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Índice de La Sombra de la Luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

III. DESAFÍOS A LOS DIOSES

Como había hecho todas las mañanas de los últimos dos meses, Gara preparaba la primera de las tres raciones diarias que todos recibirían. Nada había sido fácil aquel tiempo, pero la necesidad de moverse, el impulso que la obligaba a hacer siempre algo, se había visto satisfecho con el trabajo metódico en los suministros, lo que ocupaba todo su tiempo desde la mañana hasta el anochecer e impedía pensar. Peor hubiera sido encontrar una tienda en cualquier punto del campamento y pasar allí todas las horas del día, sin otra cosa que hacer que remover sentimientos y temer probabilidades. Aquel trabajo, que le recordaba a la taberna con un poco de imaginación, constituía para ella la tabla a la que aferrarse. Incluso Teqüe la visitaba todos los días, entreteniendo los minutos de descanso con un poco de conversación intranscendente acerca de cómo había pasado la noche, o alguna historia sobre lo que el viento le decía. Gara no se fiaba del todo de esa habilidad de su compañero, por lo demás humilde y de aspecto vulnerable, pero entonces recordaba que él y sus hermanos habían detenido al dragón y observaba con fijeza aquellos ojos de plata que debían contener secretos de centurias. Siempre que Teqüe percibía aquella insistencia, solía bromear inventando alguna historia acerca de una muchacha Alfen que permaneció hechizada en aquella posición durante cien años y que se convirtió en un nido de aves del paraíso, o cualquier otra peripecia que provocaba sus sonrisas.

Cuando el alboroto del campamento llegó a sus oídos, dejó caer el saco de harina que transportaba y cerró los ojos al borde de la desesperanza. Había visto al dragón y había sentido su odio. Desde entonces, ya no era la misma. Origog no había estado. Era un pensamiento irracional, lo sabía, pero no podía olvidarlo. Cuando el dragón fijó su mirada en ella, Gara sólo había sentido terror por sí misma; aún más dolorosa era la intuición de que Origog corría peligro, de que aquella mirada iba dirigida a eliminar todo vestigio de su amor, a destruir el sólido puente que les unía. Luchó contra aquella fuerza, pero era demasiado intensa. Por más grande que fuera su amor, nada podría contra aquel odio que convertía en erial cuanto rozaba.

Y sin embargo lo consiguió. Incluso mientras huía aterrada de la mano de Gervag, la presencia de Origog permanecía a su lado, cobrando más fuerza con cada pisada.

Más tarde, cuando estuvo a salvo, antes de que el Capitán Carg consiguiera poner un poco de orden, cuando aquellos días de incertidumbre en la Gruta, Gara había recapacitado y había llegado a la conclusión de que todo fue mentira. La presencia de Origog no había sido real, sino tan solo un artificio de su mente para no perder la razón. Tal vez no fuese muy justa con Origog, pero él se había marchado sin despedirse y, por más que lo amase, no podía olvidar.

Por eso, cuando mucho más tarde se calmaron los ánimos en el campamento, cuando Origog entró en la tienda con la ropa sucia de barro y la mirada llena de temor, Gara quedó por un instante petrificada, y luego rompió a llorar.

Con lágrimas en los ojos, Origog se acercó corriendo y la abrazó y a ella no le importó besar su cabello sucio.

Se sentaron, cogidos de la mano, pero eso fue mucho más tarde. Para entonces ya se habían mirado largamente, ya habían leído en el otro lo que realmente significaban en conjunto, ya podían permitir que el caudal de palabras envolviera lo fundamental.

No puedes imaginar lo que te he añorado –comenzó Origog, que siempre había sido el más locuaz de los dos. Cuando Gôlfang me pidió acompañarle… ¡oh, Gôlfang, por qué a mí! Pero no pude elegir, Gervag te contaría. Cada noche veía tu rostro, y escuché tu voz en los momentos en que no podía soportar lo que sucedía a mi alrededor. Cuando el dragón despertó… ¡Sírom! Creí que aquello nos destrozaría. ¿Sabes?, soñé que yo era el dragón, y que arrasaba Arodia, y que tú eras Arodia… ¡Oh, qué culpable me sentía!, ahora lo entiendo. ¿Y tú? Cuánto has debido pasar, y yo no estaba a tu lado…

Gara palideció.

