Capítulo XXII. El Destino del Soñador. Libro III. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El último soplo de Aülhoba los dejó en tierra después de varios días de lento navegar, durante los cuales Grundo no había dejado de pensar ni por un momento en el enfrentamiento desigual e incomprensible que muy pronto pondría fin a una vida, la suya o la de Maras Dokk, el dios de las Tinieblas. Con la mirada aún fija en el Espíritu del aire, Grundo descendió del inestable bote y puso pie en el hielo que poco antes había llamado tierra en su anhelo de abandonar el mar. Los demás también desembarcaron, y solo entonces la tormenta alejó el bote de la orilla y lo hundió bajo las aguas del Mándibarán, no sin antes arrancar la vela y reducir la madera a astillas; y es que la tormenta, sin haberlos afectado, no había abandonado sus proximidades ni un segundo durante la travesía, y ellos habían encomendado su suerte a los ostensibles esfuerzos de Aülhoba por formar una burbuja de calma a su alrededor. Sigue leyendo

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Capítulo XXI. El Condenador. Libro III. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz II

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Cmeist lamió con cuidado las afiladas garras de su pezuña marrón, enrojecida con la sangre de un caballo, después de saciar su vago apetito. La verdadera hambre, esa que no le abandonaba y que era inmensa, no podía apaciguarla la carne de todos los caballos que pudieran existir. Tampoco podían hacerlo los hombres o los enanos, y eso era todo lo que al parecer le ofrecía su padre. Un puñado de caballeros a los que podría vencer fácilmente, y que servirían de entretenimiento a su manada. Trols, saribs o kérveros sobraban en aquella batalla mientras él dirigiese a los lobos. No obstante, reconocía la importancia que las dos águilas y sus jinetes, uno de ellos asesino de Krehilaten, tendrían en la batalla. Sin embargo, tampoco sus cuerpos apaciguarían el deseo, el recuerdo siempre vivo de la sangre de Orofín en su garganta… ni el odio hacia Labarín, cuya herida del hocico tampoco cicatrizaba.

Jamás antes había sentido tamaña frustración hacia un festín. Hombres y enanos sus enemigos; los Alfens se conformaban con poco, allá en el sur.

Aulló una sola vez para reunir su manada, que había estado descansando semanas enteras tras un mes de viaje, después de que atacaran por su cuenta Cerian al Fionol y atravesaran La Península hasta llegar a Aradina. Ahora estaban repuestos y volvían a tener sed.

La manada puso rumbo hacia el campo de batalla en medio de la noche. Millares de lobos, manipulados por Darko su padre para que le sirvieran, no dudaron en seguir a su adalid, que siempre les otorgaba más sangre, más diversión, más muertes.

Por un instante, Cmeist observó en el cielo nocturno, cubierto de nubes, la silueta de un águila que sobrevolaba su posición. Inmediatamente supo que se trataba de uno de aquellos Ré, como el caballero supo de la presencia de su enemigo, el Héroe Cmeist. El lobo no sonrió –no podía; no sabía–, pero sintió una oleada de júbilo al ver que el águila giraba y volvía rauda a su campamento de simples humanos, en las colinas. Allí, el Ré informaría nervioso de su presencia, y los que le escucharan temblarían de miedo, aunque el estúpido orgullo de los caballeros supiera fingirlo.

A duras penas soportó la manada el aumento de velocidad que imprimió su Adalid.

Súbitamente, Cmeist el Condenador se detuvo en seco, clavando en el páramo sus patas delanteras y arrastrando las traseras. La manada obedeció la orden tácita y le imitó. Cmeist levantó el hocico y husmeó en el aire durante largos minutos. Movió la cola y levantó las orejas ante la insistencia del olor. Olfateó con más intensidad y agradeció a Shûgra, el viento del sur, su enemigo muchas veces, el favor que le hacía en aquella ocasión. El olor, asqueroso y atrayente a la vez, venía efectivamente del sur. Aulló de pura satisfacción ante el don que le concedía Darko.

El sonido de los cornos llegó mucho después de que él percibiese el olor, pero se estremeció al experimentar de nuevo el sentimiento de que pronto llegaría su venganza. Babeó sin querer, sin ser siquiera consciente.

Y entonces…

Armaduras negras, armaduras verdes, una armadura negra y plata para un hombre especial, sí, pero sólo un hombre. Un hombre, no un Alfen como sin duda contaba el aire; un hombre extraño, peligroso… ¡Pero sólo un hombre!

Gruñó, apretó los dientes, rabioso, decepcionado, desilusionado. Hombres, no Alfens. ¿Qué pretendía su padre, haciéndole creer lo que no era cierto? Los Alfens se conformaron con poco, allá en el sur.

No vendrían.

Fue tal su desesperación queu se lanzó a una desenfrenada carrera caótica, atacando y mordiendo a los lobos que deberían haber sido Orofín, o tal vez Labarín. No le importaba, porque ahora sus olores se confundían en su cerebro, no desaparecían…

Y ahí residía la clave. Trató de calmar su cólera, intentando recuperar la normalidad de sus sentidos, de sus percepciones. Tardó algún tiempo, pero lo consiguió.

Allí estaba el olor; aún venía del sur.

Miró a la manada e impartió órdenes silenciosas, promesas de sangre. Los lobos comprendieron y continuaron su camino hacia el campo de batalla, un poco confundidos y contrariados por ver marchar al Adalid de la Manada. Pero la sangre que a ellos les correspondía era la de los hombres y enanos de las colinas, y la reclamarían con a sin Cmeist.

Sabía el Condenador que su acto le supondría un severo castigo. Desobedecer a su padre nunca quedó impune, y Darko no gustaba de excepciones. Mas Cmeist el Condenador había sido hecho para matar Alfens, a los Cuatro Padres, y su sangre se alteraba cuando pensaba en ellos. Siguió la senda que el olor le marcaba; abandonó Aradina y atravesó la vecina Duravia más rápido de lo que cualquier otra criatura hubiera podido hacerlo. En este país la temperatura era más cálida, y las gotas de lluvia empaparon su pelaje negro y pardo. No pudieron apagar las ascuas de sus ojos. La noche se cerró cuando las Constelaciones desaparecieron, y él estaba aún traspasando la frontera de Basira. Pero Basira era una pradera, y no se vio obligado desde entonces a disminuir su velocidad por ningún obstáculo importante.

