Etiquetas

, , , , ,

Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El último soplo de Aülhoba los dejó en tierra después de varios días de lento navegar, durante los cuales Grundo no había dejado de pensar ni por un momento en el enfrentamiento desigual e incomprensible que muy pronto pondría fin a una vida, la suya o la de Maras Dokk, el dios de las Tinieblas. Con la mirada aún fija en el Espíritu del aire, Grundo descendió del inestable bote y puso pie en el hielo que poco antes había llamado tierra en su anhelo de abandonar el mar. Los demás también desembarcaron, y solo entonces la tormenta alejó el bote de la orilla y lo hundió bajo las aguas del Mándibarán, no sin antes arrancar la vela y reducir la madera a astillas; y es que la tormenta, sin haberlos afectado, no había abandonado sus proximidades ni un segundo durante la travesía, y ellos habían encomendado su suerte a los ostensibles esfuerzos de Aülhoba por formar una burbuja de calma a su alrededor.

Pero ahora estaban en los Hielos, y Aülhoba no era lo suficientemente poderoso allí; por eso los cristales se clavaban en sus cuerpos apenas protegidos, y por eso el Espíritu del aire se había elevado a las alturas y se había despedido; la ironía había desaparecido de su sonrisa, y esta solo mostraba una extraña mezcla de esperanza y recelo.

Aülhoba odiaba a la Tinieblas por encima de todo.

Aülhoba no comprendía el destino del Soñador de Sentimientos.

Esos fueron los motivos por los que guardó para sí un pensamiento que se había formado en su mente salvaje: Grundo era el último superviviente de aquel lejano primer encuentro en Aliranaos. Ahora se dirigía a la que sería su última aportación en la guerra contra Maras Dokk. Lanzó sus vientos contras los de su hermano Drôbhä a modo de saludo y se alejó hacia el estrecho, a combatir a aquellos que habían sido despertados y a sumirlos en un sueño definitivo para conservar sus dominios.

Le saludaron con la mano antes de verlo desaparecer, como si aquello les devolviese a un lugar donde ese gesto solo necesitase ser trivial. Después encararon el norte con la mirada, y ante ellos apareció un paisaje de vientos incontrolados barriendo una extensión de hielo y nieve que en modo alguno lograban divisar en su totalidad, terrible visión que atenazó sus gargantas tras la estancia en el mar. Solo Alwarín se mantenía firme, ignorando la tormenta que le golpeaba, y tanto Grundo como Pancao y Gwist buscaron refugio en el cuerpo del caballo. Desde aquella posición pudieron atisbar con algo más de nitidez la geografía de los Hielos. Observaron que la llanura no era tan uniforme como habían supuesto, pues estaba formada por infinidad de dunas de hielo, similando las olas congeladas de algún mar, al final de las cuales aparecía un magnífico zigurat igualmente de hielo, que identificaron, no cabía error, con la Morada de Maras Dokk. Para Grundo no fue difícil tal conclusión; el Mal, pese a la diversidad de sus facetas, como el Bien, debía tener algunos puntos en común, y ese paisaje, o uno muy parecido, le era conocido desde su infancia: las tierras desoladas de Sandor, con el Pico Sawor dominándolas desde su altura.

Un destello de esperanza surgió al recordar a Brim Tarlá y su reconquista. Una sombra fue el precio.

Los gestos de Pancao, más que sus gritos insuficientes, lo sacaron de su ensimismamiento. Le hizo señas para indicarle que no le había entendido, y el sacerdote se acercó aún más.

–¡Debemos avanzar! –gritó en su oído. Grundo asintió mientras el otro continuaba–. ¡Antes de que nos descubra!

Grundo asintió de nuevo, aunque de alguna manera intuía que Maras Dokk ya los había descubierto. No le pasó desapercibido el hecho de que Pancao no pronunciara el nombre del dios.

Alwarín dobló entonces sus patas delanteras, y tanto Grundo como Gwist supieron que debían montar. Pancao era un Alfen. Les sorprendió, sin embargo, que el caballo iniciase un trote largo sin aparentemente demasiada dificultad; ellos tuvieron que agarrarse fuertemente a sus crines para no caer, y aun así los cristales de hielo volvieron a clavarse en su piel. Todos los cabellos visibles de su cuerpo lucían ya una película de escarcha de varios milímetros de grosor.

