Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Al mediodía, tras la partida del Señor Amdácad y su escudero, reanudaron la marcha hacia el este, y aún continuaban cabalgando a media tarde. Atrás quedaron los fieles caballeros que lo eran incluso después de la muerte de su guía y Señor, y también aquellos otros que habían dado la vida por la tierra verde que les había visto nacer durante generaciones, y que ahora recogía su sangre generosa y la derramada de sus enemigos. Ahora se abría de nuevo ante ellos el llano, salpicado de peñas y sumiso bajo los solitarios cerros que paulatinamente desaparecían, para dar paso a la vasta pradera sombreada ocasionalmente por chopos o encinas, siempre que la guerra o la miseria les permitiese sobrevivir. Las nubes que tanto habían amenazado cumplieron las expectativas de los viajeros, en medio de su silencio solo roto por las voces de Drohba y Shûgra compitiendo en las alturas, si bien el brazo del primero empezaba a ser más largo y poderoso en esta época del año, pero aún no tanto como en el invierno, cuando traería sobre los hombros la nieve helada que cubriría de blanco el llano y los cerros, los bosques y las hierbas.

Dalamán abría la marcha, luciendo una capa sobre una cota de malla, mientras la armadura completa se protegía en las albardas del caballo de Aldamar. El resto, tras él, soportaban como podían el aguacero. Gôlfang, de vez en cuando, parecía sufrir algún escalofrío.

–¿Por qué no te pones la capucha? –preguntó Origog distraídamente al mago.

–¿Es que la tuya te protege?

–Podrías probar, creo que empiezas a enfermar –arguyó el Iöron.

El mago le miró con cierta indignación divertida.

–Origog, hace siglos que no tengo ni siquiera un resfriado –respondió con suficiencia, y se adelantó unos pasos.

Origog lo miró alejarse. Comenzaba a pensar que no era tan buena idea que el mago recuperase su carácter. Sin embargo, al poco rato vio como la cabeza calva del anciano testarudo se ocultaba bajo la capucha, después de que incluso el caballo trastabillara asustado por un aparatoso estornudo del jinete.

Dalamán se acercó a él.

–Venerable, mi castillo, o al menos los restos de él, se encuentra a poco más de una milla al norte. El fuego debe de haberse extinguido después de este aguacero y seguro que alguna estancia podrá guarecernos de la lluvia, que no del frío, me temo. Los caballos agradecerían el descanso –añadió.

Alwarín pareció entenderlo y bufó a manera de negativa, pero todos estaban demasiado hastiados de la lluvia como para hacerle caso.

–Guiadnos, Señor Dalamán –ordenó Gôlfang.

Alwarín se lanzó al galope, obligando a Origog a aferrarse a su crin, hasta que el caballo refrenó el ritmo y esperó a los otros. El caballo de Aldamar, que cargaba con las lanzas y la armadura además de su jinete, apenas podía mantenerse en el grupo. Pero una columna de humo se perfiló al fondo bajo la lluvia, y le dejaron atrás.

Cuando los primeros llegaron, solo pudieron observar destrucción; Origog miró las ruinas absorto; una réplica de lo sucedido en el Collado; de lo sucedido en Arodia; de lo sucedido a su familia minera que luchaba por sobrevivir en una tierra hostil. Sus puños se cerraron, movido por un odio impasible y repentino que no pudo controlar, y su mirada se cruzó con la de Gwist sin pretenderlo. En un momento, todo el odio que comenzaba a sentir se disolvió inesperadamente y, perplejo, vio como los ojos del cartógrafo se llenaban con aquel odio y sus manos se cerraban fuertemente en torno a las riendas. Fueron solo unos segundos, pero ambos supieron que aquello iba más allá de lo común. Por primera vez, el huérfano, el pequeño que regresaba a casa, veía la escena de muerte y destrucción con total claridad, como un espectador ajeno a todo, sin que ningún sentimiento envolviera o embotase su mente. Se asustó por la irrealidad, pero ya estaba más que cansado de sorpresas y de contactos con lo sobrenatural.

El resto del camino lo hicieron en silencio, sin volver a hablar, ni siquiera a dirigirse una mirada. No comprendían; y eso les llenaba de temor.

