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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Un siglo hasta su mayoría de edad. Medio más hasta el regreso de su amado. Seis meses, después, de verdadera incertidumbre y dolor cotidiano. Ahora tomaría la iniciativa. Quizá no pudiese hacer nada, pero no se cruzaría de brazos. Su Raahami disminuyó el paso hasta detenerse completamente. A una orden suya, desapareció en la espesura. Marthadel se sujetó fuertemente el zurrón alrededor del cuello y comenzó a caminar en dirección al templo de Madrivo. Había visitado el lugar en una ocasión, y era consciente de que aún debía recorrer una buena distancia. Quizá una hora, a través de la selva enmarañada, muy diferente a la que atravesase entonces. La lucha era feroz aquí, y el calor contribuía a que las cadenas de Vida fuesen rápidas y complejas. Miles de insectos diferentes devoraban y fecundaban plantas o a otros insectos que a su vez eran devorados por plantas, artrópodos, aves, que transportaban, morían, se pudrían, y eran aprovechados por plantas, insectos… Marthadel sabía muy bien que si algo le ocurría pronto pasaría a formar parte de aquel vasto ecosistema local.

Pero los pensamientos de la joven no se interrumpían por aquella certeza. Llevaba en el zurrón la corona que algún día portaría como Señora de los elfos. O hubiera lucido, si no se dispusiera a entregarla como ofrenda. Era de oro y gemas, pero Marthadel sabía que allí no residía su verdadero valor. Éste residía en el significado que poseía para el pueblo elfo. La corona de su independencia, la corona de Maberel, que los había guiado hasta su nueva tierra, hasta Cerian al Fionol.

Marthadel la había robado.

Al principio, cuando estaba en su habitación y se le había ocurrido la idea, solo el pensarlo le había repugnado. Su cabello gris azulado se había erizado mientras la tentación del robo iba cuajando y consolidándose. La corona era un símbolo del Cisma; ella no había tenido la oportunidad de luchar junto a Sertgón, pero a cambio el destino le brindaba la oportunidad de ayudar de alguna manera… y de paso ayudarse a sí misma y a su amado.

Durante toda la noche y todo el día siguiente había cabalgado sobre el Raahami para cruzar el bosque. Ahora, cuando las dos lunas ya se habían ocultado y las Constelaciones comenzaban a aparecer en el cielo despejado, Marthadel se acercó a la entrada del Templo. A sus pies encontró huellas de cascos de caballo en el barro seco, aunque, por supuesto, no eran de caballo; Sertgón había llegado a Cerian al Fionol en alas Kordafán Narkot, y éste descansaría junto a Madrivo por algún tiempo.

Se disponía a entrar cuando observó que las ramas que ocultaban la entrada comenzaban a arder súbitamente. Dio un paso intuitivo hacia atrás, antes de observar cómo el fuego desaparecía de la maleza y tomaba una forma determinada; dos, para ser sinceros… los dos Häblins comenzaron a saltar y a jugar alrededor de la joven, y muy pronto el bosque se llenó de seres de fuego que retozaron alegres, dando lugar a una algarabía de fuegos de color.

Al cabo, los Häblins se calmaron, y la entrada enramada y oculta se descubrió. El sacerdote verde, El Que Domina El Fuego, se acercó.

–Adelante, Marthadel, hija de Señores –saludó e invitó.

La joven aceptó la invitación y le siguió al interior de la caverna.

–Os lo agradezco, Venerable.

–¿Cuál es el motivo que te ha traído a este lugar de recogida? –demandó, y Marthadel no pudo evitar sentir el inmenso calor que aquel cuerpo desprendía, ni ver las manos y la cara del sacerdote, que aparecían como si las llagas que las quemaron quizá mucho tiempo atrás no se hubieran curado del todo.

–Traigo una ofrenda para el Padre Madrivo –informó, y dirigió su mano al zurrón.

–No, no, Marthadel –se apresuró el sacerdote–. Lo que tengas que ofrecer solo te incumbe a ti y a él.

–Traigo también un ruego –confesó.