La primera vez que Grundo tuvo la oportunidad de mirar hacia atrás, observó que a Pancao no le iban mejor las cosas, y que a duras penas podía sostener el ritmo de Alwarín. El Soñador admiró su coraje; un coraje que aumentaba al pensar que Pancao le acompañaba por propia voluntad. Era la primera vez que se preguntaba si aquello era realmente cierto. ¿Se ocultaba algún designio de los dioses en el comportamiento de Pancao, algo que tuviera relación con su propio destino como Soñador? ¿O era quizá un destino diferente del suyo, el del sacerdote? Fuera como fuese, Pancao los seguía firmemente, una alba figura en mitad de los hielos, en la que sus ojos de oro brillaban como dos estrellas desde detrás de la capucha.

No había manera de medir el tiempo en aquella inmensidad, pero el zigurat parecía tan lejano como cuando desembarcaron, a pesar de llevar varias horas cabalgando. El sacerdote aún continuaba detrás, pegado a los cuartos traseros de Alwarín, y bien sabían todos que, si por un momento llegase a alejarse, se perdería con toda seguridad. Moriría, si la diosa madre no se atrevía a mostrarse tan cerca de los dominios de su enemigo, en caso de que el sacerdote le implorase ayuda.

Alwarín se detuvo sin razón aparente. Grundo miró hacia el elfo, que le devolvió desconcierto, y ambos interrogaron a Gwist, cuyo mutismo manifestaba ignorancia. Los belfos de Alwarín se agitaban, y el Soñador le pasó una mano por el cuello para apaciguarlo. Al hacerlo, su cuerpo adquirio el mismo ángulo de visión que el del caballo, y entonces descubrio temeroso el motivo de aquella parada. Pancao debió advertirlo también entonces, pues cuando se acercó, Grundo pudo observar un rictus severo en el rostro del sacerdote. Los cuatro, Gwist también lo había observado en aquellos instantes, clavaron su mirada en el frente.

Envuelto por la tormenta, estático sobre las olas estáticas, una imponente figura negra los observaba con crueldad. El tridente y la red, con ser colosales, no eran las armas que herían al Soñador; era aquella mirada roja, rebosante de odio, lo que llegaba hasta él para husmear en su alma.

Pero, al cabo de un momento, todo aquel odio recibido se convirtió en un suspiro de alivio, al comprender que aquel minotauro que los espiaba no era en realidad Maras Dokk, sino tan solo uno de sus hijos guerreros; tampoco le duró demasiado la seguridad, al comprender que no podrían defenderse de un guerrero como aquel, máxime al recordar que tenía diez hermanos más. Entonces, Alwarín avanzó un paso, sin vacilaciones, y el guerrero desapareció entre la nieve, dejándolos nuevamente solos.

–¿Qué va a suceder ahora? –preguntó, sin esperar respuesta de ninguno de sus compañeros.

Y ninguno de sus compañeros se la dio; llegó como un silbido, como un siseo, como un trueno, y por fin como una risa en medio de la calma; la tormenta se apaciguó en torno suyo, y un rostro conocido apareció en el cielo.

–¡Maras Dokk conoce vuestra presencia y os permite pasar! –gritó Drôbhä de los Vientos del Norte–. ¡Ahora no podrá pedirme un precio por facilitaros el viaje! –añadió riendo, y su expresión se había parecido mucho a la de su hermano Aülhoba. No dijo más, y desapareció tan repentinamente como había llegado. Con su desaparición se marcharon también la tormenta y el frío, lo que agradecieron profundamente. Pero, a cambio, dejó las tormentas y las dudas. Grundo sabía lo poderoso que era Drôbhä, y por ello no le había pasado desapercibido el sentido oculto de sus palabras y de su expresión: el Eölaie de los Vientos del Norte temía a Maras Dokk hasta el punto de no ayudarles hasta que el dios demostró que no descargaría su ira sobre ellos; Drôbhä también deseaba la muerte de Maras Dokk.

