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Zôrdon, el Qüemyum de Karas, había llegado a Granshall al atardecer acompañado por cuatro jóvenes caballeros, apenas unas horas antes de que Phëron regresara de buscar en vano a sus compañeros. Grundo observó que los cuatro jóvenes asumieron inmediatamente a Phëron como su comandante, a pesar de que los cinco tenían la misma graduación; pero el simple hecho de pertenecer al escuadrón de Cadmier parecía concederle, a los ojos de esos hombres, un aura de autoridad.

En cualquier caso, Phëron aceptó con la misma premura el nuevo rol, y repartió tareas que él mismo emprendió con energía.

Desde aquel día, Grundo apenas había tenido oportunidad de hablar con él. Los caballeros habían ocupado el catre de Gôlfang, y pasaban en la choza la mayor parte del tiempo que no estaban de servicio, abrillantando armas y armaduras, y hablando de las maravillas de que habían sido testigos en la Isla Qüemyum. Así pues, Grundo aceptó encantado el ofrecimiento que le hizo Desedón para trasladarse a la choza que compartía con Pansalabadarao.

El recibimiento del elfo no fue en absoluto el que esperaba. Tan pronto como le vio, sus ojos se llenaron de temor durante un incomprensible instante, y todo él quedó paralizado. Incluso Desedón se sorprendió de la reacción de su amigo, pero éste se recuperó tras el lapso y saludó al Orondo con afecto.

Fue el comienzo de una relación cordial que llenó los días de Grundo de antiguas historias, de tiempos en que criaturas ya olvidadas surcaban los cielos en compañía de dioses, pero también de tiempos en que una flor poseía toda la fuerza de un mundo. Todas las tardes se sentaban los tres en el jardín, bien frente a la estatua del Dragón Verde, bien bajo las alas de Thoromoroht, el Rey de las Águilas, la forma con la que Iyhalá Karos desterró a los Dragones al Pico Sawor y a las Shoru´Treak al Cinturón de Fuego, para que ambas razas se consumieran para siempre.

Aquella tarde, con una sombra de dolor en los ojos, pero con el aplomo de un sacerdote de Naraendil, Pansalabadarao accedió a la petición de Grundo, y recitó los versos con que los elfos lamentaban el cisma de su pueblo:
El sol es rojo en la aurora,

Y en la hierba brilla el rocío

Que llega con el manto de la noche.
¡Alegría y gozo!

¡Celebración y cantos

por la luz de un nuevo día!
Pero hoy es el silencio en vez de la alegría.
Entre el ciprés y el álamo,

El Eäalet y el abedúl,

Caminan los Señores Alfens,

Y tras ellos su pueblo pesaroso,

Derramando lágrimas propias

En la partida que desgarra raíces.
Lamentos se escuchan en el valle;

Los amigos se van, empujados

Por la barbarie de la raza del hombre.

Mas, ¿donde se encaminan vuestros pasos,

Hacia qué promesa os empuja vuestro andar?
“El tiempo de la magia ha pasado,

afirman los ancianos,

el tiempo al que los Alfens llamaban amigo

nos ha traido el pesar y el adiós.”
Al este, desterrados en el confín

Del mundo conocido,

Se encamina el pueblo de los elegidos.
Pero, ¿qué sucede allí donde todo era uno?

¡Oh, Austra, estrella de Seis Puntas,

que resistes a lo que es mayor que tú,

que amas el valle y el río,

y le pides ayuda al viento y al sol!
¿Tan ciega estás que no ves que es el fracaso,

que el hombre es fuerte y bárbaro

y que su dios no precisa equilibrio?

¡Oh, Austra, amada de Labarín,

al que arrastras a tu lado!

¿No te cansarás de luchar ahora

que la tierra es roja y hermana?
Sí, ya has mirado el adiós.

Sin una lágrima, con la cabeza erguida,

Cruzas el Aitan Bâz con los últimos soñadores.
Unos pocos permanecen aún

Junto a los Peregrinos,

Aotolin´n en el corazón de Aliranaos,

Pero ya no miran al hombre con rencor,

Ni cruzan con él palabras de amistad.
Solo queda Orik´alalai,

El valle que rogó al sol eternidad

Para vivirla a vuestro lado.