El primer rayo de sol iluminó el primer aliso de la foresta de Blakari, y él arrancó gran parte de su corteza con sus garras mortales. Lo hizo para no aullar de pura excitación cuando el olor a Alfen fue tan intenso que inundó todo su cerebro.

Tarkión asomó su ojo oscuro, y Cmeist se introdujo en la foresta para esconderse de la luna de Dne Korba; a aquellas horas el Maras ya habría descubierto su escapada, pero tal vez se hubiese callado aquella humillación –Cmeist sabía que su padre tomaría aquel acto como tal–, y el lobo no deseaba que Korba pudiese utilizar aquello en el futuro.

A medida que avanzaba por la foresta, pudo descubrir a algún Alfen, pero después de matar al segundo decidió evitar a los restantes. No quería arriesgarse, ahora que tenía tan cerca la satisfacción. Con el cuerpo echado a tierra observó el palacio de Austra, y no pudo evitar un imperceptible movimiento de su cola. Allí estaba el Alfen que buscaba, aunque no dejaba de sorprenderle.

Con pasos lentos y mullidos, con músculos tensos y pensamientos crueles, entreabrió la puerta a la Muerte.

Desde la ventana, a través de las celosías de la ventana que daba al amanecer, había observado el primer rayo de sol y la partida de Kordafán Narkot, que lo había traído hasta aquí. También había sido testigo, apenas diez minutos antes, de cómo el anciano Lesharín Selen, de la casa de Selín, que siempre había servido con fidelidad en el hogar de Austra, entraba en la Sala del Trono del Palacio de la Señora y apagaba la luz de aceite, la cual probablemente había iluminado la amplia estancia durante la noche, por si a la hija de Madrivo le apetecía entrar y pasar sus horas de soledad.

Siempre había acudido allí para eso, él lo sabía bien. Incluso antes de engendrar a Austrong, había sido reservada para ciertos asuntos. Él la había observado muchas veces, sin que Austra lo supiera, desde la terraza donde ahora se encontraba, pasando frío y esperándola de nuevo, una vez más. Labarín escrutó con los ojos de la añoranza la estancia que durante tanto tiempo había intentado, si no olvidar, sí tratar de que su recuerdo no le hiriera por las noches y lo atrajese otra vez. Sólo últimamente, durante la campaña, lo había conseguido, pero a cambio las mañanas traían consigo remordimientos marcados por los ojos de la siempreamada. ¿Qué dios decía que él no podía llorar con sus recuerdos? Labarín sí lloraba. La estancia rectangular, las paredes de madera, la lámpara de aceite, las tres pequeñas puertas de servicio en el lado norte, el suelo llano sobre el que descansaba un trono de marfil almohadillado con un cojín azul que no podía ser el mismo de tres siglos atrás; todo le traía recuerdos, y todos los recuerdos le remitían a ella.

Esperó con impaciencia, –limpiándose las lágrimas para que ella no las viera, aunque estaba seguro de no poder retenerlas más tarde–, las ocho de la mañana, hora en que Austra solía acudir a la sala para ver el sol rojo encima de la lejana e imponente Bhasaphil. Tal vez Labarín se engañaba, y ella no vendría; un siglo es mucho tiempo para mantener las costumbres. El viento sur de Shûgrä empezaba a ser caluroso en aquel comienzo de estación, pero aún era lo suficientemente frío como para hacer tiritar a cualquiera durante el alba.

Pero ni siquiera Drôbhä del Viento helado hubiese enfriado el ánimo de Labarín cuando aquel día, a las ocho en punto, la puerta de la Sala del Trono se abrió, y en la estancia penetró la única mujer Alfen que había amado y la única a la que podría amar. “Un siglo es mucho tiempo”, recordó antes de mirarla a la cara, pensando en su propio aspecto cuando el mar reflejaba su imagen actual, de rostro curtido y moreno, surcado de arrugas alrededor de los ojos y en las comisuras de los labios. Luego miró directamente a Austra, siempre desde detrás de las celosías, en la terraza, y el corazón le dio un vuelco. La primera impresión le engañó, y se encontró mirando de nuevo a una joven Alfen que sonreía a orillas del Marawi Ataüm, observando la veloz carrera de los Raahami sobre un valle verde y eterno, bordeado de colinas y Eäalets que competían por ofrecerles sus mejores frutos dorados. Luego pasó esa primera impresión, y la Austra actual aún se parecía a la otra, pero una finas líneas surcaban su rostro, y sus ojos no podían desterrar una tristeza insondable que parecía brotar de su propia esencia.

Labarín contuvo las lágrimas mientras Austra se acercaba a la puerta de la terraza, y el Segundo comprendía que la tristeza de la Señora era su propia tristeza, como lo había sido todo aquel tiempo.

Una fuerza irresistible llevó las palabras a su boca, y luego los versos, hasta componer la poesía que tiempo atrás, cuando el hombre era un adolescente, había escrito para ella, para enamorarla:

¿Posee de enloquecer,

Una mirada,

El magnífico poder?,

Me preguntaba.

La voz se quebró en aquel punto, recordando medio en broma, entre lágrimas de añoranza, que aquel poema siempre le había parecido especialmente horroroso a Austra.

Pero la Señora permaneció inmóvil, a medio camino de la puerta de la terraza, explorando con sus ojos de plata cada punto de la sala, y explorando también, con los ojos de fuego del recuerdo, las sensaciones que aquel poema horrible pero no olvidado producía en su alma. Permaneció en silencio, simplemente recordando la inocencia de un tiempo no retornable, la puerilidad de dos jóvenes enamorados que nada sabían de su Destino, y por fin el dolor de una separación demasiado larga para que no dejase cicatriz, si algún día se curaba.

El sol rojo sobre Bhasaphil también marcó la ruptura, recordó, y no pudo evitar cerrar fuertemente los ojos, buscando el olvido. La segunda parte del poema se derramó desde su conciencia hasta sus labios:

Luego hallé contestación:

Yo soy un loco,

Tus ojos mi conmoción:

Y a coro, su voz con la de su amado,

La prueba somos.

