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Índice La sombra de la luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

La lluvia cesó, y las lunas se cruzaron en el cielo. El frente nuboso continuó su avance hacia el norte, y quizá se detendría en Gargüid, imposibilitada su progresión por las enormes cadenas montañosas del Aitan-Bâz. El campamento embarrado aparecía casi desierto, y los centinelas, agotados por el frío y la falta de sueño, esperaban que el relevo aliviara su tensión.

–Pero, ¿dónde está?

En la tienda del Capitán Carg se estaba celebrando una reunión de urgencia que mantenía en vilo a varios seres pertenecientes a varias naciones y pueblos. La que había formulado la pregunta era una Orondina que trataba de mantener un aplomo que todos fingían, cada uno por sus propias razones. La pregunta, en aquellos momentos, no tenía contestación, y esa era la razón por la que nadie tomó la iniciativa durante algunos segundos.

–Posiblemente sólo esté reflexionando cerca de su hogar –alegó Teqüe, aunque esa explicación constituía en sí un gran peligro que no merecía la pena hacer explícito.

–Lo único que sabemos es que esta mañana cruzó caminando la frontera del campamento sin atender a las voces de los guardias, y una vez fuera comenzó a correr hacia el sur –aportó Carg, pragmático–. Si mañana no ha regresado, me arriesgaré a enviar una patrulla de búsqueda –concedió. No le apetecía, ni siquiera por Origog, al que estimaba, perder a ninguno de sus hombres.

–¿Mañana? –Gara le increpó por primera vez desde que entrase en la tienda.

Gôlfang intervino.

–No sabemos donde ha ido ni por qué, y conoce las tierras mejor que ninguno de nosotros; ha sido un imprudente, y si finalmente debemos ir a buscarle, y lo haremos sin duda si no aparece, tendrá que cargar con las consecuencias. Créame si le digo que su seguridad me preocupa tanto o más que a usted –concluyó lúgubre.

Gara le lanzó una sonrisa sin humor.

–No sé qué es lo que pretenden de él, pero ya es hora de que lo dejen en paz –la firmeza de su voz no era fingida esta vez.

Gôlfang no respondió, y Tálendir desvió la mirada hacia el suelo. El Capitán Carg no se inmutó.

–Comprendo tu dolor, pero no ha hecho nada que él no haya querido hacer –dijo, casi con dulzura–. En cualquier caso, sería bueno que preparásemos un plan de búsqueda –propuso, y se acercó a su mesa, de donde regresó con un pergamino que desenrolló con cuidado–. No es un mapa muy preciso, dadas las circunstancias.

Gwist intervino por primera vez en la conversación.

–Tal vez yo pueda completarlo, pues en Crítaler tuve la oportunidad de estudiar con detenimiento algunos mapas de la zona diseñados por… –se cortó súbitamente, sonriendo con turbación–. Bien, seguramente serán más precisos que el suyo, Capitán –terminó, y se puso manos a la obra ante las miradas muy diferentes de los demás–. Cuenten conmigo en la patrulla –añadió levantando un momento la cabeza.

Gara contempló cómo el resto se interesaba por la labor del cartógrafo, haciendo preguntas, señalando el material que convendría llevar, y decidió que aquello no era en absoluto lo que esperaba. Ella esperaba a Origog. Abandonó la tienda sin que nadie lo notase y dirigió sus pasos hacia el círculo de colinas que rodeaba Minas Dirok por el sur. Esperaría en la entrada, porque por primera vez no tenía fuerzas para seguir con sus actividades.

Durante bastante tiempo creyó estar sola. Pero cuando giró el rostro hacia la derecha, se dio cuenta de que allí, a sólo un metro de ella, se encontraba la menuda figura de Teqüe, devolviéndole la mirada y transmitiéndole una confianza que le era vital.

La tarde transcurrió lenta, y la noche cayó demasiado pronto para esta época. Esperaban cerca de los límites del campamento la aparición de Origog, y uno a uno fueron perdiendo los nervios ante su tardanza. Se habían ido reuniendo allí, e incluso para el Alfen, que miraba el tiempo como a un amigo, la espera se hizo angustiosa.

La noche cerrada vio clausurada la luz de las Constelaciones por una nueva masa de nubes, lo que permitió que una multitud de sombras se acercaran arrastrándose sin ser vistas. Fue una suerte que la grava rasgara el metal en un momento dado, pues sólo eso bastó para los oídos alertas, e impidió que la marabunta del Caos terminara lo que había comenzado meses atrás.

Los gritos de alerta estremecieron la quietud nocturna, y todos y cada uno de los defensores se dispusieron a repeler el ataque.

En la oscuridad más negra, los kérveros y los lobos trataron de aprovechar su ventaja, y con sus ojos iridiscentes por guía aullaron seguros de su triunfo.

Mas no les sería fácil conseguirlo. Los zulfos se levantaron y se prepararon para ver en los corazones negros, hacia donde dirigieron sus dardos mortíferos, y los mineros, acostumbrados a la penumbra de sus minas y desesperados por tantos días de tensión acumulada, corrieron hacia el invasor armados con sus picos y su coraje.

Durante una hora la muerte campeó en el lugar, pero cuando el conductor de la manada pereció atravesado por varias flechas arodinas, los esbirros del mal se retiraron, permitiendo que la paz reinase de nuevo en el campamento.

–Volverán, y serán más –había dicho Gôlfang antes de que todos regresaran a descansar por un tiempo incierto.

Y aunque nadie lo mencionó, todos temieron por la suerte de Origog.

Esto era volar. La impresión de vacío que sentía por dentro era lo más maravilloso que Origog había sentido nunca. El caballo saltaba de roca en roca sin necesidad de guía, y él sólo tenía que aferrarse fuertemente a su cuello. No podía calcular el tiempo que duraba esa sensación, ni tampoco la distancia recorrida, y no lograba comprender cómo podían guiarse los caballeros bajo un cielo cuyos astros se hallaban ocultos tras las nubes. La sensación de monotonía que tantas veces le afligiese al observar la estepa de Sandor daba paso a una experiencia maravillosa.

La masa nubosa siguió la senda que el viento trazaba hacia el norte, y les dejó un espléndido mediodía, justo en el instante en que los jinetes llegaban al punto donde los caballeros habían vencido el día anterior a kérveros y lobos.

