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Índice de “La Sombra de la Luz”

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

La cera se había derretido por completo en muchas de las velas, consumiéndose la llama, de modo que en la mayoría de los candelabros solamente ardían una o dos, lo que sumía la estancia en una penumbra oscura que se aliaba con el confortable colchón para invitar al sueño. Sin embargo, había despertado hacía unos minutos, pues su estómago aún era capaz de vencer al resto de sus necesidades. No se movió de la cama, no obstante, y sus intentos de mirar a través de la alta tronera fueron infructuosos, más allá del fragmento de cielo que mostraba la oscuridad de la noche y algunas estrellas de la Constelación de Karos.

Tres golpes sordos y muy seguidos atrajeron su atención hacia la puerta. Se acercó y abrió.

–Saludos, Grrundo dil Frrig –la corpulenta figura de Rolja proyectó su sombra a través del dintel.

–Saludos, Rolja val Armit –respondió el Orondo.

El caballero sonrió amablemente.

–La cena se servirá prronto. Serrá mejorr que nos demos prisa, o los insaciables caballeros de Arrdellén acabarrán con todo –bromeó, o eso pensó Origog.

El Orondo le acompañó tras cerrar la puerta, y no tardó en verse obligado a correr tras el caballero, como si éste tomara en serio su propia advertencia. Origog decidió que la conversación era lo único a su alcance para obligarle a decelerar el ritmo.

–¿No nos acompañará su esposa? –interrogó con un hilo de aliento sobrante.

Pero Rolja no disminuyó un ápice el paso, y contestó muy ufano.

–Me temo que las damas decidierron hace tiempo que nuestrros modales en la mesa no erran los más aprropiados parra ellas, y comparrten su cena en un comedorr del terrcerr nivel; durrante la comida del mediodía debemos capitularr y compartir sus norrmas, pero la cena es sólo parra disfrrute de los caballerros, en el prrimerr nivel –informó soltando una carcajada irónica.

El Orondo no quiso imaginar a qué se refería el caballero, y se concentró en mantener el ritmo, con la cabeza baja. Esa falta de atención casi le hizo tropezar con un hombre al torcer una esquina.

–¡Grishka lo condene! –gruñó el hombre.

Origog se retiró con disimulo del alcance de sus musculosos brazos.

–Marrqués de Arrheim, le prresento a nuestro invitado de honorr –intervino Rolja con indisimulado regocijo.

El hombre frunció el ceño y acercó la cabeza para enfocar mejor al mensajero.

–¡Oh! –exclamó–. Por supuesto. Le presento mis disculpas, pero por un momento le confundí con ese maldito doncel que me han asignado, siempre metiéndose por todas partes –se disculpó, y miró a Rolja con desaprobación–. Señor Rolja, deberíais avergonzaros por maltratar así a nuestro huésped –manifestó con parsimonia.

El caballero se puso a la defensiva.

–Sólo prretendo llegarr a tiempo parra ofrecerle un buen sitio en la mesa –arguyó.

Origog observó un brillo de victoria en la mirada del anciano aun antes de responder.

–Por favor, Señor Rolja, de eso me ocupo yo; me refiero a vuestro acento, por supuesto –y guiñó un ojo a Origog ante el gesto desconcertado del otro–. ¿Sabéis que el lenguaje común se inventó en Sandor, en tiempos de la Corona?

El Señor Rolja acalló la respuesta negativa y la explicación subsiguiente en un solo gesto exasperado.

–¡Ah, no!, amigo Origog, no permitáis que el marqués os aburra con sus historias o, creedme, nos amargará a ambos la cena.

Origog sólo se atrevió a sonreír cuando vio que el marqués lo hacía.

–Marqués de Arheim, a su servicio –se presentó entonces el anciano.

–Escaldo del reino –añadió Rolja ante la mirada impasible del hombre.

–Origog dil Frig –respondió el Orondo.