La habitación era ciertamente fría y a su alrededor caían chorros de agua, aunque lo suficientemente distanciados para permitir un cobijo resguardado y seco. El castillo había sido saqueado como jamás había visto Origog, y solo restaban algunas piedras de la otrora confortable residencia del Señor. Eso, y una vela que encontraron bajo un montón de cascotes y con la que ahora se alumbraban los viajeros. Aquella era la única estancia que conservaba al menos tres paredes, pues toda la madera había ardido rápidamente y muchos muretes habían caído o habían sido derribados. A juzgar por las condiciones de la estancia, el incendio había sido provocado al menos el día anterior; solo la lluvia había impedido que la última viga ardiera por completo, si bien la situación era precaria.

–Ahora sabemos que al menos una parte de los kérveros se halla diseminada por la zona, incendiando y asesinando, y supongo que controlando la cadena de mando desde Thrasgok.

–A nosotros nos salvó la llamada del rey –dijo Dalamán–. Mis caballeros y mis infantes acudimos al Castillo Verde acompañados por los siervos y el ganado, de modo que no creo que haya habido más víctimas que el castillo y las cosechas.

–Así los kérveros no se aprovisionarán –sentenció Gôlfang. –Bien, ahora durmamos, que mañana debemos continuar –sugirió, y se arropó con una manta.

Origog observó las ropas empapadas extendidas en el suelo para que se secasen durante la noche, y después imitó al mago, no sin la impresión de que el techo podría venirse abajo de un momento a otro. Miró por primera vez a Gwist desde el percance de la tarde, y se quedó dormido profundamente. Le siguió Aldamar, no sin antes cerciorarse de que a su señor no se le acabaría la luz durante la guardia, ni de que su espada no presentaba mella alguna.

En el exterior, el ritmo acompasado de la lluvia sirvió para que sus sueños fuesen tranquilos durante toda la noche, y el silencio solo se vio roto cuando en mitad de la vigilia Aldamar se acercó a su señor para asegurarse de que todo marchaba bien.

Ya de mañana, les despertó a todos un ataque de tos que se apoderó de Gôlfang. No desayunaron y se pusieron en marcha tan pronto como recogieron la ropa, aún húmeda, y se la pusieron entre escalofríos. Solo la túnica del mago se había secado perfectamente y este fue el primero en ponerse en marcha. Las nubes se habían desplazado durante la noche y el sol lucía espléndido aquel día de otoño. Sin embargo, no hacía verdadero calor, el viento del norte era gélido, más aún que el día anterior, y el aire cálido del sur se había rendido a la evidencia y retirado a su hogar; no volvería a tener fuerza hasta bien entrada la primavera siguiente.

Dalamán volvía a lucir la armadura verde, y el escudo del señorío de Bérilad reflejaba el sol sobre el rostro del Origog, un poco a la izquierda.

–Mañana al mediodía llegaremos al Boureanaur, la frontera de Gargüid, siempre que descansemos durante la noche –informó el caballero–. De no hacerlo, sería la luz de Karas quien nos guiara en su crepúsculo.

–Confiaremos en ella –manifestó Gôlfang–. Por el llano apenas existe peligro para los caballeros, y el tiempo es importante.

–Así sea, Venerable. Hay una aldea fronteriza a veinte millas del puente y allí se alquilan barcas. Pertenece a mi padre. Desde allí podemos cruzar fácilmente, aunque es muy probable que los kérveros la hayan arrasado. Existe un pequeño puente que cruza el río a dos millas de allí, bastante más reguardado; si nos apresuramos, podemos llegar incluso antes de que el sol se esconda tras Qüemyum.

–Espero que los kérveros no lo hayan descubierto, o ya no estará allí para cruzarlo –observó Gôlfang–. En todo caso, luego tendremos que caminar casi cincuenta millas para llegar al Castillo de Cristal –añadió–. Debemos comprobar su situación actual; es difícil que la hueste kérvica les haya pasado inadvertida, si no les han atacado antes.

–Eso si el rey Andher no ha pactado de algún modo con ellos; le creo capaz, si así cree que van a permitirle continuar con su escuela de cartógrafos –intervino Gwist, no sin ironía–. Y he de admitir que cuando partí de allí los kérveros parecían vencedores.

–Nos arriesgaremos.

Cabalgaron todo el día sin parar, aunque sí comieron varias veces, y vieron cómo el sol recorría el firmamento; a media tarde descubrieron huellas recientes de kérveros, y todas ellas se dirigían al norte. No bajaron la guardia por ello; podían encontrarse con un grupo de guerreros retrasados del grueso del ejército.

