Índice de La Sombra de la Luz

Segundo Clon y Glorika Adrowicz

Despertó en un lugar conocido, aunque, a primera vista, aturdido como estaba, no consiguió nombrarlo. Ni siquiera podía verlo con nitidez, después del esfuerzo al que sus ojos se habían visto sometidos en el remolino de color. La penumbra era una ayuda a su vista cansada, y pronto pudo catalogar algunos de los objetos más cercanos. Se incorporó y todo giró en torno a él, pero ya reconocía plenamente el lugar. En condiciones normales, una simple mirada hubiese bastado; de hecho, el simple aroma que desprendía era suficiente para sentirse en casa. Había pasado los mejores años de su vida en aquella estancia, y podía enunciar todos los objetos que contenía. Se alegraba de estar allí, en la torre de Mönkel, su maestro, pero la pregunta que debía hacerse era cómo había llegado hasta este lugar.

Cuando Granshall despertó, él trató de escapar invocando un hechizo difícil que agotó sus fuerzas. Entró en un mundo de color que no era el paisaje que correspondía a aquella magia, y ahora despertaba en el lugar más seguro que podía imaginar.

Intentó levantarse de nuevo y esta vez lo consiguió. Escrutó la estancia para comprobar que nada había cambiado, de modo que se acercó a un escritorio cubierto de pergaminos. Allí había pasado muchas horas estudiando, y se dejó llevar por sus recuerdos. Caminó por toda la amplitud del suelo de madera, abriendo las contraventanas y observando la noche. Un candelabro iluminaba la habitación a medias, pero la luz de las Constelaciones apenas aportó algo de claridad. Mönkel pasearía por el bosque milenario, conversando con lo secreto, y no regresaría hasta la mañana; tenía tiempo para pasear por la torre y rememorar el pasado, olvidando conscientemente el mundo real.

Abandonó la sala y descendió las escaleras que aparecían a su derecha, hacia el salón de la chimenea. Abrió una puerta de sólida madera, ya en el piso bajo, y aspiró los aromas conocidos de hierbas y pasado.

–Al fin despertaste –saludó una voz poderosa. Desedón la reconoció como la de Artok, el Enano que había estudiado junto a él durante mucho tiempo y al que había encontrado en Granshall antes del Cónclave, acompañando al Sumo Sacerdote de Sírom y su cortejo. No se dejó sorprender por su presencia. Tal vez él supiera algo más de lo sucedido.

–El Maestro ha esperado durante todas estas semanas con impaciencia –añadió el Enano.

–¿Semanas? –no pudo disimular su inquietud.

–Has dormido parte del verano y algo del otoño; llegamos al tiempo, al parecer, pero yo desperté inmediatamente después de la explosión de Granshall, mientras que tú has dormido cuatro meses. Incluso el Maestro mostró su preocupación.

–¿La explosión de Granshall, has dicho? De modo que eso fue lo que sucedió.

–En efecto, todo el valle ha quedado sepultado bajo las aguas hasta las Montañas Menguantes.

Se sintió aturdido nuevamente.

–¡Karos! –esa exclamación fue todo lo que acertó a decir.

– No blasfemes –interrumpió una voz cantarina en tono de reproche.

Desedón volvió su rostro hacia el origen de la voz y sus ojos se iluminaron al ver a Darín Mönkel.

– Me alegra tu vuelta, Desedón, pero el durmiente despierta con prisa.

El mago estaba acostumbrado a aquellas frases imprecisas.

Artok se retiró para dejarles solos.

– Debes marcharte, Desedón, pues muchas cosas han cambiado en este tiempo. Casi todas han empeorado. Guerras, traiciones, locuras, lamentos… todo lo que destroza el alma antes que la vida sucede en Edeter. Tú debes ser fundamental a la hora de combatirlas, si Karos lo permite o, Karos no lo quiera, en alentarlas –le sujetó por los hombros e hizo que sostuviera su mirada–. No mejores despedidas, me temo. Volveremos a vernos, quizá. Ahora ve en busca de aquellos que precisan tu amistad o tu protección.

Posó la mano en el rostro del mago sin darle tiempo a decir nada y este cayó con suavidad mientras un remolino de color le transportaba lejos.