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Amaneció al fin. El sol iluminaba las dos lunas llenas en el cielo diurno en el primer plenilunio conjunto de la primavera, y Margaö, el último de los Qüemyum en llegar a Granshall, apareció por fin en el santuario de la diosa. El Sumo Sacerdote de Naraendil fue recibido en secreto por Kordafán Narkot, y luego, en un afectuoso encuentro, por Daladei. El Cónclave comenzaría aquella misma noche, sin retrasos.

Pero Grundo se mantenía ignorante de estos sucesos, y aquella mañana simplemente estaba tumbado en su catre, completamente solo, tratando de dar sentido a todo cuanto le había sucedido desde que tan precipitadamente le sacasen de Arodia. Le sacasen, había dicho. Aquel pensamiento había cobrado fuerza en los últimos días. El sueño del dragón, que más tarde había resultado verdad en parte; el odio que le había embargado durante aquel sueño; el odio que le había vuelto a dominar tres días atrás, cuando enfrentó la mirada de Tas-par –ahora sabía quién era, después de que tanto Desedón como Pancao hubiesen maldecido su nombre durante uno de sus paseos–; las palabras enigmáticas del sacerdote verde. Incluso el miedo en los ojos de Pancao la primera vez que le vio. Era un conjunto de circunstancias que no acababan de tener sentido, pero demasiado casuales como para no guardar relación.

Sonaron unos fuertes golpes en la puerta de la choza. Por un momento le asustaron, pero se levantó a abrir. Una leve sonrisa en el rostro de Phëron alegró la mañana.

–Realmente estabas ahí –saludó el caballero, como disculpándose por haber aporreado la puerta sin esperanza de recibir contestación.

–Estaba tumbado… todo esto… –e hizo un gesto pretendiendo abarcar el bullicio que gobernaba la aldea.

Phëron esbozó una mueca de complicidad.

–Gôlfang me ha pedido que te busque y te pida que te reúnas con él –informó el joven tras una pausa.

Una especie de peso liberó a Grundo. Al fin y al cabo, el mago no le había olvidado, aunque desde su llegada el día anterior no se hubiesen visto ni para saludarse; Desedón le había informado de su llegada así como de la de Delra y Zerto.

–¿Me acompañas? –inquirió el caballero, ante el silencio del Orondo.

–Claro –respondió mientras cerraba la puerta.

La choza que Gôlfang compartía ahora con los otros magos de Karos no estaba lejos, y la presencia marcial de Phëron facilitó el camino entre la muchedumbre. Se detuvieron ante la puerta, que abrió una mujer aún joven, pero mayor que Desedón. Grundo la reconoció, a pesar de que la primera vez que la viese les separaba una gran distancia y ella era sólo el eco de la verdadera persona. La mujer le indicó que entrase, y Phëron se marchó despidiéndose con un apretón de la mano en su hombro. Le reconfortó.

Además de Delra, en la choza estaban también Gôlfang y otro anciano al que también reconoció. Su gesto huraño, con cejas y labios fruncidos, era idéntico al de la primera vez. Grundo soportó su mirada inquisitiva.

–Que Karos nos ayude –rezongó a Gôlfang, y a continuación se levantó y se fue en compañía de Delra, la cual no se había separado de la puerta y se despidió con una sonrisa.

Incluso detrás de aquella sonrisa se ocultaba el temor.

Fue la gota que colmó el vaso. Tal vez se comportara como un tonto, pero no era el momento de juegos.

–¿Por qué me sacaste de Arodia? –espetó antes de que le abandonara el coraje.

Gôlfang no pareció sorprenderse por aquella pregunta. Más bien era cansancio lo que había en sus ojos. Resignación.

Habló lento y pesado.