–¿Qué haremos si han arrasado la aldea y destruido el puente? –se interesó Origog, acercándose al mago.

–Continuaremos viajando hacia el sur siguiendo el Boureanaur hasta llegar al Castillo de Cristal. Quizá lo más peligroso sería cruzar cerca del bosque De Corbelli, ya que los kérveros deben mantener un paso que cruce el río y ese paso estará muy vigilado, pero luego solo nos llevaría un día llegar al castillo.

–Pero, ¿y si Dorfen Hond ha firmado pactos con los kérveros, como dijo Gwist? Entonces sería un viaje en vano y una pérdida de tiempo para la realización de la Profecía.

Gôlfang se puso tenso.

–Nos arriesgaremos –contestó secamente. Luego continuó con gesto de preocupación–. Debes saber que la Profecía es más complicada de realizar de lo que podemos imaginar. La Piedra Darko se halla custodiada en Morfus por los Erpotk, los Amorfos, y es imposible traspasar ciertos límites.

–¿Cómo, imposible? Si Gervag… si el Heraldo ha dicho que debe hacerse así, debe existir una oportunidad, aunque sea pequeña.

Gôlfang no contestó, aunque su rostro reflejó decepción y contrariedad. Se puso la capucha y continuó cabalgando. Origog se dio cuenta de que se habían quedado rezagados durante la conversación e incitó a Alwarín a galopar hasta alcanzar al grupo. Aunque su curiosidad rozaba el límite de lo soportable, no volvió a importunar al mago con más preguntas.

Cuando al fin la Constelación de Karas se dejó ver tras la de su gemelo, su luz cálida no trajo alegría ni paz. Se encontraban al borde de un acantilado de más de treinta metros de caída, por cuyo fondo fluía bravo el río que en su día ocasionara la destrucción de infinita sabiduría. Al verlo así ahora, Origog sintió que se le oprimía el corazón. Sería imposible cruzarlo con el puente destrozado. Los restos de este aún se podían ver colgando de algún peñasco o de alguna mata que había hecho de las rocas su hábitat. Los kérveros lo habían quemado por completo, incluso las bases de madera que lo habían anclado a tierra.

–Bien, nos adentraremos en el llano cincuenta metros y allí acamparemos sin encender fogatas. Permanecer aquí sería peligroso. Señor Dalamán, vos haréis la primera guardia y después dormiréis hasta que nos pongamos en camino. Despertadme después de dos horas.

–Sí, Venerable.

–Bien. Aldamar, no se preocupe tanto por su Señor durante la noche; un kérvero sordo podría oírle a millas de distancia.

El escudero buscó una mirada de apoyo que no encontró.

–Sí, Venerable.

Acamparon en el llano, junto a una encina donde ataron los caballos; Alwarín no se dejó sujetar, y optaron por dejarlo moverse a sus anchas; incluso Gôlfang, mirándolo de una manera extraña, aceptó que no escaparía ni haría nada que les delatase.

Origog cogió la manta y se tumbó en el suelo tras apartar algunas piedras afiladas. Rápidamente se quedó dormido; le había tocado el último turno de guardia y deseaba aprovechar bien el sueño.

La imagen de Gervag acudió a él de inmediato; sagrado y sin mácula, le hablaba con una dulzura que otorgaba a la sólida textura de su amistad una suavidad firme y protectora. Las palabras no estaban afectadas por el deterioro del sonido, sino que fluían libremente entre conciencias hermanas, perfectamente en sintonía natural. Por un tiempo eterno y sin embargo finito, Origog sintió que su alma era parte de otra alma. Así pudo contemplar su vida desde el principio hasta el final, anticipando con total sosiego y aceptación su muerte, reposada y sin violencia, y vio la mano intangible de Bedrom anudar el hilo y apuntar su nombre en el Sagrado Libro de la Historia; pero tan pronto como su nombre se formuló, las letras se distorsionaron y se diluyeron y volvieron a fluir hasta conformar un nuevo signo, signo que ya no lo identificaba pero del que no se sentía ajeno: Gwist. Todas las vivencias anteriores se desvanecieron, toda su vida y lo que le daba sentido, y solo quedó un vacío inmenso apenas esbozado en los contornos. Mas ahí no acabó todo.

