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Índice La Sombra de la Luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

II. El pueblo Iöron

La pregunta era obvia, y Gwist la esperaba. Él sabía lo sucedido en Granshall, porque Zôrdon se lo había contado antes de morir, y comprendía el desconcierto de Origog, que había atravesado el tiempo y el espacio para encontrar a su pueblo vencido y asustado. Por eso decidió que la respuesta sería todo lo completa que fuera capaz de glosar; llegar hasta la tienda de curación le llevaría muchos minutos que podían ser aprovechados. Y él tenía una doble intención en aquel juego. Observó que los arqueros ya no estaban en el límite del campamento, y solo un par de rostros de expresión incierta asomaban desde la segunda fila de tiendas. Ignorándoles, comenzó la explicación de lo sucedido durante aquellos meses en Arodia.

-El día que me despedí de vosotros confiaba en llegar al castillo Crítaler aprovechando la oscuridad; sin Gôlfang, vuestro grupo ya no me ofrecía la protección que yo esperaba, y prefería no encontrarme con los kérveros con sólo un puñado de caballeros bonerii por compañía, sobre todo porque pensaba que mi salvoconducto podía proporcionarme cierta seguridad. Sin embargo, tan pronto como me acerqué al puente del Boureanaur, comprendí que aquella acreditación no me serviría de mucho frente a un ejército en pie de guerra, pues eso era lo que se acercaba desde Dorfen, en el más absoluto silencio, aprovechando aquella noche artificial. Después del ataque a los zulfos de Aliranaos, supuse que aquel otro contingente de kérveros estaba destinado a terminar lo empezado, y tal vez a arrasar Arodia, e incluso Gargüid. De ese modo, di la vuelta y comencé una marcha forzada de regreso hacia el norte. No me atreví a perder tiempo tratando de localizaros en aquella extraña noche –hizo una pausa para mirar a Origog; el mensajero había lanzado ya una mirada de reproche, pero Gwist decidió ignorarla. Lo hecho, hecho estaba; lo importante era que Origog entendiera sus intenciones. Continuó, mirando al frente–. Lo que sucedió a continuación borró todos mis pensamientos. Sólo si alguna vez te has encontrado con una carga de caballería dirigida contra ti podrás entenderme. Veinte jinetes enfundados en negras armaduras y montados sobre caballos de guerra ágiles como corceles sobre la estepa desolada. Luego me confesaron que me habían confundido con un kérvero por la distancia y por la manera de ocultarme a su presencia, pero yo no les había visto anteriormente. Se presentaron como caballeros de la Corona de Sandor –Origog, que había hecho un par de impacientes mohines ante todo aquel rodeo, clavó los pies en el suelo y miró al otro con incredulidad. Gwist se apresuró–. Imagínate mi sorpresa. Me llevaron a la Nueva Ardellén, y allí me enteré de que Gôlfang había escapado del pico Sawor. Me presentaron ante su rey, momento que aproveché para narrarle todo lo que había visto. Es un gigante. Me dijo que lo tendría en cuenta, y que pronto los kérveros sabrían de su existencia, pero que todavía no estaban preparados. Me decepcioné. Solicité que me permitiera partir hacia la Gruta Real, pero sólo lo hizo dos semanas después, poniéndome una escolta hasta los límites de Sandor y prometiendo que pronto entraría en conversaciones con el rey Edgar III de los Iöron, así dijo. Yo procuré ser más rápido y me apresuré hacia la Gruta Real. Edgar me recibió cordialmente y me hizo repetir mi historia ante el Capitán Carg y el Sargento Borg. Supongo que me creyeron, porque al día siguiente se mandaron mensajeros a todas las fronteras, y el mismo Capitán se encargó de avisar a los zulfos de Aliranaos. El señor Ose a Laraí se había marchado a Blakari el mismo día que vosotros partisteis hacia el sur, pero Teqüe se erigió en portavoz y él mismo cabalgó en busca de los kérveros para actualizar la información. Una semana más tarde, regresó agotado y con malas nuevas: el ejército kérvico esperaba agazapado en la ribera del río, a tres días del bosque. Se mandó un mensajero a la Gruta Real, y de nuevo el rey Edgar vistió su armadura de guerra. Movilizó todas las tropas hacia el sudeste, y se evacuó a la población civil hacia el interior del país. Mandó aviso a Gargüid, y los zulfos volvieron a requerir la presencia de los guerreros de Blakari. Fue una sorpresa que el mismo Ose regresara al frente de una columna. Dicen, sin embargo, que hoy mismo partirá al norte nuevamente –se interrumpió Gwist. Para entonces nos encontrábamos a dos días del Cónclave de Granshall, y aquí todos esperábamos que la guerra se solucionase entre los Qüemyum. Cuando la tierra tembló, supimos que nuestra suerte estaba echada. Aquella misma noche, los kérveros irrumpieron en Aliranaos, arrasando completamente la ciudad de Aotolin´n, y penetraron en Arodia, donde se vieron enfrentados por las fuerzas de Edgar y Ose. Por miles se contaron los caídos, en uno y otro bando, pero la resistencia de Arodia funcionó; nada hubiera sido posible sin la ayuda de los mineros, cuya sangre tiñe la tierra. Pero aquello no había sido la victoria final. Tal vez, si solo nos hubiéramos enfrentado a kérveros y Sawor, la defensa se hubiera prolongado por meses. Pero un temor irracional nos invadió a todos. Nos hizo ver la noche donde lucía el sol, nos habló de la muerte cuando amábamos la vida. Fue como si, de repente, todos supiéramos que no había esperanza. No sin vergüenza, confieso que yo también me di la vuelta y huí. Todos. Incluso los zulfos, que fueron los últimos, abandonaron sus puestos y se retiraron tan rápido como pudieron.

