Etiquetas

, , , ,

Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Y el sonido de los cuernos celebró la victoria.

–¡Se retiran!, ¡cánticos, cánticos y honor al Senescal!, ¡larga vida al Senescal! –decían los Alfens–, ¡victoria!, ¡elogios para el Señor Ose!, ¡oh, Bezadol, buen marino, ahora y siempre bienaventurado! –gritaban también, y sus voces y sus risas colmaban el bosque y la llanura, los vientos y los corazones.

Pues en verdad los kérveros se retiraban en gran desbandada, y sus generales morían o huían también. Mas la noticia que los henchía de gozo era la desaparición de Luobo y de Sánedri a lomos de un negro unicornio alado, frente al cual más de uno había temblado; los que conocían su nombre, Moriao, tardaron mucho tiempo en empuñar su arma sin que les temblara la mano. Pero ahora se habían marchado, y con él el valor de las hordas kérvicas.

Ahora bien, ninguno de los cuatro generales Alfens se había mostrado satisfecho y, así que comprobaron que no se trataba de una traición que ocultara una encerrona, ordenaron a Bezadol que volviese al sur con todos los ejércitos, a las naves, mientras los otros tres montaron sobre los Raahami más frescos y comenzaron la persecución de Moriao y sus jinetes, con solo diez hombres de escolta. Durante dos días cabalgaron entre tierra fangosa y bosques, siempre en dirección norte, hasta que al cabo se encontraron al pie del Llerîanán-bâz-Tûrsala. No se dejaron llevar por la desesperanza al ver aquellos colosos de piedra, pues Labarín conocía desfiladeros que no hubiesen permitido el paso de un ejército, pero sí de unas pocas como ellos eran. Aun así los desfiladeros les evitarían quizá el último kilómetro de subida, pero no los primeros tres, de sendas abruptas y rocosas si tenían suerte, o bien paredes de roca inexpugnables. Entonces se produjo la primera escisión, pues decidieron que los caballos ya no eran precisos a partir de ese momento, y, no queriendo abandonarlos a su suerte en aquellas tierras sombrías, ordenaron a tres de los jinetes que regresaran a las naves con todos los Raahami. Para entonces ya se les había hecho de noche, así que resolvieron detenerse una hora para hablar y descansar los músculos.

–Una dura campaña, durante la cual Bedrom ha abierto las puertas de las Imflömb para los kérveros, y muchos de nuestros hermanos se han reunido con nuestro padre –sentenció Ose a Laraí.

–Una victoria que no lo es si no sirve para que los dos pueblos seamos uno, y para aliviar el sufrimiento de Austrong –intervino Sertgón Maullé, posando su mirada en los ojos de Labarín, que reflejaban una tristeza inaudita en aquellos días en los que el gozo por la victoria debía aliviar las tensiones.

Pero como había señalado Sertgón, la victoria vendría con el tiempo, y aún el término estaba rodeado de incertidumbre.

–Confío en que los dioses se apiaden de nuestro sufrimiento y nos concedan lo que tanto deseamos, de modo que dentro de poco podamos ver al pueblo de Austra en Cerial al Fionol, viviendo como siempre debería haber vivido.

Los minutos transcurrieron en silencio, testigos mudos e indiferentes de las reflexiones y las esperanzas de los Alfens. Así pasó la hora de descanso.

Los diez guerreros emprendieron la escalada, buscando grietas a las cuales aferrar los pies; la montaña permitía la verticalidad si los pies estaban bien asentados, sin necesidad de utilizar los dedos de las manos. Aun así avanzaban desequilibrados por el peso y el volumen de las armas. Tardaron buena parte de la noche en cubrir los primeros mil metros, pues, si bien la pendiente y la oscuridad los obligaban a marchar despacio, tras las primeras etapas rocosas y casi lisas, el fuerte viento había mordido mil veces la pared, formando una especie de escalones. Tras estos, el primer rellano donde descansar, y después continuar la subida.

