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El último mes en Granshall había transcurrido suavemente, lento y colmado como cada uno de sus atardeceres. El placer de pisar el suelo de su origen, de respirar el aire de la niñez paterna, de la caricia de la luz del sol, era un placer aprendido, por primera vez gozado en la vida del elfo. Pancao había nacido en Cerian al Fionol, pero de niño había viajado a Tocatora, y allí, en el Templo de Naraendil, habían transcurrido sus días. Hoy era un joven diácono escogido para superar su prueba y convertirse en sacerdote de pleno derecho, una vez terminados sus últimos estudios. Cada día de aquel mes se había convertido en una lección aprendida, en una reflexión que desencadenaba horas llenas de abstracciones, inmóvil en el mismo banco del jardín, mientras meditaba las ramificaciones normativas que acarreaba la última raza que siempre había constituido el último escollo para los sacerdotes de Naraendil: Iöron – él sí podía, y debía, utilizar aquel nombre. Los hijos del dios oculto, adoptados por su gemelo sin consentimiento del primero, y traídos en parte a Edeter, dejando al resto en la Diáspora. Lo grave del caso era que, si bien Sírom había mostrado su preferencia por el Orden, restaurando el Equilibnrio de fuerzas entre los dioses, el dios que se ocultaba no se había decantado, y por tanto nadie sabía si los Iöron que habitaban en Edeter como hijos del Minero y sus hermanos desterrados mantendrían esta fidelidad o se volverían contra ella en el caso de que su padre así lo solicitase. Aquel era un dilema que ni la misma Naraendil había logrado dirimir.

Pancao dejó transcurrir aquella tarde sentado frente a la estatua vegetal del Dragón de Plata, la figura que la Madre Naraendil adoptó cuando se vio obligada a utilizar la fuerza para colocar en el cielo su regalo.

Ajeno a los preparativos del Cónclave –él había llegado allí para ser puesto a prueba por el propio Kordafán Narkot y recibir de él su nombre de sacerdote–, Pancao se retiró pronto a descansar, junto a los otros dos diáconos que esperaban también el juicio de la diosa por boca de su hijo. Los tres compartían habitación, ya que los participantes en las Conversaciones de Granshall ya habían comenzado a llegar, algunos con un gran séquito, como era el caso de Alhsair Bhelli, la Qüemyum de Dne Korba, a la que acompañaba todo un destacamento de caballeros de Astaro con su apuesto duque a la cabeza; a pesar de su condición de diácono de la Justicia, Pancao había tratado de evitar a aquellos dos. También había llegado el Qüemyum de Fandas, el último de los Tritones, que había aparecido una mañana emergiendo del Marawi ätaum como una aparición repentina, jugando con sus delfines de río. Asímismo, habían llegado los Qüemyum de Cwin Sira, La Cazadora, y de Bedrom Cäiló, el Poder Profundo, que había venido con dos cronistas y una cohorte de astrónomos que estudiarían las noches de Edeter para conocer objetivamente la disposición del dios Cosmos.

En cuanto al resto, iría llegando poco a poco, pues aún faltaba otro mes para el día señalado. En cuanto a Pancao, lo único que realmente le interesaba era que todo ese tropel no interrumpiese sus meditaciones; sin pretender pecar de vanidoso, estaba seguro de que ya había reflexionado todo acerca de los Iöron, al menos tanto como el que más. Sin embargo, no podía emitir un veredicto; tal vez prueba de su prudencia, ya que los hechos no habían llegado a su fin.

En rigor, todo esto significaba que ya estaba dispuesto a enfrentarse a su prueba, tan dispuesto como pudiera estarlo nunca. Y si él lo sabía, también Kordafán Narkot lo sabía.

Hacía varias horas que dormía cuando un toque suave en el hombro le despertó. Abrió los ojos despacio, saliendo del sueño sin brusquedad, y frente a él halló una mirada misericordiosa y al mismo tiempo firme. El color de la plata antigua reflejaba un juicio seguro y sabio, ecuánime, como quizá ninguna otra mirada pudiera transmitir. Pancao reprimió la euforia y se incorporó lentamente en el jergón. Junto a él encontró ya a sus dos compañeros, el elfo y el humano, y entre ellos, invitándole de nuevo a acompañarle, Daladei.

Salieron tras el anciano y cruzaron la aldea, bajando hacia el jardín. Abrieron la puerta de celosía metálica y continuaron hacia el corazón mismo del lugar. Pasaron junto al Dragón de Plata, y Pancao sintió sus labios frunciéndose en una leve sonrisa de ánimo. Sabía que pronto el grupo se separaría, ya que la prueba era personal y no se admitían interferencias en el juicio. Cuando se hallasen frente a Kordafán Narkot, desnudarían su alma de pasiones y serían jueces intérpretes de la ley, sin más justicia que la de Naraendil, la Luz Que Restituye, y que a veces debe quitar más de lo que da.