Después de las presentaciones, el anciano tomó la delantera, a un ritmo tan vivo como el que había mantenido Rolja, y se dirigieron al comedor. Adelantaron a algunos caballeros que también caminaban en su dirección y, ya en el primer nivel, giraron al fondo de un pasillo que les llevó hasta una puerta que franquearon tras subir tres altos peldaños. Aún caminaron largo rato por el pasillo subsiguiente, flanqueado por troneras y tapices a derecha e izquierda, hasta que un intenso olor a carne asada llegó a su nariz. Le repugnaba, pero no quiso ofender a sus anfitriones. Entraron al fin en el gran comedor, casi repleto de caballeros que se divertían cantando y bebiendo; muchos de ellos comían trozos de carne con sus manos, y las largas mesas rebosaban de restos de carne y huesos.

El techo de la sala era alto, no en vano ocupaba dos niveles, y en el segundo de ellos pudo ver balcones desde donde algunos hombres observaban el espectáculo con impresión incierta. En cuanto a las dimensiones de la sala, era un gran cuadrado de treinta metros de lado aproximadamente, decorados exclusivamente con antorchas y armaduras.

–Sentémonos –propuso el marqués, y se dirigió resueltamente hacia el extremo más cercano de la mesa más próxima. Se sentó en medio de dos caballeros jóvenes, separándoles con total indiferencia.

–Quizá no haya reparado en que estaban allí –sugirió Rolja, y sonrió torvamente.

Los dos caballeros, separados ahora por el marqués, le miraron recelosos cuando invitó a su lado a sus acompañantes, y al fin capitularon y buscaron sitio en alguna otra parte.

–Es un hombre importante, no lo dudéis, amigo Origog –apuntó Rolja con una sonrisa, y luego se echó a reír.

Después de eso, los tres se repartieron el sitio.

Inmediatamente, un hombre ataviado con un mandil sucio de grasa y carbón apareció a su lado con dos fuentes repletas de carne que sirvió a los dos nobles. Ambos cogieron los manjares con las manos y comenzaron a comerla con satisfacción. A pesar de su naciente simpatía hacia ellos, Origog creía comprender a sus esposas.

–¿Comerá fruta?

Tardó en darse cuenta de que el ofrecimiento se dirigía a él.

–Por favor.

El hombre desapareció por una pequeña puerta en la que no había reparado, y volvió al poco con una fuente de frutas variadas, entre las que destacaban unas grandes uvas, manzanas y naranjas. Incluso un plátano había, cultivado sin duda en las islas cercanas al Cinturón de Fuego. Cogió algunas uvas, y descubrió con entusiasmo que el hambre aumentaba, de modo que las engulló con avidez. Después le llegó el turno a la manzana, y al plátano, y finalmente la naranja, su fruta preferida, que devoró de dos grandes mordiscos.

Rolja comía su parte de venado mirando al Orondo con incredulidad; había comido en unos minutos más fruta que él en mucho tiempo, y ni siquiera desprendió las pieles de la naranja y el plátano. Una pequeña falta que se podía dispensar. Tan pronto como terminó el primer plato, el hombre trajo otro, y Origog continuó comiendo con la misma fruición que al principio.

–Alabo el apetito de los Orrondos –manifestó entonces Rolja–. Sin pretender ofenderros, porr supuesto.

–Nos gusta tener el estómago lleno, si podemos –concedió el mensajero.

–No bromee con el tamaño de un Orondo, Señor Rolja; corren rumores de que un Orondo enfadado y sin armas puede acabar con más kérveros que un caballero con espada –el marqués parecía serio, aunque el marqués siempre parecía serio; los tres sabían que era una broma–. Además, hablan el común mejor que usted.

Origog no pudo evitar una carcajada, y el anciano casi sonrió victorioso, mientras Rolja adoptaba una falsa expresión de ofensa.

–Creo, marrqués, que la broma ya ha sido excesivamente explotada parra hacerrnos reírr, perro admirro su tenacidad –ironizó.