Esta vez había más.

Alrededor de un centenar de licántropos se movían despacio, lanzando improperios y miradas de desprecio al sol y a las lunas. Con grandes esfuerzos apilaban todos los cuerpos en un montón caótico, mientras dos de ellos gritaban con voces absurdas y roncas plegarias a sus dioses.

Los caballeros, seguros de que no les habían visto, desmontaron para observar sin ser descubiertos, aprovechando la parcial ceguera diurna de sus enemigos.

Origog no dejó de apreciar la ironía al contemplar aquel montón de cadáveres, pues recibían el mismo trato que el que les habían dispensado sus enemigos unos meses atrás, en Aotolin´n: con grandes teas, los sacerdotes negros unieron el fuego a la pira, y los muertos comenzaron a arder.

–¡Alejémonos de aquí! –siseó instintivamente.

Los caballeros no movieron un músculo.

–¿Huirr? –interrogó Rolja, escandalizado por la propuesta.

Origog le miró con desesperación.

–Huir, sí, pero no de los vivos, sino de los muertos; el hedor de la carne kérvica quemada es el más nauseabundo que he olido jamás; uno puede desmayarse antes de darse cuenta.

El caballero vaciló unos instantes, durante los cuales Origog temió que sacase la espada y cargase contra los kérveros haciendo caso omiso de sus consejos, pero al final el Señor de Dorón optó por tomar en cuenta sus palabras. Recogió su lanza y ordenó dar un rodeo en el mismo instante en que el humo se elevaba por encima de sus cabezas. Ni que decir tiene que el mensajero suspiró claramente aliviado.

Durante aquel día pasado en compañía de los sandoreanos, se había enterado de cosas que Gwist no podía saber. Brim Tarlá no había permanecido inactivo frente a las noticias del cartógrafo, como los Orondos pensaban, sino que, tras descubrir que Luobo separaba su ejército en dos, y mandaba una columna al sur para asaltar Arodia por la retaguardia, había movilizado a sus tropas, las cuales habían emprendido continuos ataques contra los grupos de kérveros, causando tan grandes bajas entre las filas de éstos, que no habían podido organizarse en una verdadero contingente unificado para lanzarse a un ataque eficaz sobre Arodia; una prueba de su efectividad se la dio la batalla del Pico Sawor, emprendida y terminada por el mismo Rolja. Aún existía peligro, no obstante, y ese era el motivo por el cual Brim Tarlá ofrecía a los Orondos se protección o su ayuda. Juntos, conseguirían acabar con los supervivientes, y Luobo aún no sospecharía de la existencia de la Corona de Sandor hasta que pudiera enterarse con todas las consecuencias.

Durante aproximadamente una milla, no sabría decirlo con exactitud, cabalgaron hacia el oeste, y después, cuando el humo era denso muy arriba, sus pasos se encaminaron de nuevo hacia el norte.

Cruzaron las tierras llanas que separan Sandor de Arodia, y que en un tiempo fueron montañas. Ahora eran poco menos que colinas, tan bajas que hubieran pasado desapercibidas en un terreno menos dañado por los dioses. Las Montañas Menguantes, las llamaron los Orondos.

–Ahorra tú erres el guía –comentó Rolja–. Ninguno de nosotros nos hemos aventurrado nunca a entrarr en Arrodia, ni siquiera en son de paz.

–Adelante, pues –invitó el mensajero, y se colocó al frente de la pequeña patrulla.

Conocía bien el terreno, aunque no así su caballo, pero como era mucho mejor que el que acababan de cruzar, no se vieron obligados a disminuir el ritmo. Los caballeros, detrás, marchaban con las lanzas verticales.

Después de una hora de marcha, una columna de humo negro les desconcertó. Se levantaba ante su vista, en el norte, y se vieron obligados a detener su marcha.

–Estoy seguro de no haberr cabalgado en círrculo –musitó Rolja.

–No lo hemos hecho –confirmó el mensajero visiblemente alterado– El humo proviene de Minas Dirok –añadió sombriamente, y lanzó su caballo al galope.

Los caballeros bajaron las viseras de sus yelmos, y le acompañaron con los escudos seguros en sus hombros.

Las rocas poseían aquí una capa protectora de tierra en la que crecían hierbas ralas y secas, y el galope de los caballos fue aún más rápido que en la estepa –ahora guiaba Origog al caballo, y no viceversa–, pero no tan emocionante. Al cabo, casi habían llegado al semicírculo montañoso de Minas Dirok, y pudo observar que el humo se levantaba más allá del lado norte, lo cual era una esperanza. Sin embargo, aunque le hubiera gustado, Origog no se engañaba respecto al origen de aquella columna de humo. Todo lo que se le pasaba por la mente en aquel instante era Gara; no podía perderla ahora, no cuando de nuevo estaba junto a ella, y el futuro podía volver a vislumbrarse, y era alentador.

Rodearon las colinas hasta tener a la vista la entrada este de Minas Dirok. No se veía ningún guardia, lo que comenzó a inquietarle. Estaba a punto de lanzar a su caballo en un apremiante galope cuando una flecha se clavó en el suelo justo frente a él.

–¡Alto en nombre de Sírom! –ordenó una voz–. ¡Suelten las armas y desmonten!

La voz provenía de la tierra, y el mensajero obedeció rápido y sin protestar. Sin embargo, y ante su asombro, los caballeros se mantuvieron impávidos. Lentamente, se ajustaron los escudos y bajaron las lanzas.

En verdad Origog no comprendía a qué pretendían atacar, pues por pura lógica no podían cargar contra el suelo. Al parecer, los cuatro lo comprendieron con resignación, pero, así y todo, se limitaron a volver las lanzas a la posición vertical. Estaba claro que no se rendirían sin lucha.

–Ya está bien –intercedió una voz grave y conocida.

La vegetación se levantó por tres lugares distintos y descubrió tres puertas izadas del suelo por tres personas diferentes, las dos primeras dos arqueros Orondos y la tercera el propio Qüemyum de Karos.

–¡Gôlfang! –la repentina aparición del mago, completamente inesperada, sirvió a la vez para aumentar el misterio de lo que estuviese sucediendo allí y para tranquilizarle por la suerte de su pueblo.

