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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Después de más de dos meses de reparticiones, reconstrucciones, contrataciones y decretos, el Marqués de Serheim podía al fin abandonar su marca junto a Thrasgok. Tras un milenio, Dorfen Hond se anexionaba de nuevo a la Corona de Sandor, y él recuperaba las tierras y títulos de sus antepasados. El de Marqués de Arheim lo dejaba para su hijo, que también le sucedería en éste cuando él muriera. Pero antes de ser llamado por Bedrom deseaba ser nominado por el nombre que tantos siglos atrás alcanzase prez y gloria en todas las batallas en que participó, y cuya sangre había sido siempre la primera en caer cuando los kérveros pretendían atacar la Corona.

Tres días después de abandonar su castillo, del cual sólo se habían construído los cimientos y una planta con una sola habitación techada, había divisado la meseta de Qésel y llegado a Crítaler. Apenas se detuvo un día, el tiempo suficiente para unirse a la comitiva de Dranlill, actual señor del castillo. Juntos, si los dioses lo permitían, llegarían a Ardellén para estampar sus firmas junto a la del rey Brim Tarlá. Entonces la Corona volvería a ser una, firme y poderosa.

Tal vez el tiempo pasado desde la batalla, en un terreno agreste y mísero, fuese el detonante que desencadenó su expresión de júbilo al volver a vislumbrar Ardellén, todo fortaleza y colorido, baluarte del Orden en épocas pasadas y, estaba seguro, también en el futuro.

El haber sido poeta en su juventud no se olvidaba con facilidad. No podía olvidarse. Imaginó un largo y florido romance, y, mientras se aproximaba al castillo, cabalgando al paso, se unían más y más versos, tanto que ya no recordaba los primeros; lo importante era ese momento de júbilo creador.

Una vez dentro, encontró a muchos amigos, nobles hombres todos, pero pronto se dio cuenta de que faltaban muchos más, caídos a orillas del Boureanaur, o más tarde en la tierras de Dorfen. Prejat era quizá la persona que más echaba en falta.

Sin querer, se dio cuenta de que el júbilo le había abandonado.

Llegó la noche e intentó recuperar alguna ensoñación olvidada y optimista, pensando que la tinta y el papel le ayudarían. Sin embargo, le traicionaron una vez más, y solo trazaron lúgubres palabras añorantes de tiempos que no conoció, de lugares inexistentes donde los caballeros no morían y donde la única batalla era la de los corazones anhelantes de amor. Cuando le venció el sueño, añoraba a sus amigos perdidos.

La mañana llegó quejumbrosa, como si el invierno desease persistir en la atmósfera como todavía anidaba en las almas de muchos. La lluvia, recurso infalible para fomentar la tristeza en un día oscuro, cumplió bien su cometido, y el Marqués se despertó sintiendo que no estaba completo. Miró por el ventanuco y aceptó de la imposibilidad de recuperar el pasado. No existían las segundas oportunidades verdaderas.

Salió de su estancia, la misma que siempre había utilizado durante sus largas temporadas en Ardellén, y casi tropezó con un caballero. Lo reconoció de inmediato.

–Saludos, Señor Rolja val Armit –era el primer motivo de alegría de aquella mañana. Entonces observó que una de sus trenzas estaba cortada hasta la mitad, clara señal de luto. Consternado, recordó que el caballero había perdido a su hermano, y además que era el yerno de Prejat.

–Saludos, Marrqués de Serrheim –repuso el joven, recordando el cambio de título del hombre–. ¿Os acerrcarréis al comedorr?

El marqués negó.

–Me temo que no. A mi edad no conviene llenar el estómago tan temprano; a estas horas, comer aumenta mi mal humor. Pasearé hasta que sea convocada la asamblea.

Rolja sabía que aquello no era más que una disculpa. También él, como todos los caballeros y campesinos de la Corona, necesitaba con frecuencia unos minutos para estar a solas. Especialmente una mañana lluviosa.

–Allí nos verremos, pues –se despidió el joven.

El almuerzo duró una hora, durante la cual el Marqués recorrió numerosos corredores del ala norte, subiendo y bajando de un nivel a otro, acercándose al salón del Trono, custodiado por la guardia personal de Brim Tarlá. Aquel día solo vigilaban una sala vacía. Bajó a las caballerizas y siguió durante varios minutos las evoluciones de uno de los pajes, elegido al azar, que se entrenaban en el manejo de la espada, bajo la lluvia. Mientras observaba al doncel, sus pensamientos volaban lejos, a una tierra reconquistada con sangre, y a un castillo que tal vez no viera terminado en su vida. Aquel sueño había costado muchas vidas.

Sonaron los cornos como una tempestad musical que relegaba la galerna a una mera circunstancia. Las notas arrancadas al aire llamaban, anunciando el desprecio de los elementos por las ideas. Por una idea se había luchado y muerto, se había vencido y por fin realizado el suelo de esa idea. Cómo iban a impedir ahora unas gotas de lluvia la consecución total de lo imaginado.

