Capítulo XVI. Los otros Destinos. Libro II. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Después de más de dos meses de reparticiones, reconstrucciones, contrataciones y decretos, el Marqués de Serheim podía al fin abandonar su marca junto a Thrasgok. Tras un milenio, Dorfen Hond se anexionaba de nuevo a la Corona de Sandor, y él recuperaba las tierras y títulos de sus antepasados. El de Marqués de Arheim lo dejaba para su hijo, que también le sucedería en éste cuando él muriera. Pero antes de ser llamado por Bedrom deseaba ser nominado por el nombre que tantos siglos atrás alcanzase prez y gloria en todas las batallas en que participó, y cuya sangre había sido siempre la primera en caer cuando los kérveros pretendían atacar la Corona.

Tres días después de abandonar su castillo, del cual sólo se habían construído los cimientos y una planta con una sola habitación techada, había divisado la meseta de Qésel y llegado a Crítaler. Apenas se detuvo un día, el tiempo suficiente para unirse a la comitiva de Dranlill, actual señor del castillo. Juntos, si los dioses lo permitían, llegarían a Ardellén para estampar sus firmas junto a la del rey Brim Tarlá. Entonces la Corona volvería a ser una, firme y poderosa.

Tal vez el tiempo pasado desde la batalla, en un terreno agreste y mísero, fuese el detonante que desencadenó su expresión de júbilo al volver a vislumbrar Ardellén, todo fortaleza y colorido, baluarte del Orden en épocas pasadas y, estaba seguro, también en el futuro. Sigue leyendo

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Por un hilo. Exposición de poesía

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El Día Mundial de la Poesía destacamos la exposición de poesía «Por un hilo», que tiene lugar en el Centro Cívico Delicias de Valladolid.

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Capítulo XV. Reencuentros. Libro II. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Durante dos días se alojaron en el Alcázar, edificio imponente erigido en y de las montañas. Vastas salas excavadas en la roca por enanos de otras edades, humanizadas y decoradas según la racionalidad del hombre. Palabras que para Grundo equivalían a decir desprovistas de toda su naturaleza, de la belleza misteriosa que envuelve lo salvaje. El Orondo evitó en la medida de los posible esta clase de instalaciones, y su tiempo transcurrió entre paseos por el gran patio de armas, en compañía de Gwist, donde los jóvenes caballeros se entrenaban en las artes de la guerra. Grundo no se sintió impotente e indefenso; nada tenía que ver su estado con la calidad del ejército que contemplaba. Por primera vez, Grundo sonrió sinceramente desde que conocía su Destino. En su mano estaba salvar a todos aquellos Hombres, a los Willand de Kirot Takarés, a los marinos de Thok Arent y de Thok Cirás que abandonaban a sus familias para ir a morir, a los caballeros que se entrenaban y anteponían el honor a su vida. Incluso a los enanos, que abandonaban sus moradas por primera vez desde tiempos sin cuenta.

Mas surgía la duda, la incertidumbre que siempre le acompañaba en los momentos cruciales. No era la pregunta de si podía vencer al Maras Dokk. ¿Acaso no se lo debía a Gôlfang, a su familia, a su pueblo, a los amigos Alfens que habían fallecido a sus manos? No, sabía que odio contra odio era imposible perder. La duda era de otro tipo, más metafísica, si cabía, pero para él muy real. ¿Estaba seguro de que tenía el derecho de matar al Maras Dokk?, ¿no pertenecía él al Equilibrio?, ¿no era el Equilibrio lo más sagrado? Si no había podido acabar con la Piedra Darko, ¿por qué iba a poder hacerlo con su creador?

La vorágine de sus preguntas devoró la pasividad y relajación que había intentado imponerse, dando lugar a una actividad nerviosa que sin darse cuenta había imprimido una mayor velocidad a su paseo.

–¿Os ocurre algo? –la voz llegó desde la izquierda. Cuando se volvió en esa dirección, encontró al Mariscal Tarios Môces, observándole con cierta preocupación suavizada por una distancia irónica.