De nuevo el Soñador sintió el peso de su Destino, y deseó tener junto a él a los amigos con los que había comenzado aquel viaje, a Gôlfang, a Austrong…

Sintió un tirón mental y vio a Gwist caer del caballo.

Desmontó deprisa para recogerlo, aún pensando… ¿en qué estaba pensando?

Gwist lo miró con una profunda tristeza que Grundo no comprendió. Sentía como si se le hubiera escapado algo importante, pero aún recordaba sus pensamientos: el miedo a Maras Dokk de los Eölaie. Ayudó a desmontar al Custodio, pero no logró alejar la idea de su mente; era una idea antigua, y al ver a Pancao rememoró sus temores. Aquel sacerdote le había absuelto una vez, no sin dudar, y luego le había confirmado la absolución. Entonces, ¿qué hacía allí, en los Hielos, junto a él en la batalla definitiva?

Tenía que estar seguro, completamente seguro antes de continuar. Hizo detenerse a Alwarín tirando bruscamente de su crin, gesto que no gustó al caballo, de modo que Grundo tuvo que repetir la operación antes de que su montura se parara definitivamente. No tenía tiempo de pedir disculpas.

Desmontó de un salto, pues su primera intención fue hablar a solas con Pancao, pero decidió que aquello les incumbía a todos.

–Hace tiempo –comenzó, mirando a los ojos de Pancao–, no mucho, en realidad, te pregunté si debía enfrentarme a Maras Dokk. ¿Sigues pensando lo mismo?

Pancao sostuvo la mirada, que brillaba con una luz que transmitía reposo.

–Conoces la respuesta, mas voy a repetirla y reafirmarla, pues no es solo mi respuesta, sino también la de Naraendil. Quizá te has preguntado qué hago yo aquí, alejado de todo lo que un Alfen ama y en una comarca donde un sacerdote de la Justicia y la Verdad corre un peligro que va más allá de la muerte. La respuesta a ambas preguntas es una sola: he venido para recoger tus dudas, para decir sí cuando flaquees, para ayudarte en un destino que no comprendo pero que sin duda es tu Destino, y tienes el derecho de llevarlo a cabo. Sí, debes enfrentarte a Maras Dokk y, si puedes, destruirle.

Aún mantuvieron la mirada fija durante algunos segundos.

Luego Grundo volvió a montar, sabiendo que esa respuesta, esperada, era tan temida como ansiada.

A partir de entonces, el zigurat, la Morada de Maras Dokk, se acercó mucho más aprisa; demasiado aprisa, en realidad, pues parecía que no hubiesen incrementado el ritmo.

Grundo sintió la mano de Gwist en su hombro al llegar a las puertas de aquella mole, más inmensa que el Pico Sawor, más temible, terriblemente bella, y aquella era la respuesta del Custodio a la pregunta que no le había hecho.

Grishka el Equilibrador, Rolja val Armit, Dalamán dil Balamó, Phërôn Ré, Phëriclô Ré, el Mariscal Tarios Môces, Ibor de las Tres Montañas, Hachacke Ati el Patriarca, allí cantaban todos, y con ellos todo el ejército de Ihyalá Karos, también sus magos Desedón, y Delra, y Zerto, y el mago Artok de los enanos. El canto de la Luz hizo día de la noche y alegría de la desesperanza.

La mañana despuntó al fin con rayos que eran versos, y las espadas desenvainadas fueron rimas, y las flechas cadencias y las hachas melodías.

Pero la mañana trajo también nuevos enemigos, y así, el ejército de la Paz, desde sus colinas, observó a Trols y saribs frente a ellos, y a los lobos a su derecha, y a los kérveros de Serpent a su espalda, junto a nuevas Amazonas y Verrocks.

Y trajo también a unos amigos inesperados, diecisiete tan solo, pero que llegaron en buena hora a morir por la Luz como hijos de Paradano que eran, y la Luz recibió entre vítores a los centauros.

Y aquella misma mañana comenzó la batalla, y el sonido de los cuernos de la guerra inundó la meseta Aradina.

La respuesta de los tres había sido de firme apoyo, y con esa seguridad el Soñador atravesó las titánicas montantes de la Morada de Maras Dokk, muy a pesar de que todos habían observado a uno de los minotauros guerreros los antecedía, para perderse en la incertidumbre del interior.

