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Me despertó el ritmo del timbre y la aldaba, y esperé inútilmente a que alguien les hiciera callar. Finalmente, y puesto que mi habitación era la más cercana a la puerta, no tuve más remedio que levantarme.

–¡Amigo! –saludó sonriente, y me estrechó la mano. Reparó en mi pijama y echó el cuerpo hacia atrás–. ¡Tú dormido! Perdona, no sabía –se disculpó–. Pero hoy tarde, once de mañana.

No me sorprendió la hora; por la noche había perdido la noción del tiempo, dando vueltas y más vueltas en mi cama solitaria, pensando en oportunidades perdidas, en futuros inverosímiles junto a Wysława y en planteamientos más realistas que casi me hicieron acudir a despertarla en varias ocasiones, inflamado repentinamente por la seguridad y la cercanía.

–Pasa –invité, y se coló hasta el salón–. Voy a ducharme. Vete despertando a Halina, si quieres –en realidad no sabía si estaría o no, porque cuando me dormí aún no había llegado; no quería llamar a su puerta por temor a despertar a Netko, pero de lo que sí estaba seguro era de que no iba a dejarme allí solo con el marrón.

Me di un agua rápida, me vestí y regresé a la sala. Miro estaba solo. Rió al verme.

–Halina mal. Mucho whisky anoche –hizo un gesto como si bebiera y rió de nuevo con ganas.

Me enfadé. Casi estuve a punto de golpear la puerta y levantarla, pero de nuevo el respeto por el sueño de Netko me lo impidió. Niña consentida; alguien debía enseñarle.

Debí dejar traslucir mi mal humor, pues Miro me observó con gesto preocupado. Era inquietante cómo cada emoción transfiguraba aquel rostro.

–No clase hoy, si no quieres –dijo–. Perdona.

Lo lamenté, porque él no tenía la culpa de nada.

–Perdóname tú; es que no sé si ella tenía preparado algo… –ensayé con poca convicción.

–¡Preparado! –se burló alegremente–. Nada preparado. Hablar. Conversar. Sí.

De modo que la hora siguiente me vi obligado a aguantar de nuevo el relato inconexo de sus amoríos, puntualizando alguna expresión que haría que Lázaro Carreter se revolviese en su tumba. Exagero. La verdad es que me caía simpático y, a pesar de las apariencias, se reía con frecuencia de sí mismo, hasta el punto de que pocas de sus aventuras parecían acabar en conquista, como averigüé cuando comencé a entenderle de verdad; una vez que capté algunas de sus peculiaridades expresivas, pudimos avanzar enormemente en la comunicación y él en el aprendizaje, pues era muy rápido reteniendo y utilizando los giros y estructuras que le suministraba, riendo abiertamente ante mis felicitaciones.

–Invito a comer –me ofreció en torno a las doce y media, cuando ambos dimos por terminada la clase.

Hubiera aceptado, pero me apetecía ver a Wysława, de modo que ideé alguna excusa que me permitiera salvar el compromiso. Me disculpó sin más, gestualizando profusamente.

–Otro día, ¿sí?

Nos estrechamos las manos y se despidió hasta el lunes. «Mañana no, esta noche fiesta», confesó con picardía, «mujeres guapas francesas», añadió mientras sus extensiones se agitaban arriba y abajo.

Se marchó y me quedé solo, pensando en qué podría cocinar en apenas media hora que faltaba para que llegase Wysława. No sabía si le gustaría el arroz, pero había sobrado chorizo, y con un par de huevos fritos comeríamos de manera aceptable. Encontré todo lo que necesitaba en la alacena, por lo que no tendría que bajar a comprar.

Y caí de nuevo en la cuenta de que aún no les había pagado.

Puse el arroz en el fuego y me marché a mi habitación para coger el dinero del alquiler; lo tendría preparado para dárselo a Wysława en cuanto llegase.

Halina apareció a medio vestir, con los ojos enrojecidos y el cabello revuelto. Resultaba excitante en ese estado.

–Perdona por darte plantón –musitó tan pronto como me distinguió en la penumbra del pasillo–. Fue una noche horrible; y no pensaba que fuese a venir –no estaba muy dispuesto a disculparla, pero tampoco pretendía pelearme con ella por tan poca cosa, una vez pasado el mal humor del despertar.

–Es un buen tipo –repuse, sin más concesiones–. ¿Vais a comer?

Entornó aún más los párpados.

–Creo que no, no te preocupes, prepárate lo tuyo –aconsejó.

Sentí una punzada.

–¿No va a venir Wysława? –casi se me escapó, porque no pretendía mostrarme vulnerable ante ella.

Me observó con ternura y me acarició la mejilla lánguidamente.

–Seguro que vendrá; ¿tienes su móvil? –sugirió. Negué con la cabeza, capitulando–. Ahora la llamamos –concedió–, pero antes… –y señaló la puerta del baño. Me aparté un poco, aunque no la impedía el paso, y retomé mi primera iniciativa.

Tan pronto como salió, le tendí el dinero. En la otra mano llevaba el móvil.

Lo aceptó con una sonrisa, tan suave como lo había sido su mano al rozarme, y me guió a la cocina.