Solo una vez el riesgo había sido verdaderamente alto, cuando una fuerte ráfaga había zarandeado a uno de los miembros de la escolta entre dos escalones especialmente distanciados. El Alfen, que no era otro que Tálendir, perdió sus armas en un intento de sujetarse a la pared, y estuvieron a punto de alcanzar a los que le seguían. Fue una suerte que Ose le precediese, pues con su fuerte brazo le izó hasta ponerlo a salvo.

Descansaban en otro rellano cuando Labarín los vio pasar; a juzgar por el ritmo de vuelo, debía estar agotado. Sin dudo los habían adelantado cuando cabalgaban sobre los Raahami, pues, ahora comprendía, había transcurrido mucho tiempo desde su plena juventud, y la larga inactividad le impediría volar con soltura. Moriao había perdido mucho, mas se recuperaría si tenía la oportunidad, no en vano era hijo de Maras Dokk. Gerrkil, el Minotauro nigromante; Moriao, el negro Unicornio Alado; Cmeist el Condenador, el Adalid de la Manada. Los tres engendros del dios de las Tinieblas. Además de las razas, por supuesto.

Y Labarín estaba dispuesto a acabar con todos.

–¡Oh, Moriao, traidor a tu propia progenie! No existe criatura más cruel que tú, si exceptuamos a tu hermano Cmeist, que llevará en su hocico el sello de mi espada hasta que esta se hunda en su pecho. Ahora te sigo, pues tarde o temprano habrás de descender para reponer fuerzas, y allí estaré para acabar con tu miserable vida. Morirás, Moriao, antivida, Madrivo es testigo de mis palabras.

–No nos ha visto, Labarín, en eso seguimos llevando ventaja –intervino Sertgón Maullé.

–Aprovechémosla, o de nada nos servirá esta carrera si no estamos esperando cuando descienda.

–Estaremos, Labarín, no lo dudes –aseveró, y emitió una orden implacable–. Adelante, sin descanso hasta su muerte.

Los Alfens le siguieron sin protestas.

Tras el día con su noche, llegaron a la altura de los desfiladeros. Escogieron uno al azar de los tres que aparecieron ante ellos. La pendiente de la montaña había declinado durante el último kilómetro, lo que les hubiera permitido avanzar con rapidez de no encontrarse con las primeras nieves. Se trataba de una nieve suelta que cedía a cada pisada, lo que agravaba el peso de las armaduras, de modo que tuvieron de proveerse de paciencia para, paso a paso, alcanzar su primera meta.

–Tardaremos todo el día en atravesar el desfiladero, y quizá otra noche y la mañana en llegar al otro lado del sistema –calculó Sertgón.

–No, si estos soldados han obedecido mis órdenes –contravino Ose a Laraí. Los Alfens se deshicieron de sus petos y mostraron metros de fina y resistente cuerda que llevaban alrededor de sus cinturas.

–Bienaventurados, seáis, amigos, y recompensada sea tu prudencia, Señor Ose –alabó Labarín–. Esto nos ahorrará un tiempo precioso. Quizá no lleguemos antes de que Moriao aterrice, mas no precisará de menos de un día para reponerse, y no puede sacarnos tanta ventaja, ya no. También él tendrá que volar entre las tormentas de la cima del Llerîtanán.

–Es más que probable que Luobo conozca estos desfiladeros –previno Sertgón.

–En todo caso, se verían obligados a caminar y escalar, y nunca serán tan rápidos como nosotros; Sánedri, sin valerse de la magia, hubiera tardado una semana en recorrer lo que nosotros hemos hecho en un día –calculó de modo optimista–. Pero es cierto, continuemos sin divagar más –propuso Ose, y se introdujo en el estrecho desfiladero, seguido de sus soldados.

Labarín miró a Sertgón.

–No deja de sorprenderme; tan pronto se comporta como un frío calculador, para después internarse en un paraje que jamás ha visto siguiendo al un Héroe del Mal y al Qüenyum de maras Dokk.

–O se deja arrastrar a una guerra quimérica, venciendo, por un joven loco y un padre desesperado– añadió el Senescal con una sonrisa preñada de triste ironía.