–Demasiadas emociones, me temo; el viaje ha sido largo. Gracias por vuestro interés –no tenía necesidad de mentir. Por otra parte, le hubiera costado hacerlo. El Mariscal era el tipo de caballero bonerii, serio y responsable; la expresión de su mirada, no obstante, le asemejaba de modo extraordinario con Cadmier. Sigue leyendo

Capítulo XIV. Hacia Boracoria. Libro II. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Era la grava, que se clavaba en todo su cuerpo, lo que no le dejaba dormir. El problema del frío lo había resuelto fácilmente arrimándose a Alwarín, pero tres mantas no impedían que las piedrecillas punzantes del erial se introdujesen aun en su jubón cada vez que se movía. Intentó averiguar si alguno de sus compañeros se encontraba desvelado como él, mas la ausencia de una hoguera –había sido imposible reunir materia prima que prender– dificultaba la tarea. Llegado a ese punto, decidió probar con la voz. No llamó a Gwist, a pesar de que era quién más cerca se encontraba. La justificación era demasiado intrincada para detenerse a pensar sobre ella. Decidió probar suerte con el mago, aunque suponía que dos días seguidos volando sobre el águila le habrían agotado.

–Desedón – susurró. No hubo contestación, por lo que se sintió tremendamente desprotegido, allí en la oscuridad. Transcurrieron varios segundos hasta que se decidió a probar suerte de nuevo–. ¡Desedón! –llamó con un tono un poco más alto que antes. Tampoco esta vez respondió el mago, y Grundo desistió. Así pues, se recostó de nuevo contra el lomo de Alwarín –lo que le causó un agudo dolor en la espalda al clavársele en ella una pequeña piedra– e intentó permanecer despierto. No lo consiguió.

Como de costumbre, voces amigas le despertaron. Abrió los ojos para descubrir un espléndido día de invierno, un día sin nubes y brillante el sol. Bien es verdad que en cuanto se separó del abrigo de Alwarín sintió el frío en toda su crudeza. La falta de sueño y las bajas temperaturas le hicieron tiritar como una marioneta y, cuando sus dientes empezaron a castañetear, no Desedón ni el caballero pudieron reprimir una sonrisa.

–Parece que vuelves a la vida –saludó Phërôn.

–Sí, aunque no puedo presumir de que me trate bien –contestó frotándose los brazos vigorosamente.

Los otros sonrieron, tan a expensas del clima como el Orondo.

Tres horas más tarde, con el sol en su cénit invernal, casi estaba convencido que lo único existente había sido, era y siempre sería el erial de Willand. Incluso Alwarín parecía especialmente agotado.

La silueta de una choza le hizo suspirar de alivio, y luego realmente le embargó la alegría al internarse en un poblado de pulcras y ordenadas edificaciones, cuyos habitantes habían salido a recibirlos. Saludó a los niños, apelotonados alrededor del caballo, observándolos con más extrañeza que miedo. La constante compañía de hombres hacía que Grundo olvidase con frecuencia que allí en el erial Gwist y él eran seres nunca antes vistos, de leyenda, igual que los Alfens para los sandoreanos. Sí, bien, había que admitir que nadie derramaba lágrimas de gozo al verlo a él, pero la idea estaba ahí. Alwarín se detuvo en medio de una plaza delimitada por los edificios más altos, de hasta tres plantas, y se acercó al abrevadero. Se encontraba vacío, y el caballo lanzó un bufido de indignación. Algunos de los niños más pequeños se asustaron y corrieron a refugiarse entre las piernas de sus madres, pero el resto rió; solo los adultos permanecieron serios. Realmente se había reunido una gran muchedumbre, a pesar de lo cual nadie tomaba la palabra. También Grundo permaneció en silencio, pues no sabía a quién dirigirse, y hablar a las masas no estaba entre sus aptitudes. Permanecieron en aquella situación cerca de diez minutos, sin que nadie tomara la iniciativa. Algún observador ajeno podría haber concluido que los dos Orondos y su caballo se encontraban acorralados en un rincón de la plaza, sedientos, y sin posibilidad de beber o escapar.

En cierto modo, Grundo se sentía así. Esperaba que ese observador ajeno lo viera desde su águila y se decidiera a actuar más pronto que tarde. De momento, no había percibido claramente ninguna amenaza, pero todo tenía su límite. Solo entonces se dio cuenta de que había algo extraño en aquella gente. Los miró detenidamente, observándolos sin ningún disimulo. Miró a los niños y a las madres, a los ancianos. Ya había comprendido. Hubiera sentido lástima si las miradas de aquellas gentes no portasen tal dignidad.

La llegada del águila cesó el discurrir de sus pensamientos. Observó el suave aterrizaje tan absorto como el resto del poblado. Tan pronto como el caballero descendió, un hombre anciano y desdentado se acercó a él cojeando grotescamente. A pesar de que el bonerii le sacaba más de una cabeza, el hombre se plantó firmemente ante él y comenzó a perorar. Phërôn contestó en el idioma del hombre y fue tan firme y tajante como aquel.