–Aquí guardamos el dinero –sacó un bote del estante–. Por si quieres robarnos; no hay mucho más aparte de lo tuyo –se burló, contrarrestando la confianza.

–Lo tendré en cuenta cuando escape –bromeé, aunque, dadas mis circunstancias, no supe reprimir cierta amargura.

Sonrió y cogió el móvil, que yo había encendido. Marcó un número «lo he memorizado» murmuró mientras esperaba. No me dejó hablar con ella. Conversó en polaco, sonriendo de vez en cuando con ironía y respondiendo con prontitud.

–Traerá el postre –me informó, devolviéndome el móvil–. El arroz le gusta poco hecho –añadió mientras salía de la cocina con una sonrisa de triunfo.

A pesar de todo, tenía que reconocer que era desconcertantemente atractiva.
–Todavía no sé si me tocará hacer doble turno –me explicó con fastidio mientras terminaba el trozo de pastel que había traído del trabajo–. Mi compañera se ha puesto enferma y no sabe si podrá ir esta tarde, así que quizá me toque trabajar hasta las once.

Aquella conjetura se confirmó a las cinco de la tarde, mientras degustaba la segunda copa de Burdeos y la observaba ir y venir entre las mesas atendiendo a los clientes. Se dirigió al teléfono, lanzándome una mirada inquieta, y su rostro adquirió una expresión que alternaba la preocupación con el fastidio.

Vino a decirme que lo sentía, que se tenía que quedar, pero ya no hubiera sido necesario.

Ambos lo sentíamos, aunque ella llevaba la peor parte. Me había confesado que le había costado conciliar el sueño esa noche, en respuesta a mi propia confesión, y que necesitaba dormir una buena siesta; también había hecho algunos planes para pasar juntos la tarde, si me apetecía, planes que pasaban por dejarse ver en la asamblea, pasear por el parque si hacía buen tiempo e invitarme a cenar en un restaurante polaco. Todo esto lo fue desgranando mientras intentaba masticar un arroz, para mí incomestible, que dejaba el «poco hecho» recomendado por Halina en un puré aguado. Los huevos y los chorizos fritos los comimos mucho mejor. Luego le acompañé hasta el trabajo para tomar allí el café, y decidí esperar hasta las cinco, momento en que acababan de estropearnos los planes.

Me quedé allí una hora más después de eso, en parte porque me gustaba observarla mientras trabajaba, aunque apenas tuviera tiempo que dispensarme, y en parte porque los sábados Halina también daba clase de francés, y no me apetecía sentirme estúpido; no me hubiera disgustado volver a ver a Hanna, Aicha y Latifa, y seguramente algo se me quedaría, pero era una hora penosa que no tenía por qué pasar. De modo que pedí una tercera copa y seguí en mi mesa, observando a la parroquia de todas las edades que se afanaba alrededor de los ordenadores, chateando, jugando, o simplemente leyendo. Wisława servía las mesas normales, las que, como la mía, carecían de ordenador; unas veinte en total, ocupadas y desocupadas en un extraño desorden que permitía ciertas efímeras regularidades que finalmente eran rotas por la voluntad de los nuevos clientes. Hasta ese punto me aburría.

A las seis y cuarto me decidí a despedirme. No me apetecía, pero quizá ella no se sintiera del todo cómoda conmigo allí.

–Luego vuelvo, si te parece –aproveché un momento de calma, con todas las mesas ocupadas y servidas. Me esperó en la barra, apoyada en un codo y jugando con la bandeja con la otra mano.

–Lo siento –insistió, decepcionada porque se nos había estropeado la tarde.

Deseché sus disculpas.

–Son cosas que pasan; otro día haremos todo eso y más –prometí–. Sobre las diez o diez y media paso a buscarte, ¿de acuerdo?

Sonrió, pero sin mucha convicción.

–No hace falta, de verdad; sal por ahí, diviértete; los sábados hay mucha marcha y hay que conocerlo todo –me alentó con una sonrisa pícara.

–Bueno, luego decidimos qué hacer; aunque sea ir a casa –propuse, y sonrió con resignación.

–Ir a casa será lo más probable, porque estoy muerta –aseguró.

Sonreí comprensivamente y le apreté la mano libre. Suspiró y se apresuró hacia unos clientes que la reclamaban.

Abandoné el local un tanto desorientado. Me costó recordar la ruta que habíamos empleado para llegar, pero había tomado referencias prominentes y no me perdí. Hubiera preferido pasar la tarde con Wysława, pero tenía que encontrar lo positivo de la situación, y era que iba a poder dormir la siesta por ambos. Aunque eso a ella de poco le serviría.

Debí llegar demasiado pronto, porque aún estaban allí Hanna, Aicha y Latifa. Ensayé mis escasos conocimientos de francés y ellas hicieron lo propio, ante las miradas desdeñosas de Halina.

–Llegas tarde –me regañó.

No contesté a su provocación y se echó a reír, invitándome a tomar asiento. En apenas diez minutos me hizo rellenar un folio entero con oraciones incompletas que ninguno sabía ni remotamente completar; esos serían nuestros deberes para el lunes. Tras imponernos la tarea, la clase terminó y las mujeres se marcharon. De nuevo Hanna se despidió en perfecto castellano, al que respondí con intriga.

