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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

A lo largo de la noche y durante todo el día siguiente, continuaron arribando a la costa las naves ruinosas de la flota de Tarios Môces. Llegaron con retraso, más de dos días las últimas rezagadas, pero todos daban las gracias a los dioses que los habían protegido y permitido vivir, aunque la gran mayoría de los guerreros y los marinos ignoraban la identidad de esas magnánimas divinidades. De cualquier modo, las playas pedregosas de Aradina se colmaban de oraciones y salmos, tanto de los caballeros bonerii como de los jinetes Willand.

En la misma playa, un poco separada del resto de los hombres, se levantaba la tienda del Mariscal, y en su interior se hallaba reunido ya con los dos Ré que lo habían acompañado en el viaje por mar, con el Patriarca Hechecke Ati, jefe guerrero de los jinetes de Kirot Takarés, y con todos los magos.

–No ha habido que lamentar enormes pérdidas, afortunadamente –informaba en aquel momento el Mariscal–. La tormenta ha destruido muchas naves, ciertamente, mas las pérdidas humanas no han sido excesivas, y el número de caballos tampoco ha disminuido notablemente. Sólo dos galeras de vanguardia han desaparecido en el Mare con toda su tripulación.

–Cualquier pérdida es grave –objetó Phërôn Ré–, si tenemos en cuenta que el enemigo no ha sufrido ninguna. La situación empeora cuando se observa que la mayoría de los hombres intuyen que la galerna ha sido provocada por los nigromantes, algo que nosotros mismos no nos preocupamos de encubrir convenientemente; les asusta pensar que están indefensos contra la magia, y eso repercutirá en su moral.

Tanto el Mariscal como el resto se mostraron de acuerdo con Phërôn, y asintieron afirmativamente con expresión grave.

Heimdallat Ré intervino.

–No va a ayudar el hecho de que todos los magos se hallen inconscientes por el esfuerzo –predijo, observando los siete jergones donde permanecían los tres hechiceros de Karos y los cuatro de su hermana–. Los hombres piensan que se encuentran reunidos con nosotros, pero cuando partamos descubrirán el engaño.

–Mi mayor temor –intervino de nuevo Phërôn– es que realmente los magos no pudieron contrarrestar la hechicería del Caos. Fue Aülhoba quien puso fin a la tempestad y a las olas.

Un silencio de sepulcro cayó sobre los allí reunidos. La mención del Eölaie no dejó tranquilo a nadie, ni a los hombres normales ni a los Ré.

–Me pregunto por qué nos ayudaría –se atrevió a decir Tarios, visiblemente perturbado y con el ceño fruncido.

Phërôn le dio la respuesta, explicándoles su anterior intervención antes del estallido de Granshall.

–¿Y el Soñador de Sentimientos? –se interesó Tarios, contrariado pero con cierto alivio.

–Está donde debe estar; es sólo un presentimiento, pero creo que Aülhoba lo salvaría a él antes que a todos nosotros –auguró Phërôn.

De nuevo dominó el silencio, con un Mariscal que lograba controlar a duras penas su inquietud. Fue él quien volvió a alejarlo, cambiando radialmente de tema.

–No debemos desviarnos de lo más importante para nosotros –comenzó–. Incluso con la ayuda de Aülhoba nos hemos alejado del lugar pactado con Phëriclô Ré como punto de encuentro, y además llevamos dos días de retraso. No podemos permanecer en esta playa eternamente. Lo más sensato sería abandonarla y partir con el alba hacia el sur, hasta dar con la meseta.

Por primera vez habló Hechecke Ati, que había permanecido escuchando hasta entonces.

–Ciertamente debemos partir cuanto antes. Nuestra posición es indefendible, con un espeso sotobosque frente a nosotros y el Mare a nuestra espalda. Esta mañana he cabalgado con dos de mis hombres hacia el interior, pero no hemos logrado atisbar la meseta; temo que nos hayamos desviado demasiado.

No bien hubo terminado de hablar, cuando a su alrededor se levantó un coro de gritos, y toda la playa se convirtió en una salvaje algarabía. Inmediatamente echaron mano a sus armas, y no las soltaron ni siquiera cuando averiguaron que los gritos eran de bienvenida. Abandonaron la tienda en el momento en que un águila se posaba a su entrada.

El último Ré desmontó de un salto y se acercó a ellos.

