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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El anciano que le había llevado hasta Austra le guió hacia las habitaciones que ocuparía aquella noche. El nuevo día le traería el preludio de la gloria… y de la muerte, tan unidas en la guerra. Sertgón no pronunció una sola palabra hasta llegar a la puerta y entonces se limitó a pronunciar un lacónico “gracias”. Probablemente el anciano mayordomo no esperaba más, incluso se hubiera sentido ofendido si Sertgón hubiese sonreído después de la entrevista con la desgraciada Señora.

De cualquier manera, Sertgón no había sonreído, no hubiera podido de intentarlo. El dolor de Austra era su dolor. Aunque él estaba dispuesto a dar su vida por sanarlo y pronto quizá lo haría. No le asustaba aquel pensamiento, pero lo cierto fue que no pudo conciliar el sueño. A media noche se levantó del lecho para empuñar de nuevo la espada de Maullé, su padre, aquella espada que era el único recuerdo físico que le quedaba del que fuera Senescal de los elfos. Al asir la empuñadura blanca volvió a recordar las palabras que aquella misma tarde le había traído el viento –prefería pensar que era el viento, a pesar de su conversación. Quizá estaba cansado–, y que tan acertadas habían sido. Iría al valle para pedir perdón y retomar el nombre de su pueblo, Alfen, y de allí a Thrasgok para consagrarlo. La sangre de los kérveros elevaría el nombre de los Alfens al plano que le correspondía.

Afilaba su espada pensando en esto cuando escuchó unos golpes en la puerta. Después de unos instantes, se dio cuenta de que pedían permiso.

–Adelante –concedió.

La puerta se abrió y entre los montantes apareció la figura de Ose a Laraí.

–Saludos, Senescal, espero no haberte molestado –se disculpó el zulfo.

–No lo has hecho, Ose; como tú, no puedo conciliar el sueño. ¿Qué deseas? –Con un gesto invitó al guerrero a sentarse junto a la mesa, donde él mismo tomó asiento.

–Gracias, Senescal –contestó mientras se sentaba–. Ya que aún no hemos encontrado tiempo para hablar desde tu partida a Cerian al Fionol, me preguntaba, pensando que también tú estarías desvelado, si no te molestaría conversar ahora, antes de que despierte el sol, y de ese modo no dañar los oídos de Austra con más noticias de guerra y muerte. Hoy al mediodía podríamos salir hacia el Aitan Baz.

–Antes que molestarme, me alegra tu disposición, mas hoy no podremos salir. La Señora ha decidido celebrar los ritos por la muerte de Danaöl durante todo el día.

–¿Danaöl muerto? ¿Y Maberel ha aceptado luchar?

–No fue fácil, mas no pudo negar eso a Labarín.

Ose no contestó, ni siquiera permitió que su faz adoptase expresión alguna. Sertgón continuó entonces.

–De cualquier forma, hablemos ahora, pues, como bien dices, no es prudente hablar a la Señora de más muertes y batallas. –El guerrero zulfo relajó un momento los músculos del rostro–- Hoy ha ocurrido algo que cambiará ligeramente nuestros planes: he de acudir a Orik’alalai para rogar su perdón.

La férrea voluntad de Ose apenas pudo ocultar una expresión de incredulidad, que Sertgón comprendió al instante.

–Senescal, el valle se hundió. –Por un momento, Sertgón pensó que Ose estaba mostrándose irónico.

–Lo sé, Ose, lo sé, yo mismo he navegado por sobre él y, sin embargo, no me preguntes por qué, sé que he de hacerlo; he de bajar a Orik’alalai y suplicar el perdón que puede negarnos. Solo así los elfos y los zulfos tendrán el camino abierto para ser de nuevo Alfens.

–No preguntaré nada si así lo ordenas, pero no obstante no acabo de entenderlo. De cualquier forma, no veo en qué manera puede afectar eso a nuestros planes.

–Es muy sencillo: iré con vosotros hasta Gargüid y desde allí partiré solo hacia el sur, donde me reuniré con la flota.

–¿Por qué no ir con la flota directamente?

–Yo mismo solicitaré el permiso del rey para cruzar Gargüid con nuestro ejército de tierra –aseguró Sertgón sin contestar a la pregunta.

–Como desees, pero la flota tendrá que partir hoy, aunque se vean obligados a celebrar los ritos en el mar.

–Me parece una buena medida. Ahora mismo enviaré un mensaje a mi segundo, Teerlaí, para que zarpe inmediatamente y me espere en el valle –dispuso, mientras escribía sobre un pergamino las palabras que iba pronunciando. Las bellas letras del alfabeto Dawri, que dibujaba la ancestral lengua del valle, desaparecieron lentamente tras ser fijadas. El pomo de la espada blanca selló la orden sobre el lacre.

–Yo mismo mandaré a mis hombre al puerto –ofreció Ose, recogiendo el pergamino.

–Gracias. Al mediodía nos veremos para celebrar los ritos junto a Austra.

Se despidieron con un gesto.

Poco tiempo después, aún en la noche, un jinete partió hacia el puerto de Qüoratroria y, al mismo tiempo que el sol alcanzaba su cénit, las velas verdes y azules de los navíos Alfens ondeaban y aprovechaban el viento de Shûgra para comenzar su viaje hacia el sur, hasta su primera parada en Sandor.

Mientras tanto, no demasiado lejos de allí, pero tampoco demasiado cerca, en Gargüid, el fantasma errante de un rey humano encontraba al fin su reposo, después de cumplir un destino dilatado quinientos años.

La simbólica pira funeraria ardió por espacio de dos horas, ayudada por la madera seca del otoño avanzado. Después de que todo resto se apagase, miles de zulfos, de Alfens, como ya se denominaban entre ellos, elevaron una vez más la plegaria ancestral que recientemente había sido rezada por todo el mundo Alfen, desde Aotolin’n hasta Ceran al Fionol.

Las cenizas se esparcirán por el viento

para retornar a su infinito reposo,

en esta la tierra de donde proceden.

Los que antes eran tus hijos vivientes

vuelven ahora a ti de nuevo,

para que a través de ellos

dés el don a sus hermanos.

