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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Origog y Gwist fueron encomendados a las atenciones de un jovencísimo caballero, poco más que un niño, mientras Gôlfang y Rolja se dirigían en compañía de los garguines al Salón de Audiencias. El rey no había regresado. Como el Alférez Balamó temiese, Su majestad Dámjala había salido a enfrentar el avance kérvero desde el este, y de eso hacía ya al menos dos semanas, aunque había mandado diariamente mensajeros, que sin embargo faltaban desde hacía ya tres días. Por eso, la princesa Nalma, regente en el Castillo, había convocado a sus amazonas y ahora trataba de buscar la ayuda de Karos y Sandor.

Así pues, los Iöron fueron tranquila y cortésmente desplazados de la primera línea de acción, y ahora cabalgaban ociosamente por las cercanías del castillo, guiados por Dalamán dil Balamó, señor de Bérilad, segundo hijo del Conde Balamó; joven que encarnaba por su fisonomía y carácter el tipo perfecto de caballero garguín: delgado, rubio, de mirada clara pero austera y, sobre todo, muy joven, apenas quince años, los dos últimos experimentados en combates, desde que velase sus armas en el Templo de Karos y fuese ordenado caballero por su tío el rey.

–Aunque nos hayan apartado de los grandes asuntos, siempre hay pequeños quehaceres que personas de buen ánimo pueden emprender sin demasiado enojo –invitó a los Iöron.

Gwist aceptó de inmediato por los dos.

–Lo que sea por nuestra renovada alianza –aseguró.

El joven Dalamán pareció complacido con la respuesta.

–Confío en que una tarea rutinaria como la que pretendo acometer en su compañía se vea compensada por otros beneficios quizá inesperados –auguró señalando hacia el este, hacia un otero en medio de la llanura que se elevaba a dos millas del castillo–. El Cerro de la Advertencia, desde donde los garguines hemos contemplado nuestro reino durante generaciones y hemos vigilado sus fronteras, pues, en un día claro de verano, puede llegar a contemplarse incluso el mar –explicó y encaminó hacia allí su montura.

Origog lo siguió, no queriendo ver en aquellas palabras una exageración; si bien no era tan impresionante como el Pico Sawor, el paisaje que desvelaría su cumbre debía ser de una belleza inusual.

No tardaron en llegar, sumidos en una conversación amena, y emprendieron la subida por un camino que se estrechaba paulatinamente, hasta hacerse verdaderamente precario. Desembocaron en una especie de redaño terroso, a muchos metros de la cumbre.

–Dejaremos aquí los caballos, si deseáis continuar el ascenso –sugirió Dalamán.

Origog se percató de que en realidad el camino terminaba allí mismo, y en su lugar nacía un angosto sendero de tierra blanca grisácea que subía serpenteando por la pared casi vertical. Ataron los caballos a las ramas de una vieja encina y descansaron un par minutos antes de emprender la escalada.

En aquel momento, sin embargo, Alwarin se soltó y comenzó a alejarse al galope por la ladera; su estancia en el castillo había renovado sus fuerzas, y ahora se desfogaba sin impedimento alguno. Origog intentó seguirlo, pero al comenzar a correr a su encuentro, el animal frenó su carrera y lo miró un instante. El Iöron también se detuvo. Después, Alwarin retomó su carrera, si bien al llegar al llano se limitó a correr en círculo y a hacer cabriolas.

–Volverá cuando nos marchemos, ¿verdad? –apenas había un matiz de duda en la voz de Gwist.

–Volverá –aseguró Origog.

Así pues, continuaron la ascensión por el sendero grisáceo sin descansar ya más hasta alcanzar la cima. En los últimos tramos, las encinas habían dejado paso a arbustos pequeños que rodeaban el cerro como una sola franja, ocultando incluso el sendero y produciéndoles multitud de arañazos en todo el cuerpo. La cima, una planicie circular de unos doscientos metros de diámetro, cubierta por hierbajos secos y amarillentos, conocía la obra del hombre: cuatro sitiales se elevaban en los cuatro puntos cardinales, y cada uno de ellos estaba ocupado por un caballero. Algunos más deambulaban por la planicie, en torno a unas pequeñas edificaciones erigidas en el centro de la misma. Saludaron a Dalamán cuando le reconocieron, y también a los Iöron, con una cortesía que estos devolvieron.

