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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Cmeist lamió con cuidado las afiladas garras de su pezuña marrón, enrojecida con la sangre de un caballo, después de saciar su vago apetito. La verdadera hambre, esa que no le abandonaba y que era inmensa, no podía apaciguarla la carne de todos los caballos que pudieran existir. Tampoco podían hacerlo los hombres o los enanos, y eso era todo lo que al parecer le ofrecía su padre. Un puñado de caballeros a los que podría vencer fácilmente, y que servirían de entretenimiento a su manada. Trols, saribs o kérveros sobraban en aquella batalla mientras él dirigiese a los lobos. No obstante, reconocía la importancia que las dos águilas y sus jinetes, uno de ellos asesino de Krehilaten, tendrían en la batalla. Sin embargo, tampoco sus cuerpos apaciguarían el deseo, el recuerdo siempre vivo de la sangre de Orofín en su garganta… ni el odio hacia Labarín, cuya herida del hocico tampoco cicatrizaba.

Jamás antes había sentido tamaña frustración hacia un festín. Hombres y enanos sus enemigos; los Alfens se conformaban con poco, allá en el sur.

Aulló una sola vez para reunir su manada, que había estado descansando semanas enteras tras un mes de viaje, después de que atacaran por su cuenta Cerian al Fionol y atravesaran La Península hasta llegar a Aradina. Ahora estaban repuestos y volvían a tener sed.

La manada puso rumbo hacia el campo de batalla en medio de la noche. Millares de lobos, manipulados por Darko su padre para que le sirvieran, no dudaron en seguir a su adalid, que siempre les otorgaba más sangre, más diversión, más muertes.

Por un instante, Cmeist observó en el cielo nocturno, cubierto de nubes, la silueta de un águila que sobrevolaba su posición. Inmediatamente supo que se trataba de uno de aquellos Ré, como el caballero supo de la presencia de su enemigo, el Héroe Cmeist. El lobo no sonrió –no podía; no sabía–, pero sintió una oleada de júbilo al ver que el águila giraba y volvía rauda a su campamento de simples humanos, en las colinas. Allí, el Ré informaría nervioso de su presencia, y los que le escucharan temblarían de miedo, aunque el estúpido orgullo de los caballeros supiera fingirlo.

A duras penas soportó la manada el aumento de velocidad que imprimió su Adalid.

Súbitamente, Cmeist el Condenador se detuvo en seco, clavando en el páramo sus patas delanteras y arrastrando las traseras. La manada obedeció la orden tácita y le imitó. Cmeist levantó el hocico y husmeó en el aire durante largos minutos. Movió la cola y levantó las orejas ante la insistencia del olor. Olfateó con más intensidad y agradeció a Shûgra, el viento del sur, su enemigo muchas veces, el favor que le hacía en aquella ocasión. El olor, asqueroso y atrayente a la vez, venía efectivamente del sur. Aulló de pura satisfacción ante el don que le concedía Darko.

El sonido de los cornos llegó mucho después de que él percibiese el olor, pero se estremeció al experimentar de nuevo el sentimiento de que pronto llegaría su venganza. Babeó sin querer, sin ser siquiera consciente.

Y entonces…

Armaduras negras, armaduras verdes, una armadura negra y plata para un hombre especial, sí, pero sólo un hombre. Un hombre, no un Alfen como sin duda contaba el aire; un hombre extraño, peligroso… ¡Pero sólo un hombre!

Gruñó, apretó los dientes, rabioso, decepcionado, desilusionado. Hombres, no Alfens. ¿Qué pretendía su padre, haciéndole creer lo que no era cierto? Los Alfens se conformaron con poco, allá en el sur.

No vendrían.

Fue tal su desesperación queu se lanzó a una desenfrenada carrera caótica, atacando y mordiendo a los lobos que deberían haber sido Orofín, o tal vez Labarín. No le importaba, porque ahora sus olores se confundían en su cerebro, no desaparecían…

Y ahí residía la clave. Trató de calmar su cólera, intentando recuperar la normalidad de sus sentidos, de sus percepciones. Tardó algún tiempo, pero lo consiguió.

Allí estaba el olor; aún venía del sur.