–Saludos a todos –prorrumpió, elevando las manos al cielo. Desde todos los rincones de la playa se devolvió el mismo saludo. Luego los cinco entraron de nuevo en la tienda.

–Habéis tenido suerte –fueron sus primeras palabras, sin ningún tipo de preámbulos. Luego escuchó la explicación y la intervención de Aülhoba, siempre en silencio.

–¿Nos desviamos demasiado? –fue Tarios el primero que regresó a presente.

–Apenas veinte millas, aunque no podremos ya tomar el camino que había previsto. Mientras os buscaba, me dirigí al oeste, y observé una gran tropa del enemigo, que se desplazaba hasta aquí por la costa.

–¿Qué tipo de enemigos?

El mayor de los tres Ré movió la cabeza en un gesto de preocupación.

–Algo totalmente inesperado –previno–; los sirvientes de Sánedri, los Saribs.

–¿Qué es eso, por las Piedras Sagradas? –increpó Hechecke Ati.

–Son los servidores personales del Sumo Sacerdote de Darko; y son un gran número. Hace varios días eliminaron a una de las patrullas que había dispuesto para explorar el territorio oeste. Ahora avanzan hacia aquí, seguramente para impedirnos el paso, mientras Trols, lobos, Verrocks y amazonas atacan el campamento. Probablemente también se una a ellos Serpent y sus hordas de kérveros del norte.

–Entonces debemos apresurarnos –apremió Tarios.

–Sí, aunque no creo que nos ataquen aquí. Hay veintiséis millas hasta la meseta, todo subida, y después las empinadas cuestas que desembocan en la llanura. Creo que será allí donde pretendan emboscarse. Afortunadamente, la meseta es muy amplia, y pocos son los lugares realmente difíciles para llegar a ella, lo cual les dificulta defender todo el perímetro. Podríamos escalar por varios lugares a la vez y así romper el cerco –el optimismo de Phëriclô les hizo bien a todos–. De cualquier forma, tardaremos tres días en llegar al pie de la meseta, y al menos dos más en subir con toda las mulas y provisiones; si conseguimos llegar antes que los saribs, una parte de nuestros efectivos podría adelantarse y defender la escalada del resto de hombres e intendencia.

–¿Es posible llegar antes que ellos? –quiso saber Heimdallat.

Phëriclô clavó su mirada en un punto indeterminado, haciendo sus cábalas mentales.

–tardaríamos tres días en línea recta, y ellos están como mucho a esa distancia de nosotros, aunque carecen del lastre que nosotros llevamos. Yo diría que tenemos posibilidades de llegar antes, aunque no tantas como para no ser alcanzados en la subida.

–Sin embargo, ellos no tienen la certeza de que hayamos desembarcado, mucho menos del punto exacto –observó acertadamente Hechecke Ati–. Si la meseta es tan amplia, no tiene objeto que traten de emboscarse en un lugar determinado hasta que no conozcan el sitio exacto de nuestro desembarco –añadió–. Pero hay algo que no encaja; si realmente decidiesen emboscarse, seguirían la línea de la meseta, no la de la playa.

Aquella nueva observación frunció varios ceños.

–Es posible que todo sea una trampa, pero nuestra única opción es llegar a la llanura cuanto antes y reunirnos con el rey Ibor y la avanzadilla de nuestros caballeros. El plan sigue su curso –decidió Phëriclô–. Partiremos de inmediato. Respecto a los magos, construiremos parihuelas y diremos que reposan para la siguiente batalla arcana. En todo caso, los Ré vigilaremos permanentemente la línea de playa y la de la meseta para prever emboscadas.

El sotobosque fue desapareciendo progresivamente, hasta que el tercer día de marcha no era más que unas matas heladas y algún abeto solitario. Aunque cabalgaban hacia el sur, el frío era muy intenso, y complicaba la marcha sobre un terreno en continua pendiente. Tanto los bonerii, que caminaban en primer lugar de la larga sierpe, como los Willand, que lo hacían tras ellos, habían decidido no agotar a sus monturas, y por ello marchaban a pie junto a ellas. Así y todo, la predicción del Ré se había cumplido, y en ese tercer día llegaron a las barrancas que conducían a la meseta. Multiplicaron las precauciones en espera de una emboscada, y Phëriclô se elevó a las alturas, permaneciendo allí horas, examinando millas y millas alrededor.

