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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

La herida del pecho era la que más dolía, y ahora que había recuperado la conciencia pudo sentir la hinchazón bajo la venda. Abrió los ojos, solo para experimentar un agudo pinchazo en la sien, lo que le llevó a cerrarlos automáticamente. Llegó a sus oídos una voz familiar que expresaba alegría.

–¡Marqués, mi señor ha abierto los ojos, se ha recuperado!

Dalamán volvió a abrirlos entonces, y descubrió que se encontraba tumbado en un catre, mirando el techo de lona de una tienda sandoreana. Intentó incorporarse, pero dos manos fuertes volvieron a empujarle a la posición horizontal. La voz del Marqués de Arheim le tranquilizó.

–No os mováis, caballero, a menos que deseéis echar por tierra la cuidadosa labor de la doncella que os cosió el pecho –ordenó, entrando en su campo de visión, al lado de la cama. A continuación comenzó a hablar con la otra voz–. Bien, Aldamar, es cierto que tu señor ha mejorado, mas no le permitas moverse si bien le quieres.

–Será el paciente más inmóvil que halláis visto, Marqués –aseguró el escudero con seriedad.

–Bien, bien, entonces. ¿Cómo os encontráis, Dalamán? Me refiero a vuestro ánimo; vuestro estado físico es lamentable, por cierto –aunque su expresión ceñuda no varió, el garguín prefirió pensar que bromeaba, al menos en parte.

–Mi ánimo está decaído; debido a mis heridas no he podido continuar la batalla.

–No son de extrañar esas heridas, viendo vuestro arrojo en el combate. Parecía como si vos tuviérais una cuenta personal con todos y cada uno de los kérveros. El nombre de Dalamán dil Balamó será honrado desde hoy como el de un valiente.

¿Valiente? Ni siquiera recordaba nada del combate. Lo único que había fijado en su memoria era el nombre de aquél por el que luchaba. Entonces aferró a mano cambiada el brazalete marrón que aún conservaba en su brazo, aunque su pecho se convirtió en un nido de dolor.

–¿Vais a hacerme caso y a permanecer inmóvil? –se enfadó el Marqués, ayudándole a colocar bien ambos brazos–. Espero que no deseéis reuniros con él –añadió, mirando el brazalete–. Todos sentimos aún su pérdida.

Dalamán permitió que dos lágrimas asomaran a sus ojos, y pudo ver que Aldamar lloraba. ¿Reunirse con Gôlfang? Sí, por supuesto que quería, por él había luchado como lo había hecho. Sin embargo, no había caído y, aunque dolía, quizá aquello era una señal de que su hora no había llegado.

–¿Ha sido honrado Gôlfang, Portador de la Palabra? ¿Han sido derrotados los kérveros? –preguntó con rabia contenida, pues su estado suponía una frustración para su sed de movimiento.

–¿Honrado, decís? Tres veces ha sido honrado su nombre, al cual temen los kérveros desde ahora mucho más que antes, si es posible. En cuanto a vuestra segunda pregunta –continuó tras un instante en el que su expresión de triunfo inundó a los gerguines–, permitid que os narre la batalla tal y como yo la conozco.

Dalamán mostró su entusiasmo ante a aquella propuesta.

–¡Os lo ruego, Marqués!

