Etiquetas

, , , ,

Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

A media tarde, Gôlfang despertó a sus acompañantes. En aquella parte, el río discurría lentamente por un largo vado, después de unos rápidos que no habían puesto en peligro la sólida embarcación y que les habían hecho avanzar varias millas. Si habían conseguido dejar atrás a sus posibles perseguidores, era el momento de desmbarcar. El lindero del bosque también se acercaba allí a la orilla, solo separados ambos por una pradera sin vegetación que dificultaba una emboscada. Así pues, entre todos dirigieron la embarcación a la orilla y saltaron antes de tocar fondo, dejandola derivar para ocultar las pistas. Habían recorrido suficiente distancia hacia el sur como para montar directamente y lanzar los caballos al galope.

–Los kérveros no entrarán allí por propia iniciativa, pero quizá no sea únicamente su voluntad la que les impulse a esta invasión –había predicho Gôlfang.

Un rugido poderoso hizo trastabillar a los caballos aun antes de emprender la marcha. Transmitía un desafío y un lamento que afectó directamente a su cerebro, paralizando toda actividad.

–¿Qué diablos hace aquí esa bestia? –blasfemó Gôlfang, tratando de controlar su montura.

Con desconfianza, ordenó a los demás que se situaran tras él. Entorpeciendo su camino, salido de la nada, se hallaba el animal más grande que jamás hubiesen visto. Incluso desde la distancia, distinguían sus garras y sus colmillos mortíferos. Comunicaba peligro por cada centímetro de su musculoso cuerpo.

–¿Conocéis a esa bestia? –se asombró Dalamán. Ya había empuñado su lanza, preparándose para el enfrentamiento.

–Es un karkoj, sin duda, una especie de monturas de trolls en las batallas, siempre que no se devoren previamente uno a otro. Pero solo habitan las motañas boscosas que separan Boneria y Duravia y, afortunadamente, ya son poco numerosos. Una vez sometidos, son insensatamente fieles a sus amos. Así pues, o hay un troll cerca, o este se ha perdido. ¿Por que opción apostáis, conde?

–Supongo que no podemos permanecer aquí parados para comprobarlo, y probablemente nos alcanzaría si intentásemos escapar, ¿no es así?

–Le aseguro que lo haría.

Sin más palabras, el caballero hizo avanzar a su caballo. No de una manera desafiante, al principio, simplemente avanzando en una trayectoria que no le llevaba exactamente hacia el karkoj pero que le permitiría girarse y encararlo si este comenzaba el ataque.

La bestia lo miró un instante. Lanzó un rugido verdaderamente lastimero y partió veloz hacia el norte.

Ni que decir tiene que todos se quedaron desconcertados. Gôlfang sonrió incrédulo.

–Bien, entonces ya no quedan trolls por aquí. Pensándolo mejor, mientras podamos permitírnoslo seguiremos el lindero del bosque –anunció.

–¿Crees que el amo de ese karkoj está en el bosque?

–Seguro. Pero no creo que resulte una amezana para nadie –añadió sin humor.

Asimilaron sus palabras mientras lanzaban miradas recelosas hacia aquella masa forestal que se extendía hasta donde se perdía la vista de norte a sur. Durante todas las horas que quedaban del día, continuaron cabalgando siguiendo el lindero, con la ventaja de que entre el río y ellos la vegetación herbácea les permitía controlar la llegada de posibles peligros por ese lado, de modo que pudieron avanzar con rapidez. Al llegar la noche, Gôlfang decidió acampar justo al lado del bosque.

–No escuchéis a los árboles, pero no perdáis ojo al llano y a la ribera –aconsejó a Dalamán, que haría la primera guardia–. Si veis cualquier cosa extraña por allí, despertadnos a todos de inmediato y partid hacia el bosque; allí debemos reagruparnos.

