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Me despertó la puerta de la calle. La luz invadía mi cuarto y me sentí solo de improviso. Wysława se había marchado a trabajar y yo no había sido capaz de despertarme antes para despedirla.

Quedé desvelado. Aún tardé un rato en levantarme. Me duché y afeité, preparé un frugal desayuno, me aseguré de que llevaba la tarjeta de la cooperativa y encendí el móvil. Salí dispuesto a aceptarlo todo.

En realidad, pasé un buen rato ideando alguna excusa para no verme obligado a regresar inmediatamente. Un repentino empeoramiento, quizá –no había llamado a mi madre en toda la semana, por cierto; una bronca más para la lista–. Preparé un boli y un papel para apuntar números de cuenta de los acreedores, de modo que pudiese realizar los pagos aunque tuviese que poner de mi bolsillo las tasas de las transferencias.

Hacía frío tan temprano y llegar hasta los cajeros me ocupó media hora; preferí dar un rodeo para evitar pasar cerca del albergue. Llevaba varios días sin pasear por los alrededores de la estación y fue como respirar un aire insano pero familiar. Me quedé observando sus puertas mecánicas desde la giratoria del hotel en que me había hospedado, reuniendo fuerzas para acercarme al cajero y llamar a la oficina.

Metí la tarjeta y comprobé el saldo de la cuenta.

Observé los números con incredulidad.

Repetí la operación un par de veces, hasta que el creciente nerviosismo me imposibilitó seguir manipulando los botones.

No entendía nada y no podía moverme.

Durante varios minutos, ensayé conjeturas que otorgasen algún sentido a aquellas cifras, pero no hallé nada verosímil que las justificara.

Olvidé las excusas, las precauciones, y marqué precipitadamente el número de la oficina. Confiaba en que estuviese Juan, aunque había escogido previamente esta hora precisamente para eludirle.

Asusté a Inés con mi premura.

–¿Estás bien?, ¿está bien tu madre? –se interesó con cierto embarazo comprensible.

Era encantadora. Pero no tenía paciencia para detenerme con ella.

–Sí, sí, todo está bien, gracias –destruí mi excusa–; quiero hablar con Juan –insistí.

Pausa.

–No está; el viernes no vino y no ha llamado –en su voz pude apreciar un tono inquisitivo, pero no podía atenderle.

–Gracias; intentaré localizarle en su móvil; si aparece, por favor, ¡por favor!, pídele que me llame.

–Sí…, claro, de acuerdo, pero…

Colgué.

Busqué las llamadas perdidas y telefoneé al número. Durante tres tonos se acumuló la tensión. La voz al otro lado sonó de improviso, terriblemente crispada.

–¡Arturo, joder! ¿Dónde te habías metido? Llevo cuatro días llamándote –soltó en una exhalación–. ¿Has comprobado el ingreso? Luego no quiero líos con los socios; ¡tú sabes que lo he ingresado! –Sabía de qué hablaba, acababa de verlo, pero no tenía ni idea de qué significaba lo que había visto.

–Acabo de comprobar la cuenta… –comencé, pero me interrumpió.

–¡Entonces está todo bien! Las cuentas están claras, ¿no? No me he llevado nada, queda claro –aseveró con visible nerviosismo.

Las cuentas estaban, milagrosamente, claras. Pero ni entendía por qué, ni comprendía la reacción de Juan.

–¿No vas a decir nada? –inquirió; no sé cómo interpretaba mi silencio.

–¿Qué quieres que diga? –confesé, con una resignación que iba más allá de lo comprensible.

Por primera vez hizo una pausa.

–De acuerdo, lo siento; lo tenía que haber ingresado antes, pero… supongo que te habré creado algún quebradero de cabeza… con lo de tu madre, encima… –volvió a guardar silencio. Luego, de repente–. ¡Joder! Supongo que te habrás dado cuenta de que faltaba el dinero –me increpó; yo estaba demasiado anonadado como para responder; interpretó mi silencio erróneamente, pero no del todo–. ¡La parte de la cuota de los socios!, ¡me encargué yo…! ¿Es qué…?

–Si, sí, claro que me había dado cuenta –traté de contener la risa, al menos cuando ésta superó a la sorpresa. El dinero de los nuevos socios. Ni siquiera me había acordado. Lo había revisado todo, había dado entrada a sus candidaturas, había calculado el cómputo de sus aportaciones, y lo había registrado en el haber, pero siempre di por supuesto que Juan lo había ingresado; no era la primera vez que se ocupaba de llevar algún dinero al banco y no me tomé la molestia de comprobarlo; era el jefe.

De alguna manera, le encontré la gracia; me había desesperado por perder el dinero, estaba seguro de que me acusarían de robo, estafa, malversación, apropiación indebida, qué sé yo, y resultaba que Juan se estaría preocupando ahora por lo mismo, se disculpaba ante mí para que no me chivase a los socios de que había retenido todo aquel dinero, ni sabía ni me preocupaba por qué.

–No tenía por qué desconfiar de ti –aludí.

Perfecto, pensé, y de pronto me encontré delante del cajero, hablando por el móvil con un jefe que se justificaba y tratando inútilmente de contener la emociones que se precipitaban en una risa histérica para no parecer un loco, de pie en la acera de una ciudad a cientos de kilómetros de mi casa, pero que bien podía ser mi casa, a la cual había traído conmigo la estupidez de mi existencia.

Me parece que se quedó sin palabras y le colgué sin temor a ser despedido.

Todo era absurdo. Lo había olvidado. Y revisé aquella conversación que me había parecido trivial –«yo me ocupo», «vale»–, pero que me había puesto al borde del exilio y me había entregado a una compulsiva búsqueda de afecto.

Me eché a reír sin freno, aunque estuve a punto de llorar. Todo había salido bien, y no se debía a mis cualidades.

El rostro de Wysława ocupó toda mi atención. Era estúpido plantearse ahora un futuro. Seguro que dejaría mi trabajo; eso me convertía en un ser libre, presentaba un panorama sin ataduras en el que podía escoger mis movimientos, siempre y cuando algo así pudiera hacerse en este mundo cuando careces de recursos económicos.

Volver a España, quedarme en Burdeos, ir a Cracovia; el lugar carecía de importancia. Lo importante era con quién lo compartiese, quizá con Wysława, quizá solo, quizá volvería a enamorarme, si todo salía mal con ella.

Pero no era momento de tomar decisiones. Tal vez no dejase mi trabajo, a fin de cuentas, si eso me permitía una estabilidad y ella decidiera acompañarme; quizá no lo dejaría en ningún caso, pues me prometía independencia.

Seguí parado en mitad de la nada.

Hoy por hoy, sólo una cosa era irrefutable: me quedaban dos semanas pagadas de alquiler.

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