Abrió los ojos y encontró el rostro que le había faltado durante cien años para sentirse completa, y respiró su aliento para que volviese a insuflar vida en sus pulmones. Era Labarín, cambiado, pero era Labarín. Sus manos se juntaron, calor con calor, mano ruda que, sin recordarla así, acogió suya; mano de marino, mano amiga que ponía fin a una brecha en la que tiempo fue sinónimo de dolor. Luego también sus labios se juntaron, y besó el salitre del mar y el polvo del camino, el alcohol que calentaba los días fríos y el aire que formaba palabras de un amor siempre recordado. Besó los labios fieles que regalaban toda la dulzura de la primera vez.

Lo abrazó fuertemente, como si quisiera fundir ambos cuerpos, y hundió la cabeza en su hombro, permitiéndose llorar y ser feliz de nuevo.

Cuando notó su cuello húmedo, en el lugar en que su pelo de plata lo dejaba al descubierto, supo que su amado se sentía igual que ella.

Siempre hacia el sur. De pronto al este. Buscó un pasillo y lo encontró. Luego otra vez al sur. Cmeist se movió sigiloso por el palacio, atravesando decenas de corredores, esquivando a la multitud de Alfens que deambulaban de un lado a otro sin intuir el peligro que los acechaba. Pero durante su vagar Cmeist comenzaba a mostrar claros síntomas de inquietud: el olor tan claro se confundía de repente con otro más anhelado y más real, para disociarse luego en los dos olores más odiados por el Condenador. No comprendía bien por qué ocurría así, pero lo cierto era que lo que buscaba se hallaba en aquel palacio, y muy cerca ya.

Levantó las orejas cuando supo que lo tenía a su alcance. Apretó los dientes y babeó, erizó el pelaje y por fin sus ojos rojos destellaron con la crueldad del Maras Dokk. El Alfen que buscaba se hallaba detrás de aquella puerta de madera.

Antes de saltar contra ella y romperla en mil pedazos, le desconcertó que el olor perteneciera definitivamente a Labarín, cuando no había sido ése quien lo guiase desde Aradina.

Mas efectivamente allí estaba el Segundo, abrazando a una mujer Alfen que no pertenecía a los Cuatro Padres, pero que parecía irradiar un halo igual de sagrado. La reconoció como a una Heroína; casi como una igual. Cmeist observó el acero que le había producida la herida en el hocico, y se lamió la última gota antes de que cayera al suelo. Luego gruñó y se preparó para el ataque. Vio que Labarín ponía tras de sí a la mujer, y aquello le pareció bien, pues sería un buen colofón a su festín. También se dio cuenta de inmediato de que el Alfen trataba de interponer el Trono de Marfil, pero Cmeist se adelantó y lo destruyó de un solo zarpazo. Varias piezas blancas rodaron por el suelo, y la mujer lanzó una exclamación mezcla de desilusión y enfado.

Vas a morir –dijo Cmeist mientras apretaba las mandíbulas–. Vas a morir como Orofín murió en Willand, y alimentarás con tu cuerpo mi estómago hambriento. Vas a pagar por lo que me hiciste –añadió, lamiéndose nuevamente el hocico.

Labarín lanzó un mandoble de advertencia que rozó la pezuña delantera de Cmeist. Éste la retiró instintivamente, y rápido volvió a colocarla donde antes, tal vez un poco más adelantada. Con un rápido movimiento, se lanzó hacia adelante, tratando de arañar la pierna de Labarín y tirarlo al suelo, pero el Alfen saltó hacia atrás y no esquivó del todo la garra del lobo, de modo que quedó herido levemente.

Lamentablemente, con aquella maniobra había dejado desprotegida a Austra, y aquello lo aprovechó Cmeist para lanzarse a por ella, que corrió hacia una puerta de servicio paralela a la que Cmeist había destrozado, pero el lobo adivinó su intención y la dio alcance antes de llegar, derribándola con su cuerpo.

Vas a pagar –repitió el Condenador, y sus colmillos se cerraron sobre Austra.

Mas entonces la puerta se abrió, y Lesharín Selen entró en la estancia, alarmado por el ruido, golpeando al lobo lo suficiente como para que su boca se cerrara en el aire. Labarín, que ya estaba a medio camino, se apresuró a liberar a su amada, pero tuvo la mala fortuna de resbalar en la sangre que derramaba su herida, que debía ser más importante de lo que pensase, y el lobo, con un solo movimiento de la zarpa, envió a Lesharín contra la pared y desarmó a Labarín, que se arrojó sobre Austra para proteger su cuerpo.

Apenas Cmeist esperó para lanzarse sobre el Alfen, con una explosión de triunfo en el odio de su mirada roja.

Cayó sobre la pareja, pero Labarín no sintió sus dientes, ni sus garras, solo el aliento fétido y el peso de la enorme masa de su cuerpo. Se revolvió para encarar al lobo, para descubrir que un dardo sobresalía por la herida que él abriese con su espada, y otro más se hundía profundamente en su ojo. En medio de un silencio sobrecogedor, la pareja, siempre unida en un estrecho abrazo, se puso en pie. Aunque no entendían lo que había sucedido, buscaron a su salvador.

Lo vieron agachado junto al cuerpo de Lesharín; sus ojos se llenaron de lágrimas.

–Vivirá –aseguró Orofín Beradol. En sus manos, el arco con que Labarín lo obsequió cuando se despidieron en La Bella Alada.

–¡Austrong, hijo mío! –Austra corrió a abrazarlo. También su padre se acercó, y formaron un triángulo inédito en sus vidas.

–Fue un deseo que le pidió a Domla –explicó Austrong a sus padres, después de los primeros momentos de reencuentro–. Llevamos un día entero en Blakari, lo suficiente para que Orofín lo atrajera y poder acabar así con las obras del Maras Dokk. Respecto a mí, sólo quería que supierais que no tenéis ninguna culpa en lo referente a mi Destino. Solo Tas-par fue el que divulgó la idea de que los zulfos eran los culpables del Cisma de los Alfens; y en el dolor, los elfos quisieron creerle.

Austra lo miró a los ojos, sin dejar de abrazarlo.

–¿Te quedarás con nosotros? –preguntó con esperanza.

Su hijo la sujetó por los hombros y la besó en la mejilla.

