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Último capítulo del segundo volumen de la trilogía.

Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Vestido con unas calzas y una casaca de rojo chillón sobre el jubón gris, Origog inició el escarpado camino hacia la meseta. Gôlfang fue más difícil de convencer, y su disfraz se redujo a una capa con la que se envolvió de la cabeza a los pies; un anciano protegiéndose del frío del otoño. El hombre que debía acompañarlos lucía el alto sombrero puntiagudo y las calzas rojas propios de los critalitas. No era tan alto como la mayoría de los sandoreanos, ni mostraba la expresión seria que los caracterizaba. Tampoco estaba tan obeso como aquellos cuando llegaban a los cuarenta, la edad que aparentaba.

–Mi nombre es Irjol, Señor de Arhei il –se presentó–. Si debéis dirigiros a mí, hacedlo por Irjol. Ahora partamos, debemos darnos prisa antes de que cierren las puertas.

–¿Cuánto tiempo nos llevará?

–Dos horas al trote. Lo peor será salir del desierto, pero luego existe un desfiladero que sube hasta la meseta y que nos evitará tener que atravesar los despeñaderos.

Un mozo trajo los caballos. Origog montó sobre Alwarín. Al mirar a Gôlfang, no pudo evitar percatarse de que el bastón del mago era de nuevo la temible espada blanca. Partieron enseguida, hacia el frío que les azotaría nada más abandonar el inclemente sol.

La milla que aún les quedaba de desierto se hizo interminable. Pero peor fue el frío sin solución de continuidad, como un azote glacial. Durante toda la ascensión, el viento norte les castigó la espalda, flagelándola sin compasión. Una vez en la meseta, los caballos se lanzaron en pos de campo abierto. El viento aullaba sin cortapisas. No obstante, después de este tiempo en el mundo real, el frío ya no les parecía tanto, sino el habitual para esta époco del año.

–Dentro de poco veremos el castillo –informó Irjol, que encabezaba la marcha, girándose para hacerse entender. Su mirada se fue sin embargo mucho más atrás–. Se acercan dos jinetes. Son los garguines.

Los esperaron.

Gôlfang no dijo ni una palabra. Continuaron todos juntos.

–Debemos apresurarnos, pronto cerrarán las puertas –urgió Irjol.

–Aún no he oido los cuernos –replicó Aldamar.

Irjol lanzó una mirada cargada de complicidad a Gôlfang.

–Se supone que es un castillo sitiado –se limitó a evidenciar–. ¡Apresurémonos!

El Castillo Crítaler apareció ante su vista tras un corto espacio. Castillo de Cristal, tal era su etimología. Nada más distante de la realidad; se trataba de una fea edificación achaparrada, de piedra gris apilada en sillería y cuya torre del homenaje apenas se elevaba más que las almenas exteriores. La arquitectura no parecía haber sido una rama del arte apreciada por estos reyes.

Ante la puerta, los guardias les cerraron el paso. Tal como habían previsto, dejaron hablar a Irjol.

–Buenos días, caballeros –saludó con una artística reverencia–. Hace frío y deseamos calentarnos en una buena chimenea. ¿Qué tal si nos mostráis una buena posada? Tenemos dinero que gastar. –Lanzó dos monedas al aire que cayeron en las manos de los soldados. Estos comenzaron a franquearles la entrada, pero la voz de un nuevo personaje los detuvo. Los soldados se miraron entre sí y volvieron a sus puestos primitivos. Un oficial apareció en el portón.

–Vuestro nombre –inquirió a Irjol. Este parecía preocupado.

–Mi nombre es Irjol y deseo tener importante y beneficioso trato mutuo con Su Majestad. Él es Projia, un importante mercader de Gargüid, y los demás son sus siervos.

La mirada del oficial se cruzó con la de Gôlfang y este pudo percibir un respetuoso asombro.

–Pasad, pero hoy no hay hospedaje sino en las mazmorras –anunció–. Farjó, conmigo –ordenó a uno de los guardias–, les llevaremos a sus habitaciones –añadió entre risas.

Ya había caido la noche, para entonces. Les llevaron por plazas y callejones desiertos, aunque de vez en cuando podía verse a algún kérvero deambulando por las calles.

–Lamento el trato, Venerable –se disculpó en un momento dado el oficial–, pero no podemos permitirnos el menor error. Soy el Señor Firjó y este es mi hermano, el Señor Farjó –presentó cortesmente.

–Las disculpas son innecesarias. Pero ahora me gustaría ver al rey lo antes posible –ordenó.

Ellos dudaron.

–Ese maldito ha vendido el reino, ya lo habéis visto. Los kérveros se pasean por el castillo como por Thrasgok y les permiten hacer lo que desean excepto entrar en la biblioteca, donde se encuentra la escuela de cartógrafos.

–¿Él pasa su tiempo allí?

