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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Durante dos días se alojaron en el Alcázar, edificio imponente erigido en y de las montañas. Vastas salas excavadas en la roca por enanos de otras edades, humanizadas y decoradas según la racionalidad del hombre. Palabras que para Grundo equivalían a decir desprovistas de toda su naturaleza, de la belleza misteriosa que envuelve lo salvaje. El Orondo evitó en la medida de los posible esta clase de instalaciones, y su tiempo transcurrió entre paseos por el gran patio de armas, en compañía de Gwist, donde los jóvenes caballeros se entrenaban en las artes de la guerra. Grundo no se sintió impotente e indefenso; nada tenía que ver su estado con la calidad del ejército que contemplaba. Por primera vez, Grundo sonrió sinceramente desde que conocía su Destino. En su mano estaba salvar a todos aquellos Hombres, a los Willand de Kirot Takarés, a los marinos de Thok Arent y de Thok Cirás que abandonaban a sus familias para ir a morir, a los caballeros que se entrenaban y anteponían el honor a su vida. Incluso a los enanos, que abandonaban sus moradas por primera vez desde tiempos sin cuenta.

Mas surgía la duda, la incertidumbre que siempre le acompañaba en los momentos cruciales. No era la pregunta de si podía vencer al Maras Dokk. ¿Acaso no se lo debía a Gôlfang, a su familia, a su pueblo, a los amigos Alfens que habían fallecido a sus manos? No, sabía que odio contra odio era imposible perder. La duda era de otro tipo, más metafísica, si cabía, pero para él muy real. ¿Estaba seguro de que tenía el derecho de matar al Maras Dokk?, ¿no pertenecía él al Equilibrio?, ¿no era el Equilibrio lo más sagrado? Si no había podido acabar con la Piedra Darko, ¿por qué iba a poder hacerlo con su creador?

La vorágine de sus preguntas devoró la pasividad y relajación que había intentado imponerse, dando lugar a una actividad nerviosa que sin darse cuenta había imprimido una mayor velocidad a su paseo.

–¿Os ocurre algo? –la voz llegó desde la izquierda. Cuando se volvió en esa dirección, encontró al Mariscal Tarios Môces, observándole con cierta preocupación suavizada por una distancia irónica.

–Demasiadas emociones, me temo; el viaje ha sido largo. Gracias por vuestro interés –no tenía necesidad de mentir. Por otra parte, le hubiera costado hacerlo. El Mariscal era el tipo de caballero bonerii, serio y responsable; la expresión de su mirada, no obstante, le asemejaba de modo extraordinario con Cadmier.

–Parece ser que a vuestro amigo le ha sentado peor que a vos –indicó a Gwist, cuya respiración era muy agitada.

–Lo siento, Gwist –se disculpó; sus pensamientos le habían hecho olvidar por un momento el estado en el que se hallaba su amigo–. ¿Nos sentamos?

–No, gracias, creo que volveré a mi habitación –rechazó–.

–Os acompañaré a vuestra estancia para que descanséis –ofreció entonces Tarios Môces, tendiendo su brazo a Gwist. El Orondo no dudó en apoyarse en él.

Grundo se tendió en su cama en cuanto llegaron, pero no consiguió dormir.

Los dos hombres miraron en silencio al que entraba. Lo habían acompañado con la mirada desde el patio hasta que entró en el edificio, y ya hacía más de dos minutos que esperaban.

–¿Por qué son tan importantes? –preguntó una vez más.

En la respuesta lo único que varió fue el tono del reproche, quizá más duro que en los días precedentes.

–Mis veces os he repetido que ignoro su importancia real –respondió Phërôn Ré, enojado–. Gôlfang los protegió aun en su muerte, y Gôlfang no era un necio.

–¿Qué sabéis de Desedón? Nos harán falta todos los magos con que podamos contar para vencer a los nigromantes –decidió cambiar de tema, convencido de que no sacaría nada más del Ré.

El rostro de éste perdió su compostura por momentos.

–Discúlpenme, señores. Desedón tiene una reunión muy importante en la ciudad, aunque supongo que no lo sabe, y yo debo llevarle hasta allí.

Se cuadró y salió de inmediato.