Pero, una vez dentro, supo por primera vez lo que significaba el poder de un dios; no eran solo las estancias inasibles, los frisos espantosos coronando arcaicas columnas que sujetaban la oscuridad, los tapices iluminados por fuegos rojos que representaban las victorias del señor de la casa, victorias dolientes sobre los Hijos de la Luz. No, por encima de todo aquello, sutil pero perfecta y aplastantemente sensible, se encontraba la esencia viva de Darko. No Maras Dokk, sino el Darko de su niñez, de sus miedos infantiles; el Darko que siempre se había opuesto interior y secretamente a la paz; el Darko, en fin, que pertenecía a su naturaleza tanto como la Luz.

Era su Odio.

Sintió que Pancao lo recogía del suelo, y escuchó sus apremiantes llamadas como desde un lugar ajeno al tiempo. Tardó en comprender que el Alfen no podía sentir aquel poder maléfico e inherente a su ser, por su pertenencia al sacerdocio de Naraendil; o tal vez sí, pues era hijo de Madrivo. En cualquier caso, quedaba patente que ambos lo sentían de manera diferente.

Miró al Alfen, que poco antes lo había absuelto por segunda vez, sin saber en realidad el precio que debía pagar el Iöron. Su arma era el odio, y por primera vez era perfectamente consciente de que la lucha no era odio contra odio; era el todo contra una parte. Por fin entendía el papel del Custodio.

Y también comprendió una verdad fundamental: si no era capaz de hacer sentir amor a Maras Dokk, nunca vencería. Solo plantearse aquella verdad le produjo vértigo. Pancao aún lo tenía sujeto, y eso evitó su caída. Pero una determinación cuyo principal origen no conocía le impulsó a mantenerse en pie y volver a caminar.

–¡Guíanos, Alwarín! –gritó, pues sabía que esa había sido siempre la misión del caballo.

El negro corcel relinchó y levantó las patas delanteras en un gesto de desafío, y, sin dudar, se lanzó a un trote corto que los demás siguieron sin vacilación.

Mientras corría, Pancao podía sentir el abrumador peso de la maldad a su alrededor; apenas intuía cómo le había afectado a Grundo. Respecto a él, su naturaleza de Alfen, seguidora del Equilibrio de Madrivo, le había llevado a asimilar pronto aquella maldad como integrante de una dualidad Amor-Odio que había sido el motor primero del mundo que conocía, si bien seguía resultando en gran parte incomprensible; el ciclo de Madrivo era Vida-Muerte, sin pasiones, simplemente una relación necesaria en la que no intervenían sentimientos. Como sacerdote de Naraendil, todo aquel odio le atacaba como la muerte a la vida, por su propia existencia, por su propia integridad. Podía sentir aquel ataque en cada paso que daba, en cada estancia que cruzaba, siempre diferente, desde la más sutil manifestación hasta la más abrupta. Era consciente de que la diosa que le había ordenado vigilar la batalla estaba con él ahora, estaba en él, y solo eso evitaba que sucumbiese a los ataques.

Escuchó su grito, y él gritó con ella, cuando, después de un descenso de cientos de metros hacia el interior del cuerpo de Madrivo, llegaron a una sala adornada únicamente con una gran cadena de energía; era el lamento de la diosa al recordar el tormento que su hija Víem, la Dadora de Formas, había padecido cuando su padre la secuestró para extraer de ella los secretos de su poder.

Pero pronto dejaron atrás la estancia y continuaron el descenso hacia las entrañas de Edeter, sintiendo que el calor aumentaba metro a metro, y con él la luminosidad; mas no era la prístina Luz de Naraendil la que los alumbraba, eso bien lo sabía él, sino un resplandor rojo cargado de maldad que les prometía salvajes tormentos espirituales.

Sus tres compañeros sí conocían esa luz. No habían intercambiado una palabra durante el descenso, pero ahora Grundo rompió el mutismo con palabras que Gwist, y también Alwarín, comprendieron perfectamente.