El marqués atravesó el patio de armas y penetró en la torra del homenaje. Subió hasta el tercer piso, donde encontró a la mayoría de los caballeros sentados en tribunas. Era de los últimos en llegar. Enseguida vio a Rolja, quién le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Lo hizo.

–Os he reserrvado un sitio junto al mío. Si me hacéis el honorr –ofreció.

–El honor es mío, Señor Rolja –aceptó el anciano.

Se sentó en el escaño y se apoyó en el respaldo. Rolja había escogido un sitio alto, desde donde se dominaba toda la sala. La última vez que se había celebrado asamblea solo habían acudido veinte nobles. La expansión del territorio reunía ahora a un centenar de caballeros de los cuatro reinos, garguines, Orondos, sandoreanos y Honds. La sala era la misma que entonces, por eso ya no se sentaba alrededor de una mesa.

Se hizo el silencio cuando entró el príncipe Dranlill. Con determinación, se dirigió a las tribunas y tomó asiento. Una vez lo hubo hecho, las miradas se clavaron en la puerta, esperando la aparición de Su Magestad Brim Tarlá. Su presencia propició un murmullo de admiración que se tradujo en una ola de metal que se incorporaba y saludaba a su monarca. Brim Tarlá subió con elegancia los tres peldaños que le separaban de su propio escaño, y tomó asiento sin perder ni por un momento la verticalidad de su espalda. Pocos se fijaron en el sacerdote de Bedrom que le acompañaba, hasta que el rey abrió el grueso libro que aquel le entregó.

–El dios Cronista será testigo de lo que aquí se hable. Lo que ya es una realidad, la unión de la Corona, quedará en este volumen constatado con la firma de cada uno de los nobles que han luchado por ella y han sobrevivido –comenzó–. Ahora vendréis aquí según se os llame, y repetiréis la fórmula que yo seré el primero en pronunciar. –cogió una pluma con la mano derecha y levantó la otra. Pinchó su dedo corazón y dejó caer una gota sobre la página en blanco. Después firmó y añadió en voz alta: Juro por esta sangre que derramo defender la unidad de la Corona de todo enemigo, exterior e interior, y juro lealtad eterna al rey que la representa.

Se escuchó el silencio cuando los caballeros contuvieron el aliento. Con pie firme, el príncipe Dranlill se levantó y se encaminó hacia su padre, que le entregó la pluma y el libro. Pinchó su dedo y repitió con orgullo las palabras del rey. Uno a uno, los cien caballeros repitieron la operación.

Dos horas más tarde, firmó el sacerdote de Bedrom, en la última página. El rey se levantó de su escaño y, cuando habló, lo hizo emocionado.

–He aquí un sueño cumplido –comenzó–. Pocos en este mundo pueden decir lo mismo. Es un sueño de toda una vida, un sueño anterior a esta vida, incluso, y ahora vosotros, caballeros, amazonas, todos los que han luchado y ya no se encuentran entre nosotros, habéis conseguido cumplirlo. No podéis imaginar lo que significa; una gracia que el destino me concede –murmuró sonriendo, si bien a nadie se le escapó la nostalgia de su mirada–. Ahora mi propio Destino me reclama, y tengo que partir –murmullos de incomprensión–. Mas todo está hecho y puedo abandonaros con la tranquilidad de que no me echaréis en falta; mi cuerpo me abandona, no mis pensamientos. Es hora de abdicar. Te nombro a ti, Dranlill, Rey de Reyes de la Corona de Sandor –anunció, y dejó el cetro y la corona sobre el escaño.

En la sala todo era incredulidad. Muchos lloraban. Rolja lloraba. El Marqués de Serheim permaneció sentado, consciente de que todo era real. Nada podría cambiarlo. Vio como Brim Tarlá abandonaba la sala; había dejado de ser rey, per la majestuosidad jamás lo abandonaría.

Así se fue Brim Tarlá, Grishka. La mayoría de los hombres que le lloraban jamás volverían a verle.

La sala se fue vaciando. Tras la marcha del rey, los vítores al nuevo, empañados por la sorpresa y el dolor. El sacerdote de Bedrom había recogido el libro, pero ni siquiera Dranlill había tocado los atributos reales que ahora eran suyos por derecho.

El Marqués de Serheim permaneció sentado en el banco, sin pensar. A su lado, Rolja continuaba llorando en silencio. Casi eran los últimos en salir.

Dos hombres de la guardia personal de Brim Tarlá entraron en la sala. El Marqués pensó que quizá fueran los encargados de recoger la corona y el cetro, pero descartó esa idea antes de terminar de formarla. Ni siquiera el nuevo rey las había tocado.

Los días de lluvia eran tristes.

Acercaron los dos hombres.

