Etiquetas

, , , ,

Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Y el que durante mucho tiempo fue aguardado, al fin llegó victorioso, guiado por aquellos que acompañaban al ser más desdichado de Edeter. La esencia del anciano sonreía en el triunfo de su último sacrificio, aun cuando había dejado solo a su más reciente amigo, ahora que más le necesitaba.

Las dos sombras que lo flanqueaban –allí no podía ser forma ninguna de materia– y que lo habían conocido en vida, marchaban tras él, cariacontecidas, pues el poco tiempo compartido había demostrado que les respetaba en su forma más pura.

Mas el tiempo y el Destino habían cumplido su cometido.

Con una mirada de reconocimiento y respeto a su vez, lo abandonaron en las puertas de la Lomba, donde él se introdujo sin vacilar. Así, Achick Coherubra, Gôlfang, se perdió entre las esencias de todos los Enanos y Hombres, de Unicornios y otros seres de la Luz que habían vivido antes que él, y buscó entre ellos a aquel que más le esperaba, que se había adelantado solo un poco en su llegada. Y de ese modo se reunió con Zôrdon.

Las puertas de espacio y tiempo de la Lomba de la Paz se cerraron tras él y no volvieron a abrirse.

Mas las dos sombras que le habían acompañado hasta allí regresaron al plano material, que también les correspondía, y allí las astas del Megaterio se agitaron con tristeza, pues para él aún resultaba más duro contemplar la muerte de los seres que le eran caros.

–Gremcam, oh Gremcam, de ningún modo podrá negarse Bédrom Cäiló a abrir las puertas de nuevo, si así se lo ruegas –habló, y era una súplica más que cualquier otra cosa.

–Que tu corazón no albergue ninguna esperanza, pues no es Cäiló un Várad que otorgue. –Y así lo sentía Gremcam, pues conocía bien a su padre, y entendía los motivos que le llevarían a rechazar su ruego. Pero no quiso desilusionarlo tan pronto, solo prepararlo para que no se afligiera después–. Mas pediré por este que ha llegado ahora a la Lomba, si así lo deseas.

Domla se alegró mucho en su interior al oír eso, y juntos se encaminaron hacia las estancias subacuáticas de Cäiló, pues era el Lago Azul un presente que Fandas había hecho a su hermano mayor, y allí aquel había construido el palacio que su sombra habitaría.

Eran las puertas del más puro oro blanco, con montantes altas de oro amarillo, el mismo material de los enormes llamadores que representaban cabezas de monstruos que aún existían bajo el mar, alejados de las razas que eran mortales para ellos. Las piedras de mármol labrado de los muros eran negras como las profundidades de todos los océanos, mas infinitos puntos blancos mutilaban las tinieblas y quien lo veía creía que miraba el firmamento de la noche.

Temerosos de inquietar el reposo y el silencio que allí aún se respiraban, entraron despacio y con la cautela marcando sus pasos. Los seres sombríos que habitaban el lugar se inclinaron ante el paso de la Muerte, para regresar después a sus ocultos escondrijos entre los laberintos que conducían a lugares de oscuridad que solo Cäiló y sus más allegados conocían, pero que incluso estos temían, por su similitud con las Tinieblas de Maras Dokk. El esplendor y la magnificencia del palacio del mayor entre los Várad, los dioses menores, propiciaba que incluso la fortaleza de Domla se derrumbara.

Al fin llegaron ante las argénteas puertas que los llevarían a la sala más trascendental y notable de Edeter, pues desde allí gobernaba Cäiló, y vigilaba que los Destinos se cumplieran en el tejido, cortando seguidamente el hilo de la vida, y anotando los hechos y los nombres en el Sagrado Libro de la Historia.

Con la certeza de que los esperaba, empujaron la puerta de plata y se arrodillaron junto al escritorio de rica madera sobre el que se apoyaba el interminable volumen de la Historia.

–Alzaos, hijos míos, y mirad a Cäiló mientras le habláis –sonó la voz del dios, profunda como el Gullaei.

Obedecieron remisos, más Domla, pues Gremcam era la hija legítima del Várad, y ante ellos apareció este con su salvaje misterio. Imposible discernir sus límites, pues en verdad nadie los conoce; su negrura era insondable y las estrellas de sus ojos despedían el mismo calor que fundiese el color de Madrivo, originando así la materia primera. La materia del mundo.

–Oh, Padre, Várad del misterio y de la infinitud, Señor cronista de la Historia, Guardián de la Muerte, venimos a suplicar tu gracia.