–Sólo sabe decir eso –se apresuró Halina sin darme tiempo de formular pregunta alguna–. Aunque lo pronuncia mucho mejor que el francés –añadió con sarcasmo, regalándome media sonrisa.

–Me voy a dormir –di la vuelta y abrí la puerta de mi cuarto.

–Hay una cosa que me gustaría comentarte –me detuvo. Encaré su mirada seria, dispuesto a la brevedad–. Es por el dinero del alquiler, ya sabes, el que prometiste pagarnos; llevas dos días aquí y aún…

Me quedé paralizado sujetando el pomo mientras el calor se iba acumulando en mi cara; no sé cuántas emociones se combinaron para desconcertarme y eliminar cualquier posibilidad de comunicación, generando tan sólo rabia hacia aquella mujer que se mantenía frente a mí, mirándome a los ojos, y se atrevía a mentir y acusarme de…

Su rostro se contrajo paulatinamente mientras la risa desbordaba el rigor hasta estallar en carcajadas; se acercó y me cogió del brazo, intercalando entre la risa disculpas zalameras.

–Perdona… lo siento… pero es que estabas tan serio… si te hubieras visto… te he pillado por completo, no lo niegues…

Mi primera reacción se centró en San Lorenzo Emparrillado, pero poco a poco el enfado se tornó aceptación, y finalmente también reí.

–Perdona, la verdad es que no pretendía hacerlo, me ha salido –se disculpó, mirándome de reojo una vez más y riendo de nuevo.

Me llevó hasta el salón, donde recogimos el material y lo colocamos en la estantería frente a la tele. Ya no sabía si realmente tenía que decirme algo, o simplemente había olvidado que yo me iba a dormir y me aprovechaba como ayuda.

–Wysława es una buena persona –disparó. Se había sentado a la mesa y me miraba con rostro serio y confiado. Supongo que esperaba que yo hablase, pero me quedé de pie manteniendo su mirada en silencio; no intenté demostrar sorpresa ni recelo; prefería una mirada desprovista de expresión. Sonrió levemente, como aceptando mi postura, y se miró las manos antes de volver a mirarme a mí–. Es mi amiga y no he tenido muchas amigas –enfatizó la flexión femenina, permitiendo asomar a su mirada aquella expresión desafiante que encontré la primera vez que me miró a los ojos; pronto la matizó con una aceptación resignada–. Qué le vamos a hacer, me llevo mejor con los hombres –confesó, y no lo dudé un instante. Mantuve mi silencio–. Siéntate, por favor –me pidió, aunque incluso entonces parecía dirigirse a un niño con el que hay que tener paciencia; la obedecí, según creo, sólo por esa promesa de paciencia, inédita en su trato–. He pensado mucho en si debía hablarte –comenzó; yo no estaba dispuesto a facilitarle las cosas y nunca me gustaron los sermones–. No me importa lo que pienses; no pretendo meterme en cómo debéis llevar vuestra relación, pero quiero a Wysława, es una mujer sensible y no me gustaría verla sufrir.

–A mí tampoco –me apresuré; supongo que no era un verdadero ataque, pero creo que me falló la seguridad en mí mismo. Era demasiado temprano para hablar de sufrir. O tal vez no; en el primer encuentro presentí que si todo salía mal no habría más oportunidades.

–Estoy segura –concedió, sonriendo en tono confidencial; todos aquellos juegos que se había traído conmigo se me revelaron bajo otra luz, como una especie de prueba de fuego que al parecer había pasado. Con mucha suavidad, colocó su mano sobre la mía–. No eres un mal tipo, creo –el tono de la última palabra nos hizo sonreír a ambos.

–Yo también lo creo, aunque nunca se sabe –admití.

Retiró la mano despacio, y entonces me clavó su mirada inteligente y aguda tan fijamente que me desencajó; su agresividad consistía en una exigencia inclemente de sinceridad que derribó mis defensas desprevenidas.

–Y, sin embargo, no eres lo que aparentas; solo una persona desesperada se comportaría como tú lo haces. No me preocupa cuales sean tus pecados, si has tenido el coraje de cometerlos, sólo que esa desesperación sea la causa de que te agarres a Wysława como un náufrago, desechándola cuando recuperes la normalidad. –Su mirada siguió clavada en mí, pero sus palabras tuvieron un doble efecto; por un lado, tanta ampulosidad me chocaba y me hacía sonreír, pero por otro, el sustrato mismo del mensaje había acertado plenamente en el interruptor que desencadenaba los remordimientos y las dudas; podía engañarme desestimando mis debilidades cuando yo mismo era mi interlocutor, pero si habían conseguido sortear los muros en que pretendía encerrarlas hasta el punto de que aquella desconocida las había reconocido con toda claridad, significaba que eran reales y que podían condicionarme. Quería a Wysława, eso era seguro, pero si se trataba de un sentimiento bastardo, hijo de la necesidad y del recuerdo, eso, ahora me daba cuenta, era algo que escapaba a mi capacidad de juicio en aquel momento.

