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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El amanecer llegó y el sol rojo se elevó sobre Kimeria. El sol rojo como roja era la sangre que salpicaba la grava, o rojos habían sido los ojos del negro unicornio que yacía en el erial de Willand. De Kordafán nada se sabía desde que desapareciese volando hacia el norte. Mas los restos de Moriao ya no se moverían de allí sino para alimentar a los carroñeros.
Los Alfens reunidos alrededor del cuerpo lanzaban miradas de profundo desprecio, y alguno de ellos hubiese deseado atravesarlo con la espada. De cualquier forma, pudieron contenerse, siendo conscientes de que aquel acto hubiese rebajado su condición, pues el unicornio ya estaba vencido. No obstante, pronto se dieron cuenta de que la moral del caballero bonerii no coincidía con la suya. Mientras el águila que hacía las veces de su montura les bajaba por turnos de la pared, él se había dedicado a buscar el cadáver de Luobo y a cortarle la cabeza una vez hallado. Ahora traía su trofeo ensartado en la punta de su espada.
–Dos grandes enemigos menos –sentenció.
–Así es –confirmó Labarín–. Varios días atrás comenzamos su persecución, mas, si no es por vos, aún estaríamos intentando descender de esa pared. Os damos las gracias por ello.
–No me las deis, insigne Labarín –respondió el caballero prontamente–, pues solo he saldado una cuenta–. ¿O creéis que mi memoria es tan floja que no recuerdo cómo nos sacasteis de la ciudad de los mercenarios cuando el Maras perseguía a los magos a los que acompañábamos?
Labarín asintió un par de veces.
–Saldada la cuenta, entonces. El honor no ha sufrido menoscabo.
Una voz irrumpió en la conversación.
–Uno de los nuestros yace allí por ese honor, y no puedo asegurar que eso sea un consuelo. –El Señor observaba la escena que se desarrollaba a unos metros–. Mirad allí cómo es velado, y cómo las lágrimas afloran a los ojos de quienes lo amaban.
Todos pudieron ver a Grundo, arrodillado junto al cuerpo de Teqüe.
–Reconozco al Iöron –afirmó Labarín–. Pertenecía a vuestro grupo, allí en Sandor. Parecía estar muy unido a Austrong –al añadir la última frase, casi se quebró, y una sombra recorrió los rostros de los Alfens–. Sin embargo hay algo extraño en él… algo poderoso.
–No es un simple Iöron, al igual que tú no eres un simple Alfen o yo un simple caballero –confirmó Phërôn–. Ahora que podemos mirar atrás, veo que quizá aquel corto viaje marcase el inicio de un gran cambio.
–Yo no fui en aquel viaje, pero también recuerdo a ese Iöron –terció Ose a Laraí–. Acompañaba a Led-a-Nerín en el campamento de Minas Dirok, y antes cuando los kérveros entraron en Aliranaos y Austrong partió junto a aquel. ¿Dónde se encuentra ahora ese gran mago?
El rostro del caballero se ensombreció, y también el de Desedón, que se había acercado al grupo para respetar la intimidad de los Orondos.
–Gôlfang, Sumo Sacerdote de Iyhalá Karos, Portador de la Palabra, ya no se encuentra entre nosotros –anunció el hechicero. Los Alfens mostraron su consternación–. Antes de morir, acabó con la vida del Minotauro nigromante, el predilecto hijo del Maras Dokk. Por eso el desenlace de esta batalla entre los dos unicornios era tan importante –sentenció Phërôn–. El señor de las Tinieblas pierde a sus hijos.

Tan solo una ojeada le bastó para convencerse de que no sería un espectáculo placentero. Por eso Grundo prefirió esperar la llegada de los Alfens un tanto alejado de aquel lugar. Vinieron de dos en dos, y al primero que reconoció fue al imponente guerrero zulfo que viese en Minas Dirok. A continuación llegó, para gran sorpresa de su parte, el padre de Austrong, acompañado del indómito Alfen de la urca que los sacó de la ciudad de los mercenarios. Desgraciadamente, sobre el águila venían tres cuerpos, y el tercero, al que mejor conocía, era un cuerpo inerte.