Mientras tanto, Desedón había desmontado y se había acercado hacia donde Grundo y Gwist se encontraban. Su expresión mostraba desconcierto, y sus cejas se fruncían sobre sus ojos negros con expresión ceñuda.

–No entiendo cómo lo han conseguido –murmuró mientras el caballero y el anciano continuaban intercambiando opiniones, conversación seguida atentamente por todos los habitantes del poblado.

–¿Cómo han conseguido qué? –interrogó Grundo en todo quedo.

–¡Nos encontramos en Kirot Takarés! –exclamó, como si aquello lo dijera todo. Pero Grundo no podía asociar ese nombre con nada–. Es una ciudad aparte, en Willand. Tiene sus propios gobernantes, y estos no han ido a la guerra desde que se fundó la ciudad, a pesar de ser los mejores guerreros de Willand. Quizá por eso. El caso es que no logro entender cómo han conseguido reclutar a esos guerreros para llevarlos a luchar a Aradina, tan lejos de aquí.

Grundo no intentó dar una respuesta no esperada. Sintió pena por aquellos hombres que morirían lejos de su tierra.

Los dos hombres finalizaron su conversación y el caballero se dirigió hacia sus compañeros.

–Nos darán de comer –anunció–. Algunos están resentidos por la partida de los hombres, pero los más están orgullosos de luchar por un ideal que consideran justo. De cualquier modo, será mejor que partamos después de comer.

–¿Puedo saber que ideal es ese? –interrumpió Desedón–. Durante siglos los bonerii han intentado, me refiero a los políticos, por supuesto, movilizar a Kirot Takarés para que se unas a las campañas contra los trols o los kérveros, argumentando con la lucha por la vida y por la libertad, con total fracaso. ¿Qué nuevo ideal puede haberlos movilizado?

–Ningún otro motivo… la vida y la libertad, pero desde otro punto de vista –el caballero sonrió–. ¿Qué es la libertad para un soldado, para un político? Honrado, se entiende. La libertad es el no sometimiento a un agente exterior, tan solo a las normas impuestas o aceptadas sin coacción por ellos mismos, y que aseguran su modo de vida. La libertad consiste en la voluntad de cumplir esas normas por encima de todo. Ahí radica su albedrío: elegir conducirse por sus normas, lo cual a veces es muy difícil –esperó a que los otros asimilaran sus palabras–. Así es como se ha intentado hacer conscientes a los guerreros de su deber, apelando a la opresión que supondría ser conquistados y esclavizados, sin poder hacer otra cosa que lo que otras voluntades decidan por ellos… y de ese modo han olvidado que los guerreros de Kirot Takarés son también campesinos, y éstos ya son esclavos de su tierra. Sí, también ellos tienen leyes que cumplir aparte, votadas por ellos o por sus antepasados. Pero esas leyes nada tienen que ver con su tierra. Ellos viven cuidando, protegiendo, alimentando y siendo alimentados por la tierra. ¿Que es otra voluntad la que los obliga a cultivar? No les importa demasiado mientras sus familias continúen viviendo y sintiendo la tierra. Muy bien sabía esto Heimdallat Ré, cuando les habló de los Ude Adoll del sur, sus campos comunales, destruidos por los kérveros antes de la cosecha.

–No comprendo por qué se han ido a luchar tan lejos, pues. Si los que les importa es su tierra, no lucharán si o ven cerca al enemigo –argumentó Grundo.

–Muy cierto, y ese es el origen de los resentidos. Los hay de dos clases: los que opinan que de los kérveros ya se han ocupado los Alfens, y que el peligro no está cerca, por lo que no había lugar a la marcha de los guerreros; por otro lado están los que no son campesinos, una minoría, casi todos pequeños mercaderes. Si no hay mercancía, pues se perderá una parte de la cosecha, aunque no tanta como para pasar hambre, no hay con qué comerciar, y muchos se arruinarán.

–Es una pequeña pérdida comparada con lo que sufrirán los guerreros –sentenció Desedón.

Después de eso, aceptaron la hospitalidad de la ciudad y partieron nuevamente.

Thok Cirás ya parecía una ciudad humana. Por lo menos se parecía a lo que Grundo concebía como una ciudad humana. Bien es verdad que el asentamiento mercenario en el sur de Sandor había predeterminado en gran parte, junto a la zona de Dianeria destinada a los mercaderes, su idela de lo que debía ser una ciudad construida sobre el suelo. Aotolin’n no aportaba prácticamente nada a sus fantasías. Y sus fantasías se parecían bastante a la realidad. Lejos de grandes templos o altos edificios de mármol, las calles de Thok Cirás estaban constituidas por vastos bloques de casas bajas, fabricadas a partir de adobe y madera, o bien a base de un ladrillo rojo y terroso que se deshacía con relativa facilidad al arañarlo con algo suficientemente duro. Las vías no eran demasiado anchas, algunas ni siquiera permitían el paso de dos carretas, y los días lluviosos, que debían de ser mayoría debido a la proximidad del mar y al clima templado, se formaban grandes charcos de barro. Exactamente como el que, con una mueca de indignación, Grundo acababa de pisar.

