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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

En la ciudad-laberinto, el silencio había dado paso a un bullicio escandaloso. Por todas partes la gente se arremolinaba y murmuraba; si bien no había gritos, ese murmullo era un clamor en sí mismo.

Cuando se dieron cuenta de lo que podía significar, corrieron hacia sus habitaciones.

–No digas a nadie nada de lo sucedido –ordenó Origog mientras subían la escalera, tras cerciorarse de que nadie podía escucharle.

–¿Nos creerían? –respondió Gwist al tiempo que llegaban al final, jadeantes.

Pero desde luego que les creerían.

Dando un portazo, Gôlfang salió de una de las habitaciones como alma que lleva el diablo, y se dispuso a entrar en otra, en la del cartógrafo, sin reparar en ellos. Eso era inquietante.

–¡Señor Balamó, ya están aquí! –se escuchó de pronto la voz del mago.

Al poco, salieron él mismo y el Alférez de Gargüid.

–¿Dónde rayos…? Ya no importa. La princesa nos espera en palacio.

–¿Ahora? –insinuó Origog, que se sentía literalmente envuelto en una tela de araña, y no deseaba otra cosa que un baño.

El conde clavó su mirada en el mensajero.

–Sin duda son importantes las noticias que va a comunicar –intervino Gôlfang al tiempo que descendía el primer peldaño. Todos le siguieron.

Los caballeros sandoreanos esperaban abajo, vestido con jubones y calzas de cuero, con el puñal sujeto al cinto. Juntos se encaminaron al interior de la ciudad, guiados por el conde y el Señor Balamil.

El palacio se alzaba en el centro del laberinto y, a pesar de su enorme tamaño, solo era posible vislumbrarlo desde fuera de él; una vez en su interior, las casas de la enrevesada ciudad eran lo suficientemente altas como para impedir su vista. A diferencia de las almenadas murallas, las torres de vigilancia y los portones de las tres entradas, solo un estandarte ondeaba en lo alto. Origog nunca lo había visto; no era de la Corona, ni del reino, ni siquiera de ningún condado que él conociese; lo que sí podía afirmar era que no estaba allí cuando llegaron. Extrañamente en aquel verde uniforme, el pendón mostraba diversos colores, entre los que destacaba el rojo. Desde lejos no podía distinguir nada… se atrevió a conjeturar que representaba un hombre a caballo.

Tan pronto como dieron los primeros pasos, el palacio se ocultó tras su caótica protección. El Alférez los guio con paso firme por las calles estrechas. Origog casi sentía mareo frente a aquellas casas iguales, como si nunca abandonaras el mismo sitio, como si el único sentido del verbo caminar se constriñese al vagar. Solo fue un instante, mas aquel pensamiento se había alimentado brutalmente con su miedo irracional e inconsciente. Sin embargo, él sabía que aquel que lo guiaba era un perfecto conocedor del laberinto, y eso le relajó. Los enemigos de la ciudad no tendrían esa posibilidad, y en ello precisamente se ocultaba el peligro. Esa era la principal trampa. Aunque seguro que habría otras.

Una rígida pared de piedra se abalanzó hacia él tan rápido que no tuvo tiempo de retirarse; en el instante siguiente, un fuerte chirrido, como un grito agónico, heló su corazón.

La sonrisa que se permitió al descubrir que solo se trataba de una puerta camuflada tenía más de histeria que de humor.

Ante él se abrió un jardín infestado ya de gente anhelante, esperando sin duda las ansiadas noticias sobre su rey. A ver aparecer a los caballeros, formaron un largo pasillo hasta la entrada de palacio, las cabezas bajas en señal de respeto al Alférez.

En conde, por su parte, correspondió a la multitud con saludos que eran meros reflejos, y no refrenó el ritmo hasta llegar a la altura de los seis hombres que custodiaban la puerta, impidiendo el paso con sus alabardas entrecruzadas.

La comitiva pasó rápidamente y penetraron en una sala de espera bellamente adornada, repleta de personas de aspecto consternado. El silencio solo fue interrumpido por los ruidos metálicos de la cota de mallas de Balamil. Un cortesano salió a recibirlos, haciendo una gran reverencia frente al conde.

–La princesa os espera, Señores.

Los Iöron se colocaron detrás de Gôlfang, cerrando la marcha. Los pasillos eran intrincados y Origog casi sufrió un colapso al contemplar un cuadro que representaba sin el menor asomo de duda al rey Malabán. Cuando los pasillos se acortaron, las escaleras comenzaron a sucederse, retorciéndose tras puertas idénticas. El tapiz de las paredes fue desapareciendo, y también la iluminación, hasta que caminaron en medio de una penumbra oscura. Cada paso era igual que el anterior, cada inspiración más costosa, cada gozne chirriante una burla… ¡El laberinto continuaba en el interior del palacio!

