Capítulo XV. En el desierto de la luz. El dios azaroso. La sombra de la luz II

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Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Ante ellos se abría un desierto de arena que sin embargo no parecía extenderse demasiado. En el horizonte se recortaba la silueta de un pequeño sistema montañoso que, como rápidamente adivinaron, era el límite norte de la meseta de Qésel, en cuya planicie se erigía el Castillo Crítaler, el centro de operaciones del reino de Dorfen Hond.

–No parece gran cosa –se apresuró a decir Origog–. Me pregunto por qué las sombras dijeron que era un lugar donde los kérveros no pueden entrar.

–Pronto lo comprenderás, me temo –aseguró Gôlfang.

El Desierto Hond era muy diferente a las tierras de Sandor. Aquí, la vista solo alcanzaba a ver arena, bajo un sol inclemente que al cabo de dos horas conservaba toda su fuerza y no parecía haberse desplazado ni un centímetro.

–Eso no puede ser –aseveró Origog, buscando la confirmación del mago.

–Jamás la oscuridad ha rozado la arena del Desierto Hond. Siempre el sol, el mismo sol de estío. Tardaremos dos días en atravesarlo, dos días terribles, créeme. Para los kérveros, entrar aquí sería un suicidio, morirían sin remedio, y lo saben.

–Eso no puede ser –repitió mecánicamente. Luego, de súbito, exclamó–: ¡Sería una transgresión del Equlibrio!

Gôlfang se detuvo y lo miró fijamente.

–Cuando Maras Dokk creó Morfus para que albergara la piedra Darko, sumió a la ciudad en la negrura, rodeada por un desierto de oscuridad total vigilado por los Erpokt. Cuando Karos lo descubrió, apeló a Naraendil y esta le concedió un lugar que equilibrase aquella impenetrabilidad, erigiendo una impenetrabilidad semejante para las hordas del Caos. Eso es Dorfen Hond, aunque pocos lo recuerden.

Origog volvió a mirar el desierto. Tuvo la sensación de que se había extendido miles de kilómetros y de que la silueta de la meseta resultaba inalcanzable.

–No debemos detenernos –ordenó Gôlfang, dando por zanjada la conversación.

–Estoy agotado –protestó Aldamar.

–El cansancio afecta a todos por igual, y tu juventud debería permitirte gastar estas energías –le reprendió su señor–. Toma ejemplo del Venerable –continuó.

Gôlfang lo miró arqueando las cejas –en el transcurso de sus aventuras, Origog había descubierto que al mago le era imposible arquear una sola, a pesar de sus esfuerzos– y al cabo de un rato el conde se desarmó por completo.

–Naturalmente, no pretendía llamaros… –se empezó a disculpar el joven noble.

–Sé perfectamente lo que pretendíais, caballero –le cortó el mago con dignidad ofendida.

Dalamán dirigió a su escudero una mirada que heló la sonrisa de este en los labios. Origog rio para sí mientras Alwarín levantaba arena con sus cascos.

Durante el tiempo que continuaron cabalgando, no hubo más conversaciones. El ritmo era muy lento, y así y todo de vez en cuando debían desmontar para dar un respiro a sus cabalgaduras. No resultaba reconfortante observar el desplazamiento de las lunas bajo un sol inmóvil; pero al menos aquello constituía una manera de cerciorarse del paso del tiempo. Al mirar atrás, descubrió que del bosque solo podía diferenciar sombras.

–Acamparemos aquí esta noche –dispuso Gôlfang, cuando las lunas casi habían desaparecido. Fue unánime el gesto de buscar las Constelaciones en el cielo nocturno; naturalmente, el cielo era tan azul como lo había sido durante todas las horas precedentes.

Aldamar propuso construir un refugio subterráneo, similar al que el Caballero de la Nieve le había enseñado a hacer en sus montañas. Gôlfang lo miró indiferente.

–Entiérrese si así lo desea, jovencito –manifestó, y el escudero se retiró con el orgullo herido.

Finalmente, construyeron un refugio con las lanzas de Dalamán y las mantas de todos. No era muy refrescante, pero al menos era una sombra. Antes de descansar, se ocuparon de que los caballos también pudieran beneficiarse en parte, les dieron agua y comida, y les cepillaron las crines. Habían bebido antes de salir del Bosque, y Gôlfang estaba seguro de que, si no los forzaban demasiado, no llegarían a la meseta con más deterioro que sus jinetes.