–Esta vez solo hay un enigma –dijo, y desde entonces encabezó el grupo, teniendo como guía una luz roja que había visto en Morfus, y que ahora solo podía corresponder al propio Maras Dokk.

Cuando la superficie volvió a la horizontalidad, pudieron mirar al propio Poder en toda su grandiosidad.

Once escalones, cada uno de ellos tan alto como una colina y ocupado por un minotauro guerrero, servían de escalinata a un Trono hecho de fuego rojo sobre el que descansaba una montaña viva y muy consciente, reflejo de todas las ansias de dominio, cúmulo de todos los anhelos prohibidos, Dios de las Tinieblas.

No pudieron soportar su mirada roja y fluctuante como una hoguera ardiente, y había más que terror en sus figuras rígidas. Se daban perfecta cuenta de que la estancia donde se encontraban parecía un mundo en sí misma, tan inmensa era, y de que la distancia que los separaba del dios era de cientos de metros; una distancia que aquella mirada cancelaba.

Pancao elevó una recóndita plegaria hacia su propio interior en busca de la diosa, pero incluso la presencia que lo acompañaba dejaba escapar un hiriente terror.

Y, sin embargo, a pesar de sus dudas, Grundo había observado un instante de desconcierto en el dios, como si de repente él también fuese consciente de que se enfrentaba a un peligroso enemigo oculto bajo aquellas despreciables carcasas. Entonces comprendió el Soñador que, hasta aquel mismo instante, Maras Dokk ignoraba aquel enfrentamiento.

Pero ya te conozco –sonó la voz del Poder, y el alma del Soñador tembló al ser consciente de que había leído sus pensamientos, y de que se dirigía directamente a ellos–. Puedes temerme, sí, porque aplacarás mi ira, y no será rápido. No te preocupes, Destino, porque Edeter vivirá, ¡y yo con él!

Grundo escuchó aquellas palabras que no comprendía mientras el miedo atenazaba cualquier reacción, aunque sí sabía que aquella última frase no iba dirigida a él; y, de alguna manera, siempre de alguna ignorada manera, supo que el blanco era Alwarín.

El caballo no se movió, sino que permaneció tenso por primera vez desde que Grundo lo conocía. Un trueno ensordeció casi hasta la rotura, a la vez que el dios se levantaba y golpeaba con su puño.

¡Que comience, entonces! –rugió, y el aire fue viento.

Los once minotauros, uno a uno, descendieron los peldaños hasta formar una fila que avanzó hasta el Soñador. Todo el entorno vibró con cada paso que dieron hasta cubrir la distancia, momento que uno de ellos se adelantó y, sin mirarlos siquiera, se perdió en la oscuridad de la salida. Mientras tanto, los otros diez formaron un pasillo que conectaba directamente a Maras Dokk con el Soñador de Sentimientos.

–Ahora debemos avanzar nosotros –la voz de Gwist sonó afortunadamente decidida. El Soñador bendijo al Custodio por su respaldo, y avanzó tratando de no desfallecer de nuevo. No pudo evitar volver la vista atrás, para observar que Alwarín no se movía ni un milímetro, y que Pancao le acompañaba en su inmovilidad.

El Soñador y el Custodio.

Un Destino que era solo de ellos dos.

La mirada de Maras Dokk le hizo obviar el tiempo que transcurrio hasta llegar al primer peldaño. Se detuvieron justo en el límite. Un paso más y el dios desaparecería de su ángulo de visión. Tentado estuvo de dar ese paso. El dios lo supo e inundó la sala con sus risas; Grundo adivinó que solo era un ardid.

El ataque llegó por sorpresa. Intentó protegerse aunque sabía que sería en vano, y aquello le dolió aún más. Maras Dokk penetró en su mente y en sus recuerdos tan fácil y cruelmente como se reía, y Grundo sintió mucho más que dolor físico; era casi vergüenza por lo que era, por todo lo que había sido.

Cuando lo abandonó, pudo sentir toda la lujuriosa satisfacción, y se volvió a su Custodio buscando un apoyo. Gwist lloraba tanto como él, aunque en aquellas lágrimas vislumbró una chispa de esperanza.

Entonces lo comprendió todo y se dispuso a la batalla.