Imágenes que habían sido suyas volvieron a él: un niño que retorna a casa para hallar el horror más indescriptible; el odio rellena los inmensos espacios a su alrededor. Tan pronto como el odio quiere desbordar, Gwist de nuevo deja sin sentido la escena. Ahora es Arodia, la Gruta Real, la que se convierte en el centro y asidero; un terror alado la destruye con el fuego rojo revivido; odio, solo odio, y luego Gwist y la nada. Entonces llega lo peor. Entonces sabe que aún puede sufrir. Gara camina por el campamento, camina de la mano de un Iöron, entre los zulfos. Un anciano los observa recordando viejos tiempos y la orondina se detiene, en la tonalidad de los ojos el matiz del rubor. Suelta la mano del Iöron, pero este acoge su cabeza entre las manos y la besa. Sonríe. Origog puede verla sonreír. También ve la sonrisa de Gwist.

El odio lo invade, lo llena, lo hace elevarse por encima del vacío que yace a sus pies. No es un odio personal. No tiene un objetivo. Tampoco tiene un origen. Solo ocupa un lugar donde antes solo hubo vacío. Ya no es él. No tiene conciencia de su nombre, de su esencia, de nada más allá del odio. El odio es él y él es el odio. No hay pasado. No hay presente. No hay porvenir. Odio.

Se despertó sobresaltado, mirando a los lados tratando de descubrir algo que ni siquiera sabía si existía. Gôlfang se encontraba a su lado, mirándolo con un extraño brillo en los ojos. Parecía conmovido y a la vez mostraba un semblante serio que dejaba ver un profundo respeto. Cuando habló, su voz sonó casi insegura, como si acabase de descubrir que algo improbable existía realmente.

–Así que por fin te muestras completo –dijo–. Bienvenido, pues, Deléäl Éneol, Soñador de Sentimientos.

Origog le miró como a alguien extraño. Inmerso en un caos de pensamientos, una parte de él se inclinaba a sonreír y preguntar al mago si bromeaba, pero otra, una que jamás antes había dado muestras de existencia, supo que aquel era nada más y nada menos que el verdadero comienzo de su Destino, y esta parte triunfó. Se levantó, y su mirada le llevó directamente a Alwarín, que se acercó cabalgando con total seguridad. Después, instintivamente, volvió la cabeza y descubrió a Gwist. Una oleada de calor lo embargó desde dentro y sus ojos se tornaron rojos. En el sueño se había sentido vacío, pero ahora era la realidad, y podía sentir odio. Y lo sentía.

Tanto como el día anterior, pero más fuerte que nunca. El dragón no era enemigo para él; los Asesino Sawor, presencias despreciables. Era casi un dios, y el odio era su arma.

Y, sin embargo, todo pasó. Volvió el vacío. No sintió lástima por el ser que se retorcía a sus pies, aunque sabía que debía reconocerlo. Un caballo se acercó e hincó las patas delanteras invitándole a montar. Lo hizo y se dejó llevar por su galope, azaroso e improbable.

–Bienvenido también vos, Custodio –murmuró Gôlfang, mirando el cuerpo salvajemente contorsionado del cartógrafo.

Su Destino comenzaba, pero se le escapaba la crueldad de un destino que le negaba todo. Es verdad que los recuerdos volvían poco a poco, pero aún no diferenciaba bien la realidad del sueño. Su nombre, su familia, su amistad, su patria… su amor. Sabía que todo desaparecería poco a poco, arrebatado por aquel a quien había estado a punto de llamar amigo.

Ahora Alwarín lo llevaba hacia ningún sitio, azaroso y despreocupado. Y en verdad así se sentía: un observador insensible ante los acontecimientos.

Después de una eternidad fue recuperando la cordura. El caballo no le había alejado tanto de sus acompañantes como había pensado, y el viaje tuvo un final reposado. Origog podía distinguir al grupo con nitidez. Las siluetas del caballero y su escudero, tan esbeltas que se perdían en el perfil; la del mago, un todo homogéneo desde los hombros a los pies gracias a la túnica que lo cubría por completo. Y la de Gwist. Se obligó a pronunciar su nombre. Sabía que tenía que volver, debía mirarle a los ojos nuevamente. Pero tenía miedo; miedo de encontrar que su reflejo había cobrado vida para arrebatarle el pasado y convertirse en lo real, dejándole a él mismo como una sombra; miedo de que su amigo, Gôlfang, le mirase como a un ente incapaz de sentir la amistad que Gwist le había arrebatado junto con su nombre. Pero tenía que volver, tenía que enfrentarse con coraje a todo eso.