Los que aquí quedamos,

envueltos por esa belleza

que solo Tú sabes crear,

te rogamos que sus esencias,

imperecederas,

sean purificadas en sus otras vidas,

junto a Ti para la eternidad.

Dos veces fue repetida y dos veces la escuchó Madrivo. Después, durante todo el día, la actividad en Blakari sería suspendida; los herreros enmudecerían sus yunques; los pastores no sacarían a pastar sus rebaños; los campesinos no trabajarían la carne de su Padre; los guerreros no lucharían.

Tálendir, así como los restantes supervivientes de Aotolin’n, lucharía en el ejército de Ose a Laraí, por tierra, y montarían raahami y vestirían coraza argéntea al empuñar las lanzas con pendones azules. Ahora, y a pesar del dolor, de los ritos, del respeto por la Muerte y el amor por la Vida, debían prepararse para la partida nocturna.

Se había visto derramar lágrimas a Austra, y nadie dudaba de que eran sinceras… otra cosa era el motivo. Era bien conocido el dolor de Austra, y el rumor de sus llantos solitarios lo llevaban entre las alas las mariposas. Por ello, cuando la Señora finalizó por segunda vez la plegaria, nadie la acusó de abandonar los ritos; sabían demasiado bien que ella recordaría cuando la mayoría hubiera olvidado.

De cualquier forma, las exequias continuaron durante todo el día, al aire libre, si bien los corazones de los Alfens que pronto acudirían a la guerra, y los de sus familias, albergaban una esperanza de reencuentro, antes de la partida. La tarde dejó paso a la noche otoñal antes que los días precedentes, tal era la magnitud de los negros nubarrones.

Y con la noche llegó la despedida.

Por primera vez desde que los llamados zulfos llegaron a Blakari, miles de cuernos sonaron en la foresta; miles de raahami, descendientes de raahami, trotaron de nuevo; miles de lanzas punteadas de afilado metal tintinearon contra las corazas, contra las espadas; miles de Alfens partieron hacia su primer hogar, que nunca más verían.

Con la primera Constelación, partió la columna, a cuyo frente cabalgaba el Señor Ose, de la casa Laraí, y tras él cabalgaba Sertgón Maullé, el Senescal de los Elfos… un Alfen más. Veinte centurias de jinetes –campesinos hasta poco tiempo atrás– lucían los petos de plata abandonados de la magia y portaban las astas de madera deseosas de probar la esencia misma del Caos; los arqueros, tantos como los jinetes, caminaban entre ramas y tendones de animales hechos armas mortíferas, entre minerales extraídos de su Padre, y forjados, y afilados. Aún tras ellos caminaban los infantes, cuyos escudos argénteos llevaban impreso en dorado la estrella de seis puntas de su Señora. Cerrando la larga columna, que se extendía por más de una milla, el segundo grupo de jinetes, equiparable al primero, y junto a ellos cabalgaban libres tres millares de raahami, destinados a los hermanos elfos.

De ese modo abandonaron los zulfos su patria de exiliados, y durante dos días marcharon por los campos esteparios de Basira, donde la hierba verde se mece libre bajo la influencia de los antagónicos vientos de Dröbha y Shûgra, del sur y del norte. Allí tuvieron los caballos veloces la primera oportunidad de disfrutar de la carrera, los músculos en tensión y la tierra atronada bajo sus potentes cascos, poderosos como los de sus primitivos antecesores; y tan expertos eran los jinetes, tan compenetrados con las monturas, tan fieles guiadores, que las bridas apenas les molestaban y solo los muslos indicaban la dirección. No era extraño que aun los campesinos pudieran ser excelentes guerreros.

Durante el camino se abastecieron en tres aldeas arborícolas, recogiendo víveres y más soldados. No obstante, lo más importante había sido la aparición de doce carros, insuficientes para transportar la totalidad de los víveres, pero que fueron de gran ayuda. Nadie esperaba una campaña dilatada.

De esta manera arribaron al Aitan Baz y se dispusieron a atravesarlo por el más secreto y antiguo de los pasos que evitaban los altos picos. Sertgón Maullé se adelantó junto a Tálendir, el cual había frecuentado el paso cuando vivía entre los Iöron y era llamado Teqüe. Ose a Laraí dispuso una escolta de catorce arqueros para que les sirviesen de protección y enlace durante el paso del Lidam Baz nöralhil, el desfiladero por el que Austra y su pueblo abandonasen el Valle.

–Pronto anochecerá –predijo Sertgón–. Apresurémonos, pues será más difícil encontrarlo en la oscuridad.

–El sol está demasiado al oeste. En pocos minutos las altas montañas cubrirán el desfiladero con su sombra, y no podremos encontrarlo hasta mañana – corroboró Tálendir, mirando al oeste. Pero entonces se detuvo de repente y permaneció muy quieto unos segundos antes de exclamar–: El Destino está con nosotros, Alfens. ¡Mirad lo que enfoca el último rayo del sol! –Y ante ellos apareció algo que los llenó de estupor.

Una sombra azulada cruzó rápida entre los arbustos y se ocultó en la gruta que era su hogar, donde ya le esperaban las dos hembras con las que había compartido los tres últimos años de su vida. Ahora era él el único dueño de la montaña, y su reinado se extendía hasta la costa. Y, sin embargo, el zorro azul debía retroceder ante la amenaza de su más encarnizado enemigo: el hombre, que llegaba como nunca había llegado.

El general Coria desmontó para observar por enésima vez el ejército desmantelado que comandaba. Los caballeros más reticentes a huir, que habían formado la retaguardia durante los tres últimos días, llegaban ya al campamento, y el general pudo ver que su número se había reducido considerablemente. No obstante, desde hacía varios minutos no había caído ninguno, lo cual significaba que habían conseguido al menos una cierta ventaja sobre la vanguardia del ejército que les perseguía para aniquilarlos. Desde la muerte de Su Majestad Dámjala Niría, el general Coria había asumido el mando, debido a la ausencia del Alférez Balamó y a las heridas que habían causado fiebre alta e incluso desmayos tanto al general Galader como al general Belaro Ansaré.

