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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

La primera luna del invierno había completado su ciclo, día señalado para la partida por el rey de los enanos, Ibor del clan de Baruk. Catorce, dos y uno. Tales eran los números que señalaba la profecía, y así estaba compuesta la expedición.

Y, a pesar de todos los preparativos, ni siquiera sabían si conseguirían triunfar.

A medida que la Cordillera de Bhasaphil dejaba de hacerles sombra sobre sus cabezas, cosa que no ocurrió hasta que no transcurrieron tres días, debido a la inmensidad de los picos, los rostros de los catorce enanos se ensombrecieron pues sabían que no sería posible una vuelta atrás a menos que el guía de la marcha así lo ordenase; eran conscientes de que no lo haría. Ahora que se alejaban de sus hogares, todos, incluso los más fieros guerreros, tenían presente el día del retorno de Artok, el hijo del gran Itarko, que venía acompañado por tres extranjeros. Ninguno imaginó entonces verse envuelto en esta aventura, y sin embargo, cuando se lo propusieron, todos se ofrecieron rápidamente voluntarios. No era que los enanos idolatraran a los extranjeros, absolutamente nada más lejos de la verdad, pero cuando conocieron sus nombres y sus hazañas, confiaron en que sus proyectos no eran completamente disparatados. Desedón, poderoso mago de Karos, el guía que veía del norte; el Soñador de Sentimientos y su Custodio, nada menos que Orondos adoradores como ellos de Sírom el Minero, aquellos que soportarían la carga. El proyecto de los tres: penetrar en el Desierto Oscuro y en Morfus, y destruír la Piedra Darko para terminar con el Mal sin masacres. Y como ninguno de llos deseaba la guerra, aceptaron. Y Artok fue el primero.

–¿Notáis el frío, Soñador? –se interesó el mago de Sírom, acercándose al Orondo desde atrás.

–Simplemente, Grundo, por favor –objetó el otro.

–¿Cómo podré hacerlo, tan cerca de vuestro Destino?

Sintió un escalofrío.

–Solo siento el frío interior, el que me producen vuestras respuestas –había decidido que no tenía por qué soportar los prejuicios ajenos.

–Sin embargo, el viento ruge en estos páramos yermos. Diríase que este territorio es continuación del Erial de Willand. Ahora vuestras ropas os protegen, pero no podrán hacerlo en el desierto oscuro. Allí jamás ha lucido el sol.

Grundo sintió una nueva corriente helada que subía por su espalda. Recordaba el Desierto Hond, donde el disco solar se dejaba notar de forma asfixiante de forma permanente. El otro lado del Equilibrio.

–Cuando lleguemos, solo entonces, podremos decidir darnos por vencidos –respondió con un falso optimismo. Gwist lo miró con expresión ausente. Ninguno de los dos dijo nada.

Después de esa conversación, nadie volvió a hablar mucho, mascullando en silencio sus preocupaciones ante lo que les esperaba, y la marcha continuó, encabezada por Desedón. Los demás podían variar su posición dentro del grupo; Desedón nunca. Los días transcurrían lentos para todos, y después de siete, aún restaban otros dos para llegar a su objetivo. Nadie podía entonces borrar de sus pensamientos las cavernas de las Tres Montañas, más cuando ante ellos se extendía un infinito de rocas abruptas e intransitables, contadas por el viento y el granizo, a través de las cuales era muy posible que fueran los primeros en pasar. El granito y el cuarzo, el mármol y la calcita, el diamante y el oro, el glor, todos los minerales que producían en los enanos un sentimiento de irrefrenable regocijo cuando se encontraban antes ellas, eran recreadas en su imaginación. Nada identificable en aquella mezcolanza de las entrañas de Edeter.

Grundo sabía que a su alrededor se estaba produciendo toda esa algarabía de rememoraciones, y hacía un supremo esfuerzo para no dejarse arrastrar por su propia nostalgia. Sabía que eso significaría su perdición, así como lo sabía Gwist, de modo que alguna vez se sorprendían observándose mutuamente sin pronunciar palabra. Desde aquella fatídica noche en las mazmorras de Crítaler eran conscientes de que formaban una sola entidad. Así pues, Grundo se sumaba a los enanos para recordar las Tres Montañas, que era lo que más se parecía a su hogar entre los lugares que había visitado, aunque no compartía con ellos el gran amor por los minerales como tal. Sabía que solo eran pedazos de Madrivo, y era este un dios al que respetaba. Los recuerdos del Soñador de Sentimientos se referían a su reencuentro con Lagor, el Sumo Sacerdote de Sírom, en Bhasaphil; tras salvarse milagrosamente de la tragedia de Orik’alalai, se mostró compungido por la muerte de los dos representantes de Karos y Karas, Gôlfang y Zôrdon respectivamente, y más aún por la de sus hermanos menores, Edgar III y Gravog. Grundo podía comprender su dolor; no obstante, celebró la coronación de Carg I, asegurando que pronto viajaría a su tierra para darle sus bendiciones.