–Aldamar, tráeme un asiento, pues la historia es larga –pidió el sandoreano, que se acomodó en la silla tapizada con motivos florales que el joven le alcanzó–. Bien, señor Dalamán, he aquí como sucedió la historia después de que vos cayeseis –dijo, recordando que el garguín había sido herido el segundo día de acoso de las lanzas, cuando, tras una escaramuza, uno de estas unidades había sido rodeado por un centenar de kérveros. Sin pensarlo dos veces, Dalamán había descendido el puente y se había lanzado en pos de sus enemigos, que, cogidos por sorpresa, no alcanzaron a devolver los golpes del joven caballero, que acabó con la vida de media docena antes de que se dieran cuenta. Mas como sucede en todas desventajas tan inmensas, los kérveros no tardaron en rodearle, y aún cayó alguno antes de que le desarmaran. Fue una suerte que el Señor Rolja y sus vasallos, viéndolo en tal lance, acudieran para vengarle, creyéndole ya muerto, aunque afortunadamente no lo estaba–. El Señor Rolja os trajo ante mí, pues como todos saben tengo cierta práctica en la cura de las heridas, y así logramos arrebataros a la muerte. Durante otro día más las lanzas acosaron a los kérveros, hasta que al fin pudimos ver a una gran tropa de ellos que venía precipitadamente desde el norte, tal y como el plan había previsto. Ni que decir tiene que Brim Tarlá no desaprovechó la oportunidad y, viendo que los garguines dirigidos por Balamó aún no se habían repuesto por completo de su marcha, ordenó una carga de la élite de la caballería sandoreana, y aquella fue una hazaña en la que más de seis mil enemigos se dejaron abrazar por Berom Cailö. Y así finalizó el tercer día.

El cuarto día comenzó con una sorpresa, pues los kérveros habían avanzado hacia el interior durante la noche, y eran más de cien mil, de modo que cubrían la estepa como ratas en un agujero pestilente. Y he aquí que Dranlill los dejó avanzar, no poniendo en su camino sino a los hábiles arqueros del rey Carg, y avanzando con toda la caballería por los flancos del ejército kérvico, de los que aún quedaban cincuenta mil en la ribera, de modo que los kérveros quedaron rodeados, con el río a su espalda. Entonces, Su Majestad atacó la guarnición del río con todo el poder de las lanzas, y aquella fue la segunda gran hazaña, pues decir que los derrotó sería decir poco. Ahora bien, muchos kérveros lograron llegar al puente, que se tiñó de rojo con su sangre por la defensa que hicimos desde aquí, tan esforzada que al propio Señor Rolja tuvieron que sacarlo de allí sus hombres, herido de mil heridas. No obstante, los arqueros critalitas tomaron posiciones, y ni uno solo de los licántropos llegó siquiera a la mitad del puente.

Mientras tanto, el ejército kérvico había llegado a enfrentarse a la infantería, y dicen que había causado ya una gran mortandad entre nuestras filas cuando una fuerza de caballería no esperada irrumpió en la batalla, y cuentan que aquellos jinetes, viendo que sus caballos no podían maniobrar, desmontaron y lucharon con finas espadas, bajo el estandarte de la espiga. No poca fue la sorpresa de los sandoreanos, pues aquellas fuerzas eran desconocidas para la mayoría, si bien luchaban en las filas de Gargüid, y nada comprendieron hasta que un jinete vestido de verde se acercó galopando, y entonces pudieron ver que sobre su yelmo campeaba una corona, y que era una mujer, y entendieron que se trataba de la reina Nalma Niría, y que los caballeros eran en realidad su guardia de amazonas. Y aquella fue la tercera hazaña, pues solo dos mil mujeres lograron lo que no habían conseguido treinta mil guerreros: detener el avance de los kérveros hasta que llegó la caballería. Y así tocó a su fin el cuarto día.

La quinta jornada fue de descanso, lo cual benefició a los kérveros que se agotan por el día, pero no perjudicó a nuestros ejércitos, que así pudieron evaluar las pérdidas, y vieron que eran grandes. La tercera parte de los caballeros ya no estaba entre nosotros o se encontraba incapacitado para el combate, y de los treinta millares de infantes que habían partido de Ardellén, tan solo quedaban vivos tres veces seis mil. Los Orondos habían sido los menos perjudicados, tal vez porque se sabían últimos de su raza y lucharon por su supervivencia, además de por la venganza. Así pues, solo quedaban para la lucha treinta mil guerreros, entre caballería e infantería, sin contarnos a nosotros, de los que nada se sabía al otro lado del río, si vivíamos o éramos muertos. He de decir que las dos terceras partes no podíamos combatir, bien nunca ya, bien temporalmente, como es vuestro caso o el del Señor Rolja.