–¿Qué me pediréis? –preguntó, forzando a preguntar lo que ya sabía.

–Te rogamos por Achick Cogerubra. ¿No ha demostrado valor suficiente como para devolverle a la vida?, ¿no es digno de que las puertas de la Lomba se abran para él, como ya ha sucedido otras veces con otros?

–Ha demostrado un valor que pocos poseen y una dignidad que hace honor a los mortales, así he de decirlo porque es la verdad. –Y en el corazón de Domla nació una súbita esperanza–. Mas nunca en su vida se esperó de él que fuera un cobarde, y ya demostró que no lo era cuando luchó por su destino para salvar la vida a Desedón. Sabéis tan bien como yo mismo que el final del Portador de la Palabra es la muerte prematura, y él lo sabía a su vez. ¿Entonces, por qué pedís que haga algo imposible?

–Porque la guerra y el peligro de Maras Dokk se cierne de nuevo sobre Edeter, y solo él puede salvar a las razas mortales de la esclavitud eterna –intervino Domla como último recurso; en verdad no había muchos a los que acudir.

–¿Es eso lo que creéis, Domla de Vida? Vos mismo conocéis al Soñador de Sentimientos, y sabéis de su Destino. ¿Entonces, sabéis algo que yo no sepa? ¿O acaso queréis irritar al Cosmos infinito? –el enojo de su voz hizo temblar las páginas del Libro.

–Mas, ¿qué hará, oh primogénito de la Madre Universal, el Soñador de Sentimientos contra las Tinieblas sin nadie que le guíe? Ambos sabemos que el Custodio no puede hacerlo. –Gremcam pensaba con razón que el enojo de su padre podía durar eones si se agravaba, y entonces no conseguirían nada, por eso su voz fue dulce. El Várad se aplacó y, al hablar, el enojo había desaparecido.

–Venid y mirad –ordenó, y al alzar la mano pudieron comprobar las aguas límpidas y cristalinas del Lago Azul, donde, oh sorpresa, se encontraban aquellos a quienes sus palabras se referían.

–No, Soñador de Sentimientos, no llores por él, pues no era eso lo que deseaba al morir –aseguró Gwist a u Origog derrumbado de dolor–. Ahora su amistad también me pertenece a mí, y por ello siento su pérdida como tú, pero debes seguir adelante y dejar de pensar, pues ya sabes el peligro que corres, y no creas que no me dolería robarte el pasado –añadió, sintiendo en el corazón cada una de sus palabras. Origog lo miró con lágrimas en los ojos y asintió, sabedor, después de que el Custodio confiara en él sus sentimientos, de que su amigo, su hermano, decía la verdad. Enjugó sus lágrimas con la mangas de la casaca, para arrojarla a continuación sobre la verde hierba de la estepa.

Al levantar la mirada vio el sol, brillante y redondo, aunque sus rayos no eran suficientes para desterrar el frío. Alwarín trotó hacia él, relinchando y levantando las patas hacia el astro. Miró hacia atrás, hacia Origog, y este tuvo un presentimiento que le encogió el corazón. Presentimiento que se cumplió.

Al alejarse, en la mirada del caballo solo había determinación y, aunque pareciera extraño, cierta satisfacción. La estepa envolvió su sombra hasta que la engulló por completo.

Una nube tapó el sol en aquel momento, y la mañana nefasta se ensombreció como si no quisiera observar más, olvidando lo hasta ahora ocurrido. Pero no podía olvidarlo, y tampoco los que lo miraban compungidos, y en verdad era mejor así.

Sin embargo, continuaron caminando siempre hacia adelante. La estepa verde desembocó repentinamente en el azul del agua pura cuando hay profundidad. Sin duda era un lago, el más hermoso de todos los lagos de Edeter, aun cuando su parte Iöron los llevaba a recordar aquel en el que ahora reposaban los restos de varios de los propios hijos de su dios, el lago Chels. Algunos cisnes solitarios, blancos y negros indistintamente, agitaban graciosamente su cuello, curvado hacia el pecho, en señal de saludo a los viajeros, para sumergir luego las cabezas bajo la superficie azul y cristalina del agua.

Se sentaron en la orilla, permitiendo que la observación de las aves y de las carpas doradas, que de vez en cuando saltaban dejando una señal de ondas concéntricas al volver a su medio, llevara a un segundo plano sus aflicciones, aunque fuese solo durante unos leves instantes.