El Soñador de Sentimientos se tumbó sobre una parte de la manta y se arropó con la otra. No pudo conciliar el sueño. Se preguntaba si era verdad, si el Custodio también respondía a un mandato implacable del Destino; en ese caso, no tenía ningún sentido odiarle o reprocharle nada. En el poblado garguín le había salvado la vida, y realmente parecía sufrir tanto como él con lo que le ocurría. Por si fuera poco, no le había oido pronunciar ni una sola palabra desde aquel instante. ¿Necesitaría compartir sus preocupaciones, como él mismo había hecho con Gôlfang? Recordó el día que se conocieron, cómo la entereza del cartógrafo le había reconfortado, pero no pudo evitar el recuerdo vinculado: su primer sueño como Soñador, en la estepa desolada. Posiblemente ya entonces Gwist estuviera fingiendo, y aquel encuentro no fue una casualidad. Siendo así, nada impedía que todo lo demás fuese igualmente falso.

Si Gwist precisaba algún confidente, no sería él. Además, Gwist ya lo sabía todo de él. Se lo había arrebatado.

Les despertó Aldamar, sumamente excitado. Por un momento, al verlo así, Origog pensó que era el escudero quién profería aquellos gemidos y lamentos desgarradores, pero tras despertar por completo comprobó que la relación era la inversa; los sonidos surgían del bosque con una insistencia e intensidad conmovedoras. Eran una señal, sin duda, y el mensaje era muy claro. Para todo el que entrase, no habría vuelta atrás.

Lo más extraño, sin embargo, y tardó un instante en darse cuenta de su extravagancia, fue que unos ojos ambarinos lo miraban fijamente, acercándose a una velocidad amenazante.

–¡Kérveros! –gritó, para asegurarse de que todos le escuchasen. Luego se lanzó hacia el bosque, como Gôlfang había ordenado.

Brot –se impuso la voz grave y autoritaria del mago, y en respuesta todo se iluminó en varios metros a la redonda; su espada era de nuevo su bastón. Varios kérveros se llevaron las garras a los ojos en un intento de protejerse de la refulgente luz, momento que todos aprovecharon para introducirse en la foresta.

Solo Dalamán y su escudero se retrasaron un poco, cubriendo la retaguardia. Aunque nunca lo confesarían, Origog estaba seguro de que temían más al bosque que a los kérveros. Gôlfang lanzó un reniego. La luz de su bastón se convirtió en un intenso rayo que recorrió las filas de los kérveros, cegándoles momentáneamente.

–¡Señor Dalamán, debe protegerme, y yo estoy aquí, así que venga inmediatamente! ¡Y traiga a su escudero!

Los garguines parecieron sufrir un espasmo al oír las palabras; se apresuraron a acercarse a los demás, sin volverse.

Nadie les siguió.

Se introdujeron todos juntos en el bosque, guiados por la luz del bastón, que iluminaba una pequeña zona densamente arbolada. Las voces del bosque se habían acallado. Se permitieron un alto.

–¿Hay algún herido? –se interesó Gôlfang–. Ha sido una suerte que el bosque nos amenazase justo en el momento en que nos atacaban los kérveros, ¿no les parece?

–¡Mirad, Venerable! –señaló Aldamar. Apenas a un metro de donde se encontraban, claramente en su camino, un poste sujetaba un trozo de madera con una inscripción.

Cässalai neris kéve ciri ^

Ul lam neris Ild faie rearal ^

Boquó ker Irdal vel Llerîtanan i rearal·

–Es difícil de leer –aseguró Gôlfang acercándose y rozando las letras con las yemas de los dedos; se las limpió con una expresión extraña–. No es Arëdro, el idioma de los zulfos, sino Dëwri, el de los Alfens de Orik’alalai, una escritura antigua de la que solo se conservan algunas pocas páginas escritas. Creo que puedo comprender su significado –añadió, y comenzó a traducir–: “Extranjero, vuelve por donde has venido, o de este bosque no saldrás jamás”.