–Me voy junto a Madrivo, no lloréis por mí –anunció–. Siempre estaré a vuestro lado, cada vez que miréis al sol sobre Bhasaphil, cada vez que os sentéis juntos a recordar otros tiempos o a planear un buen futuro, pues soy Orofín Beradol, y mi nombre es Unión. Sed felices, ahora que al fin podéis –terminó, y sus padres lloraron.

–¿Tienes que hacerlo? –insistió Labarín.

Austrong asintió.

–Gracias por lo que hicisteis; dáselas también a Sertgón, mi hermano, y a todo nuestro pueblo –añadió.

Luego cerró los ojos.

–Austrong se ha ido –anunció el cuerpo de Austrong–. Soy Orofín, que pronto me iré también. Antes debía darte las gracias, Hija de madrivo, Hija de Dërel, por intentar hacer lo que yo no hice. –Austra tomó las manos de Orofín entre las suyas. No se necesitaron más palabras–. En cuanto a mi hija, la Señora Maberel, tendrás que darle esto por mí, Labarín –continuó el Primero, sacando un rollo de pergamino de entre sus ropas–. En este papiro, sellado por mí, está escrito que la raza Alfen es una, y que la boda entre Sertgón Maullé, senescal de los Alfens, y Marthadel lir Danaöl, ha de ser celebrada.

Labarín tomó el rollo, y ambos Alfens se dieron la mano. Luego Orofín salió a la terraza y montó sobre el Megaterio, que acababa de materializarse, y ambos se alejaron de allí, siempre hacia el sur.

Esta vez no fue furia. No desató una cólera que prendiese por una ira inexistente. Esta vez fue tanto y tan poco como la soledad. Había perdido a su último hijo, al último de la triada de favoritos: primero fue su imagen, el minotauro; después la prueba de que era tan fuerte como la Luz, Moriao, el negro unicornio; por último, la encarnación del odio hacia los demás dioses, Cmeist el Condenador.

Ahora estaba solo de nuevo.

Sí, a su alrededor aún pululaban generales, Dne Korba, que le despreciaba por permitir que le arrebataran a su último hijo. Maras Dokk sabí que Cadmier dirigiendo a los Ré tenía más poder que la Shoru’Treak. También estaba Sánedri, pero era ambicioso y no podía confiar en él. Era un nuevo dios, y ya tenía una raza que le veneraba y otra más en el Ocryx, esperando. En cuanto a Tas-par, el hechicero que había renunciado a ser su Qüenyum… adoraba más a Sánedri que a él. También estaban sus once hijos, minotauros guerreros, y los guardianes de la Piedra Morfus.

Y eso era todo. Ni Serpent le respetaba como antaño.

Ahora recordaba sus derrotas: en Thrasgok, además de a su hijo, habían perecido muchos kérveros, y el mismo Luobo; en Sandor, donde habían perecido centenares de miles de guerreros; sus tres hijos eran tres derrotas… el dragón, Krehilaten, de estirpe ancestral.

También había habido victorias: en Granshall, la muerte de Zôrdon; la de Gôlfang; la invasión de Arodia y Gargüid, con ambos pueblos al borde de la extinción; la muerte de miles de Alfens en Cerian al Fionol, con Danaöl al frente.

Pero ahora llegaba el duelo final. La gran batalla que había esperado. Ambos bandos estaban diezmados, pero su ejército era mucho más numeroso, y sin duda vencería. Después podría hacer más hijos, más generales, y extender las Tinieblas más allá de la Península.

Y, sin embargo, en su Morada de Hielo, sentía que estaba solo y no podía apartar la idea de que de alguna forma se acercaba su fin.

Cuando le llegó la advertencia de que unos personajes extraños se acercaban, ordenó a sus minotauros guerreros que los dejasen pasar. Y no sabía por qué.

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El Zombi del Hortelano ya está entre nosotras

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La gente del Colectivo ClásicoZ ha resucitado por fin, tras cuatro largos meses de espera, para traernos el que por ahora es el último libro de su colección de clásicos de la literatura castellana en su -según ellos- verdadera versión, que no es otra que la que rebosa zombis en sus páginas.

En su página podéis encontrar el libro físico a un precio bastante económico, y podéis descargar la versión digital al precio que elijáis.

Como ellos dirían, «¡Buenas lecturas a todes!»

 

Capítulo XX. El significado del Cántico. Libro III. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

A lo largo de la noche y durante todo el día siguiente, continuaron arribando a la costa las naves ruinosas de la flota de Tarios Môces. Llegaron con retraso, más de dos días las últimas rezagadas, pero todos daban las gracias a los dioses que los habían protegido y permitido vivir, aunque la gran mayoría de los guerreros y los marinos ignoraban la identidad de esas magnánimas divinidades. De cualquier modo, las playas pedregosas de Aradina se colmaban de oraciones y salmos, tanto de los caballeros bonerii como de los jinetes Willand.

En la misma playa, un poco separada del resto de los hombres, se levantaba la tienda del Mariscal, y en su interior se hallaba reunido ya con los dos Ré que lo habían acompañado en el viaje por mar, con el Patriarca Hechecke Ati, jefe guerrero de los jinetes de Kirot Takarés, y con todos los magos.

–No ha habido que lamentar enormes pérdidas, afortunadamente –informaba en aquel momento el Mariscal–. La tormenta ha destruido muchas naves, ciertamente, mas las pérdidas humanas no han sido excesivas, y el número de caballos tampoco ha disminuido notablemente. Sólo dos galeras de vanguardia han desaparecido en el Mare con toda su tripulación. Sigue leyendo

Capítulo XIX. Hacia el final. Libro III. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Ibor del clan de Baruk observó impasible el avance del nuevo ejército. El rey de los enanos supo que, a menos que ocurriese un milagro, el final llegaría antes de que la gran batalla comenzase. No era difícil predecirlo. Sobre aquel terreno, eran los caballos quienes dominaban. Si al menos les hubiera dado tiempo a llegar a los sistemas montañosos que sujetaban las mesetas de Aradina. Mas la suerte les fue adversa, y ahora los enanos de las Tres Montañas se sucedían en el llano, mientras, primero los Verrocks, los caballeros rojos de Astaro, y ahora las Amazonas de Dne Korba, se precipitaban sobre ellos en una feroz carnicería.