Descendió y, con incredulidad, informó de que no había preparada ninguna treta, y que no se veía un solo enemigo. Así pues, comenzaron a subir a la meseta. Primero lo hicieron los caballeros, guiando con cuidado a sus caballos, y luego los jinetes Willand, de modo que por la noche ya habían llegado arriba todos los que habían iniciado la ascensión. Algunos otros permanecieron abajo, como protección para las mulas que acarreaban las provisiones. Quince mil hombres y casi los diez mil caballos que habían partido de Boneria ya se encontraban en la meseta. Otros dos mil hombres abajo. Mil más descansaban en el Mare Abismal.

La tienda del Mariscal Tarios Môces se encontraba abajo, y en ella se hallaban también los magos, los dormidos y los despiertos. Desedón, Delra y un mago de Karas eran los únicos conscientes. Por parte de los Ré, sólo Phërôn pernoctaría en la tienda, mientras Heimdallat dormiría en la meseta con los caballeros, y Phëriclô había regresado al campamento de las colinas para asegurarse de que todo marchaba bien allí.

El cuarto día no fue demasiado diferente del anterior, y en esta ocasión fu Heimdallat el encargado de vigilar el entorno desde el cielo. Al mediodía empezaban a subir las mulas, y se organizaron grandes cadenas de animales cargados, que debían parar mil veces a descansar para evitar el riesgo de tropezar y caer. Varias veces sucedió, sin embargo, y los buitres se cebaron con la carne de las mulas.

Mas al fin del día, más de la mitad de las mulas habían subido, y se presentaba un quinto día halagüeño, en el que el resto de las mulas y los hombres se unirían a los que ya estaban en la meseta expuestos al frío viento primaveral del norte. Suerte tenían de que aún no había llovido.

El amanecer del quinto día trajo el primero de los contratiempos. Era el turno de Phërôn para vigilar los alrededores, cuando el caballero se lanzó en picado y aterrizó junto a la tienda del Mariscal.

–Fuego y humo en la playa –informó–. Son los barcos.

–Así pues, lo que pretenden es cortarnos cualquier posible retirada –reflexionó el Patriarca–. Ahora vendrán hacia nosotros… pero hay algo que sigue sin convencerme. ¿Qué pretenden? No nos preparan una emboscada aquí, y en la llanura sería una estupidez, porque quedarían entre dos frentes, y los saribs no llegarían a tiempo de encerrarnos a nosotros.

Entonces un heraldo penetró en la tienda, completamente pálido. El joven se puso tenso cuando intentó hablar, y sólo logró señalar el techo de la tienda con un dedo. Tarios miró en esa dirección; Phërôn fue más rápido y se precipitó afuera. Los otros le siguieron al cabo de un segundo.

Y lo que vieron les llenó de espanto.

Un dragón volaba hacia ellos.

–Ahí tenéis vuestra respuesta, Hechecki –de un salto, los dos Ré montaron en sus águilas y se elevaron, lanza en ristre, en busca de aquella pesadilla hecha relidad.

Krehikaten, la Muerte de Fuego. Negro, como su padre; alas membranosas que ocultaban el sol de primavera, y Lubania desaparecía borrosa detrás del fuego rojo que brotaba de las fauces del Engendrador de Dragones. El último de su especie, que había sobrevivido alimentándose de odio en la cima del Pico Sawor, cumpliendo el castigo de los derrotados y viendo como uno a uno perecían todos sus compañeros, incluso el terrible Drank Amath, que siempre le había hecho sombra. Tenía muchos motivos para aniquilar a las águilas que se acercaban y a sus extraños jinetes.

Jamás antes le había visto Phërôn, mas en su figura reconoció el motivo por el que los Ré estaban allí; si vencían, entonces serían libres de continuar la lucha o de abandonar. Mas Karos les había ordenado una misión, y ésta era vencer a sus enemigos. Y el enemigo de las águilas, muertas las Shoru’Treak, eran los dragones.

Así se sentía Phërôn, en perfecta simbiosis con el ave que lo llevaba en su lomo, como un apéndice más de aquella sólida estructura de caza. Poderoso el pico desgarrador, punzantes las afiladas uñas, mortal la lanza que se extendía dos metros más allá de la emplumada cabeza.

