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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

El ulular de la lechuza se dejó oír como un fantasma en la noche estrellada, en la cual las Constelaciones se distinguían perfectamente, dado lo avanzado de la hora. No obstante, tanto el jinete que encabezaba la marcha como los otros diez o doce individuos que le seguían sabían perfectamente que aquel sonido no había sido producido por ninguna lechuza y, a decir verdad, tampoco era la primera vez que lo oían desde que entrasen en la tupida foresta, cuna de barrizales y aguas estancadas, que era Blakary. Ya tres veces habían escuchado aquella señal de reconocimiento por parte de los vigías, una por cada claro que habían atravesado, pues en la noche era difícil, aun para los zulfos, reconocer a los extraños a través de la oscuridad agravada por la cúpula vegetal que formaban los árboles en las enredaderas.

Si los vigías no los hubieran reconocido, pronto les hubieran dado el alto… naturalmente, solo si eran Alfens. De no ser así, el tercer claro sería su tumba.

Pero estas medidas de seguridad, si bien crueles, tenían su razón; demasiadas traiciones y demasiado daño el sufrido en el pasado. Ya no más. Ahora que al fin sus guerreros volverían a luchar por el Orden y por su propia redención, su territorio debería estar limpio de amenazas, y nadie que no perteneciera a la antigua raza alfen lograría siquiera ver su ciudad.

Por eso, aquel grupo podía pasar, todos, incluido el último jinete, el elfo joven cuyo cabello de oro brillaba incluso en aquella oscuridad. Más aún, aquel elfo llevaría sus naves hasta la victoria.

Al escuchar el artificial ulular, Sertgón instó a su caballo, con una sola palabra, a adquirir un trote largo que le llevó hasta la cabecera de la columna, donde un zulfo de aspecto imponente ya le había reservado un sitio. Ose a Laraí sabía muy bien que Sertgón debía ser el que anunciase directamente a Austra la respuesta de Maberel.

Una respuesta que era la confirmación de la guerra.

Sertgón Maullé se revolvió inquieto al ver la primera luz de la ciudad, perteneciente a las caballerizas, donde los Raahami, miles de ellos, habían sido criados desde el exilio. Pronto volverían a cabalgar por Edeter.

–Se te ve nervioso, Mariscal Sertgón… Maullé –comentó Ose a Laraí.

–Lo estoy, y tú comprenderás mis razones, Ose. Pronto volverán a ondear los estandartes azul cielo y verde mar, y lo harán en medio del imperio del Mal, hasta derruirlo. Debes estar seguro de que los kérveros que sobrevivan recordarán por mucho tiempo la luz de nuestras miradas y el filo de nuestras armas. Las saetas y los dardos cortarán el aire y lo superarán en rapidez en su ansia de llegar a su presa, y mientras las lanzas se quiebren al tocar los huesos de nuestros enemigos, las espadas y dagas no perdonarán un trozo de carne –y en el entusiasmo de su voz, todo el bosque adivinó las noticias que traía.

–Así será, y las dos naciones hermanas formarán una sola nación, una única raza –respondió el otro con el mismo entusiasmo en la voz y en los ojos, si bien no perdió la compostura.

–Y Orofín Beradol verá aliviada su carga.

El guerrero asintió con la cabeza en un leve gesto, que ocultaba su pesar. Sertgón no era el único que amaba a Austrong, el hijo de su Señora Austra; él mismo le había educado en el arte de la guerra desde que su padre lo dejó –no sin pesar, él lo sabía bien– en Blakary. Aquel niño reservado había aprendido con facilidad, aunque desde el principio había preferido amar a los pájaros, al mar, al aire… a la vida. Su Destino no podía ser más injusto. (Ignoraba que poco tiempo antes, muy poco tiempo antes, su compañero había pensado lo mismo).

Él mismo, apenas tres días antes, había anunciado a sus hermanos de la arrasada Aotolin’n que pronto llegaría el momento de la Unión. Una Unión que se completaría con la muerte del joven Austrong, el que podía haber llegado algún día a ser Señor de los zulfos y en cuyo interior latía de nuevo la esencia de Orofín. Oh, qué injusto castigo. Quizá por su amor a aquel joven amante de todo lo que un zulfo debía amar, solo por eso, que sin embargo era tan grande, había escuchado las osadas palabras de Sertgón y, en menor medida, de Labarín. Era un guerrero valiente, orgulloso, un verdadero alfen, pero, sin embargo, la idea de entrar en Thrasgok…

–Muchos de los nuestros morirán –manifestó su pensamiento.