–Ni tú ni yo somos los mismos de entonces –comenzó, pero se detuvo al cabo; Grundo no podía aceptar aquello como una respuesta. Estaba más que cansado de misterios. Pero el anciano continuó–. Yo no sabía con certeza quién eras, y apenas ahora sí lo sé. Tampoco podía imaginarme en quién me convertiría yo. Has tenido sueños, ¿verdad? En las llanuras desoladas tuviste uno. Aún tendrás más antes de que se complete el Ciclo y te conviertas en el Soñador de Sentimientos –se detuvo para mirar a Grundo, cuyos ojos expresaban toda la incomprensión que él esperaba. Lo sintió como una recriminación–. ¿Quieres saber más? Yo sólo sé que tienes un destino que cumplir, destino que desconozco, para el cual el odio será tu arma, y todo al servicio del Equilibrio. Nada más sé –confesó, y Grundo recordó al sacerdote verde.

Todo sonaba a broma. Gimió y se levantó enfurecido.

–¿Se puede saber de qué estás hablando? Vas a Arodia, me separas de Gara, de mis amigos, de mi vida, me haces atravesar un país devastado, me traes a un reino del olvido, y me dices no sé qué de un destino y que debo odiar a no sabes quién –a medida que brotaban, sus palabras se iban haciendo más enérgicas, mientras Gôlfang permanecía mirándole fijamente con el ceño fruncido. Por fin se contuvo para sostener aquella mirada. No lo consiguió–. ¿Qué quieres de mí?

Gôlfang le miró aún unos instantes, y luego estalló en una carcajada sin humor.

–¿Qué quiero yo de tí? Sólo pretendo ayudarte en lo que pueda –lo mismo que el sacerdote verde.

Pero Gôlfang no, a Gôlfang no se lo permitiría. Perdió los estribos.

–¿Ayudarme? Bien, entonces llévame junto a Gara, junto a Gervag, junto a Teqüe; devuélveme mi trabajo y mi vida.

Gôlfang golpeó la mesa con el bastón al tiempo que se levantaba con agilidad.

–¿Es que no entiendes nada? ¡Tú ya no eres Grundo dil Frig, sino el Soñador de Sentimientos, y yo no te he elegido! ¡El mismo Heraldo lo hizo, o tal vez alguien más poderoso! –se contuvo, como si le faltasen las palabras adecuadas–. No, no puedes entenderlo. ¿Cómo? Pero debes aceptar que es así; tal vez después del Cónclave muchas cosas se aclaren, aunque no expresamente. Entonces volveremos a hablar y tal vez sepa ser más claro –Grundo le miró afligido. Y sin embargo no habían acabado las sorpresas–. Pero ten cuidado. Tas-par te conoce, y conoce lo que eres, porque te provocó y respondiste. Eso, al menos, lo sabes.

Ni siquiera entonces logró sentir temor.

Doce sillas alrededor de una mesa, y doce seres sentados en ellas. Ni uno más, ni uno menos. Cada uno de ellos invocó a su divinidad para que a través de él fuese testigo de lo que allí se hablaba y de las decisiones que allí se tomaran. Nadie más en la sala; ni criados, ni diáconos, ni escribas, ni siquiera Daladei o Tas-par. En aquel lugar sólo había sitio para los Qüemyum.

Nadie hubiera podido decir si la luz era escasa o cegadora, si el aire era puro o corrompido. Todo guardaba un Equilibrio perfecto en la sala.

Margaö posó sus manos sobre la mesa, y los demás le imitaron, uno a uno, sin ritmo. Entonces comenzó el Cónclave, con las palabras rituales que siempre había pronunciado el Sumo Sacerdote de Naraendil.

–No seamos indignos de los dioses. –Once voces repitieron la fórmula.

Zôrdon fue el primero que tomó la palabra.

–Me gustaría saber por qué los kérveros han abandonado Thrasgok y han asesinado Alfens en Aotolin´n.

Sánedri sonrió en una mueca despectiva.

–A mí me gustaría saber por qué algunos magos de Karos esperaban en el Pico Sawor el final del castigo de los dragones, e intentaron herir a los supervivientes –preguntó, mirando burlonamente a Gôlfang–. Afortunadamente no lo consiguieron. En cuanto a tu pregunta… los kérveros siempre han asesinado Alfens… y los lobos –añadió, girando la mirada hacia el sacerdote verde.

El Alfen no respondió a la provocación, y dirigió su voz al centro del círculo.