Sí, sí estabas… –musitó, porque deseaba olvidar y que todo fuera como antes. Origog había sido real, como ella había sido real para él.

Observó que aquellas pocas palabras le conmovían hasta las lágrimas. Lloró con él, porque necesitaba volver a utilizar el puente que el dragón había asediado y que había dejado desierto.

Pero un momento de terrible lucidez le mostró sus ojos, su pasado y su presente, todo reconstruido, pero muerto en aquel punto. Necesitaba más. Había hecho un esfuerzo, pero ahora precisaba del esfuerzo de Origog. Se separó de él y se levantó, porque su decisión requería unos instantes en que sería vulnerable, y no quería mirar a los ojos de su amado. Luego, sin previo aviso, clavó su mirada.

¿Y ahora qué, Origog?

La pregunta sorprendió al mensajero. No las palabras en sí, sobre las que no había tenido tiempo de reflexionar pero cuya respuesta se le antojaba obvia, sino aquel tono en el que se mezclaban la decisión y el temor con cierto grado de pesadumbre. Aquella extraña mezcla le hizo ver su situación desde fuera. Naturalmente, su deseo era permanecer junto a Gara, cumplir los sueños que ambos habían forjado, pero también percibía que nada era como antes y que, de hecho, la situación era radicalmente distinta. Llegaba a ella sin protección, sumergiéndose directamente sin previo aviso, pero Gara la había vivido durante meses y había sufrido la transición, el momento de perderlo todo con total impotencia, y continuar adelante. Y, sin embargo, Origog creía poder comprenderla. Había sido el dragón, y había estado solo. No. No podía engañarse. Aquel conocimiento aportaba muy poco. El hecho era que todo el futuro que habían soñado se había desvanecido y no tenían fuerza ni posibilidades de idear otro por el momento. Intentó lo único que le quedaba, y que sabía que Gara no podía aceptar aunque él estuviera dispuesto a mendigarlo.

Lo importante es el hoy. Hemos estado separados durante mucho tiempo. ¿Puedes dejar pasar esta oportunidad? –tan pronto como la pronunció, supo que esta frase era totalmente injusta; no permitió que Gara interviniese; continuó con un mínimo de esperanza–. No, no pretendo que esta decisión sea sólo tuya, porque nuestra relación nos concierne a ambos, pero los dos sabemos que el futuro es incierto y que tal vez está contra nosotros. ¿No es mejor enfrentarlo?, ¿no es mejor tratar de aprovechar lo que aún nos queda…? –Se tragó las lágrimas, como vio que Gara hacía. Sabían que en aquel momento sus miradas no transmitían lo mismo, pero que bajo ellas se ocultaba idéntico deseo. Se conocían demasiado. Cuando Gara habló, Origog ya sabía lo que iba a decir. Casi podía adivinar sus palabras exactas.

Cuando todo esto acabe… cuando venga la paz… Te quiero, pero no puedo vivir pensando que tal vez mañana tengamos que alejarnos hacia peligros extraños y no estemos el uno junto al otro –musitó, y entonces Origog supo que aquellas primeras palabras de Gara no habían sido ciertas, aunque ella quisiera convencerse de que sí: aunque no la había abandonado, no había estado junto a ella. Probablemente la certeza de que él era el culpable fue lo que más dolió, porque era incontestable. Podía, ahora que le convenía, protestar alegando que había sido su destino el que le había alejado de todo, pero no podía mentirse ni mentirla. Había partido cumpliendo una orden que no le obligaba y había elegido cumplirla porque hacerlo era parte de la vida que había escogido. O al menos la vida que sustentaba su personalidad.

Entonces, ¿por qué?, ¿por qué, si Gara le había conocido así y le había amado?

Porque él no había estado junto a ella.

No tenía excusa, pero no podía culparse.

Gara… –era un intento que en cierto modo resultaba un abuso; entendía a Gara, y ahora no podía culparla tampoco a ella de lo inevitable. Tiempo era todo lo que necesitaban. Tiempo para que aquel puente, que aún estaba allí, fuera limpiado de todas las excrecencias que lo cubrían, y tiempo para que ambos pudiesen franquearlo sin recelos. Sólo que tiempo era tal vez lo que no tenían. Origog se levantó. Mantuvieron sus miradas, tratando de darse ánimos, de fortalecer la esperanza. Salió sin haber pronunciado una sola palabra más.