–Él lo escuchará –aseguró–. Debo dejarte, hermana. Si necesitas algo, los Häblins te atenderán –añadió y, dando la espalda, se introdujo por uno de los seis pasillos que partían de la caverna.

Marthadel sintió la soledad del lugar y casi se atemorizó. Por un momento pensó en seguir al sacerdote, y se encaminó hacia el pasillo por el que aquél había desaparecido. Se detuvo junto a la entrada. Sobre ella, grabada en la roca en un lenguaje tiempo atrás caído en desuso, podía leerse una inscripción:

Eüldá ·

Váradal beir an llâr.

“Fuego: el que tiene poder para formar la Materia”. Sin duda tenía que ver más Víem, la Dadora de Formas, que con Madrivo, pero no lo comprendió. No indagó más acerca de ello; estaba allí para llevar a cabo un proyecto, y lo haría. Volvió a encarar la caverna y de nuevo fue consciente de la soledad. Mas aquella pequeña distracción había servido para calmarla. Contempló el mismo decorado que en otra ocasión había visto y que aún recordaba: el Oráculo, un gran obelisco con un agujero en el centro para las ofrendas, y el Altar, una pequeña elevación rectangular de apenas dos centímetros de altura. Hacia allí se dirigió. Se arrodilló frente al Altar y sacó la corona del zurrón. Murmuró un “lo siento” ininteligible dirigido hacia su madre y se incorporó con la corona en las manos. Rodeó el ara y la depositó en el agujero del Obelisco.

–Te hago entrega, Madrivo, del único símbolo material que aún poseen los Señores de los elfos en recuerdo del Cisma. Algún día esa corona hubiera sido mía, de modo que en mi nombre te la entrego. Tú diste la luz a una raza, una única raza de Alfens, y nosotros hemos propiciado la escisión. No nos abandones ahora, oh, Padre, y acepta este regalo que pretende hacerte ver el deseo de volver a ser uno.

El silencio que siguió fue sobrecogedor. Marthadel no había esperado ver a Madrivo, creyendo que su presencia le aterrorizaría. Poco podía imaginar que su ausencia, después de abrirle su corazón, le haría sentir tan mal. Con gran esfuerzo, se decidió a continuar.

–Me han dicho que tú siempre escuchas, de modo que debes estar ahí aunque yo no pueda verte ni oírte, aunque ni siquiera sea capaz de sentir tu halo de poder. Así pues, te hablaré con la seguridad de que me escuchas –era una convicción que le acompañaba desde niña–. Con esta ofrenda he de pedirte algo, algo muy importante no solo para mí, sino para mi pueblo, que es el tuyo: deseo pedirte que el Destino de Orofín Beradol finalice pronto, y que Austrong no sufra. Que vuelva con los que le aman y siempre le han amado. Sé que no eres cruel, oh Padre, y que no puedes permitir que uno de tus hijos sufra injustamente.

El silencio detuvo el tiempo, y sin tiempo todo era eternidad. Marthadel depositó el zurrón ante el Altar, junto con sus lágrimas. Madrivo la había escuchado. Debía haberla escuchado. Aquel viaje, aquella súplica, era lo único que podía hacer, y sus lágrimas eran retoños de la impotencia.

–¡Oh, Madrivo!, ¡oh, Padre!, si no puedes hacer nada de lo que te he pedido, ¡al menos no permitas que mis ojos vean cómo mi madre, la Señora Maberel, orgullo del pueblo elfo, es víctima de la senilidad y la locura! –imploró, y cayó cuán larga era sobre el Altar.

Ni siquiera entonces hizo Madrivo acto de presencia.

–Ven, hija mía, volvamos a la ciudad –una voz pausada susurró en sus oídos, y unas manos amables la sujetaron por los hombros y la levantaron.

Marthadel miró los ojos de cobre del sacerdote de Madrivo, y se abrazó a él, olvidando quién era y el quién se convertiría.

–Vamos, Marthadel, pronto acabará todo –aseguró el anciano–. Hoy es primavera, y Madrivo te ha escuchado y el mundo ha florecido. Te acompañaré en tu regreso.

Y juntos abandonaron el Templo. Era de día, la luna comenzaba su andadura. Los Häblins jugaban alrededor de los Alfens y, era cierto, el mundo había florecido.