–Los lobos entraron en Cerian al Fionol durante el dominio de Tarkión, y asesinaron a un gran número de Alfens; cuando me despedí, el Señor Danaöl se consumía por la fiebre.

No hubo murmullos. Pero la mayoría acogió la noticia con pesar. Gôlfang dirigió una mirada grave a Zôrdon.

Alhsair Belli habló desde dentro de su capucha roja.

–¿Vamos a limitarnos a enumerar conflictos? No es que no me satisfaga… pero me parece que tenemos un asunto mucho más urgente que tratar, ¿no es así, Gôlfang, Zôrdon, Lagor? –pasó la mirada de uno a otro mientras les mencionaba–. No creeriais que el Soñador de Sentimientos pasaría desapercibido, ¿verdad?

Por primera vez, Gôlfang sintió que tocaba terreno peligroso. Había traido a Grundo hasta aquí para revelar su presencia, y dejar en evidencia que era él quién le había descubierto y quién le protegía. Era una simple baladronada, ya que estaba seguro de que ninguno sabía del Soñador de Sentimientos más que él mismo, ni siquiera Tas-par, que ya lo había demostrado al provocarle. Nadie sabía a ciencia cierta si era aliado o enemigo. Al presentarle como su protegido, Gôlfang trataba de conseguir que el Caos se enfrentara con él. Grundo pertenecía a la raza de los Iöron, y de por sí eso le convertía en alguien indefinido, pero su arma era el odio, el arma del Caos. Y, sin embargo, debía luchar por el Equilibrio. Sólo alguien de esa raza podía verse sometido a tamaña prueba, siendo obligado a definirse.

Una vez se había espantado ante la crueldad de los dioses; ¿no se estaba comportando como ellos, al jugar con Grundo de aquella manera?

El Orondo no debía saber nunca nada de todo aquello.

El silencio en la sala era tenso. Ninguno había recogido la pregunta de Alhsair, y ésta mantenía su mirada fija en Lagor, el menos experimentado de los tres que habían compartido el secreto en un principio. Gôlfang se preguntó si resistiría la presión; pensó cínicamente que si no había hablado ya era sólo porque sencillamente no tenía nada que decir.

Pero entonces Sánedri separó las manos de la mesa y se levantó de la silla con lentitud calculada.

–El juego ya ha durado demasiado –dijo.

Entonces se desencadenó el Caos.

–Pronto acabará todo y nos despediremos.

Las palabras de Austrong borraron en Grundo las preocupaciones más abstractas, para dar paso a una tristeza más cercana mientras observaba el rostro demacrado del zulfo y la mirada baja del caballero bonerii. Los tres se habían encontrado casualmente en el jardín poco antes del comienzo del Cónclave, cuando Grundo regresaba aburrido a su choza, Austrong paseaba distraídamente, y Phêron regresaba de custodiar a Gôlfang hasta el Templo de Naraendil, donde se reunirían los Qüemyum. Así pues, se habían sentado en un banco cualquiera, habían preguntado por Desedón, que se encontraba reunido con Delra y Zerto, y se disponían a pasar las horas en mutua compañía.

Cada uno tenía sus propias razones para pretender la cercanía de los otros, pero no era momento ni lugar para desnudar sus sentimientos. Bastaba con que estuvieran allí.

–Será difícil que volvamos a encontrarnos –añadió Phëron, pero los tres sabían que aquella frase servía para aprovechar aquellos instantes, y no pretendía llevar tristeza.

–¿Regresarás con Gôlfang a la isla Qëmyum, o marcharás a Boracoria con el resto de los magos azules y marrones? –le preguntó Grundo.

El caballero negó con la cabeza.

–He hablado con los magos y con los caballeros, y hemos decidido regresar a la Cordillera para buscar al capitán Cadmier y a los otros. Será más fácil junto a Delra, Zerto, y los magos de Karas –aseguró en un tono más animado.

–Lo que me extraña es que Gôlfang se haya preocupado tan poco –se le escapó a Grundo. Al parecer se sentía más dolido con el anciano de lo que estaba dispuesto a aceptar.

Percibió la mirada recriminatoria de Austrong y la dureza en la de Phëron.