–¿Marqués de Arheim?, ¿Señor Rolja val Armit? –El hombre titubeó unos instantes–. Brim Tarlá desea hablar con ambos –anunció; era muy duro para un hombre fiel suprimir el título de su Señor.

–Llevadme ante él –ordenó Rolja, levantándose de inmediato. El Marqués lo imitó.

Los hombres dieron media vuelta y caminaron hacia la puerta. Los caballeros los siguieron. Subieron un nivel, hasta el cuarto, donde se hallaban las habitaciones de la familia real. Los hombres abrieron una puerta, y los caballeros atravesaron el umbral.

Ante ellos apareció el rey. Había cambiado sus elegantes ropajes por un jubon negro, más propio de un cortesano. Los recibió de pie, como un igual, y cuando la puerta se cerró, no fue ningún siervo quién lo hizo.

–Os saludo, señores, y os agradezco vuestra presencia – recibió.

–Siempre a vuestro servicio –contestó el marqués.

–Os he reunido para pediros un favor, después de todo lo que habéis hecho –dijo–. Favores muy distintos, en realidad.

–Pedid, mi Señor, y os obedeceré hasta la muerte –ofreció Rolja, arrodillándose.

Brim Tarlá le agarró por los hombros y le levantó.

–No os lo pido como señor, que ya no lo soy, sino como amigo, pues solo por amistad podríais acceder a mis abusivas peticiones –señaló.

–Como amigo me tenéis.

–Así y todo, es difícil. Mi destino me llama después de mucho tiempo, más del que imagináis. Os pido que me acompañéis durante un tramo del camino, pues voy a la guerra lejos de aquí –descubrió con firmeza–. Sé que es mucho lo que os pido, pues ha poco habéis perdido a vuestro hermano y al padre de vuestra esposa.

Sin embargo, Rolja negó.

–Nada es lo que me pedís; si vais a la guerra, considero mi deber acompañaros.

El rey lo tomó nuevamente por los hombres, emocionado.

–Capitán de mi guardia personal, ese será vuestro rango en esta empresa –informó, y el caballero saludó militarmente, sin palabras innecesarias.

–¿Qué deseáis de mí? –interrogó el Marqués. Nada me complacería más que seros de utilidad.

–Lo sé, mi buen marqués. No obstante, quizá cambiéis de parecer tras oír lo que tengo que pediros. Dranlill es muy joven, y no es un gran conocedor de las sutilezas del gobernante. Por ello, os pido que permanezcáis junto a él, instruyéndole, hasta que esté preparado.

El marqués de Serheim quedó sin habla. Su tierra, su castillo, aquello con lo que había soñado y por lo que había luchado, pareció desvanecerse en el aire. Era anciano, e instruir a Dranlill llevaría varios años. Sin embargo, era Brim Tarlá quién lo pedía, el hombre que había hecho posible, el verdadero artífice de que el sueño se cumpliera. Por eso accedió, renunciando a todo.

No obstante, el marqués sí llegó a ver su castillo terminado, y aún vivió varios años en él antes de morir, dedicándose a escribir odas y romances que aún hoy se cantan en los días de fiesta.

Había respondido a su pregunta, y eso hacía que su determinación aumentara. Derrotaría a maras Dokk.

Pero era consciente de que no podía obsesionarse con la idea, y decidió pensar en alguna otra cosa, tumbado en su catre, solo para aliviar la tensión acumulada aquella mañana. Se le ocurrió de repente que haber visto a Pancao era una buena noticia. Tal vez eso significase que Austrong aún vivía, perdido por algún punto de Edeter, o quizá disfrutando con su familia en Blakari. Incluso era posible que hubiera participado en la campaña de Thrasgok. Tal vez hubiese muerto allí… pero no. Grundo había visto a su padre, y éste le había reconocido. Si algo le hubiera sucedido, se lo hubiera dicho. ¿Por qué no se lo preguntó cuando había tenido la oportunidad? Tal vez la pena por Tálendir. Tal vez la sorpresa. Desedón le había dicho que su padre era Labarín… Labarín….

Se incorporó de un salto. Aquello resultaba demasiado siniestro. ¿Labarín el padre de Austrong? No, imposible, Desedón se confundía. Intentó ir a buscarlo, pero recordó que se hallaba en el Templo de Karas; pronto sería Sumo Sacerdote del gemelo de la diosa. Comenzó a impacientarse, a dar vueltas de un lado a otro.

El hijo de Labarín… el hijo de Austra… la redención de los zulfos.

Quiso gritar, tanto apretaba la tensión; quiso llamar a Desedón, a Gôlfang, a Pancao. Quiso salir e interrogar a todo el mundo. Quiso que le dijeran que todo era una brima.

Pero cuando miró a Gwist ya no deseó nada. Hundió la cabeza entre las manos para ocultar las lágrimas, para no enloquecer.

El Custodio lloraba. Sobraban explicaciones.

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