Sertgón contestó, seguro de que sus palabras borrarían toda duda en el guerrero zulf… alfen.

–Los alfens jamás moriremos, no mientras nuestro Padre Madrivo dé la vida y muerte en Edeter; pero nuestro espíritu puede morir, nuestro valor, nuestro orgullo, y antes de eso preferiría desaparecer por siempre de Su memoria –las últimas palabras las había pronunciado en un tono abatido, para a continuación dar a su voz una inflexión más esperanzada–. Desde ahora la gloria alfen resonará en los oídos de la historia y de todas las razas, y cuantos nos vean derramarán lágrimas de alegría, como siempre han hecho.

Los diez o doce jinetes vitorearon a su Senescal –pues lo era el hijo de Alsidel, la zulfa que desposase a Maullé– y, apenas desmontaron, corrieron a anunciar su llegada.

Solo quedaron en las caballerizas Sertgón Maullé y Ose a Laraí, los dos guerreros que dirigirían los ejércitos zúlficos por mar y tierra respectivamente.

–Los ejércitos ya están preparados –adelantó Ose–; desde el momento en que partiste a Cerian al Fionol. –Algo brilló en sus ojos al pronunciar ese nombre–. ¿Cuándo habremos de partir?

El Senescal se dio la vuelta mientras quitaba la manta que hacía las veces de silla en el lomo del Raahami.

–Hoy mismo deseo entrevistarme con la Señora Austra y, si todo sale bien, dentro de una semana partiremos hacia la gloria.

–Aún debemos planificar definitivamente todos los detalles del itinerario –puntualizó el anciano–; lo más sencillo, para evitar los altos pasos cercanos al Aitan Baz, sería penetrar en Gargüid, cruzar el Boureanaur, y atravesar Dorfen Hond de norte a sur.

–¿Cuál es el problema?

–Los kérveros han invadido toda la antigua Corona de Sandor; si nos tropezamos con una gran partida, podría retrasarnos y nos impediría llegar a tiempo al encuentro con los otros tres ejércitos.

El rostro del Senescal adquirió unos desproporcionados rasgos de sorpresa.

–¿Y crees que unos pocos kérveros nos harían perder el tiempo que ganaríamos si no los encontramos? Nos arriesgaremos. Exterminaremos a todos los licántropos que hallemos a nuestro paso y llegaremos puntuales a la cita.

El guerrero anciano lo miró apenas un instante.

–Senescal, si los kérveros consiguen avisar a Thrasgok, el factor sorpresa quedará anulado.

–¡Ahí creo que te equivocas! Si nos descubren, enseguida avisarán a Luobo, y todos los ejércitos kérvicos vendrán a nosotros. Entonces –hizo una pausa para sonreír–, vosotros tendréis franco el paso por Thrasgok, y nosotros contendremos a los kérveros mientras vosotros arrasáis todo a vuestro paso hasta llegar a nosotros, momento en que los derrotaremos, cogidos entre dos flancos. Será una gran victoria de nuestro pueblo.

–Por supuesto, Senescal. –Y se retiró con pasos rápidos, sumido en sus pensamientos. No eran palabras cuerdas las que acababa de oír. Comprendía el dolor, pero esperaba que Labarín pudiera pulir las asperezas de aquel indómito corazón.

Sertgón observó la partida de Ose con una máscara de impasibilidad, si bien su risa amarga afloró a su garganta cuando el guerrero desapareció. Había fingido sus palabras, no…, no sus palabras, más bien la entonación. Estaba decidido a salvar a Austrong a cualquier precio, aunque para ello realmente cayera en la locura, o incluso pagara con su vida. Era un plan descabellado, pero si eso servía para salvar a su hermano y unir a su pueblo, lo llevaría a cabo.

Aunque la sangre de mucho alfens atormentara su conciencia por el resto de sus días.

El ruido de unas leves pisadas sobre la paja sucia de las caballerizas le hizo volver la cabeza, para encontrarse con dos de los zulfos que lo habían acompañado desde que desembarcase en el puerto norteño de Qüoratroria. Los dos zulfos, a pesar de su carencia de sangre noble, pertenecían a la guardia personal de Ose, de la casa Laraí. Así debían ser los Alfens.