Los dos Alfens desmontaron al tercero y lo depositaron en el suelo sobre un lecho de capas raídas. Cuando vieron acercarse al Iöron, y por respeto a Tálendir, los dejaron solos. Grundo se arrodilló junto al cuerpo de aquel que tanto le había enseñado y al que tanto había querido; él le había presentado a… bueno, a alguien que no recordaba pero que había representado mucho en su vida, eso seguro. La tristeza por la muerte de Teqüe seguramente velaba sus recuerdos. Eran tanto lo que le unía a él. Aunque, por alguna razón, era incapaz de concretar nada…
–También yo lo conocí –señaló Gwist, dando muestras por primera vez de ser un verdadero Orondo, con raíces en Arodia–. Acudía a la taberna un par de veces por semana, cuando trabajaba en Minas de Platino.
–No sabía que hubieses trabajado allí –contestó Grundo, quizá por continuar una conversación que en aquellos momentos le hacía mucha falta. En realidad sabía tan pocas cosas de Gwist.
Sin embargo, el aventurero no contestó. Tal vez aquella frase fuese solo un pensamiento pronunciado en voz alta. De cualquier modo, Grundo no preguntó. Gwist lo sorprendió con una nueva frase.
–Quizá él constituya un punto en común entre tú y yo, antes de que todo esto comenzase. Como tú me has dicho alguna vez, él te inició en tu propia vida, como lo hizo conmigo, y así nos conocimos: tú como mensajero y yo como aventurero.
Gwist no sonrió y Grundo tampoco lo hizo. Sin embargo, aquellas frases propiciaron que se aliviase parte de la tensión. Tal vez era aquel su verdadero significado. Gwist era el Custodio, después de todo.
Desedón y el Ré se acercaron a ellos.
–Debemos continuar –indicó Phërôn.
Grundo lanzó una mirada al cuerpo inmóvil de Teqüe.
–Los Alfens se ocuparán de todo –aseguró Desedón–. Es un gran honor, pues entre estos Alfens hay tres de los cuatro generales que llevaron a cabo el ataque a Thrasgok. El padre de Austrong es Labarín –espetó, y Grundo conocía suficiente historia como para saber que ese nombre pertenecía a uno de los Padres de los Alfens–; el joven indómito es Sertgón Maullé, Senescal de los Alfens, y el guerrero imponente, al que ya conoces, es el Señor Ose a Laraí, mentor de Austrong en su infancia.
–¿Mentor de Austrong, un general? –se extrañó Grundo, que no terminaba de encajar todas las piezas.
–Su padre es Labarín. –Y aquello lo explicaba todo.
–El tiempo no nos espera –urgió Phërôn, y montó sobre su águila.
Desedón lo acompañó, al tiempo que Grundo con lágrimas en los ojos, subía sobre Alwarín seguido de Gwist.
–Adiós, y que Madrivo os bendiga –se despidió Phërôn de los Alfens, y estos les desearon suerte y larga vida con sus habituales formulismos.
Entonces se adelantó Sertgón Maullé.
–¿Es cierto que os dirigías al este?
–Seguiremos ese rumbo por un tiempo, sí, antes de girar hacia el norte –confirmó el caballero.
–¿Me permitiréis acompañaros? Deseo hacer llegar la noticia de nuestro triunfo a la Señora Maberel –dijo, aunque alguno pensó era hora de que sus propósitos se dirigieran a la hija de aquella, su prometida Marthadel.
–No pongo objeciones a que el Senescal de los Alfens nos acompañe –accedió Phërôn–, siempre y cuando disponga de un medio de transporte suficientemente rápido –añadió a continuación.
El Senescal endureció la mirada.
–Ya sabéis que no lo poseo, como sabéis que vuestra águila nos ha rescatados cuando nos encontrábamos casi atrapados.
Phërôn no perdió la frialdad.
–Tal vez el Destino no quiera que hagamos este viaje juntos –sugirió tras algunos segundos de silencio.
–O tal vez sí –objetó Labarín, y mientras hablaba tenía la vista puesta en el cielo, en la dirección del viento de Dröbhâ.
Aún tardaron los hombres un par de minutos en ver la figura alada que se aproximaba hacia ellos, y tres más hasta que igualaron a la vista del Alfen, identificándola. Kordafán Narkot.
El Unicornia Alado se posó entre los dos grupos, y movió graciosamente la cabeza y las alas. Todavía se podía percibir sangre seca alrededor de cuatro o cinco heridas que maculaban su cuerpo.
–Saludos, amigos –comenzó, hablándoles directamente al interior d su cabeza–. La vida de Moriao transcurrió entre traiciones y estratagemas; durante el anterior enfrentamiento consiguió huir gracias a ellas. Quería ver el cuerpo de nuevo.
