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Los cuatro caballeros formaron el pasillo de honor con las espadas en alto a la puerta de la habitación de Golfang. Labarín, Sertgón Maullé y Bezadol lo cruzaron despacio, y desaparecieron bajo la corpulencia de los hombres. Ninguno de los tres era Ose a Laraí.

Grundo lo observaba todo desde un cuarto situado a la derecha, mientras almorzaba junto al mago joven, ya totalmente recuperado, y junto a Austrong, que había acompañado a los otros tres zulfos hasta el Templo, pero permanecía ajeno al protocolo. Apenas era mediodía, pero la jornada había sido muy intensa. Había comenzado antes del alba, cuando un sacerdote les despertó, a él y a los tres caballeros, para informarles de la mejora y estabilización de los magos, asegurándoles que sólo restaba el descanso para su total recuperación. Los cuatro le habían acompañado, pero sólo pudieron hablar con Cadmier en aquel mismo cuarto, sin llegar a ver a los hechiceros. Cadmier corroboró las palabras del sacerdote y les dejó allí, instándoles a que volviesen a sus habitaciones. Sin embargo, ninguno podía dormir, y prefirieron permanecer cerca, silenciosos y expectantes. Luego había llegado Domla para invitarles a conocer la ciudad. Los caballeros habían clavado en él una mirada más orgullosa que digna, y se habían negado. Grundo accedió, después de que el otro le asegurase que Gôlfang dormiría aún varias horas, y que estarían de vuelta cuando despertase si así lo deseaba. En realidad, Grundo agradeció poder abandonar el lugar durante un tiempo; un Orondo no se encontraba a su gusto en algo edificado sobre el suelo.

Abandonaron el Templo por la puerta trasera, que comunicaba con un jardín de flores dormidas iluminado por la tenue claridad de las Constelaciones, y luego Domla le llevó hasta lo alto de la muralla para ver amanecer sobre el delta del Boureanaur. Allí el río se bifurcaba cien veces a lo largo de kilómetros en otros tantos brazos que iban a dar al mar, y todo el conjunto adquiría el matiz del bronce cuando el primer rayo del sol rojo alcanzaba los arrozales encharcados. Paulatinamente, el bronce dejaba paso al oro, y entonces los cien brazos resplandecían como manantiales dorados que desembocaban en un mar de metal líquido, irreal como el recuerdo de un sueño. Pero luego habían corrido hacia los muelles para ver los últimos momentos del mercado, después de que los barcos de pesca hubiesen descargado ya su mercancía, y que los hebitantes del sur de Sandor llegasen con sus mulas y sus carros cargados con berzas y coles para intercambiar por el pescado. Allí las transacciones se hacían tanto por trueque como a cambio de cobre, y la plata se veía muy escasamente, excepto en el color de las capturas marítimas.

Aproximadamente una hora estuvieron allí, observando intercambios y regateos, y luego pudieron ver cómo sesenta Alfens cruzaban la ciudad y el puerto, paralizando toda actividad a su paso, tal era la belleza que irradiaban en aquella mañana reciénnacida. Austrong se separó del resto junto a otros tres Alfens y se interesó por la salud de Gôlfang, y luego Grundo fue presentado y perdió la noción del tiempo frente a aquella longevidad, más antigua que toda su raza. Los cuatro insistieron en visitar a Gôlfang, de tal manera que Domla se apresuró al Templo para anunciar su llegada mientras ellos y un aturdido Grundo se acercaban más despacio. Después, todo estaba planeado, y se limitó a obedecer.
Desedón, con gesto artificialmente malhumorado, contemplaba a los caballeros y a los Alfens. No dirigió ni una mirada a Austrong ni a Grundo. Cuando estos llegaron, él ya estaba en aquel cuarto, bebiendo un cuenco de leche y comiendo pan recién horneado. Les había ofrecido esto último con la extraña habilidad de no levantar los ojos de su cuenco. Grundo lo rechazó, receloso, pero Austrong aceptó sonriente y lo agradeció. Cuando el sacerdote que le había despertado por la mañana le llevó el almuerzo, Grundo se aplicó a él con fruición, hambriento por no haber cenado la noche anterior.

Entonces Austrong se levantó y se sentó junto al mago. Grundo le miró interrogante, como el propio Desedón. Con un gesto leve pero que abarcó muchos recuerdos, dijo lentamente:

–Bienaventurado el que llevó la luz a la oscuridad –y tomó otro pedazo del pan del hechicero.