Incluso con esa seguridad, podría haber mentido, haber negado lo evidente y continuado con mi vida, que a fin de cuentas no era asunto de aquella mujer que se atrevía a interpelarme. Pero no supe hacerlo. No quise. Por un lado, realmente no deseaba herir a Wysława; por otro, y tan importante como el primero, descubrí que me estaba brindando un puente, no importaba cuánto hubiera en él de generosidad y cuánto de interés. Aquella mujer desconocida en la que no confiaba se convertía en apéndice de mi conciencia en el que descargar parte de la tensión, en el que buscar una visión ajena que me aportara otra perspectiva.

Creo que incluso ella se sorprendió cuando comencé a hablar. Le conté todo: la pérdida del dinero, la desesperación, la huida, la intención de regresar tarde o temprano. La aventura con Michelle. Estaba seguro de que con Wysława era distinto, añadí finalmente.

Se me quedó mirando largo rato; una brevísima expresión de triunfo me inundó de desesperación, pero inmediatamente aquellos ojos enormes y rasgados adquirieron un matiz divertido que fue creciendo hasta llenarlos por completo y rebosar.

–¿Eso es todo? –inquirió a mi desconcierto; una ironía festiva se apoderó de su voz–. Imaginaba que no serías el hombre más buscado de tu país, pero tantos problemas por una mala gestión…

Yo no le veía el humor por ningún lado.

–Perdona, no quiero reírme de ti, pero… –Para no querer, era bastante competente.

–Si te lo he contado, es porque quizá afecta a mi relación con Wysława, como tú insinuaste –corté, repentinamente enfadado.

Me miró con ternura.

–De acuerdo, perdona –me cogió ambas manos y las apretó un instante–. Pero eso tendrás que decidirlo tú; yo sólo quería que fueras consciente de que podías herirla sin pretenderlo. Creo que eres un buen tipo, y que realmente no deseas hacerle daño.

Agradecí sus palabras, que en cierto modo me liberaban, pero al final el juicio seguía correspondiéndome a mí. Sin embargo, una buena parte del peso que me había oprimido procedía –y era algo previamente intuido– de la clandestinidad, de modo que ahora me sentía ligero y podía mirar con otra perspectiva. No obstante, tendría que tomármelo con calma, pues mis problemas no estaban en modo alguno resueltos, y me parecía que ya antes estaba en el buen camino, avanzando paso a paso.

–Gracias –la palabra brotó con pretensión de totalidad.

Halina se levantó sin soltarme la mano, rodeó la mesa y me besó en la mejilla.

–Deberíamos emborracharnos –concluyó seriamente.

Había conseguido hacerme sonreír otra vez.

–He quedado en ir a buscar a Wysława, y no puedo presentarme dando tumbos –me disculpé.

Asintió tras valorarlo un instante.

–Bueno, pues si luego no tenéis nada mejor que hacer, yo estaré con Albert en el bar donde trabaja. Emborrachándome –aseguró con fruición.

Prometí que iríamos si no teníamos nada mejor que hacer. Se acercó al cajón bajo la tele y me dispensó una tarjeta que sacó de allí.

–Por si Wysława se va pronto a la cama –dijo–. Junto a la catedral.

Guardé la tarjeta, no sin cierto reparo.

Quería estar con Wysława. Necesitaba emborracharme.
Llegué al Ciber-café mucho antes de la hora prevista. Las mesas estaban ocupadas, los ordenadores también y en la barra no había demasiado sitio libre. No obstante, al ambiente parecía más relajado que a las seis de la tarde y Wysława estaba conversando con la otra camarera junto a la caja registradora, sonriendo de vez en cuando con expresión cansina.

Me acerqué a la barra y ocupé un estrecho hueco entre una pareja y un grupo. La otra camarera me había visto y se acercó con diligencia; al seguirla con la mirada, también Wysława me descubrió, y salió para saludarme con una sonrisa que no ocultaba, antes al contrario, las bolsas bajo sus ojos.

–Estoy agotada –reveló innecesariamente, apoyando desenfadadamente la cabeza en mi hombro. La otra mujer me miró con sorpresa y se quedó a la expectativa–. Aún me queda más de una hora; pero bueno, hola. –Me dio dos besos, con sonrisa de disculpa–. ¿Qué tal la tarde?

–Nervioso y angustiado, porque tengo que decirte una cosa que tal vez no te guste; he perdido un montón de dinero que no era mío, y ahora seguramente tenga que pagar por ello, quizá incluso con cárcel, por lo que entenderé que no quieras saber nada de mí. Estoy arruinado. Sin embargo, me gustaría que me concedieras una oportunidad para conocernos, porque estos días he descubierto que eres lo más importante que me ha sucedido en mucho tiempo y seguramente en toda mi vida, y sin ti no sé si me importa realmente todo lo demás. Te quiero. Quizá pienses que es pronto para decirlo con tal rotundidad, pero me enamoré de ti nada más verte y cada día encuentro algo nuevo por lo que amarte, completando un rompecabezas del que no tengo original, sino tan sólo una intuición de lo que podemos ser que se fortalece día a día, hasta hacer de nuestras almas un solo elemento perfectamente compenetrado.

