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Índice La Sombre de la Luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

La presencia del Pico Sawor le trastornó por completo. Allí había nacido su odio, tanto el más reciente como el más atávico, el que provenía de su niñez asolada y huérfana. Volvió a estar solo en la estepa, volvió a ser el cazador, pero en esta ocasión nada le detenía, no había un final hacia el que dirigirse ni medios que permitieran una evolución; era el odio brutal y descontrolado, el odio que superaba la fuerza del dragón y que podía destrozar, arrasar, devastar hasta la nada.

Y, sin embargo, sí había un freno. Un atisbo, tal vez, un eco en aquel vacío que reverberaba en una superficie inimaginable dentro del caos. Paulatinamente, aquel eco definió su contorno para convertirse en un recuerdo nítido del dolor, y el nombre se formó y vibró, provocándole un daño más cercano que atenuó lo irreal y borró todo rastro de oscuridad.

Gara.

No podía precisar cuánto tiempo había transcurrido, pero su cabeza amenazaba con explotar, y la propia carrera le debía haber agotado porque se encontró tumbado en el suelo entre la tierra árida. Debía haber sido mucho, ya que de nuevo el cielo estaba oculto tras la lluvia, y el sol era un atisbo tras las nubes grises. La lluvia, fina pero insistente, había calado sus calzones y su camisola. Sus pies estaban ocultos bajo una considerable capa de barro y le pesaban como si atadas a ellos llevara grandes cadenas de metal.

Se levantó. El cabello de la frente, húmedo y pegajoso, le dificultaba la visión y se lo separó de los ojos con la mano, mientras trataba de inhalar más aire del que cabía en sus pulmones. Después de un par de minutos, la respiración se hizo normal y por fin pudo mirar a su alrededor con calma.

Al parecer, el barro de sus pies le había acompañado desde el campamento, pues ahora el suelo era un pedregal que se incrustaba en sus plantas a través de sus alpargatas. Le dolían y se sentó. El contacto con las piedras frías le estremeció, pero no percibió la humedad que también llenaba su cuerpo. De nuevo la enorme y dantesca estepa se perdía ante él en el infinito, y la lluvia ofrecía una pantalla que convertía el paisaje en algo irreal, excepto porque su contacto devolvía a la realidad.

Cogió aire y se levantó de nuevo. Era hora de comer y su estómago así se lo recordaba. Se orientó vagamente por la posición del sol y se enfadó consigo mismo al comprobar que su locura le había llevado más al sur de lo que hubiera deseado, y demasiado el este. Si no le engañaba su sentido de la orientación, estaba a casi veinte millas del campamento, aunque no comprendía cómo había logrado llegar hasta allí.

Su corazón le asaltó ante esa idea, cuando ruidos de cascos llegaron hasta sus oídos. Llevó la mano a la cintura, hacia la escarcina, y se sobrecogió al descubrir que la había perdido quizá ya en Granshall. Ahora sólo podía tratar de esconderse, lo cual por fortuna no le resultaría difícil en aquel paraje.

De un salto, descendió a una hondonada cuyas rocas le protegían de miradas indiscretas.

Los jinetes venían del sur y, aunque estaba seguro de que no le habían visto, se acercaban con determinación hacia donde se hallaba oculto. Tan cerca estaban que ya podía oírles conversar, aunque no los entendía. Hablaban un idioma fuerte y malsonante, muy parecido al que utilizaban los Asesinos Sawor.

No los veía, pero la agitada respiración de los caballos parecía tan cercana como si se hallasen a su lado. Se detuvieron, al tiempo que el corazón de Origog se aceleraba.

¡Salga de ahí, señorr Orrondo! –escuchó que le llamaban. Se agazapó contra las rocas lo más fuerte que pudo. No querremos hacerrle daño. –A pesar del acento tan duro, podía entenderse el idioma común.

Origog no pudo evitar que sus pies, todo lo irracionales que pudieron, le sacasen a la luz.

