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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

La Piedra Darko saludó el Odio que despertó en Morfus. El ser devolvió el saludo, pero no se sintió afín a ese Poder de Tinieblas. Recorrió con la mirada el lugar donde se encontraba, pero solo divisó el fuego rojo aparte de la Piedra y el pilar que la sostenía. Adivinó presencias oscuras y progresivamente hostiles, pero ninguna se acercó a él. Se preguntó por qué, y también algo mucho más importante, algo que no pudo permanecer en su interior.
–¿Quién soy?
El frío y el silencio fueron la primera respuesta. Luego escuchó una voz familiar.
–Depende de ti –afirmó la voz, desconcertándole. Ante él se materializaron tres seres, los tres conocidos pero sin nombres–. ¿Qué quieres ser? –preguntó la misma voz que antes; correspondía a un ser peludo y bajo.
La respuesta se formó claramente ante él.
–Quiero ser yo.
De nuevo el silencio. Un hombre anciano que portaba una corona lo rompió.
–¿Sabes quién es Gôlfang? –demandó.
No sabía cómo decirles que en realidad no sabía nada.
–No, no lo sé –confesó simplemente.
El ser peludo habló de nuevo.
–¿Sabes quién es Gara?
Vaciló. Aquel nombre hizo saltar su corazón, pero no lograba asociarlo con nada.
–Gara… –titubeó–. No estoy seguro; Gara… –y entonces lo recordó todo.
Los recuerdos se agolparon en su mente como si alguien los estuviera introduciendo a presión. Soltó un grito de terror al recordar el enfrentamiento–. Yo era el Soñador de Sentimientos, y Maras Dokk me ha vencido; me hizo recordar a Gara –calló de pronto, desconcertado de nuevo–. Creí que tú… –miraba a Gwist.
–Lo hice, te arrebaté a Gara. Pero Maras Dokk te venció, y al hacerlo casi te mató… de hecho, mato al Soñador de Sentimientos; Grundo sobrevivió, y su amor era tan fuerte que permaneció en él; en ti.
–Sin embargo, al despertar solo sentía odio.
El anciano habló. Era Grishka.
–Un simple vestigio residual.
–Antes me has preguntado por alguien. ¿Quién era?
Gwist intervino.
–¿Quieres recordarlo?
–Por supuesto.
–Eso tiene un precio. –Era la primera vez que intervenía el tercer ser. Parecía un hombre; de alguna manera, Grundo sabía que no lo era.
–¡Alwarín! –exclamó, reconociendo a su antigua montura.
–Sí, soy Alwarín, aunque ese no es mi verdadero nombre. –El Iöron lo miró con suspicacia–. Saberlo depende de tu elección –declaró en tono solemne–. Puedes volver a ser lo que fuiste antes de conocer al Custodio, con tus recuerdos, tu vida; o puedes seguir siendo lo que has sido junto a mí, y mucho más; ser inmortal conmigo, y con Grishka y con Gwist.
Grundo titubeó; desde luego no eran dos ofertas comparables.
–¿Y Gara? –por alguna extraña razón, aquella era su única ansia.
Alwarín, o comoquiera que se llamase, fue tajante.
–Gara es mortal. Tú habrás muerto para ella y ella continuará su vida. Jamás os volveréis a ver en el mismo plano.
Aquellas palabras disolvieron el dilema. Había cosas peores que la muerte.
–¿Me diréis, al menos, qué sucedió?
De nuevo Alwarín fue resoluto.
–Con tu muerte concediste una oportunidad a todo lo que permito existir fuera de mí.
–Tú…
–Adiós, Grundo.
El Iöron se quedó dormido antes de poder formular la frase.
Los tres se disolvieron entonces, y de su unión surgió un caballo; aquel a quien algunos llamaban Destino, pero que era mucho mayor, abandonó Morfus con un fuerte galope.

El grito de alegría de Gara y sus lágrimas lo convencieron de que había acertado en la elección. Se encontraba en la Gruta Real, de nuevo limpia y ordenada, aunque casi inhabitada. Miró fijamente a Gara, y la abrazó como si ella fuese todo el mundo que él supuestamente había salvado. La besó. Ella le devolvió el beso con alegría, y luego muchos más.
–Magno Desedón escribió hace un mes interesándose por ti –le dijo horas más tarde–. Cuando le dije que no habías aparecido me tranquilizó diciendo que estaba seguro de que estabas vivo, y me prometió que volverías tarde o temprano. Tendrás que escribirle.
Grundo la miró con un amor infinito, y lloró.
–Te quiero –dijo–. Y recuerdo a Gôlfang.
Ella no llegó a enfadarse.

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