Origog trató de dormir, pero sus pensamientos siempre volaban a Gwist. Tanto en el Bosque como en el Desierto había guardado un completo silencio, como una sombra de sí mismo. Quizá debería hablar con él, pensó, a pesar de su decisión. Por otra parte, le inspiraba demasiado temor lo que pudiera salir a la luz. Sabía que le resultaba imposible pensar con claridad, así que decidió dejarlo todo para el día siguiente, donde el impulso dirigiría su voluntad en uno u otro sentido.

Se reclinó para mirarle un momento, y no se extrañó de que todos sus compañeros tuvieran los ojos abiertos; aquel era un buen momento para reflexionar en silencio sobre su actual situación.

Cuando encontró la mirada de Gôlfang, entabló conversación.

–Antes dijiste que Morfus custodiaba la Piedra Darko; ¿qué custodia entonces Dorfen Hond?

El mago se incorporó. Parecía de buen talante.

–Nada. Fue una forma de recuperar el Equlibrio roto por el Maras. Así como los seres de la Luz no podrían entrar en Morfus, los seres de la Oscuridad no podrían entrar en el Desierto de la Luz.

–¿Es eso lo que significa Hond? –se interesó Dalamán que, como todos los garguines, se preciaba de interesarse por la cultura.

–No, no, es una palabra enanil; puede significar tanto resistencia como rebeldía. En la quinta guerra kérvica, cuando el ejército de Luobo invadió Dorfen, el rey, cuyo nombre no merece la pena mencionar, estableció tratos con el enemigo a cambio de salvar su colección de pinturas –ya veis cuales han sido siempre las prioridades en el castillo Crítaler–, pero un grupo de nobles y soldados se rebelaron, se declararon miembros de la Corona de Sandor, y atacaron a la guardia personal de Luobo, que tuvo que huir por patas. Después de eso, se refugieron en el desierto, donde los kérveros no podían entrar pero desde donde ellos se dedicaron a hacer incursiones para combatirlos. Se dieron el nombre de Honds –uno de los soldados era un enano, un pintor metido a guerrero–. Cuando la guerra finalizó, los Honds supervivientes, no más de diez, regresaron al castillo Crítaler en medio de honores que rechazaron y sometieron al rey a un juicio público. No tenían poder para hacer efectiva la sentencia, y el pueblo, temeroso, no les apoyó. Partieron hacia Sandor, donde se perdieron entre la nobleza de la Corona. El pueblo de Dorfen, sin embargo, empezó a identificar el desierto con aquellos hombres, y finalmente ese es el nombre que ha quedado, Desierto Hond, poniendo en el olvido el verdadero nombre del desierto y su significado.

–Después de eso, no sé si los kérveros temen al Desierto de la Luz o al Desierto Hond –se burló Origog.

–Todo influye –sentenció Gôlfang.

 

 

 

La mañana llegó sin advertencias, quizá porque en el desierto ni ella misma sabía que en el mundo exterior había faltado el sol durante unas horas. Origog despertó sobresaltado por el relincho de Alwarín, y buscó a los demás con la mirada. El hueco dejado por el mago le indicó que no era el primero en levantarse. Salió de la tienda y hubo de bordear el improvisado refugio para encontrar al más madrugador, si en realidad había dormido. Lo encontró mirando fijamente el tono rojizo de la meseta.

–Me pregunto si será el mismo sol que alumbra el resto del mundo –se colocó junto al mago.

–Y yo me pregunto si estaremos en el mismo mundo ––replicó este con gesto ausente–. Ahora me doy cuenta de que hay demasiadas cosas que ignoro, cuando quizá no queda tiempo para aprenderlas –Origog de pronto se sintió alarmado por aquellas reflexiones–. Origog, ya viste lo que sucedió en el Bosque. El Portador de la Palabra puede ser llamado en cualquier momento, en cualquier lugar. Iría contigo a Morfus si es tu elección, pero temo que no me sea dado acompañarte tanto tiempo –acalló la queja del mensajero con un gesto de la mano y una sonrisa–. Si debemos separarnos, hay un lugar donde debes ir. Muerto Zôrdon, el Qüemyum de Karas es Ahlbadín, el Alfen, que habita en Tocatora. Es un viaje muy largo, pero deberás emprenderlo porque, tanto si decides intentar cumplir la Profecía como si no, necesitarás a alguien que conozca este plano y que tenga poder para moverse por él. Ahlbadín sabrá donde buscarlo, si es que no está allí. Aunque tú ya le conoces; solo debes decirle un nombre: Desedón.