Sin ninguna motivación, comenzó a caminar. Ni siquiera le importó dejar atrás el campamento. Tras la tormenta, la mañana había amanecido despejada y el Pico Sawor se elevaba desde el horizonte. Desafió su presencia, amenazándole, y dirigió sus pasos precipitados hacia su mole.

Odio era el única arma que tenía.

Después de llevar a Origog hasta la tienda de Gara, Teqüe regresó junto a Gôlfang. No deseaba dejarle solo, no en su estado, por lo que aceleró el ritmo de sus pasos. Lo encontró en pie, discutiendo en actitud distante con un confundido sacerdote azul. A pesar de los ruegos de este, Gôlfang se había enfundado, si así podía decirse, una manta a su alrededor, y se dedicaba a buscar alguna otra ropa más a su medida entre las camas de los demás enfermos. Ante la mirada irónica de Tálendir, halló lo que buscaba, y se vistió con rapidez tras agradecer el préstamo a un inconsciente Alfen. Después de aquello, se dirigió a la salida. Sólo entonces le vio.

Bien, Tálendir, creo que ha llegado el momento de intervenir –dijo enérgicamente–. Ahora llévame a un lugar tranquilo y cuéntame todo lo sucedido desde que Granshall despertó.

El Alfen no tuvo tiempo de calibrar la situación. Desde luego, Gôlfang parecía totalmente repuesto y decidido a actuar, y esto era lo más preocupante. Tálendir no se atrevía a vaticinar en qué consistiría esa actuación.

Lo único seguro era que el Portador de la Palabra debía conocerlo todo. Comenzó por aquello que más afectaba a los Alfens: Orofín Beradol y la guerra contra Thrasgok, así como la muerte de Danaöl. Luego le habló de la presencia de Grishka, aunque el mago ya le conocía, y por fin de la aparición del dragón y de cómo pudieron vencerlo sólo gracias a la intercesión de Sírom, que había perdido a varios de sus hijos en el intento; aquello no se lo habían confesado a los Iöron.

Gôlfang repasó las noticias con calma, asimilándolas a lo que ya sabía, y tras un buen rato se levantó y comenzó a caminar. Tálendir le observó con recelo, pero el mago se dirigió a él antes de abandonar la tienda en que habían pasado las últimas horas.

Ose a Laraí ya habrá partido hacia Blakari, de modo que será mejor que vengas, porque lo que tengo que decirle al Capitán Carg les concierne también a los Alfens.

Tálendir le siguió sin contradecirle. Estaba seguro de en qué consistía lo que pensaba hablar con Carg, tanto como de que aquel tiempo de supuesta meditación había sido simplemente demora para no encontrarse con el Señor Ose.

Entraron en la tienda de Carg inmediatamente después del soldado que debía anunciarles. Como Gôlfang esperaba, el Capitán no perdió la serenidad.

Venerable Gôlfang –saludó el Orondo, sin levantarse–. Teqüe.

Ambos devolvieron el saludo.

Carg se encontraba sentado a su mesa, y Gôlfang se dirigió hacia allí a grandes zancadas.

¿Ha oído hablar de Brim Tarlá?

La conversación iba a ser rápida, pensó Teqüe.

El Capitán respondió despacio con la cabeza antes de responder verbalmente.

Hace unos días llegó un mensajero en busca del rey Edgar –confesó el Capitán, severo. Le despedí.

Teqüe sabía que el mago conocía las razones del Capitán: desde su punto de vista, Brim Tarlá había permitido que el pueblo Iöron fuese casi exterminado, sin mover un dedo para defenderlo a pesar de que conocía el peligro que lo amenazaba. Por ese motivo sabía que Gôlfang fingía cuando retomó la palabra.

¿Se ha vuelto usted loco? La Corona de Sandor es la única oportunidad de salvar a su pueblo del exterminio –expuso rápidamente, y luego, más despacio: por no decir de vengarlo.

Por primera vez, Teqüe se sorprendió. Esperaba que el mago propusiera a Carg su adhesión a la Corona, pero de ninguna manera podía admitir ese argumento. Aunque debiera haberlo presentido.

El Capitán Carg parecía compartir su sorpresa. Gôlfang permitió que el Orondo asimilara sus palabras, y luego le cortó cuando se disponía a hablar.