–¿Cómo se encuentra él? –intervino Dalamán.

–Mejor que vos, por cierto, y es seguro que pronto volveremos a oír hablar de sus grandes hazañas. Pero volvamos al eje de la narración. Os decía que los kérveros aún nos superaban en algo más de tres a uno, y con esas perspectivas finalizó el quinto día.

El sol del sexto parecía prometer que aquel sería pacífico como el anterior, mas comprendimos que los kérveros se reservaban para la noche y no volvían al río, por lo que todas nuestras ventajas desaparecían de una vez. Dranlill no parecía darse cuenta de nada, pues sus tropas no se movieron, de modo que, comprendiendo que era nuestra obligación ayudar como mejor pudiésemos, decidimos actuar. Así, confiando en que los arqueros critalitas defendieran el puente y los desfiladeros, las casi dos centurias de caballeros que nos hallábamos en condición de luchar nos armamos de todas nuestras armas y descendimos por el puente, formando en la ribera ante el río, donde los caballos se desequilibraban sobre las montañas de cadáveres y barro rojo. Bien sabíamos que era una batalla sin esperanza, pero ocasión única para alcanzar gloria y prez que nos sobreviviesen, incluso a aquellos que solo recientemente habían vestido la armadura. Con esa conciencia iniciamos el galope contra los kérveros, que se vieron obligados a luchar con luz. Y aquella fue la cuarta hazaña, además de la tercera honra de Gôlfang, pues junto al estandarte de la Corona ondeaba el estandarte marrón de Karos, el mismo que Projia veneró y defendió en vida –la narración se vio interrumpida por el copioso llanto de tres hombres que no intentaron detener las lágrimas de emoción y tristeza. Pasaron minutos antes de que el anciano pudiera continuar–. Cabalgamos entonces contra los kérveros, y los cuernos de guerra se unieron al sordo tronar del galope de los caballos. Cuando la primera línea de enemigos intentó pararnos, pasamos sobre ella como sobre los peñascos, y allí quedó tan inerte como ellos. Lo mismo ocurrió con la segunda, y la tercera, hasta que ya no hubo líneas, sino un abigarrado ejército de pelo y acero. Mi último pensamiento antes de cargar contra aquella mole fue para Dranlill. No obstante, he de confesarlo, fue un pensamiento que creía estéril. Para mi sorpresa, otra más, el príncipe se portó como yo deseaba, y adivinó al instante mis intenciones de modo que, en cuanto lo hube ratificado, ordené un rápido repliegue hacia el puente. De todos los caballeros que partimos de aquí, sólo veintitrés regresamos, y entre ellos no se encontraban ya Firjó y Farjó, siempre valerosos. Todos acudimos prestos al acantilado cuando comprendimos que era el único sitio donde podíamos ayudar ya. Durante los dos días siguientes, la batalla continuó encarnizada, y desde aquí no se podía prever el resultado, si bien observábamos que el número de guerreros de ambos bandos descendía cada minuto, hasta el punto de que era dudoso que sobreviviesen ya veinte mil kérveros, a juzgar por la gran extensión de terreno que cubrían sus cadáveres. Con esta incertidumbre transcurrieron el sexto y el séptimo día.

La octava jornada vio declinar el ritmo de batalla, pero no por eso se dejó de luchar. Al mediodía se escucharon los cornos de Dranlill y, aunque al principio temimos que aquello significase el final, pronto nos dimos cuenta de que era todo lo contrario, y dos horas más tarde una gran oleada de kérveros intentó cruzar el puente o atravesar el río, de modo que el Boureanaur causó miles de nuevas víctimas, pues turbulento y profundo sabéis que es. En cuanto a los que intentaron cruzar el puente, algunos lo consiguieron, y mucho me temo que Luobo esté entre ellos, pues todos pudimos ver la acción de la magia, y creemos que fue utilizada por algún nigromante que lo protege. Así y todo, no fueron más de cien los que lo cruzaron, y algunos caballeros se han lanzado a perseguirlos.