¡Cuánta soledad habéis abandonado!
En ira estalla el valle ante vuestra partida,

Y quisiera desatar toda la magia que aún alberga,

Autoinmolándose para destruir lo inevitable.

Mas Daladei calma su ardiente cólera,

y permanece donde ya nadie queda;
Daladei, hijo de los Señores,

El que jamás tomó un arma entre sus manos

Y sigue los caminos

De la Justicia, la Verdad y la Vida.
¡Ah, Madrivo, dios y Padre de los Alfens!

¿no ves a tus hijos vagar?

¿no ves dos naciones donde sólo era una?

¿no ves la semilla de la discordia

en los corazones?
Entre el ciprés y el álamo,

El Eäalet y el abedúl,

Los Señores Elfos

Caminan hacia Cerian al Fionol,

Mientras Austra se oculta en las ciénagas

De la profunda Blakari.
¡Ay, Labarín, que el Primero ha sucumbido

entre las fauces de Cmeist,

y tú has de partir lejos de tu amada

para evitar la profecía hija del rencor,

del nombre maldito de Tas-par!
¿No acabarán las desdichas

para aquellos que abandonaron su hogar?
Sólo cuando los dos os juzguéis como uno.
¡Ay, pueblos Alfens,

tristes de vosotros!
El sol es rojo en la aurora,

Los Eäalets entonan un lamento en su canto,

El rocío ya se evaporó,

Y el sol es rojo también en el ocaso.
La voz del sacerdote se detuvo, pero las palabras parecían haber cobrado vida propia, surgida del abismo de las generaciones, y ese peso ahogó a Grundo. El dolor de personas concretas, a las que él mismo había conocido recientemente, se multiplicaba al descubrir que carecía de parámetros con qué medirlo. Y sin embargo sabía que no había copmprendido el verdadero sentido de aquellos versos, que se le escapaba lo esencial, como si Pansalabadarao le hubiera permitido vislumbrar una parte pero, pudoroso, guardase el más íntimo secreto. Podía hacer tantas preguntas sobre lo que acababa de escuchar que llegaría la noche y la mañana y aún el elfo estaría dando comienzo a su explicación.

No obstante, sí había una pregunta que no podía dejar pasar. Esperó hasta que los ojos de plata recuperaron su expresión habitual, y miró a Desedón para darse confianza.

–Antes dijiste que los zulfos de Aliranaos permanecieron junto a los Peregrinos, pero no lo entiendo, ¿quién son los Peregrinos?

Pancao le miró rápidamente antes de mirar al mago, y Grundo percibió alarma en aquella fugacidad. El sacerdote de Naraendil clavó finalmente sus pupilas en el Orondo.

–El lamento no es contemporáneo del Cisma, aunque algunas estrofas sí lo son; otras son muy recientes, y concretamente la que habla de los Peregrinos, la añadió hace menos de dos siglos Tálendir de Aliranaos. Tu pueblo había llegado desde muy lejos solicitando refugio; los Enanos deseaban marchar hacia Bhasaphil, pero Sírom había jurado que sus hijos protegerían a los de Madrivo, por lo que les ataba ese juramento; cuando vosotros llegásteis, un pueblo que reclamaba a Sírom como Padre, los Enanos decidieron que no quebrantarían el juramento, y os dejaron sus tierra a cambio de que vosotros permanecierais por ellos junto a los zulfos. Naturalmente, estos ya no necesitaban vuestra protección, y les parecía que el juramento carecía ya de validez, por lo que no os lo reclamaron, sino que ambos pueblos establecisteis relaciones de amistad y de ayuda mutua por cuenta propia.

–Es cierto, ambos nos protegemos de las incursiones de los kérveros.

Desedón se levantó del banco y dio dos pasos lentos hacia la salida. Pansalabadarao hizo un gesto de resignación que a Grundo no le pareció del todo sincero, y siguió al mago de Karos. El Orondo se levantó el último, preguntándose qué significaba todo aquel misterio absurdo.