El mago saludó lacónicamente, con gesto huraño, y luego se dirigió a los caballeros.

–Rolja val Armit –saludó–. Esperaba pronto emisarios de Ardellén, sois bien recibido.

El caballero asintió con cierta satisfacción antes de responder.

–Venerable Projia, os saludo. Su Majestad Brim Tarlá me ha pedido que os escolte hasta Ardellén, y os suplica que no le neguéis consejo y bendición en estos tiempos difíciles –expuso con calma.

El mago dejó escapar una sonrisa ambigua.

–Os acompañaré, caballero, pero antes hay algunas cosas que terminar por aquí. Minas Dirok os ofrece su hospitalidad si deseáis descansar y esperar allí el viaje de retorno –invitó, y todos se pudieron en marcha.

Los dos arqueros regresaron a sus túneles –en el que ocupaba Gôlfang pudieron ver también movimiento–, desde los cuales podrían escuchar el avance de los enemigos desde cientos de metros; sin duda pronto se desencadenaría el próximo ataque que había vaticinado Gôlfang.

La pregunta de Origog fue respondida por el distante mago mientras atravesaban el campamento.

–Esta noche fuimos atacados por un centenar de kérveros y lobos, aunque pienso que no se trataba más que de una patrulla de reconocimiento que se dejó llevar por el momento y se precipitó al atacarnos. Sus cuerpos arden ahora al otro lado de Minas Dirok, donde el viento del Cinturón llevará lejos su hedor.

Origog sonrió al recordar que Gôlfang también había estado en Aotolin´n; ni siquiera un Qüemyum podía olvidar aquel hedor insoportable.

Se dirigieron a la tienda zúlfica donde habitaba el mago, que no permitió que Origog se separara de ellos.

–Más tarde habrá tiempo de encuentros –cortó la intención del mensajero de ir en pos de Gara.

–Ahora es el tiempo –repuso el otro con convicción.

El mago le miró casi con desprecio.

–Será mejor que tengas entonces una buena excusa que justifique tu comportamiento, el disgusto y el hecho de que varias personas estuvieran dispuestas a arriesgar su seguridad y sus vidas para ir a buscarte –añadió con sequedad.

El mensajero no dijo una palabra y siguió en silencio a los caballeros. Trataba de buscar las palabras adecuadas, y tal vez no las hubiera. Todo lo que se le ocurría se le antojaba un chantaje.

Una vez en la tienda, Gôlfang y los sandoreanos discutieron largamente sobre la inminente guerra contra los kérveros, así como del hecho de que esa misma mañana hubieran visto sacerdotes tanto de Maras Dokk como de Korba en la estepa incinerando a los caídos el día anterior.

–¿Cuál es la situación de la columna kérvica del sur? –interrogó el mago.

Rolja meditó un instante.

–Creo que un ataque masivo no es inminente, y que aún habrrán de crruzar el Bourreanaurr grrandes contingentes, si quierren acabarr con Arrodia y los garrguines de un solo golpe, ahorra que ya no está el drragón; la columna surr está más que diezmada, y supongo que habrrán empezado a pensarr que algo extrraño sucede, aunque no creo que piensen en la magnitud de Sandorr; más bien se centrarrán en un resurrgimiento momentáneo del condado de Dorrón, pienso; así y todo, es el momento de que volvamos a mostrarnos como lo que fuimos –aventuró.

El mago no dijo nada.

–Sugierro, Venerable, que partamos a Arrdellén cuando antes… –comenzó, pero el mago intervino con energía.

–Ahora mismo, si no está usted demasiado cansado –ordenó.

El caballero carraspeó sin poder evitarlo.

–Naturralmente, Venerable –concedió, antes de añadir–: sin embarrgo, debo completarr mi misión, pues tengo orrdenes de extender la invitación al Capitán Carrg de los Orondos parra que nos acompañe.

Gôlfang, para sorpresa del caballero, asintió un par de veces.

–Ve a buscarle, por favor –ordenó a Origog, sin más explicaciones.

El mensajero estuvo a punto de protestar, pero se dio cuenta de que era su oportunidad de escapar del mago; no le había dicho que volviera, y por lo tanto, una vez informado Carg, tenía vía libre para irse a buscar a Gara, aunque lo único que tuviese que decirle fuese suplicar su perdón.

Teqüe la había sacado de la refriega antes aún de que ésta comenzase, y no se había separado de ella desde entonces. Si hasta ese momento la esperanza de ver regresar a Origog había ido disminuyendo con cada hora de luz debilitada, la noche sólo trajo desesperación. Teqüe se vio obligado a utilizar todo su poder de persuasión para convencer a Gôlfang de que permaneciera en el campamento, una vez derrotados los kérveros, pues el anciano mago quería adentrarse de inmediato en la estepa de Sandor, tras prohibir terminantemente que Gara le siguiera, y los tres se habían embarcado en una violenta discusión que sólo la pericia del zulfo había conseguido resolver. Gara no había comprendido la mayoría de las razones que ambos exponían, y tardó en entender que el nombre que utilizaban a menudo, Soñador de Sentimientos, se refería a Origog. Intervino enfadada, casi insultando al mago, para defender a Origog de las maquinaciones de aquel, y entonces Gôlfang la miró como si no existiera, y comenzó a utilizar un lenguaje que Gara no entendía, y que en realidad no podía entender. Por eso no supo cuales fueron las razones finales que decidieron al mago a permanecer en Minas Dirok, pero no pudo agradecérselo del todo a Teqüe, pues, dadas las circunstancias, aquélla era la única oportunidad real de que alguien saliera a buscarlo.

–Conoce mejor que nadie este lugar, y tiene demasiada experiencia –le había dicho Teqüe, tratando de consolarla, pero entonces ella le contó lo que había sucedido por la mañana, cómo se sentía culpable por haberle alejado cuando él había venido a ella desprevenido, y el zulfo la miró preocupado, una preocupación que Gara no alcanzó a percibir en toda su profundidad, y sólo añadió–: Volverá a ti.

Después de aquello había tratado de dormir.