Esas fueron las palabras, y no las más sonrojantes, que había ideado durante las horas que eludieron el sueño, lo que da una idea de mi estado de ánimo. Pero incluso en tal situación había conseguido mantener un mínimo de dignidad; en vez de aquello u otra respuesta parecida, lo que contesté fue simplemente:

–Bien, gracias, dormí un poco y luego Halina nos invitó a salir esta noche, si te apetece; estará en el bar en el que trabaja Albert –no saqué la tarjeta porque me parecía una desconsideración.

Hizo un mohín y me miró suplicante.

–Me gustaría, pero hoy sólo me apetece llegar a casa y tumbarme; mañana madrugo y tal vez vuelva a tocarme turno doble. –Su expresión reflejaba perfectamente la sinceridad de sus palabras. La endureció y me agarró del brazo–. Pero ve tú; tienes que conocer a Albert –insistió con la misma terquedad que recordaba de la negociación de la cifra del alquiler. En cierto modo, me lo había esperado, lo que no me libraba por completo de la culpabilidad.

–De acuerdo, más tarde iré un rato, pero tengo toda la noche para eso –aseguré. Pedí una cerveza y me apoyé en la barra mientras unos clientes le privaban del turno de réplica.

Durante la siguiente hora, el café se fue vaciando, a un ritmo lento pero constante; no se cerraría hasta la una, pero a partir de las once llegaba el jefe y Wysława podría retirarse a descansar. Me presentó a su compañera, más que nada porque la mujer no dejaba de revolotearnos; era búlgara, conocida de Netko como casi todos los búlgaros de Burdeos, incluidos los expulsados recientemente. No hablaba una palabra de español y poco inglés, lo suficiente para identificarse como Polina. Era muy joven, dieciocho años, con el pelo negro recogido en una larga coleta y una mirada que, bajo una impresión de simpleza, parecía ocultar una gran determinación.

Al jefe no me lo presentó. Se trataba de un individuo de unos cincuenta años, activo y simpático, que llegó acompañado de una mujer de su edad que saludó a Wysława y a Polina con una sonrisa familiar. El hombre entró en la barra, miró la caja registradora y llamó a Wysława; le entregó algo discretamente y le dio varias veces las gracias.

–He tenido suerte –me confesó mientras volvíamos a casa–; en otros trabajos ni siquiera me hubieran agradecido el esfuerzo, y sin embargo aquí incluso nos pagan las horas extra.

Caminábamos cogidos del brazo para protegernos del frío, y la atraje un poco más hacia mí.

–Pocos jefes son así hoy en día –añadió, y estuve de acuerdo; desgraciadamente, tampoco abundaban los empleados como yo que escarmentaran al resto, pensé con cinismo.

Apenas intercambiamos más palabras; el silencio de las calles individualizaba nuestros pasos tranquilos y disfrutamos los minutos de soledad compartida, que nos otorgaba una entidad propia.

Nos detuvimos en el portal; por la noche, con la luz apagada, era un entorno menos desagradable.

–Ya ha cumplido su misión, caballero. –Se puso frente a mí, impidiéndome continuar.

–No, bella dama, hasta que la vea bien segura en su castillo –seguí el juego, sin sentirme tan estúpido como parecía.

Reímos. Estábamos muy cerca.

–Es tarde; ve y pásalo bien por los dos –insistió suavemente.

–De acuerdo –concedí, pero no hice el más mínimo movimiento.

Nuestras miradas no se separaron. Las manos. Los cuerpos. Los labios.

Momentos eternos que reflejaron largas ausencias, profundos anhelos y, sobre todo, la celebración del presente inmediato y animal.

–Ahora te tienes que ir forzosamente –insinuó–, o mañana no podré levantarme.

Aunque lo pareciera, no fue una invitación. Besé sus manos.

–Por favor.

Me costó abandonarla; tanto como a ella le costó pedírmelo. Pero había tiempo. Todo el tiempo. Habíamos abierto una puerta al infinito.
Estaba borracho.

Deambulé por las calles de St. Michel hasta recordar dónde debía ir, y entonces comencé un largo rodeo que me llevó a la Place de la Victoire, cuyos bares se encontraban atestados de gente, y de allí a St. André, iluminada y orgullosa, como si el corazón humano necesitase todo ese espacio para albergar aquello que le supera y le define. Di una vuelta completa a la catedral, buscando a la vez la comunión con el sentimiento que erigió el edificio y el bar donde me esperaba Halina. Hacía tiempo que creía haber conseguido el primero cuando leí el rótulo que coincidía con el nombre escrito en la tarjeta. Se hallaba en una esquina, y sus modernas cristaleras insinuaban una tenue luz interior que otorgaba al conjunto sofisticación y elegancia. No era tan grande por dentro como por fuera. Mi primera impresión originó una sonrisa, pues aquel lugar me recordó al bar de Álvaro y Carlos, si no en la decoración, sí en la música, que sonaba a toda potencia, y sobre todo en el aspecto y actitudes de los camareros, uno moreno y el otro muy pálido, que se encontraban riendo junto al equipo, cada uno con un disco en la mano. Me pregunté quién sería Albert.