Para hacer honor a la verdad, el Orondo tuvo que reconocer que aquel paisaje deprimente y agreste solo proliferaba en las afueras, pues en el núcleo central, si bien carente de fastuosas edificaciones, los suelos se habían embaldosado –más bien empedrado– y la mayoría de las casas estaban bien calafateadas y caladas. Incluso en la plaza del mercado, cercana a los muelles, se mantenía un orden extraño. En realidad el Orondo no estaba dispuesto a cambiar su primera impresión después de tres días de ininterrumpida cabalgata, y atribuyó aquel orden a la supuesta ausencia de gente, después de que los guerreros embarcasen hacia Thok Arent, para esperar allí las órdenes de partida hacia Aradina. Lo cierto era que las mujeres aún no habían notado la falta de los hombres, y se apiñaban en los puestos tratando de adquirir las mercancías al mejor precio, como siempre habían hecho.

Mas si el mercado se encontraba frecuentado normalmente, el puerto era palo de otro árbol. Tras la partida de las naves, no solo las de guerra sino también muchos mercantes, el paisaje recordaba un campo sin flores, pues la mayoría de las pequeñas barcas eran botes de cercanías, muchas sin siquiera un mástil para la vela. Transportada su carga, los pescadores se habían apresurado a venderla muy temprano, y ahora descansarían en sus casas, los que tuvieran esa suerte, o bien se apiñarían en posadas de tercera. Sin ellos, el puerto aparecía solitario y silencioso, como dormido, esperando la agitación nocturna.

Allí desmontaron los Iöron.

Aún esperaron un tiempo hasta que llegaron los dos hombres, pero no intercambiaron ni una palabra entre ellos, ni una sola mirada. Ambos se encontraban cansados, y sus conversaciones exigían una concentración que los agotaba, a la par que los unía. Pero la primavera llegaba, y se dejaba notar aun en el azul del mar que atraía sus miradas.

Un fuerte traqueteo llegó a sus oídos tras algunos minutos de abstracción, e incluso Alwarín se giró para averiguar su procedencia. Al cabo, descubrieron una carreta tirada por un solo mulo, abriéndose paso por una callejuela apenas más ancha que el vehículo. Sus ruedas de madera circundadas por un aro metálico era lo que producía el ruido al chocar contra el empedrado del puerto. La carreta avanzó lentamente hasta donde ellos se encontraban y entonces se detuvo. Alwarín relinchó con satisfacción.

–Saludos –comenzó Grundo, dirigiéndose al conductor de la carreta, un hombre totalmente cubierto por una raída túnica de color incierto, que se aferraba a las riendas con ambas manos. El hombre miró a Grundo desde detrás de la capucha y sonrió.

El Orondo aún tardó unos segundo en reconocerlo.

–¿Por qué te has vestido así?

–Apresuraos –instó Desedón–. La caravana ha partido hace una hora –fue toda la información que reveló, y dio un salto para atar a Alwarín a la parte trasera de la carreta. Al adivinar sus intenciones, el caballo bufó y enseñó los dientes. Aquello bastó para disuadir al mago–. Supongo que nos seguirá –concedió–. Ya hemos perdido mucho tiempo. –De un salto volvió al pescante y guió al mulo por el mismo camino por el que había llegado.

–Supongo que nos explicarás esto –insinuó Grundo. Gwist permanecía en silencio.

Desedón sonrió.

–Con la partida de los hombres, guerreros o no, muchas mujeres y ancianos han perdido buena parte de sus ingresos. Por ellos han organizado una caravana a Tocatora, para pedir a Karos que vuelvan los hombres sanos y salvos. Por supuesto, esa es la razón esgrimida ante las autoridades, que de otra forma no permitirían la entrada de esa gente en la ciudad santa. Lo cierto es que muchas de esas personas espera ayudas más reales, especialmente económicas. Como comprenderás, un sacerdote de Karos llamaría la atención en una caravana de estas características; no faltaría quien aprovecharía la ocasión para alzarme al liderato de esta empresa, y nada más lejos de mis deseos.

–¿Por qué tenemos que ir con la caravana? –interrogó de nuevo el Orondo.