Ante él encontró una estampa difícil de explicar: cuatro hombres de tez morena y mirada ceñuda bajo la visera de los yelmos, cuyos grabados representaban batallas sangrientas que les conferían un aspecto aterrador. Al igual que el yelmo, las armaduras eran negras y tremendamente anchas, de modo que incluso Heimdallat parecería un muchacho en comparación. Los escudos ovales mostraban animales fantásticos dispuestos para el ataque, o bien armas relucientes y terribles. Los montantes eran enormes y enfundados en vainas igualmente negras. Los caballos eran verdaderas monturas de negra crin y pelaje oscuro. Parecidos, pero aquellos hombres no eran Asesinos Sawor.

Mi nombrre es Rolja val Arrmit, Señorr de Dorrón –informó la misma voz que hablase con anterioridad.

Aquellas eran las últimas palabras que esperaba escuchar en aquel momento.

¿Señor de Dorón? –trató de recuperar la confianza. Le venía a la memoria la historia de Gwist.

Venimos en misión de paz, porr exprreso deseo de Su Majestad Brim Tarlá, Rey de Reyes de la Corrona de Sandorr.

¿De la Corona de Sandor? –repitió como un bobo, aunque por un instante se sintió inmerso en alguna de las leyendas que narrara Gervag. Pero las palabras de Gwist cobraban una veracidad de difícil asimilación. La Corona de Sandor había sido la potencia más poderosa de La Península mil años atrás. Sandor, Dorfen Hond, Arodia y Gargüid. De su último rey, Grishka, se decía que había sido el rey que la leyenda prometía para restaurar el Equilibrio, pero de aquel enorme imperio sólo quedaba ahora el condado de Dorón y algunas aldeas diseminadas por todo Sandor, saqueadas constantemente por los Asesinos Sawor.

¿Qué deseáis de mí? –interrogó, más tranquilo por su suerte inmediata.

Buscamos al Venerable Projia; sabemos que se encuentra en Arodia y deseamos encontrarle.

Origog quedó por un momento desconcertado; el caballero había pronunciado el nombre con tal seguridad que el mensajero comenzó a dudar seriamente si alguien llamado así no sería ahora muy conocido en su país.

Me temo que no conozco a nadie con ese nombre –se disculpó, pero os guiaré hasta el campamento, si lo deseáis. No hallaréis allí a rey alguno, pues Su Majestad Edgar III cayó frente al dragón, y toda Arodia ha sido arrasada –añadió, y en su voz creyó detectar un desafío, recordando de nuevo la historia de Gwist, y de pronto culpando a aquellos caballeros por lo sucedido a su pueblo.

Sabemos eso, y lo lamentamos; en Arrdellén se han vivido con agonía estos meses. Ese es el motivo por el que deseamos hallarr al Venerrable –hizo una pausa antes de continuar–. Es posible que el Venerrable haya llegado acompañado de un mensajero de su pueblo, Grrundo dil Frrig, pues ha viajado mucho tiempo bajo su guía.

Origog se quedó perplejo al oír su propio nombre en boca de aquellos caballeros, pero ya le habían sucedido cosas parecidas en Granshall, por lo que pronto pasó la sorpresa, quedando tan solo la inquietud. Era obvio que aquellos hombres buscaban a Gôlfang, y no entendía cómo podían saber que éste se hallaba en Arodia, cuando había aparecido allí aquella misma noche, tras un viaje de dos meses en el tiempo.

Decidió ocultar su identidad y llevar a aquellos hombres ante Gôlfang; al fin y al cabo, era al mago a quien estaban buscando.

Os llevaré al campamento –ofreció, pero no tengo montura.

El Señor de Dorón miró al norte en un acto reflejo.

Le ofrezco la mía –invitó.

