras.

El silencio reinó por un instante, mientras todos rendían silencioso honor a los héroes. Pero no eran tiempos para la duda.

–Amdácad, os lo ruego; no creo que deba ponderar la importancia de vuestra misión para el futuro de toda la Corona de Sandor, y aun de la Península. Los escuderos os acompañarán.

–Hicimos una promesa –protestó el caballero. Gôlfang no cejó.

–La doy por cumplida por vuestra parte; en todo caso, la palabra de vuestro tío no se verá comprometida mientras el Señor Dalamán permanezca a mi lado.

–Y yo, Venerable –intervino Aldamar–. Jamás me separaré de mi señor mientras sea su escudero.

Gôlfang lo miró sorprendido y luego a Dalamán. Al parecer este no estaba acostumbrado a prescindir de su escudero y no podía decidirse; tampoco quería contradecir al mago.

–Acercáos, Señor Dalamán –pidió Gôlfang, y se separaron unos metros–. Voy a ser claro con vos: he mandado a vuestro cohermano al castillo porque su imprudencia pone en peligro nuestras vidas, vos lo comprendéis bien. Mas también vuestro escudero nos pondría en peligro en caso de quedarse nuevamente paralizado en medio de una lid, como hizo antes. Esta vez tuvimos suerte de que no hubiese kérveros.

El rostro infantil del caballero adquirió un rictus severo.

–No podrá volver a ocurrirle, Venerable; solo tenía un padre por toda familia.

Gôlfang guardó silencio. Desvió la mirada y no puso más objeciones.

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Capítulo XI. Majestad… El dios azaroso. La sombra de la luz II

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

En la ciudad-laberinto, el silencio había dado paso a un bullicio escandaloso. Por todas partes la gente se arremolinaba y murmuraba; si bien no había gritos, ese murmullo era un clamor en sí mismo.

Cuando se dieron cuenta de lo que podía significar, corrieron hacia sus habitaciones.

–No digas a nadie nada de lo sucedido –ordenó Origog mientras subían la escalera, tras cerciorarse de que nadie podía escucharle.

–¿Nos creerían? –respondió Gwist al tiempo que llegaban al final, jadeantes.

Pero desde luego que les creerían.

Dando un portazo, Gôlfang salió de una de las habitaciones como alma que lleva el diablo, y se dispuso a entrar en otra, en la del cartógrafo, sin reparar en ellos. Eso era inquietante.

–¡Señor Balamó, ya están aquí! –se escuchó de pronto la voz del mago. Sigue leyendo

Agnotología militar: el ejemplo de las misiones militares en el exterior

Reblogueo este artículo de la página de “Utopía Contagiosa”, otra reflexión interesante acerca de nuestro lugar en el mundo…

“Aquellos que quieran informarse sobre las operaciones militares españolas en el exterior lo tendrán difícil.  Encontrarán cifras distintas, incluso en la misma página web sobre, por ejemplo, el total de las misiones que están en curso.  Esto quizá sea una de las prácticas habituales de la agnotología militar:  dar informaciones contradictorias, equívocas, para fomentar la desinformación.

Fíjense en las imágenes que siguen:  informan de las misiones militares españolas en el exterior.  No coinciden en su número:  17, 18, 20.  Ni en eso coinciden.  ¿Cómo puede haber tal disparidad?  ¿Mal trabajo periodístico, mala actualización de datos?  Sin embargo, la primera infografía, la de El Mundo, cita fuentes de las Fuerzas Armadas.

En la infografía de El Mundo son 17 las misiones militares en el exterior:

Sin embargo, la fuente oficial, la página web del Ministerio de Defensa nos informa de 18 misiones militares:”

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Capítulo X. Los Reyes Caídos. El dios azaroso. La sombra de la luz II

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Origog y Gwist fueron encomendados a las atenciones de un jovencísimo caballero, poco más que un niño, mientras Gôlfang y Rolja se dirigían en compañía de los garguines al Salón de Audiencias. El rey no había regresado. Como el Alférez Balamó temiese, Su majestad Dámjala había salido a enfrentar el avance kérvero desde el este, y de eso hacía ya al menos dos semanas, aunque había mandado diariamente mensajeros, que sin embargo faltaban desde hacía ya tres días. Por eso, la princesa Nalma, regente en el Castillo, había convocado a sus amazonas y ahora trataba de buscar la ayuda de Karos y Sandor.

Así pues, los Iöron fueron tranquila y cortésmente desplazados de la primera línea de acción, y ahora cabalgaban ociosamente por las cercanías del castillo, guiados por Dalamán dil Balamó, señor de Bérilad, segundo hijo del Conde Balamó; joven que encarnaba por su fisonomía y carácter el tipo perfecto de caballero garguín: delgado, rubio, de mirada clara pero austera y, sobre todo, muy joven, apenas quince años, los dos últimos experimentados en combates, desde que velase sus armas en el Templo de Karos y fuese ordenado caballero por su tío el rey.

–Aunque nos hayan apartado de los grandes asuntos, siempre hay pequeños quehaceres que personas de buen ánimo pueden emprender sin demasiado enojo –invitó a los Iöron.

Gwist aceptó de inmediato por los dos.

–Lo que sea por nuestra renovada alianza –aseguró.

El joven Dalamán pareció complacido con la respuesta. Sigue leyendo