La mañana la encontró reincorporada a las tareas diarias, y el propio Capitán Carg había entrado en su tienda para comunicarle que de momento era inviable mandar una patrulla, pero que, ya sabía, él apreciaba a Origog, y se encargaría de hacerlo tan pronto como la prudencia lo aconsejase. Ella lo comprendió, tanto como podía comprenderlo, y continuó con su trabajo deseando que Origog estuviera allí y los dos se marcharan a algún lugar lejos de todo y de todos.

Cuando, a media tarde, Teqüe vino a decirle que Origog había regresado, se quedó paralizada. Varias emociones, el alivio, la alegría, el triunfo, se mezclaron con ese amor más profundo que lo dominada todo, y rompió de nuevo a llorar.

Pero el zulfo sólo pudo consolarla, y la retuvo allí antes de poder seguir hablando.

–Origog está bien, me pidió que te dijera que te quiere; pero Gôlfang ha tenido que llevárselo de nuevo hacia al sur, sólo por dos días; no les pasará nada –añadió convencido, y entonces comenzó a hablarle de Ardellén, y de Brim Tarlá, pero la orondina le lanzó una mirada en la que se había instalado un repentino vacío.

–Origog no tiene posibilidades.

Y Teqüe enmudeció, porque no podía desmentirlo, y él miraba mucho más allá de donde Gara llegaría nunca.

Le anunció un arquero, y el mismo Carg salió a recibirlo a la puerta.

–Me alegro de encontrarle sano y salvo –fue su recibimiento, y estrechó su mano afectuosamente–. Confío en que tendrá una buena razón para hacer lo que ha hecho –añadió, recuperada la disciplina.

Origog no la tenía, al menos no de forma oficial, de modo que se limitó a agradecerle su preocupación, y a comunicarle el mensaje de Gôlfang con toda la calma que le permitía su deseo de correr precipitadamente hacia Gara.

–El Qüemyum Gôlfang solicita que se reúna con él en su tienda, donde ya se encuentran los emisarios de Su Majestad Brim Tarlá de Sandor, con los que acabo de llegar –dijo, y se cuadró.

El Capitán sólo pareció sorprendido un momento.

–De acuerdo –accedió tras una imperceptible vacilación–. Acompáñeme –ordenó.

Origog lo miró con expresión desamparada. Sin embargo, el Capitán se mostró inflexible. De modo que ambos cruzaron los treinta metros que separaban ambas tiendas, y entraron sin aviso. El mensajero observó que, en su ausencia, Teqüe se les había unido, y ahora permanecía al lado de Gôlfang, objeto de las miradas embelesadas de los cuatro sandoreanos. Origog no tardó en comprender el porqué: aunque para él sólo era Teqüe, para aquellos caballeros era mucho más, un personaje de sus cuentos infantiles, de sus fantasías más remotas; la antítesis de la oscuridad del Pico Sawor, del dragón allí recluido, de los kérveros que desde Thrasgok llegaban para matar. Los Alfens eran la Luz, la Verdad y la Vida, y ahora tenían frente a sí a uno que encarnaba como nadie aquellos epítetos que habían sido emblema de su raza por miles de años.

El Capitán rompió la magia con su brusquedad.

–Bienvenidos, caballeros, soy el Capitán Carg, de Arodia, oficial al mando del campamento.

Rolja le miró casi con desgana, pero inmediatamente se aplicó a la misión que le había encomendado su señor.

–Mi nombrre es Rolja val Arrmit, Señorr de Dorrón, y vengo como emisario de Su Majestad Brim Tarlá, Rey de Reyes de la Corrona de Sandorr; os traigo una invitación para que acudáis al castillo de Arrdellén en cuanto vuestras ocupaciones os lo perrmitan, pues Su Majestad desea reiterar al pueblo Orrondo su amistad y protección –hizo una breve reverencia y esperó la respuesta del otro.

–El campamento de Minas Dirok os ofrece su hospitalidad, caballeros de Sandor, y desea mostrar al rey Brim Tarlá el agradecimiento debido a sus palabras y su amistad, pero temo que, de momento, no será posible que abandone mis obligaciones para acompañaros –manifestó, y consiguió decirlo con una frialdad completa.

Gôlfang clavó su mirada directamente en el Orondo.

–No sólo son palabras lo que ha utilizado Su Majestad Brim Tarlá en ayuda de los Orondos; si recordáis las palabras de Tálendir, aquí presente, el ejército kérvico se dividió en dos antes de penetrar en Arodia, y una columna se dirigió hacia el sur; esa columna, que pretendía atacar la retaguardia de Arodia y unirse a la primera para asolar Gargüid, ya no existe, gracias a los caballeros del rey de Sandor –explicó con impaciencia. Luego, no menos enérgico, añadió–. En cuanto a sus obligaciones, la más importante ahora es fortalecer las alianzas con quien pueda protegerles en el futuro, por lo que le sugiero que acepte la invitación de Su Majestad Brim Tarlá, y sin más dilación; creo que Tálendir y los zulfos podrán dirigir la defensa en caso de que otro grupito de kérveros enloquecidos se atreva a atacar el campamento, algo que, de momento, me parece improbable, después de las noticias que nos ha traído el Señor Rolja –concluyó, y miró al Capitán como si ninguna objeción fuese posible.

El Capitán no se dejó amedrentar por aquella mirada. Sus intereses se encontraban a años luz de los de un Qüemyum, y se centraban en su pueblo, pueblo que, estaba seguro, para Gôlfang era prescindible si se trataba de conseguir sus fines; pero Tálendir, Teqüe, parecía confiar en él, y había asentido imperceptiblemente cuando el mago le había encargado indirectamente la protección del campamento. Por otro lado, las palabras de Gôlfang eran ciertas, y debía afianzar la amistad con quien podría proteger a su pueblo en el futuro; a pesar de sus recelos, confiaba en la veracidad de la historia que acababa de contarles acerca de la acción de Sandor sobre la columna del sur, pues de ese modo todo encajaba: la columna norte había diezmado Arodia y se había dirigido a Gargüid para comenzar el asedio mientras la columna sur debía subir por la retaguardia y terminar el trabajo, uniéndose las dos en Gargüid para asestar el golpe definitivo. Esto le hacía concebir esperanzas sobre algo que le había inquietado todos aquellos días: tal vez Borg y sus hombres aún estuvieran a salvo, si no habían sido tan osados como para atacar a los kérveros y les habían dejado continuar su camino hacia el norte.