–Acamparemos aquí.

La voz de Desedón le llegó como desde muy lejos, a pesar de que el Orondo se encontraba directamente detrás del mago. Miró a su alrededor, pero el paisaje de lo que sería su campamento nocturno no le pareció en modo alguno distinto del resto del territorio. No se sorprendió. Siete días iguales, siete campamentos idénticos. Y Bhasaphil siempre inmutable, al fondo, tras la cortina de agua. Comieron su ración y se durmieron.

Los enanos, a petición propia, se encargaron de las guardias.

Transcurrió la noche y llegó el día. Un día en nada diferente a los anteriores, en el que caminaron, recordaron, comieron y durmieron al fin. Fue la noche la que trajo conversaciones más concretas.

–Despierta, Grundo.

Una voz susurrante interrumpió el sueño del Orondo. Este intentó aferrarse a la ilusión, y por un momento Desedón tembló al pensar que quizá había interrumpido algo importante. La mayoría de las veces no relacionaba a Grundo con el Soñador de Sentimientos. La pequeña figura se levantó ágilmente y miró a su alrededor con nerviosismo. Cuando vio a Desedón a su lado, su mirada se apaciguó. También la del mago.

–Por un instante pensé que había hecho algo irremediable – se disculpó.

Grundo, debido al escaso trato con el joven en los últimos tiempo, se sorprendió un poco ante sus palabras, para recordar seguidamente que había cambiado mucho tras su reencuentro en el Lago Azul.

–El ciclo de mis sueños cerró… eso creía Gôlfang –repuso con cautela–. ¿Para qué me has despertado? –El joven tardó algunos segundos en responder. Se disponía a hablar cuando observó que Gwist también se había despertado, y escuchaba. Tras valorar la situación brevemente, se decidió a proseguir.

–Yo vengo del norte, tal y como dice la Profecía, y me he erigido en guía en ausencia de Gôlfang, dando por seguro que podría desempeñar esa misión por muy difícil que resultase –guardó silencio unos instantes, desviando la mirada de la de Grundo–. Ahora ya no tengo esa certeza. No solo respecto a mí, sino sobre el significado de esta misión –levantó la mirada y la clavó de nuevo en los ojos de Grundo–. Si tenemos éxito, ¡vamos a romper el Equilibrio por siempre!

Grundo observó cómo Desedón se encogía sobre sí mismo, y sintió que también él estaba tiritando. Durante muchos minutos, muchos en verdad, se cernió el silencio sobre el campamento nocturno. Al fin, fue Grundo quien lo rompió.

–Y yo pertenezco al Equilibrio –esgrimió–. Solo somos peones, me temo, de algo que ignoramos absolutamente. El Heraldo nos dio esta posibilidad, sabiendo quiénes éramos. El odio es mi arma, y yo odio lo que representa el Maras Dokk. Creo que mi destino es derrotarlo, aunque eso signifique un cambio completo en el Equilibrio. Pero también creo que eso me destruirá –confesó, y, si había temido que sus palabras sonaran débiles, la firmeza la condujo hacia el exterior.

–Entonces no irás solo a donde tu camino te conduzca –la voz de Gwist les encogió el corazón.

Aquel aserto era lo último que Dalamán había querido escuchar. El destino de uno de sus amigos, porque había sentido a Gôlfang como a un verdadero amigo, había sido la muerte, y no podía creer que eso le fuera a ocurrir también a Grundo.

–No, no puede ser eso… –comenzó, pero el mensajero lo interrumpió.

–No nos engañemos; Gôlfang me previno, siempre estuvo en contra de ir a Morfus. Ahora entreveo la razón.