“Los kérveros reían y avanzaban tras nosotros asesinando a cuantos pudieron. Sin embargo, los zulfos celebraron una pequeña reunión y aquella misma mañana se detuvieron en el camino, brillantes como la nieve bajo el sol, y entonaron un cántico que aterrorizó a los kérveros.

“Entonces se hizo visible el origen de nuestro temor. Surgiendo desde detrás de las Montañas Menguantes, negro como los pensamientos de su progenitor, Krehilaten se elevó y clavó su mirada en todos nosotros. Todos y cada uno percibimos la amenaza y el odio. El dragón se lanzó hacia nuestras filas envolviendo en fuego todo a su paso, y de nuevo huimos para salvar nuestra vida.

“Sólo Edgar le hizo frente con su espada, mientras se elevaban los últimos fragmentos del canto zúlfico. Carg y Borg trataron de poner orden en la retirada, pero sólo a medias lo conseguían; el valor del rey propiciaba aún cierta cordura en su pueblo. Cuando el fuego lo envolvió, fue el desastre. Corrimos sin sentido, salvando nuestra vida si no nuestra razón, y los zulfos se vieron obligados a retroceder también, retomando el canto. Pero los kérveros habían reaccionado, y nos asesinaban allí donde nos daban caza. Fuimos perseguidos hasta la Gruta Real, e incluso allí nos acosaron y asesinaron a mujeres y niños. Pero Carg se hizo con el control y, mientras los zulfos se enfrentaban al poder del dragón, preparó la huída organizada hacia Minas Dirok.

“Aún ignoramos cómo los zulfos vencieron a Krehilaten, pero lo cierto es que los cielos se vieron libres de su maligna presencia y la lucha en la tierra fue más equilibrada. Ahora los kérveros ocupan la Gruta Real, pero el grueso de su ejército viajó al norte. El sargento Borg salió tras ellos con quinientos soldados hacia Minas de Hierro, de donde los mineros y sus familias no han sido evacuados. Ya han transcurrido dos meses desde entonces.

“Hace pocos días llegó un mensajero del rey de Sandor, pero Carg le despidió rápidamente. Nos quedamos solos de nuevo.

Gwist finalizó su relato sin mirar a Origog. Él mejor que nadie sabía lo que toda aquella información haría en la mente del mensajero; por eso le había aturdido con un lenguaje directo que le hiciera reaccionar en la dirección más relavante. Era un juego macabro, mas Gwist, el Custodio, debía saberlo todo acerca de Origog dil Frig, antes de que este se convirtiera definitivamente en el Soñador de Sentimientos.

Pero por la cabeza de Origog pasaban muchas cosas simultáneamente. El terror al dragón, el odio que había soñado y que recordaba tan vívidamente, las palabras enigmáticas de Gôlfang en Granshall acerca de su Destino y lo que en él significaba el odio y, más tarde, el otro sueño, en el cual había comprendido el significado de la Amistad y su pérdida. Pérdida que se había llenado, ahora lo comprendía, con más Odio. Él era el dragón que arrasaba Arodia, y Gara…

Gara.

