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por Augusto Blasborg

No era demasiado pronto para despertarse, pero aun así le molestó el sonido del teléfono. Se levantó tropezando con sus sueños y lo cogió.

–¿Juan, te has enterado? -preguntó una voz, como en las malas novelas.

Respondió negativamente mientras trataba de identificar a su interlocutora; de lo único que se había dado cuenta en las últimas horas era que ya hacía demasiado frío para dormir en pelotas con la ventana abierta, y no pensaba que su hermana se refiriera a eso.

-La policía ha hecho una redada en el barrio, ha venido la prensa y se han llevado a un vecino del portal de al lado -derrochó información-. Un policía me ha reñido por hacer fotos.

Suponía que no había sido la prensa quien se había llevado a su vecino, y no le extrañaba que la policía se excediera en sus cometidos: que él supiera, se podía grabar, lo que estaba prohibido era difundir las imágenes. Trató de calmar a su hermana y se puso a pensar en los últimos días.

La semana había comenzado con la noticia de que un colega suyo había atracado un banco a punta de cuchillo. El pavo había esperado a que solo quedara el personal y les había pedido el dinero; teniendo en cuenta que sus varias enfermedades le tenía parcialmente inmovilizado y que no disponía de vehículo ni de compañeros, no hubiera resultado difícil vaticinar las consecuencias.

Al día siguiente, uno de sus vecinos ocupas, tras salir vociferando a la calle y querer pegar a algunos familiares por motivos que quedaban en el misterio de las lenguas por él desconocidas y en las traducciones exculpatorias de otros conocidos, el joven se dedicó a partir un parabrisas a cabezazos. Policía, mucha, no en vano en el barrio tenían dos comisarías, antiguamente colegios, pero ni mediadores, ni otros agentes “de lo social” aparecieron. Tras unos minutos, mandaron al joven a casa a descansar. Juan, tras interesarse por su salud y descubrir que no tenía ni un simple desifectante, se dedicó a curarle y a pasarle agua con azúcar -ni idea de por qué agua con azúcar, pero así fue-.

Poco después, tres chavales de entre doce y catorce años llamaron al piso ocupado y mantuvieron con los ocupantes una conversación en tonos extorsionadores que Juan hubiera podido reproducir sin escucharla. En fin, que por 50€ y ayuda para abrir otro piso para sus abuelos, se podía quedar allí y sus padres le dejarían en paz.

Mientras tanto, una alegre multitud de niñas y niños celebraban un cumpleaños en el callejón al que daban las ventanas de Juan, jugando, gritando, pegándose y golpeando las paredes y ventanas con balones y piedras.

La consecuencia más inmediata de todo esto fue que la vecindad más vetusta del edificio se reunió a escondidas para elaborar planes murmurados con el fin de deshacerse de esos indeseados, a ver si se van a su país (Juan sabía que al menos la mitad de esos indeseados eran oriundos de un país llamado España).

Por las noches, las juventudes en el Parque de la Paz aprovechaban para fumar tranquilamente sus cigarros de la risa y escuchar sus atronadoras músicas, como era habitual.

La semana pareció tranquilizarse el miércoles, apenas unas identificaciones policiales aleatorias por el barrio de gente evidentemente sospechosa, incluidos varios menores, lo que se prolongó jueves y viernes.  Por supuesto, los servicios sociales siguieron sin aparecer, que para eso está la policía. El ayuntamiento ya ha recibido dinero de un banco, prorrogable si al banco le apetece, para externalizar el “trabajo de calle” a una parroquia que parece interesarse por esas gentes y que les evita tener que hacerlo ellos, que no hay dinero para todo. Supongo que es algo que todos entendemos, dado que nadie dice nada.

El sábado y el domingo Juan decidió ir a pasear por la ciudad, sobre todo por barrios que hacía tiempo que no visitaba. Paseó por Girón, y le hizo gracia pasar por una calle que se llamaba “Calle de la escalinata”, cuyo nombre no engañaba, era una escalinata por la que los coches no transitarían. De ahí fue a Parquesol -el barrio que pronto sobrepasaría en población al suyo, las Delicias, donde tan felices acontecimientos se sucedían-, un lugar donde cada alto edificio podía albergar a toda la población de Las Viudas, el lugar de casas bajas más marginal de las Delicias. No estaba acostumbrado a esos paisajes, y transitó todo lo deprisa que le permitían sus pies, vagando entre calles desconocidas y paisajes que no le resultaban confortables. Mucho verde, eso sí, pero no compensaba.

Casi eran las doce de la noche cuando llegó a su casa, sonrió a sus vecinos y se quedó hasta las tanta leyendo un libro de Augusto Monterroso.