Llegaron al centro del jardín. Daladei les habló por primera y única vez aquella noche.

–Buscad vuestros nombres –dijo simplemente.

Se desconcertaron un instante, pero no buscaron miradas de ayuda. Se hallaban en una encrucijada, y cada uno eligió su camino. Pancao estuvo tentado de rehacer el camino y volver junto al Dragón de Plata, pero apenas tardó un segundo en desechar la idea. Iría allí, sí, pero ensayaría un itinerario que no fuera el de la vista atrás. Tomó el camino de la derecha. Era un camino estrecho, flanqueado a ambos lados por alerces, que recorrió tal vez más rápidamente de lo que pretendía. El final desembocaba en otra encrucijada, de modo que tomó de nuevo el tramo derecho, y esta vez aminoró la marcha aunque imprimió fuerza a sus pisadas. Jacintos azules rodeaban aquel pasillo, y su perfume le dio seguridad. Pasó de largo varias salidas hasta decidirse por una oblicua en el margen izquierdo, bordeada de crisantemos. Albergaba la secreta intuición de que aquel era el pasillo definitivo, el que le llevaría ante Kordafán. Anduvo varios minutos, manteniendo la vista al frente. Al cabo, no sin cierta inquietud, llegó al final. No había salida. Se dio la vuelta despacio, invadido por un temor frío, pero su voluntad se rehizo y volvió sobre sus pasos, despacio, observando a derecha e izquierda por si hallaba alguna salida. Unas lilas silvestres le mostraron el sendero, y él lo tomó elevando una plegaria a la Madre por su compasión. Al fin desembocó en un pasillo conocido. Bucarés en flor caían sobre los bancos, mientras a sus pies florecían tusílagos con sus flores amarillas, en torno a la estatua. Ante ella, blanco como la luz pero salpicado por miles de motas rojas como la sangre, el Hijo Predilecto, el engendrado para quitar tanto como para dar, el Unicornio Alado que mira en los corazones. Kordafán Narkot esperaba impaciente los pasos involuntariamente vacilantes de Pancao.

Toda tu vida has esperado esto –dijo la voz mental del ser–. Espero que estés a la altura.

Y aquellas palabras terribles devolvieron todas las dudas. No dudas sobre sus conocimientos, que estaban allí y se sabía poseedor de ellos, y tampoco de su voluntad, que lo había sacrificado todo. Eran dudas sobre su propio ser, acerca de su capacidad para juzgar, acerca de sus prejuicios, de su ecuanimidad, de su catadura moral, ante aquel ser que había atravesado eras y luchado por el Equilibrio.

Se encontró enfrentando directamente los ojos blancos de Narkot, y en aquel mismo instante aceptó que había nacido para ello, para ser un sacerdote de Naraendil, y que eso significaba que él sería el instrumento cuando Ella lo necesitase, que sus decisiones sólo podían ser las de la diosa, y aceptó la última prueba que ella le imponía.

Despacio, con amplitud y claridad, Kordafán Narkot expuso el caso que debía juzgar. Pancao nunca lo había escuchado, nadie aparte de los sacerdotes lo había hecho, pero desde el principio se dio cuenta de que era diferente a como él había imaginado. La incredulidad aumentaba con cada palabra vertida directamente en su cerebro, pero los ojos blancos no mostraban ninguna expresión, y trató de dominar también su mirada. Y sin embargo sabía que aquel era el verdadero reto, el único, más aún que el de los Iöron, que ya no eran simples marionetas, y que él debía dar una respuesta.

Le dejarían pensarlo, hasta el amanecer. Estaba bajo el amparo de la diosa, pero estaba solo en esta decisión.

Matar a un dios…

Condenar a muerte por un crimen era algo contemplado en algunos códigos de leyes de Edeter, aunque eran códigos del Caos o cercanos a Iyhalá Karos; pero asesinar a un dios por ser lo que era…

No obstante, antes del amanecer, ya sabía que la respuesta a este caso era afirmativa.

Pancao era Pansalabadarao.

El júbilo de su madre la recibió al llegar, pero sintió que la mirada del Maras reflejaba recelo. Seguramente la utilizaría, como había hecho milenios atrás, antes de su muerte, y luego no dudaría en traicionarla si eso beneficiaba sus planes. Dne Korba también vio la mirada que su padre dirigía a su hija vuelta a la vida, y no pudo controlar un gruñido que sólo pudo escuchar ella misma.

La última de las Shoru´ Treak estaba de nuevo junto a ella, y no iba a permitir que le fuera arrebatada. La última de sus hijas verdaderas. El Maras también había recuperado a su dragón.

La llevó a su cubil y calentó sus alas, heridas por el frío de los Hielos, y sació su apetito de tres mil años. Luego soñó que mataría a su padre si volvía a traicionarlas.