Cuando al fin lo comprendió, aspiró con fuerza un par de veces y soltó el aire muy despacio. Miró a su alrededor. Algunos caballeros sandoreanos sujetaban fuertemente la empuñadura de sus puñales; solo ahora se dio cuenta de que, mientras Gwist y él mismo seguían cerrando la marcha, era Gôlfang quién la encabezada.

Una puerta pequeña les condujo a otra realidad, donde los pasillos eran blancos de mármol y verdes de esmeralda, donde las pinturas destacaban escenas de una belleza casi mágica en su cotidianeidad, y los candelabros de oro sujetaban velas de cera. Alguien dijo algo que no entendió, y se vio obligado a detenerse para no chocar con el caballero que lo precedía. Se escuchó el sonido de una llave al girar y el leve roce de algo suave contra el suelo, probablemente la tela colocada bajo la puerta de un erudito con objeto de no ser interrumpido en su concentración, o de un rey aficionado al sueño, como lo había sido Edgar III.

La misma voz sonó de nuevo, y la columna reanudó la marcha.

Pasaron bajo una enorme puerta custodiada por dos caballeros de aspecto imponente –apenas menos amedrentador que los sandoreanos– y otros dos que se hallaban dentro de la sala.

Una pequeña puerta atrajo su atención cuando se abrió, pues una mujer salió por ella, acompañada por otras dos guerreras. Era de tamaño mediano, no demasiado bella, y en su faz estaban marcados los rasgos del caudillaje. Sin duda aquella mujer tenía carácter. Muchos de los que había allí se arrodillaron ante su presencia, aunque tanto Gôlfang como él permanecieron en pie. Gwist se limitó a inclinar la cabeza en señal de respeto. Por lo demás, ahora se dio cuenta de que allí había una pequeña multitud de garguines.

La reverencia duró hasta que la princesa Nalma tomó asiento.

–Señores, Caballeros, Amigos del Reino –recibió–. No es leve la causa que me obliga a solicitar vuestra presencia, y no deseo demorar la explicación.

A una señal suya, un hombre entró en la sala portando un rollo de pergamino sellado con el sello del monarca de Gargüid, y se lo entregó a la princesa con una nueva reverencia.

–Majestad –dijo. El silencio subsiguiente fue tenso. Todos eran conscientes de la inutilidad de leer ya el manuscrito.

Pero la princesa miró a los allí reunidos sosteniendo el rollo entre sus manos.

–He aquí la última voluntad de mi padre, Su Majestad Dámjala Niría. Me fue entregada hoy mismo por su heraldo. –Retiró el sello, ya roto. Con voz segura, comenzó a leer–. “Heme aquí en el lecho de muerte, amada hija, con una lanza que aún traspasa mi costado. Nada pueden hacer los sacerdotes de Karos sino rezar, y sé que mi vida pronto llegará a su fin. Al recibir estas nuevas, haz partícipes a mis nobles y también a Gôlfang y a sus acompañantes, pues noticias he recibido de que pronto pisarán el verde reino; lamento que no podamos volver a encontrarnos. Ahora es mi deseo que escuchéis con atención, pues os amenaza un gran peligro, el mismo que ha terminado con mi vida y la de muchos valientes caballeros a mi alrededor.

Marchábamos sobre el Bosque del Collado cuando una gran tropa de kérveros atacó nuestros flancos, guiados por enormes trolls que hostigaban nuestros caballos, los cuales trataron de responder con orgullo. Mucho resistimos, e incluso tomábamos la iniciativa cuando se presentaba la oportunidad, pero el enemigo nos superaba en número y crueldad. Solo Karos sabe de dónde surgió el gran desconcierto que hizo presa en nuestro ánimo y, debo confesarlo, incluso en mí. Soy consciente de que esto no dejará de asombrar a cuantos escucháis, pues mi afamado carácter precede a mi nombre, mas así fue y así he de constatarlo para que no desconozcáis el peligro, ya que el desconcierto me llevó a precipitarme yo mismo sobre una lanza blandida por los engendros de Darko.

A partir de ese punto, ya no sé nada por mí, sino que desperté en una tienda verde, lo cual me dio esperanzas, aunque pronto he descubierto que son vanas; más de la mitad de los caballeros que me acompañaban han caído, temo que pronto caerán muchos más; debemos abandonar este terreno y trataremos de regresar al castillo, aunque al escuchar mis órdenes muchos rostros muestran impotencia y decepción.