Sabía dónde dirigirse, y esperaba encontrarlos allí. No podía evitar sentirse intranquilo ante la posibilidad de que las acusaciones de su madre fuesen ciertas. En cierto modo, Daladei sabía que debía ser él quién descubriese la verdad. Otro quizá no se hubiera atrevido.

Sí, allí estaba, al menos, Sertgón. Se acercó sin molestarse en ocultar su presencia, de modo que el Senescal supiera que llegaba. No estaba dispuesto a cogerle por sorpresa sin demostrar su culpabilidad. Llegó hasta donde se encontraba el joven Alfen, bajo un Eäalet. Un instante antes de saludarle, se percató de que aún dormía.

–Saludos, Sertgón –dijo, y rozó el hombro del otro con su mano.

El joven abrió los ojos despacio y saludó al reconocer al sacerdote.

–Saludos, Daladei –correspondió–. Sé bienvenido a mi hogar de paz. Siéntate junto a mí, si lo deseas. –El sacerdote de Naraendil aceptó la invitación–. ¿Qué te trae a mi hogar? –se interesó el Senescal–. Espero que sean buenas noticias.

Deladei tardó unos segundos en contestar.

–A decir verdad, no lo son –se detuvo, como sopesando sus palabras o tal vez a su interlocutor–. Esta madrugada Marthadel ha desaparecido del palacio. Lo descubrió su mentor y me lo comunicó a mí; Marthadel y la Señora habían discutido por algo esa tarde. No quise darle importancia, pensando que había venido contigo…

–No ha sido así –intervino Sertgón; mientras el otro hablaba, se había vestido, y ahora se dirigía a por la espada, claramente impaciente.

El sacerdote comenzó también a mostrarse nervioso; en alguien como él, la manifestación era apenas un aumento de velocidad en su elocución.

–Eso no es todo –continuó Daladei–. La corona de Maberel también ha desaparecido –anunció, y luego, más despacio–; la Señora ha ordenado tu captura como sospechoso del rapto de Maberel y del robo de la corona.

Sertgón se giró con brusquedad, cuando ya de disponía a abandonar el recinto.

–¿Es a eso a lo que has venido? ¿Pretendes decirme que Marthadel ha desaparecido y que, en vez de buscarla, debo aceptar las irracionales disposiciones de una anciana desquiciada? –en su ira no tuvo la sensibilidad de percatarse de a quién hablaba. Después lo lamentaría sinceramente.

–Mírame y dime si ves un enemigo. No, no he venido a arrestarte. No me he atrevido a probar la lealtad de los guerreros hacia su Señora en un asunto como éste –su tono era resignado–. Sólo te pido que vengas al palacio como un acto de obediencia no forzada. Allí, si no eres culpable, nadie podrá probar lo contrario, y luego tendrás la posibilidad de emprender la búsqueda de mi hermana.

–¿Por qué voy a perder el tiempo? Puedo salir a buscarla ahora mismo.

–Deja que de eso se ocupen Labarín y el Señor Ose. Si ahora abandonas la ciudad y te niegas a obedecer a Maberel, muchos pensarán que eres culpable; incluso los que te apoyarían si lo fueras, no verán con buenos ojos la desobediencia a la Señora.

–¿Y si está en peligro?

–Es tu pueblo, Senescal. Algún día serás Señor junto a Marthadel; esa institución es la que debes respetar. El resto es secundario.

Sertgón miró a Daladei con los ojos llenos de ira. “No he venido a arrestarte”, había dicho. Con amargura, Sertgón pensó que Daladei no necesitaba espadas para conseguir lo que pretendía.

–Espera aquí, te lo ruego.