–¿Sabéis algo del tema? –interrogó el Mariscal.

–Solo que es tan importante como para que Phërôn nos haya abandonado –aseguró Heimdallat Ré, que había regresado a Boracoria aquella misma tarde–. Pronto lo sabremos.

–Eso espero –murmuró el comandante en jefe de los ejércitos boneriis–. Por cierto, aún no os he agradeciso vuestra intercesión por mí ante el Consejo de Defensa. Comenzaba a odiar cualquier cosa que tuviera relación con pergaminas, tinta, cera, sellos…

–Sois más importante aquí, animando a las tropas. Por otra parte, Phericlô Ré es un experto marino y estratega. Nadie mejor que él para cartografiar territorios.

–Eso es cierto –confirmó el Mariscal. Después continuó, receloso–. Lo cual me conduce a plantear una pregunta clave respecto a mi posición: ¿por qué no se me ha permitido dimitir como Mariscal?

El otro le miró de hito en hito.

–¿Queréis la verdad? Es posible que Cadmier Ré no pueda regresar a Edeter, no me preguntéis la razón. En esas circunstancias, sois el hombre más experimentado en grandes contiendas que actualmente posee Boneria.

Aquello constituía un mazazo para Tarios. Había esperado el regreso de su viejo amigo desde el mismo momento que observó el águila del primer Ré posada en el patio. Si la guerra era inevitable, la presencia de Cadmier le otorgaba confianza en las posibilidades de su ejército. Sin él…

–¿Cambiaría mucho nuestros planes el no contar con Cadmier… Ré?

El otro le taladró con la mirada de sus ojos oscuros.

–En realidad, no. El capitán debía llegar y asumir el mando; ahora, y con esto completo la respuesta a vuestra anterior pregunta, vos lo asumiréis. Sois el más parecido por formación y carácter. Nadie lo haría mejor.

El Mariscal miró fijamente a Heimdallat, y a punto estuvo de dejar escapar una maldición.

–¡Por K…! espero que recordéis que vos sois mi superior –trató de manifestarse con todo el aplomo que fue capaz de reunir.

–No lo he olvidado, pero los tres Ré tenemos otras empresas que llevar a cabo, y ello nos impedirá seguir la batalla adecuadamente. Hay varios enemigos contra los que solo nosotros podríamos combatir.

–¿A quién os referís?

El mariscal dudó unos instantes antes de contestar.

–El terror de los cielos, el Devorador del sol, no fue eliminado en Arodia por los Alfens; si lo hicieron huir fue porque estaba agotado después de su largo exilio, pero tened por seguro que la batalla no pasará sin su presencia.

El Mariscal no envidió a los jinetes de las águilas.

Phërôn Ré no corría, pero hubiese deseado hacerlo. Cómo podía haber olvidado aquella importante cita era algo que no comprendía. Atravesó las estancias excavadas en la roca y salió al patio de armas, en el que no se entretuvo más que el tiempo necesario para saludar a los oficiales de mayor graduación o, por deferencia, a algunos de sus antiguos compañeros de promoción, a los que, cuando todo aquello acabase, invitaría a grandes barriles de hidromiel, ya sin el peso de su título. Hasta entonces, mantendría una distancia prudencial, por ellos y por la disciplina. Llegó al fin a los edificios erigidos junto a las murallas, a las que otorgaban una impresión de robustez, y, una vez dentro, se dirigió a las habitaciones que habían dispuesto para Desedón junto a la biblioteca. Phërôn lo había ordenado así para evitar que el mago pudiese marcharse y echase a perder la reunión. Y ahora había sido él quien casi la estropea.

Llamó dos veces a la puerta de madera, labrada con motivos rústicos alrededor de los escudos de Boneria y de la orden de las Águilas Blancas. Volvió a llamar con más insistencia ante la falta de contestación. Tampoco hubo respuesta. Se apresuró hacia la biblioteca. Sintió un vacío en el estómago ante la soledad de las salas, vacías una tras otra. Encontró a un joven diácono de Karos sentado entre infinitas pilas de volúmenes místicos, que se levantó de un salto al distinguir al Ré.

