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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

No eran muchos, en todo caso no los suficientes. Cualquiera que conociese el potencial bélico de los kérveros diría que un contingente tan reducido no bastaba para sitiar un castillo de tales dimensiones, a pesar de la escasa altura de sus murallas. Y no se confundiría. Aquel castillo no estaba sitiado en realidad.

El cielo casi invernal previo al amanecer había adquirido un intenso color violeta. El sol sin duda ya había salido por algún lugar del este, aunque las nubes de tormenta impedían que, por el momento, sus rayos llegasen nítidos. No obstante, el día ya era lo suficientemente claro.

El fuerte viento agitó violentamente una capa verde, que preservaba apenas del frío a un personaje que miraba desde las almenas del castillo supuestamente sitiado hasta más allá de los campamentos kérvicos, hasta un punto oculto en la noche, un desfiladero en el que solo tres días antes había ocurrido la tragedia.

Dalamán dil Balamó avanzó por las almenas con tres pasos rápidos que reflejaban su nerviosismo. Desde el instante en que había llegado al castillo había salido a la parte superior de las murallas para pensar en los recientes acontecimientos. Lo último que recordaba antes de caer en el vacío negro era cómo había lanzado su caballo contra aquel grotesco minotauro, alentándose él mismo con gritos eufóricos. Luego, de repente, cayó… al despertar –prefería llamarlo así– había visto a Aldamar agachado sobre una túnica marrón, llorando tan vivamente que las lágrimas brillaban formando un reguero en su rostro, antes de caer definitivamente al suelo. Se había levantado para acercarse al escudero. Al verlo, este se había incorporado a su vez, tratando de enjugarse las lágrimas con las manos, pero Dalamán recordaba haber negado con la cabeza; también él había derramado lágrimas por Gôlfang. En el poco tiempo que había permanecido junto a él, había aprendido a respetar su sabiduría y había llegado a apreciar las maneras tan directas de su personalidad.

Recordó haber preguntado por los Iöron y la respuesta de Aldamar: se habían marchado, destrozados, después de hablar con el mago. Una punzada de dolor le atacó con fiereza cuando se dio cuenta de lo que había supuesto para los tres, pero sobre todo para Origog y Gwist, aquella separación. Había sido mucho el tiempo y el amor fraterno compartido.

Aunque ahora le parecía un terrible sacrilegio, entonces había vuelto a hundir su espada en el cuerpo del minotauro.

Más amargamente aún lloró al saber que su vida solo había sido posible gracias al sacrificio del mago. En otra ocasión quizá incluso hubiera sonreído por la ironía, pero en aquel instante no. Ahora tampoco. Al mirar hacia el cielo, hacia el lila cada vez más difuso, veía la cara de Gôlfang como la había visto entonces: amable, decidida, colmada por una paz contagiosa, tal como debía ser por la naturaleza de su fe. Ni siquiera entonces se había aventurado a calcular su edad, más aún, por primera vez se dio cuenta de que el ceño fruncido podía deberse a las horas de estudio y no al mal humor que acompaña a veces a la edad.

Había recogido su cuerpo con delicadeza y lo había montado en su propio caballo, delante de él, y al cabalgar lo había sujetado con sus propias manos. Cabalgó junto al aún lloroso Aldamar, comprendiendo la doble tensión que soportaba este: aún no le había visto llorar la muerte del Caballero de la Nieve.

Volvió la vista al frente. Debía llegar al desierto de la Luz, baluarte de Karos, y enterrar allí al más alto de sus hijos mortales, con todos los honores. Los caballeros sandoreanos desfilarían ante su tumba para darle el último adiós.

Sin embargo, ni siquiera él podía haber previsto la reacción de estos. Al ver el cuerpo, todos y cada uno de ellos se habían acercado y había derramado lágrimas sinceras. El propio Marqués de Arheim había partido al crudo invierno del pie de la meseta para buscar las piedras del túmulo, y los caballeros habían clavado sus lanzas en círculos concéntricos en torno al lugar de reposo del mago para asegurarse de que las tormentas de arena, si realmente las había allí, no ocultasen el sagrado sepulcro del más insigne de los hombres.