–Ahí yace, definitivamente derrotado –señaló Labarín.
–Ya puedo descansar, pues. Estoy agotado.
–¿Volverás a tus montañas?
–Pronto tendré que volver. Mas de momento Madrivo me ha ofrecido un lugar junto a él por devolverle lo que era suyo, y yo lo he aceptado.
–¿Devolverle lo que era suyo?
–Maras Dokk utilizó el material del cuerpo de Madrivo para formar el de Moriao, sin tener en cuenta el Equilibrio al que está sometida la creación de vida. Ahora ese material volverá a su origen.
–¿Te diriges, por ventura, al Templo de Cerian Fionol? –intervino Sertgón.
–Allí me dirijo –confirmó. Después, añadió con manifiesta ironía–. ¿Deseas que te lleve junto a Mart… Maberel? –Sertgón se sonrojó–. Veo que sí. No temas, Senescal, nuestra conversación es privada –aseguró, y emitió algo parecido a una risa reposada.
Sertgón rió entonces, como no lo había hecho en un larguísimo tiempo. Kordafán le facilitó la subida a su grupa.
–Si todo está preparado, partamos –ordenó Phërôn, y el águila se elevó.
Al despedirse, Desedón miró largamente a Labarín, y este le devolvió la mirada. Se despidieron sin más palabras, y el Alfen añadió respeto a aquellas miradas de despedida. Quizá los Alfens habían terminado la mayor parte de su participación en esta contienda, pero aquellos que marchaban comenzaban su andadura.
También Grundo se despidió de un amigo que ya no podía contestarle.

Desde el cielo del ocaso el sistema tenía la forma de un anillo grabado en relieve por su cara exterior. A medida que descendían, sus sombras se proyectaban ante ellos sobre las rocas que formaban dicho relieve, hasta que, las garras del águila primero, y luego los cascos del unicornio, se unieron a sus oscuras proyecciones.
–¿Por qué nos detenemos aquí? Este lugar no es bueno para el descanso efímero –aseguró Sertgón Maullé.
–Quizá en otro tiempo fuese así. Ahora es un centro de poder, pero solo de poder político. Ese es precisamente el motivo –aseguró el Ré.
–¿De qué se trata? Los Patriarcas de Willand hace años que mantienen buenas relaciones con los Señores de Cerian al Fionol.
–Agradezco la oferta, Senescal, pero lo único que he de hacer es recoger un pergamino que ya está sellado; Ude Yots es lo más lejos al este que vamos a llegar, después viajaremos al norte –añadió.
–Siendo así, me demoraré hasta vuestra partida –buscó el consentimiento de Kordafán–. Siempre hay cosas que visitar, incluso en esta Necrópolis.
La conversación quedó interrumpida por la llegada de Alwarín y los Iöron.
–Ahora que estamos todos, podemos entrar –incitó Phërôn–. Las Cavernas de los Patriarcas se encuentran situadas a un par de kilómetros de aquí, por lo que no creo que me demore demasiado. –Quedó claro que los demás no estaban invitados a acompañarle–. En todo caso, el Ude Arás, el valle, es un lugar de recogimiento donde el acceso solo está restringido para aquellos que no llevan el respeto en sus actos –invitó, y se perdió por un largo corredor excavado en la roca.
–El Ude Arás es un cementerio –explicó Desedón al Orondo.
–En efecto, es la gran Necrópolis de Willand, donde son enterrados, previa conservación del cuerpo, todos los habitantes de estas tierras sin excepción –amplió Sertgón Maullé–. Si nos hallásemos en la cumbre del Ude Yots, veríamos a nuestros pies la parte externa de la cúpula de nubes blancas que lo protegen y que amortiguan los rigores de las estaciones.
Pero para Grundo no era nuevo el nombre de Willand, y de pronto sus recuerdos acudieron a un anciano mago cuyo primer nombre había sido Achick Cogerubra… la visión desapareció rápidamente, con un tirón, y Grundo se encontró con la mirada culpable de Gwist. No entendió por qué.
Comenzaron el descenso al valle, poco más de doscientos metros por una suave senda bordeada de aulagas. A decir verdad, Sertgón no se engañaba, y el clima en el interior era agradable, bien que la protección de las nubes restaba luz natural al ya de por sí taciturno día. Las antorchas y hogueras no constituían un buen sustituto, pero conferían un clima recogido más acorde con la naturaleza del lugar. Bancos situados estratégicamente y el agradable aroma de plantas de todo tipo le dotaban además de una comodidad que incitaba al reposo.