Como ya esperaba, uno de los caballeros recién llegados se acercó a su posición para informarle.

–Señor, hemos perdido veintitrés hombres en la retirada. Ha sido una suerte que conociésemos el camino de antemano, pues de no ser así los kérveros nos hubieran dado alcance en las primeras montañas.

–Ha sido una suerte que hayamos llegado a las montañas –murmuró el general, pero al instante se dio cuenta de su error; aún le faltaba práctica–. Sin el Caballero de la Nieve era muy difícil, pero su escudero y el valor de los caballeros garguines nos han conducido a una retirada victoriosa. ¿A qué distancia se encuentran los kérveros?

–Han replegado sus líneas, pero me temo que volverán a atacar pronto. Tienen arqueros entre sus filas, por lo que es difícil hacerles frente.

–Encontraremos la forma, podéis retiraros.

–Señor –saludó el joven, cuadrándose.

El general Coria lo observó marcharse y seguidamente dirigió su mirada hacia el último hombre que llegó al campamento, sin yelmo y con solo la mitad de una lanza.

–¿Retirada victoriosa? –preguntó socarronamente el general Galader, un tanto repuesto de sus heridas–. Señor, ignoraba que una huída sin más organización que ir gritando órdenes de caballero en caballero recibía ese nombre. He de agradecerle tal información.

–Señor Galader, no es tiempo para cinismos.

–Por supuesto que no. Es tiempo para la guerra, y las montañas no son lugar para caballeros y lanzas. Ese caballero tenía razón.

–Lo sé, pero no podía hacer nada hasta llegar aquí. Una vez en las montañas, tenemos dos opciones ventajosas sobre nuestros enemigos. –El otro general lo miró inquisitivamente–. La primera es volver a campo abierto cuando todos los kérveros hayan entrado en las montañas, utilizando un tercio de los hombres para cubrir la retirada.

–¿Otra retirada victoriosa? –Coria ignoró la interrupción.

–De este modo morirán muchos hombres, pero la mayoría lograrán escapar, y el Castillo Verde es inexpugnable. La otra opción es atravesar la cordillera por el Desfiladero del Amanecer y llegar a Basira por la noche, eludiendo a los kérveros durante el día. En el desfiladero los detendremos el tiempo suficiente como para que el grueso del ejército consiga llegar, ya que el ancho puede cubrirse con veinte caballeros –Galader frunció el ceño–. Pediré voluntarios, y yo seré el primero.

–Señor, no haréis tal cosa. Sois el único general con capacidad para pensar coherentemente durante toda la noche. Yo aún tengo fiebre, pero Ansaró está peor.

–Eso favorece mi decisión. El hombre que comande a los voluntarios ha de ser alguien que pueda tomar rápidas decisiones y tenga fuerza para luchar. Ninguno de los generales está en condiciones, y es inaceptable enviar a un subordinado. –El general Galader no parecía convencido, mas Coria no le dejó oportunidad de contestar–. Ordenad que suenen los cuernos, salimos inmediatamente.

–Vos mandáis, Señor Coria –respondió Galader, y se retiró cojeando.

Diez minutos después, las cuarenta centurias de caballeros garguines que habían sobrevivido a la batalla del Bosque del Collado se ponían en marcha hacia Basira, aunque a cualquier espectador ajeno a los sucesos le hubiera extrañado que un general marchara en la retaguardia, a pie, junto a otros diecinueve hombres, solo armados con espada, escudo, y tocados con el espigado yelmo de los caballeros de Gargüid.

En la primera parada se produjo la separación. Los rostros impenetrables de los jóvenes caballeros no reflejaron la lástima de la despedida, aunque podía ser la última. Veinte héroes más. Los restantes caballeros continuaron la marcha hacia el Desfiladero del Amanecer, donde irónicamente llegarían cuando el sol se ocultase; cuando los kérveros acechan con su lupina visión nocturna, y sus ojos se tornan rojos cual savia humana.

Al frente del malogrado ejército garguín marchaban los dos últimos generales al servicio del difunto Dámjala Niría –a Coria se le daba ya por muerto–, que reflejaban a la perfección el estado de la mayoría de sus hombres: las camisolas, los sobrevestes, aun las verdes capas, rasgadas hasta no ser sino vendas para brazos en cabestrillo.

–¿Qué creéis que ocurrirá ahora, Señor Develan? –preguntó un caballero a su compañero, un jovencísimo jinete que vestía solamente una coraza verde, una greba y el omnipresente yelmo espigado.

–Lo ignoro, señor Beleseda, mas si no encontramos pronto el camino a casa vamos a morir de inanición en estas condenadas montañas.

–¿El camino a casa? ¡Vamos en dirección contraria, Señor Develan! Nos dirigimos a Basira… –calló al ver acercarse al general Galader, que se detuvo junto a ellos.

El viento había transportado las palabras, franqueando los cinco metros que los separaban. Sin embargo, aquella conversación no había sido la única de aquel día, ni mucho menos; la moral de los hombres dejaba mucho que desear.

–No he podido evitar oírlos, Señores –dijo. De su mirada había desaparecido todo rastro febril y era dura como el acero de su espada. Se giró hacia el teniente de cornetas–. Señor, toque reunión de notables –ordenó, y al momento el sonido de los cuernos se extendió entre las montañas, demasiado bajas para que los aludes fueran un peligro, a lo que se sumaba que el otoño avanzado aún no había traído nevadas. Momentos después, treinta caballeros se reunían en torno a los generales.

–Caballeros –logró captar inmediatamente la atención–. Los kérveros nos persiguen para aniquilarnos; ignoran la existencia del ejército de Sandor, por lo que creen que somos el último obstáculo a este lado de la Cordillera de Anuro antes de continuar hacia Basira para invadir Blakari. Debemos resistir. Defenderemos el Desfiladero del Amanecer y enviaremos mensajeros a Austra y a Brim Tarlá. Aguantaremos tanto como podamos.

–General Galader, los kérveros nos superan en una proporción de cincuenta a uno, poseen arcos, y no podremos utilizar los caballos –observó un caballero anciano que lucía una fea herida cerca de la sien canosa.