–Mira, Origog –habló Gwist, señalando con la mano hacia el norte. El Soñador siguió con la mirada la indicación, hasta que encontró una pequeña choza fabricada con ramas secas, aunque en el techo eran aún verdes, e incluso algunas gardenias blancas asomaban entre el ramaje.

–¿Quién puede tener la dicha de vivir aquí? –preguntó para él, pues sentía en su corazón que quien habitara cerca de aquellas aguas solo podía vivir en armonía, sin lugar para las decepciones ni los reveses que el resto de la Península debía soportar–. Acerquémonos –añadió, poniéndose ya en camino.

Y por sentir todo eso, al llegar a la entrada no pudo por menos que sorprenderse cuando vio al personaje que salía de la choza. Según lo recordaba, era aquel el último hombre que tenía derecho a vivir alejado de las preocupaciones, más ahora. Él había elegido ser lo que era, un defensor de la Paz, y no tenía derecho a recluirse. Recordó lo que le había costado entenderlo, su afán de poder, sus respuestas cortantes, pero al fin lo había comprendido… y ahora sabía que las palabras que Gôlfang había dicho aquella misma mañana eran ciertas; con él se añadía una pieza más a su propio presente.

–Saludos, Origog, no sabía que era a ti a quien esperaba, pero me alegro. –Saludó, y su voz ya no contenía el ácido sarcasmo que recordaban, sino una cordial amistad.

–Saludos, Desedón –correspondió. Tardó unos instantes en poder continuar–. Me alegra verte, aunque no sean las mejores circunstancias. –Sin querer, sus ojos marrones se convirtieron en un mar de sal por lo perdido, y más que nunca necesitó a aquel que acababa de encontrar, pues el sentimiento recuperado de la amistad clamaba por esparcir su semilla reconfortante.

El jeven sacerdote de Karos asintió despacio, la mirada velada por el dolor, y Origog agradeció no tener que comunicarle la noticia de la muerte de Gôlfang.

–¿Estabas con él?

Aquella pregunta le ayudó a soltar todo lo que guardaba. Durante los últimos tres días había cabalgado junto a Gwist, sabiendo que no podía descargar en él su dolor, y ahora la presencia de Desedón le permitía desahogarse sin temor a perder sus sentimientos.

Muy por debajo de ellos, sin que ni siquiera lo sospecharan, un zulfo, que se había unido tarde a un dios y a su hija, y al prometido de esta, lloraba también por la pérdida del Portador, y más aún por el Destino de Origog, en otro tiempo su amigo; ahora ya no tenía amigos.

Orofín Beradol lloró antes de partir hacia su Destino.

“Cumpliremos la Profecía, yo también vengo del norte”, había sido la última frase que el dios les permitió oír. Después, su mano volvió a sumirse en la negrura, borrando la imagen de una superficie que se encontraba a muchos metros por encima de ellos.

–Ya habéis visto que aquellos por los que os preocupáis no están solos –tronó la voz del dios, venida desde el Cosmos–. De ninguna manera podrían estarlo, pues son mensajeros de aquel que nos rige a todos.

Y aunque no entendieron, pues en verdad pocos son los que conocen ese secreto, nada preguntaron, pues sabían que nada sería añadido. Volvió a tomar la palabra Cäiló.

–Ahora partid de inmediato y acompañad a Orofín Beradol hacia su Destino –conminó, y no había lugar para réplicas. Luego dirigió su mirada, profunda como el infinito, hacia aquel que ya no podía sentir más que amargura–. Parte hacia tu Destino, Viajero, quizá pronto vuelvas a mí, o tal vez antes de eso desees venir y no puedas. Nada sé del futuro, pero deseo, y acuérdate de este honor, que tu sufrimiento sea el mínimo. –Y dándose la vuelta, se sentó en el escritorio y apuntó algo en el libro. Tras un momento de vacilación, reanudó su eterno escribir, de modo que ni siquiera miró cuando los otros se despidieron con una reverencia.

Solo fue un instante el que se detuvo en mitad de su vuelo para dejar que su jinete mirara lo que quería mirar. Cuando lo hubo hecho, el Megaterio reanudó su camino por los senderos inmateriales del cielo, tras su amada, para llevar juntos a Orofín Beradol hasta el Cinturón de Fuego, donde la primera Necrópolis esperaba para mortificarle. A medida que se acercaban a los volcanes, el calor aumentaba hasta sofocarlos, pues incluso los Héroes están expuestos al clima y a los elementos.