Miró un momento a Gôlfang antes de dirigirse a Rolja val Armit.

–Caballero, os acompañaré a Ardellén, pero debéis comprometer vuestra palabra para asegurarme que dentro de dos días habré regresado –ofreció.

Rolja vaciló unos segundos.

–Eso, Capitán, no es decisión mía –se disculpó.

Gôlfang intervino con una seguridad que molestó a los caballeros.

–Yo comprometo la mía a que estará aquí antes del tercer ocaso a partir de ahora mismo, si ese es su deseo.

El ritmo era mucho más lento que el que habían traído desde Ardellén, y esto se debía fundamentalmente a dos razones: los caballos de Arodia no conocían el camino, y la noche se acercaba inexorablemente. Los caballeros temían no llegar a los llanos antes de la completa oscuridad y trataban de incrementar el ritmo, pero los Orondos temían que sus caballos tropezaran, y así el viaje se hizo largo y pesado y, por supuesto, aburrido. El caballo de Origog, perteneciente a las caballerizas de Ardellén, se sentía inquieto por no poder galopar y saltar por aquella tierra conocida, como siempre había hecho.

Gôlfang había insistido en que el mensajero les acompañase, sin darle tiempo siquiera para ver a Gara, pero Origog había conseguido estar un momento a solas con Teqüe, y le había pedido que la acompañase y que le dijera que la amaba; no hubo tiempo para más. Ahora llevaban cinco horas cabalgando, y seguramente faltaban dos más para llegar al bosque, aun cuando el sol comenzaba a declinar por el oeste.

Mucho más tarde, cercados por las sombras, los caballeros hicieron sonar sus cuernos largamente, y poco después les respondieron sonidos similares, y más tarde vieron acercarse una columna de luces que a partir de entonces les guió. Se internaron entre los árboles, y pudieron observar multitudes de soldados, leñadores e incluso pastores de cerdos entre las encinas, así como labriegos que volvían de sus alodios situados al noroeste del castillo. Aquello parecían los alrededores de una ciudad zúlfica más que humana.

Los campos de cultivo comunales se abrían ante ellos a ambos lados del camino, llegando hasta el pie mismo de la muralla exterior. Cruzaron ésta por el portón bien iluminado. Las chozas de los siervos se apiñaban en un conglomerado de madera y paja. Cruzaron el foso sobre la puerta levadiza de la primera muralla, y desembocaron en el patio de armas.

Un hombre bastante obeso salió a recibirles; saludó a Rolja con alegría, y se dirigió al resto de los invitados.

–Mañana temprano se celebrará la audiencia con Su Majestad; soy el Conde Prejat de Barjar, y estoy a su disposición. Les acompañarré a sus habitaciones, si desean descansar; allí les será servida la cena –ofreció.

Se introdujeron por una de las murallas interiores que llegaban desde los flancos de la primera hasta la Torre del Homenaje, separando el patio en varios compartimentos. Desembocaron en otro patio también cercado por murallas almenadas, si bien en éste crecía un césped bien cuidado y bordeado por una valla de madera pintada de vivos colores. Adosados a las murallas, surgían pequeños edificios de todo tipo, desde diversos talleres, herrerías, tabernas o humildes viviendas, a unas caballerizas de dimensiones considerables; hacia allí se dirigieron en primer término.

Dejaron los caballos al cuidado de los mozos, y Prejat, tras despedirse de Rolja y sus caballeros, que se perdieron al otro lado del patio, les acompañó hasta un edificio de tres pisos, compacto y sin apenas ventanas.

–Es la torre de invitados –comentó–. Yo me alojaré aquí con ustedes, para lo que puedan necesitar durrante la noche, y mañana les acompañaré junto a Su Majestad. Mañana conocerán también al resto de invitados.

Les abandonó en el segundo piso, en habitaciones consecutivas, y allí les sirvieron la cena. La habitación de Origog no era tan grande ni lujosa como la que había ocupado en la Torre del Homenaje, pero también estaba decorada a base de los inevitables tapices.

Apagó las velas y se acostó en el lecho, permitiendo que el recuerdo de Gara le embriagase por completo antes de quedar profundamente dormido.

Despertó. Aún era medianoche, a juzgar por la escasa luz que se colaba por la tronera, y bostezó abriendo mucho la boca y estirando los brazos. Sintió alivio en todos sus músculos, a pesar de que los hombros y el pecho le molestaban un poco.

–Me alegra que no tengas sueño –dijo alguien, y Origog se ruborizó hasta la barriga, antes de molestarse y asustarse.

–Gôlfang –reconoció al cabo.

–Su Majestad Brim Tarlá me ha llamado, y quiero que me acompañes –señaló.

El mensajero se levantó quizá un poco apresurado, y se vistió enseguida. Gôlfang le tendió un jubón.

–Ponte esto –ordenó. Origog obedeció. El jubón era gris, y en el centro llevaba bordado el escudo de Arodia.

Siguió al mago, que ya salía por la puerta.

Caminó con paso firme, y dobló cada esquina con una seguridad que Origog no tardó en identificar como anormal. Se preguntó qué otros pequeños y grandes secretos conocería el mago, y este pensamiento le llevó a imaginar la vastedad de la sabiduría y el poder del hombre que le acompañaba. Trató de desterrar estos pensamientos, producto del sueño que le hacía divagar a aquellas horas de la noche.

No se cruzaron con ningún caballero, aunque Origog temía tropezar con los de la guardia personal del Rey. No por infundado su temor se atenuaba. A pesar de sus recelos, llegaron sin ningún contratiempo a la Sala del Trono. Las grandes puertas ni siquiera estaban custodiadas.

La impresión de insignificancia volvió a embargarle cuando penetró en el recinto, pero cuando dirigió la vista a Gôlfang descubrió que éste ya se encontraba cerca de la bruma que envolvía el sitial del rey.

–Adelante, Origog –apremió el mago–, no te retrases o corres el riesgo de perderte en este lugar –ironizó.

Rota en parte la magia, el mensajero se acercó con pasos breves y cortos. Comenzó a arrodillarse.