–No, si Gôlfang pensase que tu destino estaba en Morfus, él mismo te hubiera encaminado hacia allí, a pesar de todos los pesares, y se hubiera enfrentado al mismo Maras Dokk para protegerte, bien lo sabes; si no quería que vinieras, sería porque estaba convencido de que tu destino se hallaba en otro lugar –a medida que hablaba, el tono se hacía más seguro, como si sus propias palabras le descubrieran un camino–. Creo que no debemos entrar en Morfus –concluyó, con determinación. Antes de que el Orondo pudiera intervenir, continuó–. Pero, si lo haces, me tendrás a tu lado, Grundo dil Frig.

Cuando salió el sol, los enanos de guardia comenzaron a despertar al resto. Ya entonces se hizo evidente que los nervios predominarían aquella mañana. No podía ser de otra manera. Solo unas horas, y el desierto oscuro aparecería ante ellos. Así pues, Desedón ordenó partir de inmediato, y apenas tomaron un almuerzo que a nadie apetecía, a pesar de las carencias precedentes.

La columna inició un avance rápido y desasosegado, durante el cual todos se aferraban a sus armas, como adolescentes encaminándose a su primera batalla. Y es que la sola mención de Morfus, incluso mental y muda, bastaba para estremecer al más arrogante de los enanos.

–Recuerdo mi hogar –dijo Artok, acercándose a Grundo. El Orondo asintió, sin dar más muestras de interés por la conversación–. Es este un lugar para recordar lo bueno –continuó el enano–. Al ver este campo de rocas, mi pensamiento escapa a mi niñez, y vuelvo a rememorar cosas vividas: veo a mi madre, a mi padre, el gran líder Itarko; veo la morada donde nací y las cuevas ocultas que descubrí junto a mis amigos –clavó sus ojos en Grundo, para descubrir que sus ojos reflejaban excesivamente la luz, como dos lagos de agua pura. Se acercó más al Orondo, hasta que este se detuvo. Continuó hablando–. No te cuento esto para acrecentar tu sufrimiento, aunque bien sé que tú no puedes recordar tu pasado. No pretendo ser cruel, solo que tengas algo en cuenta: que al escucharme sepas que todo lo que pases, todo lo que vaya a suceder hasta el fin de tu destino, no será en vano, y que gracias a ti, miles de enanos, y de Orondos, y de hombres, y de Alfens despertarán cada mañana, y recordarán el pasado con alegría, la misma con que sabrán mirar al futuro.

El Orondo observó a Artok, pero sus emociones distaban mucho del optimismo.

–Hablas como si ese destino fuese algo sencillo de cumplir; como si entrar en Morfus y destruir el diamante negro fuese solo una aventura; me sorprendes, Artok, y me decepcionas. Incluso si todos perdemos la vida en el intento, no es seguro que logremos triunfar.

Entonces, para alentar la confusión de Grundo, el mago sonrió.

–Cuando lleguemos podremos darnos por vencidos, no antes –parafraseó. A continuación se sumó a la columna de enanos, que marchaban cariacontecidos. Pocos segundos después, sus voces se elevaban en aquel erial en un cántico que sonaba como una canción infantil.

Los Enanos trabajan en las minas de Glor,

El dragón les ha visto y les baña en ardor,

El fuego de su boca les chamusca la piel,

Para luego arrancarles las entrañas y hiel.

¡Peña, peñasco, roca!,

se le enganchó la bota,

¡Peñasco, roca, peña!,

a Gript entre las yerbas.

¡Peña, peñasco, roca!,

Rnabló acerca la boca,

¡Peña, roca, peñasco!,

mas se llevará un chasco.

Ay, pues Gript el Enano

Tiene el hacha en la mano.

Scoltarnabló al verlo

Retrocede riendo.

Nunca jamás se ha visto Enano tan gruñón,

Como lo estuvo Gript aquel día ante el dragón;

“¿ acaso desconoces el orgullo enanil,

o es que quizá me crees igual que tú, tan vil?”

¡Peñasco, roca, peña!

El dragón cree que sueña;

¡Peña, peñasco, roca!

¡el Enano alborota!

Maras Dokk es testigo de que jamás he oído

Arrogancia tan grande por parte de un mosquito,

O que, debido a una pequeña picadura,

Haya antes sucumbido dragón con su armadura.

Ay, Gript enfurecido

Arroja el arma al bicho.

Scoltarnabló brama,

Pero no sale llama.

¡Peña, roca, peñasco!

El hacha da en el blanco.

¡Peñasco, roca, peña!

Y el ojo aguijonea.

El dragón ya se aleja de las minas de Glor,

Y siempre ya en la vida recordará el dolor.