Austrong, Orofín Beradol, recordaba con temor –sí, temor– el día en el que él y sus por entonces compañeros de viaje fueron atacados por la Shoru’Treak. Ahora sabía que aquella bestia del Caos había trasgredido las leyes y había regresado de la muerte con la ayuda de su madre, Dne Korba de la Guerra. Por eso ahora él se encaminaba al lugar donde descansaban los restos de los hermanos, que reclamaban Vida de él. Y él no podría dársela.

Pronto divisó las montañas vivas, los volcanes, que ensombrecían el sol con el humo denso procedente de las continuas explosiones, que las desangraban por dentro para cubrirlas por fuera, primero de rojo y luego de gris, cuando al fin la sangre de Madrivo coagulaba. Sobrevolaron la primera fila de volcanes muy por encima de las nubes, para descender en picado antes de llegar a las segundas estribaciones. Allí, en el medio, el valle de lava donde los hijos de Korba habían sido condenados al exilio por Karos, y a morir. Se extendía entre los volcanes como un manto gris de aproximadamente una milla cuadrada. La lava seca cubría los restos de los grandes animales, si bien solo parcialmente, de modo que se podían ver aquí y allá los huesos blancos de las alas, que ni siquiera aquel insoportable calor había podido destruir. Por todas partes aparecían restos de extrañas plantas e incluso, tras un corto y silencioso espacio de tiempo, pudieron ver algún teporingo algo menos tímido que sus compañeros; al parecer, aquellos huesos que en otro tiempo habían sido sus predadores ya no les infundían más miedo que las propias rocas de lava.

Sin embargo, Orofín Beradol no los vio; solo Domla, a decir verdad; el Alfen miraba a su alrededor con espanto, sintiendo en su corazón las pérdidas de tantas vidas, esforzándose por no llorar… y sabía que aún no había comenzado lo que tenía que comenzar.

Mas no tardó en hacerlo. Ahora sí los teporingos corrieron hacia sus madrigueras con las orejas pegadas a la cabeza.

Fue como si todos los volcanes estallaran a la vez, desangrándose con desgarradores gritos como truenos, mientras el fuego y los gases de su colosal respiración envolvían a los recién llegados hasta ocultarlos en la sombra. Durante largo tiempo solo oscuridad a su alrededor, y ataques de tos para expulsar el gas asfixiante. Pero luego todo pasó. Allí estaban ya. Ante él los mismos huesos blanquecinos, el mismo valle de lava, los mismos volcanes. Pero ahora ellos habían llegado para pedirle cuentas. Los espectros, las esencias de las Shoru’Treak, salidas de las Inflömb para recordarle quién era y el precio que exigían para dejarle marchar.

Primero una, veinte, cincuenta, casi un centenar, y todas rugían a la vez para atemorizarle. Pero para ello sobraban en realidad sus gritos, ¿cómo no iba a temer aquellas presencias? No había otra posibilidad, no estaba preparado… y todavía no había empezado lo peor. Con un tremendo y penetrante rugido, que era un desafío, la más grande de las Shoru’Treak avanzó reptando, pues ni siquiera después de muerta podía avanzar por tierra de otro modo. Su voz era sibilante y maligna.

–Sé quién eres, oh, sí, y te esperaba –saludó–. Esbirro del Orden, Viajero de las Necrópolis, Redentor, ¿piensas que te será sencillo salir de aquí sin perder la razón? –Su voz estridente le ensordecía, su risa era un cincel que se clavaba en su sien al golpe de un martillo–. Tú, hijo de Madrivo, ¿por qué escoges de esta manera tan cruel?

Y Orofín Beradol sabía a qué se referían sus palabras, como sabía que de nada le valdría defenderse de ellas; jamás creerían que su madre las había traicionado. Por eso soportó lo que vino a continuación; por eso, y porque ese era el precio de la unión de su pueblo. Y su nombre era Unión.

–¿Por qué solo uno? Vas a contemplar nuestro sufrimiento antes de morir, y quizá entonces comprendas, pues sufrirás más, el motivo de nuestro odio a la Luz y el Orden y la Paz, que son crueles e implacables con sus enemigos –en su voz sibilina existía determinación, una determinación de derrumbar para siempre el alma de Austrong.

Este lo comprendió, y en un esfuerzo que echaba a perder sus principios, decidió a su vez que nada le afectaría, ni siquiera la muerte.