Miró a la manada e impartió órdenes silenciosas, promesas de sangre. Los lobos comprendieron y continuaron su camino hacia el campo de batalla, un poco confundidos y contrariados por ver marchar al Adalid de la Manada. Pero la sangre que a ellos les correspondía era la de los hombres y enanos de las colinas, y la reclamarían con a sin Cmeist.

Sabía el Condenador que su acto le supondría un severo castigo. Desobedecer a su padre nunca quedó impune, y Darko no gustaba de excepciones. Mas Cmeist el Condenador había sido hecho para matar Alfens, a los Cuatro Padres, y su sangre se alteraba cuando pensaba en ellos. Siguió la senda que el olor le marcaba; abandonó Aradina y atravesó la vecina Duravia más rápido de lo que cualquier otra criatura hubiera podido hacerlo. En este país la temperatura era más cálida, y las gotas de lluvia empaparon su pelaje negro y pardo. No pudieron apagar las ascuas de sus ojos. La noche se cerró cuando las Constelaciones desaparecieron, y él estaba aún traspasando la frontera de Basira. Pero Basira era una pradera, y no se vio obligado desde entonces a disminuir su velocidad por ningún obstáculo importante.

El primer rayo de sol iluminó el primer aliso de la foresta de Blakari, y él arrancó gran parte de su corteza con sus garras mortales. Lo hizo para no aullar de pura excitación cuando el olor a Alfen fue tan intenso que inundó todo su cerebro.

Tarkión asomó su ojo oscuro, y Cmeist se introdujo en la foresta para esconderse de la luna de Dne Korba; a aquellas horas el Maras ya habría descubierto su escapada, pero tal vez se hubiese callado aquella humillación –Cmeist sabía que su padre tomaría aquel acto como tal–, y el lobo no deseaba que Korba pudiese utilizar aquello en el futuro.

A medida que avanzaba por la foresta, pudo descubrir a algún Alfen, pero después de matar al segundo decidió evitar a los restantes. No quería arriesgarse, ahora que tenía tan cerca la satisfacción. Con el cuerpo echado a tierra observó el palacio de Austra, y no pudo evitar un imperceptible movimiento de su cola. Allí estaba el Alfen que buscaba, aunque no dejaba de sorprenderle.

Con pasos lentos y mullidos, con músculos tensos y pensamientos crueles, entreabrió la puerta a la Muerte.

Desde la ventana, a través de las celosías de la ventana que daba al amanecer, había observado el primer rayo de sol y la partida de Kordafán Narkot, que lo había traído hasta aquí. También había sido testigo, apenas diez minutos antes, de cómo el anciano Lesharín Selen, de la casa de Selín, que siempre había servido con fidelidad en el hogar de Austra, entraba en la Sala del Trono del Palacio de la Señora y apagaba la luz de aceite, la cual probablemente había iluminado la amplia estancia durante la noche, por si a la hija de Madrivo le apetecía entrar y pasar sus horas de soledad.

Siempre había acudido allí para eso, él lo sabía bien. Incluso antes de engendrar a Austrong, había sido reservada para ciertos asuntos. Él la había observado muchas veces, sin que Austra lo supiera, desde la terraza donde ahora se encontraba, pasando frío y esperándola de nuevo, una vez más. Labarín escrutó con los ojos de la añoranza la estancia que durante tanto tiempo había intentado, si no olvidar, sí tratar de que su recuerdo no le hiriera por las noches y lo atrajese otra vez. Sólo últimamente, durante la campaña, lo había conseguido, pero a cambio las mañanas traían consigo remordimientos marcados por los ojos de la siempreamada. ¿Qué dios decía que él no podía llorar con sus recuerdos? Labarín sí lloraba. La estancia rectangular, las paredes de madera, la lámpara de aceite, las tres pequeñas puertas de servicio en el lado norte, el suelo llano sobre el que descansaba un trono de marfil almohadillado con un cojín azul que no podía ser el mismo de tres siglos atrás; todo le traía recuerdos, y todos los recuerdos le remitían a ella.

Esperó con impaciencia, –limpiándose las lágrimas para que ella no las viera, aunque estaba seguro de no poder retenerlas más tarde–, las ocho de la mañana, hora en que Austra solía acudir a la sala para ver el sol rojo encima de la lejana e imponente Bhasaphil. Tal vez Labarín se engañaba, y ella no vendría; un siglo es mucho tiempo para mantener las costumbres. El viento sur de Shûgrä empezaba a ser caluroso en aquel comienzo de estación, pero aún era lo suficientemente frío como para hacer tiritar a cualquiera durante el alba.

