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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Incluso en aquella total oscuridad, en la que se imponía el silencio, supo que Gwist le acompañaba. Y que solo Gwist lo acompañaba. Como había supuesto, sin atreverse a revelar sus temores, sólo ellos habían podido penetrar en aquel lugar de Tinieblas, pues un representante de la Luz no lograría sobrevivir. Pero ellos pertenecían al Equilibrio. Si en algún momento lo había dudado, ahora llegaba esta confirmación definitiva. Caminaban a ciegas, sin hablar, sin atreverse siquiera a darse aliento para no revelar su posición. Pero si alguien vigilaba el Desierto, con seguridad ya sabría que estaban allí.

–Bien podría ser que camináramos trazando círculos –musitó. Por alguna extraña razón había pensado que cualquier sonido se magnificaría en esa soledad absoluta, pero no fue así, sus palabras sonaron normales, tal vez un poco chillonas.

–No puedo explicar por qué, pero siento que no nos hemos desviado ni un grado de nuestro objetivo –refutó Gwist.

–Sí, es como si una balanza se inclinara despacio pero de manera irrefutable hacia un lado, vencida por un peso que paulatinamente aumenta de magnitud con cada paso que damos –se atrevió a improvisar una explicación.

–Yo siento lo mismo. Creo que nos hemos acercado… demasiado… –se interrumpió de repente.

–Pero apenas hemos avanzado unas horas; Morfus debería hallarse más en el interior, ¿no es así? Y no siento el frío.

No recibió una respuesta inmediata.

–El frío está, deberíamos sentirlo… todo es completamente extraño, pero… –de nuevo se inerrumpió, pero Grundo pudo escuchar su respiración agitada–. ¡Está aquí! –gritó, y todo se precipitó en torno a ellos.

Un colosal y repentino rugido detuvo la conversación y el miedo corrió sin control. Y no era para menos. Morfus aparecía ante ellos con antelación.

Los cúmulos grises clamaban a su poder de persuasión con sus rugidos gravemente libres. Aquellos nubarrones habían permanecido allí durante siglos, fijos e inmóviles, impertérritos ante los acontecimientos que habían sucedido o sucederán. Solo les importaba el presente. Y en el presente había extraños. Rayos rojos evaporaban la lluvia al tocarla sobre la superficie de la ciudad que albergaba la esencia del Mal.

Mudos se habían quedado ambos, y Grundo supuso que estaría temblando tanto como lo hacía Gwist; no era consciente de su propio yo, y se sentía como trascendido a algún lugar remoto de incertidumbre absoluta. Aún permanecieron observando cuando la tierra se abrió, y la ciudad, construida de un modo que no recordaba a nada, pues jamás los arquitectos habían salido de aquella tierra, se hundía desde sus cimientos. Aquella paranoia que era observar tal espectáculo los abrumó hasta privarlos de toda voluntad. Solo entonces, como si el Poder que los manejaba estuviese seguro de su atención, hizo su aparición la atracción principal.

Y el fuego rojo se irguió con prensiles apéndices, y una gran montaña ígnea estalló de pronto, y en medio de todo emergió un pilar negro que se elevaba hasta las nubes, y sobre él, captando cada rayo y reflejándolo en sus irregulares facetas, la Piedra Darko, el diamante negro.

A su alrededor bailaban sombras tan negras e impenetrables como él, sombras sin forma alguna, que variaban constantemente y, aunque jamás antes los hubiesen visto, ambos reconocieron a los Amorfos.

Durante un tiempo eterno, continuaron con la vista fija en la piedra.

–¿Cómo vamos a destruir eso? –Grundo no podría asegurar si él mismo había pronunciado esas palabras o si Gwist había verbalizado un pensamiento compartido. No recibió contestación–. Supongo que es el momento de tratar de descifrar el enigma que encierra la Profecía –sugirió, sin muchas esperanzas, ya que ni siquiera Lagor había podía ofrecerles ninguna idea positiva; se habían resignado a esperar este momento–. Veamos, hasta “y diecisiete ya sumo”, no creo que haya mucho problema, solo es el número y la especie de cada miembro de la expedición. “Con sus cuerpos aún calientes podrán arrebatarla a los Sin Forma” parece hablar de muerte, si nos remitimos a los siguientes versos: ”Las flores no brotarán donde los mortales caigan dejando un rastro de debilidad”.

–Significaría que solo muertos podremos alcanzar la Piedra; y viendo esas torres de fuego, dudo que sobreviviésemos a su travesía –apuntó Gwist.

–¿Qué significa “Las flores no brotarán”? No creo que sea una mera floritura.

–La piedra Darko también es conocida como Flor del Mal, pero es todo lo que se me ocurre; ese pilar parece un tallo, quizá.

–O tal vez no brotará su poder, es decir, no impida que nos acerquemos a ella; de cualquier forma, antes debemos estar muertos. Bueno, al menos yo debo morir.

–Nosotros.

–Yo, nosotros, ¿cuál es aquí la diferencia? Solo de esta forma tendrán sentido los versos siguientes:

“Mas después las hachas brillarán

Con el fuego de la venganza,

Pues debajo de cada piedra

Un espíritu espera su descanso.”

–Son los enanos quienes deben destruir la Piedra tras mi muerte, y entonces los espíritus de los muertos de la Luz descansarán en Paz –apuntó Gwist. El silencio cayó de nuevo entre ellos, mientras las nubes continuaban rugiendo sobre un fuego inextinguible–. Esa es solo una interpretación –señaló.