Origog se sintió desconcertado, tanto por las palabras como por la actitud de su amigo. Había visto lo que pasó en el bosque, ya lo creo: Gôlfang había manifestado un poder que nadie antes había tenido nunca; se había puesto en comunicación con tres dioses y había hablado por ellos. Entendía que el destino de Gôlfang quizá los alejara, pero no comprendía el profundo pesimismo que emanaba de su voz.

Quiso reconfortarlo.

–Cumpliremos la Profecía juntos, ya lo verás; y si antes debes marcharte, te recordaré como a un verdadero amigo.

Gôlfang rió amargamente y evitó su mirada.

–Soñador de Sentimientos, perteneces al Equlibrio; puedes pisar el Desierto de la Luz, y seguramente podrás entrar en Morfus, pero, ¿de verdad comprendes lo que deberías hacer allí?

–Pero Gervag dijo… –y sintió un tirón mental antes aun de que el mago le gritara.

–¡No vuelvas a mencionar ese nombre, no debes recordar!

Origog se quedó paralizado. No podía resistir más aquel estado de locura en el que la frase más inocente desencadenaba una tormenta. Corrió hacia Alwarín y se alejó tan rápido como el galope del caballo le permitía.

Gôlfang lo observaba todo sin expresión. Los otros salieron de la tienda y se situaron a su alrededor, expectantes. Origog quiso alejarse más.

Y sin embargo, a través de la distancia, escuchó una voz clara y nítida que lo llamaba.

–Ven, Soñador de Sentimientos, ven, porque somos dos coprincipios que generan un todo y no podemos separarnos.

Era Gwist. Era el Custodio. Alwarín se detuvo sin órdenes. ¿Por qué su conciencia admitía aquellas palabras como ciertas? ¿Por qué era natural que volviese la grupa y volvieran a reunirse? Nadie decidía por él; el era el Soñador de Sentimientos y era uno con el Custodio.

 

 

 

Habían sido solo unos segundos, el tiempo justo para cerciorarse de que el Orondo Origog dil Frig era al mismo tiempo otro ente que lo incorporaba pero que lo sobrepasaba. Ahora todo volvía a la normalidad y Gwist, frente a él, permanecía de nuevo silencioso.

–Comed algo, Origog –ofreció Dalamán, ajeno a lo ocurrido.

El Iöron comenzó un gesto de rechazo, pero se lo pensó mejor. Cogió unos frutos secos. Venciendo sus recelos, alargó una mano hacia Gwist. Este negó con la cabeza pero consiguió que el gesto no pareciera ofensivo.

–Ayer avanzamos mucho, pero hoy estamos más cansados y el ritmo será más lento. Espero abandonar el desierto a media tarde, pero no debemos forzarnos –propuso Gôlfang.

Origog se llenó las manos de frutos y se dispuso a recoger su manta. Desmontaron el refugio sin prisas y decidieron comenzar el día caminando, permitiendo a los caballos reponerse lo más posible; a fin de cuentas, llevaban la carga más pesada y, si fallaban, tendrían que repartirla sobre sus espaldas o abandonarla.

No pasó mucho tiempo antes de que el caballo de Aldamar diese muestras de agotamiento, de modo que Dalamán se vio obligado a dejar varias de sus lanzas de madera en el desierto y quedarse con dos. Las grandes calabazas de agua fueron repartidas entre el resto de los caballos. En todo caso, con el transcurrir de las horas aquellas se fueron vaciando, aunque trataron de economizar al máximo. A medida que el objetivo se acercaba, el ansia por terminar la travesía les volvía más tensos y malhumorados.

Unas estrepitosas risas rompieron el silencio y paralizaron su avance. La sorpresa no les impidió armarse de inmediato y prepararse para la lucha. Tal jolgorio solo podía provocarlo un número mayor que el suyo. Durante algunos instantes, breves pero intensos, permanecieron alerta. De nuevo las risas regocijantes se escucharon como un clamor repentino.

–Sean quienes sean, parece que no nos han descubierto –supuso Dalamán.

–Las risas provienen de detrás de esa duna –señaló Aldamar.

