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por Augusto Blasborg

No recuerdo la primera vez que me puse delante de un grupo de personas a las que se suponía que debía aleccionar, instruir, entretener, acompañar, inspirar o directamente Educar…; sé que debería, pero no lo recuerdo. Probablemente fue penoso, y mi memoria a veces me hace este tipo de favores (generalmente cuando no se lo pido).

Sí recuerdo con bastante nitidez algunas miradas (puesto que hoy pretendo ser optimista, me centraré en las positivas); creo que jamás, ni siquiera en momentos en que fiscales y jueces ponían toda su atención para pillarme en flagrantes contradicciones, he sentido que mis palabras y mi gestualidad eran seguidas con más atención que la que les prodigaban ciertas personas que asisten a cursos de español. Confieso aquí que tanta responsabilidad me atemoriza, sobre todo porque se cimenta en una confianza total que no creo haberme ganado en los pocos minutos de tiempo/vida que compartimos. Ahí están, ahí estoy, ahí estamos, empeñados en un proceso de aprendizaje mutuo en el que las estrategias conocidas y trilladas se disuelven y cuelan entre los huecos sintácticos, semánticos, pragmáticos, y solo podemos anclarnos al lenguaje humano del ánimo, la sonrisa y la constancia.

Supongo que si la comunicación puede surgir allí donde apenas hay palabras, debemos buscar la Palabra que subyace en nuestra humanidad. Es ya la única forma de esperanza que se me ocurre.