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Imagen: Manolo

Así se veía ayer la matutina manifestación estudiantil del 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, desde la cola de la manifestación, junto a la policía. Por delante, varios miles de jóvenes y no tan jóvenes, incluso niñas y niños -lo que quizá perturbe a mentalidades que piensan que los centros escolares de la ESO en adelante no son ámbitos donde colocar información sobre una huelga-, reivindicando que de una vez se acabe con las desigualdades estructurales y se consiga al fin la igualdad de todas las personas sin importar su sexo.

Tal vez con estas muestras, y el trabajo cotidiano, conseguimos acortar esa estimación de 170 años que tardará en llegar la igualdad, según el «Informe Global de la Brecha de Género de 2016 del Foro Económico Mundial», hablando de economía.

Es verdad que aún hay mucho por hacer, y las reticencias de muchos hombres están vigentes, como cuando ciertos líderes políticos aseguran que los hombres deben ser quienes lideren los cambios (más bien deberíamos liderar el quitarnos de en medio y renunciar a nuestros privilegios, con toda la transversalidad de edad, económica, clase social, grupo étnico, etc. que se quiera y que hace proliferar diferentes escenarios, impidiendo el paso a las mujeres, pues la realidad es que nos situamos en un lugar privilegiado que no nos corresponde), como si la igualdad fuese una concesión de los varones y no un derecho inherente a la dignidad humana.

Ayer en la manifestación se vio claramente como algunos hombres efectivamente están muy interesados en liderar el cambio, anteponiéndose a las mujeres que habían organizado la manifestación e invisibilizándolas de nuevo. Alguno se lo tendría que hacer mirar, no vaya a ser que el feminismo masculino se convierta en un nuevo «postureo».

Para no alargar más la entrada, solo unas palabras finales: la lucha sigue y es cotidiana.

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Imagen: Manolo

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