Una vez repuestos del esfuerzo del ascenso, agradecieron la intensidad de la brisa; el viento de Shûgra soplaba con más fuerza que en el llano. Cuando miraron hacia abajo, admitieron que había valido la pena. Las llanuras de Gargüid se extendían ante ellos, salpicadas por cerros, y al final, más lejos de lo que hubieran supuesto, algunas columnas de humo gris se elevaban al cielo.

–Son los castillos de los nobles –informó Dalamán–. Esa fue la causa de que Su Majestad decidiese comenzar la ofensiva en favor del Orden; el ejército del Mal se había acercado demasiado al Castillo Verde.

Ninguno de los Iöron contestó. Se limitaron a mirar las columnas de humo. Poco a poco, Origog se encaminó hacia el otro lado de la explanada para contemplar el castillo. El paisaje era sobrecogedor; el bosque que antes le pareciese enorme aparecía ahora como un verdadero mar verde oscuro, con una pequeña esmeralda engastada cerca de su linde más cercano, al borde de un cuadriculado tablero de ajedrez que conformaban los campos de cultivo. Se esforzó por alcanzar a ver el mar real, la vastedad de agua que se extendía por el oeste y que bañaría también su tierra, pero no lo consiguió; solo nubes grises confundiéndose con la masa del bosque.

Se volvió un tanto desilusionado, pero al mirar al caballero su gesto se heló; Dalamán se hallaba erguido junto a él, con una expresión de terror en el rostro.

–¿Qué os ocurre? –se interesó, quizá en un tono poco tranquilizador. El caballero no se inmutó.

Gwist se acercó al oír el grito, y se plantó al otro lado de Dalamán. Como guiados por una fuerza, ambos Iöron siguieron a un tiempo la mirada del joven. Desde las profundidades del bosque, una luz se acercaba al castillo a una velocidad inusitada.

–¿Qué rayos es eso? –exclamó Gwist, gritando a su vez.

Origog no pudo contestar. La luz seguía aproximándose incesantemente al castillo, pero de pronto desapareció tras un destello enorme que les sobrecogió. El caballero reaccionó entonces.

–¡Es el fantasma! –gritó entonces Gwist, y parecía verdaderamente ilusionado.

Dalamán lo miró con terror.

–¿Lo es? –se interesó Origog, con un extraño nudo en la garganta.

Dalamán le observó unos instantes sin saber qué contestar; era un caballero, un guerrero. Pero era poco más que un niño.

–Eso creo –respondió al fin, tratando de sobreponerse.

Los otros caballeros parecían haber sido ajenos a la visión, de modo que indicó a los Iöron que se sentaran, allí mismo, lejos de las edificaciones, y comenzó a hablar con gesto nervioso. Lo hizo despacio, lo que hacía aumentar, probablemente sin pretenderlo, la tensión.

Les contó la leyenda del difunto rey Malabán, constructor del castillo, según la cual el espíritu del rey regresaría cuando el Castillo Verde estuviese próximo a sucumbir, y que aquella energía, que a veces tomaba cuerpo de luz, se había interpretado como la verdad de la leyenda, ahora que los kérveron se habían acercado tanto.

Aunque no se lo dijo, ellos comprendieron que aquel había sido el verdadero motivo para que el rey hubiese salido a combatir lejos: el miedo.

Origog no le encontró la gracia por ningún lado a aquella leyenda; tal vez Gôlfang supiera más que ningún otro y por eso sonreía. Eso esperaba el mensajero.

–Creo que sería mejor que volviésemos –propuso Gwist, frotándose los entumecidos brazos.