–El desfiladero tiene pocos metros de ancho, por lo que solo pueden enfrentarse las primeras líneas de los ejércitos. Ellos poseen arcos, nosotros escudos; ellos poseen guerreros, nosotros largas lanzas en las que se ensartarán. Podemos resistir mucho tiempo. – El anciano caballero no volvió a hablar–. Comunicad las órdenes a vuestros hombres, y recordad que luchamos por el Orden.

La asamblea se dispersó. El general se acercó a los Señores Beleseda y Develan.

–Su Majestad Nalma es la última heredera del difunto Dámjala. Será casi imposible llegar hasta ella, pero es la única oportunidad de darle noticias nuestras y de avisar a Brim Tarlá. Marchad al amparo de la cordillera algunos kilómetros y luego salid a campo abierto sin mirar atrás.

–Resistid, General. Volveremos –prometieron los dos señores.

Mientras partían, pudo escucharse más de una plegaria a Karos.

La larga columna volvió a ponerse en marcha hacia el norte, recordando a los hombres que se habían quedado atrás dispuestos a sacrificarse por ellos, olvidando a propósito el hecho de que ellos mismos pronto acabarían de la misma manera.

El general Galader miró con preocupación a su colega Belaro. El anciano caballero había peleado con todas sus fuerzas, y solo había decidido acompañarlos en su huida después de que el rey cayese a su lado. En aquel instante, por encima de sus ojos febriles, Galader había visto lágrimas en las mejillas del anciano.

–Señor Belaro –comenzó–, en cuanto lleguemos a Basira os mandaré a la floresta de los zulfos para que os repongáis de vuestras heridas.

El anciano se limitó a mirarle y negar con la cabeza.

–Señor, no estáis en condición de negar nada, ahora soy yo quién tiene el mando y os ordeno que os repongáis de vuestras heridas. –No pudo reprimir una sonrisa, que el otro compartió en silencio, retirándose después–. ¡Teniente! –el jefe de los cornetas se presentó al instante.

–Señor. –Se cuadró.

–Enviad a dos hombres a la posición del general Coria y pedidle que, si los kérveros no han atacado aún al ponerse el sol, se replieguen hacia nosotros. Comunicadle mi decisión de enviar al general Belaro a Blakari para recuperarse.

–Sí, señor.

–Decid a vuestros hombres que quedan bajo la disposición del general Coria hasta el anochecer. Después, deberán volver inmediatamente, sea cual sea la decisión del general.

–Sí, Señor. –Volvió a cuadrarse y comenzó a darse la vuelta. Sin embargo, regresó a su posición inicial–. Señor, pido autorización para ir voluntario junto al general Coria.

–No puedo autorizarlo, teniente, vos sois el único caballero con graduación militar entre los mensajeros, y no puedo permitirme perderos.

–Sí, Señor –respondió el teniente, aunque en su rostro se dibujaba la decepción.

De nuevo Galader lo vio marcharse, del mismo modo que vio partir a los dos hombres. Probablemente se sentirían orgullosos de correr hacia el peligro. Demasiados héroes muertos había tenido ya Gargüid en una semana, y aún habría muchos más. Quizá el orden no merecía tantas vidas. Azuzó el caballo, furioso ante ese injusto pensamiento.

Ahora que se habían acostumbrado al camino, los caballos se mostraron más seguros al cabalgar, y el trecho que les había llevado toda la mañana ahora lo recorrieron en una hora. Los dos jóvenes escogidos para esta misión habían deseado algo así desde el mismo momento de ser armados caballeros, allí en el Castillo Verde, el hogar de la monarquía garguina. Los cuernos marfileños repicaban contra la insólita armadura de modo que, aun cuando no habían pretendido ocultar su presencia, los caballeros que cubrían el paso los esperaban acechantes, y no se relajaron a pesar de reconocerlos como amigos.

El hombre que llevaba los entorchados dorados de general bordados en la sobreveste se acercó con paso vigilante y la espada en alto, amenazadora.

–¡Levantad vuestras viseras, por Karos y Su Majestad! –gritó, acercando el filo de la tizona al cuello de un caballo.

Algo debía de haber sucedido.

Los recién llegados obedecieron de inmediato, dejando al descubierto una expresión sorprendida que no contribuyó a mitigar el hecho de que el general Coria emitiese un sonoro suspiro.

–Desmontad, señores –invitó–, lamento haberos recibido de esta manera, mas no hace aún una hora que dos kérveros tocados con nuestro ancestral yelmo trataron de pasar, hiriendo a algunos caballeros.

–¿Dos kérveros?

–No preguntéis cómo pudieron introducir su infecto hocico en el yelmo humano, pero lo hicieron, y temíamos que repitieran la añagaza –explicó mientras envainaba la espada que aún sostenía en alto–. ¿Qué os trae por aquí?

Los dos caballeros se apresuraron a contestar al tiempo, se sonrojaron y, al final, habló uno, después de que el otro se lo rogara encarecidamente, bajo la mirada comprensiva y una ligera sonrisa de sus compañeros.

–Señor, el general Belaro ha empeorado y el general Galader nos manda para comunicaros su petición de que volváis al anochecer si los kérveros aún no han atacado entonces. Hasta ese instante, nos encontramos a vuestra disposición. –Los dos cornetas se cuadraron y desenvainaron las espadas un par de centímetros, siempre sonriendo con orgullo.

–Bien, señores, antes de aceptar partir he de conocer sus planes –anunció. “Karos quiera que su estado le haya permitido comprender los míos”, añadió para sus adentros–. En caso de que los conozcáis, caballeros.

–Sí, Señor. Al anochecer llegará el grueso del ejército al Desfiladero del Amanecer, y allí esperarán a nuestros enemigos y también a nuestros aliados, pues el general ya ha enviado mensajeros al Castillo Verde y pronto lo hará a Blakari, donde asimismo mandará al general Belaro.

Coria sonrió ampliamente al oír las nuevas.