–Os saludo, padre –dijo con dificultad. Tampoco al caballero le resultó muy natural asumir la carga religiosa de su nuevo título.

–Saludos –replicó con impaciencia–. ¿Habéis visto a Desedón?

–El hermano Desedón dejó recado para vos y para los Orondos de que pasaría el día en el Templo de Karos. Hace una media hora salió hacia allí. –La expresión de alivio de Phërôn contribuyó a relajar también al diácono.

–Os agradezco el mensaje. Espero que paséis un buen día –se despidió el Ré. ¿Acaso no era maravilloso cuando las cosas salían bien. Desedón se dirigía exactamente al lugar donde era esperado. De cualquier forma, el caballero salió deprisa del Alcázar y tomó el camino de la ciudad. Debía asegurarse de que efectivamente el otro llegaría a la reunión. Llamó a su águila, pues media hora era mucho tiempo para un camino tan breve, y se remontó hacia las alturas.

Tan breve que lo encontró casi al final de su itinerario, prácticamente a un paso de la ciudad. Fue una suerte. De haber entrado ya en Boracoria, Desedón se hubiera perdido fácilmente entre las gentes que abarrotaban las calles, gentes que durante la última semana se habían reunido en la ciudad para despedir a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos y prometidos; gentes que, en fin, deseaban ver quizá por última vez a los caballeros que pronto partirían hacia la guerra.

Por supuesto, Phërôn conocía el camino del templo, y sabía que Desedón también lo conocía, no en vano aquella urbe había contemplado el nacimiento del mago. Sin embargo, existía la posibilidad de que este último decidiese por alguna razón no ir directamente al lugar consagrado a su dios, cuando la hora de la reunión que lo esperaba ya había sido fijada. El caballero trató de imprimir una inflexión neutra a su voz y a su rostro antes de colocarse a la altura del mago.

–Me dijeron que os dirigíais a rezar a Karos. Quizá me permitáis acompañaros –solicitó.

–No puedo negároslo después de veros venir como lo habéis hecho. –El caballero no pudo dejar de notar la nota de ironía en la réplica del mago. Sonrió. Juntos caminaron al interior de la ciudad, fuertemente polarizada entre religión y ejército; podían verse tantos sacerdotes y sacerdotisas como caballeros y patrullas de vigilancia.

–¿Existe algún motivo principal que os conduzca a estos rezos? –se interesó Phërôn, como al descuido.

–Soy un sacerdote de Karos; creo que es obligatorio hacerlo de vez en cuando –bromeó. El otro sonrió un tanto forzado–. Hace más de un año que no piso el Templo –concedió.

El caballero asintió, comprensivo.

Continuaron caminando entre la abigarrada multitud. Pasado mediodía, los caballeros disponían de un corto tiempo libre para reunirse con sus familias y amigos, y pocos desaprovechaban tales oportunidades. A medida que se acercaban al centro de la ciudad, la multitud se disolvía. Aquella era la zona religiosa, donde muchos pasaban la noche, mas a aquella hora la abandonaban para acudir en tropel a los cuarteles periféricos y no tan periféricos, de modo que los templos se investían del silencio que les era propio en situaciones de normalidad.

–¿Y vos? –fue el turno de Desedón–. ¿Qué os lleva a rezar con tanta prisa?

–Algo parecido a vos, Desedón. Demasiado tiempo sin pisar el Templo, y demasiados cambios –confesó el Ré–. Sé que jamás se repetirá mi experiencia allí –indicó el cielo con el dedo–, pero quizá en el Templo vuelva a sentir algo remotamente parecido.

Desedón sonrió comprensivo; él también había estado en presencia de Karas. Poco más tarde llegaron al templo consagrado a Iyhalá Karos. Los dos caballeros de la orden de las Águilas Blancas que cumplían servicio en la puerta se cuadraron y saludaron a los que entraban. Los dejaron atrás, cruzaron el vestíbulo y penetraron en una estancia sin ventanas y apenas iluminada por la luz de dos velas.

Un sacerdote salió a recibirlos.

–Saludos, hermano Desedón, ya os esperan –recibió.

El caballero desapareció por otra puerta oculta en la penumbra.