Daladei cerró la puerta después de salir. El que careciera de cerradura no evitó que Sertgón se sintiese como un prisionero. La habitación era amplia y bien amueblada, sin lujos pero cómoda; una celda sutil. El Senescal no se atrevió a abrir la puerta para comprobar si alguien vigilaba. Se sentó en una butaca cerca de la ventana y dejó que el primer sol de primavera acariciase su rostro. Aquel día debía ser la celebración por la llegada de la nueva vida, y sin embargo pocos cantaban entre los árboles, aunque Sertgón sabía que eran más los que en la intimidad de su hogar honrarían a Madrivo. Golpeó la butaca con el puño. La primavera, temporada tan ansiada por él para volver a su amada. Pero Marthadel no estaba, había desaparecido, y él se encontraba allí, encerrado y acusado de su desaparición… ¿Cómo podía la Señora mostrarse tan senil?

Casi una hora más tarde, volvió Daladei. Su semblante no reflejaba absolutamente nada. Sertgón estaba seguro de que ya no era el hermano de Marthadel o el hijo de la Señora. Era un juez de Naraendil.

Así pues, se celebraría un juicio.

–Sígueme, la Señora Maberel ha concedido audiencia –ordenó.

–En las audiencias de Maberel el pueblo habla y pide; espero que en ésta no tenga que ser yo quien lleve la iniciativa de demostrar mi inocencia –replicó con sarcasmo.

Daladei se limitó a salir de la estancia y repetir la orden, esta vez sin explicaciones de ningún tipo. El joven le siguió en silencio y a dos pasos por detrás. Si le iban a juzgar, quedaría claro que se había dado cuenta del juego.

Cuando entraron en la sala, la misma sala que en anteriores audiencias, Austra lo miró con desprecio y con ira mal contenido. Estaba sentada en el Trono, y no se levantó. Se produjo un largo silencio durante el cual los ojos de Maberel, no se separaron de los de Sertgón. El joven se dio cuenta entonces de que la Señora realmente lo creía culpable. Daladei rompió el tenso silencio. Sólo en ese momento se dio cuenta el Senescal de que el sacerdote era el único obstáculo entre él y la ira de la Señora. De no ser por Daladei, probablemente ya hubiese sido desterrado.

Tal vez su destino no era vivir en Cerian al Fionol.

–Por el poder que Naraendil me ha conferido, me encuentro aquó como mediador –comenzó el hijo de Maberel–. La Señora de los elfos acusa al Senescal de los Alfens, Sertgón Maullé, de la desaparición de Marthadel, hija de la Señora y prometida del acusado, así como del robo de la corona Ilrendea, que adorna la frente de la Señora desde que partió de Orik’alalai. Es la ley que el acusador exponga sus pruebas.

La Señora Maberel no abandonó el Trono. Durante el tiempo que Daladei hablaba, no desvió la mirada de los ojos de Sertgón.

–¿Es que acaso se necesitan más pruebas que sus palabras y su actitud? –increpó la anciana–. Desde la partida de Danaöl junto a Madrivo, de la que fue funesto pregonero en Blakari, no ha cesado en su empeño de arrebatarme el poder que mi linaje me otorga. Sólo yo soy la primogénita de Orofín. Él ha llevado a mi gente a la hecatombe con el fin de ser llamado Señor, aunque disfrazase ese motivo con otros más altruistas. Él me obligó a aceptar su liderazgo en esa cruel empresa. A su vuelta, reclamó su supuesto derecho de convertirse en Señor desposando a mi hija, pero él es un zulfo ¡y yo lo rechacé! Como venganza, ha raptado a Marthadel y robado al corona.

Quizá ante otro audotorio, y si sus palabras no hubieran brotado del odio y no hubiesen estado, por tanto, impregnadas por él, la Señora hubiese sido creída. Mas hoy hablaba a su propio hijo, y él la conocía como conocía las leyes de Naraendil, y como conocía a Sertgón. Por todo ello, no temió precipitarse cuando sentenció.

–Esas palabras no están respaldadas por ninguna prueba que incrimine al Senescal. Sertgón Maullé, puedes irte a buscar a tu prometida.

La posibilidad no se satisfizo de inmediato, pues ambos esperaban la reacción de Maberel. El odio y la ira habían desaparecido de los ojos de la Señora, siendo sustituidos por una expresión cargada de pesar, como si en su interior se sintiese traicionada.

–Contigo, Padre. Nada. –Y ambos comprendieron que aquellos susurros, aquella mirada vacía y aquel cuerpo acurrucado en el Trono pertenecían a un ser completamente vencido y agotado.