Pero ni siquiera Drôbhä del Viento helado hubiese enfriado el ánimo de Labarín cuando aquel día, a las ocho en punto, la puerta de la Sala del Trono se abrió, y en la estancia penetró la única mujer Alfen que había amado y la única a la que podría amar. “Un siglo es mucho tiempo”, recordó antes de mirarla a la cara, pensando en su propio aspecto cuando el mar reflejaba su imagen actual, de rostro curtido y moreno, surcado de arrugas alrededor de los ojos y en las comisuras de los labios. Luego miró directamente a Austra, siempre desde detrás de las celosías, en la terraza, y el corazón le dio un vuelco. La primera impresión le engañó, y se encontró mirando de nuevo a una joven Alfen que sonreía a orillas del Marawi Ataüm, observando la veloz carrera de los Raahami sobre un valle verde y eterno, bordeado de colinas y Eäalets que competían por ofrecerles sus mejores frutos dorados. Luego pasó esa primera impresión, y la Austra actual aún se parecía a la otra, pero una finas líneas surcaban su rostro, y sus ojos no podían desterrar una tristeza insondable que parecía brotar de su propia esencia.

Labarín contuvo las lágrimas mientras Austra se acercaba a la puerta de la terraza, y el Segundo comprendía que la tristeza de la Señora era su propia tristeza, como lo había sido todo aquel tiempo.

Una fuerza irresistible llevó las palabras a su boca, y luego los versos, hasta componer la poesía que tiempo atrás, cuando el hombre era un adolescente, había escrito para ella, para enamorarla:

¿Posee de enloquecer,

Una mirada,

El magnífico poder?,

Me preguntaba.

La voz se quebró en aquel punto, recordando medio en broma, entre lágrimas de añoranza, que aquel poema siempre le había parecido especialmente horroroso a Austra.

Pero la Señora permaneció inmóvil, a medio camino de la puerta de la terraza, explorando con sus ojos de plata cada punto de la sala, y explorando también, con los ojos de fuego del recuerdo, las sensaciones que aquel poema horrible pero no olvidado producía en su alma. Permaneció en silencio, simplemente recordando la inocencia de un tiempo no retornable, la puerilidad de dos jóvenes enamorados que nada sabían de su Destino, y por fin el dolor de una separación demasiado larga para que no dejase cicatriz, si algún día se curaba.

El sol rojo sobre Bhasaphil también marcó la ruptura, recordó, y no pudo evitar cerrar fuertemente los ojos, buscando el olvido. La segunda parte del poema se derramó desde su conciencia hasta sus labios:

Luego hallé contestación:

Yo soy un loco,

Tus ojos mi conmoción:

Y a coro, su voz con la de su amado,

La prueba somos.

Abrió los ojos y encontró el rostro que le había faltado durante cien años para sentirse completa, y respiró su aliento para que volviese a insuflar vida en sus pulmones. Era Labarín, cambiado, pero era Labarín. Sus manos se juntaron, calor con calor, mano ruda que, sin recordarla así, acogió suya; mano de marino, mano amiga que ponía fin a una brecha en la que tiempo fue sinónimo de dolor. Luego también sus labios se juntaron, y besó el salitre del mar y el polvo del camino, el alcohol que calentaba los días fríos y el aire que formaba palabras de un amor siempre recordado. Besó los labios fieles que regalaban toda la dulzura de la primera vez.

Lo abrazó fuertemente, como si quisiera fundir ambos cuerpos, y hundió la cabeza en su hombro, permitiéndose llorar y ser feliz de nuevo.

Cuando notó su cuello húmedo, en el lugar en que su pelo de plata lo dejaba al descubierto, supo que su amado se sentía igual que ella.

Siempre hacia el sur. De pronto al este. Buscó un pasillo y lo encontró. Luego otra vez al sur. Cmeist se movió sigiloso por el palacio, atravesando decenas de corredores, esquivando a la multitud de Alfens que deambulaban de un lado a otro sin intuir el peligro que los acechaba. Pero durante su vagar Cmeist comenzaba a mostrar claros síntomas de inquietud: el olor tan claro se confundía de repente con otro más anhelado y más real, para disociarse luego en los dos olores más odiados por el Condenador. No comprendía bien por qué ocurría así, pero lo cierto era que lo que buscaba se hallaba en aquel palacio, y muy cerca ya.

