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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Los dos días cabalgando se notaron incluso en las fuertes monturas de Sandor. Los músculos agarrotados eran buenos síntomas de ello. Las dos aldeas, en las que habían recogido víveres y se habían detenido una hora, no pasaban de ser meras agrupaciones de chozas, seis u ocho a lo sumo, sin facilidades de ningún tipo, y donde residían otras tantas familias, trabajando la tierra del señor. En ellas habían confirmado que los kérveros no se habían dirigido directamente al norte, sino que habían comenzado su ataque desde el este, desde el Boureanaur, de modo que así los caballeros se verían encajonados entre las montañas por el norte, el mar por el oeste, y el otro ejército kérvico por el sur, cuando este avanzase triunfante desde Arodia.

Ellos sabían que aquel plan había quedado desbaratado gracias a Brim Tarlá, pero los rumores de que la guerra ya había comenzado entre garguines y kérveros les hizo apresurarse hacia el Castillo Verde.

De este modo, la columna avanzó por aquel paraje extraño, un páramo cardoso que se extendía en las cuatro direcciones dejando ver a su paso bosquecillos de pinos y encinas, con los cerros solitarios vigilando la planicie como testigos del paso de los siglos.

A lo lejos, sobre la línea del horizonte, los cerros y los bosques, y, ocultos por las negras nubes de tormenta, los picos enormes y blancos de la Cordillera de Anuro, el Aitan Bâz de los Alfens. Imponente, impasible, imperturbable ante los acontecimientos.

Desde el lugar en que se encontraban solo podían divisar los picos más altos, semiocultos entre las nubes, pero por más que avanzaban la cordillera no revelaba más de sí misma; la distancia solo era apariencia, pues más de sesenta millas la separaban del Castillo Verde, y aún faltaba un trecho para que la columna pudiera descansar en este.

Origog miró hacia adelante y, si antes no hubiera contemplado la magnificencia de Ardellén, la visión de Or Lomán le habría impresionado más vivamente. El sol de la mañana, muy bajo a esta hora, iluminaba pálidamente un enorme bosque de pinos, chopos y encinas, en los que algún abedul y altos álamos grises habían logrado abrirse paso. Tan extenso era que no lo contenía una mirada, flanqueado por inmensas tierras de cultivo. Aliranaos mismo era mucho más pequeño. Pero aun cuando el bosque era soberbio, lo que atrajo su mirada fue la edificación que despuntaba un par de cientos de metros antes de llegar a su linde: un armonioso equilibrio de compacidad y ligereza, de muros y almenas sólidas que sostenían torres airosas, y recios contrafuertes que dejaban paso a arbotantes sublimes que alzaban la piedra a las alturas. Y lo más desconcertante de todo era el color verde del conjunto, desde las almenas a las puertas, los tejados, los muros, todo brillaba como una esmeralda sabiamente tallada por un colosal artesano. Solo los estandartes ondeaban bajo las rachas de viento, aportando diversidad de colorido.

No pudo apartar los ojos de allí durante un tiempo, y al parecer los demás experimentaban idéntica emoción; Rolja admiraba con ojos expertos la belleza del castillo.

El caballo del Alférez Balamó relinchó inquieto cuando este apretó sus flancos para avanzar, y se lanzó a un trote corto seguido por sus dos acompañantes. Según había descubierto Origog, se trataba de escribas del rey Dámjala. Gôlfang y Gwist cabalgaron también, y Alwarin fue tras ellos deseoso de lanzarse al galope a pesar de su cansancio. Detrás de ellos, una marabunta de sonidos metálicos indicó que los sandoreanos se ponían en movimiento.

Por el camino flanquedo de abetos que llegaba hasta las puertas del castillo distinguieron a varios caballeros vestidos con armadura verde y lanzas verticales. Debían haber reconocido ya desde lejos al Alférez, pues cuando llegaron a su altura simplemente se detuvieron y lo saludaron con respeto.