–No somos bienvenidos. Aquí habitaban Alfens, pero desaparecieron misteriosamente y desde entonces lo habitan fieras terribles y mostruos de pesadilla –se lamentó Aldamar.

Gôlfang lo miró de soslayo.

–Desde luego, esto es una advertencia –confirmó el mago–. Pero no estoy seguro de que ningún mostruo de pesadilla acabara con un troll y permitiera huír a un karkoj, o nos avisara cuando estábamos en peligro; además, dudo de que sepan tallar la madera para formar frases en perfecto Däwri –ironizó.

Dalamán se acercó al cartel y pasó su mano por las letras, como antes había hecho el mago.

–Están recién talladas –se asombró.

–Sí. En todo caso, la muerte de los Alfens no tiene mayor misterio que las lanzas de madera con que fueron abatidos por los hombres salvajes; cuyos descendientes, por cierto, visten hoy armaduras verdes –aseguró–. Creo que eso sí debería preocuparles, Señores, porque no vamos a retroceder.

Volvió a sumir el lugar en la oscuridad. Inmediatamente los gemidos y lamentos los rodearon. Tan tristes eran, que desgarraban su corazón. Poco a poco, entre las voces articuladas, se entremezcló el ruido de la lucha, de una lucha despiadada por la propia supervivencia. Gôlfang les obligó a avanzar. Todo a su alrededor evidenciaba decrepitud; tan anciano era el bosque que los árboles muertos hacía eones habían sido fagocitados por otros que ahora eran todo podredumbre, mientras los más jóvenes se axfisiaban tratando de sobrevivir. Origog creyó enloquecer. Realmente no sabía si avanzaban, o en qué dirección. Perdió la noción del tiempo. De pronto, se vieron rodeados de lamentos que eran estertores, y de una batalla invisible que llegaba a su fin en mitad de una orgía de dolor.

Cuando cesó todo, les envolvió el silencio más espeso. La espera adquirió textura de inminencia. Durante muchos latidos controlaban incluso el sonido de su respiración. Pero al final la opresión se relajó, y parecía que el bosque era solamente un bosque.

–Al menos no nos ha seguido ningún kérvero –aventuró Origog, tratando de recuperar la normalidad.

Una leve sonrisa se dibujó en las comisuras de la boca de Dalamán.

–He de confesaros que preferiría mil veces a los kérveros.

Acamparon cuando les pareció que la noche había llegado de nuevo. Llevaban un día entero en el bosque. Cenaron a la espectativa, que se cumplió al cabo de unos minutos. Si antes había parecido que todo les rodeaba, ahora se encontraban inmersos en pleno combate invisible, e incluso podían sentir el aire desplazado por los cuerpos en movimiento e incluso la vibración de armas arrojadizas que silbaban junto a ellos.

–¡Oh, Karos, nos van a matar a todos! –se lamentó Aldamar.

–No sin luchar –animó Dalamán, esgrimiento su espada.

–No lucharemos y basta de preocupaciones inútiles –ordenó Gôlfang–. Cuando llegue el momento, yo me ocuparé.

En esta ocasión los gritos se prolongaron más de lo habitual, pero Gôlfang les conminó a dormirse. Si lo consiguieron, solo ellos lo supieron, pero todos estaban agotados.

La mañana llegó en silencio. No vieron el sol, pero lo sintieron en cierto aumento de la temperatura y en un cambio de la actividad animal. Como si el bosque entero pudiera concertarse en una voluntad, una voz colmó el aire.

Shairwak.

Gôlfang respondió algo que ninguno entendió. Todo se iluminó con una luz sorda y opaca que no permitía mirar tras ella. La voz surgió de ella.

–Bienvenidos.

–Os damos las gracias –el mago tomó la responsabilidad de la conversación.

–Sabéis quienes somos –afirmó la voz.