Su mirada vacía se vio asaltada repentinamente por la angustia, por la asfixia que le producían las pérdidas cuyos huecos se llenaban de Odio, y echó a correr los metros que le separaban de la tienda donde estaba Teqüe. Él sabía, podía decirle qué había sucedido con Gara, dónde estaba, si se encontraba bien. De no ser así… ¡oh, Gara!

Gwist no trató de retenerle cuando le abandonó sin despedirse. Tomó buena nota de su reacción. El Amor, ese último sueño que el Soñador de Sentimientos debía soñar para conocer su Destino. Gwist se dio la vuelta y se alejó con paso cansino y los hombros hundidos hacia la tienda que ocupaba en solitario.

Se encontraba desnudo entre las ásperas mantas, aunque diferentes partes de su cuerpo se protegían con vendas, una vez restañadas las heridas. Al moverse, sintió una humedad caliente sobre sus cejas, y cuando se llevó la mano allí encontró una tela húmeda que retiró con impaciencia.

La sacerdotisa ha hecho un trabajo notable contigo, a pesar de asegurarme que te conoce –bromeó Tálendir desde el pie de la cama. Gôlfang se recostó sobre los codos ignorando el dolor de cabeza.

Soy una persona muy condescendiente cuando quiero –respondió el mago–. Y no es este el caso. ¿Dónde diablos estoy y qué haces tú aquí?

Tálendir reconoció el antiguo carácter del Qüemyum en aquellas palabras. Era una esperanza.

Le conocía demasiado como para tratar de suavizar los hechos; además, era posible que ya hubiera imaginado bastante.

Estás en Arodia, amigo, aunque me temo que no es la misma que cuando la dejaste –comenzó, y entonces él mismo titubeó, pues se dio cuenta de que le costaba demasiado relatar los últimos acontecimientos. Sin embargo, Gôlfang pareció entender aquello de otro modo.

No juegues conmigo, Tálendir; soy plenamente consciente de lo que yo he cambiado –regañó, y el elfo pudo percibir claramente sombras de derrota en su voz. Así y todo, trataba de mostrar entereza–. Por cierto, ¿me harías el condenado favor, amigo, de entregarme mi túnica? solicitó con aspereza, y el Alfen no pudo evitar sonreír. Recordó de súbito el tiempo en el que él era aún el discípulo regañado por su insoportable maestro en la floresta de Aliranaos. Suspiró.

Me temo que la sacerdotisa es extremadamente cuidadosa; tu túnica estará seguramente seca, limpia y remendada a primeras horas de la mañana. Siempre que el cielo no tenga a bien ofrecernos su húmedo refresco –añadió con jocoso encanto.

Gôlfang blasfemó.

Un sacerdote de Karas se acercó a la cama del mago. Teqüe contuvo el aliento. Observó la mirada que su amigo dirigía al recién llegado. Fue como si la esperanza desapareciera con aquella mirada. No le había pasado desapercibida la luna de color índigo que el hombre lucía en la túnica a la altura del pecho. La señal del luto, el ojo de Karas lamentando la pérdida del más alto de sus hijos mortales. La muerte de Zôrdon.

Tálendir no se atrevió a sostener aquella mirada, que ya no iba destinada a él, sino que era un reflejo de la vasta soledad del alma del anciano.

Lentamente, Gôlfang volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.

La repentina entrada del Capitán Carg le distrajo del dolor que él mismo sentía y le llevó a la realidad más pragmática. El Iöron se dirigió directamente a él en cuanto le vio, pero guardó el mismo silencio que había mostrado desde su entrada. Ni siquiera tuvo que formular pregunta alguna para que el Alfen supiera que se estaba interesando por la salud de Gôlfang.

Teqüe le informó en un susurro.

Necesita reposo. Algunas de sus heridas tardarán en cerrarse, pero no corre peligro –mintió, porque ignoraba cómo terminaría todo aquello; era un deseo más que una falsedad.

El militar se permitió relajarse un tanto al escuchar las palabras del Alfen.