Origog aceptó y fue izado sin dificultad hasta la grupa. De ese modo comenzaron a cabalgar hacia Minas Dirok. Pensó con ironía, y quizá con pesar, que mucho había cambiado si podía aceptar sin inmutarse todo cuanto le sucedía; debería sentirse ajeno a aquella situación y, sin embargo, no podía conseguirlo.

Sus pensamientos fueron cortados por un grito que provenía de la retaguardia de su formación; el Señor de Dorón se detuvo y dio la vuelta a su montura, de modo que el Orondo pudo observar el motivo de la excitación de aquellos hombres: una veintena de kérveros y lobos se acercaban a ellos a toda velocidad, aullando y entonando gritos de guerra con sus voces guturales.

Rolja impartió unas órdenes breves y cortantes, y los tres caballeros bajo sus órdenes aflojaron las espadas, aseguraron los escudos, empuñaron las lanzas y, al grito de ¡Grishka!, se lanzaron a un ataque frontal. El Señor de Dorón tomó un camino divergente, más hacia el sur.

Regresamos al castillo –fue toda la explicación, y se lanzó al galope sin ofrecer lugar a réplica.

El caballo sorteaba ágilmente las grandes rocas, y sus saltos eran tremendos. El mensajero apenas se sostenía sobre la grupa y sólo una vez se atrevió a mirar atrás. Los tres caballeros, firmes como si pertenecieran al paisaje, lanzaban certeras estocadas a lobos y kérveros, mientras los caballos se elevaban y descendían agrediendo con sus cascos.

No mucho más tarde, un corno sonó profundo en medio de la lluvia, y después le siguieron otro y otro. Rolja, sin detener su montura, hizo sonar el suyo.

Poco tiempo después, los tres caballeros les dieron alcance en un mutismo sólo roto por el repiqueteo de las gotas sobre las armaduras y el golpear de los cascos en las rocas.

Cuando la lluvia cesó, descendieron el ritmo para dar un descanso a sus monturas, que sin embargo no parecían necesitarlo. Los cuatro hombres desmontaron y durante un rato hablaron animadamente, al parecer sobre la reyerta, mientras pulían cuidadosamente sus espadas. Parecían haber olvidado al mensajero y ni siquiera le dirigieron una mirada, si bien antes le habían dado unas frutas pasas.

Ahora, sin el yelmo, los cuatro parecían más humanos. Su mirada ya no era ceñuda, quizá antes lo había parecido por el efecto de la sombra o por la sorpresa del primer momento, y ahora eran solamente serias. Todos poseían ojos negros, y su pelo del mismo color se recogía en tres gruesas trenzas que caían por hombros y espalda, bailando con los movimientos más leves.

El Señor de Dorón se le acercó.

Pronto llegarremos a un lugar que pocos conocen –su voz fuerte estaba cargada de emoción–. Solo lamento traerros en un momento tan poco favorrable parra mí, cuando he fracasado en mi misión, pues de otrro modo podrría haberros mostrrado todas las marravillas del lugar; así sólo pasarréis, y esperro que no os incomode, una noche en Arrdellén, pues mañana saldrremos hacia vuestro país nuevamente; antes debemos cambiarr nuestras monturras –casi sonrió, en lo que pareció una disculpa.

El Orondo le miró con simpatía y, casi inconscientemente, se presentó.

Yo soy Origog dil Frig; Gôlfang, el Venerable Projia, llegó a Minas Dirok esta misma mañana –dijo, y por un momento pensó que había sido un imprudente, pues Rolja le miró con tal fijeza que el Orondo no conseguía identificar la emoción que correspondía a esa intensidad. Entonces el caballero sonrió con entusiasmo, montó en su caballo y le tendió nuevamente la mano enguantada–. Vamos, Origog dil Frig, Su Majestad nos esperra.

Y entonces el caballo comenzó a galopar como si lo hiciera por primera vez después de mucho tiempo, y Origog notó que el viento soplaba a su alrededor, y recordó cómo lo había hecho en Granshall cuando el raahami competía con él en total libertad; desterró con tristeza este pensamiento y clavó su vista en la espalda de Rolja.