Los Enanos ya salen y celebran al héroe,

Pues nada hay imposible si de verdad se quiere.

Entonaron aquel cántico varias veces, todas con alegría y buen humor, y no dudaban en vitorear las acciones y las palabras de Gript, ni en abuchear las intervenciones y la cobardía de Scoltarnabló; tal y como habían hecho, con otras canciones y con otros héroes, mientras había durado la estancia de los tres extranjeros bajo las Tres Montañas.

La alegría declinó inversamente al sol, y cuando la columna había enmudecido totalmente, el sol invernal dejaba escapar desde el cénit algún rayo osado que traspasaba los nubarrones, los cuales no dejaban caer su carga de agua desde el día anterior. Era como si el día pretendiese recordar a los viajeros que se encontraban a un paso de la viva esencia del Mal que allí la alegría resultaba inoportuna. Los enanos fueron poco a poco haciendo caso a la advertencia, y para después del mediodía los nervios habían borrado la tranquilidad y buena parte del optimismo que siempre desencadenaba la leyenda de Gript.

–Si el mapa que nos proporcionó el rey Ibor es exacto, nos debemos haber acercado mucho al Desierto Oscuro –anunció Desedón, haciendo un alto.

–Eso quiere decir que en poco menos de dos horas habremos llegado –calculó Artok–. Me pregunto qué es lo que realmente nos espera.

–Sea lo que sea, tendrá que esperar hasta la noche. Descansaremos aquí hasta entonces, de modo que intentad dormir ahora que podéis. – Los alentó el mago de Karos.

Sólo Grundo se atrevió a cuestionar su decisión.

–¿Por qué hemos de esperar? Si hay guardianes, por la noche tendrán todo su poder, y nuestras posibilidades decrecerán.

–Por supuesto que hay guardianes, aunque no serán kérveros. Son los Amorfos, y dudo mucho que su poder descienda por un día que en Morfus es inexistente –replicó Desedón–. Pero mi decisión nada tiene que ver con los guardianes, sino con la propia naturaleza del desierto oscuro. Aún recuerdo el día en que Tarkión dominó la noche, y la oscuridad prevaleció ante la luz. Temo que este desierto sea una aberración similar, y prefiero contemplarlo con la noche como fondo.

Todos estuvieron de acuerdo en esperar, aunque cada uno imaginaba a su propia manera como sería encontrarse en el desierto a plena luz; si alguno sentía curiosidad, calló sin embargo.

La noche de invierno llegó como el sonido del cuerno, invadiéndolo todo con lentitud y seguridad. Era una noche de estrellas, y a pesar de aquella belleza, o tal vez en pago por dejarse ver engalanada, especialmente fría. Las nubes oscuras que en días pasados habían cruzado el Llerîtanán-bâz-Tûrsala, la inconmensurable cordillera que separa Thrasgok del resto de La Península, y haberse despojado de su carga sobre la expedición, estarían camino de las Tres Montañas, impulsadas por el viento del sur. Así, pues, pasarían días hasta las próximas lluvias en aquel territorio, cuando las nubes lograran sobrepasar nuevamente las alturas del Llerîtanán.

De cualquier modo, aunque sabía que para el resto de sus compañeros la escasez de luz no era un problema, a Desedón la fría luz de las Constelaciones no le bastaba; si bien prefería que fuera así. Como había advertido, prefería evitarse el espectáculo del Desierto Oscuro a plena luz. Las altas hierbas crujían a su paso, tan secas estaban, y en medio del silencio producían tal estrépito que, de no tener la certeza de que por allí no había merodeadores, hubiese puesto fuera de sí a cualquiera de los guerreros. Y es que, a pesar de ser enanos en su mayoría, apreciaban cuánto se asemejaban a un campamento trol.

–Ahí está –susurró Desedón, sin poder evitar un escalofrío.

Pocos fueron los que le escucharon, mas la columna se detuvo de repente. Todos lo habían visto ya. Lo que de lejos no se distinguía, aparecía ahora como el NO más absoluto. En mitad de la oscuridad, las Tinieblas. Como una sola mente miraron hacia lo alto, y el asombro se pintó en sus pupilas dilatadas al máximo. Las estrellas habían desaparecido en todo el frente. A los lados, detrás, por todas partes estaban. Pero no en el frente.

