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Índice La Sombra de la Luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Después de la tragedia de su infancia, había tratado de mantenerse independiente en lo sentimental y durante algún tiempo lo había conseguido. Casi se destruyó. Entonces llegó Gervag, que tímidamente le había ofrecido su amistad y su ayuda, mucho más profundas que su actitud aparentemente despreocupada, y luego, de forma más brusca y exultante, la presencia de Teqüe, que traía consigo una escala de valores radicalmente vital en la que se otorgaban a la vida los dones de la belleza y la verdad, dones que empero requerían un aporte personal muy elevado, una apuesta sincera por el propio protagonismo, en el que cada acto era una señal del riesgo que se tomaba en cada decisión responsable. De esta manera, fue forjándose en Origog una nueva personalidad que agradecía cada conflicto como fórmula para superarse y que, paulatinamente, fue adquiriendo más consistencia hasta apreciar los pequeños detalles de la vida diaria. Así, había llegado el momento en que, gracias al esfuerzo y al apoyo que recibía y compensaba, fue formando una vida que, si bien estaba lejos de la perfección, podía considerar satisfactoria.

Ahora se hallaba solo. Estaba sentado, pero no lograba percibir el lugar en el que se encontraba; tenía la calidez de lo familiar, pero eso era sólo una sensación que no conseguía añadir definición a lo físico. No era ciertamente un sitio cerrado, la claridad lo inundaba todo durante mucho espacio, pero tampoco le daba la impresión de lo ilimitado. Parecía más bien un enclave en el que la distancia obedeciera a su estado de ánimo, así como el tiempo. Era cierto; sabía que estaba solo, pero de alguna manera no se sentía aislado en absoluto. En los momentos más difíciles, cuando hubiera necesitado un apoyo que elevara su espíritu, parecía que las distancias encogieran y, lejos de atenazarle, le arroparan con amable protección. Entonces sus labios estaban a punto de pronunciar los nombres de las personas que sus ojos casi adivinaban en el límite.

No le extrañó ver que una figura se acercaba a él con seguridad y confianza. La familiaridad indeterminada provocó que una sonrisa aflorase a su rostro. Daba la impresión de una vida extensa y experimentada, sabia y reflexiva, pero a la vez percibía la velocidad con que sucede el tiempo, y la felicidad de estar dentro de él y exprimirlo como a lo más preciado. Aquella dicotomía le era familiar, y por eso le llamó la atención otra cualidad nueva e inquietante: el tiempo como apremio, como final, el tiempo contante y sonante que impedía realizar los sueños. Por primera vez sintió vértigo ante la magnitud de las implicaciones. Sintió hilos que sujetaban sus extremidades y una descoordinación entre sus pensamientos y sus actos. La figura se acercó y se miraron a los ojos. Una mirada múltiple atravesó sus defensas. Pero sabía que no era un ataque. Era una llamada. Una llamada a su voluntad para que se mantuviera alerta, para que controlara una carga que se imponía y que no era comprensible. Y sobre todo era un adiós. Le habían dado todo y ahora eran parte de él, pero no podía retenerlos. No debía nombrarlos, porque si el enemigo los reconocía le destrozaría.

La figura se levantó, envuelta en su túnica marrón. Sus ojos de Alfen sonrieron aún, y una mano de Orondo apretó la suya. Luego se alejó.

Origog la vio marchar con lágrimas en los ojos. Ahora más que nunca debía ser dueño de sí mismo. Ahora más que nunca, porque estaba solo. Cuando la soledad le abrumó con su infinitud, Origog despertó.

Estaba completamente empapado, el cabello que cubría todo su cuerpo tanto como sus ropas, y la lluvia continuaba derramando su incesante caudal. La noche era aún más oscura por culpa de la nubes que ocultaban el cielo y sintió un miedo irracional al darse cuenta de que ignoraba dónde estaba. Permaneció tumbado en el barro cada vez más líquido que discurría a su alrededor, y no era sólo el temor quien dictaba aquella prudencia; un frío horrible le azotaba cada vez que aventuraba algún movimiento, mientras le permitía una extraña comodidad el mantenerse absolutamente pasivo. Decidió esperar el amanecer, aunque no deseaba engañarse; probablemente el frío acabaría con él. Recordó haber soñado, pero, aunque apenas unos minutos antes podría haber reconstruido el sueño, ahora sólo poseía la vaga impresión de la ausencia y la soledad. Trató de aferrarse a aquellas pobres certezas porque era todo lo que tenía en aquel momento. En vano trató de recordar algo más, pero, mientras lo intentaba, la lluvia fue cesando y ya apenas se escuchaba el fragor de la tormenta, siendo sustituido por el sonido de los torrentes que se despeñaban junto a él.