El terreno que pisaban fue cambiando paulatinamente, hasta convertirse en una llanura totalmente lisa sobre la que crecían algunas briznas de hierba verde, que se convertían en auténticos oasis según avanzaban.

Rolja tiró de las riendas, y los cuatro caballeros se detuvieron. Cuatro cornos inundaron el aire con sus graves sonidos. Durante algunos segundos, el mensaje se perdió en el eco, pero de repente todo se llenó con el sonido que devolvían docenas, cientos de cornos.

Cuando ya se apagaban sus voces, Origog se atrevió a levantar la cabeza, que hasta entonces no había separado de la espalda de Rolja, y entonces sí quedó estupefacto.

Un bosque crecía alto y joven, y por encima de las copas verdes, más allá de ellas, se alzaban dos altas torres en cuyos extremos almenados ondeaban los estandartes de los reinos que tiempo atrás conformaron la Corona de Sandor: el círculo gris plata con un caballo negro de Sandor; el marrón con una flecha bajo un cielo esmeralda de Arodia; la espiga invertida en forma de lanza sobre fondo verde de Gargüid. Los tres estandartes flameaban orgullosos en el viento.

Sus pasos les llevaron hacia delante por el bosque, y con cada uno las dos tores se iban convirtiendo en una fortaleza inmensa, a la par que bella. Cruzaron la muralla exterior, y las torres se multiplicaban ahora hasta que una multitud de ellas se mostraban para regalo de la vista y de la razón, pues estaban diseñadas para una defensa inexpugnable. Las almenas, vigiladas por docenas de hombres similares a los que le acompañaban; las puertas, enormes y custodiadas por una decena de guardianes eficientes. Sobre ellas, más de veinte escudos pertenecientes a los marquesados, ducados y condados más importantes tanto de Sandor como de Gargüid, que en algún tiempo habían pertenecido a la Corona. Ahora sólo sobrevivían siete de aquellos, la mayoría garguines.

Cruzaron las puertas que se abrían sobre el foso enlodado y desembocaron en el patio de armas, donde los caballeros se entrenaban en diversas técnicas de combate y los pajes soñaban con emularles algún día. Observó que algunas damas asistían a los entrenamientos, pero como simples espectadoras.

A su paso, los hombres saludaban al Señor de Dorón, y éste respondía con inclinaciones de cabeza igualmente corteses. Sólo una vez se detuvo, desmontó y se unió efusivamente en un abrazo con un caballero calvo y más grueso de cintura que de hombros. Conversaron en su idioma y Rolja señaló a otro caballero, con el que el grueso caballero había estado luchando momentos antes. Éste emitió una sonora carcajada y se lanzó a la pelea interrumpida derribando a su oponente tras tres fuertes golpes en el escudo, que quedó abollado considerablemente.

Prejat val Terria, Conde de Berrjarr. Su condado está siendo ya repoblado, y tengo el honor de ser el esposo de su hija –explicó, y sonrió ampliamente.

Llegaron a las caballerizas, donde un robusto mozo se hizo cargo de las monturas. Los otros tres caballeros se despidieron de Rolja y el Orondo, que recorrieron a pie cerca de doscientos metros para introducirse en la Torre del Homenaje.

Acompañadme a mis aposentos. Me cambiarré y pediremos audiencia ante Su Majestad.

¿El rey de Sandor vive aquí?

El caballero le miró un momento antes de contestar.

Nos encontramos en la nueva Ardellén, levantada por Brim Tarlá durante setenta años para recuperar el esplendor que una vez tuvieran nuestras tierras, todas las que se encuentran aquende el Aitân Baz; es una reproducción de la legendaria Ardellén, construida sobrre sus cimientos parra errigirse contra el poder del Marras Dokk y sus secuaces –su voz, cargada de emoción, llenaba los pasillos.