Levantó las orejas cuando supo que lo tenía a su alcance. Apretó los dientes y babeó, erizó el pelaje y por fin sus ojos rojos destellaron con la crueldad del Maras Dokk. El Alfen que buscaba se hallaba detrás de aquella puerta de madera.

Antes de saltar contra ella y romperla en mil pedazos, le desconcertó que el olor perteneciera definitivamente a Labarín, cuando no había sido ése quien lo guiase desde Aradina.

Mas efectivamente allí estaba el Segundo, abrazando a una mujer Alfen que no pertenecía a los Cuatro Padres, pero que parecía irradiar un halo igual de sagrado. La reconoció como a una Heroína; casi como una igual. Cmeist observó el acero que le había producida la herida en el hocico, y se lamió la última gota antes de que cayera al suelo. Luego gruñó y se preparó para el ataque. Vio que Labarín ponía tras de sí a la mujer, y aquello le pareció bien, pues sería un buen colofón a su festín. También se dio cuenta de inmediato de que el Alfen trataba de interponer el Trono de Marfil, pero Cmeist se adelantó y lo destruyó de un solo zarpazo. Varias piezas blancas rodaron por el suelo, y la mujer lanzó una exclamación mezcla de desilusión y enfado.

Vas a morir –dijo Cmeist mientras apretaba las mandíbulas–. Vas a morir como Orofín murió en Willand, y alimentarás con tu cuerpo mi estómago hambriento. Vas a pagar por lo que me hiciste –añadió, lamiéndose nuevamente el hocico.

Labarín lanzó un mandoble de advertencia que rozó la pezuña delantera de Cmeist. Éste la retiró instintivamente, y rápido volvió a colocarla donde antes, tal vez un poco más adelantada. Con un rápido movimiento, se lanzó hacia adelante, tratando de arañar la pierna de Labarín y tirarlo al suelo, pero el Alfen saltó hacia atrás y no esquivó del todo la garra del lobo, de modo que quedó herido levemente.

Lamentablemente, con aquella maniobra había dejado desprotegida a Austra, y aquello lo aprovechó Cmeist para lanzarse a por ella, que corrió hacia una puerta de servicio paralela a la que Cmeist había destrozado, pero el lobo adivinó su intención y la dio alcance antes de llegar, derribándola con su cuerpo.

Vas a pagar –repitió el Condenador, y sus colmillos se cerraron sobre Austra.

Mas entonces la puerta se abrió, y Lesharín Selen entró en la estancia, alarmado por el ruido, golpeando al lobo lo suficiente como para que su boca se cerrara en el aire. Labarín, que ya estaba a medio camino, se apresuró a liberar a su amada, pero tuvo la mala fortuna de resbalar en la sangre que derramaba su herida, que debía ser más importante de lo que pensase, y el lobo, con un solo movimiento de la zarpa, envió a Lesharín contra la pared y desarmó a Labarín, que se arrojó sobre Austra para proteger su cuerpo.

Apenas Cmeist esperó para lanzarse sobre el Alfen, con una explosión de triunfo en el odio de su mirada roja.

Cayó sobre la pareja, pero Labarín no sintió sus dientes, ni sus garras, solo el aliento fétido y el peso de la enorme masa de su cuerpo. Se revolvió para encarar al lobo, para descubrir que un dardo sobresalía por la herida que él abriese con su espada, y otro más se hundía profundamente en su ojo. En medio de un silencio sobrecogedor, la pareja, siempre unida en un estrecho abrazo, se puso en pie. Aunque no entendían lo que había sucedido, buscaron a su salvador.

Lo vieron agachado junto al cuerpo de Lesharín; sus ojos se llenaron de lágrimas.

–Vivirá –aseguró Orofín Beradol. En sus manos, el arco con que Labarín lo obsequió cuando se despidieron en La Bella Alada.

–¡Austrong, hijo mío! –Austra corrió a abrazarlo. También su padre se acercó, y formaron un triángulo inédito en sus vidas.