Jamás podrían olvidar aquella sobrecogedora imagen de la Señora.

Las puertas se abrieron. Verla así era lo último que Marthadel esperaba de su madre, el orgullo de los elfos y orgullosa de por sí. Totalmente derrumbada en el Trono, mirando el suelo de madera y viendo en él glorias pasadas, negándose a encarar el presente.

Tal vez Sertgón necesitaba el abrazo, pero sin duda su madre lo necesitaba más. Las lágrimas se derramaron al sentir el cuerpo desprotegido de Maberel entre sus propios delicados brazos. Incluso esos brazos carentes de fuerza servirían como apoyo a la Señora de los elfos.

Sertgón Maullé retiró la mirada y la giró hacia la ventana, abstrayéndose en las hojas y en las ramas que sujetaban y adornaban el palacio. Tal vez recordaba que él nunca tuvo la oportunidad de pedir perdón a las personas que más amaba y a las que apenas conoció. Nadie se atrevió a mirarle, pues temían verle llorar.

Mientras tanto, Daladei permaneció sin moverse del lugar donde estaba cuando Marthadel y el sacerdote verde entraron. Pero la pasividad física no era verídica pregonera. Un dolor lejano le había invadido y multiplicaba sus pensamientos culpables. Él no se había atrevido a hacer lo que su hermana estaba haciendo. Había vivido como juez imparcial durante la mayor parte de su vida, permitiendo que los acontecimientos se desarrollaran a su lado o chocaran contra él, y casi se había convertido en una roca. La parte que aún sentía le acosaba. Y dolía.

Marthadel soltó lentamente a su madre, que no había respondido al abrazo, y se encaró con su hermano y su prometido.

–¿Qué ha sucedido aquí?

Ninguno de los dos se precipitó a responder. Ambos sabían que la Señora tenía la mayor parte de la culpa en lo sucedido, pero eso no aliviaba sus conciencias. Tuvo que ser el sacerdote de Naraendil que daladei llevaba dentro quien respondió.

–La Señora Maberel acusó a Sertgón Maullé de tu rapto y del robo de la corona Ilrendea. Las pruebas que presentó no fueron suficientes para demostrar la culpabilidad de Sertgón en el juicio y así lo sentencié.

Marthadel miró a su madre con incredulidad.

–¿Cómo pudiste pensar que Sertgón…? fui yo, madre, yo quién robó la corona y se la ofrecí a Madrivo como señal de buena voluntad de los elfos hacia la unión de…

La Señora no le dejó terminar la frase.

–¿Tú? –inquirió, alzándose por primera vez. Una renovada ira alimentó su cuerpo y anidó en sus ojos. Cerró los puños y dirigió sus palabras al cielo–. ¡Mis hijos me traicionan, como antes lo hicieron mi hermano y mi esposo! ¿Es mi destino permanecer sola o ser traicionada por cuantos me rodean? –miró con ferocidad a Daladei–. ¡Zulfo! –gritó–. Tú, gran hipócrita, que sentiste el viento gracias a mí, me traicionaste permaneciendo junto a Austra. ¿Ahora pretendes hablar de leyes? ¡Eres un zulfo y lo serás hasta que Orofín Beradol muera de nuevo! –había tal furia en sus palabras, que incluso Marthadel dio dos pasos atrás.

Entonces se pudo escuchar por primera vez la profunda voz del sacerdote verde.

–El destino final de Orofín Beradol no es la muerte. Su vida depende enteramente de su propia decisión –dijo, y Sertgón giró rápidamente para encontrarse con el hechicero.

–¿Es eso cierto?

–Lo es. ¿Creías que Madrivo permitiría la muerte de su hijo si él mismo no lo elegía así?

–¿Hay esperanzas, entonces?

El sacerdote pareció meditar sus palabras unos instantes.

–Las únicas esperanzas que cuentan son las del propio Orofín Beradol –Sertgón tardó unos latidos en captar el significado de aquellas palabras. Para entonces, el sacerdote ya hablaba de nuevo–. Hoy he venido para solucionar un problema que se remonta a varios milenios. Antes, debemos aguardar la llegada de Labarín, que ya ha sido convocado.