Gôlfang asintió. No parecía preocupado.

–Aldamar, cuide de los caballos mientras echamos un vistazo –dispuso–. Y esta vez intente que no se le escape ninguno –ironizó, recorriendo en un solo vistazo al escudero y a Alwarín.

–Lo procuraré, Venerable –respondió con paciencia.

Corrieron hacia la duna. Se arrastraron con dificultad por la arena fina en la que se hundían y, ya desde arriba, observaron el panorama que se extendía ante ellos. Gôlfang empezó a reír en voz baja.

–Creo que los Hond han regresado –murmuró.

Más de cincuenta tientas de campaña militares, blasonadas con diferentes escudos se alienaban entre las dunas, y varias docenas de caballeros se encontraban comiendo bajo un toldo más o menos improvisado con lanzas y telas. De vez en cuando, unas risas estruendosas se elevaban desde allí.

–¡Son caballeros sandoreanos! –exclamó Origog–. Aquel anciano es el Marqués de Arheim, estoy seguro –reconoció.

–Debe serlo, porque esos son sus escudos y los de sus caballeros –ratificó Gôlfang–. Parece que ha venido acompañado de todo su ejército.

–Supongo que es hora de presentarnos –sugirió Dalamán–. Tienen agua abundante y son aliados.

–Sí, vamos allá; me muero de sed y necesito una sombra –se sumó Origog.

–Voy a avisar a Aldamar. No nos esperen.

No les esperaron. Se incorporaron despacio y comenzaron a descender la duna. Cuatro hombres se acercaron a ellos en primer lugar, mientras aquellos que comían bajo el toldo les señalaban con la mano. No parecían asombrados en absoluto; es más, se diría que les esperaban.

–Venerable Projia, Origog dil Frig, Gwist dil Gwist, sigannos, se lo ruego –invitaron. Les acompañaron junto al Marqués, que les recibió con una ligerísima sonrisa de satisfacción.

–Me alegra volver a vernos, Venerable –saludó levantando la mano a la altura del hombro–. Y a vos, Origog, confio en que ese imprudente Rolja no os haya corrompido. –Miró un momento a Gwist.– Volvemos a encontrarnos en extraños lugares, cartógrafo.

–Podeis llamarme Custodio –su voz era un susurro.

El Marqués le miró solo un instante.

–¿Qué estais haciendo aquí con vuestro ejército? –se interesó Gôlfang.

–Sin duda ha sido una dura travesía por el desierto –divagó–. Hace dos horas os descubrieron nuestros vigías, aunque no os reconocieron; en caso contrario, el recibimiento habría sido más… menos caluroso –bromeó sin gracia. Gôlfang lo miró duramente, pero el caballero no cedió–. Sin duda debéis estar cansados y hambrientos; sentáos con nosotros y recibid la hospitalidad de la Corona de Sandor mientras esperamos a los garguines.

Aceptó de mala gana, mas los Iöron, ambos, se apresuraron a ingerir cuanto les ofrecieron. Dalamán y Aldamar fueron solo un poco menos ansiosos, despreocupados de los caballos, de los que se encargaron los pajes sandoreanos.

–Bien, Marqués, le agradezco su hospitalidad; pero no podemos retrasarnos mucho tiempo –recomenzó Gôlfang–. Nos dirigíamos al Castillo Crítaler para recabar informes acerca de su actual situación, de modo que el Señor Dalamán pudiera llevarlas a la reina Nalma y ella a Su Majestad Brim Tarlá.

El Marqués pareció luchar consigo mismo. Su expresión, generalmente hosca, tomó por un momento, sumida en la concentración, un aspecto aterrador. Finalmente se relajó un poco y comenzó a hablar.

–Somos la guarnición del Desierto Hond, y debemos mantenernos aquí hasta que Su Alteza, el Príncipe Dranlill, comience su ofensiva sobre los kérveros.

Una vez decidido, estaba claro que era capaz de sintetizar.

–¿Sois una guarnición en el desierto? ¿Al servicio de Dranlill?