El otro asintió, y ambos se encaminaron tras el Señor Ose al interior del desfiladero. Los esperaba a poco pasos en el interior, protegiéndose el rostro con las manos. Cuando llegaron a su altura comprendieron por qué: el viento bajaba aullando por las paredes de roca lisa y formaba un remolino al llegar abajo, trayendo consigo copos de nieve y granizo que rebotaban en la piel, golpeándola con dureza. El dolor era tan agudo que costaba no gritar.

–¿Cuántos metros se prolonga? –gritó Sertgón a voz en cuello, y aun así dudó de que Labarín le hubiera entendido.

–Un par de kilómetros, tal vez menos –contestó el otro, demostrando que un su oído seguía siendo extremadamente fino–. Está dentro de lo posible que esta sea una elevación poco ancha, unos pocos metros de desfiladero que desemboquen en una nueva elevación. De cualquier manera, las montañas de esta cordillera están unidas muy arriba, de modo que la ladera de una se prolonga hasta la cima de la siguiente. Si este desfiladero es corto, siempre podremos encontrar otros a su misma altura para atravesar el sistema.

–Será mejor que sea corto, o cuando lleguemos al otro lado tendremos más heridas por el granizo que por los kérveros –ironizó Sertgón.

Protegiéndose los dorados ojos con las manos, el Senescal fue tras el resto. Su dorada armadura no brillaba, y una costra de barro y nieve sin derretir ocultaba su oro.

La marcha prosiguió hasta el mediodía, sin más sorpresas que una interrupción momentánea de la tormenta, tan breve que apenas les dio tiempo a unas cuantas precipitadas zancadas. Los perseguidores llegaron al final de la garganta, que había resultado no ser tan corta, para precipitarse en una ladera de nieves perpetuas que les encogió el corazón de gozo. Incluso allí, en aquel lugar remoto que marcaba la frontera con el caos, Madrivo dejaba notar su presencia, y una pareja de águilas volaba rauda entre las nubes blancas que les rodeaban, sin duda buscando un alimento que escaseaba en aquel paraje. Pero, si bien escaso, no estaba totalmente ausente, y los blancos conejos de las nieves abrían curiosos sus ojos para ver desfilar a los desconocidos por donde durante tanto tiempo solo ellos habían estado.

Una hora o más anduvieron buscando desfiladeros, y por fin se decidieron por uno cuyo comienzo se situaba al nordeste; la confirmación de que no había tormentas en las laderas fue la clave para su decisión; si bien esponjosa, la nieve no los sepultaría con su continuo precipitarse. Tras un breve preludio, el desfiladero rompía su horizontalidad y caía con una pequeña pendiente que, al cabo de seis horas de marcha, significaba tal vez un kilómetro de desnivel. Habían atravesado el Llerîtanán-bâz-Tûrsala.

Ahora restaba, no obstante, lo peor. Se encontraban en la mitad de una pared de roca, como alimañas de las que tienen su hogar en agujeros oscuros. Mas ellos no podían descender pegados a los muros.

–¿Cuántos metros hay hasta el primer repecho? –preguntó Sertgón oteando la sima.

–Si tenemos en cuenta lo descendido en estas últimas horas, y que esta parte de la Península se encuentra al menos a novecientos metros sobre el mar, no puede haber menos de mil metros hasta abajo –aventuró Labarín.

Un gesto de desánimo afloró a los rostros de sus compañeros.

–¿Cuántos metros de cuerda tenemos? –insistió el Senescal.

–No más de ciento veinte –aseguró Ose.

Labarín observó de nuevo la sima.

–Creo que eso bastará –afirmó. Esperaron a que continuase–. Veo un rellano aproximadamente a esa distancia; desde allí, la pared ya no es tan lisa ni tan vertical, y seguramente podremos descender con el solo apoyo de manos y pies. Naturalmente, deberemos despojarnos de las armaduras.

–¿Y si no podemos descender sin ayuda de cuerdas? –preguntó Talendir.