–Es maravilloso –alabó Grundo.
–Es el equilibrio entre la Vida y la Muerte –afirmó Sertgón Maullé, y Grundo sintió que comprendía todo el significado de aquella frase. Los bárbaros Willand habían formado aquella isla de vida en medio del erial alimentada con sus propios cuerpos–. Esta es la verdadera y única reencarnación que se manifiesta en Edeter, desde que las esencias de los Alfens deben permanecer junto a Madrivo. –Había hablado para sí mismo, con una desolación que trascendía el sentido de sus palabras. Al observar que Grundo lo observaba fijamente, se permitió una pequeña sonrisa–. Deberíamos probar el agua de los manantiales que descienden desde el Ude Yots, se dice que es el agua más pura de todo el Erial –propuso entonces.
Grundo, tras las horas pasadas sobre Alwarín, aceptó encantado.
Remontaron la senda, y luego tomaron otra que ascendía cómodamente hacia las peñas. Tras dejar atrás unas moreras de las que tomaron apenas un puñado, escucharon el sonido de un arroyuelo que se remansaba tras un salto de agua. El Orondo corrió hacia un peñasco desde el que se tenía fácil acceso al agua, y trepó a él. Se disponía a beber cuando algo en el tono de la voz de Sertgón Maullé lo contuvo.
–¿Sabes dónde te encuentras encaramado?
Grundo miró hacia abajo, dubitativo.
–Te encuentras sobre un sepulcro Alfen –afirmó el Senescal, y Grundo dio un salto que le hizo rodar sobre la tierra, temeroso de haber cometido una imprudencia.
–Creía que no era vuestra costumbre enterrar a los muertos. Teqüe nunca… –Se detuvo, visiblemente dolido.
El otro le miró unos instantes, como juzgando lo oportuno de sus palabras.
–Sólo este existe. Pertenece a Nelerií. Es una historia triste, pero significó el comienzo de la amistad entre el pueblo de Cerian al Fionol y el de Willand –no añadió nada más, aunque Grundo estuvo tentado de preguntar. Sin embargo, aquel Alfen no era Teqüe, del que habría escuchado la historia con fruición. El otro pareció notar la falta de interés. –Rellenemos los recipientes y volvamos –sugirió, aunque su voz era la del Senescal.
–Madrivo le bendiga –rezó Grundo antes de marcharse.
Tan pronto como volvieron, Alwarín se acercó a él y le frotó el hocico contra el pecho. Agradeció esa muestra de afecto, acariciando su cuello con entusiasmo. Le hubiese gustado montar, pero era consciente de que durante la última semana el caballo se había visto sometido a un esfuerzo continuo, llevándole al galope de un sitio a otro, de modo que lo dejó pastando y se sentó en un banco. Phërôn volvió al cabo de una hora. Mantuvo una conversación con Sertgón Maullé, y quizá también con Kordafán, que se encontraba muy cerca y los miraba fijamente. Desedón y Gwist compartieron su banco, comiendo unas bolas parecidas a avellanas de color verde que el caballero había traído consigo.
–Pruébalas, no las encontrarás en ninguna otra parte de Edeter –ofreció el mago. Aceptó un par de ellas, y apreció los aromas sutiles que se desplegaron en cascada por su boca.
Phërôn se acercó a ellos.
–Hora de continuar.
Luego abandonaron la Necrópolis.

El frío helaba los dedos que se aferraban con firmeza al pelaje del Megaterio. Aquí, en los Hielos, Dröbhâ fabricaba los vientos que caían en invierno sobre la Península, y aquí era donde con más fuerza soplaban, hasta el punto de no permitir más que una muy especializada forma de vida. Y Orofín-Beradol sentía el frío como cualquier otro.
El Megaterio atravesó ventiscas y nieves, hielos eternos, y llevó a su jinete hasta donde nadie lo esperaba y donde no sería bien recibido. Mas con ellos volaba Grencam de muerte, y Orofín Beradol tendría que cumplir sus promesas. El hielo abstracto se transformó de pronto en una compleja y ordenada torre, y tras ella aparecieron docenas más, hasta que, vistas desde el aire, tomaron la forma de una gigantesca e irregular fortaleza helada. Su destino, precisamente: la Morada de Darko.