Busqué a Halina entre la multitud.

El bar se diferenciaba claramente entre la zona de las mesas, seis o siete rodeadas de butacas, y otra zona más libre entre ésta y la barra, desde donde partía un pasillo que llevaba a los aseos; ambas estaban llenas a rebosar.

Empezaba a arrepentirme de haber venido. No me apetecía quedarme en medio de aquel tumulto; suponía que, si regresaba ahora, Wysława, de no haberse desvelado como yo mismo, estaría durmiendo, pero por si acaso no quería forzar la situación. Tomaría un par de copas para darle tiempo y volvería tranquilamente.

Me acerqué a la barra para pedir algo; un whisky con cola no sería difícil de entender. Me colé entre un par de grupos y cogí un buen sitio.

Unos metros a la izquierda, alguien me hacía gestos. Un chaval rubio y colorado, perfectamente desconocido. En un primer momento había dudado, pero era incontestable que se dirigía a mí; me asusté, pensando que tal vez tuviera algo que ver con el albergue, que tal vez Michelle anduviera por allí, y comencé a retroceder. Pero entonces oí y luego vi a una mujer, también colorada, que agitaba la mano junto al joven y gritaba mi nombre.

Me acerqué despacio entre la gente, que me hacía sitio ante las estridencias de aquellos dos; recibí un abrazo corporal de Halina y dos besos, tras lo cual me presentó inmediatamente a sus acompañantes; primero al chaval, que también me abrazó y besó, y luego a otro joven que hizo lo propio. El primero era Albert, y el segundo su novio, Robert. Los tres estaban convenientemente borrachos.

Yo no tardé en estarlo. Efectivamente, whisky era fácil de comprender, y apenas pude terminar alguno antes de tener de nuevo el vaso lleno. Los tres estaban locuaces, pero Halina se negó a hablar en español, obligándome a utilizar el inglés durante toda la noche; Albert era canadiense y Robert galés, pero el alcohol y la música dificultaron la comunicación, al menos la oral; entendí que el primero era periodista para la versión virtual de alguna revista inglesa, y que hacía poco le habían censurado un artículo en el que proponía un romance homosexual para un conocido personaje del parlamento inglés; los tres celebraron el chiste, que yo no había comprendido, y pidieron otra ronda, brindando a la salud del partido laborista. No comprendí la casi totalidad de los chistes que alcancé a oír, pero a partir de cierto momento simplemente no comprendía nada; estaba feliz porque todos me querían y me abrazaban y me besaban, y yo les besaba y les abrazaba y les quería, y me ayudaron a buscar las gafas por el suelo cuando las perdí y hubiera dado todo por ellos cuando las encontraron. Todos eran Wysława, y Halina era Wysława, y así se lo dije, y me abrazó y se rió y seguimos bebiendo, intercambiando rondas y besos los cuatro muy alegres de ser camaradas. Confesé que me había enamorado y lloramos como niños porque ella me correspondía.

Después de eso, los hombres buscaron más intimidad entre las mesas, y yo me quedé con Halina, a quien consideraba la mejor de mis amigas porque aquella tarde me había absuelto de mis pecados, devolviéndome la esperanza; nos quedamos sentados uno junto a otro, apoyados en la pared y cogiéndonos de la mano, mirando hacia el frente saciados de alcohol y físicamente agotados.

Hacía horas que el bar no admitía clientes. Los dos camareros se habían marchado juntos, pero Albert tenía llave e iba abriendo la puerta a los rezagados. Aparte de los cuatro, o más bien dos y dos, ya sólo quedaban unas parejas entre las butacas, fluctuando en la oscuridad.

Sonó un móvil.

–Es la hora –me informó Halina, haciendo ademán de levantarse–. Ayúdame –pidió. Apenas podía moverme. Con los cuerpos confusamente mezclados, conseguimos ponernos en pie.

–¿Llamamos a un taxi? –sugerí, porque dudaba de poder llegar siquiera a la puerta.

Se echó a reír y me bajó la cabeza para estamparme un beso en la frente.

–Lo hice ayer –aseguró con un guiño. Tardé unos segundos en comprenderla y entonces yo también sonreí.

Nos despedimos de Albert y Robert bastante menos emocionados que horas antes, pero así y todo compartimos abrazos afectuosos y promesas de volver a vernos en breve.

Netko nos recibió con expresión cansada pero divertida. Intercambiaron bromas y besos y me ayudó a entrar en el taxi.

Por si lo había dudado, me quedé dormido en el trayecto.

Tratamos de no hacer ruido para no despertar a Wysława; hubiese preferido hacerlo y meterme en su cama, aunque sólo fuera para dormir junto a ella, pero superé la última tentación de golpear su puerta y me quedé dormido recordando sus caricias.
Me desperté desorientado. Mis ojos no reconocían el lugar y cuando me incorporé –¡despacio!–, en mi cerebro no había otra cosa aparte de un zumbido, como una central eléctrica o un rumor de caracola, o una caracola enchufada a la red. Cuando llegaron los recuerdos, no fue una revelación, sino un proceso natural mediante el que el último sueño dejaba paso a la realidad.

