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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

LIBRO III

“Camino de escarcha para el solitario,

Gélido final.

Sendero de tiempo para el destronado,

Gloria en la tierra.

Derrota o victoria para el peregrino,

Nada es igual.

Vía unidireccional para el rebelde,

La clave es guerra.”

Capítulo XVII

La última vez tampoco ningún niño había jugado a su alrededor. Solo ellos dos antes de su despedida. El reencuentro fue mucho más feliz, y la ausencia de público no les importó en absoluto. Bajo el roble, Sertgón tomó a Marthadel de la mano, y ella respondió a su beso de amor con la misma intensidad.

–Fue muy duro –confesó él. Ella sabía a qué se refería, y aunque no quería hablar de ello, continuó escuchando–. Pero lo más duro fue pensar que no volvería a verte.

–Cada día el viento trajo tu lamento y, aunque triste, se convirtió en el único consuelo, en la única esperanza de que siguieras vivo –se aferraron más fuertemente, rodeándose las espaldas con la fuerza de sus brazos. Una suave brisa mecía sus cabellos, de un gris azulado, y los unió a la cascada de oro que era el cabello de Sertgón.

–Agradezcamos al viento que te trajera la esperanza que negó a muchos otros –beso la frente de su prometida–. Pidámosle que ahora ayude a los pueblos que van a la guerra –dijo, y Marthadel sonrió con asombrada satisfacción.

–Me complace escuchar esas palabras de tus labios, tú, siempre tan arrogante cuando de defender la supremacía de los Alfens se trataba.

–He visto llorar a un Iöron por la muerte de un Alfen amigo cuando incluso el corazón de Labarín era incapaz de derramar más lágrimas. Ese mismo Iöron que fue amigo de mi hermano –Marthadel se entristeció al observar cómo la mirada de su amado se endurecía. De nuevo Austrong les separaba, cuando debía unirlos.

–No pienses en él, por favor –suplicó–. Sabes que no le gustaría verte así.

Sertgón bajó la mirada hasta encontrar los ojos de su prometida. Intentó sonreír, pero solo consiguió relajar un poco su expresión.

–Ni a él ni a ti. Tampoco a mí me gusta .–La abrazó con fuerza–. Intentaré no pensar en él.

Sus labios volvieron a encontrarse.

Cuando los cuernos sonaron en la foresta, ellos contemplaban las lunas.

–Ya han llegado, has de recibirlos –sorprendentemente, fue ella quién decidió la separación.

Sertgón aún permaneció unos instantes apoyado en el roble. Por fin se levantó y volvió a tomarla de la mano. Se despidieron como se encontraron.

Dos pequeños se acercaron a jugar mientras el Senescal abandonaba el claro del roble y los dragos.

Sonido de cuernos, trompas y tambores. No había distinciones dentro de la tropa, y podía afirmarse que todos eran un pueblo. El pueblo Alfen. Llegaba el ejército victorioso.

Lágrimas de alegría se mezclaban con llantos de tristeza. Innumerables panas para innumerables bajas. Cuerpos amados y perdidos, sin posible recuperación. Miles los que alfombraban las ciénagas y bosques de Thrasgok, las playas, las colinas. ¡Cuánto sacrificio por el pasado!

Llegaba el ejército victorioso.

Pendones al viento, sangre seca, lanzas rotas, corazas abolladas mil veces, espadas melladas ya inservibles; atributos de los afortunados que regresaban. En el bosque, los seres amados se abalanzaban sobre las filas de guerreros tratando de encontrar al dueño de sus amores, de sus esperanzas, de sus recuerdos. Los que lo conseguían, reían y lloraban dichosos, para acto seguido conocer que habían perdido a alguien. Como en cualquier guerra, todos habían perdido a alguien.

Quizá alguno maldijese con sus palabras en un determinado momento la campaña. Demasiado alto el coste. En su corazón, sabían que era el precio de la Unión. No eran pocos los zulfos que se encontraban entre los recién llegados. Ellos no tenían a nadie en Cerian al Fionol que les recibiese como todo guerrero merecía, como todo hombre merece después de sufrir. Sin embargo, los habitantes del bosque prontos les dieron alojamiento en sus casas, y curaron sus heridas como si de sus familiares se tratara, dándoles reposo en sus lechos. Todos habían luchado por la misma causa.