Ya por la tarde se vio llegar a la caballería, y al frente cabalgaba Dranlill, con Ibridel roja brillando febrilmente en su puño, mas incluso diezmada se mostraba gloriosa y altanera, y los últimos kérveros aullaron de terror y cayeron a sus pies. Emotivo fue entonces el encuentro de las dos partes, y todos entonamos el himno por los caídos, que han sido muchos y grandes: en vuestra tierra, y lo digo con pesar, vuestro hermano Balamil, así como la mitad de sus caballeros y amazonas; en Arodia, solo tres arqueros de la guardia del rey Carg sobreviven aún, y el sargento Borg se encuentra gravemente herido; Sandor ha llevado la peor parte, y además de los caballeros que aquí han caido, seis grandes Condes y Duques han perecido, y el Barón Erhist, el hermano mayor del Señor Rolja y heredero del Condado de Dorón… solo por citar cuatro pérdidas, a las que habrá que sumar las que sucedan en las persecuciones que aún persisten a ambos lados del río Boureanaur.

–Una amarga victoria –apuntó Dalamán, apesadumbrado.

–Amarga y necesaria; para los supervivientes, un paso hacia la libertad perdida.

–Me hubiese gustado combatir junto a los Alfens –apuntó el joven.

–¿Y cuándo cayesen? El acero los mata, y yo no soportaría ver morir a un Alfen. Ellos pronto lucharán en Thrasgok, y morirán, y evitarán, si hay suerte, nuevas incursiones de los kérveros en nuestro territorio, al menos hasta que hayamos recuperado la capacidad de resistirlos. –Dalamán asintió con la mirada.

–Ahora dormid, señor Dalamán. Cuando despertéis quizá ya no haya que lamenter más muertes.

El anciano se levantó de la silla y salió de la tienda. Era de noche, supuso Dalamán, porque no penetró ninguna luz desde el exterior.

–No enciendas velas –indicó a Aldamar, aunque instantes después ya no lo recordaba. El sueño había llegado ajeno a la muerte o al sufrimiento ajenos.

Y cuando Bedrom ordena, siempre hay que obedecer.

La noche se acercaba en los acantilados de la meseta, y desde ella podía contemplarse la gran extensión de terreno que era Dorfen Hond. Para Prejat, en la actualidad Conde de Barjar, aquella visión representaba lo que siempre había soñado: el condado de Dorfen, el condado traidor, no siempre lo había sido, y en su memoria se apiñaban las historias que su padre le había narrado, las cuales habían pasado de generación en generación durante mil años. Narraciones que mostraban hazañas y glorias para la imaginación despierta, correrías de seres que no pertenecían a ninguna raza y que enseñaban a cantar a los ruiseñores, empresas de afamados caballeros, moradas ocultas de Poderes Eternos… sí, Dorfen no siempre había sido el traidor, y durante años había dado cabida a infinidad de personajes y aventuras.

Volver a hacer de aquel lugar de ensoñación un territorio de leyendas había sido el principal motivo de que el obeso caballero montase su fatigado caballo y se lanzase en persecución de los kérveros. Desde su posición había visto cómo el cuerpo principal de los huidos se disociaba en multitud de pequeños grupos de dos o tres componentes, pero incluso desde aquella distancia quedaba claro cuál era el de Luobo; un nigromante le acompañaba.

No esperó al resto de caballeros que habían salido tras él del campamento –otros lo habían hecho antes, y tampoco habían esperado–, y con mucho tiento guió a su caballo por las abruptas pendientes que descendían desde los acantilados hasta los páramos verdes. Sabía que tenía todo a su favor, ya que, si bien Luobo podía correr tanto como su caballo de guerra, al hacerse acompañar por un nigromante humano –lo era, el viento había arrebatado su capucha y durante algunos instantes sus rasgos se habían hecho visibles– entorpecería su marcha. en realidad prefería ignorar la magia, ni siquiera había pensado en cómo se protegería llegado el caso.