¿Me avisará cuando se encuentre en disposición de dialogar? –no se atrevió, sin embargo, a añadir nada de lo que realmente pensaba. Era un profesional y estaba al mando; no podía permitirse sembrar la duda en subordinados y aliados con pensamientos que no pasaban de ser meras elucubraciones. Y tampoco podía aferrarse a deseos irrealizables por el momento. Así pues, aliviado porque la alarma no se debía al dragón, inquieto por la reacción de su pueblo ante un simple rumor, satisfecho porque Gôlfang estaba junto a ellos y decidido a poner orden en aquella situación tan complicada, el Capitán Carg regresó a su tienda, se desprendió de la espada y la coraza, y retornó a la actividad que había dejado aplazada apenas media hora antes. Eso sí, echaba de menos la eficiente y reconfortante presencia de Borg.

Entretanto, en la tiendo de curación, Teqüe continuaba en pie junto a Gôlfang. El anciano no había vuelto a abrir los ojos, ni siquiera para protestar cuando la sacerdotisa de Karos volvió a humedecer la tela en agua fría para combatir la fiebre que ardía en su frente; era algo que ya había hecho meses atrás, en la Ciudad de los Mercenarios. Entonces había sido un caballero quien velara al anciano; en esta ocasión, el rostro de amigo preocupado pertenecía a un Alfen. Antes de retirarse, la sacerdotisa le apretó el brazo en un gesto que pretendía transmitir confianza.

Tálendir quiso devolverle una sonrisa, pero no lo consiguió del todo. Sabía que el hombre que yacía en aquel camastro había sido uno de los más poderosos de Edeter, aún lo era, pero su poder se hallaba constreñido en un laberinto de dudas, orgullo, frustración y fracaso. Era el Portador de la Palabra, el instrumento pacífico con que mediar en los conflictos, pero su naturaleza le impelía a un tipo de lucha y dentro conservaba todo el poder de su potencialmente devastadora magia. Solo que utilizarla le condenaría a algo quizá peor que la muerte o el olvido. Tal vez hubiera podido afrontarlo, tal vez Zôrdon podría haberle sugerido sendas, pero ahora Gôlfang sentía el peso de su edad, no el peso del tiempo que había sucedido, sino el de aquel que ya no podría suceder, y la desaparición de su amigo y confidente confirmaba que otra época nacía. Una época que no contaba con él.

Tálendir podía leer todo aquello en el rostro de Gôlfang mejor que si él mismo se lo contase. Le dolía, porque a pesar de que deseaba confiar, no le era posible. Solo pedía que, en el momento en que ya no aguantara más, su final fuese rápido.

La irrupción de Origog le llevó a un dolor más reciente, pero se consoló pensando que no era tan inmediato. Sin duda, Gwist le había puesto al corriente de lo sucedido en aquel tiempo, y ahora Origog vendría a buscar la respuesta a la pregunta que más le asustaba. Dio gracias a Madrivo por aquella ambigüedad que el destino le permitía.

Origog llegó corriendo y se aferró a sus ropas.

¿Dónde está Gara? –preguntó con el rostro desencajado.

Teqüe le sujetó por los hombros, aguantando su mirada de niño perdido desde el reposo de sus ojos de plata.

Gara está bien. ¿No te prometió Gervag que cuidaría de ella? –añadió, tratando de abrir la mente de Origog a todo un mundo de antiguas sensaciones.

Funcionó, y Teqüe respondió al abrazo del mensajero. Confuso, el joven miró consecutivamente a Gôlfang y al zulfo, y éste le tranquilizó de nuevo.

¿Gervag? –le parecía increíble que prácticamente le hubiera olvidado en aquel momento y se sintió un poco culpable por ello.

Partió con Borg hacia el norte, pero no desesperes –animó el Alfen–. Gara se encuentra cerca, en las tiendas de suministro; es una de las pocas personas con la capacidad y el ánimo de racionar el alimento hasta lo indispensable; es la ayudante ideal del Capitán Carg –bromeó.

Origog sonrió tontamente, dejando que se descargara la tensión acumulada mientras le inundaban los recuerdos. Para él había sido un continuo la suerte de Granshall y lo sucedido aquella mañana, por lo que su cordura precisaba de una salvaguarda en forma de risa. Teqüe le acompañó, riendo con más calma, de modo que amortiguara el ataque de histeria. Pero Origog supo contenerse.

Se acercó a Gôlfang despacio, aliviado; acarició con suavidad la mejilla áspera del anciano. Luego, abandonó la tienda en compañía de Teqüe para ir hacia Gara.

Podía haber sido sudor provocado por la fiebre, o agua que escurriera de la tela húmeda. Lo que rodaba por la mejilla de Gôlfang era una lágrima.

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