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Las aguas del Marawi ätaum se mezclaban con las aguas del Mare Flamígero en medio de una calma musical. El río atravesaba la Cordillera del Sur durante seis kilómetros y volvía a la luz por una gruta situada al final de una ladera boscosa, que se suavizaba hasta la horizontalidad en los metros finales, formando un repecho de piedra que conformaba un puerto natural. Allí había atracado “La Bella Alada”.

–Este es el camino más corto hacia el valle –decía Labarín–. Después tenéis dos días hasta Granshall a un paso que se acomode a vuestras circunstancias. Os recomiendo que sigáis el curso del Marawi ätaum y que no os inquieten sus juguetones meandros –añadió, y era el más indicado para aconsejar caminos en aquel lugar.

Los pasajeros comenzaron a descender.

El primero fue Domla, que intercambió con el anciano una mirada larga y profunda antes de abrazarle como a un niño. Grundo le siguió inmediatamente, despidiéndose con la mano de los Alfens que le saludaban desde los mástiles. Detrás de ellos fue Desedón, cubierto con la capucha a pesar de la bondad de la mañana; durante aquellas dos noches y el día intermedio había permanecido descansando, recuperán-dose del esfuerzo que le supuso emplear la magia para proteger el barco de la Shoru´Treak. Phëron y Heimdallat bajaron después. El turno le llegó a Gôlfang. Labarín le tendió la mano, y la estrecharon mientras decía:

–Hasta pronto, Led a Nerín, Portador de la Palabra –su mirada transmitía seguridad y confianza.

El mago no respondió. Se dio la vuelta y descendió la escalerilla. Cadmier y Phericlô le siguieron.

Los primeros en descender ya habían atravesado el repecho de roca y se encontraban junto a la entrada de la caverna. Allí esperaron al resto. Procuraron no mirar hacia el barco, donde un padre y un hijo se separaban tal vez para siempre. Pero no se demoró demasiado Austrong, y sus pasos eran guiados por las voces de todos los Alfens, que se elevaban en un canto de tristeza y esperanza. Cuando llegó hasta ellos, portaba el mismo arco y la misma aljaba que no pudo utilizar contra la Serpiente Aérea. También traía una antorcha apagada.

El barco se alejó lentamente hacia el este, y la música de las voces se difuminó en ecos hasta que casi no era más que una recreación de la memoria.
La primera flecha voló junto al hombro de Gôlfang y se perdió en el mar. Como un resorte, los cuatro caballeros se adelantaron, formando un escudo que permitiese la retirada del resto. La segunda flecha rozó a Phericlô, yendo a parar también al fondo de las aguas.

–Sólo es uno, lo he visto –aseveró Cadmier, y se lanzó hacia la ladera–. ¡Phericlô, Heimdallat, conmigo! –ordenó–. ¡Phëron, sigan hasta Granshall! –y comenzó a escalar por donde creía haber visto por última vez al atacante. Los otros dos lo hicieron a intervalos regulares, tratando de acorralar al arquero.

Grundo no pudo evitar asomar la cabeza, y pudo discernir a los caballeros y el movimiento de los arbustos más arriba de la posición de los otros.

El arquero huía subiendo la montaña.

Phëron se introdujo finalmente en la cueva para poner al corriente a los demás.

–No podemos esperarles –confirmó Golfang. Su expresión era dura y determinada.

Comenzaron a caminar. A medida que se introducían en la caverna, la luz del sol iba debilitándose y se hacía más dificil caminar sin tener la certeza de no tropezar y caer, si bien ese hecho no se produjo.

–Una sola antorcha será poca luz más adelante –vaticinó Desedón, que en su estado no podía auxiliarse con un hechizo.

Austrong, que encabezaba la marcha, respondió.

–No nos arrastramos por el lecho del río ni tampoco por un sendero tortuoso y descuidado. Caminamos por un pasillo labrado miles de años atrás por mis hermanos, y adornado por carbunclos que despertarán a la llamada de la luz –aseguró, y encendió acto seguido la antorcha. No se equivocó. Apenas a un metro de distancia, la piedra de la pared se iluminó con una palidez azul, que fue adquiriendo mayores proporciones hasta que se formó una bola del mismo color que iluminó varios metros de caverna y arrancó a las paredes y a las aguas tonos pálidos y fríos, que sin embargo dotaron al lugar de una magestad sublime. Como si de una llamada se tratase, pocos metros más allá otro fragmento de pared se iluminó, y luego otro, y otro, hasta que todo el pasillo parecía de hielo fluyente, porque el río arrancaba ecos de actividad a la piedra.

Silenciosos, siguieron el camino marcado muchos años atrás.