Así pues, se encontraba en una elevación. Por un momento, se hizo la ilusión de que se trataba de la Cordillera del Sur, y que estaba allí esperando junto a Phëron y Austrong a que los caballeros regresaran. Hizo un amago para levantarse. Sin embargo, pronto recordó Granshall y su poder recién despertado, y se llevó la mano al pecho en un gesto mecánico. Lo palpó durante algunos instantes, ignorando el frío, pero sólo halló una cadena; la piedra que Gervag le regalase había desaparecido. La soledad se hizo más patente, pero la urgencia le llevó a incorporarse de súbito, haciéndose con su voluntad. Descubrió que el frío había sido sólo una primera impresión y que la temperatura, una vez desentumecidos los músculos tras un par de paseos sin dirección predeterminada, era soportable a pesar de la humedad; a aquellas horas de la noche, prometía un amanecer realmente agradable y un mediodía caluroso. Aquella predicción le trajo definitivamente a la realidad. No estaba en Granshall, pero allí había sido primavera cuando sucedió todo y, por ende, dondequiera que se encontrase también sería primavera, de modo que la tormenta era propia de dicha estación. Una vez asumido el tiempo, decidió concentrarse en aquel dondequiera que se encontrase.

A medida que las nubes dejaban ver más y más estrellas, Origog pudo comprobar que el amanecer no se hallaba lejos. Ya no podía permanecer tumbado o sentado sobre aquella superficie correosa, pero tampoco se atrevía a descender sin poder asegurarse de dónde pisaba. Así pues, se dijo, siempre es más fácil subir, de modo que tendría una mejor panorámica del lugar cuando la luz le permitiera ver más allá de sus narices.

No se apresuró en la subida, sino que tanteó el terreno y dejó que le guiara el sonido de los torrentes, menos enérgicos y mucho menos caudalosos a medida que ascendía. Llegó el momento en que el único sonido que escuchó fue el de sus propias pisadas, por lo que supo que hacía un rato que ya no llovía y que estaba llegando al final. Le sorprendió, porque sólo había transcurrido media hora y no imaginaba que estaría tan cerca del pico; es más, supuso que aquello distaba mucho de ser un pico, a pesar de su escasa vegetación, y que por la facilidad de su escalada más bien se trataba de una colina pequeña y anciana. No quiso hacerse demasiadas ilusiones, pero por un momento creyó saber donde se encontraba, y dio gracias por ello a Sírom… y luego a Karos y a Madrivo. A veces el recuerdo de la amistad nos impele a hacer cosas a las que de otro modo no daríamos más importancia.

Su sombra tenue y alargada le descubrió la salida del sol. Se levantó despacio y miró al norte. Sus predicciones eran acertadas: el amanecer era agradable y la colina sobre la que se hallaba había sido hollada anteriormente por sus pies. Ante él, aún medio dormido pero ya en silencioso movimiento, aparecía Minas Dirok.

Estaba en su hogar.

Minas Dirok había sido mercado desde tiempos inmemoriales. Ya los Enanos supieron aprovechar aquellas cavernas naturales, acondicionándolas para albergar el ajetreo que por aquel entonces conllevaba la llegada de los Alfens desde Orik´alalai para comerciar con el pueblo de Sírom, y mucho más tarde, con la llegada de los Orondos, cuando ya los reinos humanos se extendían por Edeter, Minas Dirok se había convertido en el más importante de los mercados del Sur. Allí seguían acercándose los Enanos de las Tres Montañas, los zulfos de Blakari y De Corbelli, los mercaderes de Dorfen Hond y los campesinos y caballeros de Gargüid para intercambiar sus productos, e incluso viajaban hasta allí las naves de los grandes propietarios de Boneria para cargar sus naves con los minerales de Arodia. Todo esto sucedía una vez al año, durante el gran mercado de otoño, tras las cosechas del verano, si bien la actividad en el mercado se mantenía a pequeña escala el resto del año, con el fin de asegurar el continuo abastecimiento para los Orondos.