Los Alfens partirán en breve hacia Blakari, y ustedes se quedarán solos. Sin embargo, debe saber que sus ejércitos no permanecerán en las ciénagas, sino que se disponen a entrar en Thrasgok y luchar contra las hordas de Luobo en su propio terreno –el mago jugó sus bazas sabiéndose ganador. Observó cómo Teqüe asentía ante la mirada inquisitiva del Capitán–. Poco pueden hacer allí los Orondos, si es que son agradecidos y desean devolver el favor a los zulfos –Carg se vio obligado a aceptar aquellas palabras como ciertas. El mago continuó–. Sin embargo, Su Majestad Brim Tarlá también se dispone a comenzar una confrontación con toda la fuerza de sus caballeros y de los garguines, así como la de todos los brazos que aún quedan en Arodia. Sumándose a este esfuerzo, facilitarán la incursión de los Alfens y les devolverán el favor –concluyó en tono definitivo.

Tálendir miró hacia otro lado. Así que era eso. Como un vulgar mercader, Gôlfang ejercía de político apelando al sentimentalismo, a la culpabilidad. Sí, debería haberlo previsto. Gôlfang pertenecía a Karos, no a su gemela. Jugaba sus bazas para terminar con aquella guerra de modo aplastante, sin renunciar a sus ideas, cualquiera que fuera el precio. ¿Había jugado también así con Origog?

Cuando escuchó la respuesta de Carg, ya todo estuvo perdido. Carg admiraba al venerable Gôlfang.

Carecemos de un rey que nos guíe y que rinda vasallaje a Brim Tarlá, de modo que el pueblo será el que decida lo que debemos hacer. Elija lo que elija, y a pesar de que no olvidaré que no nos socorrieron, mis arqueros y yo lucharemos contra los kérveros junto al rey de Sandor –prometió el Capitán Carg. En su expresión imperturbable, Teqüe no quiso leer la venganza.

Pero Gôlfang tenía preparada incluso la respuesta a la objeción de Carg.

El pueblo Orondo siempre ha tenido un rey, siempre ha seguido a un monarca que dictase la rectitud de su conducta –comenzó. Usted debe ser rey –propuso con tal convicción que incluso el Capitán dio un respingo. Dejó flotar el silencio, y por fin acalló incluso las nuevas objeciones antes de ser mostradas–. El pueblo decidirá como usted dijo, pero, ¿es que cree que hay más posibilidades?

Carg no era un político. A su modo, creía en el bien común. No tenía ninguna posibilidad en una batalla dialéctica contra Gôlfang. Y lo peor era que Teqüe tampoco estaba seguro de que la propuesta del mago fuese descabellada.

Eso es algo que hay que meditar con calma –fue todo lo que alcanzó a decir el Capitán Carg.

Pero al menos dos sabían que no había nada que meditar.

Confío en estar presente en su coronación, Capitán –finalizó Gôlfang.

Seguidamente, abandonó la tienda. Teqüe le imitó poco después.

Sentado a su mesa, el Capitán Carg se sumió en reflexiones. No deseaba ser rey. Nunca lo había imaginado, y no constituía uno de los fines de su carrera. Había sido leal a tres monarcas, y había cumplido sus obligaciones. Ahora se le pedía que asumiese una responsabilidad para la que nunca se había preparado, pero lo cierto era que en estos tiempos su pueblo necesitaba lo que él ya le había dado, orden en el desastre, y pronto necesitaría una protección que los zulfos no iban a poder proporcionarle. A cambio, se le pedía algo que sí sabía hacer: colaboración militar. El acuerdo no era malo, pero le retenía la certeza de que ser rey, al menos entre los Orondos, confería a la persona una dignidad que él nunca había pretendido y que tal vez fuera confundida con arrogancia por su pueblo; deseaba servirles y sabía que eso solo sería posible si confiaban en él. Podía suceder que la simple petición de que le eligieran les llevara a pensar que quería aprovechar la situación, y entonces ya no habría esperanza para su pueblo.

No podía precipitarse. Le hubiera gustado tener cerca la presencia de Borg, pues este siempre conocía la opinión del pueblo, vibraba en sintonía con él y hubiera sido una ayuda inestimable. Confiaba en que aún viviese. Tal vez lo mejor sería esperar su regreso junto con los habitantes de Minas de Hierro, Sírom los hubiese guardado, pues solo entonces podría asegurarse una votación en la que nadie fuese excluido.

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