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por Glorika Adrowicz

La mañana en la que Elf O’Goso emprendió al fin el largo viaje se vio precedida por una breve pero contundente charla nocturna de Susurro de Viento, diosa que lo es del Trueno, del Rumor y de Otras Diversas Gracias, cuya claridad de conceptos iluminó el camino a las futuras acciones del escultor, y cuyas consecuencias en caso de incumplimiento de las preceptivas advertencias y recomendaciones provocaron un insomnio verdaderamente fecundo en temores. La pequeña conferencia con el jefe del poblado, haciéndole asumir toda responsabilidad en el supuesto de pérdida de las mercancías, solo se vio superada por el rapapolvo preventivo de su amada Leng’Uaraz.

Aterrado, somnoliento, abrumado y con sentimiento de culpa, el maestro escultor cargó los fardos sobre los búfalos y se lanzó a cumplir su anhelado sueño de visitar la tierra de sus más remotos ancestros.

Es de todos sabido que la tribu de los Iguanok, perteneciente a la gran familia Mirrita, fue la primera que osó internarse en las grandes llanuras, por entonces apenas un erial, dejando atrás las estribaciones montañosas que la vieron nacer, crecer, reproducirse y escapar por patas para evitar el exterminio por inanición, y encontrando así –y en parte fundando– un nuevo mundo repleto de dioses anhelantes de inaugurar mitologías. Sabemos que incluso entonces conservaron buena parte de sus creencias antiguas, originándose un sincretismo en el panteón divino que había asombrado incluso a los propios pobladores del mismo. Pero, para un observador perspicaz, no es difícil rastrear los signos de la antigua fe.1

Elf O’Goso, sin ser un erudito, sintió un día la necesidad –o al menos la curiosidad artística– de remontarse hacia la cuna de su pueblo para observar en vivo todas las antiguas costumbres que para él eran apenas leyendas transportadas por vocablos que carecían de referente en las llanuras. Sabía, por ejemplo, que en la gran familia Mirrita solían subirse por las paredes y acantilados, de modo que, construyendo las casas con tan difícil acceso, evitaban el acecho nocturno de las bestias mantecoras que poblaban esas regiones orográficas. No habiendo en toda la llanura ni siquiera un vestigio de hipotéticos desniveles, Elf O’Goso acostumbraba a tumbarse cara al suelo y luego observar el mundo desde perspectivas más propias de orugas; así creía poder imaginar lo que habría de encontrarse en su futuro. La mirada de Leng’Uaraz, una vez que lo sorprendió en tales actividades, pareció indicar claramente que pensaba haberlo descubierto en mitad de una de sus experiencias místicas. Elf O’Goso recibió otra mirada aún más insultante por sus explicaciones, de modo que desde aquel día no había osado repetir sus experimentos, al menos en público.

Sin embargo, ya a solas con los búfalos en mitad de la llanura tras varios días de viaje, retomó su permutación dimensional e incluso comenzó a hacer esfuerzos para escalar aquella pared herbosa. Tanto llegó a entrar en el papel que, una vez que miró hacia su abajo, y al no contemplar nada durante kilómetros, se aferró con tal fuerza a las plantas que las arrancó en medio de gritos de terrorífico vértigo. Quizá durante aquellos segundos de pánico se planteó retornar a su hogar, pero no tardó en desechar la idea. Era un artista, y todo lo nuevo le atraía.

Se levantó, se limpió la ropa, se acercó a los búfalos y alcanzó a ver a un padre y a un hijo Iguanoks que se alejaban aterrorizados del lugar. Elf O’Goso se prometió tener más cuidado la próxima vez y se encaminó tras ellos, pues aquella noche tenía pensado pernoctar en un poblado después de tres días de marcha.

No fue fácil convencer a los jefes del poblado. Convencer en general, pues nadie tenía claro de qué se le acusaba; tardaron varias horas en asegurarse de que no había restos de búfalo diseminados por los alrededores, más aún en medio aceptar que no iba a transformarse en lombriz ante sus mismas narices y, al día siguiente, en la despedida, aún andaban con la mosca detrás de la oreja, acaso suponiéndole la primera persona que hubiese experimentado el camino inverso de lombriz a hombre2.