Desedón le miró con gratitud inesperada, y dejó escapar un suspiro cansado. Pero no pudo evitar que sus ojos escapasen hacia la habitación de Gôlfang. Con los hombros hundidos, como Grundo no volvería a verle jamás, se lamentó.

–Quizá no era esa la luz más apropiada.

Austrong negó con la cabeza, despacio.

–Toda luz tiene su sombra –afirmó.

Grundo no había comprendido nada.
Les dejó hablar. Escuchó los formulismos por su recuperación, y después sus palabras de guerra, todo lo que Ose había callado. Le dolían, porque sabía que significaban un final y porque en un breve intervalo de tiempo habían cambiado muchas cosas para él. Ya no culpaba a Desedón, como había hecho su orgullo cuando pudo abrir los ojos tras la pesadilla, y comprendía con humildad que las posibilidades se reducían a esa. Mucho arriesgó el discípulo de Darín Mönkel. Pero había regresado al hogar de Maras Dokk más allá de Edeter, y había invocado el nombre de Vhena Karas en aquel recinto de Tinieblas. El dios les había liberado a ambos por las palabras de su hija, pero sólo a cambio de un alto precio: ahora él ya no era Gôlfang, Qüemyum de Karos, o, peor aún, lo era, pero apelar a la magia o al acero lo condenaba a muerte. Ahora era el Portador de la Palabra.

Le pidieron la bendición de Karos, el dios que les había expulsado de su tierra, y él se la dio sin remordimiento. Luego se lo dijo.

Las miradas de oro y plata se apagaron. En aquellos tiempos, una pérdida para la causa de la Luz. Los tres pensaron lo mismo, y los tres se avergonzaron por aquel pensamiento. La pérdida de su identidad ya había comenzado; los Alfens, encarnación de la Justicia, la Verdad y la Vida.

Gôlfang no se atrevió a hablarles de los Eäalets de Aliranaos.

–En todo caso, no cambia nada –irrumpió Sertgón en el silencio contiguo–. Las causas de los Alfens nos pertenecen a nosotros, y sólo nuestro pueblo cabalgará sobre Thrasgok. La bendición de la Paz Impuesta era todo lo que pedíamos, y es todo lo que precisamos ahora también.

Labarín le miró con gesto desaprobatorio, pero exclusivamente por el tono empleado. No había nada que añadir.

Fue Gôlfang el que cambió de tema.

–Austrong se dirige a Granshall, ¿nos acompañareis?

Labarín no se dejó impresionar y respondió con rapidez.

-Dos días. Os transportaremos en la nave hasta el paso de la Cordillera del Sur para que no os veáis obligados a bordearla por el norte; en tu estado te conviene descansar. La nave está dispuesta para zarpar hoy mismo, y pienso que es lo mejor si conozco al Maras –apuntó, y Gôlfang aceptó que no se equivocaba y que no había otra elección: el dios de las Tinieblas les había atacado en la meseta de Sandor durante la noche diurna, y por tanto les buscaría por allí nuevamente, tratando de forzar a Gôlfang a utilizar su poder. Significaría un poderoso enemigo menos, y Labarín sabía muy bien el encono de la ira y el odio del dios.

–Esta tarde, entonces –decidió el mago.

Bezadol intervino con prudencia.

–¿Por qué esperar? El viento sopla favorable y el mar está en calma, no hay mercancías que cargar y nada nos retiene aquí. ¿Por qué dar facilidades a nuestro enemigo?

Los otros Alfens asintieron, pero se limitaron a mirar a Gôlfang y esperar su decisión.

–De acuerdo. Una hora –accedió, y les acompañó hasta la puerta. Su rostro, cuando regresó a la silla, estaba pálido y húmedo.
Domla se había ofrecido voluntario para subir al mastil de proa. Había solicitado acompañarles, y Labarín le aceptó con un cálido abrazo. Aquel gesto había provocado que los cuatro caballeros se recluyesen en su propio círculo, y no habían intercambiado una palabra con nadie más en toda la tarde. Austrong había desaparecido en la bodega junto a la mayoría de los Alfens ociosos, incluido Bezadol, mientras que Gôlfang departía con Labarín y Sertgón Maullé en la popa, junto al timón. Aunque silencioso, Desedón se había sentado a su lado y miraba al cielo. Grundo siguió su juego y pronto se encontró tratando de diferenciar figuras en las nubes grises formadas sobre ellos que viajaban en dirección norte, apelotonándose contra la Cordillera. Pronto descargarían, probablemente como una lluvia fina y constante tan propia de esas costas. Por supuesto, Grundo no halló nada digno de mención, tan apretadas estaban. Pero siguió mirando un buen rato. Cansado, bajó la cabeza y se encontró con que los ojos marrones de Desedón le observaban irónicos. Se había quitado la capucha, y dejaba ver un cabello muy negro que por detrás le llegaba hasta los hombros.