Bien es verdad que los enanos no se habían resignado, y dos centenares de caballos desjarretados cubrían el suelo de Aradina. Muchos más caballeros los acompañaban. Pero la llegada de las Amazonas había supuesto un serio revés para los agotados guerreros. La magia de Artok y los otros dos magos podían contrarrestar apenas los hechizos de los esbirros de la diosa de la guerra. Los espetones de las amazonas cubrieron el cielo por segunda vez, y más de treinta enanos cayeron. Ibor pudo constatar que otras trescientas mujeres aún no habían entrado en combate. Así pues, sus efectivos alcanzarían los setecientos guerreros que, unidos a los Verrocks, hacían un total de mil quinientos, todos ellos a caballo. Teniendo en cuenta que los enanos no superaban los cuatro mil, y que no disponían de cabalgaduras, ni de armas arrojadizas aparte de las piedras, saltaba a la vista que no podían vencer. En una semana de escaramuzas quedarían agotados, mientras, con mucha suerte, conseguirían reducir el número de sus atacantes a un tercio.

Esa fue la razón por la que Su Magestad Ibor observó con desalentada furia la figura que se acercaba volando por el oeste; con su suerte, probablemente sería un dragón. Mas a medida que se acercaba y su silueta se hacía más clara, el optimismo primero, y luego la euforia, hicieron presa del rey de los enanos.

Elevó el hacha por encima de su cabeza, indicando la aparición de la figura a sus guerreros, y éstos vitorearon al águila marrón que se acercaba a su posición y descendía junto a su monarca. El águila aterrizó con un fuerte aleteo y Phëriclô Ré descendió de un salto para colocar toda su estatura al lado de la de Ibor.

–Bienvenido seáis, soldado de Karos –recibió el rey de las Tres Montañas–. Vuestra llegada es como el fuego para la fragua.

–Los amigos se unen en los extremos –sentenció el Ré–. Los caballeros bonerii vendremos en vuestra ayuda contra las hordas del Caos –prometió.

–Entonces el Caos sufrirá una gran derrota –auguró el rey, y todos los enanos corearon la victoria.

–Así será. Contenedlos hasta nuestra llegada lo mejor que podáis –pidió.

–Seremos un muro de diamante –aseguró Ibor.

El Ré se alejó en la dirección por la que había llegado. Los Verrocks aprovecharon aquel momento para iniciar el ataque, y las amazonas se unieron a ellos, pensando quizá que una acción masiva, aun cuando se perdieran efectivos, resultaría más provechosa que prolongar el ataque y verse enfrentados a dos ejércitos.

Y hubieran podido realizar sus propósitos si los enanos no hubieran sido enanos. Mas los pequeños guerreros se habían enfervorizado con la llegada del Ré, y bajo la guía de Ibor iniciaron una defensa baja, escudo junto a escudo, contra la que se estrellaron las primeras andanadas de saetas; algunos cayeron, y la primera carga de caballería rompió por allí las líneas enaniles. Esa fue la impresión. Dos minutos más tarde, los caballos abiertos de entrañas se esparcían por el suelo, y las cabezas de los Verrocks rodaron y fueron pisoteadas.

La segunda carga no fue tal. Las Amazonas rodearon por los cuatro costados a los fuertes enanos y lanzaron sus flechas al estilo de los Willand, causando bajas y atravesando multitud de escudos. Pero entonces el sonido de las trompetas rompió el fragor de la batalla, y una línea dorada atravesó la llanura, lanzas en ristre, para desencadenar toda su furia sobre los caballeros rojos y las amazonas.

Tal era el coraje de los caballeros, y su destreza, que la espada de Phëriclô Ré no fue desenvainada.

La noche fue cayendo lentamente, como si el día no desease marcharse para poder ver el desenlace ya decantado. Aun así, las Constelaciones llegaron, y todavía el combate no acabó, pues los malvados Verrocks también eran valientes y poseían gran coraje, y las Amazonas, las hijas de Dne Korba, amaban tanto al guerra que no la abandonarían aunque fuesen perdiéndola.

Cuando volvió el día, contempló el producto del combate con reticencia; el sol se escondía tras las nubes como si le repugnase la sangre, aunque mucha había visto desde su origen. Los ejércitos del Caos habían sido prácticamente aniquilados, y muerto el Conde de los Verrocks y la reina de las Amazonas, mientras los bonerii lamentaban también pérdidas y los enanos guardaban para sí la ira por la pérdida de la décima parte de su ejército.

–Quizá desees que entierre a los muertos –sugirió Artok a su tío, el rey de los enanos.

–Hazlo –ordenó el rey–. ¿Cuándo llegarán los demás? –preguntó al joven mago. Éste había partido con la retaguardia del ejércitio de las Tres Montañas, tras su llegada de Morfus, y luego se había adelantado para incorporarse al ejército principal.

–Aproximadamente tres días –calculó. Es un ejército más reducido que éste.

El rey lo miró con amargura.

–Al menos antes lo era –contestó.

El mago ignoró el comentario derrotista y se fue a cumplir con su tarea. Lo haría por el método rápido, provocando un pequeño movimiento de tierra en alguna parte más frágil. También era el más pesado.

Ibor rey observó los restos de los ejércitos aliados, que se agrupaban en dos bloques y que se encaminaban a la meseta seguidos por Phëriclô. En un momento dado, el águila volteó y se dirigió hacia el rey. Las ejércitos no se detuvieron.

–Majestad, vuestro pueblo os espera. No me gustaría que pensaran que pretendo hacerme con el mando –observó el rey.

–Tenéis razón. Ahora os están agradecidos por haberlos salvado, pero su orgullo no tardaría en rebelarse si pretendierais dar demasiadas órdenes sin contar conmigo. Sin embargo, aún falta la retaguardia por llegar, y me preocupan.

–Pensáis que pueden caer en una emboscada –no fue una interrogación.

–Así es.

–No os inquietéis por ello; tanto los caballeros rojos como las Amazonas tardarán muchos días en reorganizar algo parecido a un ejército. De cualquier forma, yo me llegaré hasta vuestros guerreros y los guiaré hasta nuestro campamento de la meseta. Creo que he encontrado un lugar idóneo para la gran batalla, una vez nos encontremos presentes todos los ejércitos –sacó algunos pergaminos y eligió uno. Se lo tendió a Ibor–. Es una cartografía del camino hacia el campamento. Conservadla y no la perdáis, es única.