–Sí, Venerable.

–El día decidirá si le concedo una oportunidad o me marcho sin verle; era un hombre con más valor que sus antepasados, pero creo que ahora se merece lo que le suceda –manifestó con cierta tristeza–. Llevadnos a descansar, os lo ruego.

Los condujeron a las mazmorras, donde, aseguraron, tanto los presos como los guardias eran sandoreanos –de vez en cuando pasaba por allí algún hombre acusado de espionaje, pero no solía durar mucho–; se trataba de una edificación que seguía la misma tónica que el resto del castillo, de piedras grises y viejas, un muro cuya uniformidad solo quebraba una ventana que no prometía mucha luz tras sus rejas. Pasando la puerta de madera, unas escalinatas conducían a la profundidad de las mazmorras propiamente dichas, amplias galerías cuyos laterales los constituían hileras de barrotes metálicos que custodiaban una verdadera multitud de hombres.

–¡Saludos, Firrjó, Farrjó! –gritó uno de ellos– ¡Irrjol, hacía mucho que no os veíamos porr aquí!

–Saludos a todos. ¿Conserváis vuestra forma, Conde Prejat, o habéis hecho algo de ejercicio para solucionarlo?

–Muy ocurrente, Irrjol, ¿segurro que vos querréis conserrvarr todo ese ingenio sobrre vuestrros hombrros? Porrque si no es así, aún podrría remediarrlo.

Todos rieron, mientras los recién llegados se acercaban a la potente voz emanada de la no menos potente figura de Prejat de Barjar. Este, junto a otro caballero, se hallaba en el interior de una celda especialmente amplia.

–Pasad, Venerable, Señores. Pernoctaréis aquí y mañana vendrá alguien a recogeros; en todo caso, estamos a vuestra disposición para cualquier cosa –ofreció.

–Os estamos agradecidos, Señor Irjol –se despidió Gôlfang, y el caballero saludó formalmente y abandonó la celda. Ni siquiera la cerró con llave. Origog no pudo dejar de percibir que todos aquellos hombres portaban armas.

–Es un honor, Venerable –saludó entonces el Conde Prejat, y se inició una ronda de presentaciones que duró unos segundos.

–Lamento no poder ofreceros mejor alojamiento que un jergón de paja, ni otro entretenimiento que nuestra conversación o una partida de tabas –ofreció el Conde.

Todos rehusaron compartir el juego, pues se hallaban muy cansados. A cambio, compartieron sus experiencias recientes durante casi una hora, después de lo cual intentaron descansar. Tras varios días durmiendo al raso, incluso la paja les parecía confortable, pero los pensamientos vagaban incómodos entre todas las posibilidades futuras.

Al fin Origog se quedó dormido. En su sueño vio a Gwist e intentó despertar y hablarle, pero no lo consiguió. Durante lo que le parecieron horas intentó despertar, en vano. A diferencia de cualquier sueño que hubiese tenido anteriormente, en este solo aparecía una cara, un rostro que reflejaba su pesar de un modo constante e impasible; pero Origog comprendía esa tristeza, porque la había sentido; reflejaba la soledad, el rechazo, el dolor ante la traición, real o solo percibida como tal. Pero esa tristeza llevaba implícita una respuesta: solo con tender la mano, podría ser aliviada.

En ese momento creyó entender lo que significaba ser Soñador de Sentimientos, lo que significaba ser Custodio. Solo el Soñador podía sentir, porque había sentido, y el Custodio solo podía recoger esos sentimientos ajenos a él. Su vida era trasvasada a otro recipiente, porque entre todos los sentimientos, el odio era su arma, cuanto más puro, más fuerte. Los sentimientos que fuera recogiendo por el camino le servirían para no ser un simple autómata hasta el día en que su Destino fuese realizado. Por eso no debía recordar; para no olvidar su vida real.

Con amargura, se preguntó qué sería de la vida real de Gwist, cuando sus propios recuerdos comenzasen a ser suplantado por los de Origog.

Cuando consiguió despertar, observó a Gwist con tanta determinación como supo reunir. No podía hablar con él porque no podía añadir nada nuevo a lo que el Custodio ya sabía, pero habló:

–No sé cuál es nuestro Destino, pero estoy seguro de su crueldad; no le importamos, ni tú ni yo, ni nuestra amistad abortada; nos ha hecho depender el uno del otro como nunca antes nadie había dependido de otro ser. Y sin embargo no puedo darte mi vida, porque equivaldría a destruirla, y seguramente también la tuya. Cuando todo termine, podrás pedirme cuentas, y yo a ti, pero hasta entonces solo puedo ofrecerte mi palabra de que no te guardo rencor, e incluso de que intentaré que nuestros lazos se fortalezcan hasta donde eso sea posible.