Durante una semana de semanas caminó Elf O’Goso junto a sus tres búfalos, recorriendo las llanuras Iguanoks –donde dejaba las mercancías y mensajes del jefe del poblado– hacia tierras extrañas, pernoctando en hogares donde los acentos cada vez más pronunciados acogían al huésped cada vez más extranjero, hasta que, una tarde cualquiera, los cúmulos de nubes del horizonte ganaron solidez y color ante sus ojos, modificando de una vez para siempre la visión del artista.

Lanzó una plegaria de agradecimiento para la primera deidad que se la encontrara por haber permitido que se autoengañara hasta aquel instante; el hábito del horizonte paulatinamente más alto le había acostumbrado a la presencia de aquellas moles lejanas, y dudaba seriamente de que su cordura pudiera haber permanecido junto a él si hubieran aparecido de repente. Se sintió extraño, pero lo primero que pensó fue en cómo debían retumbar allí los Truenos de Susurro de Viento. Se agachó al recordarla, quizá envuelto en alguna liturgia particular, y comenzó a amasar con sus propias manos.

Cuando al fin arreó a sus búfalos y partió, tras ellos quedó una olorosa reproducción a escala de las lejanas montañas. Fue el primer desnivel que se recordara en las llanuras en toda la memoria de los Iguanoks3.

Durante dos días más recorrió el maestro escultor la base de los acantilados, que se alzaban a pico hacia las alturas, en afanosa búsqueda de una vía que pudiera franquearle el paso hacia el interior de las montañas y le permitiese abandonar la llanura; bien es verdad que el vértigo restaba entusiasmo a las pesquisas, por otro lado metódicas, mas la curiosidad sabía vencer los momentos de más incertidumbre. Los búfalos parecían conscientes de la intención de su guía, al que observaban con las cabezas gachas desde sus ojos acuosos mientras pacían y caminaban sin pausa, como si quisieran acumular reservas ante futuras contingencias. Así pues, el caminar no ofrecía más alicientes que el de un inminente descubrimiento.

Y vaya si lo fue. Solo un maestro escultor podría haber percibido el sutil cambio en la textura de la piedra, la mínima hendidura de anchura capilar que sin embargo se extendía con simétrica perfección formando el contorno de una puerta. Elf O’Goso se sintió embargado de una emoción tal, que sus posteriores saltos de júbilo constituían tan solo los rescoldos de su fuego interno. Pasados esos exultantes momentos, le cayó encima la triste realidad. Una exploración minuciosa no reveló cerradura, lo cual fue un alivio por la ausencia de llave, ni el menor atisbo de inscripciones que recitar, cantar o declamar. Antes de descartar la intuición de que bien podría abrirse exclusivamente desde el otro lado, pensó que tal vez podría ensayar algún tipo de plegaria a dioses conocidos; descartó de inmediato a Susurro de Viento, pues ya le había aconsejado, aleccionado y amedrentado lo suficiente el día de su partida; Portacaquitas siempre andaba demasiado atareado con sus…, bueno,… lo que fuera que hiciera, quién era él para criticar las inescrutables actividades escatológicas del Actual Señor del Panteón; se le ocurrió que quizá aquello fuese algún tipo de broma, pero no fue capaz de imaginar a Divina Hierática ideándola. En llegando a esa pasión, decidió recurrir a sus conocimientos prácticos y buscó por los alrededores algún tipo de mecanismo, palanca o similar, que solucionara el problema.

El exagerado blanco previo de la hoja no conduce a Elf O’Goso –ni a nosotros con él, a menos que alguien haya aprovechado para pausar la lectura y emprender otros menesteres– en el tiempo ni en el espacio, sino que simplemente trata de poner de manifiesto la brecha sicológica que el buen hombre padeció al ser el primero en volver a las montañas de sus ancestros, repentinamente despojado de su cultura, de sus referencias, de su identidad elaborada mediante los rituales cotidianos que cobraban sentido dentro de las coordenadas conocidas y familiares de la llanura. ¿Qué hacer ahora, cuando su mente se expandiera en el vértigo de abismos intransitables hacia las cuestiones más últimas? Ya no estaba Leng’Uaraz, su cotidiana esposa, para sacarle de allí a gritos y ocasionales golpes.

Ahora que ha guardado el escoplo y la maza, ha regateado los fragmentos de puerta esparcidos por el suelo y se ha puesto en marcha por el sendero junto a un solo buey, Ato, comienza a apreciar la ironía que significa aquella ascensión hacia las raíces –porque árboles, aunque pocos, sí hay en la llanura–. Sabe que transita entre dos altas paredes de roca, que de esta manera no tiene que escalar, y siente la impaciencia del aire que le empuja caluroso hacia su ignota meta –palabras estas últimas que, de pronto, le resultan extrañas a su idioma–. Tras varias horas, las paredes dan paso a una gran extensión tan verde como cóncava, producto de la suave prolongación de la parte más baja de las montañas que allí se unen.