A medida que avanzaba aquel día, Origog fue testigo de una actividad inusitada y ajena a la que normalmente podía encontrarse Minas Dirok. Desde su posición podía observar toda la geografía del lugar, la media circunferencia que dibujaba el macizo, de la cual la colina donde se hallaba formaba la base recta, y la amplia explanada que correspondía al semicírculo interior, al que se accedía por dos vías opuestas que formaban un gran arco. Un día normal aquella explanada aparecería semidesierta, ya que la mayor parte de la actividad se llevaba a cabo dentro del macizo, en las cavernas que quedaban frente a Origog, y a lo sumo podría haber observado la lona de alguna carreta que esperaba a su propietario, o alguna tienda perteneciente a viajeros que hubieran hecho un camino más largo y que necesitasen descansar un tiempo. Aquella mañana, lo que Origog veía sólo podía ser catalogado como un verdadero campamento. Desde arriba se distinguían claramente las perfectas hileras de tiendas, una tras otra ocupando toda la explanada, y dos tiendas más grandes en el centro exacto. Sólo rompían aquella simetría un grupo de lonas verdeazuladas situadas en uno de los extremos del campamento y la blancura de algunos caballos que Origog reconoció emocionado como Raahami, similares a los que había montado en Granshall.

A medida que avanzaba en el descenso, la visión fue cobrando nitidez y adquiriendo sonido, por lo que Origog pudo apercibirse, con creciente desasosiego, de que la inmensa mayoría eran gentes normales, no soldados o mineros autónomos. Para ser soldados, el número era excesivo, habida cuenta de que el ejército de Arodia no excedía de los tres mil efectivos, y aquel campamento albergaba al menos el doble; para ser mineros autónomos, carecían de los grandes carros de seis ruedas en los que solían transportar sus mercancías, y asimismo el número era demasiado elevado. Según se acercaba, pudo comprobar además que las ropas estaban sucias y rotas y que los rostros eran serios y desalentados.

Aún le restaba seguramente un buen rato de descenso, dado lo escarpado de estos últimos metros de terreno, cuando tropezó con algo que no había visto por tener los ojos fijos en las tiendas. Poco le faltó para rodar hacia abajo pero, a pesar de su caída, el barro le frenó. No lo agradeció, pues de nuevo volvía a estar empapado. Miró con furia hacia el lugar donde había tropezado, y descubrió que ese algo era más bien alguien. Le reconoció antes aún de retirar de su cara la gruesa costra de lodo seco que la cubría, y sintió un escalofrío por su espalda, producto del miedo. Tanteó su cuello en busca de pulso, pero estaba demasiado nervioso para encontrar algo. Pasó su mano por la frente y tardó unos segundos en descubrir que ardía. Enfermo, pero estaba vivo. Observó además que su túnica estaba manchada de rojo por varios lugares, y de su rostro empezó a manar sangre por dos o tres heridas una vez retirado el barro.

Desesperado, trató de levantarlo, pero sus escasas fuerzas, sumadas al peso del hombre y a la succión del barro, le hicieron fracasar. Más desesperado aún, pero consciente de que él solo no conseguiría nada, echó a correr ladera abajo gritando a pleno pulmón. Internamente, suplicaba a Karos que protegiera a Gôlfang mientras buscaba ayuda.

Nervioso y atemorizado, tardó un rato en darse cuenta de la extrañeza de la reacción de los Orondos del campamento. Corría solicitando ayuda como si en ello le fuera la vida, pero lo único que conseguía de aquellas personas eran miradas de irracional temor y una huída hacia el interior del campamento en la que no se respetaban prioridades. Al cabo, una guardia de arqueros a caballo apareció galopando y se dirigió a la primera tienda, ignorando a Origog. Desconcertado, este se detuvo, y decidió acercarse a los soldados con la esperanza de hacerse entender.

–¡Necesito tu ayuda, deprisa, hay un herido grave en la ladera! –imploró, señalando el lugar y dirigiéndose hacia él.

Sin previo aviso, un soldado desmontó de un salto y le detuvo tirándole al suelo.

–¡No sea loco! Si él le ha cogido nada podrá salvarle –explicó el Orondo. Origog se quedó un instante inmovilizado por aquella respuesta más que por el abrazo de oso del soldado. Tardó un poco en reaccionar, movido por la urgencia.