De pronto lo tuvo cerca. Observaba cómo Heimdallat realizaba la misma maniobra que él, lanzándose súbitamente hacia arriba y rodeando al dragón, que por un instante no supo a cuál de los seguir. Cuando se decidió, la llama pasó muy lejos de las plumas timón del águila de Heimdallat. Aquel error sirvió para que el águila de Phërôn se lanzase sobre el lomo del dragón y le arrancase varias escamas que la lanza no hubiera atravesado. La llamarada de dolor de Phërôn coincidió con el grito de triunfo de Phërôn. Luego las dos águilas se situaron de nuevo frente a Krehilaten, a una distancia segura.

Ahora el dragón sabía que aquellas piezas no serían fáciles de cobrar. De repente, se lanzó hacia delante, tratando de sorprender a las águilas, pero mientras Heimdallat inició una maniobra de ascenso que lo acercó a Lubania, Phërôn se dejó caer en picado para retomar altura situándose detrás del dragón e intentando atacarle como ya antes lo había hecho. Sin embargo, Krehilaten había participado en muchas batallas, y adivinó la intención de caballero, respondiendo con un relampagueante movimiento de cola de abajo arriba, alcanzando al águila justo en el pecho y mandándola hacia el cielo sin control, tras lo cual comenzó a caer en picado.

En el suelo, todos contuvieron el aliento al ver aquel lance, desde Desedón hasta el último caballero, y su miedo cobró vida con un grito de terror cuando el dragón giró sobre sí mismo y se lanzó contra águila y jinete.

Pero Heimdallat aprovechó aquel momento para atacar, y arrojó su lanza al cuerpo del dragón. Casi falló, o al menos eso se pensó desde abajo al observar cómo el arma atravesaba el ala membranosa de Krehilaten, pero lo cierto que aquella había sido la intención del Ré, pues sabía que las escamas del monstruo eran demasiado coriáceas y el agujero abierto por Phërôn demasiado pequeño desde la distancia a la que se encontraba y la velocidad del reptil. La reacción de éste fue una llamarada de fuego de blanco, producto del dolor, y el abandono de su presa a cambio de una nueva.

Krehilaten se detuvo y clavó su mirada roja, hija de Darko, en Heimdallat y su águila. Luego se acercó poco a poco, y entonces sucedió algo que nadie esperaba y que enmudeció por ello sus gargantas. Heimdallat permaneció inmóvil, la mirada fija en el dragón, observándolo ensimismado. Krehilaten observó un breve instante a su presa antes de abrir las fauces, y luego arrojó el fuego, tan ardiente y rojo como sus ojos.

Desedón había perdido el habla durante varios segundos al comprender lo que sucedería. La mirada del reptil. Rápidamente entonó el más poderoso de sus hechizos de protección, uno que probablemente lo sumiese en la inconsciencia varios días, y lo lanzó hacia Heimdallat Ré.

El hechizo llegó al caballero un instante antes que el fuego del dragón.

Águila y jinete se convirtieron en una bola roja y cayeron al suelo totalmente fundidos.

Desedón no se desmayó a causa del hechizo, sino por la tremenda impresión que le produjo la muerte del que tiempo atrás había compartido otros peligros con él. Un momento antes de cerrar los ojos recordó con ironía la suerte de los Ré: no los afectaba la magia, ni la que los mataría, ni la que evitaría su muerte.

Apenas nadie pudo observar la muerte del dragón. Los restos de Heimdallat ocupaban toda su atención cuando un rayo marrón alcanzó al monstruo en el vientre, penetrando y profundizando. Sólo después de que una lluvia roja comenzase a manar de su interior, la multitud dirigió la mirada hacia él, para contemplar cómo el águila de Phërôn hundía una y otra vez uñas y pico en su interior, mientras el Ré hundía repetidamente en la carne una espada ensangrentada y corroída por el veneno del reptil.

Algunos se estremecieron cuando el caballero dejó caer el cuerpo de Krehilaten y pudieron observar que el dragón aún vivía a pesar de carecer de entrañas. De cualquier forma, nadie acudió a mirar dónde había caído para esperar su muerte, aunque cuando Phëriclô Ré llegó muchas horas después, buscó al dragón y volvió sin su espada.

Luego los dos Ré recogieron los restos de Heimdallat, y derramaron lágrimas ante su cuerpo carbonizado. Cavaron una fosa, en la que fue enterrado junto a su águila. La espada del caído culminó el túmulo de piedra y tierra apisonada. A continuación, en la intimidad, entonaron un fragmento de la única canción que importaba algo en sus vidas. No era fúnebre, pero era la única apropiada. Una canción que Gôlfang había enseñado a Cadmier, y que éste les había enseñado a los miembros de su patrulla de águilas blancas, sellando la amistad.