–¿Quién me espera? –se sorprendió Desedón.

El sacerdote se mostró más desconcertado que él ante aquella reacción, pero se limitó a cumplir el papel que le habrían dado.

–Por aquí, por favor –invitó, y salió por una tercera puerta. El mago lo siguió a través de pasillos oscuros y conocidos, pequeños, familiares, para desembocar en la sala donde el mago adivinó lo que le esperaba.

Observó a las figuras sentadas. Dos. Tres, con él. La última vez habían sido cuatro, y cuando los otros dos eran jóvenes, habían sido aún más. Hoy solo eran tres. Desedón tomó asiento junto a los otros, y colocó su mano sobre la de ellos, junto a la vela. Era uno más.

–Bienvenido, Desedón –recibió Delra.

–Bienvenido, hijo –saludó Zerto.

–Os saludo de nuevo. Me alegro de que estéis aquí –saludó emocionado. Las palabras se revelaban irrelevantes; era y se sentía uno más. Todo se lo debía a Gôlfang–. ¿Por qué no me pedisteis simplemente que viniera? Phërôn lo sabía.

–Sí, lo sabía. Nos hemos reunido por varias razones, y algunas te afectan especialmente –informó Delra con voz pausada–. Los nigromantes han extendido su poder, y no quisimos arriesgar tu seguridad revelando nada fuera del templo.

–¿Mi seguridad?

–Cada cosa a su tiempo –gruñó Zerto–. Se ha dicho que son varias las razones que nos han traído aquí. La primera y más importante es honrar la memoria de nuestro Sumo Sacerdote –dijo con voz quebrada.

Desedón sintió cómo una lágrima se escapaba de sus ojos. No le importaba llorar, allí no, y menos por aquel motivo. Honrar la memoria de Gôlfang. Sin querer, rompió el silencio. Poseían la magia, pero eran humanos. No se hallaba entre ellos el cuerpo presente del anciano, pero estaba su recuerdo, y era más que suficiente. Refirió anécdotas de su corta vida en común, y sonrió con sus recuerdos para dar paso a los de Delra, y después a los de Zerto; aprendió mucho sobre la figura del Sumo Sacerdote, de cuando él ni siquiera había nacido. Más tarde llegaron las disculpas y los perdones, la verdad desnuda y objetiva, los reproches y más perdones, la comprensión y más disculpas. No importaba que el tiempo escaseara. No para despedir a un amigo.

Mucho más tarde, las voces de los tres elevaron una oración de despedida y de futuro reencuentro. Volverían a encontrarse, más allá de Edeter.

Pero ahora el presente les urgía a tomar en consideración los asuntos que les afectarían en este mundo sublunar.

–Ya se ha dicho que los nigromantes son muy poderosos, y es evidente que debemos organizarnos para combatirlos –comenzó Zerto–. Lo primero, ocupar el puesto que Gôlfang ha dejado vacante –Desedón se sorprendió de no haber pensado en ello. Mas era cierto y, si bien doloroso, era comprensible que se tratasen esos asuntos en momentos como aquellos–. Por todo ello, tenemos la responsabilidad de votar y elegir. Los sacerdotes aceptarán nuestro criterio.

Delra asintió. Su mirada intranquilizó a Desedón.

–Creo que nuestra única opción está clara –comenzó. El joven afirmó con la cabeza–. Propongo como Sumo Sacerdote de Karos al hermano Desedón –y el interfecto se quedó sin habla.

–Eso… no es aceptable. Vosotros… –masculló.

Zerto interceptó sus protestas.

–No es una decisión tomada a la ligera –reveló.

–¿Decisión? Pensé que votaríamos –argumentó el joven.

Delra rió, y Zerto también mostró una sonrisa.

–Si vas a ser nuestro líder, deberías empezar a mostrarte menos confiado –ironizó el anciano.

–Realmente, querido Desedón, eres el más indicado –afirmó Delra con un tono que no por lo amable dejaba de mostrar firmeza–. Quizá no conoces poderosos sortilegios, pero eso lo arregla el tiempo, y de eso vas a disponer en abundancia. El poder late visiblemente en ti. Tú retaste al maras en su terreno, y Gôlfang supo que su hora debía pasar entonces. No te atormentes. Ya no.