–Senescal, Ose nos envía para preguntarte si aceptas nuestra compañía hasta el palacio. Son tres millas de bosque cenagoso hasta el núcleo de la ciudad, y varios cientos de metros más hasta el palacio.

–Agradeced a Ose su amabilidad, pero a estas horas el viento susurra secretos del Norte que robó de los labios del Maras, y voy a concentrarme para descifrarlos –respondió sonriendo, haciéndoles partícipes de la broma.

Sin duda no esperaban una negativa como respuesta, pero sonrieron a su vez.

–Decidle que no me demoraré demasiado, por favor.

–Como desees. –Se marcharon a paso vivo.

El joven alfen aún los miró unos instantes antes de que saliesen, y al poco pudo oír el trote de algunos caballos al alejarse. Después, solo los bufidos de aquellos descendientes de los mejores caballos de la historia, inquietos porque, como animales temerosos que son, saben que las noches incuban los huevos del Caos.

Sertgón ajustó finalmente las cinchas de su caballo y se dispuso a partir en la oscuridad, la cual le proporcionaba la soledad que tanto le reconfortaba. Había escogido un caballo de Willand, por el simple motivo de dar más descanso a los Raahami; pronto deberían correr como nunca.

Se despidió finalmente del encargado de esa zona de las caballerizas y, con una palabra amable, indicó a su caballo que iniciase un trote largo. Pronto llegaría a las ciénagas, que paulatinamente se extendían hacia el sur, según le habían informado los campesinos que cultivaban los campos cercanos; en aquel momento esa zona había sido abandonada por completo; los vigías no eran necesarios allí para acabar con los que no conociesen el lugar.

El corcel pardo comenzó a bufar a medida que se acercaban, mas Sertgón no le concedió importancia, pues no era la primera vez que montaba a pesar de su mayor experiencia en el mar, y conocía la naturaleza temerosa de los equinos. De cualquier forma, agudizó la vista, y sus ojos de oro brillaron bajo un rayo aislado de la Constelación de Madrivo.

El camino, el oculto camino, estaba desierto.

Por alguna razón aquello no le tranquilizó y, en un gesto instintivo, llevó su mano a la empuñadora de su espada de acero. Una espada que pronto se colmaría de gloria.

Sin embargo, ni siquiera aquella idea, la última que le quedaba, logró desterrar aquel sentimiento extraño que se había apoderado de él tan repentinamente.

El caballo se espantó por algo que solo él pudo percibir, y poco faltó para que le derribara. La voz suave que se escuchó a continuación no ayudó en absoluto. Desmontó y desenvainó la espada, dispuesto a enfrentarse a quienquiera que fuese el que había irrumpido en su camino. La voz suave volvió a dejarse oír por segunda vez, aunque, ahora más tranquilo, tranquilidad que precede a la liza, descubrió que en la voz había un matiz de añoranza; o quizá no. No bajó la guardia.

Su nombre se extendió por la floresta al pronunciarlo la voz. No, no era su nombre, en aquel momento se dio cuenta de que no era su nombre.

–Maullé…

Era una voz de hombre, suave y a la vez firme.

–Maullé… preséntate a mí, Sertgón Maullé –invitó la voz.

A fin de cuentas sí que le llamaba a él.

–Preséntate a mí, Maullé, defiende el nombre que te di; haz que el mundo se enorgullezca del Senescal de los Alfens.

Aquellas palabras estuvieron a punto de hacerle soltar la espada y salir al medio del camino. No obstante, su reacción fue exactamente la contraria: no movió ni un solo músculo, y una corriente fría como las olas por las que tanto había navegado subió hasta la parte posterior de su cabeza, recorriendo la espalda. Tras unos segundos, logró recuperar parte de la compostura perdida, la suficiente como para revelar su posición.

–¿Eres…? ¿Eres…? ¿Qué haces aquí?

–Sí, soy yo. Debes saber lo que tengo que decirte, pues antes de la batalla es preciso que todas las deudas sean saldadas.

–¿Cómo has logrado llegar hasta aquí?