En la noche el caballero es el Paladín de la Luz,

Y por la montaña asciende con energía y tesón.

¡Oh, las rocas, cómo entonan el silencioso canto!

¡Cese el desprendimiento, la Luz ha llegado!

El águila acude a contemplar la Luz a quién venera,

Y su corazón se alegra al verla tan hermosa.”

Dejaron que el viento transportase sus palabras y no hablaron más, esperando que atravesase con ellas el cielo y las estrellas, y llegase a la Lomba para depositarla en los oídos de Heimdallat. No les importó derramar lágrimas. Y nadie les vio; de haberlo hecho, cualquier hombre,, mujer o niño jamás olvidaría que las lágrimas eran de Luz, y que los Ré resplandecían.

Más tarde se dirigieron a Tarios Môces. Los caballeros los miraban de forma extraña. No era lástima, ni mucho menos. Se parecía más a un sentimiento de pérdida compartida. En la tienda del Mariscal se respiraba el mismo ambiente, y todos guardaban un respetuoso silencio en su presencia.

–Esta pérdida no ha de interferir en los planes –comenzó Phëriclô, y de alguna manera todos esperaban su aspereza–. El incidente de hoy no puede hacernos olvidar que los saribs han incendiado nuestros barcos, y que ahora se dirigen hacia aquí. Debemos darnos prisa en subir todas las mulas.

El Mariscal Tarios Môces le interrumpió cortésmente.

–Había pensado guardar un día de duelo por la muerte de Heimdallat Ré –propuso–. Mañana podemos reanudar el trabajo.

–De ninguna manera –contradijo el Ré de forma inflexible–. Muchos han caído ya antes, y muchos caerán en breve. Nuestra principal misión es llegar al campamento cuanto antes.

La voz suave de Delra devolvió la tranquilidad.

–Hoy terminaremos lo comenzado –dijo–, y mañana, si no hay imprevistos, del alba al mediodía honraremos a nuestros muertos.

Nadie se opuso a la idea, y el conciliábulo se disolvió para retomar las tareas propias de cada uno u acabarlas cuanto antes.

Se había quedado rezagado, quizá con la esperanza secreta de ver aparecer a los saribs y librar un buen combate, algo que comenzaba a añorar. Las últimas acémilas se encontraban ya casi en la cima, y sólo restaban de llegar unos doscientos hombres y caballos, entre ellos los que tiraban de las parihuelas de los magos, cuidados constantemente por Delra y por el mago azul, además de toda una cohorte de sacerdotes de Karas. Desedón había despertado una hora antes, y se encontraba muy deprimido y ojeroso, aunque había declinado los servicios curativos de la hechicera marrón, y se había adelantado con un paso largo. A estas horas probablemente se encontrase a medio camino de la subida hacia el páramo. Tarios encaminó su caballo hacia Delra en un momento en el que el sacerdote azul pareció desvanecerse del mundo.

–Saludos, amiga mía. –Se puso a su altura.

–Saludos, Tarios –respondió sonriendo la hechicera.

–Parecéis agotada, ¿quizá os agradaría un fuerte brazo que aliviase vuestro peso? –ofreció el Mariscal.

Delra sonrió nuevamente, y apoyó con suavidad su mano en la del caballero.

–Acepto encantada, aunque esto puede dar lugar a habladurías –bromeó con fingido tono misterioso.

–¡Oh!, esas viejas brujas de los balcones no me asustan –continuó la broma el caballero–. Además, yo pertenezco a la orden de la Águilas.

Una voz malhumorada los interrumpió.

–Tal vez esas viejas cotorras no os asusten, pero si volvéis a interrumpir mi descanso os convertiré en un ratón de campo, Marical Tarios Môces –refunfuñó Tarios desde su parihuela.

Delra le sonrió y se agachó junto a él.

–Me alegro de que estés despierto, viejo cascarrabias –saludó amablemente.

Tarios Môces no se alegró tanto. Delra interceptó su mirada y le sonrió imperceptiblemente.

–Voy a asegurarme de que todo está bien –se despidió el caballero.

El hombre se alejó por la empinada subida, y los magos lo observaron con simpatía.