–Es la esencia del Maras Dokk –siseó Desedón; conocía cómo la oscuridad había surgido de repente en el seno de Alania la Prístina, y le parecía que esto era igual de doloroso; casi podía compartir el aullido de la Madre cuando comprendió que su antónimo había surgido y que ya nunca viviría en paz–. ¡Dame fuerzas, Karos, dame fuerzas para no desfallecer ante tu enemigo! –exclamó, pues, aunque había estado en las Inflömb y allí se había medido al mismísimo Maras Dokk, se daba cuenta de la magnitud del significado de este desierto, que era la esencia de lo que el Maras representaba. Inmediatamente desvió la mirada a Grundo.

–Te seguiré, Grundo dil Frig, pero ahora eres tú el guía –determinó, con la conciencia de lo que se avecinaba.

–Adelante. –Y ni la voz ni el cuerpo de Grundo desfallecieron cuando dio el paso que le introdujo en la oscuridad, seguido por Gwist.

El resto trató de imitarlos, pero se encontraron con que su cuerpo, o su corazón, o su cerebro, se petrificaba ante la idea de transgredir aquella barrera.

–Adelante –conminaba Desedón, sin que ningún músculo le acompañase–. ¡Adelante! –apremiaba.

Quince estatuas, eso era lo que parecían frente a la Oscuridad.

El dolor le oprimía el corazón hasta casi detener su latir. A cientos caían a su alrededor los suyos, y no era un consuelo que por cada Alfen que moría diez kérveros le acompañaban. Para él, cada vida de Madrivo valía mucho más que eso. Dos semanas duraba la lucha, y no daba señales de finalizar. Bien cierto que su aparición en Thrasgok había sorprendido a Luobo, que dirigía la ofensiva contra la Corona de Sandor, y durante los primeros días los kérveros se habían mostrado desconcertados e inoperantes, de modo que toda resistencia por su parte había resultado inútil, y la lanzas de plata de los Alfens habían hecho mucho daño, veloces sobre los esbeltos Raahami, hasta que habían tomado el color del sol crepuscular. Mas transcurrido el periodo de desconcierto, los ejércitos del caos habían vuelto a su habitual efectividad de carniceros, y, si bien es verdad que los Alfens no habían decaído, no es tampoco falso que pagaron un alto precio.

Algún tiempo más tarde, corrió el rumor de que Luobo había regresado, acompañado por una figura ataviada de negro, y fue entonces que se dispuso la primera batalla a campo abierto. Pero tanto Labarín como Sertgón eran conscientes de que una batalla no les convenía en tales circunstancias, de modo que se presentaron teniendo el bosque a sus espaldas, y entre los árboles apostaron arqueros y guerreros con cerbatanas, y solo acudieron a la cita con los jinetes. Así pues, cuando las hordas kérvicas comenzaron su avance, los Raahami dieron media vuelta como presos del pánico, y prepararon la celada a los licántropos, que se abalanzaron tras ellos y murieron a millares en pocos minutos. Pero los supervivientes no habían abandonado el bosque, donde aún continuaban acechando a los Alfens en patrullas poco numerosas.

Una de tales patrullas pasaba ahora bajo su posición. Eran unos veinte en total. En otras circunstancias, el sentido del olfato les hubiese permitido descubrir al instante a los emboscados, pero el fuerte olor que desprendían las hojas de los árboles complicaba la identificación de un rastro en el aire. Era ese el motivo por el cual los Alfens habían escogido este bosque. A pesar de la dificultad para encaramarse a las ramas, el poder de estas plantas para sobrevivir, trayendo el agua desde kilómetros y acaparándola por completo, impedía la existencia de otros habitantes vegetales en el bosque. Aunque no podía verlos, el Senescal sabía que sus ejércitos se encontraban cerca. Silbó. La sincronización de los arqueros no dio pie a escapadas, supervivientes ni gritos de alarma. Sertgón observó las primeras cuerdas que caían de los árboles, e instantes después a los Alfens que retiraban los cadáveres. Suspiró.

Mucho tiempo después aún se dice que fue en aquel trance, encaramado a los árboles, emboscado, cuando el Senescal concibió el Lamento que aún canta su pueblo alrededor del fuego.