–Conde Balamó, vuestro regreso es bienaventurado, y en verdad muy esperado en la corte –saludó un caballero, que tocaba su casco con varias plumas rojas. Los demás las llevaban azules, excepto tres, que mostraban una sola amarilla; estos se acercaron al Alférez hasta cubrir su espalda y sus flancos.

–Escóltenos hasta el castillo, Señor Balamil –solicitó con una sonrisa que se sobrepuso a la inquietud de las palabras de recibimiento.

Los caballeros garguines rodearon por completo a los sandoreanos, y la columna comenzó a avanzar. Los de Rolja no se movieron un palmo.

Gôlfang sonrió irónico y se acercó al Alférez.

–Señor Balamó, nos sentimos honrados por la protección que Gargüid nos brinda, pero ahora Sandor no es solo un invitado, sino un amigo que desea compartir los riesgos que lamentablemente esta tierra pueda correr –insinuó, y lanzó una mirada reprobatoria al Señor Rolja.

El Conde lo miró también y asintió. A una orden suya, los caballeros verdes se reorganizaron en una columna paralela a la de los sandoreanos, y la marcha pudo reanudarse.

Los campos de cultivo recién cosechados aparecían atestados de hombres y mujeres, aunque Origog no estaba seguro de lo que hacían. Los dejaron atrás y enfilaron el camino del castillo. Algunas gotas cayeron sobre sus rostros desprotegidos. Debía haber llovido por la noche, y la ausencia de un calor intenso había conservado el agua en las hojas de los árboles que flanqueaban su itinerario. Aún llovería más.

Origog asistió indiferente a la conversación entre Balamó y Balamil. El Conde llevaba tiempo fuera de su tierra, y el otro trataba de hacerle un resumen de la situación. Se dio cuenta de que algunos de sus gestos eran muy parecidos, y con más atención pudo apreciar la similitud entre ambos. Incluso en el nombre. Supuso que eran padre e hijo. Retiró la mirada, momentáneamente cohibido.

Un rayo de luz incidió sobre un gran círculo esculpido en la muralla, y el apéndice alargado perpendicular a él proyectó su sombra sobre el semicírculo inferior. Era mediodía.

El estruendo del puente levadizo al caer sobre las piedras que lo sustentaban por el lado exterior desvió sus pensamientos, y penetraron en el Castillo Verde.

Tan verdes como sus almenas o sus torres eran sus edificios, sus caballerizas y sus calles empedradas. Era una ciudad pequeña, no tanto como podía serlo Minas de Plata, pero sin comparación con Dianeria. Sin embargo, era una ciudad, no cabía duda.

Una voz imperiosa gritó una orden, y un tremendo chirrido de metal contra piedra indicó que la contrapuerta enrejada volvía a bloquear la salida. Otra orden, y los caballeros se dispersaron por las calles estrechas; un reducido grupo de combatientes bastarían para defender cada calle, estaba seguro, al menos durante un tiempo prudencial que cubriese una hipotética retirada. La ciudadela estaba separada de la muralla un centenar de metros en línea recta, aunque se vieron obligados a callejear bastante más distancia. Entre las últimas edificaciones y la ciudadela propiamente dicha, habían dejado unos veinte metros de espacio libre en los cuatro flancos, pues dibujaba un gran cuadro con un par de entradas por ala, enrevesado en su interior como un laberinto.

Los dos hombres que habían acompañado a Balamó durante el viaje siguieron a los caballeros, y solo Balamil y los tres hombres de la pluma amarilla permanecieron junto al Conde. este se dirigió a la columna de sandoreanos.

–Señor Rolja, el Señor Balamil les acompañará a las caballerizas, y desde allí a la torre noroeste, donde podrán descansar. Mis deseos son verles más tarde –aseguró, y se retiró junto a los hombres que habían permanecido con él.

Balamil les siguió unos instantes con la mirada, y después clavó en Rolja sus ojos grises, tan parecidos a los del conde.

–Es un honor recibirle, Señor de Dorón –saludó el garguín.

El otro correspondió con una ligera inclinación de cabeza.