En efecto, en aquel momento se abrieron las puertas y entraron el esperado junto al Señor Ose y Bezadol.

–Ya está aquí el único que puede confirmar mis hipótesis. Labarín –saludó.

–Venerable –devolvió el otro.

–Solicito tu memoria, Padre de los Alfens –fue la extraña petición.

–Hasta donde esta llegue, es tuya.

–Has de recordar. Hace mucho tiempo, cuando los Alfens sólo erais cuatro, Cmeist el Condenador llegó al valle una noche. Tú lo rechazaste con tu espada, infligiéndole una herida que aún sangra –Labarín asintió–. No obstante, el Adalid de la Manada casi cumplió su propósito y logró morder a uno de vosotros, ¿estoy en lo cierto? –La mirada de Labarín se endureció, y su mano aferró el pomo de su espada. Asintió lentamente, mientras los otros le miraban asombrados.

–Así fue.

–¿Quién recibió la mordedura de Cmeist?

Labarín miró a la Señora.

–Lärden resultó herida en el brazo.

El sacerdote verde se volvió hacia la Señora Maberel.

–¿Puedes mostrarnos el brazo izquierdo, Señora de los elfos?

Maberel observó al sacerdote un instante.

–¿Por qué he de hacerlo? –No consiguió dar el toque de desafío a su voz. Se encontraba demasiado sorprendida–. De acuerdo –aceptó.

Lentamente, dejó al descubierto el antebrazo, que lucía una especie de cicatriz roja con una extraña forma.

–El estigma de Lärden –sentenció el sacerdote verde–. Maberel es su hija, y lo ha heredado como ha heredado el título –concluyó. Sertgón lanzó una mirada preocupada a Marthadel, mirada que fue captada por el sacerdote–. No, Marthadel tiene, por parte de Danaöl, sangre de Salím y Dërel, la primera pareja de Alfens no descendiente de los cuatro Padres, sino formada también por Madrivo. Eso ha provocado que el estigma no se trasmitiese a esta generación.

–¿Qué significa ese estigma? –se interesó Daladei–. Jamás había oído hablar de él.

–Los colmillos de Cmeist contienen el venenoso hechizo de la locura y la desesperación. Lärden fue víctima de estos males, así como también lo es Maberel.

Guardaron silencio, culpándose por sus propios reproches. Y odiaron aún más a Cmeist el Condenador.

–Dime, Venerable, ¿tienen cura mis males? –la voz de la señora sonó lastimera y débil, y todos se compadecieron de su estado.

El sacerdote verde asintió.

–de no ser así no estaría aquí. Ven conmigo, Señora, al Templo de Madrivo, donde hallarás la cura y el reposo que te son necesarios –ofreció, y extendió su mano hacia Maberel. La Señora la cogió y se levantó del Trono. En silencio, ambos se dirigieron hacia la salida.

Antes de cruzar el umbral, Maberel se volvió hacia su hija.

–Lamento de verdad no poder aceptar vuestro enlace –se disculpó, y Sertgón sintió una espina en el pecho.

–No importa, madre, porque Orofín Beradol pronto cumplirá su destino –afirmó con convicción.

El sacerdote verde sonrió a la muchacha y después al Senescal.

Más que nunca fue en aquella ocasión cuando comprendió que nada hubiera conseguido sin Domla y Grencam. Tampoco había llegado a imaginar que su Destino le llevaría tan lejos. Sintió el tremendo frío húmedo de las Nieblas del Fin, y recordó vagamente los Hielos de Maras Dokk. Ahora se encontraba más allá, mucho más allá de lo que cualquier Alfen había estado antes. Por primera vez un Alfen abandonaba Edeter. Intentó no pensar demasiado en ese hecho, aunque sin duda cambiaría la Historia en mayor o en menor medida.

Atravesó las Nieblas del Fin y se introdujo en la oscuridad de la Nada. El último dominio que le quedaba al Ocryx, el vacío de donde todo surgió. Como allí no existía el tiempo, no podía determinar la duración del viaje; de hecho, le daba la impresión de que no se movían.