–Es lo más seguro. El Erial es muy grande y no todos los poblados se muestran de acuerdo con los caballeros. Probablemente en estos días algunos se dedicarán a molestar a las patrullas boneriis que vean. Sin embargo, no se acercarán a una caravana de mendigos. –Desedón tiró de las riendas bruscamente para dejar paso a un par de ancianos, que no obstante definieron su persona con una retahíla de insultos e improperios de Willand que el mago comprendió, pero afortunadamente los otros no–. Parece que despierta cierto nerviosismo en la ciudad –susurró.

Retomaron la marcha, deseando dejar atrás los edificios lo más pronto posible.

–¿Se ha ido Phërôn? –Al cabo de un rato, una columna de polvo era visible en el horizonte. A parte de mirarla, no parecía haber mucho más entretenimiento.

–Ha seguido viaje hacia Thok Arent para entregar las órdenes de partida de la flota de Willand. Nos esperará en Boracoria.

–¿Tardaremos mucho en llegar?

–Dentro de seis días nos separaremos de la caravana. Después solo nos restará uno más –informó. Miró dentro de la carreta cubierta por la lona–. Por cierto, deberíais aprovechar para dormir. Lleváis mucho tiempo cabalgando. Esta tarde, cuando alcancemos a la caravana, os despertaré si así lo deseáis.

Grundo preguntó con cierto recelo.

–¿No resultará extraña nuestra presencia en una caravana de Willands?

–Desde luego, pero eso hará que no se fijen tanto en mí. Siempre podemos decir que os encontré en el Erial cuando veníais de Kimeria de visitar a vuestros amigos elfos, y que os recogí para llevaros a Tocatora para ver a otros amigos. La gente de Willand sabe muy poco sobre vuestro pueblo. En Boneria se cree que allá en el sur habitan enanos completamente cubiertos de pelo que fabrican joyas con sus manos en oscuras mazmorras subterráneas –añadió con una sonrisa–. También se añade que, si capturas a uno, su dios acudirá raudo a maldecirte.

–¿Cómo pueden creer eso? –se irritó el Orondo.

–Me da la impresión de que existe cierta confusión entre vuestro pueblo y las llamas de Sírom –el mago rió ante la expresión indignada del otro. Incluso Gwist sonrió.

–Sois unos bárbaros –replicó el mensajero con altivez–, más aún que los Willand.

Rieron los tres, pero no tardaron los Orondos en meterse dentro.

–Espero que descanséis –deseó el mago y, tras asegurarse de que sus acompañantes no necesitarían nada más, cogió las riendas y guió al mulo en la senda de la caravana.

Eran aquellos los momentos que tenía para pensar, para recapacitar, él contra sí mismo, criticando su comportamiento anterior y analizando el nuevo hombre en que se había convertido desde fuera a esperar al dragón en el fin de su exilio. En que pretendía transformarse. Humildad. Tesón. Dos palabras que implicaban una actitud muy contraria a la que siempre había demostrado. Los viejos entre los que había aprendido y vivido, en ese orden, habían conformado su carácter orgulloso, inconstante e impredecible. Pero entonces había aparecido Gôlfang y le había llevado por senderos donde todo era perspectiva. Había defendido su postura frente a la tradición, y le había defendido el día en que su orden celebró el primer Consejo desde que Desedón pertenecía a ella. Al final, los magos de Karos le admiraban. Con Darín Mönkel había trascendido el plano del conocimiento para entrar en la senda de la sabiduría; era extraño, pero aparte del cariño, no pensaba haber recibido realmente nada valioso hasta lo sucedido en Sandor, cuando esas dos palabras, que tanto le había inculcado Mönkel con su ejemplo, cobraron vida propia y él las hizo suyas. Así y todo, debía reconocer que la Humildad le iba a costar. El Tesón, a fin de cuentas, solo requería una meta hacia la que apuntar. Pero la Humildad… no se veía bajando la cabeza ante casi nadie.

Si alguien hubiese escuchado sus pensamientos, pronto se daría cuenta de lo mucho que le quedaba por aprender.

Le vino a la memoria el día en que conoció a Gôlfang. Para él, el Sumo Sacerdote era un personaje casi mítico, un invento de los ancianos según el cual el máximo mandatario de su orden no había salido de su palacio de Qüenyum desde hacía más de cincuenta años, siempre estudiando viejos volúmenes de su vasta biblioteca. Algo que Desedón jamás había creído. Por ello, el primer encuentro fue chocante; el anciano le miró e inmediatamente se puso de su parte en todo cuanto dijo, y no habían sido precisamente elogios hacia el funcionamiento del Consejo o hacia su labor de director del mismo. Le pareció una estrategia, una manera de hacerle callar, hasta que comprobó que la mayoría de sus propuestas se llevaban a cabo. Naturalmente, alguna fue rechazada, y en las motivaciones no halló ninguna sutileza. Directo al meollo. Entonces creyó en Gôlfang.