–No te inclines –ordenó Gôlfang con seguridad, y sus palabras le dejaron atónito. En el rostro del rey se dibujó una sonrisa.

–Saludos, Projia, sabio y venerable mago; que los dioses te sonrían muchos años aún.

–Saludos, Majestad, que vuestro discernimiento sea justo durante toda vuestra vida ––respondió, y ambos comenzaron a reír pausadamente, como si compartiesen una broma antigua.

El Rey descendió las escaleras despacio, y Origog pudo observar que algunas arrugas surcaban su rostro, a pesar de lo cual su aspecto era fuerte, de modo que no supo calcular su edad, pero desde luego sus apreciaciones no se acercaban a lo que decían de él. Cuando al fin se puso a su nivel, sobrepasaba al mago en una cabeza. Ambos se estrecharon en un abrazo y sonrieron.

–Me alegra que Granshall no pudiera contigo –se congratuló el Rey–. Lamento la muerte de Zôrdon –añadió, sujetando al mago por los hombros.

–Sánedri pagará por ello –murmuró Gôlfang, pero la sombra de dolor pasó deprisa. Cuando al fin habló, lo hizo para continuar con las chanzas–. Veo que aún sigues tratando a todos los demás como a tus siervos –dijo mientras abarcaba el entorno con un gesto de las manos.

–La disciplina y el misterio son dos cosas que atraen a la buena gente, y eso es algo que no ha cambiado en mil años. Yo me valgo de ellas; soy un rey, y debo mantener mi puesto para alcanzar mi destino.

–¡Tu destino! Ya lo alcanzaste en su día –sarcastizó el mago.

–No del todo, aunque ignoro por qué. ¿Qué tal llevas el tuyo? –devolvió el sarcasmo.

Gôlfang le taladró con la mirada.

Origog les miraba a ambos sin comprender nada de lo que sucedía, si bien era consciente de estar junto a dos personajes excepcionales. Gôlfang, al que apreciaba, era el representante viviente de un dios, y presentía que el gigante que se ceñía la corona era algo más que un rey con pretensiones de recuperar la gloria perdida de sus antepasados.

–Tras esta feliz efusión entre viejos amigos, deseo presentarte a alguien –y el mago le pasó el brazo por los hombros y le hizo avanzar un paso en un gesto inesperado.

–Origog dil Frig –saludó Brim Tarlá con una mirada larga y cálida.

El semblante de Gôlfang era extraño, reflejando satisfacción y, lo que sorprendió aún más a Origog, expectación. Aún conservaba ese aura cuando se dirigió al mensajero.

–Origog dil Frig, te presento a Grishka, el Equilibrador.

Y el Orondo aún esperó unos instantes a que el otro desmintiera sus palabras como una broma más. Pero cuando se dio cuenta de que no iba a hacerlo, dio dos involuntarios pasos hacia atrás, sus piernas se aflojaron, y se arrodilló sin pretenderlo. El tiempo de Grishka, tan recordado y tan anhelado.

Gôlfang no pudo contener su enojo mientras la risa mal contenida de Grishka alocaba sus trenzas.

–Te dije que no te arrodillaras –reprendió al tiempo que izaba al atemorizado mensajero–. Y a ti debería darte vergüenza.

Se sintió como una marioneta disputada por dos niños que sólo la manejaban para fastidiarse entre sí.

Sin embargo, cuando volvió a mirar al Rey, se sintió repentinamente distinto. No tardó en percibir que el aspecto de Brim Tarlá había cambiado, e instintivamente supo que él tampoco era él mismo en aquel momento. Al mantener la mirada de Grishka, se asomó a una oscuridad sin cálculo, a un lugar sin espacio ni tiempo, sin métodos ni perspectiva, pero contempló aquel ámbito como increíblemente familiar, sin vértigo ni rechazo. En él podía distanciarse no sólo de sus problemas cotidianos, sino incluso de su cuerpo, contemplarse con una objetividad que le sobrecogió, y ver al otro como lo que en verdad era: un instrumento del Equilibrio que había atravesado un milenio para cumplir un Destino que era sólo una probabilidad. Al mirarse en ese espejo trató de profundizar en lo que él mismo era, en ese Soñador de Sentimientos en que se había convertido, pero le faltaban elementos de juicio; la experiencia de Grishka no era la suya. Ni métodos ni perspectiva.

Se dio cuenta de que todo aquello había sucedido en una fracción ínfima de tiempo y, ya vuelto a sus limitaciones, se sintió aterrado por la experiencia. Dio un nuevo paso atrás, huyendo de aquel hombre que tenía ante sí y que carecía de alma.

Gôlfang le sujetó por los hombros, reteniéndole.

Origog respiró profundamente, y escuchó la voz del mago en un susurro que le invitaba a un sueño reparador que aceptó paulatinamente hasta que no supo nada más.

Despertó en la Sala del Trono de Ardellén, flanqueado por las figuras de Gôlfang y del rey gigante, y tumbado sobre la capa de piel negra de éste. Todo le daba vueltas, y no recordaba nada desde que atravesó la puerta.

–¿Qué ha sucedido?

–Hablábamos, y te presenté a Grishka –Gôlfang señaló al Rey con dejadez–. Tú te desmayaste.

Ya recordaba. Se puso rojo.

–Los dioses os acompañen, Majestad –apuntó apenas, sin palabras ni ideas que aportar ante aquella presencia.

El Rey sonrió complacido.

–También a ti, Origog dil Frig –pareó.

Gôlfang intervino con seriedad.

–Una vez me preguntaste quién era el Soñador de Sentimientos, qué significaba, y yo no supe contestarte –el mago había fijado su mirada sobre el Orondo, y éste la mantuvo con toda su voluntad–. Ahora tampoco lo sé, y lo siento. Perteneces al Equilibrio, y pensé que tal vez Grishka pudiera darte alguna respuesta.

–No puedo –se apresuró el Rey, tal vez demasiado. Origog ni siquiera había tenido tiempo de concebir esperanzas–. Yo pertenezco a Karos, y a un tiempo en el que todo estaba claro; a decir verdad, ni siquiera yo sé muy bien por qué he regresado, aunque no dudo de que soy el instrumento de Karos para restaurar su Equilibrio –añadió, y aún dijo algo más antes de que el mensajero pudiera formularlo–. Pero tú no perteneces a ningún dios en particular; tu elección, tu destino, te pertenecen sólo a ti.