–“¡Vaya!” –exclama, casi acertando con el nombre.

Muchas horas transcurren en aquel lugar, donde un arroyuelo constituye el ideal acompañamiento de las melodías pajariles, a la luz reposada y desveladora de la luminaria dorada; come los frutos que las plantas le ofrecen generosamente, siente la frescura sencilla del cristal fluyente… de pronto, sus ojos le parecen distinguir a alguien más, oculto en el bosquecillo situado en la ladera opuesta.

¡Ve, Ato, aquel…! –exclama, deteniéndose súbitamente porque de pronto ya no está seguro de sus ojos, pues la figura ha desaparecido entre las sombras de los árboles. También se percata de que le habla al búfalo. Quizá tanta soledad le haya sumido en la locura. Se escucha a sí mismo balbucir inconsciente–. ¡Loco! A menos… –Corre hacia el lugar, decidido a descubrir si lo que había despertado sus ilusiones resulta ser solo sombra o se revela como la culminación de su viaje. Llega al bosque, sin sentir el cansancio acumulado de sus miembros ni el soplo agitado de sus pulmones. Solo las ramas más bajas de los árboles le reciben. Solo de nuevo–. ¿Dónde están…? –se pregunta, pero descubre que Ato le ha seguido y se tranquiliza un tanto. Aprovecha la sombra para comer unos frutos acompañados de queso fuerte, gracias al cual todos los caminos llevan aroma. Descansa. Duerme. Sueña.

Quien apueste por acusar de sueño a todo lo que vino después debería tener en cuenta que Elf O’Goso ya ha disfrutado de varias experiencias oníricas mientras el sol descendía hacia su oeste particular, que se ha despertado varias veces con la babilla colgando y que el último lengüetazo de Ato le ha provocado arcadas y una piel lustrosa4. Nosotros nos inclinamos por pensar que a partir de aquí todo lo referido se enmarca más dentro de lo que podríamos denominar “lo real” que con devaneos por los mundos de lo inconsciente.

Nuestro amigo escultor percibe, con las últimas sombras solares, que no una, sino varias figuras lo observan con visible descaro desde el otro lado del arroyuelo, pasado el bosquecillo a la izquierda. Le parecen humanas, tanto por sus contornos como por las muestras de contenida curiosidad que cree percibir en ellas; su observación es tan pertinaz como cauta, adornada de murmullos que corean sus movimientos de apaciguamiento y acercamiento; cada vez que el hombre da un paso, las figuras se tensan y amenazan con retroceder, si bien no llegan a hacerlo, por lo que la distancia va menguando lenta pero persistentemente. Con todo, es Ato el que resuelve la situación, pues tras varias horas, la salida de las estrellas y la mitad del recorrido lunar, el búfalo cruza el regato y se acerca a olisquear a los observadores. Posteriores relaciones de los testigos y de sus más íntimos confidentes han confirmado que entre los sentimientos encontrados que experimentaron el más fácilmente hallado fue el terror paralizante. Como animal de las llanuras, el búfalo ya posee las controvertidas tradiciones que todos conocemos, mas como enorme bestia cornúpeta venía siendo desconocida en las montañas, hábitat de simples osos, pumas, mantecoras, yetis y otras especies endógenas. Así pues, las figuras –ahora más que nunca les conviene el epíteto– no habían alcanzado a dar un paso cuando Ato se les llegó, los rodeó amigablemente, orinó un poco de contento y los acarició con su magnífica testa. Barruntando lo que iba a suceder, Elf O’Goso se había lanzado en veloz carrera –lo que no ayudó precisamente a distender el ambiente–, gritando proclamas en pro de la inocencia animal, las bienaventuranzas de la noviolencia, y lo saludable de unos nervios bien templados. Sí, después sabría que aquellas palabras y balbuceos que le dirigieron significaban exactamente lo que su sentido pragmático parecía implicar: las pobres figuras imploraban por su alma.