Los otros asintieron. Cuando se levantaron, se dieron cuenta de que el frío y la tensión habían hecho mella en ellos e imitaron los gestos del otro. Aún les quedaba el descenso.

Se acercaron a la edificación para renovar provisiones y despedirse de los caballeros. Un grito desde el sitial del este llenó de agitación la cima. Todos corrieron hacia allí. Cuando llegaron, ya otro caballero volvía corriendo; Dalamán le detuvo.

–Es un Heraldo de Su Majestad –les dijo el caballero, sin apenas detenerse; se dirigió a la edificación y desapareció en ella.

Mientras se acercaban al borde de la planicie y observaban a lo lejos un estandarte verde que portaba un caballero a pleno galope, sucedió algo que Origog no esperaba y que casi lo derriba al suelo: un cuerno, tan potente que todos tuvieron que taparse los oídos, sonó tres veces. Sin duda lo habrían escuchado en el castillo.

Dalamán se lanzó hacia el sendero, incitando a los Iöron a seguirle, y descendieron a una velocidad que sobrepasaba la intrepidez para rozar la temeridad. Apenas unos minutos más tarde se encontraron en el redaño donde habían atado los caballos, y Alwarín ya estaba allí, esperando. Tampoco les frenó la precariedad del camino de la ladera, y cuando llegaron al llano se dirigieron al este para interceptar al Heraldo, que aún se encontraba al menos a un par de kilómetros del cerro. Se notaba que su caballo, un excelente ejemplar, se hallaba agotado. Cuando llegaron a él, Dalamán, sin decir nada, desmontó y le ofreció su propia montura. Sin una palabra, el otro la tomó y reanudó su camino.

Dalamán no montó inmediatamente. A pesar de la tensión que debía sentir en esos momentos, se preocupó primero del caballo, lo calmó, lo acarició, le dio algo de comer e incluso un poco de agua. Solo cuando se hubo cerciorado de que al animal se encontraba en condiciones, lo montó y regresaron al castillo, sin precipitarse.

Comenzaba a irritarse. Aquella espera absurda no hacía sino aumentar su mal humor, aunque no se dio cuenta de que también su acompañante se sentía inquieto. Habían transcurrido dos horas y la princesa Nalma aún no les había recibido. No era propio de quien pretendía granjearse su ayuda tenerlos allí esperando. Y sin ninguna razón, además.

–¡Por todos los habitantes de las Imflömb que mi paciencia se agota! –blasfemó Gôlfang.

El Señor de Dorón le miró sin contestar, y recorrió por enésima vez el pasillo donde esperaba. El mago continuó sentado en el banco acolchado mirando con furia un cuadro de algún antepasado de Dámjala. El único ruido que rompía el silencio y su concentración era el producido por las botas de Rolja al golpear el suelo enlosado.

Aún continuaron de ese modo unos minutos, sin volver a pronunciar palabra alguna, hasta que el conde se presentó con su eterna guardia de dos hombres.

–Señores, la princesa Nalma os recibirá en este instante –anunció–. Si me hacéis el honor de seguirme.

Gôlfang logró controlar las palabras que ascendieron por su garganta; Rolja inclinó la cabeza respetuosamente y siguió al conde. El mago escondió las manos en la túnica antes de sumarse a la comitiva.

El Alférez les introdujo en la Sala de Audiencias. La primera impresión que recibió Gôlfang fue que estaba cambiada; era normal, después de tanto tiempo. Se trataba de la misma estancia rectangular, con los tronos verdes en uno de los lados menores del rectángulo, frente a la puerta, y las columnas incrustadas de esmeraldas siguiendo los dos mayores. Pero en esta ocasión la luz era tenue y no permitía ver con claridad la figura que se sentaba en el Trono de la izquierda.

–Salud, amigos –les recibió una voz femenina–. Me alegra veros de nuevo, venerable Gôlfang.

–Es un honor, Alteza; érais solo una niña cuando nos conocimos.

–De igual modo me agrada teneros con nosotros, Señor de Dorón.