El dolor era parte de su naturaleza, y por ende conocía todas las torturas capaces de infligirlo hasta límites inaceptables. Eso era ni más ni menos lo que Sánedri estaba haciendo con aquellos cuatro magos que habían osado retarle.

Él era un dios.

Mientras se entretenía, los nigromantes sembraban la muerte entre las filas del Orden, y la batalla poco a poco se iba decantando a su favor, mientras los caballeros se batían contra enemigos inexistentes, y morían bajo un filo que no podían ver pero que era muy real.

Ni siquiera la muerte de Cmeist podía retrasar el momento de la victoria, y tal vez la haría más dulce… y tal vez más completa.

Porque Sánedri el Leñador había permanecido sin cuerpo mucho tiempo, y conocía muchos designios no escritos.

Casi lamentó tener que dejar con vida a aquellos magos al marcharse, pero no podía perder un segundo. Maras Dokk combatiría ahora por su propia vida, y él tenía que estar allí para el desenlace.

Abandonó su forma de Aügrei y tomó la de un Unicornio Negro, una burla a Maras Dokk. Luego voló hacia el norte.

Un instante antes de penetrar en el zigurat de su padre, alcanzó a ver la sibilina figura de Dne Korba siguiéndole.

Se escondió para dejarla pasar sin ser visto; apenas podía contener su euforia.

Para todos los demás, fue una mirada entre un dios y un mortal; para ellos transcurrio toda la vida, todo el dolor, todo el odio.

Grundo contempló imágenes ya conocidas, pero no por ello menos tenebrosas: un dragón sobre Arodia, fuego y muerte, la conciencia de ser un simple Orondo, y todo el terror que cabe en un ser antes de perder la cordura. El dragón negro volando hacia él, las fauces abiertas…

Un tirón mental, y de nuevo fue el Soñador, que había perdido un Sentimiento.

Todo el vacío que sintió al perder el miedo lo ocupó ahora el odio hacia aquella mirada que lo intentaba manipular. Pero el dios jugó otra vez, y puso en su cabeza un hombre viejo, calvo y con larga barba, un ojo más grande que el otro, que vestía una túnica marrón. No sabía qué pretendía el dios, porque el Soñador no conocía a aquel hombre, pero escuchó un gemido y vio una lágrima en los ojos del Custodio. Volvió a sentir el vacío, esta vez sin tirón, pero el odio se apresuró a rellenarlo también.

El Miedo y la Amistad ahora eran Odio.

–Se acabaron tus juegos –gritó entonces, atacando por primera vez al Poder. Odio, odio, odio; todo lo que sentía era odio, su arma.

Recibió a su vez todo el odio que era Maras Dokk: odio hacia la Luz, que había absuelto al Soñador en esta empresa, hacia Madrivo, símbolo del Equilibrio por el que luchaba el Soñador; odio hacia el propio Grundo, por pertenecer a una raza que debía adorar las Tinieblas y no lo hacía.

Ya no era una parte contra el todo. Cada uno de ellos era el Odio, y debía luchar contra sí mismo en una lucha sin esperanza.

–¡Ahora juego yo! –gritó entonces el Soñador. No le dolía lo que tenía que hacer, como antes le había dolido, no encontraba ya contradicción en su actitud, porque ahora solo albergaba un sentimiento. Era lo suficientemente poderoso para enviar mensajes a Maras Dokk, y sabía qué mensaje era el único que podía darle la oportunidad de acabar con él. Por eso buscó y halló lo que buscaba. Por eso revivió para el dios la muerte de sus hijos, la del minotauro nigromante, la de Moriao, el unicornio negro, la más reciente, que había significado el fin de la estirpe y del más antiguo anhelo: la de Cmeist el Condenador a manos de Orofín Beradol.

Así el Amor debía surgir del Odio, como una vez el Odio surgió del Amor.

Y fracasó.

Lágrimas de fuego brotaron de Maras Dokk al ver morir a sus hijos, pero nada tenían que ver con el amor filial. Nacían de la más profunda decepción, y engendraron ira, y la ira avivó más odio contra aquel ser que se atrevía a acusar su debilidad.

Y luego rio, rio sin carcajadas, sin ardides, y continuó riendo.