–Quizá sabe algo que nosotros ignoramos –argumentó el zulfo.

El caballero no quiso seguir la conversación, y permaneció serio con la vista al frente.

–Me gustaría volver a acompañarte, pero debo regresar a Arodia –se disculpó Grundo.

Phëron movió la cabeza a uno y otro lado, casi sonriendo.

–Quizá sea posible volver por allí, y embarcar en Dianeria –predijo Phëron.

Grundo sonrió encantado.

–Seguro que sí –confirmó.

Por los ojos del Austrong cruzó una sombra.

El comienzo del Cónclave marcaba el comienzo de las maniobras. El hecho de que Gôlfang no pudiera utilizar su magia era sólo un afortunado imprevisto, algo que compensaba la ausencia de Cadmier, al que habían pensado eliminar porque eran muy conscientes de que sólo él podría dirigir Boneria ahora que habían asesinado al Mariscal. Los demás estaban todos: Zôrdon, Margaö, Gôlfang, Nerín Eüldá. Morirían al fin, con todos sus séquitos.

Treinta sombras abandonaron Granshall. Veinte de ellas vestían un negro riguroso, pero las otras diez lucían un rojo carmesí que en aquella hora parecía mucho más oscuro. A una orden del más anciano, las figuras se separaron hasta rodear la aldea por completo. De forma absolutamente sincrónica, comenzaron a entonar una letanía que jamás debería haber sonado.

Miles de años atrás, Daladei había contenido la cólera del valle.

Sánedri hoy la despertaría.

El canto fue adquiriendo un ritmo más vivo, y el tono de las voces fue elevándose con cada repetición. Crecía y crecía el ritmo, el volumen, se iban haciendo más apremiantes. Las figuras temblaban bajo el peso del poder que estaban despertando. Lentamente, las palabras parecían tomar significado para modificar el entorno. Cada una de ellas atraía un aspecto del poder, extraía un recuerdo del valle. Una figura cayó víctima de la tensión, las restantes no lo percibieron. Continuaron la letanía que era ahora un grito. Las voces se unieron creando un campo de acción que despertó lo dormido. La aldea se iluminó con luz eléctrica, provocada por la resistencia que aún oponía el valle a la llamada.

De pronto, de las chozas comenzaron a salir elfos, humanos, enanos, orondos, kérveros… todos los que nada sabían, las víctimas de aquel ataque indiscriminado.

Algunos comprendieron. La mayoría no.

Entonces el valle no aguantó más.

Desedón fue el primero en comprender lo que sucedía. Casi al mismo tiempo, Delra y Zerto lo advirtieron también y se apresuraron al Templo de Naraendil. No lo sabían, pero ya era tarde para deterner el proceso.

El mago más joven tomó una dirección bien distinta. Corrió a la cabaña que compartía con Grundo y Pancao, pero sólo encontró al Alfen, invocando la protección de Naraendil. También había comprendido lo que sucedía, pero ahora era imposible comunicarse con él, pues la oración le había transportado muy lejos. Al menos estaba seguro, tanto como el que más aquel día en Granshall. Desedón le dejó y salió. Trató de imaginar donde estaría Grundo. Siendo más preciso, debería decir Soñador de Sentimientos. Pero no. Era a Grundo a quién buscaba.

Se acercó a la choza de Austrong, a pesar de que Gremcam le producía una profunda repulsa, pero no había nadie. El hechizo de los nigromantes había alcanzado su cénit. Corrió al jardín. El Dragón de Plata… Thoromoroht… No se decidía, y los segundos eran preciosos. Buscó primero el consejo de Karos, pero las alas del rey de las Águilas no cobijaban a nadie. Sin perder un instante corrió a Naraendil, pero tampoco allí estaba el Orondo. Se sintió desconcertado.

Un corcel negro pasó a su lado al galope. El hecho en sí era ciertamente notable, pero en aquel momento de confusión Desedón no lo habría tomado en cuenta. Pero había visto los ojos del caballo. Ojos de vacío. O de eternidad.

Emprendió una veloz carrera siguiendo al animal con la vista y luego con el oído, a pesar de que el sonido de sus cascos se perdía en la locura de las voces arcanas. Duró varios minutos.