Origog le miraba sin intervenir, esperando la reacción del otro, pero el marqués ensayó un gesto de complicidad y dio cuenta de otro pedazo de carne.

El sonido de un atabal se impuso al estrépito de la cena hasta que todo quedó en un silencio expectante. Dos puertas paralelas se abrieron entonces con lentitud, y dos gigantescas sombras se acercaron con sonidos metálicos. Saludaron a los comensales con sus espadas, y después se saludaron entre ellos.

Durante algunos momentos, permanecieron con las espadas levantadas verticalmente sobre sus cabezas, y de repente, como dos saetas inmensas, las dos hojas se cruzaron soltando chispas, y la pelea comenzó al grito de ¡Grishka!

Durante muchos minutos los dos hombres continuaron lanzándose incesantes ataques, y todos observaban con deleite la danza de los filos. Rolja les contemplaba embelesado, reteniendo cuidadosamente la belleza de las estocadas y las técnicas increíblemente desarrolladas y pulidas de defensa.

Una mano le rozó un brazo. Era uno de los pajes del rey.

–Señor de Dorón, Su Majestad Brim Tarlá os espera –anunció.

El caballero aguardó sólo un segundo a que el otro desmintiese lo que acaba de decir, y después se puso en pie como impulsado por un resorte. Lo siguió hasta el sexto nivel, no el quinto, y el Señor de Dorón, acongojado, penetró por primera vez en las habitaciones privadas de su Majestad Brim Tarlá.

–Saludos, Rolja –recibió el rey.

Rolja val Armit cayó de hinojos.

Brim Tarlá fue breve. Cuando el caballero regresó al comedor, los luchadores aún ejecutaban su danza marcial. Rolja no estaba impresionado por la nueva misión, ni por su promesa de no fallar, ni siquiera porque el marqués de Arheim había clavado su mirada en él tratando de adivinar sus pensamientos. Había visto a Brim Tarlá en sus habitaciones privadas, e incluso allí le había parecido poco menos que un dios. Observó un momento a Origog, que debía guiarle hasta Arodia y presentarle a Projia, y también al Capitán Carg, de modo que él pudiera extender la invitación al actual dirigente de los Orondos. A cualquier precio, había dicho Brim Tarlá. Estaba dispuesto a cumplirlo. Traería a ambos a Ardellén, a su Rey, aunque tuviera que raptarles para conseguirlo.

–Confío en que te haya gustado, porrque ha sido el final –informó cuando los luchadores ejecutaron el saludo de despedida.

–Son unos luchadores magníficos –alabó el mensajero.

–Porr supuesto. Pertenecen a la guarrdia perrsonal de Brim Tarlá, y han luchado en tu honorr .

Origog se sintió halagado.

–Es muy amable de su parte –respondió, tratando de ser cortés, y ensayó una reverencia ante los luchadores, que le saludaron con las espadas y se retiraron por donde habían venido.

–Ahorra tal vez lo más apropiado serría descansarr, pues nos esperra una jornada agotadora.

Origog estuvo de acuerdo, de modo que cogió las últimas dos uvas y siguió al caballero tras despedirse del marqués de Arheim, quién les deseó un buen viaje.

Encontró al doncel en su habitación, recostado en un pequeño sillón con los ojos entrecerrados. Al verle entrar, se levantó de un salto y abrió la cama por el extremo más cercano a la ventana.

–Gracias –dijo Origog con parquedad, un poco remiso a esas atenciones, y también porque súbitamente se le hizo manifiesto su propio cansancio.

El muchacho inclinó la cabeza y esperó a que el mensajero se acostase. Cuando lo hubo hecho, fue apagando las velas hasta que la única iluminación fue la de la escasa luz que se colaba por la tronera desde las Constelaciones. El doncel volvió a reclinarse en el sillón, y se quedó dormido a la vez que Origog.

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