–Temo que he interrumpido algo importante –se disculpó Zerto, con ironía.

Delra sonrió puerilmente.

–¡No seas tonto! –reprendió. Luego su expresión cambió totalmente–. ¿Cómo te encuentras? –se interesó.

–Dispuesto a enfrentarme a un dragón –bromeó. Algo en la expresión de Delra le puso en alerta–. ¿Qué ha sucedido?

La mujer se sentó a su lado en el catre.

–Esta mañana, mientras subíamos a las mesetas de Aradina, los Ré se han enfrentado a Krehilaten –no sabía cómo suministrar la información de una forma menos dolorosa–. Durante el enfrentamiento, en el que el dragón fue derrotado, perdimos a Heimdallat Ré. Mañana celebraremos los funerales por él y todos los caídos en el mar –completó. Entonces se dio cuenta de que el mago había permanecido inconsciente todo aquel tiempo. Le puso al corriente lo más completamente que pudo. Las preguntas de Zerto se centraron en los saribs y en el destino del Soñador, cuestiones que no pudieron resolver.

–Además… –comenzó, pero se interrumpió–. Esta mañana, Desedón lanzó un hechizo de protección para Heimdallat.

–¿Que hizo qué? –Zerto frunció el ceño, incrédulo y preocupado.

–Quedó inconsciente. Cuando despertó se comportaba de una forma un tanto… rebelde… sin causa…

–Como antes de conocer a Gôlfang, quieres decir –finalizó Zerto por la hechicera.

Delra asintió.

–Estoy inquieta por él. Me gustaría que le hablases –sugirió.

El viejo mago cerró los ojos y se hundió en la parihuela.

–Va a ser muy difícil, porque no tengo buenas respuestas –concluyó, y dejó que el sueño le invadiera poco a poco.

Delra suspiró, y lanzó una última mirada al alejado Tarios Môces antes de reanudar los cuidados de los hechiceros.

A nadie gustó el nuevo decorado del cielo aquella mañana. Los primaverales rayos del sol llegaban totalmente apagados después de atravesar la capa de negros nubarrones que pronto se convertirían en las primeras aguas de la nueva estación por aquella comarca. Habían llegado del norte, el único lugar por donde enormes cordilleras no impedían el paso de las masas de aire frío a la meseta, como ocurría en los restantes puntos cardinales. Así pues, el aire avanzaba hacia el sur y, a medida que se calentaba, calentaba también las nubes, que al final iban a empapar a las filas de caballeros que se mantenían firmes en señal de respetuoso saludo a los caídos. Se habría decidido que se dispondrían en posición de marcha, es decir, un cuadrado cuyos lados cubría la caballería. En el interior, del cuadrado aparecía otro más, formado por seis mil piqueros bonerii, y dentro del cuadrado otro formado por los arqueros bonerii, protección para la intendencia y los magos. Al frente de la formación, marchaban el Mariscal Tarios Môces con cuatrocientos caballeros de alcurnia y el Patriarca Hechecki Ati, con cuatrocientos guerreros de Kirot Takarés. Entre estas dos columnas y el grueso de la tropa trotaban doscientos veloces corceles que montaban los mensajeros.

No obstante, la formación se mantenía a pie firme frente una tumba rodeada por los cien caballeros de las Águilas, que custodiaban a los magos encargados de efectuar las exequias.

–No he tenido ocasión –protestó Zerto ante la insistencia de la mirada de Delra.

–Pues deberías haber hablado ya con él –respondió la hechicera en tono de reproche.

Desedón no los había escuchado, y marchaba a varios pasos de ellos.

Los cuatro magos conscientes, los tres marrones y el azul, llegaron hasta la posición del mariscal, donde también se hallaban los dos Ré, y aquel descendió e hizo una reverencia.

–¿Quién pronunciará las oraciones? –preguntó. Generalmente lo hacían los sacerdotes de Karas, más preocupados por asuntos relacionados con el buen tránsito a la otra vida que los de su gemelo, pero como sólo había uno de ellos, tal vez fuese diferente en esta ocasión.

–Lo haré yo –aseguró sin embargo el hechicero de la diosa–, si me conceden el honor. A pesar de ser un Ré, que seguro que se encuentra ya en la Lomba junto a Karos, me gustaría rezar a Karas por su esencia y las de todos los caídos.

