Palabra interrogadora

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por Augusto Blasborg

No recuerdo la primera vez que me puse delante de un grupo de personas a las que se suponía que debía aleccionar, instruir, entretener, acompañar, inspirar o directamente Educar…; sé que debería, pero no lo recuerdo. Probablemente fue penoso, y mi memoria a veces me hace este tipo de favores (generalmente cuando no se lo pido).

Sí recuerdo con bastante nitidez algunas miradas (puesto que hoy pretendo ser optimista, me centraré en las positivas); creo que jamás, ni siquiera en momentos en que fiscales y jueces ponían toda su atención para pillarme en flagrantes contradicciones, he sentido que mis palabras y mi gestualidad eran seguidas con más atención que la que les prodigaban ciertas personas que asisten a cursos de español. Confieso aquí que tanta responsabilidad me atemoriza, sobre todo porque se cimenta en una confianza total que no creo haberme ganado en los pocos minutos de tiempo/vida que compartimos. Ahí están, ahí estoy, ahí estamos, empeñados en un proceso de aprendizaje mutuo en el que las estrategias conocidas y trilladas se disuelven y cuelan entre los huecos sintácticos, semánticos, pragmáticos, y solo podemos anclarnos al lenguaje humano del ánimo, la sonrisa y la constancia.

Supongo que si la comunicación puede surgir allí donde apenas hay palabras, debemos buscar la Palabra que subyace en nuestra humanidad. Es ya la única forma de esperanza que se me ocurre.

Reflexiones sobre la zona «Caamaño-Las Viudas» del barrio «Las Delicias» de Valladolid 2017

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Descargar texto completo en pdf: caamano-viudas-necesidades-v2.b

El presente texto, tal y como está redactado y estructurado, no pretende ser más que un reflejo aproximativo de las propias inquietudes de varias vecinas acerca de la zona Caamaño-Las Viudas de Valladolid, surgidas de su experiencia como activistas –creemos que aún se pueden decir estas cosas–, trabajadores y voluntarios en varias de las asociaciones, fundaciones, ONG… que trabajan en el barrio. Ni pretenden sentar cátedra, ni aspiran a la exhaustividad, ya sea analítica, ya sea propositiva.

Y así debe ser, forzosamente, pues construir un barrio no puede ser cuestión de personalismos, de protagonismos, individuales o de grupo, sino una marcha común en la que todo el mundo aporte. Demasiadas veces hemos caído en posibilismos que solo han servido para ponernos a merced de los publicistas mediáticos, públicos y privados, de organizaciones y fundaciones de motivaciones espúreas y prioridades mercantiles, de políticos de la imagen. Mi opinión es que nos estamos jugando mucho en un momento clave como el actual, y que solo trabajando unidas, formando redes, creando sinergias que procuren una transformación real, una crítica radical, podremos hacer algo más que beneficencia que tranquilice nuestras conciencias vulneradas.

20 años de insumisión en los cuarteles

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por Alicia Valcmorós

Se cumplen este mes de marzo de 2017 20 años de la campaña que el MOC (Movimiento de Objeción de Conciencia) lanzó en el estado español bajo el lema “Seguimos desobedeciendo”. La 1022364010_850215_0000000000_sumario_normalcampaña consistía en entrar en el cuartel, pasar el mínimo tiempo posible para ser considerado “soldado”, y luego marcharse y declararse insumiso, por lo que esos jóvenes pasaban a la jurisdición militar y eran considerados desertores y juzgados como tal, cumpliendo penas de 2 años, cuatro meses y un día (mínimo) en la Prisión Militar de Alcalá de Henares.

Cerca de una veintena de jóvenes siguieron la campaña, 2 en Valladolid, junto a miles de otras personas que les ofrecieron su apoyo, mientras los cuarteles se iban vaciando a pasos agigantados, ya fuera por la decisión de muchos jóvenes a declararse insumisos “tradicionales” (bajo jurisdicción civil), ya fuera por el incremento acelerado de los que se decidieron a declararse objetores.

En diciembre del año 2001, el gobierno se vio obligado a terminar la “mili” (aunque no sacó de la cárcel a los insumisos de los cuarteles hasta junio del 2002).

La insumisión fue un movimiento a favor de una defensa noviolenta de la calidad de vida y del bienestar entendido más allá de la competitividad sustentada desde los puros datos económicos (PIB), o de lógicas de enfrentamiento entre personas y pueblos. Fue un movimiento de desobediencia civil que embarcó a cientos de miles personas en una apuesta por el control de sus propias vidas.

¿Hemos perdido la apuesta, hoy día?