El silencio.

–De cualquier forma, tú, Delra, Zerto, estáis mejor preparados… –trató de argumentar; pero supo que no podría.

Sonrieron, pero negaron.

–No confundas edad con experiencia –desmintió Delra.

–Soy demasiado viejo para vivir otros mil años –aportó el anciano–. No hay lugar a discusiones. Serás nombrado Sumo Sacerdote dentro de dos días, el primero de la primavera.

¡El primero de la primavera! ¿Cómo podía haber olvidado una fecha tan importante? Desedón sintió vértigo en medio del ciclón de ideas inconexas. Sus esperanzas más remotas se cumplían…, demasiado pronto. No podía ser tan fácil, no cuando sabía que no las merecía. Se sentía manipulado, y no tenía fuerzas para evitar esa manipulación, porque no era una lucha de voluntades. Porque a él le elegían los que le querían y respetaban, y a ellos no podía enfrentarse. Pero, por otro lado, se había prometido que acompañaría a Grundo y a Gwist hasta que sus fuerzas se lo permitiesen, y no sabía cómo iba a poder compaginar ambas obligaciones.

La última sorpresa llegó cuando no se había repuesto de la anterior, como si pretendieran anular su capacidad de reacción de una vez por todas. Y lo estaban consiguiendo.

–¿Es que no deseas saber quién te dará las bendiciones de Naraendil? –increpó Zerto. Para entonces, Desedón ya sabía que el enfado de aquel era fingido–. Ha hecho un viaje muy largo solo para esta ocasión. Adelante, Pansalabadarao –pidió.

Se estrecharon en un abrazo largo y afectuoso. Era su primer encuentro después de la hecatombe de Granshall. Entonces se escucharon risas y palabras de bienvenida tan cordiales como las que habían abierto la reunión.

–Has cambiado mucho, Desedón, aun desde la última vez –sentenció Pancao lentamente–. Ahora eres un gran hombre.

“Sí que lo es”, pensó Delra. “Y realmente ha cambiado”.

La hubiese agradado pasar más tiempo con él, y estaba seguro de que Desedón sentía lo mismo. El mago aún era un niño cuando Pancao le conoció, y desde los primeros días supo el sacerdote blanco que aquel pequeño tenía un carácter activo, tanto, que sería injusto obligarle a servir a Naraendil como él lo hacía, todo contemplación y reflexión, y donde la sentencia era inapelable. Desedón pretendía siempre lo imposible, intentando cambiar las cosas que no le gustaban, aferrándose a sus sentimientos. Sentimientos de profundas raíces, Pancao lo sabía mejor que nadie.

Aquel niño había crecido y se había educado en el amor a Karos, lejos del diácono. Hoy, a pesar del tiempo que los había transformado, su amistad era tan fuerte como cuando se forjó. Por eso, aunque ambos hubieran valorado un rato de compañía, Pancao comprendía que las obligaciones del Sumo Sacerdote comenzaban antes de tomar posesión de su título, y que eran más importantes que nada en aquel instante. Probablemente ahora Desedón se estuviera entrevistando con Ahlbadín –Sumo Sacerdote de Naraendil tras la desaparición de Margaö–, y de su conversación con el Qüenyum nada trascendería al exterior.

Mientras tanto, el sacerdote de Naraendil paseaba entre los jardines que tantos buenos y malos momentos había contemplado. Los jardines del templo de Naraendil en Boracoria, misceláneo paisaje que complacía los gustos más variopintos, desde la naturaleza salvaje e incontrolada de los Alfens hasta el artificial decorado de setos recortados y árboles alineados del que participaban los bonerii.

Como Alfen, prefería la selva. Como sacerdote paseaba indistintamente a lo largo de caminos y senderos. Fue en uno de estos últimos donde tuvo la impresión de que una historia se repetía. Observó cómo a los lejos una pequeña figura se aproximaba con paso inseguro y abría la puerta de metal con timidez, como esperando que alguien le reprendiese por su atrevimiento. Pareció tomar confianza, puesto que una vez dentro ya no miró hacia los lados, sino que se acercó a un banco de piedra y se sentó. A su alrededor crecían azucenas. Pancao se acercó al banco y se detuvo en el momento en que percibió el fuerte aroma de las flores blancas.