–Os doy las grracias, Alteza, porr vuestrra hospitalidad.

La princesa Nalma se incorporó y se acercó a los tres hombres.

–Podéis retiraos, Balamó –invitó.

El alférez se retiró con una reverencia. La princesa esperó a que se cerrase la puerta.

–Os pido disculpas por la espera, pero el contingente de amazonas ha llegado esta misma mañana y me he visto obligada por los preparativos. Ahora que por fin estamos juntos, os ruego, Venerable, que toméis la palabra sin más formulismos.

Gôlfang la miró antes de hablar. Habían transcurrido muchos años desde la última vez, y los cambios habían sido profundos. Se encontraba ante una dama-guerrera, una poderosa amazona, ya no una niña con gesto arrogante. Decidió apostar fuerte.

–Las noticias que tengo sobre vuestro reino no son demasiado buenas, y quiero saber si mantendréis la palabra de vuestro padre de jurar vasallaje a Su Majestad Brim Tarlá.

La princesa lo observó atentamente, con recelo por primera vez.

–Es mi padre quién mantendrá su palabra.

Gôlfang no quiso proseguir.

–Nada más lejos de mi intención que aventurar desgracias –casi parecía una disculpa.

–Por supuesto –concedió la princesa, pero al mago pareció no gustarle el tono, artificiosamente neutral.

–Las noticias, sin embarrgo, no son halagüeñas, Alteza, y serría imporrtante saberr que Garrgüid respalda a la Corrona sin titubeos, como la Corrona respaldarrá a Garrgüid.

El mago se dio cuenta un poco tarde de que el caballero sí se tomaba aquel asunto como algo personal; había venido con una misión muy clara y ahora veía que podía desvanecerse la seguridad del éxito.

–De nuestrras decisiones, también en los casos inforrtunados, depende la segurridad de muchas perrsonas –añadió el de Dorón.

La princesa lo miró intensamente. Si Gôlfang había esperado ver aflorar en su rostro el despecho o la arrogancia, comprobó con satisfacción que aquella mujer había madurado más de lo que le correspondía. Casi sintió pena por Rolja.

Sin embargo, la respuesta de la princesa no llegó a ser pronunciada. El sonido de un cuerno lejano interrumpió la conversación y acumuló tensión en la estancia. Instintivamente, el caballero llevó su mano a la empuñadura. La princesa habló entonces, y casi se notaba su autocontrol.

–Me veo obligada a suspender la audiencia. Espero que esta nueva demora no sea un impedimento para que disfruten de la hospitalidad del Castillo Verde –añadió, y los dos caballeros de la puerta indicaron al mago y al de Dorón la salida.

Esta vez, Gôlfang apenas pudo contenerse.

Desde la llegada del heraldo, el castillo se había silenciado y había permanecido en un mutismo absoluto esperando las nuevas que la princesa pronto anunciaría. La noche del otoño había caído tan precipitadamente como las hojas de los árboles que alfombraban el bosque. Las dos lunas habían desaparecido simultáneamente tras el Aitan Bâz norteño y el horizonte roturado del sur, y poco después el sol lo hizo por el oeste de la isla Qüenyum. Sin embargo, la única diferencia entre el día y la noche fue la oscuridad que esta trajo consigo. Las herrerías, las panaderías, los puestos de verdura, todo había permanecido cerrado desde media tarde.

Pero, a pesar de toda la excitación oculta tras las paredes, a Origog –y sentía una especie de remordimiento por ello –le importaba más bien poco. En realidad, lo que más le preocupaba del asunto era el retraso que sufrirían los caballeros sandoreanos para llegar a Arodia y recoger al pueblo Iöron. Y a Gara. Trató de cambiar impresiones con Gwist, pero este al parecer sí se interesaba por el resultado de la batalla –y no solo porque la encabezaba el único rey al que no conocía, como dijo cuando Origog le acusó–, y de vez en cuando bajaba al enorme vestíbulo para tratar de averiguar algo sobre las noticias traidas por el mensajero. Origog se fue a la cama y trató de dormir cuando Gwist volvió a bajar. No obstante, sus esfuerzos no tuvieron recompensa. Tan pronto como cerraba los ojos, aparecían ante él los últimos momentos pasados con Gervag. Se sentía traicionado.