Durante todo el día, bajo la mirada del sol eterno, los caballeros sandoreanos arrojaron ofrendas de alimentos y armas dentro de los tres círculos, como para recordar a los posibles viajeros quién se encontraba allí.

Al amanecer, y sin quererlo nadie, las preocupaciones cambiaron, aunque el recuerdo de Gôlfang seguía vivo. Un grupo de caballeros, sorprendentemente encabezados por Rolja val Armit, había llegado al desierto con las nuevas: la ofensiva comenzaba, y los Alfens –¡sí, los Alfens!– combatirían a su lado.

Volvieron a correr las lágrimas por el campamento, y hubieran sido aún más alegres de no ser por las circunstancias. De entre aquellos caballeros, solo los recién llegados habían visto a aquellas criaturas de ensueño. Sin embargo, en aquel momento nada podía haber satisfecho –que no alegrado– más a Dalamán. Al fin le sería permitido entrar en combate, en la lucha encarnizada donde la única preocupación, después de que los ideales se apagaran con el agotamiento y la sangre, era la de sobrevivir. De esa forma olvidaría, aunque fuese por un tiempo definido.

Pero ni siquiera tuvo ese consuelo, aún no. La columna de caballeros se puso en marcha y no tardó en llegar al Castillo Crítaler, donde penetró sin resistencia; los caballeros habían abandonado las mazmorras y tomado el control sin la menor oposición por parte de unos soldados cuyo rey les había vendido por unos mapas. Pronto el estandarte de la Corona de Sandor ondeó en el castillo, y junto a él, un poco más bajo, ondeaba el dolor de la Corona, un pendón marrón en señal por la pérdida sufrida. Esa fue la segunda vez que honraron a Gôlfang, aunque no sería la última.

En muchas millas pudo escucharse, y por supuesto Dalamán lo escuchó, el sonido claro y penetrante de un cuerno, y buscó su origen. Los kérveros habían tenido noticia del poderoso ejército de Sandor, y ahora acudirían a los desfiladeros del oeste, aquellos que flanqueaban el mítico Boureanaur, para franquear el paso del grueso del ejército kérvico en retirada.

En cualquier otro momento hubiese reído.

Vio cómo algunos kérveros, que sin duda aún no habían visto el cambio de estandarte, se internaban en el castillo. Ninguno de ellos consiguió pasar del rastrillo.

Intuyó, más que sintió, la presencia de Aldamar cerca de él. Durante el tiempo que había permanecido allí, su escudero había salido frecuentemente, siempre en silencio, para asegurarse de que estaba bien. Ahora era el turno del caballero.

–No te preocupes ya, Aldamar. Ahora es el momento de salir tras ellos y vengar a Gôlfang, es una promesa.

El escudero asintió en silencio.

–Os he traído esto –le extendió un trozo de tela. Un brazalete marrón–. Ojalá os proteja de las armas de vuestros enemigos, al tiempo que os permita ganar prez, todo en nombre de Gôlfang. Haced que incluso ahora el Caos tiemble ante su nombre.

Dalamán lo aceptó, y Aldamar se lo ató en el brazo izquierdo, junto al corazón. Bajaron juntos a las caballerizas, ya prácticamente despobladas, y montó en su caballo. Tomó su lanza, verde como su armadura, y se ajustó las correas del escudo. Envainó la espada en la cintura y sujetó las dagas en la silla antes de salir a la calle.

Con un gesto, el Marqués de Arheim le indicó que cabalgase junto a él y el Señor Rolja.

Ya se disponían a partir cuando una nueva voz les detuvo.

–Esperad –dijo Farjó, y Firjó le secundaba–, pues conmigo vienen algunos hombres que desean acompañarnos –anunció, y en la torre apareció una columna de arqueros de Crítaler, cada uno con dos aljabas repletas de flechas. Su capitán pidió permiso para unirse a las filas del Orden, al que siempre habían pertenecido, y sobre todo a las filas de la Corona de Sandor, cuya memoria había sobrevivido allí con tanta nostalgia como en muchos otros enclaves del antiguo Imperio.

De ese modo, la columna partió a la guerra, y un solo objetivo guiaba sus corazones: despeñar a todos y a cada uno de los kérveros, por la Paz, por el Orden, por Gôlfang.

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