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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El frío amanecer del invierno encontró una habitación caldeada por el fuego de una chimenea de estilo arcaico, siguiendo la pauta de toda la edificación. Desde la cama pudo escucharse un gruñido y una maldición, seguidos por la aparición de una cabeza cana, adornado el rostro con una perilla despeinada a tales horas de la mañana. El resto del cuerpo se levantó entre maldiciones, y corrió a refugiar los recios músculos de cuarentón bajo un jubón rojo tachonado de oro. Se calzó unas botas, y se acercó a maldecir más cerca de la ventana, cuya cristalera de colores se abrió hacia fuera tras un empujón. Volvió a cerrar la vidriera, se tocó con un gorro rojo, un ferreruelo verde, y terminó su vestimenta con el puñal más largo que poseía.

Y es que el Mariscal Tarios Môces odiaba Pequeña Tocatora… al menos vivir allí. Detestaba a los burócratas que pululaban a su alrededor desde el mismo instante en que salía de su habitación; detestaba la lluvia constante, y, por encima de todo, detestaba la inactividad a la que le obligaba su puesto. De hecho, aquella era una de las razones que más le impulsaban a odiar el Caos; desde que Sánedri asesinara, casi un año atrás, al Conde Dlakire, Mariscal de Boneria, el Consejo de Defensa se había dedicado a buscar un sustituto para cubrir la vacante, y pronto habían propuesto a “un relativamente joven capitán, muy experimentado no obstante en planificaciones de batallas”, y lo habían sacado del Alcázar de Boracoria, dándole el grado de Mariscal de Campo. Por si aquello fuera poco, le habían asignado un tutor en asuntos de estado, que trataba de meterle en la cabeza, sin delicadeza alguna, toda una serie de lecciones de economía e impuestos, e incluso de retórica.

No pudo evitar volver a maldecir llegado ese punto.

Añoraba los tiempos en que él y Cadmier salían a cazar kérveros a Willand, o competían con los jinetes bárbaros en carreras de caballos; casi siempre perdían, por cierto, pero lo realmente divertido era la pelea subsiguiente, cuando los dos capitanes boneriis acusaban injustamente de tramposos a los jinetes. Aquello parecía atacar su orgullo como ninguna otra cosa.

Con un gruñido, emitido tanto por los perdidos viejos tiempos como para amedrentar a los burócratas que estarían aguardando en el pasillo, salió de la habitación. Para su sorpresa –muy grata, todo hay que decirlo–, no había nadie allí, y por unos instantes concibió la esperanza de que, durante su sueño, un dragón lo suficientemente hambriento hubiese devorado a todas aquellas malditas moscas.

–No será verdad –murmuró, y volvió a gruñir.

Entonces recordó el porqué de aquella soledad: aquel día se celebraría una reunión del Consejo de defensa en el palacio, dónde solo serían admitidos los ascetas-cronistas de Bedrom, que estamparían en pergaminos cuanto se dijera. Ni un solo ayuda de cámara, burócrata o incluso cocinero. Sonrió al percatarse de que probablemente llevarían largo tiempo esperándole y disminuyó aún más el paso, dándole lo que él denominaba “un aburrido y majestuoso toque”. En realidad ya sabía todo cuanto se diría en el Consejo: atacar. Así de simple. Pero, ¿atacar a quién?, ¿junto a quién?, ¿dónde? Esas tres interrogantes eran lo que le había llevado a negarse hasta el momento. Desde luego, no pensaba introducirse en el bosque de los Trolls con un ejército cuyo cuerpo principal era el de caballería. Por otra parte, si el grueso de los ejércitos enemigos se encontraba en Aradina, no iba a embarcar a solo veinte mil hombres; la resurgida Corona de Sandor había sido más que diezmada, los Alfens aún continuaban luchando en Thrasgok, y los Enanos no daban señales de vida. Desde luego no era momento para atacar.

Cuando llegó al salón del Consejo, encontró que tampoco en él había nadie. Le volvió a la mente la idea del dragón, pero esto era más serio. Tras unas cuantas maldiciones e imprecaciones varias, comenzó a gritar.

–¿Dónde rayos está todo el mundo?

La pregunta quedó en el aire, retumbando entre las arcadas vacías del techo, lo cual contribuyó a aumentar su malhumor y, aferrando el puñal envainado, regresó sobre sus pasos hacia sus habitaciones. Al doblar la esquina de un pasillo, encontró sorprendido a uno de los burócratas, quién se puso lívido al verle.

–Ex… Excelencia,… –comenzó, pero el Mariscal lo interrumpió.

–¡Está bien, lelo, habla de una vez! –increpó exasperado.

El pobre hombre no sabía dónde meterse.

–Ex… Excelencia,… un… eh,… hombre, desea veros –dijo al fin, bien falto de seguridad.