No hizo falta ninguna indicación para que Alwarín comenzase a trotar de vuelta. Aunque resultase extraño, intuía cada uno de sus pensamientos. Con cada paso del caballo, el Iöron sentía que se equivocaba, que no sería buena idea regresar. Cien veces estuvo tentado de volver grupas y acudir a la fortaleza de Ardellén, con su amada. Mas tan pronto como apareció el pensamiento, Origog lo hizo desaparecer, esta vez voluntariamente. No estaba dispuesto a que se lo arrebataran de nuevo. Él mismo lo escondería en lo más profundo de su ser, donde nadie pudiera encontrarlo hasta que por fin se cumpliese.

En pocos segundos estuvo de vuelta. Evitó la mirada de Gwist y buscó la de Gôlfang; descubrió en ella todo el calor que necesitaba, un intento fehaciente de complicidad que trató de corresponder. Por primera vez sintió que el trato era de igual a igual, pero no por su nueva cualidad; dos personas perdidas, que se saben respectivamente necesarias.

–Soñador de Sentimientos… Realmente dudé de tu existencia, durante siglos. No te envidio porque no te comprendo; solo sé que tendrás que ser fuerte, Origog; haremos el camino juntos, hasta donde pueda acompañarte. Solo espero que me sea dado compartir tu peso, si lo necesitas.

–Guíame entonces, Portador de la Palabra, Gôlfang, porque la verdad es que no puedo estar más perdido.

–Y sin embargo, es otro el que más va a compatir tu carga –y en sus palabras, que Origog asimiló con pesar, no se velaba la clara alusión. Debía guiarle, custodiarle, aquel que se lo arrebataría todo. Esa idea le repelía y le espantaba.

–Gwist –pronunció.

Hubiera deseado odiarle en aquel instante, pero temía que incluso le arrebatara aquel placer. Nada podía hacer para sentirse mejor. En un acto reflejo miró hacia el cielo, aquella inmensidad gobernada por los dioses. En aquel punto, escuchó el relincho de Alwarín; prefirió interpretarlo como una queja ante la fuerza con que empuñaba las riendas. Aflojó la presión.

–El sol está ya alto. Debemos partir –dijo.

Lo siguieron. Se preguntó si siempre sería así, si siempre podría manipularles tan fácilmente, y esa posibilidad le llenó de espanto. No quería caer en la pura autocompasión. Y sin embargo, todas las imágenes que acudían eran de dolor: la muerte de su rey, la de su amigo de la infancia, el deambular de un fantasma durante siglos solo para esperarlo, la pérdida de tantas vidas en el Collado. La separación de Gara. Todo se reducía a un triste dolor que laceraba su cuerpo. No podía sentir orgullo por ser quién era; ni siquiera sabía quién era.

Durante mucho tiempo, su mutismo fue absoluto, tanto que contagió a sus acompañantes. Incluso Gwist permanecía en silencio y, cuando se atrevió a echarle una mirada de soslayo, descubrió en él la misma tristeza. A pesar de todo, no quiso dejar que le afectase.

El Señor Dalamán se adelantó con su caballo y se perdió de vista. Tras unos minutos, regresó al galope.

–Venerable, la aldea se encuentra a doscientros metros de aquí. Hay dos barcazas, custodiadas por kérveros; si no lo han destruido todo, no cabe duda de que es porque las utilizan. No he alcanzado a ver ningún troll, aunque podría haber alguno; por otro lado, si conseguimos controlarlas y pasar, podemos esperar una situación similar en la otra ribera.

–Es nuestra única oportunidad ––observó el mago–. Señor Dalamán, prepárese para el combate.

–Luchar a mediodía nos beneficia –corroboró el caballero.

–Sin duda, pero no debemos confiarnos; una vez que han olido su presa, luchan por cobrarla –se dirigió a los demás–. Aldamar, usted quedará al cuidado de los caballos; una vez que vea mi señal, corra con ellos a nuestro encuentro, ¿entendido?

–Su señal, Venerable.

–Muy bien; procurad matarlos a todos, o seremos la presa de cuantos kérveros se encuentren a diez millas a la redonda. Y pueden ser muchos.