–Es la única que tenemos –apuntó Grundo–. Adelante.

Luego ambos se introdujeron en el fuego.

Caminaba en silencio, pero caminaba feliz. No quería recordar el origen de esa alegría, aunque en el fondo de su mente sabía por qué se precipitaba hacia su Destino sin importarle lo más mínimo. A fin de cuentas, alguien le esperaba al otro lado. Tantas personas había perdido.

Sintió una punzada de dolor al darse cuenta de que aún vivía una persona, lejos de allí, que tal vez le esperaba. Sí, su valor vaciló un instante cuando rememoró la imagen de una pequeña figura de ojos marrones que lo miraba desde detrás de una barra de taberna, y volvía a mirarlo en medio de un campamento de refugiados. Pero entonces la imagen de Gara desapareció de improviso, dejando en su interior un vacío que le producía náuseas. No miró a Gwist, y no le perdonó, porque no había nada que perdonar; juntos de aquella extraña e íntima manera. Fijó su mirada en el frente, en los dedos de fuego que se estiraban para hipnotizarlo y arrastrarlo a la muerte, sin saber seguramente que aquello sería su propio final. Hubiera sonreído si sus músculos no se encontrasen agarrotados por el esfuerzo de avanzar bajo ese fuego abrasador. Ensayó un nuevo paso, y no vaciló, así pues, dio otro, y otro más. En aquel instante su determinación era implacable… y fue entonces que lo escuchó… allí, en su cabeza, hablaba una voz igual que la de Gôlfang en la Gruta Real, mucho tiempo atrás. Pero enseguida supo que aquella no era la voz de su amigo, y vaciló.

“Detente, Soñador de Sentimientos, no está aquí tu destino” –decía la voz, y Grundo no quería escucharla. Era modulada y grave, como la del Qüenyum, pero Grundo sabía perfectamente que el otro había muerto, y esto sólo podía ser una imitación del Mal, un último esfuerzo para salvar a la Piedra Darko de lo que sería su final. Cuando intentó dar un nuevo paso, una mano le sujetó por el hombro con firmeza. El Orondo se volvió para encararse con quien fuera que le había detenido, y ante él encontró a Gwist.

–¿También tú escuchaste la voz? –interrogó el Soñador. El Custodio asintió con un gesto–. ¿Y la crees? – en otra ocasión, entre otras personas, aquella pregunta hubiera constituido un reproche.

–La creo, y no puede ser de otra manera. Cinco siglos vagó la esencia de un rey para impedir que el mal pudiese volver a manipularnos; yo creo en la voz, pues sólo puede pertenecer al Bien.

Grundo no se dejó convencer totalmente.

–No es tan sencillo –contradijo–, también puede pertenecer al Equilibrio, y nosotros hemos de acabar con él.

–Bien, ¿dónde está tu odio?

Grundo pensó que aquello era evidente. Se hallaba frente a la esencia misma del mal, que tanto daño le había hecho, así que lo odiaba sin necesidad de acudir al Soñador de Sentimientos. Pero se dio cuenta de que no era así. Avanzó hacia la piedra –de alguna manera, durante la travesía por el fuego, el pilar había desaparecido y la piedra parecía estar a su alcance– y la contempló con desagrado. No podía afirmar que le gustara, de hecho había en él una repulsión instintiva hacia ese objeto fabricado expresamente para albergar la esencia de las Tinieblas, y sin embargo… sin embargo el odio no lo embargaba, no le transportaba a un lugar desde el que no pudiera controlar su propio cuerpo, ni lo alejaba a una esfera particular de inconsciencia. El odio era su arma, y allí no estaba.

–Volvamos –concedió el Soñador de Sentimientos.

En aquel mismo instante, un poderoso relincho llegó desde la negrura del Desierto, a sus espaldas, y unos atronadores cascos hendieron el suelo pétreo. Los dedos de fuego iluminaron la negra sombra de un caballo, un caballo que avanzaba como si su cuerpo se fundiese con el aire que deslizaba a su paso, y que no se detuvo hasta encontrarse con Grundo. Sus flancos brillaban de sudor, y sus ollares se abrían y cerraban agitadamente. El caballo se irguió sobre sus patas traseras, y Grundo rió con una alegría que le llegaba al corazón.

Alwarín volvía a él.

Montarlo de nuevo fue maravilloso. Los cascos atronando la tierra, que rivalizaba con el cielo; la crin húmeda flameando como un estandarte en aquel paraje sin viento; la agitación de los belfos salivados al compás del galope. En aquel silencio, en aquella oscuridad, podía olvidar el pasado, despreocuparse del futuro, y solo concentrarse en admirar y disfrutar el presente.

Pero tarde o temprano la carrera tenía que finalizar, y Alwarín se detuvo junto al grupo que observaba, atónito, la salida de los dos Orondos del Desierto Oscuro. Ambos desmontaron y se acercaron al grupo.

Sabía que era el momento de las explicaciones, de atarse de nuevo al mundo.

–Lo siento, amigos, pero Gôlfang tenía razón y mi destino no está aquí. Era una bella perspectiva, acabar con nuestros enemigos sin más derramamiento de sangre, pero no será posible. Ignoro lo que nos depara el futuro, pero estoy seguro de que deberemos luchar por él. Ahora, por mi parte, debo encaminarnos hacia él, con la guía de Alwarín –la mirada de Desedón interrogó la suya. Pero de nuevo el Orondo montó y se alejó al galope.

Más tarde regresó. Tendió la mano a Gwist y la cadena se formó otra vez.

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