–Lo sé. Sois los manes de los Alfens que no viajaron a Cerial al Fionol, y sucumbieron a la llegada de los Oliárie, los hombres salvajes –reconoció Gôlfang–. Pero ignoro por qué permanecéis aquí, y por qué nos habéis ayudado.

Un breve silencio precedió a la respuesta.

–Sucumbimos, sí, pero peleamos primero; no queríamos pelear con el hombre, solo contra el Caos, pero ellos no entendían nada. La palabra solo era para ellos un instrumento rudimentario para coaccionar a sus semejantes en la satisfacción de sus necesidades. Luchamos, pero eran demasiados. Cuando el último de nosotros ya veía el rostro amable de Madrivo, lanzó la maldición que nos ata a Etérk. ¿Nos prestaréis ayuda para romper la maldición?

–¿De qué manera podemos hacerlo? –se ofreció Dalamán, impetuoso.

–Ten cuidado, caballero, no pongas tu palabra donde no puedas recuperarla –advirtió Gôlfang en voz baja.

–Venid, entrad en la luz –ofreció la voz–. Es la luz de los manes, que solo pueden ver los que los manes quieran. Lleváis mucho tiempo en el bosque, y nuestros amigos los Eäalets podrían dañaros; aquí seréis indetectables para ellos.

Dalamán cubrió la distancia con seguridad. El resto lo hizo con más recelo.

–¿Por qué no nos pedísteis ayuda simplemente desde el principio? Nos habíais salvado la vida, creo os la debemos.

–Sí, os salvamos la vida, aunque solo porque huíais de los kérveros del Maras Dokk; pero para poder ayudarnos debíamos cerciorarnos de que teníais coraje –aquello le pareció una excusa más bien pobre para toda aquella parafernalia. Era efectiva, ciertamemte, pero con el tiempo resultó más bien molesta.

–Si accedemos a ayudaros, aún podríais hacer algo por nosotros –solicitó Gôlfang.

–Os sacaremos de Bosque y os llevaremos al desierto Hond –prometió la voz.

–¿Al desierto?

–Os daremos provisiones. Es el único lugar donde no os esperan, aunque solo sea porque no pueden entrar. Las aves dicen que hay miles rodeando el bosque. Sin duda sois alguien importante.

–Soy el Qüemyum de Karos –explicó, lacónico.

–¿De Karos? ¿Ese dios que nos prometió amistad y nos mandó la plaga del hombre? –la voz se manifestó ostensiblemente enojada.

Los ojos de Dalamán se desorbitaron. Hubiera echado mano a la espada de haber sabido contra quién blandirla.

–¿Cómo osáis decir eso? –increpó.

–Porque en cierta manera es la verdad –sentenció Gôlfang; el silencio ominoso regresó.

–La verdad debe prevalecer –dijo la voz–. Mi nombre era Ergol lir Salím, que fue primer Señor Alfen de los Segundos, después de que los Padres se exiliaran. Mi gente y yo nos retiramos a este bosque después de que mi padre abdicara en Danaöl, hijo de mi hermano Ahlbadín, y en su esposa Maberel Lir Orofín. Aquí vivimos durante años, cuando el bosque se extendía hasta la costa en el sur, fortalecidos nuestros ánimos por el apoyo de nuestros amigos Eäalets que no quisieron realizar la Gran Travesía. Éramos felices, y podíamos visitar el Valle cuando queríamos. Entonces llegó el hombre al bosque. Lo habíamos visto antes, profanando el valle, matando y asesinando para cubrir sus necesidades, y nos habíamos apiadado por su salvajismo; el tiempo y la guía de los dioses del orden le llevaría algún día a ser un compañero, y por eso decidimos tener paciencia. Durante mucho tiempo convivimos en una paz precaria, en la que siempre pusimos más de lo que recibimos. Nos protegíamos mutuamente de las hordas del Caos y los más capaces de entre ellos venían al bosque para instruirse en la Palabra. Pero un día, sin previo aviso, fuimos atacados. Es verdad que algunos, los que habían recibido nuestra hospitalidad, intentaron evitar la lucha e incluso se pusieron de nuestro lado, pero fueron los primeros en sucumbir. Los hombres salvajes mataban sin razón, con una crueldad que nos recordaba al Caos, pero de manera más sistemática y eficiente. No pudimos hacer nada. Entonces, como dije antes, el último de nosotros lanzó una maldición. Nuestras esencias no volverían al Padre hasta que el último descendiente de los atacantes no hubiese muerto.