–Entonces siempre podemos regresar –fue la respuesta de Ose a Larai y a continuación comenzó a desprenderse de su coraza y a desenrollar la cuerda que cubría su cintura y su abdomen. Los siete Alfens de la escolta le imitaron, y al cabo tuvieron preparada una gran soga por la cual descender. Ataron uno de sus extremos a un saliente de roca y lanzaron el resto al vacío. Rezaron porque la longitud fuese la necesaria.

–Nos veremos obligados a un salto de unos tres metros –precisó Ose, cuando la soga detuvo su balanceo–. Descenderemos de uno en uno. –Los fue nombrando para hacer los turnos, sin que nadie le contradijese–. Yo seré el último.

–No, Señor Ose –negó el Senescal–, la cuerda se desgasta con el descenso, y estará más débil al final. Yo seré el último, pues mi peso es más liviano.

A pesar de su autoridad, no tardó en intervenir la voz discordante de Tálendir.

–No, Señores, si el peligro acecha, soy yo quién debe afrontarlo. Tengo el corazón de anciano, y el pueblo en el que pasé mi infancia vaga sin hogar una vez más, allá en el sur, mendigando y clamando venganza contra quién los diezmó y expulsó. A vosotros aún esperan grandes hazañas que realizar y un pueblo unido que gobernar y administrar.

Sertgón hubiera querido impedírselo, pues para él aquellas razones no bastaban; pero sintió que para el anciano aquel acto era importante.

–Sí, Tálendir, tú nos cubrirás, y vigilarás que el nudo no se desate de la roca –autorizó–. Abajo nos vemos.

El descenso por turnos no le llevó demasiado a la mayoría, acostumbrados a los intrincados pasos aéreos de Blakari o a los cordajes de La Bella Alada.

–¡Maullé!

Tálendir escuchó el grito que significaba su turno. Un mal presagio le azoró, y durante algunos segundos no se acercó a la cuerda. A continuación, con una determinación que le sorprendió, dio dos pasos y comenzó el descenso.

Resultaba duro mantenerse aferrado a la cuerda con las manos desnudas, más cuando los pies apenas constituían un apoyo. Sentía su cuerpo lento y pesado como nunca antes lo había sentido, y el vértigo le abrumaba y casi vencía, a punto de la náusea. Aquel extraño peso fue lo que hizo tan consciente y nítido el momento en que la soga se rompió. No escuchó el chasquido; no sintió el tirón. Solo alguien lo libraba de aquel peso, y lo agradeció, pues eso le acercaba más a su Padre. En el último instante, una imagen difuminaba su desahogo, mas el viento impidió que las lágrimas se derramasen.

Lloró porque sus dos pueblos solo eran cenizas del pasado.

Antes del impacto ya había perdido el sentido.

Los que esperaban abajo ni siquiera supieron lo que realmente ocurrió segundos más tarde. La cuerda cedía, arañada por las rocas y Tálendir se precipitaba hacia el suelo como un cometa blanco. Entonces fue que apareció la saeta, la sombra, el relámpago, que descendía de las alturas para arrebatar al Alfen de las manos de Bedrom. Cuando su silueta se dibujó junto a las rocas, los gritos airados de los nueve perseguidores clamaron por la venganza, pues vieron a su presa en aquella figura. Mas las injurias dieron paso al estupor toda vez que la luz se reflejó en aquella llanura albina moteada de sangre que era el pelaje de Kordafán Narkot.

–¡Por Naraendil bendita! –exclamó Labarín–, ¡el hijo de la Madre busca el desenlace!

Ninguno cayó en la cuenta de la inminencia de aquellas palabras, a pesar de su obviedad. El Unicornio Alado descendió junto a ellos para depositar a Tálendir, y ellos lo recibieron con veneración. Pero él les devolvió una mirada pesarosa, al entregarles el cuerpo de su compañero. Sin perder un instante, se elevó a las alturas por medio de un fuerte impulso de sus alas.

Y no se precipitó, pues por encima de él, sobre las cumbres del Llerîtanán-bâz-Tûrsala, lanzando un relincho que más parecía un rugido, las palabras de Labarín cobraron sentido con la aparición de Moriao, los ojso ardiendo de desprecio. Sus dos jinetes miraron con sorpresa.