–Fue un deseo que le pidió a Domla –explicó Austrong a sus padres, después de los primeros momentos de reencuentro–. Llevamos un día entero en Blakari, lo suficiente para que Orofín lo atrajera y poder acabar así con las obras del Maras Dokk. Respecto a mí, sólo quería que supierais que no tenéis ninguna culpa en lo referente a mi Destino. Solo Tas-par fue el que divulgó la idea de que los zulfos eran los culpables del Cisma de los Alfens; y en el dolor, los elfos quisieron creerle.

Austra lo miró a los ojos, sin dejar de abrazarlo.

–¿Te quedarás con nosotros? –preguntó con esperanza.

Su hijo la sujetó por los hombros y la besó en la mejilla.

–Me voy junto a Madrivo, no lloréis por mí –anunció–. Siempre estaré a vuestro lado, cada vez que miréis al sol sobre Bhasaphil, cada vez que os sentéis juntos a recordar otros tiempos o a planear un buen futuro, pues soy Orofín Beradol, y mi nombre es Unión. Sed felices, ahora que al fin podéis –terminó, y sus padres lloraron.

–¿Tienes que hacerlo? –insistió Labarín.

Austrong asintió.

–Gracias por lo que hicisteis; dáselas también a Sertgón, mi hermano, y a todo nuestro pueblo –añadió.

Luego cerró los ojos.

–Austrong se ha ido –anunció el cuerpo de Austrong–. Soy Orofín, que pronto me iré también. Antes debía darte las gracias, Hija de madrivo, Hija de Dërel, por intentar hacer lo que yo no hice. –Austra tomó las manos de Orofín entre las suyas. No se necesitaron más palabras–. En cuanto a mi hija, la Señora Maberel, tendrás que darle esto por mí, Labarín –continuó el Primero, sacando un rollo de pergamino de entre sus ropas–. En este papiro, sellado por mí, está escrito que la raza Alfen es una, y que la boda entre Sertgón Maullé, senescal de los Alfens, y Marthadel lir Danaöl, ha de ser celebrada.

Labarín tomó el rollo, y ambos Alfens se dieron la mano. Luego Orofín salió a la terraza y montó sobre el Megaterio, que acababa de materializarse, y ambos se alejaron de allí, siempre hacia el sur.

Esta vez no fue furia. No desató una cólera que prendiese por una ira inexistente. Esta vez fue tanto y tan poco como la soledad. Había perdido a su último hijo, al último de la triada de favoritos: primero fue su imagen, el minotauro; después la prueba de que era tan fuerte como la Luz, Moriao, el negro unicornio; por último, la encarnación del odio hacia los demás dioses, Cmeist el Condenador.

Ahora estaba solo de nuevo.

Sí, a su alrededor aún pululaban generales, Dne Korba, que le despreciaba por permitir que le arrebataran a su último hijo. Maras Dokk sabí que Cadmier dirigiendo a los Ré tenía más poder que la Shoru’Treak. También estaba Sánedri, pero era ambicioso y no podía confiar en él. Era un nuevo dios, y ya tenía una raza que le veneraba y otra más en el Ocryx, esperando. En cuanto a Tas-par, el hechicero que había renunciado a ser su Qüenyum… adoraba más a Sánedri que a él. También estaban sus once hijos, minotauros guerreros, y los guardianes de la Piedra Morfus.

Y eso era todo. Ni Serpent le respetaba como antaño.

Ahora recordaba sus derrotas: en Thrasgok, además de a su hijo, habían perecido muchos kérveros, y el mismo Luobo; en Sandor, donde habían perecido centenares de miles de guerreros; sus tres hijos eran tres derrotas… el dragón, Krehilaten, de estirpe ancestral.

También había habido victorias: en Granshall, la muerte de Zôrdon; la de Gôlfang; la invasión de Arodia y Gargüid, con ambos pueblos al borde de la extinción; la muerte de miles de Alfens en Cerian al Fionol, con Danaöl al frente.

Pero ahora llegaba el duelo final. La gran batalla que había esperado. Ambos bandos estaban diezmados, pero su ejército era mucho más numeroso, y sin duda vencería. Después podría hacer más hijos, más generales, y extender las Tinieblas más allá de la Península.

Y, sin embargo, en su Morada de Hielo, sentía que estaba solo y no podía apartar la idea de que de alguna forma se acercaba su fin.

Cuando le llegó la advertencia de que unos personajes extraños se acercaban, ordenó a sus minotauros guerreros que los dejasen pasar. Y no sabía por qué.

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