Quienes no descansaron fueron los generales. Sertgón los recibió sin grandes agasajos innecesarios. Era uno de llos y había luchado como el que más, antes y después de la campaña. Los cuatro se conocían perfectamente. Asuntos importantes esperaban solución, y ninguno deseaba postergarla. Juntos se dirigieron hacia el palacio de la Señora Maberel. No les extrañó de ningún modo que éste se encontrase aún encaramado a la secoya.

Los heraldos anunciaron su llegada, y la audiencia se celebró sin retraso. Entraron en la pequeña sala donde se celebrase la última reunión, cuando Orofín Beradol dio a conocer su nombre u comenzó su vagar. El ella ya se encontraban la Señora y su hijo Daladei. Nadie más.

–Os saludo, generales del desastre –recibió Maberel. Se hallaba sentada en un trono de madera, y las bolsas moradas bajo sus ojos de oro reflejaban claramente su estado.

–Hemos vencido –replicó Sertgón. En realidad era inesperada aquella reacción por parte de maberel.

La Señora lo miró con sarcasmo.

–Desde luego; ahora hay sitio de sobra para los zulfos.

Labarín no dejó responder al Senescal.

–Eres injusta, Maberel, ya no hay elfos ni zulfos, solo Alfens, el pueblo en cuyo seno naciste.

–Hace mucho tiempo de eso, y han ocurrido muchas cosas desde entonces –repuso. Continuó con su sarcasmo–. Solo hay Alfens, dices, ¿es que Orofín Beradol ha cumplido la Profecía y pagado el tributo? –En el rostro del Segundo se vio reflejado el dolor–. Veo que no, Labarín. Así pues, hay zulfos.

–Yo soy un Alfen, Señora, por mucho que no lo quieras reconocer –la voz firme de Ose a Laraí ocupó hasta el último rincón de la sala–. El sacrificio de muchos lo ha confirmado.

–¡Sacrificio! –gritó con desprecio–. Di más bien hecatombe, hecatombe oficiada por ti, por Sertgón, por Labarín, a la que yo misma di consentimiento. Infinitas veces me he arrepentido.

–Realmente eres injusta, incluso contigo, señora Maberel –Bezadol se acercó al trono–. Sal fuera y pregunta a tu pueblo. Pregunta a sus corazones si no sienten que este sacrificio era necesario. Yo solo soy un marino, pero conozco bien a mi gente. Te dirán que estaban cansados de esta separación, de esta ruptura irracional. Te dirán, incluso, algo más importante: los elfos no poseen la razón en este juego.

La Sseñora lo miró con odio en los ojos. Las palabras salieron despacio, como si Maberel procurase contener la rabia en cada sílaba.

–¿Cómo te atreves a pensar siquiera esa infamia?

Y Sertgón fue quién respondió.

–Porque es la verdad –comenzó tajante. Continuó despacio, con un dolor que parecía vivo–. La noche en que llegué a Blakari sucedió algo asombroso. Al principio no creí lo que mis ojos oían, pero después supe que no soñaba. Mi padre, Maullé, volvió para hablarme. Me dijo que antes de ir a la guerra debía rogar el perdón de Orik’alalai en nombre de todos los Alfens. Así pues, fui hasta el valle e hice lo que se me pedía. La respuesta del valle fue el perdón… el perdón para los elfos y la gratitud para los zulfos, que lucharon por él hasta que fueron obligados a huír para salvar sus vidas –reveló, y los presentes quedaron mudos de asombro y veneración.

Pero la voz de Maberel congeló las esperanzas.

–¡Zulfo! –gritó al borde del histerismo–. ¿Crees que no sé lo que pretendes, engendro del mal? Ya desde que naciste trajiste la desgracia a mi estirpe; por ti huyó mi hermano y fue asesinado. Ahora deseas mi trono, con mentiras y engaños. ¡No lo conseguirás! Desde hoy, invalido la Promesa de matrimonio entre tú y mi hija, Marthadel. ¡Jamás serás Señor de los Alfens! Es mi última palabra.

Deladei lloró en silencio. Pérdida de cordura de su madre.

–No tienes potestad para romper esa Promesa, Señora Maberel –contradijo Labarín–. El Señor Danaöl se ha ido, y el Senescal debe ocupar su lugar. Esa es la ley de los elfos.