-Tu nombre es Grundo – afirmó con seguridad.

El Orondo esperó a que continuase. No sabía si le gustaba aquel hombre, aunque, según le había dicho Austrong, Sírom sabría cómo había llegado a averiguarlo el zulfo, había salvado a Gôlfang mientras los dos estaban inconscientes. Sin embargo, el hombre no continuó, y desvió la mirada al cabo de unos pocos segundos.

–Tú eres Desedón –respondió entonces Grundo, cansado del silencio de la tarde. A pesar de todo, había temido que el otro le ignorara, pero el mago volvió a mirarle y casi sonrió.

–Es difícil vigilar a ese Gôlfang; viejo inquieto –señaló, aunque Grundo tardó unos instantes en comprender que estaba bromeando.

Sin ningún motivo aparente, se acordó de Arodia, y retornó el miedo. Se daba cuenta de que desconocía lo ocurrido los últimos días, y de que se había dejado llevar de un sitio a otro, fundamentándose en las buenas noticias que sucedían a las incertidumbres o en los recuerdos melancólicos. Y sólo había transcurrido una semana.

–¿Estuviste en el Pico Sawor? –preguntó, pero lo dio por seguro–. ¿Qué sucedió allí?, ¿qué os sucedió a vosotros? –formuló las preguntas rápidamente, dándose perfecta cuenta de que las respuestas podían ser diferentes, y la primera aterradora.

Desedón desvió la mirada al cielo. Parecía que no iba a responder. Pero entonces su boca se torció en una sonrisa cínica y habló sin mirar al Orondo.

–A Gôlfang le falló la prospectiva, a mí la fuerza, y voló el murciélago –dijo, y torció nuevamente el gesto–. Pero al Minotauro le falló el valor, y el mismo Maras Dokk cedió finalmente –añadió, pero Grundo se dio cuenta de que no era respuesta para él. Desedón le miró fugazmente y dejó escapar el aire por la nariz en un espas-mo–. ¿Quién sabe qué sucedió realmente y por qué?

Grundo bajó la mirada ante ese nihilismo. ¿No reflejaban acaso los ojos de Gôlfang la misma expresión? No pudo seguir ocultando sus temores.

–Había un dragón allí, ¿no es cierto? Y escapó. Arrasará Arodia –gimió, y miró los nimbos, perdiéndose en su color–. Yo le desperté –y clavó su desesperación en el joven, retándole a negarlo.

Desedón retuvo aquella mirada asustada, y pronunció en voz baja y lenta.

–Arodia está a salvo del dragón –y su propia mirada fue más allá del Orondo, hasta encontrarse con otra mucho más anciana que le explicó todo porque no transcendía nada bajo el temor.
Nadie se lo había ordenado, pero acababa de despertar de un sueño de siglos y estaba ávida de demostrar a su madre que valía tanto como sus medio hermanos, los dragones. No sabía que los dragones no habían volado por aquel cielo durante milenios. Era la última de su raza, o tal vez la primera, porque su reclusión en el Cinturón de Fuego la había consumido como a todas las demás, y este cuerpo era nuevo. Volaba con seguridad y firmeza, y sentía la electricidad en el extremo de su cola sinuosa, dispuesta a ser descargada sobre los enemigos de Dne Korba. O sobre aquel punto de luz en medio del mar.

Alfens. Odiados Alfens. Por ellos habían comenzado las desgracias. El deseo de Maras Dokk de exterminarlos y la aparición de las Águilas de Karos –arrebatadas lejos cuando sólo quedaban cuatro que exterminar–, la aparición del propio Karos, Kordafán Narkot, Paradano y sus centauros que habían eliminado a los Ogros, y finalmente Naraendil, que había ordenado su exilio y su reclusión, obligadas a consumirse lentamente en el fuego.

Su memoria no albergaba recuerdos desde hacía tres mil años. Pero había vuelto a la vida, y los Alfens viajaban bajo su mirada. Pronto les mandaría al fondo del reino de Fandas.