–Su escudo se honra en mi país como el de un hermano –añadió Balamil.

–El del condado de Lobal es recordado igualmente en Sandorr –reconoció el sandoreano, y ambos estrecharon sus manos enguantadas.

El garguín sonrió ligeramente, rompiendo momentáneamente la impasibilidad que parecía un rasgo identitario de su familia. Seguidamente se dirigió hacia una de las torres que coronaban la ciudadela, alejada un par de cientos de metros. Descabalgaron junto a ella y dejaron los caballos a los mozos.

Balamil se introdujo por una puerta de madera reforzada de metal e invitó a los demás a que lo siguieran. En el piso bajo se hallaba la armería, donde pudieron desprenderse de sus armaduras, y luego ascendieron por unas interminables escaleras espirales que se elevaban durante varios niveles. Origog llegó al final con los músculos tensos.

Durante la ascensión no se habían detenido, pero en cada nivel las escaleras se ensanchaban en un recinto frío por el que alguna vez encontraron doncellas y jóvenes escuderos que les miraron con curiosidad. En verdad, los sandoreanos eran un palmo más altos que cualquier garguín, los cuales, y para acentuar la diferencia, eran increíblemente delgados; más parecían zulfos que hombres.

Levantó la cabeza lo justo para ver a Balamil introducirse por una puerta de madera, seguido por Gôlfang y Gwist. Desembocaron en un pasillo largo y estrecho, al que asomaban varias puertas. Poco después, Origog comprobó que eran sus habitaciones.

Se tumbó en la cama confiando en recuperar las fuerzas perdidas en aquellos días de agobio. En la soledad de aquella habitación fría y austera, recapacitaba sobre aquello que más dolor podía causarle. No supo desviar la atención de aquellos últimos momentos en Minas de Hierro. La increíble farsa del Heraldo, a quien siempre había profesado adoración y respeto. El espectáculo había sido pura crueldad. Pero había sido el único hasta el momento que le había ofrecido algo concreto a lo que asirse, aunque fuera una locura total. Destruir la Piedra Darko, algo que incluso Gôlfang había censurado por insensato, siendo como era el Qüemyum del dios que deseaba aniquilar a las Tinieblas. Origog, en su desesperación, lo había visto como una salida, pero ahora se sorprendía de su arrogancia. ¿Quién era él para que el hijo de un dios le encomendara tal empeño? El hijo de un dios que se había servido de su amistad, de su cariño, de lo que le había ayudado a ser lo que era. El hijo de un dios que, ahora lo recordaba, no había estado junto a su padre llorando a sus hermanos.

Lloró por Gervag. Al menos quiso pensar que era por él.

La segunda mañana llegó presagiando tormenta. La Cordillera de Anuro se veía coronada por los negros nubarrones que desde hacía varios días atravesaban Gargüid, y que finalmente habían conformado una cúpula gris sobre el pequeño territorio. Sin duda pronto aliviarían su carga, y probablemente el río Crial crecería hasta cubrir el puente de madera por el que habían penetrado en Gargüid desde Arodia. Unos días más tarde, y se hubieran visto obligados a buscar una balsa.

Desde que había llegado al país de los garguines, le había causado una impresión que no lograba identificar; era famoso por sus campos verdes y sus caballos, aunque en realidad toda la antigua Corona al oeste del Boureanaur ya lo era por ambos motivos desde tiempos de los Alfens, pero no había visto sino tierras marrones, bosques de hoja perenne y grandes cerros solitarios. “En la primavera el paisaje cambia, y el verde esmeralda estalla con un fragor propio de la victoria“, había asegurado Gwist, pero Origog solo pudo imaginarlo. Jamás había llegado tan al norte con sus mensajes, y jamás llegaría ya con ellos, no para Arodia. Pero ahora su reino tenía amigos poderosos, tal y como había soñado.