–¿De qué está hablando? Le digo que está allí, entre el lodo, con fiebre alta y heridas por todo su cuerpo. Tiene que ayudarme –aclaró, tratando de zafarse del arquero, que le miraba con sólida desesperanza.

–Sólo quiere atraer más presas, por eso le ha dejado con vida, pero no podemos hacer nada; él se lo buscó, por abandonar el perímetro de seguridad –añadió el soldado, lo que sonó como una justificación un tanto neurótica.

Origog, por supuesto, no sabía de qué estaba hablando el otro y no le creyó en ningún momento. No sin cierta culpabilidad, golpeó al soldado en el rostro con su cabeza, y se liberó de su abrazo. Seguidamente comenzó a correr en dirección a Gôlfang, y se plantó a varios metros de los soldados que le observaban con el resentimiento con que se mira a un loco peligroso. Origog no se dejó vencer.

–¡Gôlfang val Karos se encuentra en ese bosque, gravemente enfermo!, ¡por favor, ayúdenme! – imploró.

Uno de los soldados bajó su arco con gesto desesperado, y se lamentó en voz alta.

–¡Oh, Sírom, incluso Gôlfang nos ha sido arrebatada por esa bestia!

Origog bajó los hombros, momentáneamente derrotado ante la amargura de aquella voz.

Sin embargo, la figura que avanzaba corriendo por detrás de los soldados le devolvió inmediatamente la esperanza. También el otro le reconoció, saludándole a grandes voces.

–¡Origog dil Frig! –exclamó con voz sorprendida–. ¿Gôlfang está contigo? ¡Qué gran noticia!

El mensajero devolvió el saludo con más apremio que alegría.

–¡Por Sírom, Gwist, al fin un poco de cordura! –se oyó exclamar a sí mismo. Luego comenzó rápidamente las explicaciones–. Deprisa, Gôlfang está herido en la ladera, no sé cómo hemos llegado hasta allí.

–¡Vamos! –alentó el otro, a la carrera.

Origog no estaba seguro de que entre los dos pudieran arrastrar al mago hasta el campamento, pero los soldados permanecían en sus puestos, recelosos, y sólo uno había desmontado para atender a su compañero agredido por Origog. Este apretó el hombro de Gwist y ambos se encaminaron a la carrera hacia la ladera.

Cuando comenzó el alboroto, el capitán Carg se encontraba sentado frente a su mesa, tratando de comenzar el día discutiendo las listas de víveres y de raciones, evitando pensar en qué sucedería cuando estas acabaran si no lograban conseguir ayuda a través del puerto de Dianeria. Razonaba con lucidez, y por eso era consciente de lo precario de su situación, con un pueblo diezmado y hambriento, y el enemigo acechando aún a los supervivientes. Sin embargo, sabía también que contaba con aliados inesperados, y algunos de ellos, los zulfos, habían demostrado su valor al eliminar la peor de las amenazas concretas. O eso habían asegurado. Por eso le sorprendieron tanto los gritos que llegaban hasta su tienda. Dado que en aquel momento se hallaba solo en el interior y que la guardia tardaba en informarle, decidió salir él mismo a comprobar lo que sucedía. Tan pronto como descorrió la lona de la tienda, los dos guardias se cuadraron.

–¿Qué es este alboroto? –increpó.

Los dos hombres guardaron un indeciso silencio.

–Lo ignoramos aún, capitán –respondió al fin el más decidido–. Hemos mandado a dos hombres a informarse.

El capitán no se dio por satisfecho. Abandonó la tienda y se apresuró a detener a un Orondo que corría precipitadamente.

–¿Puedo ayudarle, señor? –preguntó directamente, sujetando al Orondo con la fuerza de sus brazos y de su voz.

El otro le miró con horror, y no llegó a tranquilizarse mientras el miedo atenazaba su garganta.

–¡El dragón… el dragón ha vuelto! ¡Por las montañas!

Solo entonces permitió el capitán que el otro continuara y regresó a su tienda.

–¡Prepárense para el combate! ¡Inmediatamente! –ordenó a los guardias de la tienda, y él mismo procedió a pertrecharse.