Aún logró ver a Grundo cuando todo estalló. Una luz brotaba de su pecho, y cuando toda la magia se desencadenó, el sacerdote tuvo el tiempo justo de invocar un hechizo mientras el Orondo desaparecía en la nada.

El techo del Templo estalló, y por la abertura pudieron ver la noche. Fue lo único que pudieron ver antes de que el mismo poder que había destrozado la edificación se precipitase en su interior con la fuerza de un brusco despertar.

Sánedri y Alhsair Belli se mantenían en pie. Desde que el Qüemyum de Maras Dokk interrumpiese el Cónclave, ambos habían comenzado a recitar el hechizo que les protegía. En realidad todo había sucedido en un segundo, y ninguno de los restantes magos había podido ponerse a salvo. Inmunes, los Qüemyum del Caos comenzaron a lanzar hechizos contra los que estaban en la sala. Margaö fue el primero en sucumbir; la sorpresa de la interrupción le había paralizado, y ni siquiera fue consciente del ataque.

Pero Gôlfang siempre había sido más pragmático. Desconfiaba de Sánedri, y por eso, en cuanto aquel pronunció la primera palabra del hechizo, el Sumo sacerdote había avisado a Zôrdon y había comenzado a recitar una plegaria personal; no evitaría el desastre, pero le salvaría de los ataques más fuertes de los nigromantes. Se levantó para dirigirse a la salida. Nerín Eüldá era una llama de fuego, alimentada por Sánedri. Pero Zôrdon cayó sujetándose el pecho con las manos. No pudo comprobar si vivía. No pudo salir en busca de Grundo, como era su intención. No pudo hacer nada más.

Sintió una cierta satisfacción cuando vio incomprensión en el rostro de Sánedri y temor en el de Alhsair. Todo se les escapaba de las manos. Una nueva oleada de poder había penetrado por el agujero del tejado, pero esta vez mucho más fuerte, y no vino sola. El suelo tembló, las paredes cayeron, la mesa y las sillas estallaron en lascas que hirieron a todos sin excepción.

Con un grito inhumano, Orik´alalai desató toda su cólera, y se hundió en las profundidades del océano engulléndolo todo.

El aire mismo se detuvo y comenzó a vibrar, sobrecargado. Los tres se levantaron del banco, pero se detuvieron allí sin saber qué otra cosa podían hacer. De todas partes llegaba un canto que los envolvía como una gasa y que les axfisiaba con su suavidad. Austrong escuchó las palabras del canto, y comenzó a sollozar.

–¡Oh, Madrivo, aquellos que te odian han tomado tu palabra! –gritó, y sus puños estaban fuertemente cerrados.

Entonces aparecieron Gremcam y Domla, y el zulfo les miró con lágrimas en los ojos. Domla devolvió la mirada con infinita lástima, y le entregó un arco y una aljaba. El mismo arco y la misma aljaba que Labarín le regalase a bordo de su nave.

Gremcam se acercó a Grundo, y el Orondo sintió un temor creciente. Las pupilas negras de la mercenaria se extendieron a toda la cuenca mientras se acercaba, y extendió una mano que rozó al mensajero.

–Duerme, azar, hasta tu regreso –ordenó, y de repente la piedra de Turmalina que Gervag le regalara comenzó a brillar mientras Grundo perdía la conciencia.

Ante Phëron había ahora tres seres que no reconocía. Un enorme ciervo de pelaje marrón sobre el que descansaba una figura que sólo por el cabello identificó como Austrong, tan desfigurado estaba su rostro. Y sobre todo, sobre todo, una mujer que cubría su cuerpo con ropas ajustadas, y en cuya mirada se escondía un abismo. La mujer elevó su propio arco, y apuntó al corazón del caballero.

–Me has visto. ¿Morirás o me seguirás? –preguntó.

No era una elección.

Un caballo completamente negro apareció galopando y se detuvo junto a la mujer. Entonces los cinco desaparecieron.

La cólera del valle estalló.

La piedra del pecho del Iöron alcanzó su mayor brillo; cuando se apagó, no quedaba nadie allí.