–Es la ley –ratificó Daladei, con lágrimas de oro.

–No habrá boda mientras Sertgón sea un zulfo. Esa es también la ley.

Daladei bajó la mirada y asintió.

Los cuatro generales se marcharon más afligidos que enfadados. Saludaron a la Señora antes de abandonar el palacio.

Aún podía verse a algún Alfen entre los árboles. Los rezagados. La mayoría ya se encontraban durmiendo, dentro de un mundo que pretendía alejar la pesadilla que había sido el pasado. Los cuatro generales también se retiraron a descansar. Bezadol tenía casa en Lulhabary, así como Labarín. Ose a Laraí se hospedaría en el hogar de este último. Sertgón volvería al palacete de Maullé.

–¿Qué podemos hacer ahora? –preguntó Bezadol antes de despedirse.

La respuesta de Labarín no alimentó esperanzas.

–Sólo esperar –dijo.

No era un consuelo, y los dos lo sabían. Se separaron en silencio.

Los álamos recibieron a Sertgón con la misma excitación que en el otoño. Avanzó entre la doble hilera que formaban los alargados árboles, observando solo la puerta del palacete, y pensando en conversaciones pasadas y presentes. Llegó a conclusiones alarmantes.

Los últimos metros los recorrió a la carrera. Abrió la puerta de un empujón y atravesó corriendo el palacio. No se detuvo hasta llegar a los jardines. Allí estaba, no se había movido ni un metro. Marrón y broncíneo, a punto de florecer, tan cerca de la primavera. Se acercó despacio al Eäalet.

¿Has vuelto, Senescal de los Alfens?, ¿has unido a tu pueblo?

–He vuelto, y necesito tu consejo, sabio amigo.

Habla, Senescal, te escucho.

Se sentó entre los matojos y las malas hierbas que cubrían el jardín. Lo que iba a decir requería una gran concentración.

–Sabes que cuando partí en otoño mi único deseo era la Unión de mi pueblo. El Pueblo Alfen unido. Tú me dijiste que debía recuperar el orgullo de mi linaje, el orgullo de Maullé, y hablaste de que la promesa debía ser cumplida con o sin el consentimiento de Maberel. Ahora he vuelto vencedor, con un ejército que se siente Alfen. He vuelto para completar la promesa, desposando a Marthadel, el primer matrimonio oficial entre un antiguo zulfo y una antigua elfa. Mas Maberel se niega, exigiendo antes el sacrificio de Austrong. Exigiendo más muerte a cambio de la Unión –Sertgón arrojó una piedra a la inmensidad del jardín desolado–. No quiero casarme y que más tarde ese matrimonio pueda ser cuestionado, como fue el de mis padres; no voy a someter a Marthadel al orgullo de su madre.

El Eäalet agitó sus ramas broncíneas.

Sé que tu padre te ha hablado –comenzó–. Mas antes habló conmigo. La última vez que te hablé, dejé que me dominase el recuerdo de días más felices que deseaba volver a vivir. Más tarde comprendí mi error, y tú tenías razón. Debes convencer a Maberel de que la Unión es un hecho, no imponérselo como un acto de fe. Debes hacer que comprenda lo que siente su pueblo.

–Eso ya lo ha hecho Bezadol; temo que la Señora haya perdido la razón. Quizá al perder a Danaöl, después de tanto tiempo compartiendo su vida.

Entonces no tienes otra opción que no sea la espera. Sabes que Austrong aceptó su destino de buen grado, a pesar de conocer el sufrimiento que conllevaba –el Eäalet hizo silencio durante varios segundos antes de continuar–. Debes saber, Sertgón, que Maullé no fue expulsado de Cerian al Fionol. La Señora trasgredió la ley al ofrecerle quedarse, pero él rehusó y se exilió. Entonces el odio entre los dos pueblos era profundo.

Sertgón se levantó despacio, y sus ojos estaban empañados en lágrimas.

–¿Se exilió por mí?

Se exilió por él y por Arbelel. Sabía que no podrían soportar la presión del odio de los elfos. Tampoco deseaban que su hijo se educase en aquel ambiente hostil. Si hay que buscar culpables directos de lo que sucedió, hay un hombre que lo es: Tas-par, maldito sea en la vida y en la muerte, que pregonó la identidad de Arbelel a los cuatro vientos.