Origog le miró sin mucha confianza.

–Y, sin embargo, el odio es mi arma –pronunció despacio, casi como si aquellas palabras, en ese lugar, fuesen un desafío.

Les costó permanecer impasibles, pero sólo su experiencia lo consiguió.

Después de aquello no hubo más conversaciones. Permanecieron en silencio largos minutos, y finalmente se despidieron del Rey poco antes del alba.

Tal como prometió, Prejat se presentó en sus habitaciones cuando apenas había amanecido, despertándoles mediante el poco delicado método de aporrear las puertas. El mensajero, somnoliento, dio media vuelta en la cama, y volvía a dormirse cuando de nuevo atronó en su puerta. Se levantó de un salto, tratando de mantener alejado el sueño, y, con los rasgados ojos aún apretados, se vistió de nuevo el jubón que el mago le diese por la noche.

Un muchacho entró en la habitación portando un jubón idéntico en las manos. Al ver el de Origog, pareció desconcertado.

–¿Desea algo más?

–No –respondió lacónicamente–. Gracias –murmuró cuando el doncel se retiraba.

Por su parte, el capitán se levantó al escuchar las primeras pisadas en el pasillo, y echó mano a su espada. Los gritos alegres de Prejat le recordaron dónde estaba, de modo que volvió la hoja a su vaina. Aquel gesto automático le reveló más cosas sobre su estado que todos sus pensamientos.

Cuando el joven entró, se vistió el jubón y salió fuera a reunirse con Prejat. Unos segundos más tarde llegó Gôlfang, y el último fue Origog, que fue recibido con una mirada de reproche por su impuntualidad.

No comieron nada, lo que contrarió a los Orondos especialmente, pero Brim Tarlá les recibiría en el acto, y habían preparado un refrigerio durante la recepción.

No se dirigieron a la Sala del Trono, sin embargo, sino a la más pequeña del Consejo, donde se reunían los principales nobles, según palabras del propio Prejat. Se encontraba asimismo en la Torre del Homenaje, en la planta tercera. Los dos guardias saludaron a su paso, mientras otro les anunciaba. Pronto quedó de manifiesto que no era una entrevista privada: veintitrés caballeros –se entretuvo en contarlos–, se sentaban a una mesa rectangular que dejaba ver varios huecos. No todos los caballeros eran sandoreanos, sino que tres garguines se sentaban en el extremo más alejado del lado largo de la mesa, aislados entre cuatro sillas vacías a su izquierda y dos más, mucho más ornamentadas, que presidían la mesa.

Los cuatro se sentaron junto a los garguines, y esperaron con cierta impaciencia la llegada del rey y del otro personaje.

El ruido de dos picas entrechocando contra el suelo impuso el silencio, y los guardias gritaron cuanto pudieron.

–Su Majestad el Rey Brim Tarlá!, ¡Su Alteza Real el Príncipe Dranlill!

Ambos atravesaron la puerta con paso majestuoso y enérgico, y ocuparon sus asientos despacio, seguros de ser el centro de atención.

El Consejo dio comienzo casi de inmediato, abierto por el Rey, naturalmente.

–La mayoría de nosotros conocemos la razón por la que estamos aquí –el Capitán pensó que aquello no era muy diplomático; no comenzaba bien–, pero, los que aún no lo saben, pronto oirán palabras que a todos nos conciernen, pues no podrán verse cumplidas sin la cooperación de todos los presentes –recorrió la mesa y a sus ocupantes con la mirada; estaba seguro de que les tenía–. Como ya sabéis, hace tiempo que los cuatro reinos que hoy sobreviven a este lado de la Cordillera de Anuro formaban parte de una gran potencia cuyas hazañas aún resuenan en nuestros oídos. El último rey fue aclamado entonces y todavía hoy se venera su nombre: Grishka el Equilibrador, le llamaron. Su imperio, la Corona de Sandor –un murmullo de aprobación recorrió la sala– lo formaban tres reinos, treinta y seis condados, veintitrés ducados y siete marquesados, además de innumerables señoríos –algunos mostraron su asombro, otros sonrieron entre sí–. Hoy en día, el reino de Sandor ha vuelto a nacer. Se extiende desde el mar por el sur hasta las Montañas Menguantes por el Norte y ochenta millas al este. ¡Y cada día crece! Los campesinos, hasta ahora explotados por los Asesinos, ayudan en la construcción de caminos, castillos, torres y templos, y los mismos Asesinos han sido expulsados del Pico Sawor. ¡Pronto llegaremos allí! –los aplausos de algunos de los caballeros animaron a los demás, y pronto todos aplaudían–. Ya hay quince condados, ocho ducados, los siete marquesados, y los señoríos superan ya la treintena. En cincuenta años, el reino ha sido levantado después de ochocientos –todos vitorearon y gritaron mucho a la salud del Rey. Sólo Gôlfang permanecía con una media sonrisa. El Capitán tampoco se había sumado a los gritos, pero asentía con la cabeza, visiblemente satisfecho. En cuanto a Origog, él no había aclamado a Brim Tarlá, y se sentía ajeno a todo aquello–. Sin embargo, nos ha tocado vivir malos tiempos. Las kérveros han abandonado Thrasgok y asesinan a nuestros amigos, ¡el pueblo Orondo, que formaba parte de nuestra Corona, está siendo aniquilado! ¿Vamos a consentirlo porque nuestro sueño no se ha cumplido aún en su totalidad? –las negaciones cruzaron la sala, las cabezas se movían furiosas, y los ojos se posaban piadosamente en Origog y en Carg. La voz del Rey dominó el alboroto sin esfuerzo–. No. Y por eso Ardellén os ofrece su ayuda. En vuestras tierras no estáis seguros ya, y yo pongo a vuestro servicio las de Sandor. Viviréis aquí, a mi lado, si así lo deseáis, y los caballeros darán su vida por defenderos si fuera necesario. Y la Corona volverá a renacer con nuestro esfuerzo conjunto, dando la cara al viento más crudo.

El Capitán había esperado aquello. Si eso era todo, el Rey podía haberse ahorrado el espectáculo. Palabras más directas como las de Gôlfang le habían convencido.