–Nuestro ejército está en buenas manos, comandado por el señor Galader. Démosles tiempo para llegar al Desfiladero y partamos luego junto a ellos –manifestó sonriendo, y su entusiasmo contagió pronto a sus jóvenes y estilizados compañeros; en aquel momento, todos eran iguales al luchar y morir.

Durante varias horas esperaron, en silencio, sin escuchar más que el sonido de los animales que se habían acostumbrado a su presencia y rehacían su vida normal. Desde el percance con los dos falsos caballeros, nada había vuelto a suceder y, aunque para los más optimistas aquello era una buena señal, el general Coria sabía que solo el sol los salvaba, solo la luz del astro a quien tanto veneraban los agricultores de sus Condados… ahora sabía que existían muchos motivos para ello.

La inmensa pared vertical, blanqueada con pulcra e impoluta nieve en su cima, se abrió de repente como si un hacha la hubiese partido en dos en un ataque de ira divina, tal era la lisura de sus paredes. A medida que se acercaban, la incisión menguaba, hasta que al fin fue lo suficientemente estrecha como para no admitir cada fila a más de veinte caballeros. Entonces se detuvieron.

–Teniente, mande llamar al escudero del Caballero de la Nieve –ordenó el general Galader mirando al frente. Habían llegado al Desfiladero del Amanecer.

El doncel se acercó inquieto.

–¿Qué longitud tiene el desfiladero?

–Una milla aproximadamente, general.

–¿Es constante la anchura?

–No, general, aunque casi hasta el final no es más ancha que este punto en ningún momento, y luego vuelve a estrecharse de nuevo.

–Gracias, retiraos –volvió a dirigirse al teniente–. Toque reunión de notables y llame a dos de sus hombres. Después avise a todos de que empezaremos a tomar posiciones, que todo el mundo esté preparado.

–Sí, señor.

Poco después, dos jóvenes caballeros esperaban las palabras de Coria.

–Señores, aún recordaréis a los dos caballeros que hace varias horas partieron hacia Gargüid. Ahora que está anocheciendo he de encomendaros una misión similar. Sabéis que defender este paso es muy importante para la victoria del Orden. Si os lo repito es para que toméis conciencia de que la rapidez es imprescindible. La pradera de Basira es cómoda para los caballos, de modo que apresurad el galope y llegad cuanto antes a Blakari, pues los arcos zulfos segarán más vidas que nuestras espadas. Marchad ya, y llevad este pendón azul que os facilitará el paso. Mas recordad que habéis de guardar vuestro orgullo cuando os encontréis con los vigías, o no llegaréis a ver a la Señora Austra. Contadle nuestra situación y solicitad su ayuda.

–General, la luz de los zulfos iluminará este paso dentro de poco.

Verlos marchar solo contribuyó a deprimirlo. Aquel día ya se habían separado demasiados hombres, ¡y lo más exasperante era que podían no salvarse ninguno! Y si no se salvaban, ellos tampoco. De cualquier forma, eran los últimos que partirían antes de la llegada de los kérveros.

Para cuando los dos hombres hubieron desaparecido por el primer recodo del desfiladero, los treinta notables ya se encontraban alrededor de sus dos generales.

–Señores, el tiempo pasa y es probable, Karos no lo quiera, que los kérveros lleguen pronto. Es hora de situar nuestro ejército. El desfiladero tiene una milla de largo y una anchura más o menos constante de trece metros. Disponemos de cuarenta y tres centurias, de modo que es factible colocar una cada cincuenta metros. Los hombres irán armados con lanza, espada y escudo, con el fin de que las lanzas formen un muro astado. Las corazas protegen frente a las flechas de madera, mas las lanzas solo miden cinco metros, y a esa distancia los arqueros pueden afinar la puntería; ajustad bien las correas.

“Once centurias esperarán al otro lado del desfiladero, junto a los caballos, de modo que los heridos puedan ser sustituidos con fluidez. Señores, comunicad a los caballeros que no retrocedan hasta que no sea estrictamente necesario y, cuando lo hagan, que se retiren despacio y en orden, de modo que la centuria siguiente tome posiciones junto a ellos; si es necesario, esta centuria avanzará, vuestro sentido del deber y vuestro honor os dirán cuándo hacerlo.

–¿Creéis que las lanzas los detendrán? –preguntó un joven caballero que no parecía haber recibido ninguna herida de consideración, si bien su sobreveste aparecía rasgada y casi teñida de negro–. Su número es muy superior y no les importará perder guerreros. Los he visto luchar en multitud de ocasiones, y los de atrás empujan para llegar a su presa, aunque para ello hayan de saltar por encima de sus compañeros.

–Las lanzas estarán dispuestas a diferentes alturas, de modo que cuando unos cuantos cientos estén ensartados en ellas, se pensarán dos veces continuar. Habéis de tener en cuenta que incluso los infectos licántropos se ven afectados por el agotamiento, y han de pasar treinta y dos veces por una situación similar antes de llegar a la pradera, y entonces, en el peor de los casos, les esperarán mil caballeros sobre caballos ya alimentados.

–Confiemos en que los zulfos y los sandoreanos lleguen a la pradera antes de que lo hagan los kérveros. De lo contrario, no veremos nuestra victoria.

–Lo importante es la victoria final del Orden. De cualquier forma, todos hemos comprendido que la única forma de sobrevivir es luchar. Ahora partid, Señores, y dad las órdenes pertinentes. Antes de una hora deseo que todos estemos preparados.

–General, me presento voluntario para dirigir la primera centuria –se ofreció un anciano con la cabeza vendada.

–No puedo negaros ese honor, caballero –accedió Galader.

–Siendo así, tampoco podréis negarme a mí el dirigir la segunda –ofreció el joven de la sobreveste rasgada.

A partir de entonces, los otros veintiocho se enfrascaron en una lucha verbal que por poco acaba con los nervios del general. Cuando se resolvió el orden de las posiciones, la columna, la mayoría de sus componentes a pie, comenzó su serpenteo por el estrecho desfiladero.

–General Belaro, llega el momento de la separación. Yo he de quedarme aquí –se despidió el general Galader, que se encargaría de la quinta centuria –mas he ordenado que seáis escoltado hasta Blakari. Mientras tanto, velad por el cumplimiento de las órdenes.