Una vez cumplida su misión, Austrong cedió la vanguardia al único caballero que quedaba entre ellos, y se unió a Grundo y a Desedón, que caminaban juntos. Cerraban la marcha Gôlfang y Domla, que no habían intercambiado una palabra desde que se conocieron, aunque a menudo, tras el ataque de la Serpiente, el mercenario había acompañado en silencio a un Gôlfang que se mantenía solitario en la popa, junto a la baranda, mirando el horizonte como si quisiera divisar las Nieblas del Fin y aún más allá.

Fueron dos horas de belleza y preocupaciones, antes de salir de nuevo al aire libre y pisar Orik´alalai, el Valle del Sol.

Les rodeaban montañas, tan al sur, y observó que aquellos guardianes se prolongaban por kilómetros y kilómetros, hasta que se confundían al final con la hierba y los reflejos del río. En algún lugar de aquella inmensidad se encontraba Granshall, el hogar de los Alfens.

Incluso la brisa de mediodía quiso dar la bienvenida a Orofín Beradol.
Durante todo el tiempo mantuvieron controlada la persecución. Desde el principio habían obligado al arquero a escapar en una misma dirección, ascendente, y tenían la certeza de que tarde o temprano se agotaría. Ellos eran tres, acostumbrados a este tipo de ejercicios vestidos con sus cotas de mallas. El arquero parecían haber comprendido su situación, y no se preocupaba en ocultar las huellas de su paso, sino que trataba de poner de por medio la mayor distancia posible. La tenacidad de los caballeros no cesaba, y al cabo, el tiempo había traído el mediodía y aún sólo habían ascendido una pequeña parte de la inmensa ladera.

Súbitamente, la presa pareció desvanecerse. Ya no se escucharon sus pisadas sobre el mantillo húmedo por la lluvia del día anterior, ni el roce del cuerpo veloz con los arbustos y las ramas bajas. Los bonerii se detuvieron. El arquero había dejado de correr. Comenzaron a acercarse, confiando en que la vegetación tupida obstaculizase el manejo del arco. Lentamente cerraron un círculo en torno al lugar donde habían escuchado por última vez al perseguido. Se detuvieron de nuevo en el lindero de un claro. Lo poblaban herbáceas y helechos de grandes frondas. Corría una brisa tenue, y el sol aparecía en lo alto, escorado hacia el norte.

En el centro del claro, el arquero. El arco colgaba inerte de su hombro y mantenía la cabeza alta, mirándoles uno a uno desde sus ojos negros y abismales. Comenzó a reir.

La reconocieron; al menos la parte de su ser que antes habían conocido.

–Adelante, caballeros –indujo, segura de su sorpresa.

Ninguno dio un paso ni envainó la espada.

Ella continuó.

–Habéis sido elegidos, de modo que no me hagáis perder el tiempo –amenazó–. En este claro, más de mil años atrás, Maberel y Danaöl conocieron su destino como Señores de los Alfens; Madrivo así se lo anunció. Hoy es otro dios quien solicita mi voz, pues emprenderéis un viaje que sólo yo puedo conducir.

El carácter de Cadmier le hacía desconfiado con la mayoría de la gente y de las circunstancias. Por eso siguió sin dar un paso, impidiéndoselo a su vez a sus hombres con su actitud; pero incluso mientras permanecía inmóvil observando a la mujer mercenaria, sabía que no estaba mintiendo.

Escuchó un sonido rítmico a su espalda, y al poco apareció un corcel completamente negro que pasó a su lado y se detuvo junto a Gremcam. El caballo se irguió, rampante, y lanzó un relincho orgulloso. Su dueña le montó.

–Adelante, caballeros –ordenó esta vez, y ninguno tuvo la fuerza de resistirse.

En el cielo, el sol pareció acelerar su marcha y ocultarse, y se vieron envueltos por una ráfaga de viento y negrura.

Cuando pasó, no había nadie en el claro.
El mismo sol, la misma luminaria, pero hasta aquel momento Grundo no comprendió la magnificencia del don de Naraendil. El regalo que la diosa había otorgado a ese mundo incipiente para renovar cada día la esperanza. En aquel lugar, donde habían nacido los Primeros y donde sólo quedaba Daladei para recorrer el camino de la Justicia, la Verdad y la Vida, el valle de Orik´alalai lloraba la despedida roja del día mientras llegaban extraños junto a viejos amigos, y las tierras vivas se hacían mar ondulante, mecidas por el viento.

Pero aquella magia no podía durar mucho, y paulatinamente el sol se fue ocultando en la Isla Qüemyum, de modo que Grundo se encontró de pronto mirando hacia una oscuridad lejana y lisa que prometía vértigos y que provocó un sentimiento de soledad en el Orondo. Caminaban en la noche, sin detenerse, tratando de dejar atrás la Cordillera del Sur, sin esperar a los caballeros y confiados en su seguridad.