El trecho que los separaba de la aldea era completamente llano y solo dientes de león y matas bajas se habían decidido a poblarlo. En el lado opuesto del río, a poca distancia hacia el sur, podían verse las copas de los robles y los sauces, las dos especies principales que componían el bosque Dorfen, una leyenda viva y muy posiblemente su siguiente problema.

Pero no era momento de adelantar acontecimientos. Ahora tocaba lucha.

Tan pronto como Gôlfang llegó a la altura de la primera choza de adobes, un kérvero le salió al paso. Antes de que Origog pudiera evaluar la situación, dos más se precipitaron por su derecha. Apenas fue capaz de ver la espada del mago introducirse con vida propia en los cuerpos de sus enemigos.

Sin duda les habían visto acercarse, pero no debía ser un gran destacamento, o les hubieran intentado aplastar por el simple peso del número; esta estrategia de sorpresas sugería que los kérveros no habían esperado algo así y, por tanto, que tenían alguna oportunidad de vencer.

Continuaron avanzando con cautela; se acercaron al río, para descubrir que las barcazas estaban custodiadas por tan solo un par de guerreros y otro par más protegían una choza en la que ondeaba el pendón negro de las hordas del sur; Tarkión destacaba entre las Constelaciones de Darko y Korba. Sin duda todo esto era solo otra trampa; un pelotón de kérveros constaba al menos de veinte efectivos. Así y todo, continuaron adelante. Gôlfang y Origog se encargarían de los de la choza, mientras Dalamán y Gwist lo harían de los de las barcazas. Tan pronto como ambos grupos se dirigieron a sus objetivos, sonó un cuerno y los kérveros comenzaron a salir de las chozas. No fueron ayuda para los kérveros de las barcazas. Mientras tanto, Dalamán y Gwist se debatían en el centro de un grupo de unos quince guerreros.

Pero, para Origog, no fue aquello lo que despertó sus instintos. Tras aquellas figuras aullantes, una sombra removió recuerdos crueles; ropas negras, hacha ritual de seis picos. El presente desapareció, y solo quedaron ante él imágenes que habían poblado sus pesadillas más terribles, que habían dominado su vida. Pero entonces aquellas imágenes desaparecieron y fueron sustituidas por un sentimiento esperado y apreciado. El odio, su arma. Se diría que podía matar solo con la mirada. Levantó la espada para descargarla sobre el hombre.

Mas, en aquel instante, también el odio desapareció. No lo entendió. Ahora solo había terror ante aquella figura que se aproximaba implacable. Dejó caer los brazos, impotente, y esperó a que aquella parálisis se desvaneciera también. No fue así; el hombre se acercó con una sonrisa. Intentó levantar la espada en un último esfuerzo por sobrevivir. No fue necesario. Con un suspiro de alivio, vio como la punta de una tizona aparecía en mitad del pecho del Asesino.

Origog miró a su alrededor. Lo que vio le dejó perplejo y horrorizado. Todos los kérveros aparecían brutalmente destrozados y en mitad de ellos, aún con la espada ensangrentada, Gwist, mirando su obra con una expresión que hubiera podido intercambiar con la del Soñador. El Custodio dejó caer la espada y luego él mismo cayó de rodillas.

Gôlfang se acercó y le ayudó a incorporarse.

–Solo has cumplido tu Destino –manifestó con calidez determinada, ante la mirada implorante del cartógrafo.

En aquel momento, Alwarín llegó al galope, seguido de Aldamar, que llevaba el resto de los caballos de las bridas.

–Lo siento, Venerable –ensayó una disculpa.

Gôlfang observó al caballo sandoreano y no dijo nada.

–Bien, no perdamos lo ganado. Suban todos a la barzaca –ordenó–. Ha escapado uno, Señor Dalamán; debieron vernos llegar y mandaron un mensajero a informar de nuestra presencia antes de que llegásemos. Así pues, no juzgo prudente enviarles a vos y a su escudero de vuelta al Castillo Verde.

–Estoy de acuerdo, Venerable –concedió el caballero, que no consiguió ocultar su expresión de alegría.

–Bien, nos dirigiremos al Bosque Dorfen, allí seguro que no nos perseguirán.

Solo Origog, que se lo esperaba, mantuvo un gesto tranquilo. Aldamar parecía sencillamente aterrorizado, pero no dijo nada.