El anciano lo miró un momento, y después de unos instantes de titubeo, logró articular unas palabras.

–No… no, general Galader, no me iré. La fiebre no me vencerá, y ya las heridas se están cerrando –una vez comenzó, las sílabas fluyeron–. Permaneceré junto a las once centurias, de modo que pueda dar las órdenes pertinentes, y así sabremos cómo se desencadena la batalla. Es mi última palabra –la firmeza de su voz no dejó lugar a réplicas. Se alejó con una mirada digna.

Galader empuñó la lanza con fuerza. Después de unos instantes, se dio la vuelta cojeando.

–Gracias –dijo, y la columna, cada vez más segmentada, continuó su andadura.

Un golpe seco, al que sucedió un punzante dolor en el pecho que le cortó la respiración, interrumpió sus rezos haciéndole rodar desde el montículo pedregoso hasta el suelo maltratado por varios millares de cascos. Escuchó un repiqueteo y observó cómo una flecha de madera caía desde la posición en la que poco antes se encontraba. Solo tardó un instante en hallar el corolario de dichas premisas.

Se levantó tan rápido como la armadura y el resuello le permitieron, y dio dos pasos mecánicos hacia atrás mientras desenvainaba la espada. La arcaica artimaña caballeresca salvó a otro caballero de la muerte. El general Coria desarmó a su contrincante de un fuerte mandoble y le atizó con la parte plana de la espada, de modo que el kérvero cayó hacia atrás derribando a otros dos licántropos. A continuación, saltó sobre ellos, aunque antes de acabar con los tres hubo de retirarse para evitar una estocada en diagonal dirigida a su pecho. La hoja del alfanje golpeó la coraza de refilón, produciendo un ruido insoportable. El general aprovechó la pérdida de equilibrio del kérvero, ocasionada por el fallo del golpe, para lanzar una estocada al vientre de su adversario. El primer kérvero ya había caído.

Para entonces, algunos de los caballeros ya se habían integrado en la liza, y defendían el paso con unas fuerzas que parecían no poseer, en vista de la extrema delgadez de sus cuerpos. La pequeña quebrada apenas tenía una longitud de veinte metros, y escasamente el ancho superaría los cinco, de modo que la mitad de los guerreros del Orden no había luchado aún, entre ellos los dos cornetas. Una oleada de kérveros intentó atravesar la brecha abierta por la caída de un caballero, por lo que tres nuevos hombres acudieron a cerrarla.

Pocos instantes después otro caballero cayó, y otro más a su lado. Entonces se decidió el desenlace. Un kérvero más pequeño que sus compañeros apareció el primero, armado con dos largas dagas ensangrentadas y las fauces abiertas. El caballero herido antes de la batalla le rebanó limpiamente el cuello, acertando justamente en el escaso centímetro que separaba la coraza y el almete. Lamentablemente, fue lo último que hizo. Tres kérveros se convirtieron en sus verdugos.

–No lo vamos a conseguir –sentenció un caballero maduro, aunque su tono reposado causó el efecto contrario al pesimismo de sus palabras, y dos hombres le acompañaron impetuosos a cerrar la brecha.

–Seguidme, señor –propuso uno de los cornetas a su compañero, y comenzó a caminar en sentido contrario al paso.

–¿Pensáis huir, mal caballero? –acusó el otro, levantando su espada a la altura del hombro.

–¿Cómo podéis acusarme de traición? Si no os necesitase, ahora mismo os pediría una reparación. Más tarde hablaremos de ello. Venid, pues hemos de ganar tiempo y un plan se ha forjado en mi cabeza.

El otro se mostró reticente un instante, observando a sus compañeros luchar en el paso, pero luego salió a la carrera tras el primero, consciente de que el tiempo era un tesoro. Llegaron junto a los caballos, atados a la rama de una encina, y montaron en ellos.

–¡Soplad la corneta hasta reventar los oídos del Caos, caballero! –enfervorizó, y comenzó a seguir sus propias órdenes, secundado inmediatamente por el otro.

Así galoparon hacia el paso, donde solo aguantaban la mitad de los caballeros, y ninguno daba la impresión de poder resistir mucho más. Cuando vieron a los caballos galopar hacia su posición, se concedieron un descanso arrimándose a la pared, y la caballería cumplió su cometido.

Los kérveros que sobrevivieron a la arremetida se retiraron junto a sus compañeros, y fue entonces cuando el general Coria, la armadura abollada por mil lugares, se dio cuenta de que jamás saldría vivo de allí.

“He aquí que el sepulcro de Coria Niría se encontrará en un lugar perdido” –pensó el hermano menor del difunto rey de Gargüid–; “que así sea, si es la voluntad de Karos” – añadió, lanzando el grito de guerra garguín, el grito de Orden que tanto odian los kérveros, y la segunda oleada del Caos respondió al instante de forma cruel.

Cuando trescientos veintisiete kérveros llegaron al otro lado del paso, de cinco centurias que habían constituido la oleada, nadie sobrevivió para rezar a Ihyalá Karos.

Dos horas después, una sombra, más azul que la noche, salió de la grieta que era su hogar, mas no se acercó al lugar donde la muerte había sido bien cebada; en lugar de ello, dio un rodeo y se dirigió a la costa a través de las montañas.

¿Qué significan dos centurias en un ejército constituido por más de dos mil? Nada; y, otorgándoles ese valor, las centurias kérvicas pasaron por encima de los caídos sin importarles pisotearlos con las garras carentes de cualquier tipo de calzado. Sin embargo, para aquellos que aún no habían entrado en liza, el olor de la sangre esparcida por el suelo –los dioses les maldigan por ello, pero incluso su sabor– les había abierto el apetito de muerte. Sin duda fue ese el motivo de que, como una res sedienta que olfatea agua, el ejército kérvico acelerase el ritmo de la marcha hasta encontrarse a la carrera; las manadas de lobos dirigidas por Cmeist no hubieran avanzado más deprisa. Esperaban atravesar el desfiladero, derrotar a los supervivientes del ejército garguín y, ya sin obstáculos, comenzar el asalto a Blakari, mientras confiaban en la llegada de los lobos. Una vez exterminados los zulfos y apagado cualquier ardor en Aradina y Astaro, se dirigirían a Bhasaphil; los enanos de las Tres Montañas habían sido muy orgullosos y atrevidos en el pasado, y no habían dudado en aliarse con el Orden. Debían ser castigados, aunque solo reducidos a esclavitud. Ahora que los elfos habían sido diezmados por los lobos, la única fuerza verdadera que quedaría entonces sería la de los caballeros boneriis; los bárbaros del Erial morirían de inanición, una vez cerrado el comercio con Boneria y Cerian al Fionol… ¡Qué sencilla era la victoria!