–Magestad, yo no soy rey, y no puedo decidir por mi pueblo, pero os agradezco vuestro ofrecimiento en lo que vale –Gôlfang le atravesó con la mirada. Demasiada rudeza incluso para un soldado. Carg continuó; no había venido a quedarse a medias–. En todo caso, y en lo que a mí concierne, que es la parte militar, Arodia luchará junto a vos y la Corona contra nuestros comunes enemigos.

Brim Tarlá escuchó aquellas últimas frases con satisfacción, y levantó su mano en señal de reconocimiento.

–Sandor agradece vuestro esfuerzo, en esta época triste para vuestro pueblo –elogió, y a continuación elevó su voz ante la sala–. Ya la Corona está casi completa, mas falta aún un reino por pronunciarse para que lo esté del todo. Invito al conde Balamó, Alférez de Gargüid, a que se una a nosotros.

Las miradas se posaron en un hombre de mediana edad, cabello gris y ojos marrones, que enmarcaba su rostro en una melena larga y ensortijada.

–Gargüid está orgulloso de que se le recuerde aún, y desea fervientemente unirse a sus amigos. Su Majestad Dámjala Niría, mi hermano, que por motivos de seguridad no se encuentra hoy aquí, me ha comunicado su deseo de convertirse en vasallo del Rey de Reyes Brim Tarlá, como sus antepasados lo fueron de Grishka.

Los vítores fueron mayores si cabe, pero se vieron interrumpidos por una voz clara y fuerte, de modo que todos contemplaron a Dranlill val Tarlá, que habló así:

–La Corona pronto estará reunida al fin. Yo me convertiré en rey de Sandor y juraré vasallaje a mi padre, y también el Capitán Carg de Arodia, cuando sea rey, y Su Majestad Dámjala de Gargüid, si así lo desean. ¡Mirad lo que traigo conmigo! El escudo ancestral de la Corona, que todos tomaremos como nuestro –y el caballero volaba entre las espigas bajo un cielo esmeralda.

Varios sombreros de tela volaron por el aire, y los puños golpearon la mesa entre el jolgorio y el gozo.

–Supongo que ya habéis contado con los kérveros –la voz de Gôlfang rozaba la burla, aunque su mirada traslucía preocupación.

–Les venceremos. Nuestro ejército es grande y está bien entrenado, y juntos los tres reinos seremos irresistibles. Ahora lo podréis comprobar –prometió, y señaló a los caballeros sentados a la mesa. Uno a uno, comenzando por Prejat, Rolja, el Marqués de Arheim, fueron contabilizando sus fuerzas: caballeros, infantes, arqueros, campesinos, hasta que finalmente el rey cerró el ciclo.

-Ardellén es el centro del reino y de la Corona, y la mayor fortaleza, por tanto la que más hombres tiene para la lucha. Los caballeros ascienden a ochocientos, y los infantes, distribuidos en campamentos que rodean las murallas, en los bosques, suman más de doce mil. Sin olvidar a mi Guardia Personal.

–¡Ya veis, veinte mil caballeros, y más de setenta mil infantes defienden la Corona! –exclamó Dranlill, levantándose. Sus largas trenzas negras cayeron sobre su espalda, y la mirada enérgica y grave se posó por un momento en Origog. Su aspecto era descomunal. Levantó el escudo de la Corona, y sacó una espada roja que blandió por encima de la cabeza–. ¡Irbridet nos conducirá a la victoria! –y la tizona brilló desde su interior.

–No pretendo desanimaros, al contrario, os otorgo la bendición de Karos, pero pretendo que comprendáis el verdadero peligro que corremos –Gôlfang se había levantado cuando los gritos habían comenzado a decaer, después de mucho tiempo, y se había dirigido a los caballeros–. Sois sólo cien mil hombres contra un ejército que puede desplazar hasta aquí, sin necesidad de despoblar su territorio, más de medio millón de guerreros. Tal vez debáis tener en cuenta que existen otros aliados con los que no habéis contado, y más nos valdría a todos tenerles en cuenta antes del final.

Dranlill le miró respetuosamente, y luego a los caballeros, antes de hablar.

–No obviaremos posibles aliados, pero debemos confiar en nuestra fuerza. Y para comenzar, recuparemos la capital de Arodia –aseguró el Príncipe para desesperación del mago. No pudo evitar ver la mirada confiada de Grishka. La suerte estaba echada, pues.

–Ahora celebraremos la unión con el himno que ha permanecido en espera durante siglos –animó, y no esperó a que ninguna voz se le uniera hasta el segundo verso que, cargado de esperanza, llenó la sala, y la Torre, y abandonó el recinto y llegó al castillo, y de allí a los campos, y al bosque, y se grabó en el aire y viajó como un reto hacia el Caos:

¡Ay, los cascos cómo golpean!

¡Ay, la tierra bajo mis pies!

¡Ay, el galope de los caballos!

¡Ay, el sol tostando mi piel!

El viento azota el horizonte,

Que ya apenas puedo ver,

Y las nubes en el cielo claro.

¡Pronto os descubriré, lo sé!

La espada que arde en la vaina

Sólo espera ya salir;

El escudo que es mi vida,

¡siempre lucharé por ti!

El sol se acerca a su cima,

Luz brillante, sombra gris;

Su presencia os debilita.

¡Ya no podéis huir de mí!

¡Ay, Grishka cómo cabalga!

¡Ven, kérvero, ven aquí!

Con el filo de mi espada

Cercenaré tu cerviz.

¡Tiembla, licántropo, tiembla!

La Corona triunfará.

¡Huye, licántropo, huye!,

que pronto te atrapará.

¡Ay, los buenos caballeros!

¡Ay, sus lanzas de metal!

¡Ay, seguidores del Caos,

os espera un mal final!

Aquel fue sólo el primer canto que sus voces ensayaron, pero luego se sumaron muchos más, encarnaciones de una esperanza que parecía infantil, pero que escondía la fuerza de la supervivencia.

Era más de media tarde cuando abandonaron la sala, cansados pero sedientos de un futuro que tal vez no sería fácil, pero que con toda seguridad sería suyo.

Sólo a eso se empeñaba en aferrarse Origog.

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