Y bajo aquella tensión, sonaron palabras de agonía.

–Tálendir, Teqüe entre los Iöron, ya no se encuentra entre nosotros.

Salir del desierto había sido una experiencia maravillosa, y había disfrutado de la posterior carrera sobre Alwarín, sintiéndose más libre que nunca antes desde la primera vez que abandonó Arodia. Pero había vuelto, había invitado a Gwist a unirse a él, y ya solo quedaba el retorno.

–¿A casa? –se dirigió a los enanos.

–A casa –respondió Artok, por todos ellos.

A medida que el tiempo transcurría, el recuerdo del frío perpetuo del desierto Oscuro fue desvaneciéndose, sustituido por la realidad del invierno de la estepa. Para ser sinceros, nadie emitió una sola queja, contentos de haber evitado peligros mayores. Al cabo de los días, la única preocupación consistía en permanecer despiertos mientras aferraban la manta individual que constituía la única protección contra el frío glacial.

Desde el instante en que Grundo renunciase a su autoinmolación –renuncia, esa era la palabra que no podía quitarse de la cabeza–, no había mantenido ninguna conversación con Gwist. Pocos días atrás esto no le hubiera preocupado lo más mínimo, pues era la situación habitual, mas hoy sentía que su vida, esa vida que en realidad otros habían modelado, había perdido su sentido. Por más que intentaba tranquilizarse pensando que aquella voz tenía razón, por más que Alwarín hubiese vuelto a él en aquel preciso instante, como un aviso, seguía pensando que su destino de hallaba incumplido.

¿Cómo había sido tan confiado? Desde luego, quinientos años es mucho tiempo, y la esencia de un rey había vagado y esperado todo ese intervalo para concederle el extraño don de no ser influido por sus enemigos. Pero… ¿cómo podía estar seguro de ello? ¿Por qué dudaba, entonces? El otro punto de preocupación era, si cabe, más descorazonador: Alwarin… estaba seguro de que era más que un caballo, si bien no comprendía en qué sentido. Junto a él se encontraba bien, mas desde que lo conocía –no podía decir “tenía” –, solo habían ocurrido desgracias, viéndose envuelto continuamente en sangre y refriegas. Más inquietante aún era su desaparición tras la muerte de Gôlfang… y su reaparición tras el reciente fracaso.

Cuando el viento de Dröbha casi le arrancó la manta, se dio cuenta de que se había quedado muy rezagado. Se disponía a apresurarse cuando sintió otra presencia a su lado. Gwist.

–No te culpes, Soñador de Sentimientos –comenzó–, pues tan clara escuché la voz como tú la escuchaste, y desde hace tiempo sabemos que no somos nosotros quienes gobernamos nuestras vidas. –Triste consuelo, pensó Grundo, pero le dejó continuar–. Retrocede en tus recuerdos y descubrirás por qué has fallado, si en realidad lo has hecho. Recuerda el día en que te reencontraste con Gervag, y vuelve a escuchar las palabras que pronunció, a quién iban dirigidas.

Grundo trató de recordar.

–Dijo que había una posibilidad de salvación para Gôlfang, y era destruir la Piedra Darko. ¿Lo sabías?

Gwist asintió.

–Gôlfang me lo dijo en desierto Hond. Era su destino, y solo suyo.

–No lo comprendo, ¿por qué entonces no llegó a cumplirlo?, ¿por qué no tuvo siquiera una oportunidad?

Gwist bajó la mirada, y un escalofrío recorrió la espalda de Grundo al darse cuenta de que era la primera vez que lo hacía.

–No puedo contestar a esa pregunta, aunque tal vez algún día llegues a descubrir la respuesta.

Grundo no quiso seguir escuchando. Se ciñó la manta y trató de dormir.