Después de media hora de cabalgar sin tregua se dio cuenta de que algo no andaba bien. La noche debería haber llegado ya, y no debería haber ninguna fuente de luz en el cielo. En lugar de ello, Lubania y Tarkión habían detenido su avance hacia sus hogares nocturnos en el norte y en el sur, y asimismo el sol aún dejaba notar sus rayos oblicuos desde las inmediaciones de la isla Qüenyum. Detuvo su montura y apoyó la lanza en el estribo. Ante él solo pudo ver una extensión infinita de verde. Giró su cuerpo, envuelto en su armadura, de un lado a otro, para comprobar que el paisaje era idéntico. Cuando volvió su mirada al frente, sus ojos se encontraron observando la superficie perfecta de un lago, cuyas aguas eran más azules de lo que podía concebir. Una ola de paz le inundó entonces, y no pudo por menos que descabalgar y acercarse a las aguas. Descubrió entonces una cabaña, de cuya chimenea salía humo. En la puerta, algunas gardenias estaban esparcidas por el suelo, si bien aún frescas; segunda señal de que algo andaba mal. Al alzar la vista descubrió la tercera, en forma de un ramo de claveles y rosas marchitas. Ni siquiera entonces se le ocurrió desenfundar su espada. En aquel lugar, se limitó a esperar frente a la puerta. No fue una espera larga, pero sí cargada de tensión, como si el tiempo se hubiera detenido. Súbitamente, una figura apareció bajo el marco, cubierta por completo por una túnica negra.

–¿Podríais por ventura decirme vuestro nombre, caballero osado? –inquirió la figura con desprecio, al tiempo que una de sus manos revelaba parcialmente un rostro humano.

El caballero necesitó inspirar antes de responder.

–Mi nombre es Prejat, Conde de Barjar, vasallo de su Alta Majestad Brim Tarlá, Rey de Reyes de la Corona de Sandor, vencedor del Mal –enumeró, levantando orgullosamente la cabeza–. ¿Quién sois vos, traidor humano protector de sabandijas?

La boca de aquel extraño ser esbozó una sonrisa torcida.

–¿Humano, decís, mortal? –preguntó, y comenzó a reír de manera descontrolada. Entonces las carcajadas cesaron repentinamente, para volver a formar los labios aquella retorcida y fina sonrisa. Luego, incluso esta desapareció–. ¿Quieres saber quién soy? –preguntó al fin–. ¡Mira! –gritó, y aquella voz no era humana, y entonces se despojó totalmente de la capucha que cubría su cabeza.

Prejat retrocedió un paso, y el terror no le permitió más. Los ojos azules que le miraron con desprecio tornaron su color al rojo, para, en medio de aullidos de puro dolor, unirse en uno solo en mitad de la frente. El pelo amarillo, despeinado y sucio, creció y cambió el color hasta el marrón; la figura humana dejó de serlo, y pareció desdoblarse a lo largo y a lo ancho, desgarrando la túnica negra, que cayó al suelo hecha un harapo, y descubrió una hacha de dimensiones inconcebibles. Preso aún por el terror, Prejat apretó la empuñadura de su tizona, mientras escuchava la risa y la voz despectivas de aquel ser.

–Póstrate ante Sánedri, el dios Leñador, o muere.

Aún intentó Prejat desenfundar su espada, pero no tuvo la menor oportunidad. Aún no había muerto cuando un unicornio negro, montado por Luobo, se posó junto al dios. Consciente de su propia muerte, cerró los ojos, lleno de paz, con el pensamiento de que había sido protagonista de la última aventura en la tierra de sus anhelos infantiles.

Ya estaba muerto cuando, mucho más tarde, un caballero vestido al estilo de los Águilas Blancas de Boneria, pero que venía de mucho más lejos, arrojó su cuerpo inerte al Lago Azul, al mismísimo hogar de Bedrom Cailö.

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