Podía parecer un demente, pero sabían que no lo era, que había vencido. Escarbó en la esencia que poco antes había arrebatado a Grundo, y utilizó lo que allí había encontrado, porque era un arma de doble filo.

El Soñador observó a dos Iöron paseando entre tiendas zúlficas en un campamento de refugiados, observó una mirada y un beso, y pronunció un nombre.

Gara.

Sintió un tirón y volvió a enfrentarse a la mirada de Maras Dokk. Sintió un nuevo vacío y cómo el odio lo ocupaba, y escuchó la risa del dios y un llanto a su espalda; cuando miró, las lágrimas eran de felicidad.

La risa lo ocupaba todo. El dios sabía que el daño ya estaba hecho. Había sido solo un instante, pero el Soñador había sentido Amor; en aquel momento le había vencido.

Grundo había fallado.

El dios aún reía cuando lo mató.

Gwist recogía el cadáver de Grundo.

Alwarín reía también… de alguna manera.

No esperó un instante más del necesario. Sabía que aquella sería tal vez la única oportunidad que tendría durante toda le eternidad, y no la iba a desaprovechar. En su decisión había tanto venganza por la segunda muerte de su hijo como afán de dominar el Caos como único Poder. Parecía pletórico, pero ella sabía que aquella batalla lo había agotado.

Parecía un rayo cuando atravesó la oscuridad y golpeó al Minotauro en la cabeza con una fuerza que hubiera matado a cualquier otro. Después, la cola de la Shoru’Treak que era Dne Korba se enroscó en el cuerpo de su padre mientras los dientes se hundían en su carne y sus garras bloqueaban los musculosos brazos. Como había sospechado, Maras Dokk se hallaba extenuado. Pero seguía siendo Maras Dokk. Se levantó del Trono con Dne Korba aún enroscada en su cuerpo, y el impulso les hizo rodar a los dos por los once escalones. Quedaron destrozados bajo sus cuerpos.

Once figuras acudieron entonces al combate con sus tridentes prestos, y atacaron con saña a la Shoru’Treak mientras aún luchaba contra el Minotauro. Maras Dokk volvió a reír al ver a sus hijos y, justo antes de morir a manos de uno de ellos, descubrio el engaño. Pero era tarde, y mientras diez minotauros acababan con Dne Korba, Sánedri atravesó el corazón de su padre.

Así murieron los dos dioses del Caos.

Luego, Sánedri tomó la forma de Augrei, el único que aún pisaba Edeter, pero aumentada cien veces, y acabó metódicamente con los minotauros, pisándolos o aplastándolos con su maza.

–¡Yo soy el Caos! –aulló–. ¡Maras Dokk ha muerto! ¡Mía es la victoria!

El sonido de aquella verdad traspasó los muros de hielo y llegó hasta Drôbhä, que llevó la noticia a Aülhoba, que cantó de felicidad, aunque aún ignoraba si el cambio le reportaría algo. De cualquier modo, transportó las noticias al sur, a Shügrâ, y de ese modo atravesaron el campo de batalla de Aradina, y todos supieron que Maras Dokk ya no vivía.

Pero en aquella sala Sánedri no estaba solo. Pancao había visto desaparecer a sus tres acompañantes antes incluso de la llegada de Dne Korba, mas había permanecido allí como la diosa le había rogado.

Y ahora la Madre Naraendil hablaba a través de él.

–¡Detente, Sánedri, hijo mío! –exclamó.

El Augrei miró a Pansalabadarao con sorpresa.

–¿Quién eres tú? No estaba escrito que aquí hubiese un sacerdote de Naraendil. Pero te reconozco, Madre, tras él –recalcó con crueldad–. ¿Qué pretendes?

La diosa volvió a hablar por medio del Alfen.

–Detén esta guerra, y concederé lo que tú más deseas –ofreció sin preámbulos.

–Ya tengo lo que más deseo. ¡Soy el amo del Caos! –respondió obscenamente. Pero Naraendil sabía percibir la inseguridad en sus gritos.

–¿Tienes adoradores? Seres de verdad, no esos saribs estériles y limitados. ¿Dónde están tus hijos? –Pansalabadarao intuyó lo que aquel ofrecimiento le estaba doliendo a Naraendil; pero la Justicia debía hablar cuando debía hablar.