Miró por la ventana. Se abría al exterior, y durante la noche había dejado pasar el viento sibilante. Ahora presentaba un cielo encapotado. Desde que llegó al castillo, solo había contemplado ese paisaje gris, y lo cierto era que ya comenzaba a hartarle. Tapices en Ardellén y nubes en Gargüid. No le pareció una comparación muy oportuna, y se lanzó a buscar rasgos ocultos de la antigua hermandad entre ellos. Ambos se dividían en señoríos, algo que no podía asemejarse a las Minas entre las que Arodia repartía su población; amaban a los caballos y tomaban la guerra con demasiada despreocupación, como un deporte de riesgo. Hasta el momento, eso era todo lo que podía decir. Tal vez, si se quedara el tiempo suficiente, podría conocer con más precisión a sus vecinos.

La puerta se abrió, chirriando sobre sus goznes e interrumpiendo las elucubraciones propias del ocio insatisfecho. Gôlfang irrumpió en la estancia. Una sonrisa asomaba a sus labios, y era la primera vez que Origog le veía sonreír desde hacía tiempo.

–Parece que ya hubiésemos ganado la guerra –saludó al mago.

–Falta mucho para eso –respondió en tono jovial–. Simplemente, he recordado una antigua leyenda –volvió a sonreír, esta vez para sí mismo.

El mensajero esperó que continuara, pero al ver que no lo hacía se decidió a preguntar.

–¿Es interesante?

–Una vieja superstición de Gargüid que se extiende con facilidad a los extranjeros –aseguró.

El mensajero decidió seguirle el juego.

–Y nosotros somos extranjeros.

Gôlfang asintió, y por un momento incluso pareció que iba a contestar, pero de repente giró sobre sus talones y caminó hacia el pasillo, hablando a gritos.

–¡Vamos, Origog, el Alférez Balamó nos espera! Deberías acostumbrarte a despertar con el sol.

“¿Con qué sol?”, pensó el Iöron, pero se guardó la pregunta para sí. Salió detrás del mago, que caminaba aprisa. La animaba la actitud de Gôlfang. Le recordaba aún en la popa de la urca de Labarín, derrotado y permitiendo que, primero Desedón y después Aülhoba, les libraran del ataque de la serpiente aérea; Origog estaba seguro de que Gôlfang había pensado que su muerte estaba próxima, pero desde su salida de Arodia había recuperado la iniciativa, y solo la conversación con el Heraldo le había hecho recaer en un mutismo que ahora parecía superar nuevamente. Origog se alegraba de que el mago hubiera recuperado su energía. Sin embargo, intuía que todos aquellos pensamientos no eran sino ensoñaciones, pues ni sabía ni podía saber lo que pasaba por la cabeza del mago. Se concentró en su propia respiración, tan agitada que, si la escalera de caracol no acababa pronto, terminaría bajándola de un modo poco ortodoxo.

Se encontraron con los sandoreanos en el vestíbulo, y con ellos el Alférez Balamó y el Señor Balamil. Gwist apareció tras Rolja y se acercó a Origog.

–Vamos a ser presentados al rey, creo, y es el único al que no conozco de los cuatro que reinan al sur de la Cordillera –informó en un murmullo regocijado.

Origog hizo una mueca.

–Superficial, ¿verdad? –bromeó el cartógrafo.

El Alférez Balamó se mostraba sombrío, y en sus ojos grises se adivinaba una extraña inquietud. Gwist miró a Origog, irónico, algo que el mensajero interpretó como una burla un tanto cruel.

–Estoy seguro de que es por el fantasma –farfulló.

–¿El fantasma? –interrogó, suponiendo otra broma–. ¿Qué fantasma?

El otro contestó tras unos segundos, mirando a Origog como si viniese de otro mundo.

–La leyenda, por supuesto –respondió, como si aquello lo dijera todo.

Origog trató de sonreír aliviado, como si la lógica infantil del cartógrafo no le afectase lo más mínimo. No lo consiguió.

Aún no se había esfumado la inquietud, cuando las campanas del santuario de Karos tocaron a rebato y, como una ola, una energía terriblemente poderosa llenó su ser, paralizándolo. Lo último que vio fue el rostro de Gwist tan absorto como el suyo.

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