Justo es decir que el escultor en ningún momento se sintió tentado de aprovecharse de su recién inaugurada carrera de dios, y más bien supo contener la risa al comprender que aquellos tres jóvenes le habían izado a tal honor –también es verdad que Susurro de Viento le había prevenido contra aquella posible eventualidad, asegurándole el peso de su venganza en pago por su impostura–, e hizo todo lo posible porque la verdad prevaleciera; el hecho de que sus actos elevaran aún más su majestad ante las miradas reverentes de los jóvenes no fue más que un accidente. En efecto, cuando observaron que el hombre, solo con sus manos y su voz, era capaz de doblegar la voluntad de aquella bestia surgida del averno, las tres figuras dinamizaron su actitud por medio de espasmos y ululantes gritos de piedad y devoción. Elf O’Goso no se dejó vencer por la fácil solución de la magnanimidad divina, sino que insistió durante una eternidad en convencer a sus fieles de su semejante humanidad, mediante ensayos gestuales y orales. Solo cuando, hastiado de no recibir más que amedrentada devoción, se alejó un tanto y procedió a evacuar aguas menores, las expresiones faciales dejaron paso a la más excesiva demostración de asombro y consiguiente decepción. Cuando uno de ellos sonrió, los otros no tardaron en imitarle. A partir de ahí, todo fue fácil.

Los jóvenes le guiaron hacia su lugar de residencia a varias horas del valle. Como las leyendas afirmaban, se encontraba en mitad de una pared vertical de roca, en unas cuevas amplias y cómodas a las que Ato no consiguió acceder, aunque no por ello se perdió la curiosa visita de toda la población, que lo palpó con una sucesión de temor, reconocimiento, admiración y, Elf O’Goso no pudo evitar constatarlo, gula. Aunque no muy dotado tampoco para los idiomas, el maestro escultor fue narrando lo que conocía de la diáspora de su pueblo mediante dibujos y pequeñas esculturas –que en la Llanura hubieran sido consideradas blasfemas–, mientras que con las mismas herramientas y mucho tesón, fue adquiriendo un conocimiento más profundo de lo que los Iguanoks habían dejado atrás, cuando la familia Mirrita se vio amputada con la partida de una parte de sus hijos. Fueron meses en los que su felicidad se manifestó difícilmente insuperable.

No disponemos aquí, porque se lo guardó todo para sí y ni lo transcribió ni lo sublimó en sus obras plásticas, de ese caudal de conocimiento con el que Elf O’Goso repletó su espíritu. Solo podemos intuir que no fue lo que había esperado encontrar, pues un buen día escapó –ni él mismo ha acertado a adivinar el método utilizado para descender la pared de roca–, rescató a Ato de miradas ultimadoras, regresó al bosquecillo, despertó agitado –de donde algunos atribuyen todas sus experiencias a las bromas de las divinidades del sueño–, retomó el camino del desfiladero, y pasó dos días rehaciendo y sellando la puerta oculta que cancelaba aquel.

Medio año había pasado cuando Leng’Uaraz lo recibió entre recriminaciones. Por primera vez, y para pasmo de todos, no acudió a una cita que le exigió Susurro de Viento –la cual ni siquiera le volteó la piel–, y durante una luna se limitó a recuperar los numerosos kilos perdidos en el viaje.

Portacaquitas, en su deambular inexcrutable, se encontró con que de nuevo ya no existía ningún súbito desnivel en la Llanura. Como tampoco supo explicar el porqué, se sumió en una más de sus depresiones cotidianas.

1 Véase la obra de referencia “Del Mito al Rito Mirrita. Para una metafísica de los trajes religiosos”, obra capital de la doctora investigadora Paloma Esquina Pellejero.

2 Para comprender este párrafo, recuérdese el mito fundacional de la aparición de los Iguanoks, relatado en el cuento que abre la saga, titulado Elf O’Goso.

3 Como, gracias al infatigable trabajo de las lombrices, toda la capa superficial de la llanura es básicamente estiércol, el Actual Señor del Panteón, –Portacaquitas, en su forma coleóptera– se llevó el susto de su vida, elucubrando acerca de tamaña competencia.

4 Según la tradición Iguanok, la baba de Búfalo, tanto aplicada mediante masajes como directamente ingerida, procura largos años de piel tersa y fresca. Tradición recogida en el volumen “Como un bebé con baba”, aún en stock en todas las pergaminerías de la Llanura. Recientes subculturas iconoclastas han plasmado su rechazo a estas tradiciones mediante todo un movimiento subditiano cuyo lema es el sobradamente conocido “No bebas baba, baby”.