Se lanzó en picado hacia el barco, y escuchó su nombre, pronunciado nuevamente con terror. “Shoru´Treak”, decía la voz, y ella se dio la vuelta un instante antes de chocar, para que su cola prendiese las velas verdeazuladas, y volvió a darse impulso hacia arriba.

Sintió, antes de mirar, que había fallado. Se enfureció, y su boca triangular de afilados dientes emitió un siseo de frustración. Estaba segura de que no había fallado. No tenía importancia. El cosquilleo de la electricidad nuevamente. Volvería a cargar. Y esta vez ninguno de esos Alfens tendría la oportunidad de retar a Madrivo.

Sus alas no le obedecieron. Se estiraron y batieron el aire con furia, pero no lograron que su cuerpo avanzase. Un repentino viento le hacía planear sin moverse del sitio, y escuchó una risa salvaje que no le era desconocida, aunque siempre se había mostrado indiferente. Restalló su cola en un gesto frustrado y puso rumbo al norte, pensando que demasiadas cosas habían cambiado. Sobrarían oportunidades de venganza.
Cualquiera de los Alfens hubiese gritado su nombre dando la alarma si hubiese estado en su campo de visión. Pero no lo estaba, y por eso Domla gritó antes que cualquier otro, cuando el peligro aún acechaba tras las nubes.

–¡Shoru´Treak! –alertó–. ¡Shoru´Treak! –y hubo un instante de desconcierto en la cubierta, pues aquel nombre había sido afortunadamente olvidado.

Pero Labarín conocía a Domla, y por eso abandonó el puente y corrió hacia Desedón, mientras Gôlfang cerraba los puños y fruncía el ceño, dándose la vuelta. Labarín no podía sentir lástima, y tal vez el otro no la merecía.

–¡Protege el barco! –gritó por encima del silencio denso.

Nadie dejaba de mirar al cielo.

Desedón no perdió la calma.

–Sólo podré hacerlo una vez –aseguró.

Labarín asintió y desapareció en la bodega. El resto fue muy rápido. Gritos de alerta cuando la Serpiente Aérea apareció ante la vista de todos, confusión de arcos y flechas, y el canto de Desedón entremezclándose con el griterío. La súbita aparición de un cuerpo delgado y sin más extremidades que unas alas enormes y membranosas, con una cabeza triangular que era todo boca, y una cola de más de quince metros que descargó un rayo sobre las velas. Todo el barco se bamboleó, y Grundo cayó con el mago cuando trató de sujetarle. Fue un susto, pero inmediatamente pudo comprobar que todos estaban bien. Desedón jadeaba.

Austrong apareció por la puerta de la bodega junto a su padre. Portaba un arco y una aljaba, y apuntaba directamente a la Serpiente. Su rostro estaba lívido, y había bolsas alrededor de sus ojos.

La Shoru´Treak se dispuso a atacar de nuevo.

Entonces, Austrong bajó su arco ante el asombro de Grundo.

–Todavía no –dijo, y cayó al suelo de madera. En un momento, varios Alfens le rodearon, protegiéndole, y con los arcos apuntando al monstruo. Sus expresiones reflejaban un dolor incomprensible.

El ataque se retrasaba. Grundo miró a Gôlfang. Derrotado, se aferraba a la borda, sin mirar el peligro. No entendía nada. ¿Estaba tan débil que no podía utilizar su magia? Grundo trató de comprenderlo, y le vinieron recuerdos de la infancia.

Se dio cuenta de que todos sus pensamientos eran instantáneos. Todo iba demasiado deprisa aquí abajo. Miró hacia el cielo, y le dio la impresión de que la Serpiente estaba congelada, como si hubiera sido detenida en pleno vuelo y colgada de las nubes.

Entonces se dejó escuchar una risa incontenible que parecía provenir de todas partes, y la Serpiente dio la vuelta y se perdió entre las nubes.

La risa pareció concentrarse en algún punto tras el barco, y un remolino azul apareció y desapareció en el aire.

Aún tardarón algún tiempo en agotarse los ecos de la risa de Aülhoba.
Sabía que aquello sucedería, y por eso había embarcado junto a ellos. Su misión ya había comenzado, de alguna manera. Avisó a Aülhoba sólo porque sabía que su padre ya le había llamado anteriormente, y porque sabía que conocía a Orofín Beradol. Por eso el Espíritu del Aire no le pediría un precio.

Domla trató de atravesar la distancia para divisar a Gremcam, pero sólo encontró el bosque y las montañas. Sin embargo Gremcam pronto se reuniría con él y con Orofín Beradol para comenzar el viaje.