Desde que saliese de Arodia, siempre hubo algún motivo para mirar atrás. Primero Gara y Gervag, más tarde Gôlfang, y ahora los tres caballeros que partiesen en persecución del misterioso atacante. Phëron se mostraba nervioso, y caminaba en último lugar, aferrando la empuñadura de la espada y ajeno a la exhuberante belleza nocturna del Marawi-ätaum y del valle. Austrong, por el contrario, parecía haber olvidado a sus acompañantes, y caminaba entre la hierba remontándose a otras épocas, escuchando las palabras ocultas que entonces los Alfens aún sabían desentrañar para modelar el mundo.

Desedón caminaba tras él, junto a Grundo, y, para sorpresa de éste, de vez en cuando dejaba escapar algunas palabras de buen humor, conmovido por el lugar, aunque nunca abandonaba del todo la ironía, y llegó a bromear argumentando que todo aquel territorio podía ser explotado por los terratenientes de Boracoria para sembrar trigo con el que abaratar el precio del de Willand, mientras ellos se dedicaban al arroz en el delta del Boureanaur, a los minerales en Arodia, a las explotaciones forestales en Blakari, y a la industria metalúrgica en Bhasaphil; por no hablar de reclutar guerreros kérvicos en Thrasgok. Todo en nombre del Orden, por supuesto.

Grundo no terminaba de comprender a aquel joven mago de Karos. Respecto a Gôlfang, caminaba justo detrás de ellos, taciturno, pero Grundo sospechaba que ese ánimo no guardaba relación con Cadmier, a pesar de la amistad entre ambos. Domla marchaba junto a él, silencioso, y mantenía la vista puesta en el horizonte invisible.

También en esta ocasión fue el primero en descubrir a la figura que avanzaba hacia ellos desde el noreste.

Incluso Austrong tardó en discernir la presencia que Domla había anunciado con rostro alegre. Cuando lo hizo, Grundo no comprendió su reacción. Bien era cierto que tampoco él sentía demasiada estima por aquella ruda mujer, pero aquella animadversión no justificaba en modo alguno el cambio que se produjo en la expresión del zulfo; si momentos antes se había mostrado feliz, tan feliz como sólo un hombre normal podía imaginar a un ser de aquella raza, ahora sus ojos se veían hundidos de nuevo en unos anchos morados, y su piel blanca se cubría de un sudor muy fino. Sin embargo, su mirada se mantenía fija y serena, resignada.

Entonces Grundo atajó la mirada de la mujer, y halló tras la profundidad de su mirada un atisbo de lástima que lo inquietó más que el estado de su amigo.

Descubrió que se habían quedado solos, Domla, Gremcam, Austrong y él, pero intuyó que la figura allí representada no debía ser un cuadrado, y que él sobraba ya en las vidas de aquellos otros; le dolió, aunque probablemente no quiso admitirlo.

Los dos magos habían continuado andando un trecho después de la llegada silenciosa de la mujer, y ahora permanecían mirándose fijamente el uno al otro en un duelo inequívoco. Se asustó cuando vio que el reto de Gôlfang escondía un miedo que luchaba contra una ironía que se torció en cinismo en el rostro de Desedón cuando éste retiró la mirada bajo la promesa de retomar el combate. Aunque aquel pensamiento le repujnó como una traición, Grundo estaba aquella vez de parte del joven.

En cuanto a Phëron, había continuado también la marcha, y ahora se hallaba entre los dos grupos, escrutando todavía la oscuridad que guardaba la Cordillera del Sur y a sus tres compañeros.
Acamparon para pasar la noche. La cercanía del río disminuía la temperatura, y por eso se alejaron un trecho, para resguardarse lo más posible del rocío de la mañana, aunque sabían que el aquel lugar el sol les secaría dulcemente en poco tiempo, y tampoco pensaban alargar el sueño, ya que sólo un día más les separaba de Granshall; llegarían allí a esta hora o incluso al atardecer, si apremiaban la marcha. En todo caso, no perturbaron al valle con sus voces o con fuegos, y sólo Phëron no quiso encomendarse a la noche y mantuvo la vigilia hasta el amanecer, observando la oscuridad, iluminada de cuando en cuando por los machos de las luciérnagas, que proyectaban su luz, como ridículos fuegos fatuos, a muchos kilómetros de distancia en aquella noche clara; aún las nubes del sur no habían conseguido superar la Cordillera, y tal vez no lo hicieran, descargando toda la tormenta en el mar. El valle esperaba el nuevo día sin obstáculos para el sol.