Miré la hora en el móvil. Treinta y cuatro llamadas perdidas. Las cuatro y media de la tarde. Rastreé los teléfonos con apremio, para comprobar si alguno pertenecía a Wysława; todas eran de mi jefe, desde su propio móvil, la primera del jueves y la última apenas media hora antes. Desconecté.

Me inquietaba, pero me preocupaba más si Wysława había venido a comer y yo le había fallado. Fui hasta la cocina y no hallé restos recientes. Así pues, no había venido. El día anterior pensaba que tendría que trabajar doble turno y a estas horas ya debía saberlo con certeza. Volví a encender el móvil, busqué su número, que Halina asegurase que había grabado, y llamé. Tardó un rato en ponerse y cuando contestó no lo hizo en español.

–Wysława, soy Arturo –ensayé, la boca seca.

–¡Buenos días! –bromeó.

Suspiré con alivio.

–Hola, ¿qué tal el día?, ¿dormiste bien?

Hizo una pausa de un segundo antes de contestar.

–He descansado, al menos, y esta tarde no trabajo, porque viene mi compañera de la mañana con Polina –explicó.

–¡Magnífico! –exclamé–. Podemos retomar los planes, si te parece. –Contuve la respiración.

No me hizo esperar.

–Claro; ¿has comido? Puedes venir a recogerme y pasamos por el encierro, luego ya decidimos; si no has comido, paso por casa en tres cuartos de hora.

–Voy para allá, no te preocupes –insistí. No me apetecía meter nada en el estómago que no fuese agua; creo que empezaba a tener una edad en que los excesos hay que pagarlos.

–Hasta ahora, entonces –se despidió.

–Hasta ahora, un beso –me atreví.

Colgué y apagué el móvil.

Netko me descubrió mientras apuraba el segundo vaso. Se rió con simpatía y me golpeó un par de veces la espalda.

–Whisky –dijo, mientras hacía gestos reposados que recorrían el itinerario del alcohol de la boca a la cabeza, y rió de nuevo.

Acompañé su risa, asintiendo y apretando su brazo en un gesto que no precisaba del idioma.

–Hasta… luego –ensayó, y quedó a la expectativa.

Le correspondí y se marchó satisfecho.

Me duché con agua fría antes de salir. Mientras bajaba la escalera, no pude evitar la impresión de que todas aquellas llamadas perdidas no eran una simple medida de control por parte del jefe. Tal vez debiera contestarle ahora mismo; la posibilidad de estropear una segunda tarde con Wysława venció a la prudencia, y me empeñé en seguir el plan que había trazado: mañana comprobaría el saldo con la tarjeta y daría señales de vida.

Cuando llegué al ciber–café, Polina acababa de cambiarse para el turno de tarde. Me saludó por mi nombre y yo le devolví el gesto, lo que le hizo sonreír. Wysława atendía las mesas. Polina se acercó a ella e intercambiaron algunas palabras, tras lo cual le arrebató la bandeja y le dio un ligero empujón hacia mí.

Se acercó sin precaución, pero en los últimos dos metros ralentizó el paso. No era momento de arrepentirse o de dudar de nosotros mismos; cubrí esa distancia y la besé con naturalidad. Fue un alivio que me devolviera el beso, porque hasta este instante había pensado que podría estar molesta por mi comportamiento nocturno.

–Cuando quieras nos vamos –invitó.

–Cuando tú quieras –acepté.

Paseamos cogidos de la mano. Las nubes aún estaban allí, pero no hacía viento y no llovía, por lo que la temperatura no llegaba a ser desagradable. Me comentó que hoy, en vez de asamblea, proyectarían un documental sobre la globalización capitalista que podría estar bien. No la contradije, aunque creo que era lo último que me apetecía soportar; pero no tenía ninguna propuesta alternativa, y estaba dispuesto a subsanar incluso lo que no me había reconvenido del pasado inmediato. Así pues, entramos en el local, emocionados y felices.

No cabíamos ni de perfil. Al fondo, cerca de la puerta que conduciría a los aseos, se veían un televisor y un vídeo, y luego docenas de personas sentadas en el suelo, cubriendo el hueco que llegaba hasta las atestadas filas de sillas, rodeadas nuevamente por la muchedumbre. Nos situamos en tercera o cuarta fila peatonal, y seguía entrando gente. Diez minutos más tarde, podía mantenerme en pie sin hacer ningún esfuerzo, solamente gracias al empuje envolvente de quienes me rodeaban.

Al fin, un hombrecillo canoso que se peinaba como la novia de Frankenstein anunció que iba a comenzar la proyección; todo esto me lo explicó Wysława –que no sé si realmente llegaba a ver algo incrustada allí–, añadiendo que aquel hombre era el director del documental, grabado durante varias macro–manifestaciones en diversas partes del mundo.