–¿Qué hombre? –inquirió, sorprendido por la extrañeza de la situación. Cualquier audiencia debía pasar al menos diez filtros, y desde luego no se la comunicaban en medio del pasillo vacío del palacio.

–Aseguró que le conocéis, Excelencia. Se presentó como Heimdallat… Ré –al parecer el burócrata tenía razones para mostrar esa lividez.

El Mariscal respiró hondo antes de responder. Cuando lo hizo, su calma era aparente.

–Has dicho Ré, ¿verdad? –preguntó, y cuando vio que el otro asentía perdió los estribos–. ¿Hay un Ré en Boneria y se me ha dejado dormir? –gritó, porque no se le ocurría otra cosa. Ré era un título tan viejo como Boneria, el guerrero que lo poseyera lucharía con la bendición de Karos y sería completamente inmune a la magia. Constituía una de las armas más poderosas del Orden. Y por eso mismo Cadmier se mostraba escéptico. Conocía a Heimdallat, un poderoso caballero del pelotón de Cadmier, desaparecido junto a él en el sur. Lo más probable era que hubiera vagado por toda La Península desde entonces, fuera lo que fuese lo que les sucediese, y la locura no desaprovecha tales ocasiones para destrozar el espíritu. Aquel pensamiento le apaciguó un tanto–. Anda, condúceme hasta ese pobre hombre.

El burócrata no había recuperado aún el color, y sus palabras se lo arrebataron también al Mariscal.

–Está en el patio, Excelencia… ha venido volando sobre una gigantesca águila.

Volando sobre una gigantesca águila. ¡Volando sobre una gigantesca águila! Y lo peor era que probablemente fuese cierto, pues el burócrata no hubiese osado a burlarse de él. Por si acaso, no dejó de gruñir.

–Es cierto, Tarios, los heraldos de Iyhalá Karos han llegado –intervino una voz femenina.

Los dos hombres se volvieron hacia ella, y el burócrata retrocedió dos pasos, visiblemente perturbado.

–¿Aún estás aquí? –El gesto que el Mariscal le dirigió fue lo suficientemente expresivo como para que el otro diese media vuelta y desapareciera por los corredores–. Saludos, Delra, vuestra ha sido más grata, si cabe, que nunca.

La hechicera sonrió, desprendiéndose de la capucha marrón.

–No lo he hecho por vos, sino por la salud de ese pobre hombre.

–¡Ah!, entiendo ahora su alegría al veros.

La mujer no pareció molestarse por la ironía y continuó sonriendo.

–Vine volando junto a Heimdallat Ré, sobre el águila; fue a buscaros al Alcázar de Boracoria, y me permitió acompañarle.

El Mariscal no ocultó su enfado.

–Por supuesto que no estaba allí; ese Consejo de Defensa me sacó de allí para ponerme en constante remojo. –La hechicera sonrió, aunque trató de ocultarlo–. Por cierto, ¿cómo sabía el Ré que yo era el nuevo Mariscal? No me digáis que también es vidente.

Ahora fue el turno de la maldad en la sonrisa de la hechicera.

–En realidad se mostró gratamente sorprendido, pues su misión consistía en nombraros él mismo Mariscal y otorgaros la bendición de Karos –acentuó la sonrisa ante la muestra de malestar de Tarios–. Está un poco despistado todavía, pues del lugar de donde viene el tiempo parece no transcurrir igual que en Edeter; será mejor que os lo explique él, pues podrá responderos a preguntas que yo ignoro.

–¿Y dónde rayos ha estado?

–Es un Ré; ha visitado la Lomba –respondió Delra con naturalidad.

Por primera vez Tarios se quedó sin palabras… y sin maldiciones. No pudo hacer otra cosa que seguir a la hechicera.

El porte orgulloso del caballero de Boneria, adquirido a través de los años, ocultaba una mente perpleja. El Mariscal apenas se fijaba por dónde le conducía la maga, a pesar de haber atravesado esos pasillos cotidianamente desde que llegó al palacio. A medida que sus pensamientos avanzaban, originados a partir de la aparición del Ré, una idea iba tomando forma y, en las actuales circunstancias, podía augurar que se haría realidad.

–Delra, decís que Heimdallat ha regresado a Boneria con una graduación inimaginable por ninguno de los caballeros que se encuentran en el país –dejó que la hechicera, con una sonrisa, asintiera antes de continuar–, un rango mayor incluso que el del Consejo de Defensa.

La hechicera acentuó su sonrisa.

–Por supuesto, ya habéis visto que ha aplazado la reunión –afirmó con su sonrisa infantil. El Mariscal no pudo ocultar su regocijo, y sus labios se curvaron hacia arriba sobre su perilla. Delra prorrumpió en carcajadas.

–¡Oh, Tarios, sois imposible! ¿Qué es lo que estáis pensando?

–Exactamente lo que vos pensáis que pienso, por supuesto –añadió, imitando el tono de la mujer.