–Es la segunda vez que te veo dudar al entrar en los jardines de Naraendil –saludó despacio, sonriendo. El Orondo levantó la cabeza y miró al Alfen. Pancao sabía reconocer una sonrisa forzada–. Lamento haber interrumpido tus pensamientos –se disculpó. En realidad no podía estar seguro de que el Orondo le recordase. Él sí recordaba a Grundo, desde luego; fue el primero de su raza al que conoció personalmente. Y no era el único motivo.

Sin embargo, cuando el otro se levantó, su disculpa era sincera.

–Perdóname, te lo ruego. Es sólo que me ha sorprendido verte… aquí, precisamente ahora…

El sacerdote sintió que el destino ajustaba sus engranajes. Aquel Orondo aparentemente ordinario ocultaba algo dentro que provocaba temor.

Grundo se dio cuenta de que aquel Alfen amigo de Desedón, que ya le había mirado de forma extraña muchos meses antes, ni siquiera sospechaba quién era. Hasta aquel momento, y desde que el Ciclo se cerró, todas las personas que le rodeaban lo habían sabido, y él se sentía una especie de centro de atención, pero Pancao lo ignoraba y grundo no se atrevía a decírselo. Una ironía. Aquel a quién más necesitaba en aquel instante no sabía absolutamente nada. Había acudido al templo de Alania pensando que allí encontraría solución a la duda que lo inquietaba y que no le dejaba dormir desde que conoció su destino. No sabía cómo hallaría esa solución, pero aun así había acudido.

–He oído que los sacerdotes de Alania escucháis a la gente en secreto, y que no podéis revelar nada de lo que se os dice –Grundo recordaba alguna leyenda, donde el malvado no era reconocido porque el único que conocía su verdadera identidad era un sacerdote de Alania; no estaba seguro de que fuese verdad.

–Es totalmente cierto –ratificó el Alfen, repentinamente serio–. ¿Deseas que te escuche de ese modo?

El Orondo asintió.

–Sí, por favor.

–De acuerdo. Acompáñame –invitó el sacerdote.

Grundo se levantó del banco y siguió al Alfen. El olor de las azucenas se desvaneció lentamente, aunque el color blanco de sus flores se continuó con otras igualmente blancas, gardenias, lívidas rosas, enormes gladiolos que se apiñaban en sus espigas, y otras a las que no relacionaba con ningún nombre, o que simplemente no conocía. Luego anduvieron por otro pasillo donde todas las flores eran azules y violáceas, y más tarde por otro donde todas eran rojas, recorriendo una amplia gama de colores mientras se adentraban en los jardines, hasta que llegaron a una nívea cabina en medio de un corro de amapolas.

Pancao abrió una portezuela, se introdujo en el pequeño recinto, y al cabo se abrió otra puerta perpendicular a la primera. En su interior, en el suelo, Grundo se sentó sobre un cojín.

–Adelante –invitó la voz del sacerdote.

Grundo cerró despacio la puerta. A la altura de su cabeza había una celosía por la que pudo intuir la silueta sentada de Pancao, del cual le separaba además una pared de madera. No creyó apropiado arrodillarse, puesto que tampoco deseaba elevar la voz.

–Habla sin miedo, pues es Naraendil quien escucha, y al final ella sabrá y juzgará.

Grundo no se sintió del todo bien cuando comprendió lo mucho que le inquietaban aquellas palabras. Después de morir, sería juzgado por sus actos. Era por eso que estaba allí. No quería una absolución, puesto que todo dependía de la respuesta que ahora le diesen. Quizá allguna vez se había sentido tan nervioso. No lo recordaba. Decidió acabar cuanto antes.

–Soy el Soñador de Sentimientos. Conozco mi destino, y es enfrentarme a Maras Dokk y matarle si puedo en nombre del Equilibrio –soltó. No hubiera continuado si hubiera podido ver la expresión de aterrado asombro de Pancao–. Necesito saber si realmente tengo derecho a asesinar y a romper el Equilibrio.