–La defenderé con mi vida.

–Espero que no sea necesario. Ahora poneos en camino. Dentro de dos días volveré para informaros.

–¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar?

–Un día y una noche. Allí encontraréis una dotación de caballeros. En realidad os esperábamos, y por esa razón pudimos socorreros a tiempo. Supimos que el ejército de las Tres Montañas había tomado esta ruta y decidimos vigilarla, sólo por si acaso.

–Karos y Sírom os han otorgado previsión, y a nosotros suerte –sentenció el rey, y casi sonrió.

El Ré se despidió ya en el aire.

Aún no conocía el plan de batalla, pero inmediatamente supo que aquel campo no estaba diseñado para ellos. Ibor rey suspiró preocupado al contemplar la llanura. Allí los caballeros y los jinetes Willand cabalgarían llevando la muerte tras de sí, pero el pueblo de las Tres Montañas no podía participar en una contienda de ese estilo sin ser exterminado.

Ibor regresó a su tienda entre las colinas que se extendían hacia el sur, y desde donde podía ver los largos kilómetros de páramo pardo, hogar de cardo y alacranes, hogar de la soledad y el sonido de los juegos del viento. Uniforme y terrible llanura meseteña.

Poco tiempo había transcurrido, cuando Artok se presentó ante él.

–¿Habéis visto el campo de batalla seleccionado por el Ré? –indagó, después de las presentaciones.

El rey asintió.

–No nos conviene –afirmó el monarca.

–De ninguna manera nos conviene –ratificó el mago–. Luchar a campo abierto contra los Trols sería un suicidio. Tal vez si los kérveros de Serpent o los lobos acuden a la llamada de Darko, tendremos una oportunidad. Si no lo hacen, mejor haríamos en retirarnos ahora mismo.

–¿Huir? –increpó el rey duramente.

–Majestad, ya visteis lo sucedido dos días atrás. Si los caballeros no hubiesen acudido en nuestra ayuda, ahora estaríamos muertos. Ni siquiera hubiésemos podido resistir demasiado tiempo la magia de los nigromantes.

–¿Escaparon?

–En cuanto vieron aparecer a Phëriclô Ré. Saben que su magia no puede nada contra él.

–Eso nos enfrenta dos veces con el mismo enemigo –sentenció el rey–. Está bien, Artok, puedes marcharte. Cuando regrese el Ré, le expondré mis dudas. Hasta entonces sólo debemos preocuparnos de descansar y de estar preparados para cuando llegue la hora de entrar en combate.

El mago abandonó la tienda, y el rey quedó solo. Desterró a duras penas el triste pensamiento de que quizá aquella fuese la última guerra de los enanos, y concibió un sueño plagado de pesadillas, en las que no había escapatorias ni donde esconderse.

Los cuernos rompieron el aire helado, recorriendo los páramos, y llegó a oídos del campamento. Tres exploradores regresaban del oeste; tres, de veinte que partieron.

Ibor abandonó su tienda seguido por su escolta, y se acercó a los tres caballeros, que a duras penas se sujetaban sobre las sillas de montar. Sus armaduras estaban maltrechas y cubiertas por una oscura pasta. Junto a ellos ya se encontraba Artok.

–Informad –ordenó un caballero de mediana edad.

Los tres hombres se precipitaron en palabras entrecortadas, hasta que uno de ellos, con más fuerza que el resto, cargó con el peso del informe.

–Señor, la columna oeste ha sido aniquilada cerca de la costa. Hace tres días fuimos atacados por unos extraños seres, tomándonos por sorpresa. Eran un gran número, más de dos mil, pero alcancé a ver a una gran copia de ellos desembarcando. Jamás había visto seres como esos.

Ibor rey intervino, tras comprobar que los caballeros allí reunidos se limitaban a mirar, incrédulos.

–¿Podría describirlos?

–Ya lo creo. Tenían un cuerpo peludo, pero no así el rostro, que era lampiño y sonrosado, casi hermoso. Sin embargo, sus dientes eran puntiagudos y sus ojos crueles. Aunque altos y corpulentos, muchos marchan encorvados y portan espadas de acero, y arcos de largo alcance.

Ibor jamás había oído hablar de seres como aquellos.

–¿Algo más? –insistió.

Los tres caballeros se miraron inquietos.

–Había algo más. Eran disciplinados, y los comandaba un nigromante; sólo Tas-par puede ser tan anciano –aventuró.

Aquella posibilidad heló la sangre del mago enano, como lo había hecho la descripción de los seres que de repente habían aparecido, pues no pertenecían a ninguna especie que Darín Mönkel le había enseñado como pobladores de Edeter.

Phëriclô Ré llegó con el ocaso, y escuchó las nuevas. Él sí tembló, pues sabía quién eran los saribs, y sabía a quién servía Tas-par. Era un Ré, y conocía el nombre del nuevo dios, aliado del Caos, que había superado incluso la prueba de Orofín Beradol.

El cielo acompañaba su campaña con sus deseos, y el viento soplaba tan fuerte del este que no era necesario utilizar los remos de las galeras para avanzar. La flota de Tarios Môces, una verdadera flota guerrera compuesta por doscientas noventa galeras que embarcaban a dieciocho mil hombres y diez mil caballos, navegaba con viento favorable hacia las costas de Aradina, país donde tendría lugar la última gran batalla de aquella Edad.

Tras ellos, otras cien embarcaciones de intendencia, que transportaban además doscientos caballos veloces para los mensajeros. Era en una de esas naves donde viajaba Grundo, pues él no era un guerrero, y con él Gwist, Alwarín y Pancao; también los acompañaba Desedón, que no deseaba separarse de ellos a pesar de ostentar el título de Sumo Sacerdote de Karos.

–He aprendido muchas cosas, también sobre vosotros, los Alfens, a quién siempre creí conocer tan bien –decía el joven mago a Pancao cuando Grundo entró en el camarote. El Iöron temblaba.

–Hace mucho frío, ¿verdad? –comentó Desedón.

Grundo se encogió sobre sí mismo.

–Las velas están completamente hinchadas, casi a reventar. Si hubiese estado fuera un minuto más, se me hubieran congelado hasta los dientes –bromeó, y sentó tapándose con una manta.