Mas aquella decisión se quebrantó en cuanto las Shoru’Treak rememoraron el pasado. Vio a pequeños y a ancianos morir de hambre y calor; vio a jóvenes matándose entre sí para obtener un poco de comida que alargase su vida un día; vio a madres que, aunque de forma extraña, lamentaban la muerte de sus hijos, brutalmente exterminados; vio el declinar de una raza y su completa exterminación: los cien fueron cincuenta, veinte, uno, y en aquel que era el último descubrió lo que había temido: el odio y el anhelo de venganza que lo roía como los teporingos roían las últimas briznas de hierba. Y mientras veía todo eso, su corazón se abría como un volcán, dejando salir fuera la lava incandescente. Cayó al suelo y gritó hasta que sus pulmones le impidieron continuar; lloró de dolor, de angustia, y deseó tener en sus manos el poder para devolver la vida… pero no lo tenía.

Tampoco la Shoru’Treak dejó de martirizarle.

–¿Y bien?, ¿qué pensabas, oh redentor, acaso no es justificado nuestro odio?

Aquello ya no pertenecía a su Destino, y quiso gritar que sí, que los comprendía y apoyaba. Pero no pudo. Los comprendía, sí, pero no los apoyaba. Y eso era lo más duro, tal y como la Shoru’Treak había dicho. Mas de ninguna manera podía respaldarlos. Y se aferró a esa idea como a una brizna de hierba en un despeñadero.

–¡No! –gritó–. ¡Nada puede justificar lo que haríais si se os permitiera regresar!

–¡Somos el Caos! ¡La otra cara del Equilibrio, y nos necesita!

–Ahora otros son el Caos. –Sentenció–. Vuestra hora pasó. –No podía dejarse convencer, simplemente no podía; hacerlo significaría que sus ideas, esas por las que había aceptado su sacrificio, serían vanas.

–Pero, ¿y nosotros? Uno volvió a la vida y sembrará la muerte; ¿por qué no podemos acompañarle si todos sufrimos lo mismo?, ¿quieres verlo de nuevo? –amenazó, y en esa amenaza halló la respuesta, y en esa respuesta la verdadera muerte de Orofín Beradol; no sería una muerte física: antes, todas las ideas, todos los principios fundamentales de su alma habían de ser destruidos.

–Morirá y volverá a vosotras –anunció con toda la tranquilidad que fue capaz de hallar.

–Es una promesa. –Y con esas palabras las esencias desaparecieron, mirándole con los ojos rebosantes de odio.

Orofín Beradol cayó exhausto; toda la angustia, todo el dolor se habían multiplicado en él, y eran como una losa. Pero era el precio, el primer precio por la unidad de su pueblo, y su nombre era Unión.

El sol había dado paso a las Constelaciones, que en invierno brillaban con una intensidad especial. Sobre la superficie del lago algún cisne se deslizaba grácilmente, dejando a su paso una estela de espuma que en la oscuridad parecía plata. Los cuatro personajes –uno era un enano– miraban las aguas sentados en la orilla, y aunque a Origog le hubiera gustado lanzar algunas piedras, le contuvo la muda presencia del dios, allí en las profundidades. Tenían muchas cosas en qué pensar, pero todo parecía tan lejano desde allí, sobre todo después de que aliviara su carga con Desedón. El cambio producido en este había sido profundo, se mostraba más prudente, menos severo, aunque a veces sus ojos dejaban ver el orgullo que aún no había perdido. Aquello no era malo, pensó Origog, a fin de cuentas había sido el orgullo lo que había llevado a Gôlfang a una muerte gloriosa. Sin embargo, esperaba que Desedón no muriese. Se había mostrado optimista en cuanto a la Profecía, tal vez, como había confesado, porque en realidad no sabía demasiado sobre Morfus y el Desierto Oscuro. Tampoco sabía nada apenas sobre el Soñador de Sentimientos y su Custodio, ni de su Destino, aunque todos estaban de acuerdo en que tenía algo que ver con la Profecía. Por supuesto, los restantes miembros de la expedición “bajo las tres montañas que quiebran las nubes”, no podían ser otros que los enanos, y esto lo había confirmado rotundamente Artók, el mago de Sírom que acompañaba a Desedón.

Habían decidido, pues, partir con el sol hacia las montañas de los enanos Dur; ahora tenían una misión que cumplir: destruir las Tinieblas de un solo golpe, sin más pérdida de vidas que las suyas propias, si era necesario. Con esa esperanza, que no dejaba de ser una ironía, se acostaron por última vez en la cabaña de ramas a la orilla del Lago Azul, esperando que el nuevo día trajera la victoria.

Índice La sombra de la luz