Asintieron. Siempre se hacía así, y ni en tiempos de guerra tenían por qué hacer una excepción. El sacerdote encaminó sus pasos hacia la tumba, mientras los cien caballeros le hacían un pasillo con sus espadas. Se incorporó sobre una especie de altar, construido con piedras del páramo y cubierto por una tela azul, extendió sus manos al cielo, a Lubania y al sol, y a su alrededor todo fue silencio. A continuación con una voz tan alta y clara que parecía imposible que proviniese de garganta humana, entonó la oración.

Paz eterna es tu nombre.

Caros son tus dones

Para quien nada tiene,

Y para quién todo

En Edeter posee.

Magnánima madre,

Confesora amable,

Postrados ante ti

Rogamos el perdón

Para afrontar el fin.

Y a todos los hermanos

Que junto a ti están,

A los buenos, los malos

Que se arrepentirán,

Concédeles un sitio

Digno de tu bondad.

Tres veces repitió al oración, la última acompañado por casi veinte mil voces, de modo que el páramo pareció temblar de pura veneración. El fervor religioso acompañó, así, el recuerdo de los casi mil hombres que ya habían caído; los preámbulos de la última batalla de la Era.

No hubo más problemas para el ejército del Orden, y dos días más tarde un fuerte viento hizo ondear ante su vista los pendones broncíneos y grises del campamento de las colinas. Atravesaron triunfales las líneas honoríficas que, espada o hacha en mano, los caballeros y los enanos formaron para recibirlos.

Tarios Môces saludó a Ibor cortésmente, como correspondía a aliados que no se conocían, y lo mismo hizo Hechecki Ati, y aun Phëron Ré, aunque éste y el monarca de las Tres Montañas ya se habían visto antes.

También Desedón y Artok se saludaron como amigos, aunque el Sumo Sacerdote de Karos se mostró algo distante.

Luego el Mariscal ordenó romper filas y montar las tiendas, y cuando todo estuvo preparado, los caballeros recién llegados buscaron a los amigos que llegasen antes con Phëriclô Ré para explorar el territorio. Algunos supieron entonces que habían perdido a un amigo en las pocas batallas o escaramuzas producidas. Sin embargo, nadie perdió a todos los que buscaba, y a lo largo de la tarde tuvieron la oportunidad de lamentar a los ausentes.

Mientras tanto, los jefes se reunían en una de las tiendas para dar los últimos toques al plan de batalla, y no todos se mostraban conformes.

–¿Qué puede hacer el pueblo de las Tres Montañas en una llanura, peleando contra Trols y jinetes? Por no mencionar a los saribs y sus monturas que parecen toros –protestaba aún Ibor rey.

–¿Los saribs tienen monturas? –se sumó al asombro Tarios Môces–. Había pensado que serían más bien unas bestias como los kérveros.

Phëriclô respondió por Ibor.

–En efecto, los últimos mensajeros me han comunicado que detrás del ejército que nos perseguía ha desembarcado otro, montando unas bestias más altas que los toros y con expresión cruel –informó–. No me extraña, siendo el mismo Darko un minotauro –añadió. Luego miró directamente a Ibor–. No os preocupéis, Majestad, pues vuestra misión no es luchar en el llano, sino permanecer en las colinas protegiendo nuestra retaguardia. Hoy mismo se ha descubierto por el sureste a Serpent y a sus kérveros, más de doce mil, que sin duda pretenden rodearnos por detrás. Esa es vuestra misión, retenerlos allí hasta que todo haya finalizado.

El rey de los enanos aferró su hacha con expresión feroz.

–Nadie atravesará estas colinas –aseguró–. Por Gript que la cabeza de Serpent lucirá sobre el fuego de mi hogar cuando regrese a las Tres Montañas.

Saludaron sus palabras.

–Pero ya es tarde, y debemos dormir, pues tal vez mañana o quizá al otro, se decidirá el futuro.

Abandonaron la tienda tras estas palabras, e hicieron sonar los cornos para que todos se fueran a descansar. Las fogatas de campamento se fueron apagando, excepto las de los vigilantes nocturnos, y poco a poco se hizo el silencio.

Fue muy entrada la noche cuando del páramo llegó una algarabía, y a dos millas pudieron observar miles de antorchas que formaban grandes filas frente a ellos. Los capitanes dieron la orden de alarma a sus tropas a instancias del mariscal, y los dos Ré volaron para descubrir lo que ocurría.

–¿Pensáis que nos atacarán esta noche? –preguntó Ibor rey al Mariscal.