–¿De verdad me los devolverías? ¿A los Iöron? –Era el más joven, y el anhelo no podía disimularse en él de manera sencilla.

–A los desterrados –concedió Naraendil. Luego impuso sus condiciones–. Si abandonas la Península y no vuelves jamás a ella.

El Augrei retrocedió un paso, decepcionado, y descargó su maza contra los ya maltrechos escalones.

–¿Por qué debería hacerlo? –aulló enfadado–. Aquí soy y seré el amo.

–No lo serás –se apresuró entonces Naraendil–. ¿Tan fácilmente olvidas a tus enemigos? –En el rostro de Sánedri se formó una expresión de despecho, que dio paso al desconcierto–. La Piedra Darko existe aún, y tú no tienes ni tendrás poder para destruirla. Ella es el auténtico amo del Caos en la Península. Ella constituye el Equilibrio, que tú romperías; morirás, como han muerto mi hija y su padre.

Sánedri pareció reflexionar. En un momento dado su ambición y su frustración le otorgaron una expresión extraña, y al final surgió la incertidumbre.

–¿Adónde iré?

La inflexión de Naraendil fue la de la calma, la de la victoria sin abalorios.

–Más allá de las Nieblas del Fin existe un mundo virgen sin descubrir –desveló, y luego, como descubriendo un secreto inconfesable–. Y no tendrás que ser Caos.

El rostro de Sánedri el Leñador mutó un brevísimo instante.

–Allí elegiré.

Así se recompuso el Equilibrio entre los dioses.

La huida de Dne Korna provocó desconcierto en los dos Ré supervivientes, mientras escuchaban los clamores de sus tropas. Ignoraban cuál podía ser la causa de su marcha, pero estaban seguros de que no era agotamiento o derrota. No trataron de indagar en ello, al menos de momento, pues sabían que los nigromantes estaban asesinando a más caballeros que los saribs, y que los magos no podían contrarrestarlos por ser Sánedri su oponente. Cuando descubrieron que también había desaparecido, no perdieron el tiempo, se dirigieron a la retaguardia de los saribs y se enfrentaron a los Trols que protegían a los nigromantes antes de matarlos a todos. Apenas eran diez, y las águilas demostraron su eficacia. Los brujos también trataron de defenderse con espadas, pero no eran rivales para los Ré. Acabaron con todos los que no pudieron escapar.

No hubo tiempo para más. El viento trajo las palabras que comprendieron y aprovecharon, y que el resto de su ejército se limitó a aprovechar.

Lejos de ellos, mientras aún sonaban los ecos de la muerte de Darko, Grishka caía, rodeado de Verrocks. Rolja val Armit lo vio caer, y, aunque no se lo confesó a nadie, creyó discernir una expresión de triunfo y alivio mientras se lanzaba directamente sobre una espada enemiga.

Pero los cornos sonaron al morir Grishka, como correspondía a un gran rey, y volvieron a sonar cuando el Señor Rolja abatió al señor de los Verrocks y a toda su guardia en un intento de recuperar el cadáver del Rey de Reyes.

Muchas más hazañas ocurrieron en aquella batalla, con Dalamán dil Balamó, honra de Gôlfang, como uno de los más eminentes protagonistas, o Ibor Rey, que venció a Serpent en combate cuerpo a cuerpo, o mucho después la muerte del último de los saribs bajo las flechas de los centauros; pero lo que verdaderamente todos recordarían en sus corazones fue la aparición de un Alfen montado sobre un Cisne de Naraendil, que llegó envuelto en un halo de Luz para anunciar las buenas nuevas, y el abrazo que aquel día unió de nuevo a un mago de Karos, nada menos que Magno Desedón, el cual no había llegado a sucumbir bajo los hechizos de Sánedri, y a aquel sacerdote Alfen a quien todos creían perdido.

Luego todos se abrazaron, Delra y Tarios Môces no fueron los últimos, y la Luz, la Verdad y la Vida fueron alabadas de nuevo, no solo por los Alfens, en la meseta de Aradina.

Índice La sombra de la luz

Anuncios