Luego, mucho más tarde, en Sandor, el anciano le había salvado el alma. Y le odió por ello, al principio, porque ponía en evidencia su propio fracaso; por eso regresó a las Inflömb, para demostrarse a sí mismo su valía. Y, aunque Gôlfang no lo aceptase, fue la única solución para salvarse ambos, y una oportunidad para todos. Era tarea de Gôlfang estar a la altura de su propio Destino. Sin embargo, Desedón comenzó a respetarlo como hasta entonces solo había respetado a Darín Mönkel, que le había mandado fuera de su lado para que adquiriese experiencia. Ahora, sentado en el pescante de un viejo carro, y envuelto en harapos, Desedón pensó que ya había adquirido suficiente.

Alcanzaron la caravana cuando oscurecía. Se había detenido formando un círculo, y estaba compuesta por aproximadamente treinta carretas, además de numerosos jinetes y más gente aún a pie. Era la hora de la cena, y no la desaprovecharían. Las ciudades de Thok Cirás y Thok Arent les habían provisto en secreto de suficientes provisiones para un mes, de modo que no tenían prisa.

El mago acercó la carreta al círculo, que se abrió para dejarle paso. Desedón entendía perfectamente el idioma y varios dialectos del Erial, pero no los hablaba tan correctamente como un nativo. Así pues, decidió mostrarse tan poco locuaz como la cortesía le permitiese. Y en una caravana de este tipo había mucha permisividad. Un hombre pobremente ataviado, pero que lucía un grueso anillo en el dedo, les indicó donde podían colocarse. El mago guió hacia allí la carreta, y el círculo extendió su perímetro.

–¿Hemos llegado? –preguntó Grundo. El cese del vaivén producido por el mal estado del camino le despertó. También Gwist abrió los ojos. Desde la parte trasera del carro, se escuchó un relincho breve pero expresivo de Alwarín.

–En efecto, ¿deseáis estirar las piernas?

Ambos negaron con la cabeza.

–Solo si es necesario –apuntó Grundo–. Tengo sueño.

–No os preocupéis, es hora de dormir, de modo que no nos molestarán demasiado. Mañana, cuando salgáis, se armará un gran revuelo y muchos se preguntarán de dónde habéis salido.

–Mientras no intenten raptarnos para arrancarnos las joyas –apuntó irónicamente el Orondo.

El mago sonrió y se introdujo él también bajo la lona.

–Supongo que él nos alertará si ocurre algo. –Señaló a Alwarín. Se tumbó en el suelo de madera y se ciñó una andrajosa manta de lana. Al poco, estaba dormido.

Dos horas más tarde, Grundo se encontraba desvelado. Dio dos vueltas sobre sí mismo tratando de recuperar el hilo del sueño o de tejer otro nuevo. Intentos vanos. Minutos después se descubrió sentado en el pescante, sujetando las riendas que ahora no guiaban nada, y preguntándose cómo había ido a parar allí. Por supuesto lo sabía, no en vano las Constelaciones le llamaban con palpitantes luces. La luz de las estrellas atravesaba el cielo sin luces de la fría noche invernal, probablemente guiaría a algún viajero de algún otro punto de Edeter. Era la primera vez que tal idea no le llenaba de angustia. Recordaba la última vez que había pensado en ello, muy cerca y muy lejos a la vez de su hogar; apenas había salido de Arodia, pero ya se imaginaba perdido en el gran mundo del que hablaban las pocas leyendas que habían sobrevivido entre su pueblo. Ahora se había convertido en ese viajero de sus pasados temores, para descubrir que no todo era tan terrible. Había madurado y había soportado un destino que pronto llegaría a su fin, fuese cual fuese. No obstante, descubrió que esto carecía de importancia. Ahora confiaba en sus compañeros, en Desedón, en Gwist, en Alwarín. Desde luego, era innegable, se sentía manipulado; quizá la vida consiste en eso, quizá sea vivir con y de los demás, cediendo o imponiéndose según las circunstancias. Circunstancias que no siempre elige uno. Por todo ello, una pequeña manipulación por parte de aquellos en los que confiaba y a los que amaba era fácilmente disculpable.