–El Padre Madrivo advirtió de la grave falta de los Alfens, y tú has de repararla antes de que las dos razas sean una de nuevo.

–Dime, ¿sufrirá mucho mi hermano?

La voz guardó silencio apenas unos segundos.

–Sabes que sí, ¿acaso no lo has visto? El Eäalet me habló de las duras palabras que te dirigió.

–Merecidas.

Hubo un acaloramiento en el ambiente, como si la voz sonriese.

–Eres joven, Sertgón, y tu corazón indómito ama con fuerza desatada. –Poco a poco la temperatura fue volviendo a su nivel normal–. Quizá solo la juventud podrá ser perdonada por lo que va a hacer, y sobre todo por lo que sus mayores ya hicieron. Sertgón, debes volver al valle, a la cuna, y rogar el perdón de Orik’alalai y agradecerle su inmenso amor hacia nuestro pueblo. Entonces, solo entonces, la raza Alfen tendrá la posibilidad de vivir en armonía, y el sacrificio de Austrong bastará.

Había mucha información en aquellas palabras, y más emoción.

–Orik’alalai, el valle hundido… yo mismo he navegado sobre las aguas que lo cubren. ¿Cómo voy a llegar hasta él?

El silencio fue la respuesta.

–¡Padre!, ¡padre!, ¡Maullé!, ¿no vas a contestar la última pregunta? –La formuló, sin ni siquiera ser consciente de que el silencio continuaba contestándole–. ¿Ella os expulsó? ¿Maberel os expulsó de Cerian al Fionol?

Silencio.

Aún recordaba con amargura las lágrimas que tres días atrás derramara por su desgraciado hijo. El mismo día y a la misma hora que Ose a Laraí, el primero y más temible guerrero zulfo, había anunciado a los últimos zulfos de Aliranaos que Orofín Beradol pronto cumpliría su destino.

Desde entonces no había dejado de recordar a Labarín, su esposo, con el que tantos años había vivido, hasta que ambos se dieron cuenta de lo que significaba su matrimonio. Mas fue demasiado tarde para los tres. Después, Labarín se lo llevó, para que su vida fuera plena, dijo, y durante muchos años Austra lloró sola, sin ni siquiera ser capaz de sentir rencor contra los elfos que habían provocado esa situación con su orgullo. Traidores, les habían llamado, a ella y a todos cuantos la habían acompañado. Pero hizo lo que debía hacer, pues había nacido para ello. Era el secreto mejor guardado, más aún que su maternidad, desconocida aun por Austrong durante años. El secreto de su propio nacimiento solo lo conocía ya Madrivo, pues incluso Derel, su madre, había fallecido.

Durante siglos contempló la decadencia de su raza, hasta el día que decidieron partir del valle. Entonces llegó ella para decir que no, que el orgullo Alfen no podía ser pisoteado de esa manera, que debían volver y luchar; y ellos no hicieron caso; y la traidora era ella.

El resultado de todo aquello sería ahora la injusta muerte de su hijo.

Se sentó en el trono de marfil a esperar a Sertgón, el Senescal. Había ansiado la vuelta de Labarín, pero los vigías le habían dicho que este no había llegado, solo su joven ahijado, y esto casi la había hecho sumirse en una profunda depresión.

Aún lo amaba.

Sin embargo, esperaba la vuelta de Sertgón y la noticia que este traía: la respuesta de los Señores Elfos. Era triste la historia de Sertgón, aunque muy pronto todas las historias de los Alfens serían tristes.

Pero el orgullo, estaba seguro de que Sertgón pensaba lo mismo, pronto volvería a identificar a su pueblo.

Austra había nacido para ello.

Fue casi una hora la que permaneció de rodillas, aferrándose a un recuerdo que poco a poco se le escapó como si su propia sangre se escurriese entre sus dedos. Durante gran parte de su vida había recordado a su padre tal como fue, tal como le vio la última vez antes de la llegada de Labarín y Bezadol, y con ellos los intrépidos marineros de La Bella Alada. Su pelo de oro resplandeciente cegando a los kérveros como un rayo enviado por Naraendil, osado en medio de los enemigos, manejando la espada de pomo blanco como el más grande de los Alfens que era, no en vano era el Senescal. Pero al final los kérveros fueron demasiados, y ni siquiera el más indómito de los corazones Alfens pudo resistir.