Subieron por unas interminables escaleras de caracol, bien iluminadas, y llegaron al cuarto de los seis niveles de la torre, donde se encontraban las habitaciones de Rolja. Sin ser enormemente amplias, daban esa impresión, sin duda por la decoración cuidada, sustentada en tapices bordados claramente por humanos –los zulfos eran más sutiles– y espejos de metal. También algunos retratos de caballeros, y especialmente uno, le llamaron la atención. Representaba a un guerrero joven, tan corpulento como su anfitrión y con el mismo aire de familia. No comprendía la inscripción, escrita en sandoreano, supuso.

Es el conde Arrmit de Dorrón, mi padre; mi título de Señorr corresponde a la villa marítima, no al condado. Mi gente se dedica a la pesca, principalmente –explicó, y a Origog le agradó la sencillez de aquel hombre.

Hizo sonar una pequeña campana y dos adolescentes penetraron en la estancia. Saludaron con una reverencia y comenzaron a despojarle de su armadura y de sus ropas. Llevaba tantos correajes que Origog perdió la cuenta. Cuando al fin todas las piezas estuvieron ordenadas y Rolja desvestido, su aspecto era tan temible como antes. Los dos adolescentes le ayudaron a vestir telas finas y delicadas que sorprendentemente ocultaron su musculatura. Más tarde, una larga capa con el escudo de Dorón, una punta de lanza gris sobre fondo negro, cubrió su espalda y el sombrero con una pluma hizo lo propio con su cabeza. Su condición de hombre de armas quedó reflejada por el estilete engalanado de oro y plata que portaba a la cintura.

Listo, muchas gracias –despidió a los muchachos. Luego se dirigió a Origog–. Vamos a verr al Rey.

Se acercó a uno de los espejos más grandes, probablemente el doble de alto que el Orondo, y se ajustó la capa y el sombrero.

Una mujer entró por la puerta abierta. Lucía un largo vestido rosa pálido y un gran sombrero cónico rodeado de velos que caían por su espalda y sus hombros. Hizo una leve reverencia ante el Señor de Dorón y se levantó con divertida rapidez para besar sus labios.

El caballero susurró unas palabras en su idioma y la mujer se volvió hacia el Orondo.

¡Ah! –gritó al verle, mientras Rolja disimulaba sus risas.

El Orondo se sintió incómodo unos instantes, pero permaneció en silencio.

Lo lamento, amigo Grrundo, me temo que mi esposa nunca había podido disfrutar de la presencia de un miembro de tu pueblo –explicó con una sonrisa. Luego se dirigió a su esposa–. Acércate –invitó, tendiendo el brazo, deseo presentarte a Grrundo dil Frrig, de Arrodia, guía del Venerable Projia por estos lugares –Origog se sintió más que incómodo por aquella presentación, pero enseguida el caballero se dirigió a él. Beirra val Prrejat, mi esposa –presentó el caballero al tiempo que tomaba la mano que la mujer extendía y la llevaba a los labios.

Lamento mi comportamiento –se disculpó la mujer mirando a ambos–. Es un honor conoceros, Origog dil Frig, de Arodia.

El honor que me hacéis –respondió, cayendo de lleno en aquel juego de ceremonias.

Los dos esposos conversaron brevemente en su idioma y se despidieron con un beso, si bien antes se aseguraron de que Origog seguía ensimismado ante algún cuadro o tapiz.

Luego, el caballero y el Orondo abandonaron la estancia para, según palabras de Rolja, encaminarse hacia el nivel quinto de la torre. En aquel nivel se hallaba la sala del Trono, junto a las capillas y el Templo de Karos, así como las habitaciones de la guardia personal de Brim Tarlá, los treinta hombres más fuertes y hábiles de todo Sandor, reclutados incluso entre los campesinos y adiestrados expresamente para dar la vida por su Rey.