Origog guardó silencio y este se extendió en la penumbra. Al cabo, una voz sin inflexiones, poco más que un susurro, llegó a sus oidos.

–Cuando llegue el final, no te pediré cuentas; ninguno elegió este Destino, cruel y doloroso, pero tomo tu palabra como lo más valioso en nuestro camino. Juntos sin rencor.

Y entonces se levantó y se acercó, y se fundieron en un abrazo.

Supo que era de día porque la completa oscuridad se transformó en penumbra gracias a algunas antorchas. Al igual que él mismo, Gwist no había dormido después de la conversación nocturna, y en los ojos tristes del Custodio se sumaba el sueño. Gôlfang abrió los ojos lentamente y los miró a ambos sin hablar. Cuando los garguines despertaron, tampoco saludaron siquiera.

Pronto vendrían a buscarlos. La puerta chirrió sobre sus goznes y todo el marco quedó ocupado por una sola sombra. Origog, no sin cierto recelo por lo que pudiera pasar con su recuerdo, lo identificó como uno de los luchadores de la guardia personal de Brim Tarlá. Sin preguntar a nadie, el hombre se acercó a su celda.

–Venerrable Prrojia, vengo a sacarros de aquí. Tenemos poco tiempo antes de que los señorres Firrjó y Farrjó sean relevados –apremió.

Gôlfang meditó unos instantes antes de responder.

–Vamos –ordenó. Todos salieron de las mazmorras.

–Id vos también, Elblar –ofreció el Conde Prejat a su compañero de celda, un hombrecillo que evidentemente no era un guerrero, aunque por la dureza de su rostro sí podía ser un estratega–. Hace tiempo que queréis abandonar esta prisión injusta.

El otro sonrió un momento antes de contestar.

–He esperado mucho tiempo para escapar –concedió–, pero ahora tengo una oportunidad de salir con dignidad y hacer pagar a ese hedonista coronado por todo lo que me ha hecho pasar. No, Conde, saldré cualdo todos salgáis, y empuñaré las armas junto a vosotros. Y probablemente moriré –sentenció, sin llegar a sonreír pero sin pesar.

Atravesaron los mismos callejones y plazas tan desiertas como de madrugada, lo que solo contribuyó a bajarles un poco los ánimos. Origog vio cómo el mago se detenía apenas un instante para observar fijamente la torre del homenaje, y luego continuaba con decisión. Alcanzaron la puerta, custodiada por los mismos guardianes, al tiempo que la cavarana de caballeros sandoreanos, convenientemente ataviados como mercaderes, entraba en Crítaler con el Marqués de Arheim a la cabeza. Continuaron sin mirar atrás.

–Conozco un camino que nos llevará hacia el desierrto sin prroblemas; si vamos porr el desfiladerro, los kérrverros podrrían sospecharr.

–No, Señor Srealt, no le acompañamos al desierto. Nuestro camino va hacia el oriente –declinó Gôlfang la invitación–. Os agradezco lo que habéis hecho por nosotros, y os deseo suerte en la batalla y fuerza en el corazón.

El sandoreano obedeció con una reverencia y montó en su caballo, partiendo al galope.

–¿Vamos realmente al este? –preguntó Origog cuando el caballero se hubo alejado.

Por primera vez en mucho tiempo, Gôlfang miró a los demás con una mirada cargada de ilusión; su voz, sus gestos, parecían verdaderamente alegres cuando habló:

–Mi buen Origog, nos dirigimos a un lugar mágico en busca de un ser legendario –manifestó, riendo. Luego, sonriendo cómplice, añadió–: ¡Ay, Origog! Hacía años que no estaba tan cerca de este lugar. Nada habrá cambiado, sin embargo, y Darín Mönkel aliviará nuestros temores y nos dará esperanzas –anunció, confiado como solo se confía en un ser superior. Luego echó a andar, con el caballo de la brida, y nadie se atrevió a sacarlo del mutismo estático en que pareció haberse sumido.

Durante la mitad de la mañana marcharon al encuentro de Darín Mönkel, con el sol marcando un sendero paralelo al suyo más al sur. Cuando llegaron al final de la meseta, contemplaron una enorme extensión de llanuras esteparias tratadas, al contrario que las de Sandor, benévolamente por el Destino, verdes en cualquier época del año. Muy al sur se distinguían los picos más altos de esta cordillera, cuando se unía con las montañas de Thrasgok, protegiendo las salinas costeras; al norte, las nieves perpetuas de la Cordillera de Anuro, bajo las que habitaban los enanos Dûr, del exiliado Clan de Thrik, se confundían entre las nubes de tormenta.

Materializada de la nada, una nube negra ensombreció toda visión, y una corriente inmaterial paralizó a todos los miembros del grupo, del primero al último. El gesto firme de Gôlfang no supo ocultar una decepción fatalista cuando unas carcajadas cavernosas se apropiaron del aire circundante. De súbito, el cayado del Qüemyum refulgía aceptando el desafío.