Una vez fuera del jardín, se marchó solo a caminar más allá de los límites de la aldea, tratando de fijar en su memoria lo que acababa de oír, pero no pudo evitar que la voz de Pansalabadarao se transformase en la de Teqüe, y a su alrededor volvió a ver a Gervag y a Gara, embelesados. Se sentó sobre la hierba del valle y no borró su sonrisa durante mucho tiempo, ajeno a las preocupaciones.
A falta de tres días para el Cónclave, todo Granshall era un hormiguero. A cualquier hora del día o de la noche, una multitud ocupaba prácticamente todos los espacios, explorando el cielo, rezando a las Constelaciones, a las lunas, al sol, paseando, ensayando hechizos que hacían aparecer monstruos donde antes sólo había una choza… y es que cada uno de los Qüemyum que habían ido llegando, que eran ya la mayoría, trajeron consigo a sus magos y algunos sacerdotes, e incluso guardias armadas como Alhsair Belli, Gôlfang o Zôrdon.

Sin ir más lejos, el día anterior había llegado Lagor, el Qüemyum de Sírom, hermano del rey Edgar y el primer Orondo que llegaba a ese puesto en toda la historia, ya que hasta entonces el honor había recaido siempre en un Enano. Precisamente los doce magos que le acompañaban pertenecían a esa raza. Junto a Lagor venía también Baruk, Sumo Sacerdote de Sírom en Bhasaphil, y descendiente directo de aquel Baruk que había sido Padre de los Enanos junto a Thrik e Itark.

Desedón les recibió en nombre de Gôlfang, y saludó afectuosamente al más joven de los magos, con el que había estudiado bajo la tutela de Darín Mönkel.

Grundo saludó reverentemente a Lagor y se puso a su disposición, pero el Sacerdote se mostró sorprendido al verle allí, incluso un poco incómodo, y finalmente reconoció sin convicción la historia expuesta por Gôlfang ante el Capitán Carg. No obstante, le liberó de sus obligaciones para con él hasta el final del Cónclave.

No fue Lagor el único Qüemyum que llegó aquel día. Como había sido su costumbre durante la última semana, Grundo salió a pasear por las afueras de Granshall, lejos del bullicio. Tumbado en la hierba, vislumbró las siluetas de dos de los mirlos blancos que hacían las veces de guías de Daladei para todos los viajeros que se acercaban a la aldea. Volaban en aquella dirección, y Grundo se incorporó con la esperanza de que fuera Gôlfang el que llegaba.

Se levantó de un salto y dio dos pasos atrás ante la aparición. Una veintena de jinetes, cubiertos totalmente con un hábito negro, y embozados, se habían detenido junto a él, y sus capas flotaban con un viento que Grundo no alcanzaba a percibir.

Unos ojos azules se clavaron en los suyos. Llegaron desde la oscuridad de la capucha, y el Orondo sintió que para aquel hombre su vida no significaba nada. Leyó un desprecio inesperado e incomprensible. Los ojos se desviaron después de ese instante terrible, y el jinete continuó su marcha. Toda la fila se movió tras él.

Sin darle tiempo a recuperarse de la impresión, sintió cómo otros ojos, negros y despiadados, llegaban hasta él, más incomprensiblemente aún, con una fuerza espantosa, y se sorprendió al descubrir que aquella mirada le odiaba. No reflejaba un odio impersonal, abstracto, sino que todo aquel odio iba dirigido especificamente contra su persona. Fue extraño, porque no se asustó. Mucho más terrible fue descubrir que también él odiaba a aquel hombre. Un solo instante, pero perdió todo control sobre sus pensamientos, y se descubrió deseando destruir aquella existencia; no su muerte, sino despedazar, aniquilar, exterminar todo rastro de aquel hombre. Había despertado a un dragón con su fuerza, y ahora su mirada estaba en aquel anciano que osaba retarle.

Cuando todo pasó, se hallaba en el suelo, boqueando para respirar un poco de aire, y la fila de jinetes se dirigía hacia Granshall, sin volver la vista atrás.

Se lejó corriendo de aquel lugar, añorando el calor de Gara, la sabiduría de Gôlfang y, algo que le sorprendió, la comprensión de aquel Orondo cartógrafo cuyo nombre era Gwist.
Después de varios minutos corriendo, no había hallado a ninguno de los que necesitaba. Se detuvo a descansar nuevamente, exhausto. Era tarde, y quizá sólo restaba una hora para el crepúsculo del sol. Lubania y Tarkión ya se habían ocultado.