Recorrían pasillos iluminados por antorchas y por la luz que dejaban entrar los amplios ventanales de arcos apuntados que se asomaban al patio de armas secundario. Existían más patios, según le había explicado Rolja.

Desde aquella altura, la fortaleza se veía imponente. Las almenas se elevaban altas como cipreses y fuertes como montañas. Murallas interiores rodeaban la torre del homenaje, donde el rey tenía sus aposentos junto a su familia. Escaleras de piedra recorrían los tres niveles de almenas, en cada uno de los cuales se abrían centenares de troneras por las que los arqueros podían disparar sus flechas.

En el interior de la torre, todos los pasillos estaban decorados con tapices que describían escenas de guerra y hazañas de tiempos mejores. Los kérveros, burdamente representados, se veían esparcidos por el suelo cubierto con su sangre, mientras caballeros infernalmente mortales cabalgaban por sobre los cadáveres.

Otro de ellos reflejaba un gran sol amarillo de verano, en cuyo centro brillaba con luz propia un solo hombre. No vestía armadura, ni siquiera una cota de mallas, pero su torso desnudo era imponente por sí mismo. Su rostro reflejaba toda la emoción de la batalla, y sus trenzas destrenzadas ondeaban bajo un viento poderoso. Una gran espada roja incandescente seccionaba un rayo negro, despidiendo un rayo marrón que se perdía en el final del tapiz.

Grishka –manifestó Rolja con orgullo. Brim Tarlá es su heredero.

Los pasillos eran sinuosos en el centro de la fortaleza. Tres hombres aparecieron al doblar un pasillo, y cada uno superaba en un palmo a Rolja. Un cierto temor se disipó cuando saludaron cortésmente y les indicaron que les siguieran.

Su Majestad nos aguarda –comunicó Rolja con evidente regocijo.

El pasillo se ensanchaba ahora y se ramificaba en un laberinto. El final se bifurcaba en dos perpendiculares al primero y desembocaba en dos grandes puertas custodiadas por otros tantos guardianes. Las puertas no diferían en exceso de las del Salón del Trono de Arodia, pensó Origog, si bien sus bajorrelieves se veían más nítidos.

Los guardias intercambiaron unas breves palabras con la improvisada escolta y abrieron las puertas de par en par en un silencio absoluto.

El Señor de Dorón se adelantó e invitó a Origog a hacer lo mismo. Juntos entraron en la Sala del Trono de Ardellén.

La impresión del mensajero coincidió con la que había asomado a la cara del caballero. La sala solo podía emitir grandiosidad, y aquellos que la pisaban se sentían ínfimos, sabedores de que solo eran objetos pertenecientes a alguien que siempre estaría más allá de su alcance, pero que, en su generosidad, les había otorgado el honor de servirle. Las columnas parecían perderse en un firmamento de color tan real como la vida, y la profundidad de sus paredes hacía parecer más lejano al personaje, semioculto por la bruma ondulante y suave, que se sentaba en un trono majestuoso sobre escalones que titilaban con timidez.

Ahora comprendía Origog la emoción de Rolja cada vez que mencionaba a su Rey.

Acercaos –habló, y el eco que sus palabras produjeron allí donde todo era cielo les confirió un poder casi sobrenatural.

Los dos obedecieron en silencio, hasta que ambos se arrodillaron al pie de los escalones, en un gesto sincero.

Celebro tu decisión de volver y te felicito por tu pequeña victoria sobre las hordas del mal –volvió a hablar, y de nuevo su voz permaneció en el ambiente durante algunos segundos.

El caballero inclinó la cerviz aún más, hasta dar con la barbilla en el tórax.

Su Majestad me honrra, perro sólo cumplía con mi deberr. Mis hombrres son sus hombrres.Sólo ahora se dio cuenta Origog de la perfecta dicción del Rey. El acento de Rolja rozaba el ridículo.

También te saludo a ti, Origog dil Frig, y te ofrezco mi hospitalidad; debes considerarlo un honor –su tono era amable, y Origog no tuvo ninguna duda de la veracidad de sus palabras.