Ahora había tenido la oportunidad de saber. Saber por qué murió, saber la verdad sobre su expulsión, a pesar de que Maberel aseguró que no los había expulsado. Debía obligarse a confiar en ello.

Escuchó el relincho de un caballo y levantó despacio la cabeza. Emitió una risa amarga y se acercó al poni de Willand, que le miraba con los ojos rasgados, mientras mantenía las orejas levantadas, quizá aún temeroso de las voces. En realidad era más valiente que muchos de los caballos que había conocido.

Montó de nuevo y comenzó a cabalgar hacia el palacio al galope, esperando que el aire frio le hiciese sentir más libre al agitar su largo cabello. No tardó demasiado en ver las luces del núcleo de la ciudad, y en un gesto reflejo azotó levemente el flanco del poni, que aceleró el paso con un audible bufido.

Tres saetas encendidas con un fuego azul volaron muy por encima de él, y luego una más, con una corteza en su punta, produjo un agudo silbido que por poco provocó que el caballo se encabritase. Sertgón lo controló con mano firme y le encaminó hacia el palacio, donde, tras aquella señal luminosa y sonora, ya sabían de su cercana presencia.

Poco más tarde subía la escalera de maderas nobles y soga de esparto forrada de telas pardas que conducía al palacio de la Señora Austra; una extraña coincidencia que Maberel, acostumbrada al mármol y a la seda, al oro, al marfil y a los metales preciosos, hubiese decidido construir su morada entre las ramas de un árbol, al igual que Austra desde un principio.

Quiso verlo como una buena señal.

A diferencia con el palacio de Maberel, levantado en poco tiempo y sin demasiados ánimos después de la tragedia, el de Austra se extendía sobre las ramas superiores de seis chopos más altos que el resto, apenas oculto por los álamos que le rodeaban. Cada chopo se encontraba en el extremo de una estrella de seis puntas, dibujando la figura que significa Austra en Aredrö.

El interior del vestíbulo estaba decorado a base de tapices con motivos florales y de plantas de muchos colores, que recibían la luz de unos grandes ventanales abiertos en el techo de madera pulida y cuidada. No todos los huecos de las ventanas estaban cubiertos por los vidrios semitransparentes, de modo que el aire se colaba por las ventanas abiertas, originando corrientes frías que provocaban estremecimientos en los visitantes en aquella época del año.

Un anciano zulfo vestido al modo de los mensajeros salió a recibirle.

“El mismo uniforme que no hacía mucho vestía Austrong”, pensó, y su expresión se tornó sombría.

–La Señora Austra os espera, Senescal –anunció, y Sertgón se acercó a la puerta del vestíbulo.

Había deseado reunirse con Austra desde el mismo momento en que salió de Cerian al Fionol. Tanto lo había deseado y tanto había pensado en la inminente guerra, que incluso había olvidado a Marthadel. Y ahora, después de escuchar las palabras de su padre, existía otro motivo para no recordarla. Aquellas palabras cambiaban sus planes, pues requerían que de alguna forma él mismo bajara a las profundidades del mar para pedir disculpas, una petición totalmente razonable y necesaria, que sin embargo el valle podía no aceptar; aunque la parte consciente de su ser intentaba negarlo, otra parte, más sabia sin duda, temía la respuesta del valle, la cólera que guardaría en el interior de cada piedra, de cada raíz, de cada hoja y de cada junco. Si había existido traición, había sido la que la raza Alfen, sin más excepción que Daladei, que había permanecido allí hasta el final, había cometido en Orik’alalai.

De cualquier forma, y aun a pesar de la cuantía, sabía que Maullé tenía razón. Debía dar las gracias, agradecer cada momento, cada instante que el valle había ofrecido espontáneamente a los Alfens, sin esperar otra cosa que su presencia y, después, durante muchos años, tal vez demasiados, su retorno.

Por un instante sus sentidos le engañaron y le pareció oír la voz del valle, cargada de tristeza y soledad, pero al mirar hacia los lados buscando su origen, descubrió que había sido el anciano Alfen quien había hablado.

–Lo lamento, no te he escuchado bien –se disculpó Sertgón, la mirada aún ausente.

El otro le miró con gesto compasivo.