Volvió al interior del carro y se recostó contra un lateral. Descubrió, y no le sorprendió, que Gwist estaba despierto. Sonrió. Luego sintió como el desasosiego se llevaba de calle todas sus reflexiones. Gwist le miraba y lloraba. En sus ojos se leía una inmensa tristeza.

Decidieron no salir tampoco aquella mañana. Desedón estuvo de acuerdo, y solo preguntó hasta que quedó claro que Grundo no deseaba hablar de ello. Permanecerían dentro del carro el tiempo que estuviesen con la caravana, siempre y cuando la identidad del mago no corriera ningún peligro. Los tres se mostraban confiados en que no habría problemas. Grundo rehuía a Gwist hasta el límite de la obsesión, lo que no era fácil en aquel habitáculo. Si bien era su mirada lo que más temía, la sola presencia física del Custodio lo ponía en tensión. No podía describir aquella sensación de agobio, como si su propia identidad estuviera a punto de desmembrarse. La memoria le jugó una mala pasada trayendo a su memoria recuerdos de supuestas traiciones, que rechazó tratando de recuperar su propia razón.

Los días siguientes pasaron de igual modo. Grundo se percató de que no solo él trataba de exitar a Gwist, sino que este actuaba de manera recíproca. Le desconcertaba, si bien no trató de indagar. Se conformaba con la situación tal y como estaba. Era aquella inmensa tristeza lo que le descorazonaba. Así transcurrieron cuatro días, hasta que una noche escuchó el sonido de unos cascos que se alejaban al trote. Se incorporó de inmediato y enseguida echó en falta a Gwist. No le llevó mucho tiempo descubrir que Alwarín tampoco estaba en su puesto detrás del carro.

Antes de salir, se cercioró de que Desedón dormía.

Las huellas eran difíciles de seguir, pero no le costó mucho esfuerzo hallar a un vigilante que dormía en su puesto. Justo en aquel punto, las huellas de Alwarín, hacia el sur. No le cupo duda de que debía seguirlas. Era algo obvio. Se habían fugado en plena noche, y él tenía que saber. Tanto si Gwist había sentido un impulso momentáneo como si respondía a algo premeditado, iría tras él. Era la primera que Gwist lo dejaba solo.

Una vez que se hubo convencido de que no se desviarían –convicción en extremo arbitraria–, continuó en la misma dirección. A medida que se alejaba, los fuegos del campamento se convirtieron en diminutos puntos de luz, y el silencio del Erial se ciñó sobre él como un compañero. Al fondo, apareció ante él la silueta de una montaña. Enfiló hacia ella, que fue emergiendo ante sus ojos de las entrañas del Erial, hasta consolidarse como una altura sólida, rodeada de un sinfín de intrincadas colinas. A medida que caminaba, su visión le atrapó, hasta que le fue imposible desviar la mirada. Solo deseaba llegar y escalar, subir por sus escarpadas faldas y hollar los caminos inexistentes, beber de los riachuelos que formaba la nieve derretida que la coronaba, y guarecerse de su furia como una bestia sin razón.

Despertó del ensueño cuando contempló al primero de sus moradores. Los belfos de la criatura temblaron cuando él se acercó para acariciar la extrema blancura de su pelo.

Te saludo, Soñador de Sentimientos –la voz sonó en su cabeza, como no hacía mucho había sonado la de su padre tras vencer a Moriao.

–Observarte y oírte es un placer de imposible olvido –se escuchó contestar, y el unicornio dobló sus patas para permitirle alcanzar su grupa.

Te esperan ya.

El Soñador asintió y no movió los labios.

Llévame ante ellos –pensó y dijo.

El unicornio trotó por las colinas y a través de los ríos, entre las flores y junto a las bestias, y subió y bajó, saltó, y atravesó valles glaciares y morrenas, y llegó hasta la montaña. Ayudó a bajar a su jinete y allí mismo se despidió. El Soñador siguió las huellas que el otro le indicaba, dirigiéndose siempre hacia arriba, hacia la cumbre, cuando de pronto se abrió una cueva entre las rocas. Allí se detenían las huellas.

Penetró en la caverna, no mucho más alta que él, y el calor de una hoguera le calentó. Saludó a los que se hallaban a su alrededor. Gwist le devolvió el saludo. Alwarín agitó la cabeza.

–Toma asiento, Soñador de Sentimientos.

No hizo ademán de sentarse, pero se encontró sentado frente a Gwist.

–¿Lo tenías preparado?

–Todo estaba preparado desde hace tanto tiempo que el tiempo de Edeter no puede concebirlo.

–¿Tan seguro estabas de que nada saldría mal que me has dejado llegar solo hasta aquí?, ¿qué hubiera ocurrido si no hubiese encontrado el camino?