Lo agradezco en lo que vale.

El Rey movió la cabeza, complacido.

Ahora solicito tu ayuda; debes pedir a Projia que venga sin tardanza, pues necesito su consejo y su bendición –ordenó, y Origog aceptó sin dudarlo.

Mi tiempo os pertenece –se oyó decir.

El Rey lo miró un momento sin decir nada, casi sorprendido, aunque tal vez sólo fuese una impresión de Origog. Apenas sin pausa, el Rey habló.

Me alegra y me complace tu disposición. Hoy pasarás la noche entre nosotros y mañana partirás. El Señor de Dorón y sus hombres te escoltarán y protegerán a Projia en su viaje hacia mí –dispuso y, en cuanto terminó su última palabra, la sombra se adensó, ocultándole por completo, al tiempo que las puertas se abrían tan silenciosamente como antes. Abandonaron la sala de cara al Rey, sin levantar la vista del suelo.

Las palabras se resistían a conformar las frases que expresarían su estado de ánimo. Por la mañana el vacío, y ahora… ahora, aunque cierto temor todavía le hacía precavido, la esperanza. Aquel hombre podía traer la paz, y con la paz volvería el futuro. Entonces Gara. Se dio cuenta de que estaba dispuesto a obedecerle sin pensar para conseguir aquel fin.

Observó a su acompañante. Miraba al frente, una pared vacía, recordando el elogio que Brim Tarlá le había dedicado. Su mirada reflejaba el orgullo de un vasallo ante un señor como el suyo, y Origog comprendió algo tan grande, aunque no había sido capaz de sentirlo hacia Edgar a pesar de todo el cariño y el respeto que le profesaba.

Los tres hombres que les habían escoltado hasta la puerta se pusieron de nuevo en marcha, y ellos les siguieron en silencio. Volvieron a la escalera de caracol y descendieron nuevamente al cuarto nivel. Allí los hombres se despidieron y desandaron el camino.

Origog sintió como si despertase de un sueño, aunque no del todo, pero al posar la vista en el caballero supo que había sido real. Ya podía compartir su entusiasmo al mencionar Ardellén o sus moradores.

Ha sido maravilloso –confesó.

Maravilloso y afortunado. No todos los días se tiene el honor de conversar con Su Magestad.

Los dos adolescentes que habían ayudado antes a Rolja se acercaron e inclinaron la cabeza ante el Señor de Dorón en señal de respeto.

Acompáñele a sus habitaciones –indicó a uno de ellos–. ¿Estarán cerca de aquí?

Junto a las habitaciones del Marqués de Arrheim, milord –contestó con otra inclinación de cabeza.

Tanto mejor. Pensé que tal vez le destinarrían al ala de huéspedes –explicó Rolja–. Serría muy aburrido, en estos momentos –sonrió, y se dirigió a sus habitaciones seguido de los adolescentes. A la horra de cenarr pasarré a buscarle.

Origog siguió al muchacho y no tardaron en detenerse en las habitaciones que habían dispuesto para él. Eran tan amplias como las del caballero, si bien carecían de los adornos personales y familiares que singularizaban la de Rolja. Por lo demás, la decoración era idéntica.

Entró y empezó a despojarse de sus ropas.

Permítame –ofreció el doncel.

Os lo agradezco, pero mis vestimentas no son tan complicadas como las de un caballero –respondió, y se desprendió de su camisola.

El muchacho pareció contrariado un instante, pero se repuso al instante.

El baño está listo –apuntó, y Origog se sintió abrumado al mirar su cuerpo sucio y sudoroso. Se había presentado ante el Rey con aquel atuendo y en aquellas condiciones.

Sin embargo, se sintió agotado al escuchar las palabras del doncel, y la esperanza de sumergirse en agua caliente le hizo olvidar lo que ya no tenía remedio.

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