–Mañana al amanecer, si el día es claro, podremos contemplar la costa de los Hielos –informó Pancao–. Suerte tenemos de que nuestro Destino se encuentra en la otra orilla del Lambelt Máribarán. –Grundo le interrogó con la mirada–. Su traducción es Estrecho de las Corrientes Bruscas; es el punto de unión del Mare Arcano con el Mare Abismal, y separa los Hielos de Aradina. Hace tiempo, aquí se desencadenaban fuertes tempestades, y las corrientes arrastraban al fondo todo lo que nadaba o flotaba. Muchos animales marítimos morían a causa de la presión que el agua ejercía en el fondo del Mare; se dice que este estrecho se une con la esencia misma de Madrivo, en el centro de Edeter.

Ninguno lo creyó demasiado, pero tampoco lo tomaron a chanza, y durante un tiempo no supieron qué decir.

–¿Dónde vive Maras Dokk? –preguntó entonces Grundo.

Desedón recordaba que desde que abandonaron la caravana cerca de Boracoria el Iöron se comportaba siempre así, cambiando el tema radicalmente, y siempre interesándose por Darko o algo relacionado con él. Incluso había llegado a decir, antes de llegar al Alcázar, que partiría en cuando Gwist se recuperara, sin esperar a nadie. Por suerte, no lo hizo hasta que la flota estuvo dispuesta.

También le sorprendió que Pancao con frecuencia le respondiera.

–El hogar del Maras Dokk se encuentra más allá de los Ïlk, los Campos de Hielo, y es una fortaleza inexpugnable.

Grundo pareció meditar, pero no hizo más comentarios, y la mirada que Pancao le dirigía se relajó.

Desedón se sintió aparte, como si aquellos dos que eran sus amigos guardasen un secreto íntimo. Intuía que era importante, pero no se atrevía a exigir, como Sumo sacerdote de Karos, lo que tampoco se atrevía a exigir como amigo. Prefería confiar, por el momento.

Confiaría, a pesar de haber sido testigo del anterior intento del Soñador de Sentimientos por cumplir su Destino. Ahora más que nunca se sentía desorientado en lo referente a Grundo y a Gwist.

–Creo que el sueño me está venciendo –bostezó el mensajero–. ¿Cuándo desembarcamos?

–Phërôn predijo que mañana al mediodía la vanguardia arribaría a la costa, de modo que nosotros lo haremos a media tarde.

–Entonces me voy a dormir a la litera, para aprovechar bien mis horas de sueño. Tal vez el viento amaine y tengamos que utilizar los remos –sugirió Grundo, y Desedón comenzó a reír a carcajadas, mientras Pancao sonreía.

–¡No creo que ninguno pudiésemos con el remo!

Mas Grundo ya lo esperaba.

–Esta nave tiene escasez de hombres, de modo que tu, Sumo sacerdote, sí remarías, y entonces yo te marcaría el ritmo –repuso riendo, y Pancao se unió a él. También reía Desedón cuando el otro abandonó la pieza. Pero después, ya sin el Iöron delante, miró fijamente a su amigo Alfen. El sacerdote dejó ver por un breve instante su preocupación, pero fue suficiente.

–Sé que os traéis algo entre manos, tú y el Soñador, y no voy a exigir que me lo cuentes…, pero me gustaría saberlo. Tal vea importante.

Pancao se reclinó en la silla, y después se sentó con la espalda muy recta. Durante un buen rato permaneció con los ojos cerrados, y Desedón sabía que estaba luchando contra sí mismo. Al fin habló.

–El Soñador de Sentimientos conoció al fin su verdadero destino; estaba plagado de dudas, y vino a mí en busca de consejo.

Desedón lo miró con incredulidad dolorida.

–¿Te pidió consejo a ti?

Pancao levantó la mano, acallándole.

–No a mí, Pancao, sino a Pansalabadarao, sacerdote de Naraendil, la Justicia –aclaró–. Nada más puedo decirte, como ya imaginarás.

El mago asintió. Luego abandonó el camarote y salió a cubierta. El viento era fuerte, realmente, y sumamente frío, pero no se sintió molesto. Luchar contra el clima le proporcionaba el suficiente entretenimiento para olvidar sus confusos pensamientos. Se acercó a la barandilla de estribor e intentó vislumbrar los Hielos, pero aún era pronto. Frente a él sólo se extendía el Mare Abismal; abismo tanto horizontal como vertical.

No había visto a Gwist, y por ello le sobresaltó escuchar su voz desde la izquierda.

–Todo llegará a su fin, aunque para ti puede ser un comienzo –dijo el Iöron. Desedón no entendió al principio el sentido de sus palabras, sorprendido como estaba porque el Custodio se había dirigido directamente a él.

De todas formas, no supo qué respuesta dar.

–¿Cuál es el papel de Grundo?, ¿qué podéis hacer realmente para que no corra la sangre? –inquirió.

No esperaba ninguna respuesta; cuando llegó, no la comprendió.

–La importancia del Soñador de Sentimientos va más allá de esta guerra; más allá del Bien y del Mal.

Desedón abrió y cerró la boca, asombrado por la respuesta.

–¿Puedes explicarte? –pidió, pero Gwist miraba al frente y no contestó.

El mago se preparó para insistir, pero entonces sucedió algo extraño. La nave aminoró ostensiblemente su velocidad, hasta que poco después quedó inmóvil. Los hombres comenzaron a salir a cubierta, intrigados por el hecho, y pronto descubrieron que el viento había amainado por completo. Pero tan súbitamente como se había detenido, volvió a soplar, solo que ahora lo hacía desde el oeste, y las velas chocaron contra los palos, y después, a medida que la intensidad aumentaba, se enredaron en las cuerdas y se dieron la vuelta, de modo que el barco empezó a dar bandazos.

–¡Bajad las velas! –rugió el capitán de la nave, un mercader de Thok Cirás.

En ese momento observaron en el cielo la figura de un águila que descendía hasta ellos, y comprobaron que se trataba de Phërôn Ré.

–¡Deprisa, Desedón, los nigromantes nos preparan una galerna arcana! –le gritó al Sumo Sacerdote, y éste, tras unos momentos de vacilación, se alejó junto al Ré.