Tal vez esa quietud fuera real. Lo cierto es que de repente surgió lo que estaban buscando. Eran una multitud, tal como había esperado. Completamente silenciosos e inmóviles, condenados a vagar por la Nada como si pertenecieran a ella. Las Once tribus perdidas de los Iöron.

Orofín se acercó a los seres –es una manera de hablar de un lugar donde no existía el espacio–. Se sorprendió al observar que ninguno se parecía demasiado a cualquier Iöron que hubiese visto antes, aunque entre todos sí hubiesen podido conformar la figura de Grundo. A decir verdad, ni siquiera se parecían entre ellos. De hecho, decidió al cabo de un rato, cada tribu era absolutamente diferente. Algunos eran muy pequeños, una cabeza más bajos que el mensajero, pero otros eran tan altos como él mismo. Entre esos dos puntos, toda una gama de alturas. Respecto a la forma, a la anatomía, no todos eran bípedos. Una de las razas se movía claramente a cuatro patas, y era sumamente delgada y lampiña. Se diría un feto escuálido. Otros se parecían a los enanos, pero aún más robustos y de mirada menos inteligente. Orofín Beradol logró distinguir incluso una raza que poseía una protuberancia ósea en cada hombro, y que coronaba su cuerpo en una cabeza achatada y peluda; sin embargo, sus rasgos faciales eran sumamente delicados y armoniosos.

De repente, se dio cuenta de que Domla y Grencam no se encontraban junto a él. Pronto tendría que enfrentarse a la última prueba. Solo de nuevo.

Entonces se movieron. Lentamente, casi con parsimonia, los cuerpos estaban cobrando movilidad. Orofín Beradol sintió sus miradas fijas en él… y en ese instante desapareció todo a su alrededor. El miedo se acentuó, sintiéndose completamente desprotegido. Por primera vez sintió peligrar su identidad física. La síquica hacía mucho que se había descompuesto.

Risas, o al menos así interpretó los sonidos. Once pares de ojos mirándole fijamente.

–¿Ya estás aquí? –interrogó una voz–. ¿Y aún puedes sorprenderte?

Orofín no contestó a una pregunta que no exigía respuesta. La voz continuó, o quizá fue otra la que tomó el relevo.

–Estamos en el Ocryx, en la Nada. Cuanto veas no será sino ilusión.

Orofín Beradol se atrevió a hablar.

–Pero vosotros estáis aquí; yo estoy aquí –argumentó.

–No hay aquí –se burló otra voz–. Aquí es Nada. No existe, ni siquiera es un punto, tanto como el infinito. Tú no estás, como nosotros no estamos.

–Yo existo –objetó el Alfen.

–Aquí ni siquiera eres un pensamiento.

Orofín Beradol no se dejó llevar por los vericuetos que su mente quería recorrer. La locura espera a quién se pregunta por lo que jamás entenderá. Bien es cierto que una parte de él deseaba sumergirse en esa locura.

–Sea lo que sea, aquí o en ningún sitio, aún conservo mi conciencia de identidad. Soy Orofín Beradol, y tengo un destino que cumplir.

Todo vestigio de vida cesó súbitamente. Toda luz, real o imaginaria, se apagó. Ni siquiera fue capaz de sentir las miradas de los Iöron. Su pecho se hinchó al máximo tratado de coger aire, para descubrir que no había aire que inhalar. El agobio le apremió a escapar, y la duda sobre su propia inexistencia lo embargó, sumiéndole una especie de claustrofobia que lo tentaba a retornar a los valles y a las cimas de las montañas, a cualquier sitio donde el recuerdo de la nada fuese imposible.

Mas entonces los Once pares de ojos retornaron y se clavaron en él. En lo que sentía que era él.