–Lo ignoro, Majestad; no sé siquiera de quién pueda tratarse. Muy rápido tendrían que viajar los saribs para que fuese su ejército.

Desedón se unió a ellos, y también Artok y Zerto.

–¿Alguno sabe lo que sucede? –inquirió el anciano hechicero.

Tarios Môces miró una vez más las antorchas antes de responder.

–Comentábamos nuestra ignorancia respecto a este fenómeno. Tal vez se trate de los Verrocks o las Amazonas, aunque seguramente no de los saribs.

El viento provocada por el águila de Phërôn les hizo notar su presencia.

–Trols –notificó–. Varios cientos, si bien es poco probable que nos ataquen esta noche –opinó.

–¿Qué podemos hacer? –Tarios se cruzó de brazos mientras soltaba una maldición como muletilla a su pregunta.

El joven Ré alejó al águila y devolvió la atención a los hombres.

–Lo mejor será descansar –aventuró–. Procuremos hacerlo en silencio, a ver si no les ponemos sobre aviso –añadió, señalando a los enemigos.

–Los trols no pueden luchar por el día –informó Ibor rey, un poco alejado de la conversación–. Tal vez por la mañana, si no lo han hecho antes, tengamos oportunidad de atacarlos.

Phëriclô Ré volvió antes de que nadie pudiera dar respuesta al monarca de los enanos. Descendió de un salto, el ceño fruncido y algo agitado.

–Los saribs se acercan por el norte y el noroeste –comenzó–. Los caballeros rojos y las Amazonas por el oeste. Los lobos, con Cmeist al frente, por el este. Los kérveros de Serpent apenas han avanzado hoy por el sureste, lo que hace suponer que el ataque no será inmediato. Esos malditos saribs han roto el Equilibrio de la batalla –añadió–. De cualquier forma, la mitad de los hombres deberían estar preparados para el combate en todo momento.

Ninguno le contradijo. Todos eran conscientes de la realidad: estaban rodeados.

Entonces sonaron los cornos, y Tarios Môces maldijo la ineptitud de sus capitanes, pero pronto se dio cuenta de que no era del campamento de donde procedía el sonido, y un mensajero llegó hasta ellos al galope tendido y con rostro espantado.

–¡Señor!, ¡Señor!, más enemigos por el suroeste, dos columnas de caballeros, Verrocks supongo; más de seiscientos hombres en total –completó, sin voz.

Se dirigieron raudos al otro lado de las colinas por ver a los nuevos enemigos, pero quiso el Destino que en aquel instante se produjera el orto de la constelación de Karos, que iluminó las dos columnas de caballeros, y en una el color de las armaduras era verde, pero en otra era negro, y entre las dos columnas avanzaba un hombre que era rey, que siempre había sido rey, y sobre su frente lucía la más antigua de las coronas humanas.

Y cuando la luz se reflejó en la armadura de negro y plata, todas las voces de los que venían rompieron a cantar con grandes voces, y en la colina escucharon emocionados un himno de mil años:

¡Ay, los cascos cómo golpean!

¡Ay, la tierra bajo mis pies!

¡Ay, el galope de los caballos!

¡Ay, el sol tostando mi piel!

El viento azota el horizonte,

Que ya apenas puedo ver,

Y las nubes en el cielo claro.

¡Pronto os descubriré, lo sé!

La espada que arde en la vaina

Sólo espera ya salir;

El escudo que es mi vida,

¡siempre lucharé por ti!

El sol se acerca a su cima,

Luz brillante, sombra gris;

Su presencia os debilita.

¡Ya no podéis huir de mí!

¡Ay, Grishka cómo cabalga!

¡Ven, kérvero, ven aquí!

Con el filo de mi espada

Cercenaré tu cerviz.

¡Tiembla, licántropo, tiembla!

La Corona triunfará.

¡Huye, licántropo, huye!,

que pronto te atrapará.

¡Ay, los buenos caballeros!

¡Ay, sus lanzas de metal!

¡Ay, seguidores del Caos,

os espera un mal final!

Y allí subió la colina Brim Tarlá, Grishka el equilibrador, y eran sus segundos Rolja val Armit, Grande de Sandor, y Dalamán dil Balamó, por quién Gôlfang había entregado su vida.

Así se supo que Grishka cumpliría allí su Destino.

Índice La sombra de la luz

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