Sertgón mantuvo la mirada en el suelo, aunque sus pensamientos volaban lejos de aquellas tierras, hacia su hogar, hacia un palacio precedido por una alameda donde había nacido y jugado. Vio también a su más antiguo compañero, a su amigo, el Eäalet que tan duramente le había recibido en cerial al Fional durante su última estancia. La sangre dejó de circular por sus venas un nuevo pensamiento llegó asociado…

La imagen del Eäalet había traído consigo otra repugnante que de ningún modo podía dejarle impertérrito. Sabía que el Equilibrio debía prevalecer por encima de todo, como sabía que todas las cosas e ideas tenían su opuesto: el Bien y el Mal; el Orden y el Caos; la Luz y las Tinieblas; la Vida y la Muerte… todo debía guardar un Equilibrio. Mas a pesar de saberlo, y aun de aceptarlo, su corazón no asimilaba la nueva sorpresa que el destino le reservaba. Pues era muy duro encontrar el antónimo de los Eäalet. Árboles que guardaban sus negros pensamientos tras su negra corteza, que odiaban la Luz y a los Alfens, y que los habían atacado con saña. Alionees, los enemigos que acechan, los habían llamado, y aun conociendo su maldad, le había dolido ordenar la destrucción de uno de ellos para salvar a un guerrero.

Después de eso, Sertgón Maullé, Senescal de los Alfens, lloró.

Aún tardó unos instantes en reconocer la llamada. Cuando al fin lo hizo, posó su mirada sobre dos Alfens cuya única protección estaba constituida por cotas de mallas rasgadas y tintadas en sangre. Arrojó la cuerda y el primero de ellos subió por ella con agilidad, inmediatamente seguido por el otro. Era la agilidad que se adquiría tras años de trepar por los cordajes de los barcos.

Bezadol se acomodó en una rama más baja de la que marcaba la posición de Sertgón, y apenas un segundo más tarde Labarín se sentaba junto a él.

–¿Qué os trae tan lejos de vuestra posición? Creía que os encontrábais al sur, junto al Señor Ose y los Raahami.

–Allí estábamos, en efecto –confirmó Labarín–, mas ha sucedido algo importante que puede cambiar la suerte de esta campaña.

–Cualquier noticia que nos ayude a movernos de aquí será bien recibida –dijo Sertgón, medio en broma.

Los rostros de los otros no lo acompañaron en la chanza.

–Es demasiado grave el asunto como para alegrarse. El hechicero que acompaña a Luobo no es otro que Sánedri, el pupilo de Tas-par.

La mueca de odio que se formó en el rostro del Senescal sorprendió incluso a Labarín, que tan bien lo conocía y sabía de su dolor. Ambos habían identificado hacía tiempo a Tas-par como el culpable de los acontecimientos que rodearon la muerte de Maullé. Y Sánedri era el pupilo de Tas-par.

–Aconséjame, Labarín, pues mi corazón me dicta locuras que no debo escuchar ahora –rogó Sertgón, y sus compañeros se asombraron gratamente, pues sabían que la venganza de la muerte de Maullé constituía uno de los pilares de la vida del Senescal.

El Segundo miró al hijo de su corazón con infinita ternura, y por breves instantes sintió que ante él tenía a su otro hijo, el frágil Austrong, tal y como lo viera la última vez, en el palacio del árbol de Maberel. Pero la visión desapareció, y de nuevo tuvo ante él al guerrero, al senescal de los Alfens.

–Me alegra oírte hablar así, pues muestras cordura y juicio donde solo había corazón –comenzó–. Y no obstante hablaré a ese corazón, si bien no exactamente como él deseara –lo miró directamente a los ojos–. Los kérveros abandonan el bosque. Esta patrulla que habéis abatido era de las últimas que volvían del norte; toda la noche la hemos seguido. No sé lo que eso pueda significar, tal vez, Madrivo no lo quiera, pretendan quemar el bosque. De cualquier manera, no podemos permitir que se reorganicen –añadió, y esperó la reacción de Sertgón.

–Mi corazón te escucha y agradece tus palabras, sólo dime qué pretendes que haga.

–El Señor Ose y los Raahami emprenderán hoy la marcha por el lindero del bosque, del sur al norte. Cuando caiga la noche, habrán llegado a los campamentos kérvicos. Mientras tanto, tú y los guerreros emboscados avanzaréis por el bosque, acabando con cuantos kérveros encontréis a vuestro paso. Entonces los dos ejércitos se juntarán y haremos sonar todos los cornos, y las Constelaciones iluminarán con su pálida luz invernal la última carga de los Alfens en esta campaña –sentenció con gravedad, y luego añadió–: después de eso, victoriosos o derrotados, abandonaremos Thrasgok.

–Victoriosos o muertos –fueron las palabras de Sertgón Maullé.

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