Permanecieron quietos y en silencio, sobrecogidos por el poder de aquella magia.

Cogido entre sus manos, el cayado estalló en pedazos. Una voz sonó clara.

–He esperado este momento desde hace mil años, Achick Coherubra –amenazó la cavernosa voz–. La última vez me sorprendiste, arriba en Sawor, cuando liberaba a Krehilaten, pero esta vez no tendrás esa oportunidad.

Con estas palabras, se perfiló ante ellos un minotauro, cuya horrible cara se veía mutilada por horribles cicatrices.

–¡Prepárate a morir! ¡Yo, el Eterno, el Mago, el predilecto hijo del Maras, te mataré!

De todos los compañeros, tan solo Gôlfang permaneció impávido ante aquella repentina presencia de pesadilla.

–No me dejaré matar –manifestó el mago sin emoción.

–¿Qué crees que puedes hacer, Portador de la Palabra, sin traicionar lo que eres?

Gôlfang mantuvo silencio. Solo miraba al minotauro.

–No les dañes a ellos u olvidaré lo que soy; ya lo he hecho antes.

–¿Ellos? –rió despectivo el minotauro.

–¡Entonces aquí estoy! –gritó, caminando con firmeza al encuentro de su final, y hasta las lunas se conmovieron por su coraje.

Pero entonces alguien irrumpió en la escena; alguien a quien nadie miraba, que no tenía que estar allí, pero que tenía sus propias ideas y sus propios valores.

–¡Gargüid!, ¡Gargüid!, ¡Iyhalá Karos! –gritaba, el caballo al galope, la espada brillante, mientras se lanzaba con solo aquella fe como escudo ante la magia más negra.

–¡Caballero, no! –gritó Gôlfang, llamado Projia, y Achick Coherubra, y Led-a-Nerín por los elfos de los bosques, pero fue tarde.

Ya el minotauro había dejado caer la muerte en forma de rayo sobre el joven, y en aquellos momentos incluso el sol detuvo su curso para observar la reacción del más grande de los magos.

–Dalamán… –murmuró sencillamente. Nada más que el nombre de aquel adolescente que había entregado la vida por la suya. Y luego, surgidos desde lo más profundo de la memoria y del poder–: ¡Naraendil! ¡Darín Mönkel! –exhaló– ¡Iöron!, ¡Iyhalá Karos! –Y un resplandor puro salía de su mano con cada nombre, pues en verdad eran aquellos los más queridos por él en ese instante.

Grandes fuegos se originaron en la tierra y el cielo, y los Unicornios acudieron una vez más a su llamada. Pero esta vez no desaparecieron rápidamente, no hasta que sus cuernos se empaparon de la sangre negra del enemigo, que contempló su propia muerte desde un asombro inconmensurable.

La calma llegó entonces, y el fuego lo había consumido todo en un gran círculo. Dalamán yacía muerto junto a su caballo, aunque su sonrisa campeaba en un rostro abandonado por la esencia que ya se acercaba a Bedrom. El Minotauro bebía su propia sangre cerca del caballero, cuya espada, por un afortunado azar, se hallaba incrustada en el corazón de la bestia.

Dos lágrimas resbalaron por las mejillas de Gôlfang, y con ellas se despidió al fin del Soñador y del Custodio.

–Aquí estoy, vivo y transgresor –declaró–, pero no es este el Destino del Portador de la Palabra. Querido Origog, esta será la última vez que nos veamos en el mundo de vida de Madrivo, y es algo que lamento profundamente, porque quería mostrarte tantas cosas…

La incredulidad más absoluta sumaba la impotencia.

–Si ahora te vas, ¿cómo evitaré el odio?

La mirada de Gôlfang lo contenía todo.

–El odio es tu arma. Pero perteneces al Equilibrio, y este debe ser siempre protegido, recuérdalo. Vete, encamínate al este y busca una vida antes del fin –Origog derramó sus lágrimas por el amigo, pues en verdad lo era–. Te lo ruego, Origog, no deseo que me veas morir.

Aún el abrazo se prolongó una eternidad antes de que los dos Iöron se encaminasen hacia el este. Comprendían, ambos; una parte de la vida de Origog ya pertenecía a Gwist, aunque aún no se había desvinculado totalmente de su legítimo dueño. Partieron según los deseos del anciano.

Nadie en Edeter fue testigo de lo que sucedía en otros planos mientras el mago se arrodillaba y cerraba los ojos.

Con el último aliento de Led-a-Nerín, el mundo reanudó su curso.

Una vida por la del Portador, ese era el trato conseguido en otras esferas. Dalamán dil Balamó, fiel hasta el fin, volvió a la vida después de haber contemplado el rostro de Bedrom.

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