Sertgón Maullé se acercó al Eäalet y se sentó apoyado en su tronco. Había deseado odiar a la Señora, pero ahora no podía. La negativa de ésta a la boda sólo se debía a la locura, permanente o temporal. Si tenía que esperar, esperaría. Por fin conocía la verdad, y respetaba la figura de la Señora como siempre había respetado la de Maullé.

Al final, ambos eran hijos de Orofín.

En cuando despertó se dio cuenta de que había dormido mucho. No era que sus sueños hubiesen sido largos o complicados, no, lo que ocurría era que el sol ya traspasaba su cénit. Eso significaba que había dormido casi un día.

–Hasta pronto, sabio amigo –se despidió el Eäalet–. Tú me has recomendado paciencia, y seguiré tu consejo. Esta noche volveré y reanudaremos lejanas conversaciones no olvidadas por ninguno.

Adiós, Sertgón Maullé, aquí esperaré tu regreso.

El Senescal abandonó el palacete con nuevo optimismo. Estaba seguro de que Austrong no sufriría tanto después de esta campaña –en realidad, ignoraba a qué se debía esta creencia, pero era algo que siempre había marcado sus decisiones y las de Labarín respecto a la guerra contra los kérveros–. Quizá su destino llegase ahora a su culminación sin más sufrimientos.

De cualquier forma, todos le recomendaban esperar, y por primera vez haría caso de los consejos. Pero en este asunto no se encontraba solo, y la decisión debía ser compartida también por la otra parte. Así pues, se dirigió a buscar a Marthadel al palacio de la Señora. Como el día precedente, el joven se dirigió al anciano tutor de su amada, y éste fue a buscarla de inmediato y en secreto.

Sertgón volvió a bajar. Salió de la ciudad para introducirse en el bosque. “En el mismo lugar”, le había dicho el anciano. Cuando llegó al punto de la cita, se sentó bajo el roble para observar el juego de los niños Alfen. Los primeros niños Alfen después de tantos siglos. Pronto la gente de Austra vendría también a Cerian al Fionol, y todos jugarían como siempre deberían haber jugado, creciendo juntos y aborreciendo los odios y los cismas.

Durante más de media hora contempló los juegos de los pequeños, las persecuciones, las discusiones incruentas, los llantos al tropezar y las risas al conseguir encaramarse a lo más alto del roble, o camuflarse entre las ramas de los dragos. Todo aquello de lo que le habían privado cuando comenzaba a conocerlo. Después llegó Marthadel y la cogió de la mano y la besó, y luego se fueron a pasear por el bosque en solitario, entre los alisos y los robles de las colinas. Pasearon sin pronunciar palabra entre senderos y peñas, entre arroyos y cantos de aves, hasta que la tarde estuvo muy avanzada. Entonces se detuvieron entre un álamo y un ciprés que crecían juntos, emblemas de Danaöl y Maullé, y allí por fin hablaron algo que sus miradas.

–Ayer tu madre nos concedió audiencia a los generales, después de nuestra despedida –dijo Sertgón.

–Lo sé, Daladei me informó –confesó Marthadel.

–¿Te comunicó también la decisión de tu madre?

Ella negó.

–No quiso. Se disculpó diciendo que quizá deberías ser tú el que lo hiciera –se mostraba nerviosa–. ¿Malas noticias?

Sertgón besó su mano y la estrechó contra él.

–Tu madre no cambió de opinión. Mantuvo la palabra de otoño. Para ella sigo siendo un zulfo, y lo seré hasta que Austrong cumpla su Destino.

Sintió que su amada lo estrechaba fuertemente, y le embargó la misma tristeza que a ella.

–¿Cómo puede afirmar algo así?

–Quizá la pérdida de Danaöl le ha afectado más de lo que podíamos imaginar –argumentó Sertgón con cautela.

Mas la cautela no sirvió para borrar las lágrimas de su amada.

–¿Qué podemos hacer?

–Incluso Labarín se resigna a esperar. Austrong es su hijo, es muy valiente. Yo solo puedo añadir mis plegarias a Madrivo para que mi hermano no sufra la insensatez de un pueblo.

Marthadel escuchó las palabras de su prometido sin replicar. Tampoco lloró más. El regreso fue también silencioso. Llegaron al palacio al final de una tarde triste, y se despidieron con un beso anhelante hasta el día siguiente.

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