Abrió los ojos repentinamente, incorporándose con los brazos temblorosos, y descubrió consternado que las lágrimas habían humedecido el jubón gris, allí donde se representaba el escudo. Se levantó de la cama guiado por un impulso ajeno a él, dejando a su cuerpo actuar por sí mismo, aceptando el dominio de la materia sobre la esencia. No quería pensar. Se derrumbó su moral. Deseó, como nunca jamás había llegado a imaginar, la presencia de su amigo junto a él. Pero bien sabía que solo existía una forma. Todo se había derrumbado a su alrededor y no tenía fuerzas para seguir con un juego en el que solo se sentía un títere.

Pronto se reuniría con Gervag.

Ni siquiera se dio cuenta de que su espada no penetró en su carne. Escuchó un ruido de metal contra piedra. Abrió los ojos. Encontró ante él algo que hasta hacía un segundo no estaba allí, alzándose impasible. La herrumbre no había logrado apagar el verde fosforescente que lo cubría y el yelmo espigado ocultaba fielmente el interior.

La armadura movió un brazo y solo entonces Origog se dio cuenta de que había sido precisamente aquel guante de acero lo que, milagrosamente, le había salvado la vida. No aparecía mella alguna, ni abolladura, allí donde le había golpeado la espada de doble filo, arrebatando y tirando su propia espada al suelo. En aquel momento, ni siquiera sentía gratitud, solo el temor que ya antes, dos veces, había sentido en Gargüid. Y la causa del terror era aquella impenetrable muralla de acero verde.

–Saludos, Iöron, bien hallado sea el hijo del Heraldo –su voz guardaba la añoranza tras atravesar la caverna–. Así se alargue vuestra vida tanto como Alania desee y que solo el Equilibrio domine vuestros actos.

Origog sintió un nudo en la garganta que le impidió pronunciar palabra. La voz de la armadura continuó.

–Hacedme el honor de seguirme, pues es de vital importancia que tengáis conocimiento de conspiraciones viles que harán peligrar vuestra vida.

El nudo se apretó aún más, pero Origog deslizó su miedo en sus palabras.

–¿Quién sois?, ¿qué razón os insta a ayudarme? –se oyó decir.

La armadura avanzó un poco y se giró. Ningún ruido perturbó el silencio.

–En vida fui llamado Malabán. Aunque ese nombre ya no identifica mi esencia. –El Iöron se estremeció. El fantasma–. En cuanto a las razones, son suficientes para levantarme de mi reposo. Venid conmigo al panteón donde se hallan mis restos, solo allí estaremos seguros–. La inflexión de su voz era ahora imperiosa y Origog no preguntó más, si bien no se sentía tranquilo. Deseaba que al menos Gwist llegase en esos momentos.

Se atemorizó más cuando lo vio aparecer por la puerta. El cartógrafo penetró con la cabeza baja en la habitación, pero dio dos precipitados pasos atrás al ver al espectro, mientras desenfundaba su espada.

–Venid vos también, pues también al custodio conciernen mis palabras –fue cuanto dijo Malabán antes de atravesar la pared y la estancia.

Tras intercambiar una mirada, ambos Iöron salieron, por la puerta, en pos del fallecido monarca.

Las escaleras se hicieron más largas y la noche se transmutó en día. Un perro era un hombre y un hombre una multitud que se lanzaba en su persecución por molestar al rey venerado, fundador de la estructura por la que caminaban. Se dirigieron hacia el este siguiendo la muralla y la quietud por la espera de las noticias del mensajero provocaba que cada ruido los sobresaltase, atormentándolos.