El Custodio sonrió, pero miraba de un modo extraño.

–¿Crees que podrías perderte en un sueño?

Grundo comprendió.

–¿No quedó cerrado el ciclo?

–Quedó, para ser quién eres. Hoy sabrás por qué.

Un estremecimiento involuntario se apoderó de su cuerpo.

–Entonces hoy conoceré mi Destino. Tú lo sabías.

–Lo supe hace cuatro noches, lo viste.

–¿Tan terrible es?

El Custodio reflexionó, y luego contestó con amargura.

–Lo terrible es conocer que una cita es ineludible; lo que suceda entonces, no está determinado.

–Ahora ya no estoy tan seguro que querer conocerlo –intentó que sonara irónico, pero contenía demasiada emoción.

–También a mí me gustaría callar.

Los ojos de Grundo brillaron un momento, con malicia infantil.

–Puedes despertarme. ¿Por qué no vuelves a tu cuerpo y me tiras de la carreta? –sugirió.

Gwist no llegó a sonreír.

–No creo que despertaras. Esta montaña representa tu destino, y ya has experimentado lo que sientes hacia ella. Es demasiado fuerte la atracción.

–Entonces habla de una vez.

Despertó para encontrarse recostado contra un lateral de la carreta. Buscó a Gwist. Lo encontró frente a él, sus ojos bañados en lágrimas, albergando una tristeza inmensa. Grundo sonrió. Sonrió para reconfortar al amigo, a aquel que solo había cumplido con una obligación impuesta por quién no podía ser contrariado.

Ahora conocía su Destino, y sabía quién sería su oponente y cuál su arma. No era casualidad que la de ambos contendientes fuese la misma. Maras Dokk había roto el Equilibrio, y había de ser vencido con sus propias armas.

Odio. No era difícil albergarlo contra el dios de las Tinieblas. Había demasiadas razones para usarlo. Pero el hacerlo, ganase o perdiese, lo convertiría en un ser distinto.

Cerró los ojos fingiendo dormir para que Gwist no viese la realidad, que ya intuía. Grundo se tragó las lágrimas y lloró con el corazón.

En cuatro días quedó claro que algo había sucedido. No se atrevió a preguntar por temor a la respuesta. Por primera vez en su vida. Temía no poder comprender lo que estaba ocurriendo ante sus ojos. Por eso se abstuvo de hacer preguntas incluso cuando Grundo manifestó su intención de partir hacia Boracoria tan pronto como Gwist se recuperara. El Custodio no había comido nada en esos cuatro últimos días, y su estado era lamentable. Por supuesto, Desedón no lo había contrariado, pero interiormente se había prometido acompañar a aquellos dos Orondos más allá de donde los dioses le permitiesen.

Un día después de abandonar la caravana, llegaron a Boracoria.

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Capítulo XIII. Ude Yots en torno a la Necrópolis. Libro II. La raíz de la piedra. La sombra de la Luz III

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El amanecer llegó y el sol rojo se elevó sobre Kimeria. El sol rojo como roja era la sangre que salpicaba la grava, o rojos habían sido los ojos del negro unicornio que yacía en el erial de Willand. De Kordafán nada se sabía desde que desapareciese volando hacia el norte. Mas los restos de Moriao ya no se moverían de allí sino para alimentar a los carroñeros.
Los Alfens reunidos alrededor del cuerpo lanzaban miradas de profundo desprecio, y alguno de ellos hubiese deseado atravesarlo con la espada. De cualquier forma, pudieron contenerse, siendo conscientes de que aquel acto hubiese rebajado su condición, pues el unicornio ya estaba vencido. No obstante, pronto se dieron cuenta de que la moral del caballero bonerii no coincidía con la suya. Mientras el águila que hacía las veces de su montura les bajaba por turnos de la pared, él se había dedicado a buscar el cadáver de Luobo y a cortarle la cabeza una vez hallado. Ahora traía su trofeo ensartado en la punta de su espada.
–Dos grandes enemigos menos –sentenció.
–Así es –confirmó Labarín–. Varios días atrás comenzamos su persecución, mas, si no es por vos, aún estaríamos intentando descender de esa pared. Os damos las gracias por ello.
–No me las deis, insigne Labarín –respondió el caballero prontamente–, pues solo he saldado una cuenta–. ¿O creéis que mi memoria es tan floja que no recuerdo cómo nos sacasteis de la ciudad de los mercenarios cuando el Maras perseguía a los magos a los que acompañábamos?
Labarín asintió un par de veces. Sigue leyendo