–Lamentablemente, creo que habéis obviado mis palabras anteriores –se detuvo un instante para calibrar la reacción del otro–; como os he dicho, el Ré tenía la misión de nombraros Mariscal.

Lo recordó de súbito, mas viendo que la última esperanza se desvanecía, intentó servirse de la lógica.

–No obstante, posee una graduación mayor que la mía; ha de ser él quien permanezca en el palacio, junto al Consejo. Yo volveré a Boracoria para adiestrar directamente a los caballeros

–Eso habréis de hablarlo con él, y pronto, pues ya le hemos hecho esperar demasiado tiempo.

Aun de espaldas lo reconoció de inmediato. Al menos reconoció a Heimdallat. La aureola que tanto se prodigaba como compañera de un Ré parecía haberse tomado un permiso. La figura del caballero giró sobre el eje del pie derecho, y el rostro que encaró a Tarios Môces podía pertenecer al mismísimo Darko. El Mariscal dio un respingo y aferró su daga, sin dejar de observar ni por un instante la macabra presencia. Tardó apenas un instante en percatarse de que era una máscara. El Ré se desprendió de ella y entonces apareció el verdadero rostro de Heimdallat, moreno y grave, imbuido de esa majestad que antes se había echado en falta, y que ahora impresionaba hasta la reverencia.

–Saludos, mariscal Tarios Môces –dijo el caballero, y en sus labios aquel título no sonaba ostentoso–, y a vos de nuevo, Delra.

–Saludos, Heimdallat Ré –correspondió la última, pronunciando el título sin vacilar, lo que produjo en Tarios un extraño desasosiego.

–Bienvenido de nuevo, caballero –fue lo único que acertó a decir–. La noticia de vuestra vuelta es lo mejor que podía acontecernos –peroró sin remedio.

–Pero vos seguiréis siendo el Mariscal –aseguró, y el otro se quedó sin habla. Y era la segunda vez esa mañana–. Nos acercamos al desenlace de una contienda que se prolonga por siglos. Es su deber hacerse cargo de de las tropas de Boneria y encabezarlas hacia Aradina. Es el momento de encarar orgullosamente nuestras responsabilidades.

El Mariscal se tomó un tiempo para controlar su ira.

–¿Aradina? Sin duda, conocéis la situación en la Península… –el Ré le cortó instantáneamente.

–Mejor que vos, Mariscal. Por eso os ordeno que embarquéis las tropas bonerii en el puerto de Pharos dentro de seis días y las dirijáis a las llanuras de Aradina. El resto del plan os seré comunicado en su momento.

–¿Llanuras de Aradina? ¡Ese país es una inmensa cordillera!

–Llanuras estepeñas, Mariscal. Se os proporcionarán mapas de la zona, cartografiados en Boneria y en el castillo Crítaler

–¿Pensáis de verdad mandar a los caballeros de Boneria contra el baluarte del Norte?

El Ré se irguió en toda su altura cuando volvió a hablar.

–Nunca he dicho que estuvieran solos –comenzó, y por momentos su aureola pareció multiplicarse–. “Los mensajeros de Karos extenderán su viento de guerra en todas direcciones”, se decía en otros tiempos, y ahora ha ocurrido. En el este y en el oeste, los Alfens se han adelantado a la llamada, y ahoran mueren a centenares en Thrasgok; en el sur el nombre de Gôlfang ha sido honrado en la victoria y en el norte hay aliados no esperados; incluso en el centro, las Tres Montañas de Bhasaphil pronro verán vacías sus cavernas, cuando el pueblo de Itark, Baruk y Thrik se lance a la guerra por la Paz. Y heme aquí, en mi propio país, llamando a la guerra.

Mas esto, si esperanzador, no agota las perspectivas, pues fíjate que la batalla no solo se dirimirá entre los ejércitos, y si las Tinieblas caen, esto no será el final del Caos, pues hay destinos que deben cumplirse y entre ellos los del Bien no son los únicos poderosos. –Tras estas palabras, los jardines quedaron en silencio varios minutos, y la lluvia quedaba amortiguada en el suelo blando, dejando un olor a tierra húmeda. El sol apenas había levantado aquella mañana, y ahora se escondía a intervalos entre las nubes del horizonte.

–Guerra, pues. –Por primera vez echó de menos la autoridad que hubiera tenido ante el Consejo de Defensa–. Obedeceré, y llevaré los ejércitos hacia el norte como un azote, y prepararé estrategias para la victoria. En un mes los bonerii nos hallaremos frente a las costas de Aradina… y que Karos nos proteja de las atrocidades.

–Es Ihyalá Karos por quién combatimos –sentenció Heimdallat Ré, y, mientras el Mariscal y la hechicera lo miraban, se acercó un corno a los labios y lo sopló con tal fuerza que el sonido pareció extenderse en verdad hacia todas las direcciones, sin límite de espacios para su nota diáfana.

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