–Venerable, llamadlo avanzadilla, si lo preferís –se adaptó, para luego continuar más despacio–. No será necesario que el noble Dalamán rehaga el camino hacia el Castillo Verde para informar a su Majestad del estado de Crítaler, pues hace tiempo que conocemos cuál es su situación, y la reina sin duda también lo sabe a estas alturas. Y mucho más. La guerra ha empezado en toda la Corona de Sandor, señores, y nosotros estamos aquí para participar en ella. Cuando los kérveros inicien el cruce del Boureanaur por los desfiladeros, acosados por el Príncipe Dranlill, nosotros les atacaremos por la retaguardia, junto a los hombres infiltrados en el Castillo Crítaler, y les cortaremos la retirada.

–Marqués, sois historiador y poeta; estoy convencido de que podéis ponerme al corriente de los acontecimientos con algo más de claridad –cortó el mago.

–El Castillo Crítaler cayó hace ya dos lunas, cuando el rey Anderblack firmó un pacto con Luobo para que no les saqueasen. Así, para los extranjeros, el castillo está sometido a asedio por parte de los kérveros, aunque en realidad se produce un paso constante de mercaderes a través de sus puertas. Cuando nuestros espías nos informaron, el príncipe Dranlill ordenó que se infiltraran en el castillo todos los caballeros que pudieran, y a mí junto con mi ejército se me ordenó ocupar el desierto y esperar hasta que se inicie la ofensiva –añadió con cierto orgullo.

–Ignoraba esas dotes de estratega del príncipe.

–Con todos mis respetos, creo que confía más en su espada Irbridet que en un buen plan de ataque o defensa. Seguramente Brim Tarlá estará detrás de todo esto –se metió una uva en la boca.

–Supongo que ya no es necesario nuestro viaje hacia Crítaler –reflexionó Gôlfang.

–En todo caso, Venerable, si deseáis ir, he organizado una caravana para mañana al amanecer; siempre podéis reposar allí un par de días antes de continuar vuestro viaje –ofreció el Marqués.

–Sería muy peligroso para vuestros planes. Dos Iöron en el Castillo Crítaler no es algo frecuente, y menos después de la guerra en Arodia. Saldremos poco antes de que sea noche en el exterior; hasta entonces, con vuestro permiso, descansaremos. Intentaremos entrar por otros medios; debo mantener una charla con Anderblack.

El marqués miró largamente el desierto.

–Un hombre de mi plena confianza os acompañará esta misma tarde –ofreció, y continuó antes de que el mago pudiera oponerse a sus deseos–. A pesar de la libertad de paso, hay orden de ejecutar a todos los espías y extranjeros sospechosos de serlo. Podéis imaginar que hasta ahora solo se ha ejecutado a inocentes… de ese delito. No os preocupéis; la puerta principal está controlada por mis hombres, y el capitán de la guardia también se cuenta entre los nuestros –Gôlfang hizo un gesto de reconocimiento–. En caso de que hubiera algún problema, serán mis hombres quienes os arrestarán y os meterán en un calabozo –añadió jovial–. Y si todo sale mal, siempre podéis hacer desaparecer el castillo con todos sus habitantes -concluyó. Parecía divertido. La inminencia de una batalla, tal vez la última, había hecho rejuvenecer a aquel viejo soldado–. No os preocupéis, serán mis hombres quienes os esperarán pero, si deben apresaros, espero que no os resistáis; no me gustaría perder a ninguno de mis caballeros antes de la batalla; en todo caso, los calabozos son el verdadero centro de control del Castillo, hoy en día; podréis entrar y salir a vuestro placer, y tener vuestra conversación con Su Majestad, o lo que tengais en mente hacerle.

–Decidido, entonces. Solo me queda pediros un pequeño favor. Desearía que el Señor Dalamán y su escudero permaneciesen aquí, si no desean regresar de inmediato a Gargüid.

Dalamán empalideció al oirlo.

–Deseo permanecer a vuestro lado, Venerable –manifestó.

–Desde este mismo instante, quedáis liberado de vuestra promesa –anunció.

El caballero intentó replicar, pero la mirada del mago contuvo su iniciativa.

–Que así sea; ya no nos ata promesa ninguna.

Origog no pudo evitar mirar al caballero con tristeza. Se había acostumbrado a su presencia, a tenerlo por compañero, siempre presto a ayudar a quien más lo necesitara. No lo sintió tanto por Aldamar, con quién el mago no había tenido ni paciencia ni sensibilidad.

Siguió a Gôlfang a la tienda que el marqués había puesto a su disposición, y no le fue difícil dormir, agotado y protegido solo por una sutil sombra de aquel extraño y fantástico sol del Desierto de la Luz.

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