El sonido de unas voces conocidas le despertó. Conocidas, sí, pero tan remotas… sin moverse, viajó de vuelta a un valle verde y extenso, como un mar agitado por la brisa, en el que la alegría y la amistad resultaban desencadenadas por el optimismo. Era tan bello…

Tan bello que no podía durar, y el recuerdo de las voces se mezcló pronto con el de otras igual de conocidas pero más recientes, acompañadas de oscuros y confusos pensamientos. En medio de aquel delirio intentó incorporarse, para descubrir que sus miembros congelados no le respondían. Lanzó un grito de impotencia –externamente no pasó de gemido– y se propuso la capitulación. Mas entonces volvió a escuchar la voz del joven caballero perdido, y aceptó que no soñaba. Abrió los ojos con lentitud. No se encontraba en el valle bañado por el sol primaveral, sino en un paraje yermo y helado, tumbado entre marchitos restos vegetales, pero esa circunstancia no hizo disminuir un ápice su alegría.

–¡Phërôn! –exclamó, y el caballero sonrió ante el reencuentro.

–¡Grundo! ¡Al fin! –fue el saludo, y parecía tanto de felicidad como de alivio.

Se estrecharon las manos sin dejar de reír durante un buen rato, al tiempo que se examinaban. El Orondo no dejó de notar que el caballero se cubría con una túnica marrón.

Desedón también lo miraba fijamente, pero había algo más que extrañeza en su mirada.

–Ven, Grundo, demos un paseo –invitó el caballero.

–¿Debo avisar a Gwist y a Alwarín? –intervino el mago.

–No, solo nosotros tres –solicitó. Se alejaron despacio, caminando entre las rocas; el viento parecía haberse tomado un descanso, concediéndoles un respiro. Cuando se hubieron alejado tanto que ya los otros no podían escucharles, el caballero comenzó a hablar–. ¿Qué tal te encuentras, Soñador de Sentimientos?

La mirada plácida de Grundo desapareció al instante, siendo sustituida por otra de reproche dirigida a Desedón.

–¿Por qué se lo has dicho? –El caballero negó con la cabeza.

–No, Soñador de Sentimientos, no me dijo nada; no lo necesité para saberlo, pues mi nombre también ha cambiado, ya no soy Phërôn, sino Phërôn Ré. –No sonrió ante la mirada de Grundo–. Cuando estalló Granshall, Gremcam, la Hija de Bedrom Cailö me llevó junto a mis compañeros desaparecidos, que se hallaban junto a Karos. Este nos nombró Ré, Generales de los ejércitos y Supremos de los sacerdotes, para que luchemos en su nombre y en el del Orden. –Por primera vez se dio cuenta Grundo de que una especie de halo envolvía a su amigo.

–¿También tú, Phërôn Ré? ¿También tú vas a manipularme y a conducirme hacia tus filas, que ya no son la mías?

La mirada del caballero fue directa, intensa y férrea. No había miedo en sus ojos, ni dolor.

–Sé cuál es mi bando, Soñador de Sentimientos, y sé que no perteneces a él; pero no creo que seamos enemigos. –No desvió la mirada, aunque tampoco parecía recitar un papel aprendido de memoria–. Yo lucho por el Orden, y tú por el Equilibrio. ¿Quién lo ha roto? Y lo más importante, ¿cómo rehacerlo? Eso te pertenece a ti. He venido a buscarte, sí, porque creo que es bueno para todos que conozcas lo que se planea en Edeter, al menos lo que planeamos nosotros, sin ocultarte nada. Pero es una decisión que te concierne a ti.

Grundo sostuvo su mirada todo el tiempo. Sin desviarla, tomó la palabra.

–No a mí solo –aceptó. Ellos lo entendieron.

–Ya vienen –aseguró el Ré. En efecto, la brisa trajo el sonido de los cascos de un corcel–. Más tarde nos veremos –se despidió, y el mago tras él.

Poco después, Gwist y Alwarín se hallaban ante Grundo.

–¿Conoces mi destino? –preguntó sin más preámbulos.

–¿Quieres seguir sintiéndote libre? Elige y actúa hasta que llegue el desenlace. Hay mil caminos que conducen a un mismo punto.

Aquello parecía un sí, pero también era una oportunidad de continuar como hasta el momento. Ese era el problema.

–¿Lo conoces?

–Conozco el mío.