Sin embargo, no podía creer las palabras de aquel asustado Orondo. El mismo Ose a Laraí le había asegurado que él y los zulfos habían puesto en fuga al dragón, y que este tardaría mucho tiempo en poder regresar. ¿Tanto se habían equivocado los zulfos? ¿Tanto poder habían perdido? No. Ya no contaban con la magia de otros tiempos, pero seguían siendo unos guerreros poderosos, tanto en el campo de lo visible como en el de lo invisible. No obstante, aunque la posibilidad del dragón quedase descartada, aún restaban los ejércitos kérvicos y Sawor, cuyo número constituía un aplastante problema. Así pues, armado con su espada y al mando de su escolta de arqueros, el capitán Carg atravesó el campamento para cumplir con su obligación: luchar y hacer que sobrevivieran todos aquellos que protegía.

Corrieron hacia la colina bajo la mirada de los arqueros y comenzaron a escalar entre el barro rojo que se deshacía con cada intento de convertirlo en asidero. Apenas unos matorrales habían conseguido aferrarse a la tierra, pero los dos consiguieron en su empeño que fuesen suficiente. Gôlfang se encontraba a unos veinte metros en vertical, en un repecho entre dos torrenteras formadas por la sucesión de tormentas. Era posible que no le viesen hasta estar casi frente a él, dado lo escarpado del terreno. Origog se preguntó cómo había podido descenderlo hacía unos minutos. El sol apenas había secado la humedad de su cabello, y éste goteaba barro que era no obstante reemplazado rápidamente por el que desprendía la montaña ante los arañazos de aquellas dos criaturas. Origog miró hacia arriba y se encontró enfrentado a una mirada dorada.

–Empezaba a pensar que algo te había sucedido, amigo mío, pero mi corazón se alegra por tu vuelta después de tantos meses –saludó Teqüe, y Origog le miró sonriendo y sin poder hablar por el esfuerzo físico. El Alfen lanzó luego una rápida mirada a Gwist, y su expresión varió por completo, solo un instante. El mensajero se sorprendió, porque aquella había sido la forma en que Delra y Pancao le habían mirado a él mismo en Granshall. Teqüe volvió la vista a Origog y cambió de tema, pero no sonrió; no iba a fingir que aquella mirada no había existido. Origog se lo agradeció–. Te escuché gritar y oí tu conversación con el arquero; mi gente y yo nos apresuramos al oír el nombre de Gôlfang. Ahora le llevaremos a la tienda de curación, con los sacerdotes y sacerdotisas de Karas. ¿Te reunirás allí conmigo? –rogó el Alfen, y desapareció por el repecho. En breves momentos, volvió a aparecer junto a otros dos miembros de su raza, que cargaban el cuerpo del mago sujetos a unas cuerdas, descendieron con cuidado los últimos metros de la colina y desaparecieron en el campamento.

Todas aquellas escenas habían sucedido con demasiada rapidez como para darle tiempo a asimilarlas. La aparición de Teqüe, su extraño comportamiento, su invitación.

Miró a Gwist, sólo porque necesitaba expresar su incomprensión en un gesto, y aquel le devolvió el mismo ademán. Así pues, decidió que lo mejor que podía hacer era dar la vuelta, aceptar la invitación de Teqüe y atosigar a preguntas a Gwist hasta que pudiera comenzar a entender qué era lo que estaba sucediendo.

Porque la posición del sol dejaba muy claro que ya no era verano.

Sabía que Orofín Beradol había comenzado su camino. Había derramado lágrimas sinceras por aquel Alfen que había partido junto a Origog bajo la protección de Gôlfang, Led a Nerín. ¿Debía llorar ahora por Origog, ahora que él también comenzaba su Destino y había hallado a su Custodio? Teqüe prefirió llorar por Gara y por él mismo, porque el viaje del Soñador de Sentimientos les arrebataría la presencia de Origog y mucho más que eso. Y Gôlfang. Su antiguo maestro había perdido la posibilidad de utilizar su poder. No iba a morir, no de estas heridas, pero su orgullo había sufrido el mayor impacto, pues creería que se había humillado ante Sánedri cuando no pudo repeler el ataque y se vio obligado a huir. ¿Qué le sucedería cuando conociera la muerte de Zôrdon? Teqüe no quería aventurarse a imaginar la reacción de su viejo amigo. Se necesitaba mucha fuerza para continuar viviendo cuando la vida había cambiado tan profundamente a su avanzada edad.

En pie, junto a la cama de Gôlfang, mientras las sacerdotisas trataban de controlar fiebres y frenar hemorragias, Teqüe permitió que sus últimas lágrimas rodasen hasta el suelo.