Comenzó una voz en off que me temo no comprendíamos un tercio de los allí reunidos y, a continuación, se precipitaron breves secuencias de gente divirtiéndose, sangrando, cargas de policía, niños en sus cochecitos… no me impresionó. Tras esto, la voz en off se decantó por un tono más serio y fue mezclando imágenes de personajes de alto nivel con las de grupos de gente normal y de estética alternativa, reunidos, discutiendo, redactando manifiestos, preparando acciones directas que luego desarrollaban para estupor de las autoridades… creo que en algún momento me venció el sueño.

En aquel mínimo espacio, nos las apañamos para aplaudir, y admito que lo hice con energía; para mi consternación, la ovación abrió paso a un coloquio que enseguida monopolizó el hombrecillo canoso, a pesar de sus disculpas y su insistencia en que todos tomásemos turno de palabra. Me quedé horrorizado ante la perspectiva.

Ignoro si Wysława pensó lo mismo o simplemente fui muy mal actor pues, tras preguntarme si quería irme, insistió en hacerlo. Sonrió al mirarme.

–¿Y ahora?

No esperaba la pregunta. Era ella la que había ideado.

–Lo que quieras; ayer tenías un montón de propuestas para pasar el día; y me gustan todas –concedí, acercándola hasta rodearla con mis brazos.

–¿Como la película? –Se echó a reír ante mi desconcierto.

Titubeé.

–Bueno, no es que no me gustase; es que a tu lado no me interesa el mundo –ensayé con creciente sonrisa, explotando y burlándome del tópico. Me miró con sorna.

–Bueno, entonces vamos a tomar algo y me cuentas qué tal anoche –sugirió con sonrisa maliciosa–. Creo que no te vendrá mal beber algo, si estuviste con Halina y Albert –se burló; como compensación inmediata, se puso de puntillas y me regaló un beso.
Paseamos, tomamos cerveza, rechazó y no insistí en la comida turca, abandonamos St. Michel, y recorrimos un Burdeos que no conocía, intersecando rutas que había ensayado con anterioridad; encontramos mendigos en calles comerciales, grupos de jóvenes compartiendo canutos y ensayando ritmos en soportales bancarios, y terrazas que se protegían con estufas del incipiente frío nocturno. Nos detuvimos en calles mal iluminadas que se enorgullecían de nombres históricos y visitamos los siglos dieciocho y diecinueve, que atravesamos bajo las alamedas de Tourny; me explicó la fachada del Gran Teatro, con sus musas y sus diosas, y nos encaramamos al Monumento a los Girondinos, que ya había llegado a vislumbrar en otra compañía.

Pero de aquello hacía siglos y sólo quedaba en el recuerdo una especie de premonición positiva del amor, que me llevó a besar a Wysława con la urgencia de lo aceptado.

Recibió mi deseo alimentándolo con el suyo, y nos reencontramos en un mundo donde los sentidos eran claves que nos ofrecían nuevos descubrimientos, mientras los interpretábamos bajo códigos emocionales. La negación del tiempo y del espacio, transmutados en conocimiento instantáneo de la alteridad complementante, de un yo por completo reparado de los desgarros inducidos por la búsqueda inconsecuente de la completitud individual.

Sólo sé que volvimos. Regresamos. Pero nuestras miradas no olvidaban que sólo había una dirección correcta y nos obligaban a menudo a detenernos allí.

Menos mal que nuestros pies conocían unos caminos más mundanos.
Paramos en el bar de Albert de camino a casa. Estaban también Halina y Netko, que disfrutaba de su día de descanso, y junto a Robert brindamos largamente por la felicidad. Supongo que se nos notaba en la cara.

Esperamos a que cerrase, pero declinamos la invitación de ir a tomar la penúltima. Era muy tarde y Wysława tenía que madrugar. Yo estaba cansado, aunque dudaba de que llegase a dormir.

Era imposible no evocar la adolescencia, pero ni siquiera aquella época suministraba referencias suficientes; entonces era sencillo formular palabras globales, aunque no recogieran ni una mínima parte de la intimidad. Ahora un «Te quiero» sabía de pérdidas y frustraciones, conocía su propio vacío porque se había prostituido varias veces en aire sin respaldo. Pronunciar hoy esas palabras era un compromiso o una villanía.

–Te quiero.

Me miró fijamente, sin temor. Acarició mi rostro con suavidad y selló mis labios con un beso antes de hacerlo con sus propios labios.

–Duerme –dijo.

Un par de pasos sin dejar de mirarme le llevaron a su puerta.

–Mañana.

–Mañana –acepté, como hubiera aceptado cualquier promesa o cualquier proposición.

Esperó a que abriera mi propia puerta para cerrar la suya y asumí que aún nos quedaba un itinerario forzoso antes de la completa libertad, antes de poder inventar nuestra propia manera de compartir la vida.

Me sentí un poco estúpido por mi candidez. Lo había dicho, era cierto; lo había sentido y pensado, y quizá por ello era momento de recapitular las emociones, cotejarlas con la experiencia acumulada, que se empeñaba en desechar quimeras, y retomar con frialdad el mundo, que esperaba cruelmente en forma de llamadas de teléfono a las que pronto debería enfrentarme.

Seguramente esto era lo que debía hacer. Pero no lo hice.

Mañana lo contenía todo.

Hoy los sueños.

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