“Ahora os pido a vosotros que nos ayudéis a encontrar a esos hombres y a acabar con ellos para que podamos regresar junto a Madrivo.

La incredulidad fue la expresión más abundante en el grupo. Gôlfang miraba fijamente el lugar de donde procedía la voz de Ergol. Aspiró despacio y después habló casi con indiferencia.

–Bien, no creo que tengamos que ir muy lejos para buscar a esos hombres. He aquí a dos de ellos –señaló a los garguines, que se le quedaron mirando con más estupor que miedo–. Y he aquí mi espada. Tomadla y cobraos la venganza.

La luz misma sufrió un desvanecimiento. Por un instante, los lamentos se escucharon con más nitidez que nunca, sobrecogiendo a los presentes.

–Qüemyum de Karos, os mostráis cruel –volvió a hablar la voz–. Bien sabéis que nosotros mismos no podríamos hacerlo. ¿Cómo pretender reposar en los brazos de Madrivo con ese desgarro?

–No, no podríais. No sabéis matar a un pobre karkoj, desvalido tras la muerte de su amo; menos a estos hombres, de los que habéis comprobado la valía. Mucho ha cambiado el mundo. Los hombres, en su mayoría, ya no son aquellos que conocisteis, si bien tampoco son perfectos. Han luchado y muerto junto a los Alfens durante milenios, combatiendo al Maras y a sus secuaces. No, vuestra venganza jamás será cumplida, y lo sabéis –concluyó.

Las voces se elevaron y se atenuaron de inmediato; solo un rumor decreciente.

–Renunciamos a la venganza, aceptamos nuestra condena y cumpliremos nuestra promesa de sacaros del Bosque –manifestó la voz de Ergol. Si la dignidad tuviera algún sonido, sería aquella voz.

Gôlfang pareció crecer súbitamente, y todo su cuerpo pareció transmutarse, dotarse de una pureza prístina, y su voz se elevó sobre todo sonido o silencio.

–Vuestra renuncia os hace acreedores de la bendición de Madrivo, y Karos manifiesta mediante mi Palabra su compasión. Sin embargo, solo Naraendil puede libraros de vuestro juramento –añadió, casi disculpándose, aunque de pronto su expresión se vació por completo, y durante los siguientes instantes permaneció en un completo silencio, sumido en un trance sobrecogedor–. Y así lo hace –añadió con voz antigua, en la que los arpegios de la felicidad vibraron como la luz de la misma Madre.

Nadie dudó de la verdad de lo que acababa de ocurrir. El Portador de la Palabra se había mostrado, e incluso los manes de los Alfens, más allá de la alegría, celebraron la manifestación de aquel Poder como la de alguien largamente esperado y finalmente hallado.

–Seguid nuestra luz, y pronto podréis continuar el camino –invitaron.

Se habían puesto en camino sin más despedidas, y alcanzaron el límite sur del bosque al cabo de pocas horas, aún impresionados por todo lo que acababa de suceder. La luz desapareció, diluyéndose suavemente.

–¿Descansarán, entonces? –se interesó Dalamán, que ahora miraba a Gôlfang con una reverencia multiplicada.

–Lo harán, pero me temo que Karos les perjudicó al insuflar el deseo de venganza en sus corazones puros. No debían haber pagado tan alto castigo –se lamentó. Me pregunto qué nos deparará a nosotros el futuro, pensó para sí.

Índice La sombra de la luz