Y, sin embargo, por encima de tales expectativas, los kérveros se regocijaban en y con el presente, con la inminente victoria sobre sus enemigos. Aquellos eran los descendientes de los primeros hombres que adoraron el Orden… pronto se reunirían con sus antepasados.

Una sombra gris apareció ante ellos al llegar a una pequeña montaña de la cadena. Y la sombra, por supuesto, la originaba el último coloso, fragmentado Darko sabía cuando, cuyo seno albergaba el desfiladero que desembocaba en las Colinas Similares, que tanto confundían a los viajeros procedentes del norte. Como una jauría, que los capitanes apenas podían controlar, las unidades de las centurias se lanzaron a cruzarlo, sin pensar en otra cosa que llegar a la pradera y matar… mas llegar a la pradera exigía un alto precio.

Tal como había predicho un joven notable del ejército garguín, los kérveros no frenaron su ataque, antes bien aumentaron la velocidad de la acometida, de modo que cien de ellos pronto se ensartaron en cien lanzas, e incluso ya las tizonas habían comenzado a segar vidas. Mas la primera centuria de garguines resistió el envite.

Y no obstante, cuando los siguientes kérveros cayeron bajo una lluvia de flechas, los sorprendidos no fueron únicamente los heridos. Una estentórea voz, que se extendió allende el desfiladero, hasta la pradera, interrumpió un instante la recién comenzada batalla y, cuando una luz deslumbrante se acercó al desfiladero desde el oeste, los kérveros retrocedieron unos metros.

Y mientras la luz se acercaba, radiante cual si emanase de Alania la Prístina, pudo escucharse por segunda vez la voz que era un desafío, acompañada por otra lluvia de flechas:

“¡Fwalado cire Maullé!”

Desde allí parecían poco más que insectos frenéticos internándose en sus grietas y sus túneles, aunque desde el primer momento los centelleos producidos al reflejar el sol en sus armaduras, mal lustradas ya, había puesto en evidencia su condición de caballeros.

–¿Qué hacen ahí esos hombres? –preguntó Sertgón Maullé a nadie, como era su costumbre.

Tálendir aún observó un momento a los caballeros antes de dar su opinión.

–Pienso que están tomando posiciones en el desfiladero, aunque desconozco el motivo.

–¿Creéis que intentan interceptarnos, Senescal? –preguntó un joven Alfen, de nombre Stargat.

Sertgón le miró un solo instante, pero con dureza.

–No, a menos que ignoren que Blakari está al norte; o quizá lo ignoras tú –sarcastizó Sertgón, tal y como su padre solía hacer con frecuencia. Caracteres indómitos. Después habló en un murmullo–. He ahí a los kérveros que el Señor Ose temía encontrar.

–¿Senescal? –indagó Tálendir.

–Han de ser kérveros –repitió–, probablemente los mismos que arrasaron Aotolin’n y Arodia. Tálendir, conoces estas montañas, ¿dónde se pueden apostar dos mil arqueros para coger a los kérveros desprevenidos?

El alfen sopesó su respuesta varios segundos.

–Senescal, el mejor lugar es el pequeño valle glaciar originado un poco más abajo. El hielo desapareció hace años al subir la temperatura del Cinturón por la erupción de varios cientos de volcanes más, y la zona más baja se encuentra a veinte metros sobre el suelo del desfiladero. Lamentablemente, ahí no entrarán más de seiscientos u ochocientos arqueros, y no existe una zona más propicia. Si los kérveros lograran penetrar un par de cientos de metros en el desfiladero, los arqueros podrían situarse entre las paredes de este, pero así…

–Bien, Tálendir, esto es lo que harás: nos encontramos, ahora que estamos aquí lo sabemos, a una hora de la posición de nuestro ejército. Ve, pues, allí, y pide al Señor Ose los ochocientos arqueros que se situarán en el valle, rogándole a su vez que avance con el resto de los arqueros al frente y la caballería detrás, de modo que al llegar a la altura de los primeros caballeros que guardan el desfiladero las lanzas de estos impidan el paso a los kérveros, mientras los arqueros disparan desde dos frentes. Cuando hayan caído varios miles, si no se han retirado, la caballería de raahami cargará, y detrás la infantería. Hasta que las últimas líneas de kérveros entren en liza, los castigaremos con una lluvia de flechas constante. ¡La victoria será de los Alfens! –gritó, y al instante reanudó el silencio, con la vista puesta en el camino de grava.

Dos horas después, cuando la batalla ya había comenzado abajo, cuando los Alfens preparaban sus flechas para anidarlas en el pecho de aquellos que más odiaban, Sertgón se irguió sobre todos ellos.

–¡Adelante, Alfens, a por la primera victoria! ¡Ved cómo vuestro Senescal desafía al Caos! ¡Que la venganza sea de Maullé! –gritó, y luego de ello, mientras los últimos rayos del sol incidían en su cabello y su armadura dorados, lanzó el desafío con toda su voz, un desafío que los kérveros entendieron y temieron:

“¡Fwalado cire Maullé!”