–Bajaremos un par de horas por el río para evitar a los guardias del otro lado, o al menos para evitar que estén demasiado preparados cuando desembarquemos; si hay posibilidades, cabalgaremos varias millas aún al galope antes de entrar en el Bosque. Dormid mientras tanto, yo haré la guardia –dispuso Gôlfang.

El día no era cálido y la corriente mecía suevemente la barcaza, pero Origog no pudo dormir. Esperó a que los demás lo hicieran y se levantó furtivamente para colocarse junto al mago.

–Te esperaba, Origog –le recibió–. Siéntate.

Origog no supo por donde empezar.

–Sabías lo que me iba a suceder –acusó– y que no estaba preparado para ello. Pero comprendo que no es culpa tuya, y nada de lo que hubieras dicho podría haberme preparado, en realidad. Estoy vacío, Gôlfang, vacío; Gwist, el Custodio, como tú le llamas, me ha arrebatado todo. Quizá debería odiaros por ello, pero odio es lo único que no quiero sentir. Por eso te pido consejo, Gôlfang, a ti, al único amigo que me queda.

El mago le miró con cariño, y sin embargo muy serio.

–Quizá sí deberías odiarme, Origog, aunque nada de esto tiene que ver conmigo en realidad; podría haber intentado advertirte, pero te confieso que no hubiera sabido como; ¿crees que yo lo entiendo? Lo siento, pero no, tu Destino escapa a mis conocimientos y a mi comprensión –sus palabras habían tenido un tono casi monótono, como algo preparado previamente, y Origog se sintió defraudado. El mago, entonces, cambió la expresión y el todo de su voz se hizo apremiante–. Pero tienes razón en una cosa, Origog: soy tu amigo. No el único, seguramente, pero sí el que está aquí para apoyarte. Dices que estás vacío, pero no es cierto. Hoy sentiste temor, lo vi, y eso no pertenecía a tus sueños; la vida sigue y nuevas emociones y sentimientos van a conformar tu personalidad; de momento posees tu pasado, inaccesible si no quieres perderlo, pero está ahi. Olvídalo. Olvídalo, porque así no desaparecerá, permanecerá latente, y, mientras, sigue viviendo y aprovechando todas las nuevas oportunidades.

–¿Olvidar mi pasado?

–Tú ya no eres solo Origog, y el Soñador te absorberá si pretendes serlo.

–¿Debo olvidar todo como si fuese falso?

–Todo es falso para el Soñador; son tus recuerdos, no los suyos; no se los regales.

–¿Y Gara? –se atrevió a mencionarla tras algunos segundos de tenso debate interior. Un pequeño tirón mental.

–¡No la nombres! Ni siquiera ante mí –pidió–. No la nombres, Origog, no la recuerdes, destérrala.

Origog supo así que su decisión primera había sido acertada; la había hecho presente ante Gôlfang movido por la intimidad, pero a partir de entonces la guardaría como el más preciado tesoro. Solo confiaba en saber recorrer el camino inverso cuando todo acabara.

–Origog, no odies a Gwist. Tampoco él eligió su destino, y es un camino que debéis recorrer juntos, eso sí lo sé. El odio es tu arma, pero debes elegir al enemigo.

–No creo que le odie, pero me da miedo…

–Creo que él también está asustado, por ambos –aseguró Gôlfang.

Origog recordó un tema que no terminaba de entender.

–¿Y la Profecía del Heraldo? Piensas que ese no es realmente mi Destino, ¿verdad?

–La Profecía… –su expresión se tornó sombría–. No lo sé, Origog, no lo sé, pero al menos las motivaciones de los dioses pueden resultarnos comprensibles, si tenemos los datos suficientes. Y esa Profecía es obra de un dios. Lo que aún ignoro son los datos, y espero tenerlos antes de llegar a Morfus –sus cejas estaban fruncidas–. Ve a descansar, pronto despertaré a los otros y debemos llegar al bosque antes de que oscurezca.

Origog obedeció, consciente de que ahora el mago quería estar solo. Sin embargo, nacían en su interior preguntas sin repuesta que lo llenaban de temor. Quizá alguien se equivocó al asignarle a él ese Destino en este momento. Tal vez años atrás, cuando aún nada de esto había comenzado, lo habría aceptado, agradecido incluso, pero ahora no. Ahora no podía obedecer y permitir que su vida se desmoronase.

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