Aquellas palabras sí que le habían cogido desprevenido. Si ellos dos eran uno…

–No es el mismo que el mío.

–Yo no soy el Soñador de Sentimientos.

Aquello era evidente. Se dejó tentar.

–¿Es una carga?

–Es mi carga,

–Creo que yo tengo mucho que ver con ella –se quejó el mensajero–. Compártela conmigo.

Gwist casi sonrió.

–Mi misión es llevarte sano y salvo hasta el lugar y el día en que tu Destino se cumplirá. No te metas en líos y me ayudarás. –Grundo compartió la media sonrisa–. Pero sí te diré que cumplir tu Destino dependerá de ti, y que la prueba a la que te tendrás que someter te será revelada muy pronto, y no por mí.

Phërôn y el hechicero regresaron junto a ellos al cabo de algunos minutos. Aunque no preguntaron, la mirada de ambos era ansiosa.

–Grundo, yo viajaré junto a Phërôn Ré al norte, a mi tierra. Entenderé tanto que quieras acompañarnos como que prefiráis continuar por vuestra cuenta –comenzó Desedón. El Ré asintió, pero no añadió nada.

–Os acompañaremos, de momento –decidió.

–Bien, sin embargo, antes debemos acercarnos a contemplar la resolución de una incógnita que durante milenios ha permanecido irresoluta. El hijo del Maras Dokk y el hijo de Naraendil, Moriao y Kordafán Narkot se enfrentarán en un duelo, no lejos de aquí –aseguró–. Debemos apresurarnos, pues allí mismo otros nos necesitan –apremió, y entonces sopló el corno que portaba a la espalda y emitió un sonido no demasiado estridente. Como respuesta inmediata, un inmenso águila descendió en picado hacia donde se encontraban, solo deteniendo su dirección en el último instante, cuando con un fuerte aleteo aterrizó junto al Ré–. ¡Partamos! Desedón montará conmigo, y vosotros solo precisáis de Alwarín.

–¿Qué sucederá con los enanos? –preguntó Grundo, reacio a abandonarlos en aquellos parajes tras compartir aquella aventura.

–No hay ningún enemigo en las cercanías, no temas, ya me he asegurado. Artok los conducirá a Bhasaphil, donde se sumarán a la zaga de los ejércitos de las Tres Montañas, cuya vanguardia partió dos días atrás hacia las llanuras de Aradina para enfrentarse allí con los ejércitos del Maras Dokk –aseguró Phërôn, zanjando el tema, y montó sobre el águila, que se elevó a las alturas del mediodía.

El resto del día lo pasaron cabalgando, y por la tarde llegaron a los primeros vestigios del erial de Willand, que bordeaban los acantilados del Llerîtanán. Solo se permitieron cortos descansos, hasta que en el ocaso el águila descendió junto a ellos con enormes prisas.

–¡Mirad! –gritó Phërôn, señalando algún punto en la pared, y Grundo distinguió cómo un Añfen se precipitaba hacia el suelo desde una altura considerable. Le costó más identificar la figura que quebró el espacio para recogerlo en pleno vuelo, llevándolo junto a otros Alfens –no podía reconocerlos, pero sus cabellos brillaban al último sol incluso desde aquella distancia–. En el mismo instante, otro ser hizo su aparición sobre las altas cumbres. Negro como la noche que se avecinaba, Moriao lanzó su desafío, y el hijo de Naraendil lo aceptó de inmediato.

Ahora comprendía su nerviosismo. Moriao le conocía, y le temía, por eso obedecía siempre sus órdenes. Razón por la cual le había extrañado que no le hiciese caso cuando le recomendó tranquilidad y, en vez de ello, desatendiendo su agotamiento, se lanzase en un vertiginoso vuelo sobre la tormenta de nieve de la cumbre.

Ahora todo tenía explicación.