El prolongado silencio lo embargó de una sensación que desconocía, pero que estaba más allá del temor; la inminencia de un peso que no podría soportar, que lo colocaría fuera del mundo para siempre.

Pancao, sentado en su silla, quedó mudo. Apenas daba crédito a las palabras que acababa de oír. El Soñador de Sentimientos. Todo encajó con una lógica aplastante y necesaria. Por eso se habían conocido en Granshall. Por eso él se había ordenado sacerdote en aquel momento; por eso su prueba había sido la que había sido. Entonces había hablado con un Iöron. Hoy era un instrumento del Poder que sobrepasaba a los dioses, pues era Creador y no simple Hacedor, quién se acercaba a él. Como sacerdote de Naraendil, conocía la Verdad de ese Poder, y su superioridad sobre el resto.

–Tu Destino te ha sido revelado, y has de cumplirlo –comenzó, tras decidirse a hablar. No fue fácil, y tuvo buen cuidado de hacer comprensible la idea que encerraban sus palabras–. El Destino de cada uno nos da derecho a cumplirlo; tal vez el de Mars Dokk sea morir a tus manos, tal vez no. Si cuestionas tu responsabilidad, no solo te afectarán a ti las consecuencias, sino a muchos otros, inocentes o culpables. –Y supo que aquellas mismas palabras ya las había pronunciado, cuando su nombre, Pancao, pasó a ser Pansalabadarao, una noche en Granshall antes del Cónclave, mirando a los ojos a Kordafán Narkot.

–¿Pretendes decir que el Destino nos marca y no podemos evitarlo?

–Pretendo decir que las consecuencias de la renuncia pueden ser funestas. – Grundo sollozó, como una liberación lloró y sorbió las lágrimas que resbalaban y mojaban su vello facial. Escuchó las palabras como una sentencia desfavorable, y no obstante esperada–. No viniste aquí para lamentarte por tu destino implacable, sino para pedir consejo sobre una cuestión de derecho. Te ha sido dada la respuesta. –Aunque trató de mantener un tono firme, Pancao sabía que no podría conseguirlo. El desenlace de aquel duelo acabaría con la vida de uno de los dos contendientes, y él se sentía de algún modo responsable.

Se sentía peor porque no comprendía cómo podía vencer Grundo.

No era un consuelo para Dne Korba, pero él se regocijaba por su pequeña victoria. Había acertado plenamente. Ya aseguró a la Vida y a la Muerte que aquello no quedaría así. Había perdido un general con la Shoru’Treak, pero había conseguido que también karos perdiera uno. Naraendil había aceptado sin protestar. Incluso hubo de acallar a su hijo marrón.

Primero se le había ocurrido que podía ser la esencia de Gôlfang; Karos tenía mucho aprecio a ese mago que tanto le había servido. El hombre había quebrantado su Destino y había empleado la espada y la magia, cuando solo le estaba permitido utilizar la Palabra. Pero luego el Maras se dio cuenta de que el mago ya no suponía un peligro, y se vio obligado a recurrir a su ingenio para conseguir la pieza apropiada. Solo Gôlfang había quebrantado de ese modo las leyes, y en consecuencia solo él podía ser reclamado. Entonces echó una mirada a Edeter, y una luz roja brilló en el fondo de sus pupilas. Un Ré. Un Ré había contemplado la muerte de su hijo, la muerte de Moriao. Deseó venganza y la consiguió. Pero no pretendía a aquel Phërôn, que era insignificante.

Acudió a Naraendil reclamando a Cadmier. El mismo Cadmier que portaba la espada de Paradano, regalo de Gôlfang, que le había criado. Y Naraendil aceptó, a pesar de las protestas de Karos.

Cadmier no sería Ré. Ni siquiera le estaría permitido regresar a Edeter hasta después de la contienda, en castigo por los excesos de Karos al armar a cuatro Ré, en vez de a uno solo.

Maras Dokk rió en su castillo en el hielo, y Sánedri rió con él. La espada de Paradano, el exterminador de Aügreii, no volvería a Edeter. Y Sánedri era un Aügreii. Eliminado Cadmier, era invencible.

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