–Basta de juegos, pues. Somos lo suficientemente reales como para poder sufrir –comenzó una nueva voz. Sabemos que no posees conocimientos sobre nuestra situación o nuestra verdadera identidad; a pesar de lo cual, estamos en tus manos. Sería fácil mentir e inclinar la Balanza, pero no podemos hacerlo. Tú eres consciente de tu identidad y nosotros de la nuestra. Escucha atentamente, pues jamás antes has oído lo que hoy debes saber –manifestó misteriosamente la voz–. Todo comenzó con el nacimiento de Sírom el Minero. Ya sabes que Sánedri el Leñador era su gemelo. Sírom nació con el color gris, algo muy significativo, teniendo en cuenta que donde debían ser dos, fue uno. Esto sucedió por la ambición del Minero. En realidad Sírom debía haber nacido con el color blanco, como Naraendil, pues estaba previsto que fuese juez como la Madre. Sánedri, por supuesto, nacería con el color negro, el mismo que Maras Dokk. Pero Sírom no era tan imparcial y justo como debería haber sido, y robó el cuerpo de su hermano para fusionarlo con el suyo. Con ese cuerpo creó a los enanos. Mitad mineros, mitad guerreros, y luego a los Iöron, a las doce tribus Iöron –la voz hizo una pausa, justo cuando Orofín Beradol comenzaba a perderse. El lapsus fue lo suficientemente amplio como para permitirle hilar todo lo escuchado. Entonces la voz continuó–. De esas doce tribus, solo una era minera, mientras que las otras once, nosotros, contenían más negro que blanco, y se inclinaban a favor del Leñador. Sin embargo, como Sánedri no había nacido, Sírom ordenó a cada uno de sus hijos que tomara una tribu bajo su tutela, ganándonos así para su causa. Esa fue la razón por la que el Leñador nos mandó aquí, reteniéndonos hasta que se hiciera con un cuerpo propio con el que reivindicarnos.

Ahora el momento ha llegado. La hora en que Sánedri abandonará aun a los Aügrei para tomar su cuerpo de negrura. Mas sólo tú tienes el poder, al menos de momento y mientras este Equilibrio se mantenga, para dejarnos atravesar las Nieblas del Fin, nacer en La Península y unirnos a nuestro verdadero Padre. Las Once tribus se unirán al Leñador.

Orofín Beradol mantuvo las once miradas decididas, si bien en la suya solo había estupor.

–¿Os uniréis al Leñador? ¿Talaréis toda vida de luz a vuestro paso, como planea hacer el dios?

La voz rió, sin humor.

–Tarde o temprano nos domina el odio, lo sabemos. Ni siquiera la esencia de un rey muerto durante quinientos años nos salvaría del mal, porque está dentro de nosotros.

Orofín Beradol no comprendió el sentido de aquellas palabras.

–Lo siento.

No dijo nada más. Las risas volvieron.

–El Leñador preconizó que dirías eso. Nos niegas la Vida y lo sientes, pero más lo sentimos nosotros, injustamente exiliados. A él le permitiste vivir, y ahora te arrepientes de haberlo hecho.

Las miradas desaparecieron y con ellas la oscuridad.

Sabía que había negado la vida dos veces, y eso bastaba para que su esencia de Alfen desease escapar, desintegrarse sin dejar rastro de su propio sufrimiento. Saber que había dejado vivir a aquel que sembraría el desastre lo sumía en la inconsciencia.

Se había desmayado cuando Domla y Grencam lo recogieron. Su rostro mostraba los rasgos del sufrimiento, y los Héroes lloraron por él. Lloraron más porque aquella era la despedida. Había sido la última parada del Viajero de las Necrópolis.

–Ten fuerza,, Orofín Beradol, y respinde a la última pregunta –la voz de Domla se quebró, no en vano era la Vida.

Grencam tomó el relevo.

–¿Volverás con los que te aman, o te unirás con Madrivo para la eternidad?

La voz de Orofín Beradol fue un susurro.

–Hace tiempo que eso está decidido –confirmó al sospecha de Domla–. Mas antes deseo un último favor.

–Concedido –se apresuró Domla.

–Me gustaría viejar al otro extremo de La Península; allí he de hacer algo que ya se demora demasiado –estas palabras pusieron en evidencia que era Orofín y no Austrong quien hablaba, y Domla sintió haberse apresurado, pues sólo llevaría a alargar el sufrimiento del joven. Mas ya se había comprometido.

Orofín voló una vez más sobre Domla, mientras el sol se ocultaba por el oeste.