Sánedri no se entretuvo en observaciones. Había visto a Kordafán aceptar el desafío, y ahora no era posible un retorno. No sabía quién sería el vencedor de este duelo tan esperado, pero tenía la certeza de que el choque entre ambos contendientes no dejaría ilesos a posibles jinetes. De cualquier forma, su plan era llegar a la morada del Maras Dokk y desde allí lanzar el gran ataque; ya que no podría viajar por medios físicos, lo haría apelando a su poder, aunque los desgastase un poco. Mejor no perder tiempo. Un segundo más tarde ya había desaparecido.

No tuvo tanta suerte el otro jinete del Unicornio Negro. Así como Moriao se dispuso a emprender los primeros vuelos de tanteo alrededor de su oponente, su instinto de luchador le dijo que Luobo solo constituiría un estorbo. Y como no era la primera vez que traicionaba, no le costó esfuerzo derribarlo y precipitarlo desde la altura.

Aquel fue el final del adalid de las hordas kérvicas del sur.

Phërôn no hizo ningún esfuerzo por disimular su sonrisa; tras la primera frustración. Durante algunos segundos había creído tener a su alcance a aquel maldito Sumo Sacerdote de Darko, a aquel reptil llamado Sánedri. Cuando desapareció, no trató de poner freno a sus imprecaciones. Por contra, la muerte de Luobo –de la que él mismo iría a asegurarse– le produjo una satisfacción que no ocultó.

Mas ambos estados, frustración y alegría, desaparecieron con el primer signo de violencia en los cielos. Moriao había utilizado el momento de sorpresa de Kordafán al ver como se desembarazaba de su carga, aprovechando el mismo impulso del corcoveo para precipitarse hacia delante. Sin embargo, la sorpresa del unicornio blanco no debía haber sido tanta, pues conocía las malas artes de su enemigo, y se había retirado a tiempo. Tan a tiempo que las retinas de los observadores aún lo situaban en el mismo lugar.

En aquel instante, Phërôn se convenció de que sería una batalla de intuiciones. Ambos se conocían demasiado bien; el primero que fallase moriría. También se convenció de que sería una batalla larga.

Tal y como esperaba, los ataques no eran continuos, y transcurriendo muchos minutos entre dos de ellos. En principio, la iniciativa había correspondido a Moriao, pero Kordafán se había ido haciendo con las riendas del combate, de modo que ahora los tanteos comenzaban a ser más seguidos, inversamente proporcionales a las fuerzas que se desvanecían.

Entonces sucedió.

Era cerca del amanecer cuando la batalla pareció cesar por completo, ambos enemigos enfrentados. Los dos relinchos fueron uno cuando los unicornios se levantaron sobre sus patas traseras, y sendos rayos se proyectaron desde sus cuernos. El rayo que partió de Kordafán era luminoso y radiante, y se estrelló como la anti-luz que era el de Morioao. Cuando se encontraron, el estallido hizo temblar la tierra. Alguna roca se desprendió cerca de la posición de los Alfens. Mas la batalla estaba decidida. Tan pronto como el estruendo cesó, se pudo observar cómo el rayo negro retrocedía a gran velocidad ante el ímpetu del blanco.

Ya solo fue un instante; la sangre manó de la cabeza destrozada de Moriao, y el Unicornio Negro murió mucho antes de llegar al suelo.

En lo que quedaba de su mente se formó una súplica: Maras Dokk, acógeme.

El aullido de rabia derritió grandes extensiones de hielo. En su morada, Maras Dokk aún se lamentaba por la pérdida de su hijo predilecto, cuando moría el segundo en su corazón. En su negro corazón. La llegada de Sanedri lo puso furioso, y a punto estuvo de cometer un tremendo error. Mas Sánedri era necesario para sus planes, y aún no era tiempo de eliminarle.

Llamó a sus generales, y en pocos instantes la vasta sala excavada en el hielo se llenó de sombríos personajes: allí estaba Dne Korba, la diosa de la guerra y de la perversión; la Shoru’Treak, su hija; el propio Sánedri, y otros menos poderosos que le servían con fidelidad. Aún faltaba Cmeist el Condenador, que no tardaría en llegar. Además, había una sorpresa para los necios defensores del Orden.

Pero incluso mientras pensaba en todo ello, no podía dejar de pensar en sus hijos perdidos.