Rodearon varias torres para encontrar una entrada, y sólo descubrían ventanas selladas con finas láminas de traslúcido hielo, hasta que al fin dieron con lo que buscaban. Penetraron en la torre y bajaron raudos la interminable escalera de caracol. Llegaron a una sala cubierta, completamente vacía. Daba la impresión de estar abandonada. O lo hubiese dado de no ser por las siniestras gárgolas esculpidas en las paredes, que los miraban fijamente. No se amilanaron, pues eran extraños sin poder. Antes bien gritaron mil veces el nombre del señor del lugar, a pesar de lo cual la única respuesta fue la mirada de las gárgolas. Cuando asumieron que nadie iría a su encuentro, decidieron seguir con la iniciativa. Buscaron por muchas torres y muchas salas, todas tan silenciosas como la primera.
Fue al cabo de horas cuando dieron con lo que buscaban. Estaba Maras Dokk reunido bajo una gran cúpula junto a muchos de sus generales, grandes estrategas del Mal los unos, sanguinarios insaciables los más. Para la mayoría, la aparición fue una sorpresa, aunque no así para el Maras y Dne Korba, y menos para Sánedri, que con gran osadía habló el primero.
–Bienvenido, Orofín Beradol –recibió con sarcasmo, y todos vieron que bajo su túnica negra su cuerpo era el de un Aügrei.
El Alfen ni siquiera se dignó contestar, y sus acompañantes aprobaron tal comportamiento. Entonces, con una luz tan fría y lejana como lo era su Morada para las gentes de La Península, el Señor de las Tinieblas tomó la palabra, levantándose de su negro Trono.
–¿Cómo osáis entrar en la morada de Maras Dokk sin su permiso? –increpó, y su tono de voz y su negro cuerpo de Minotauro hubieran amedrentado a otros.
–Maras Dokk ha roto los acuerdos de la Vida y la Muerte, o ha consentido que otros lo hicieran –susurró, pues sus fuerzas eran débiles. Pero su voz fue percibida por todos los oídos–. Estoy aquí para unir lo que ha sido roto.
Al escuchar aquellas palabras, Darko guardó un momento de silencio, para luego lanzar una carcajada sin humor.
–¿Tú? ¿Sabes que tengo poder para destruirte? Cualquiera de mis generales tiene ese poder –retó con desdén, y se escucharon muchas risas y sonidos que pasaban por risas–. Solo eres un zulfo.
–Sabes que no lo soy –repuso. Había ganado. –Sabes también que la Vida y la Muerte me acompañan.
Las risas cesaron, y también todo otro sonido.
–¿Crees que no puedo enfrentarme a todos ellos? –pero sonó demasiado a baladronada. No respondió. El dios volvió a sentarse en el Trono–. Haced, pero sabed que mi paciencia es poca, y si me ofendéis os destruiré sin pesar en las consecuencias.
–He de hacer lo que he de hacer –aseguró al Alfen. Luego desvió la mirada del gran Minotauro y la paseó por sus generales, hasta que, entre aquel cuadro grotesco, encontró lo que buscaba–. ¡Shoru’Treak, vuelve a las Inflöms de donde tu madre te sacó! –conminó, y entonces se escuchó un grito que desgarró a los presentes.
–¡Maras Dokk, no permitas que se llevan a mi hijo! –exigió Dne Korba.
Pero el Minotauro seguía la escena con mirada aparentemente desinteresaba.
–¡Silencio! Ya has escuchado mi decisión. –Su mirada roja volvió silencio la queja de Korba.
Entonces Sánedri dio un paso al frente para colocarse junto a Orofín.
–¿Qué has decido, zulfo, vas a matarme?
Orofín Beradol desvió la mirada del Aügrei.
–Tú jamás has muerto, Sánedri, y yo no puedo matarte. Has tomado una forma preexistente, pero tu esencia siempre estuvo en el reino de la vida. –Sánedri rompió a reír al escuchar las palabras de Orofín Beradol, sarcástico y cruel, pues conocía la respuesta de antemano a pesar de la anterior promesa de Orofín.
Pero maras Dokk impuso silencio, y sus ojos rojos temblaron de ira.
–Ahora marchaos, y llevaros lo que es vuestro –tronó–. Y sabed que las cuentas no se cierran así.
Orofín Beradol montó sobre el Megaterio, y Grencam se acercó a la Shoru’Treak, que instantáneamente vayó inerte. Cuando abandonaron la fortaleza de hielo, la Muerte viajó hacia el sur con su presa, mientras Domla y el Alfen volaban al este y más allá.
Orofín Beradol hallaría su último destino.

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