A ti te los mando, y en vos dejo la corona, Majestad. Confío el reino a quien sé que lo hará sobrevivir a cualquier precio. Vuestras amazonas consagradas a Karos podrán salvarlo junto a los pocos caballeros que regresen. Confiad en el Conde Balamó, vuestro tío, y en sus sabios consejos no menos que en su espada, y tratad de aprender de él cuanto podáis.

Sé que lo haréis. En esa confianza puedo encomendar mi alma a Karos.”

El silencio que había acompañado a la lectura se prolongó durante unos instantes. Inquietud e indecisión se habían enseñoreado de los rostros, no menos que la pena. Cuando comenzaron a ser audibles los primeros murmullos, la voz de Nalma se impuso a todos ellos.

–Murió después de dictar esta carta. Señores, ya habéis oído su voluntad. Con vuestro apoyo salvaremos Gargüid. Mañana, todos aquellos que deseen cumplir su palabra, jurarán vasallaje a la nueva monarca del país verde, Nalma Niría.

Por un instante, el silencio fue aún más tenso, pero después alguien comenzó a entonar un himno extraño en una lengua extraña y toda la sala retumbó pronto con sus compases. Aquello era una aceptación.

Solo al término del himno surgió la pregunta que había esperado Origog. Fue Gôlfang quién la formuló.

–Majestad Nalma Niría –tronó su voz imperiosa–, ¿seguiréis el consejo del Alférez Balamó y juraréis vasallaje al Rey de Reyes de la Corona de Sandor, Brim Tarlá?

La reina lo miró sin amedrentarse.

–Juraré. A condición de que mis amazonas sean aceptadas con todos los derechos –hizo una pausa dramática–, como lo serán en Gargüid a partir de ahora –prometió, la cabeza alta; de sobra sabía que los caballeros nunca habían aceptado mujeres en su orden.

Pero antes de que nadie pudiera decir nada, Rolja se adelantó.

–Las amazonas de Karos serán aceptadas como se merecen, como aliados iguales a todos los demás de la Corona, y será un honor combatir junto a ellas.

Después de aquello, pocos se hubieran atrevido a protestar. En todo caso, los que recelaban no expresaron sus objeciones; los tiempos eran difíciles, y la supervivencia de todos estaba en juego.

–Así pues, pronto partiré hacia Sandor –anunció Nalma, la reina Nalma.

A Origog le inundó la alegría; Gara no iba a estar desprotegida.

–Nunca esperé menos de la gran altura de miras de los presentes –intervino Gôlfang–. La guerra está aquí, nos cerca, nos llena de pesar y nos arrebata cuanto amamos. Pero los corazones unidos y dispuestos a vivir y a conservar todo cuanto la tierra significa, han de elevarse aún más para afrontar juntos lo que se avecina. Aunque mis deberes me obligan a partir a otros lugares no menos conflictivos, me voy con la confianza de ver renacer un poder como no se veía en el sur desde hacía siglos. Mi bendición os acompaña, hijos e hijas de Karos.

La emoción que afloró en los rostros, que se propagó cálidamente de mirada en mirada, hizo germinar la esperanza donde poco antes temor y recelo laceraban con sus espinas. Las palabras de Gôlfang, el Qüemyum de Karos, reconfortó y llevó aliento a corazones y labios.

¡Viva la reina Nalma! ¡Viva Gargüid! ¡Viva la Corona de Sandor!

Se aclamó muchas veces, y las puertas se abrieron y la voz corrió de boca en boca, traspasando penumbras y laberintos, llegando al pueblo, aplastando susurros con la fuerza estentórea de la esperanza.

Origog, Gwist y Gôlfang se separaron de los sandoreanos deseándose suerte y un próximo reencuentro. A partir de allí, les acompañaría en su travesía por Gargüid, hasta la frontera o más allá según las circunstancias, Dalamán dil Balamó, conde de Bérilad y segundo hijo de Balamó, así como el primo de la reina y del propio Dalamán, un joven solo un poco mayor que este llamado Amdácad.

La reina los puso a su servicio para cumplir la palabra del conde Balamó de proteger a Gôlfang que, dada la actual coyuntura, no podría cumplir personalmente.

Gôlfang aceptó, un poco a regañadientes, pues en verdad necesitaba un guía que conociera bien los pasos fronterizos, que sin duda debían de haber cambiado en los muchos años que no recorría aquellas tierras; sin embargo, la juventud de los caballeros, y su proverbial intrepidez, por denominar su actitud con un vocablo amable, no terminaban de convencerlo. En todo caso, era decisión de la reina, y no iba a cometer el error de cuestionarla en esta minucia. Iba a necesitar mucho más apoyo y confianza de lo que prometían estos tiempos.

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