Entonces las nubes cubrieron el sol, y el viento incrementó mil veces su potencia, y las olas saltaron por encima de la cubierta arrancando hombres y cuanto a su paso encontraban, y estalló el Máribarán, las Corrientes Bruscas, y Pancao supo que los nigromantes habían despertado a los antiguos Poderes de los mares.

Despertó en el suelo, con un sordo dolor en la espalda, e intentó en vano ponerse en pie, pues el suelo y el camarote comenzaron a dar vueltas, haciéndolo caer de nuevo. Fijó la mirada en su catre, intentando desterrar el mareo, y tras algunos segundos trató de recuperar de nuevo la verticalidad. Lo consiguió, pero no logró evitar andar a trompicones al encaminarse a la puerta del camarote. Lo que le había parecido un efecto del mareo tomó ahora realidad, y Grundo se dio cuenta de que realmente el barco se bamboleaba peligrosamente.

Llegaba a la cubierta cuando tropezó con Gwist y Alwarín.

–¿Qué está sucediendo? –interrogó, haciendo un gesto con los brazos que abarcaba el viento y el océano.

La respuesta llegó tras alguna dilación.

–Los nigromantes se han emboscado, y Desedón ha acudido junto a los magos de Karos y Karas para tratar de contrarrestar su magia –explicó Gwist escuetamente.

En aquel momento, una ola chocó contra la barandilla de babor, y los mandó a todos rodando hacia el otro lado. Uno de los marineros cayó al agua con un grito, pero la fuerza de la tempestad apagó sus súplicas. Se aferraron a lo que pudieron para soportar el empuje de la siguiente ola, y Grundo se encontró agarrado con toda su fuerza a una madera de cubierta parcialmente arrancada por la caída del mástil. Durante varios segundos de relativa tranquilidad pudo observar que la nave estaba totalmente arrasada, y que el viento la arrastraba caóticamente después de que incluso el capitán fuese arrebatado del timón por una gigantesca montaña de agua.

La nave se inclinó peligrosamente hacia estribor, y algunos hombres cayeron al océano. Debido a la sorpresa, las manos de Grundo flaquearon, y de pronto se encontró volando sobre la barandilla en una ráfaga de viento, y sintió cómo el agua empapaba el cabello de todo su cuerpo al caer en el Mare. Entonces una mano lo sujetó fuertemente por la camisola, y después de varios segundos comprendió que no había caído, sino que se encontraba suspendido a tres metros de la superficie. Cuando la siguiente ola se preparó para estrellarlo contra el casco, comprendió lo que había ocurrido, y se dispuso a esperar el impacto mortal. No llegó, pues la misma mano que lo sujetaba tiró de él hacia arriba, y se encontró mirando firmemente a Pancao. El sacerdote blanco había perdido la palidez del rostro, totalmente colorado por el esfuerzo.

Grundo intentó agradecerle lo que acababa de hacer, pero no halló palabras; le había salvado la vida, y no existían palabras para describir el sentimiento que le embargaba; clavó sus ojos en las pupilas doradas, esperando que éste pudiese leer el ellas.

No dio tiempo para más, pues la siguiente ola volvió a lanzarlos hacia babor y ambos se separaron. Esta vez Grundo logró afianzarse en la baranda, junto a Gwist y un furioso Alwarín, que bufaba y resoplaba a la tempestad. El Soñador pudo comprobar el destrozo que la galerna estaba causando en el resto de naves, y el Mare repleto de bultos flotantes y cuerpos que se agarraban a ellos, esperando que las olas no los tragasen, rezando a sus dioses por toda protección.

Entonces escuchó el sonido. Fue como si todos los vientos se uniesen en su fragor para emitir una única nota, grave y terrible. El sonido penetró en su conciencia y sintió la leve inquietud de la familiaridad. Miró al Mare, y no vio docenas de naves que flotaban a duras penas sobre una superficie airada y bajo la furia de los cielos, sino una única embarcación, en el extremo sur de La Península, acosada por un peligro que había venido desde el otro lado de la muerte. Observó con incredulidad las nubes de tormenta, creyendo distinguir un resplandor azul que atrajo su mirada inevitablemente. Y luego estaba junto a él.

Aülhoba, el Eölaie de los Vientos de Mar, sonreía bajo un etéreo cuerpo variable y cambiante, y clavaba sus ojos divertidos en los de Grundo.

–Saludos, Soñador de Sentimientos –bramó su voz poderosa–. Volvemos a encontrarnos, aunque ninguno somos el mismo de entonces.

Por un instante, el Iöron acompañó la sonrisa del ser, feliz del reencuentro, pero seguidamente observó el cataclismo que lo envolvía todo, y su mirada se ensombreció.

–¿Eres tú el causante de esto? –inquirió, con demasiada sequedad.

El Eölaie no perdió la sonrisa, aunque el Iöron se dio cuenta de que no había dicha en ella, sino una crueldad que no pudo continuar observando, y tuvo que retirar la mirada.

–Yo odio las Tinieblas –señaló Aülhoba, enfatizando cada una de sus palabras.

–¿Qué está ocurriendo, entonces? –demandó Pancao. Era el único que parecía darse cuenta de que, desde la llegada del Héroe, su barco había recuperado la calma.

El Eölaie observó sólo un instante al sacerdote antes de responder.

–Hace mucho tiempo yo descuidé mi tarea, descuidé los vientos y el mar. Fue un error que Maras Dokk aprovechó bien, y extendió su dominio sobre lo que me pertenecía por derecho, creando fuerzas que debían emular mi poder. Cuando me di cuenta de mi fallo, luché contra ellos, y los derroté, pero no conseguí eliminarlos para siempre. Ahora los nigromantes han despertado esas fuerzas –añadió con una sonrisa sardónica.

–¿Y no puedes hacer nada?

La risa del Eölaie se extendió por la cubierta. Era puro regocijo.

–Voy a destruirlos de una vez para siempre –sentenció–. Pero antes os acercaré al lugar donde se cumplirá vuestro Destino.

A ninguno le habían pasado desapercibidas las palabras del Eölaie. Hacia vuestro Destino, había dicho; en el barco sólo se encontraban Alwarín, Grundo, Gwist… y Pancao.

La nave, con sus cuatro ocupantes, tomó dirección norte. Hacia los Hielos.

Índice La sombra de la luz