Pero al fin llegaron. Su destino era una torre similar a la noroeste, tan pulcra como aquella en el exterior. Mas, al entrar, descubrieron otro mundo. Las arañas habían hecho su hogar muy lejos de los rincones, sin temor, y una gruesa capa de polvo evidenciaba que nadie entraba allí a molestarlas.

El espectro pasó incólume a través de las telarañas, no así los dos Iöron, obligados a abrirse pasa con la espada de Gwist. Por primera vez el rey abrió una puerta, sin duda para que los otros pudieran seguirle, pues tiempo y suciedad habían camuflado todo rastro de madera. El chirrido de los goznes taladró sus cabezas. Bajaron una escalera de caracol, iluminada con teas que se encendieron a su paso. Al fin, el espectro se detuvo. Se hallaban en una sombría sala donde el hedor era insoportable, aunque en un primer momento no pudieron identificar su origen. Después lo vieron. Las paredes presentaban varios nichos excavados, donde reposaban huesos humanos y utensilios de guerra fabricados en metal y madera. En el centro de la cripta, destacaba un promontorio de tierra rodeado de escudos polvorientos. Solo ahora habló Malabán.

–He aquí los restos de un rey flanqueados por los territorios que tanto ansió en vida –señaló el promontorio–. He aquí a sus descendientes. –Miró los nichos y se volvió–. El tiempo ha pasado despacio, esperando, y al fin también yo podré descansar de verdad. –Nuevamente observó los nichos. Incluso a través de la armadura se percibía su anhelo–. El momento de las explicaciones ha llegado. –Silencio…– Mi muerte fue ocasión de catástrofes para mi reino, pues Grishka aún no había vencido al Caos y la ayuda del pueblo garguín era imprescindible entonces. La incertidumbre hizo presa en mis nobles, que no se decidieron a apoyar al Rey de Reyes de la Corona de Sandor y muchos buenos hombres perecieron por culpa de esa incertidumbre provocada por mi muerte. Ahora debo pagar por ello.

–¿Pagar por morir? –Origog apenas se sobrepuso a la impresión.

–La culpa es enorme cuando la muerte es voluntaria –fue la respuesta–. Por ello he impedido que acabéis con vuestra vida.

Solo en ese mismo momento, al escuchar las palabras del rey muerto, Origog fue consciente de la magnitud de lo que había estado a punto de hacer. No podía creerlo. Se estremeció y se quedó sin habla, mirando fijamente a Gwist sin estar completamente seguro de la realidad de lo que estaba viviendo.

–¿Has intentado arrancarte la vida?

–No lo culpéis, pues no era él quien dirigía su espada –y aquellas palabras provocaron idéntica reacción en los oyentes, estupor paralizante–. Vuestro Destino comenzará pronto su andadura, y es duro el final que lo culminará; el enemigo lo sabe, y a partir de ahora tratará de impedir que lleguéis a la meta. Hoy se ha apoderado de vuestro cuerpo –Origog intentó detener las palabras, pedir aclaraciones, pero el rey lo acalló con un gesto–. Ya no podrá hacerlo nunca más.

–¿Qué significa todo esto?

–Mi larga espera solo tenía un objetivo: salvaros a vos. Cuando yo renuncié a la vida para buscar el descanso, fui castigado a vagar hasta poder redimir mi falta. No permitir que vos siguierais mis pasos, hoy y en el futuro. Ya nadie podrá arrebataros nunca el control de vuestro cuerpo. Ahora descansaré, y ahora debéis marchar, con la bendición del Orden.

Origog se sintió abrumado; como otras veces, a su alrededor se intersecaban fuerzas que desconocía, y volvía a sentirse un títere, más que nunca.

–Decidme, ¿cuál es mi papel en todo esto?

–Eso es algo que habréis de descubrir vos mismo. Solo una última advertencia, Origog dil Frig, Soñador de Sentimientos: vuestra arma es el odio, pero no siempre vence quien más destruye.

Con esas últimas palabras, desapareció.

Los dos Iöron permanecieron allí durante un buen rato. Sus miradas solo podían reflejar incomprensión. Salieron despacio de la torre.

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