–Os rogaba, Senescal, que no permitáis que la Señora se fatigue en demasía, pues desde hace días apenas duerme e incluso cuando se encuentra en público su mirada está ausente, como la vuestra. Su mente vuela hacia la carne que una vez fue suya.

–Poco tiempo le robaré hoy. Mañana nos sentaremos en la terraza para ver el sol como alguna vez lo hicimos, y hablaremos y construiremos futuros ansiados. Pero hoy, hoy la noticia no debe esperar, pues trae una esperanza para aquel que nació de su vientre y que ha de redimirnos.

El anciano no sonrió, pero su mirada transmitió la fe en Sertgón, en la energía de la juventud que este encarnaba.

–Entrad ya, Senescal, ella os espera. –Sin más, se retiró por el pasillo.

Penetró en la sala del Trono. Una imagen idéntica a la de su recuerdo. El suelo llano, sin escalones ni tarimas para el trono de marfil, orientado al sur, y las paredes de madera desnuda en las que se destacaban varias puertas. Una lámpara de aceite, la única fuente de luz, decoraba la sala.

Delante del Trono, no sentada en él, Austra permaneció aún unos instantes mirando fijamente con sus ojos de plata las pupilas áureas del Senescal.

–El sol de tu mente ilumine los deseos de tu corazón y el viento no borre tus recuerdos, eliminando así tu futuro y apagando tu vida –saludó, con una fórmula de respeto pronunciada con una íntima deferencia.

–La Vida es un don que impulsa a la Muerte, pero mi corazón os recordará en la oscuridad –contestó, y ambos sabían que el recuerdo de Austrong les unía con un amor profundo.

La argéntea mirada de Austra se separó de la de Sertgón, y con un gesto de agotamiento la Señora se sentó sobre el cojín azul del Trono. Después habló.

–Dime, Sertgón, dime, aunque la respuesta, o al menos su rumor, te ha precedido, ¿cuál es la contestación de Maberel y Danaöl?

Solo ahora se dio cuenta el joven de que Austra nada sabía de lo acontecido en Cerian al Fionol.

–Malas nuevas traigo de allí, y es digna de alabanza la actitud de los llamados elfos, pues los lobos atacaron la tierra soñada, y no pocos de nuestros hermanos cayeron; muchos por las garras y el acero de los licántropos, pero otros menos afortunados se consumieron por el sufrimiento y la desesperación. Danaöl, Señor de los Elfos de Cerian al Fionol, fue uno de ellos.

La expresión de dolor de Austra se acentuó, y ni siquiera el temor que la atravesó puso en duda su sinceridad.

–En verdad son malas nuevas, aunque durante un tiempo quiso considerarme su enemiga. Mañana celebraremos los ritos por él y por todos los demás. ¿Cómo se encuentra Maberel?

–Sus sentimientos le pertenecen a ella. De cualquier forma, ante las peticiones de Labarín, accedió a enviar a sus guerreros a Thrasgok, maldito mil veces, y no opuso objeciones a nuestros planes.

Austra escuchó las palabras con cierta resignación, y Sertgón se percató de su error al mencionar a Labarín.

–¿Y la promesa de tu boda?

–No aceptó, ni aceptará mientras lleve sangre zulfa en mis venas. Así es mejor para todos, por el momento.

–Tal vez –concedió lacónicamente.

Se levantó del Trono y comenzó a pasear por la sala, con gesto inexpresivo y mirada ausente.

–Vi a vuestro hijo, Austra lir Madrivo, y ya partió junto a vuestro hermano, Domla de Vida, y junto a Gremcam de Muerte. Ellos serán los acompañantes de Orofín Beradol.

Se detuvo un instante antes de contestar.

–Sé que ya ha entrado en posesión de su nombre. Sentí la presencia de Orofín al encarnarse de nuevo en un cuerpo mortal, y mi padre me lo confirmó en el sueño.

De nuevo la sala recuperó el silencio. De nuevo se encontraron sus miradas. La faz blanca de Austra y el contraste con el tono tostado de Sertgón. Al fin habló la Señora, aunque ninguno supo a ciencia cierta si su frase se dirigía a alguien en particular.

–Solo espero que lo que vamos a hacer sirva para algo.

Aquellas palabras volvieron a abrir la puerta al silencio, un silencio que ya ni Sertgón osó quebrantar.

Índice La sombra de la luz

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