No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder, en su reacción ilógica y desproporcionada. Ni siquiera conocía a aquel hombre.

–Tu odio es tu arma –sonó una voz tras él. Se sobresaltó por lo inesperado, pero no llegó a asustarse. La voz poseía matices frágiles como el agua en una cascada, pero también la profundidad del océano y el fragor de las olas encrespadas.

Grundo se incorporó para mirar al dueño de aquella portentosa voz. Era un elfo. Se cubría con una túnica verde, pero llevaba la capucha bajada, dejando visibles sus rasgos delicados.

Sin embargo, las palabras que había pronunciado eran inquietantes.

–Soy el sacerdote del Agua de Madrivo –se presentó–. Tú eres Grundo dil Frig.

El Orondo asintió, absorto. El otro continuó hablando.

–Ellos son los sacerdotes de la Tierra y del Fuego –informó al tiempo que dirigía su mirada más allá de Grundo. Éste se giró para descubrir a otros dos elfos que le saludaron, inclinando imperceptiblemente la cabeza–. Antes éramos más: el Aire, que ahora pertenece en exclusiva a los Eölaie; la Metempsicosis; antes de ser dos pueblos, nuestras esencias se encarnaban en nueva vida, siguiendo el Ciclo de la Vida y la Muerte, hasta que nos hacíamos dignos de permanecer junto a Madrivo. Pero, tras el Cisma, el Padre nos castigó, y ahora nuestras esencias vagan cerca de las Nieblas del Fin, llevadas allí por la hija de Bedrom Cäiló, la Muerte, y abandonadas por El Que Conoce Todos Los Nacimientos. Pero pronto nuestra suerte cambiará, y la Vida y la Muerte serán libres para amarse como antes y el Equilibrio se restablecerá –el elfo guardó silencio y dirigió la mirada al Orondo.

Grundo, por supuesto, no había comprendido nada, pero se dio cuenta de que aquellas frases se habían quedado grabadas en su cerebro, tal vez debido a los peculiares timbres de la voz.

Casi se vio obligado a hablar, ante la insistencia de la mirada del elfo.

–Espero que así sea –dijo, tratando de ser amable.

El elfo pareció un momento tan confundido como él mismo.

–Madrivo representa el Equilibrio; tú perteneces al Equilibrio. Pensamos que tal vez pudiésemos serte útiles –manifestó con naturalidad.

Grundo les miró incrédulo, tratando de encontrar un sentido a aquellas palabras. Comenzaba a enojarse.

–No sé de qué estáis hablando –advirtió con una voz más dura de lo que pretendía.

Los sacerdotes de la Tierra y el Fuego miraron al del Agua, que a su vez miró a Grundo y endureció su expresión.

–¿Dónde está Led a Nerín?, ¿quieres decir que no conoces al Custodio?

Grundo se echó a reír, nervioso.

–Ni siquiera sé quién puede ser ese Led a Nerín, y no se nada de ningún Custodio; creo que os equivocáis de persona –respondió cuando se hubo calmado un tanto.

En los ojos del elfo pugnaban amabilidad y apremio.

–Gôlfang, quise decir, ¿dónde está ahora?

Grundo suspiró por fin al entender algo.

–Lo ignoro. Desapareció tan pronto como llegamos a Granshall –informó, aunque supuso que no estaba aportando demasiado.

Los ojos del elfo relampaguearon, aunque luego volvieron a mostrarse amables.

–Está bien –dijo–. Regresemos al hogar antes de que el sol se despida del valle –indicó a sus compañeros, y los tres se encaminaron hacia Granshall. En aquel instante aparecieron los dos mirlos blancos, y revolotearon a su alrededor como una bienvenida.

Grundo les vio marchar. No le habían invitado a acompañarles, pero hubiese declinado la invitación en caso contrario. De alguna manera, suponía que sus intenciones no eran todo lo honestas que pretendían dar a entender.

No se demoró demasiado, sin embargo. Tampoco él deseaba llegar a la aldea después de la noche. No con aquellos jinetes tan cerca.

Cuando pensaba en las palabras que no se borraban de su cabeza, no le abandonaba la impresión de una desgracia. Y recordaba con pesar a Austrong, al que sólo había visto una vez en aquellas semanas, demacrado y con la mirada opaca.