A medida que se acercaba la noche, la sombra del desfiladero se hacía más densa, y la visión, entre las dos paredes que se perdían en las alturas, comenzaba a hacerse realmente precaria. Pero el suelo herboso del desfiladero era un descanso para los caballos después del camino de roca. Los dos caballeros escogidos para la misión solo podían oír el sonido del viento silbante y el repiqueteo de los cuernos sobre la armadura. Tras media hora de cabalgata, llegaron al otro extremo del desfiladero para descubrir que la noche no estaba tan avanzada como pensasen. El crepúsculo no habría tenido lugar más de una hora antes, y aún la primera de las Constelaciones no había aparecido completa en el cielo oscuro. En aquel instante de quietud, las Colinas Similares hacían honor a su nombre. Subieron a la cima de cualquier colina para contemplar las llanuras verdes de Basira… y en ellas completaron la realización de su misión.

Si hubiesen aparecido ante ellos los trece minotauros de Darko no se hubieran sentido más asombrados. Ante ellos se extendía el mayor ejército zulfo que jamás hubiesen visto, arqueros, infantes, caballeros, armaduras doradas y yelmos plateados, pendones y estandartes verdes, azules, verdeazulados… ese fue el espectáculo que observaron los jóvenes caballeros, y bajo las viseras corrieron gotas saladas que tardaron en secar.

–El destino es magnánimo, señor –comentó uno de los cornetas.

–Aprovechemos la ocasión que nos brinda y corramos a buscar ayuda –convino el otro.

Y tras la corta conversación de esperanza, ambos galoparon hacia los Alfens, conscientes de que los hijos de Madrivo eran muy superiores a ellos.

Varios guerreros se acercaron a los caballeros aun antes de descender totalmente de la colina. Entre ellos cabalgaba un zulfo especialmente grande, dentro de la estatura zúlfica, y varios arqueros. El zulfo subió la visera de su yelmo astado antes de detener su montura.

–¿Qué hacéis aquí, caballeros? –interrogó sin soltar la empuñadura de la espada que había aferrado al detenerse. Los arqueros sujetaban flechas que aún no habían sacado de las aljabas.

–Nos dirigíamos a Blakari, al hogar de los zulfos.

–¿Qué buscáis allí? –el guantelete no ocultó como los dedos se aferraban al pomo.

–Buscamos la ayuda de la Señora Austra. Somos mensajeros de lo que queda del ejército del rey de Gargüid, Su Majestad Dámjala Niría, fallecido en combate contra un ejército de kérveros muy superior en número, que pretende destruirnos y continuar camino a Blakari. Intentamos contenerlos en el Desfiladero del Amanecer, mientras confiamos en vuestra ayuda y en la del Rey Brim Tarlá de Sandor. De esta forma, quizá podamos vencerlos y vengar la destrucción que han causado a nuestros pueblos.

Ose a Laraí permaneció en silencio. Sabía que debía hacer algo por ayudar a los caballeros y a sí mismo; si el desfiladero se convertía en campo de batalla, el ejército que él comandaba no podría pasar por él, y seguir el Aitan Bâz por esta parte se convertiría en una odisea más adelante; sin contar la misión que Sertgón Maullé debía llevar a cabo, y que no podría realizar con la premura necesaria si no podía atravesar el lugar. De cualquier forma, no haría nada sin contar con Sertgón.

–Pronto regresará el Senescal, y tomará la decisión que más convenga a todos –decidió. Sertgón se había lanzado en persona a una misión exploratoria varias horas antes, por lo que confiaba en que su regreso no se demoraría.

Los caballeros, que no comprendieron, se mostraron desolados.

–Señor, los kérveros pueden atacar en cualquier momento, y nos superan en una proporción de cincuenta a uno. Ni siquiera poseemos arqueros para defendernos y devolverles sus flechas. Os ruego que nos ayudéis en este momento en que la vida y el Orden peligran.

Ose a Laraí era el jefe del ejército, pero no quería decidir nada que pusiera en peligro los planes de años por una precipitación momentánea. Así y todo, no podía permanecer impertérrito, mientras aquellos hombres luchaban y morían incluso por ellos.

–Os acompañarán mil arqueros, por el momento, hasta que el Senescal decida otra cosa. Ellos abatirán más kérveros que las espadas o las lanzas. Que Madrivo os acompañe –deseó, y al instante uno de los arqueros partió hacia donde se encontraba el grueso de las fuerzas Alfens para transmitir las órdenes de Ose.

Poco después, apenas sin poder creerlo, los dos jóvenes caballeros se ponían en marcha junto a mil arqueros Alfens hacia el Desfiladero del Amanecer, donde poco antes habían esperado encontrar una muerte segura y ahora rebosaban de esperanza.

Mientras esto sucedía, entre las colinas empezaron a aparecer las once centurias de garguines que habían quedado al mando del general Belaro Ansaré, el cual, francamente admirado, se dirigió de inmediato al Señor Ose.

–Señor, he de agradecer la ayuda que nos prestáis. Había escuchado grandes proezas de vuestros caballos, pero esto es legendario –comentó el general muy serio.

Ose no se permitió sonreír.

–Estamos aquí por otros motivos,…

–General Belaro Ansaré –se presentó el caballero.

–…General. El Senescal decidirá cuanto tiempo y cuantos efectivos podemos poner al servicio de este combate.

–Os agradezco el gesto, Señor. Confío en que el Senescal sepa comprender la importancia que esta batalla tiene para el futuro de todas estas tierras.

El Señor Ose comprendía perfectamente el alcance de la batalla, pero habían pasado años preparando su propia cruzada, y no iba a precipitarse ahora. Un jinete se acercó al galope desde un punto de las Colinas diferente a aquel por el que habían aparecido los caballeros. Sin duda era un Alfen. Tálendir. El anciano que había vivido entre los Iöron se aproximó con gesto exaltado.

–¡Señor Ose! Sin duda ya conocéis la mayoría de las noticias que traigo –comenzó, y se apresuró a informar–. Los kérveros han perseguido a los caballeros garguines hasta el desfiladero, y estos han decidido resistir aquí para evitar que los licántropos lleguen a Blakari –dijo, y a continuación le informó de las peticiones de Sertgón, para asombro de todos–. Señor –añadió finalmente, con gesto menos tranquilo–, el Senescal se ha lanzado a la batalla. En primera línea.

Ose maldijo por lo bajo. Luego, sin esperar más, comenzó los preparativos para una batalla que venía con mucho tiempo de antelación.

Índice La sombra de la luz

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