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por Segundo Clon

En la verde selva de Elabajo los Frailes, por donde discurre –sin pensárselo mucho– el caudaloso río Minines, reposa apaciblemente el hipofante; mientras el sol brilla sobre las praderas del Ser-en-confetti, nuestro animal rumia su felicidad y el celión observa el apareamiento de dos burrejos para, en el mínimo descanso de la pareja, atacar con un salvajismo propenso a la noviolencia.

La pareja de burrejos, atareados en sus placeres coitidianos (y Coiti dijo “a nos”, a fe mía), perseveraban ajenos al peligro, disfrutando del do de pecho (es larga y dura la vida del burrejo), mientras el celión, saboreando por anticipado las mieles de la carne rebosante de hormonas (como un vulgar ganadero), peinaba su bigote presidencial (si bien su última moda son las barbas).

Pero en la selvayviene las sorpresas acechan en cada esquina, por metafórica que esta sea: una sombra, una gran sombra cornúpeta inunda el cielo de oscuridad. Las manadas de chimpanfés se dan la extremaunción y huyen aterrorizadas; el Oso Yonki tira su papel de plata y huye con la botella de Volvone; los hipofantes solitarios regurgitan el alimento vital y salen a la carrera con su medio canto en los labios (hip, hip). Y todo, ¿por qué?

La sombra siluetea la oscuridad y unos enormes cuernos, unas enormes alas, dos patitas traseras, una patita delantera nos presentan la imagen del terror: el herbívoro Cabrugón.

¿Por qué se asusta de tamaño herbívoro nuestra animalia? Porque el Cabrugón, según la leyenda y la oyenda (e incluso la gestienda), nada puede comer salvo vegetales asados, y así, primero expulsa su fuego sobre una gran extensión y solo más tarde busca los vegetales.

Y con esto y un chimpanfé, hasta mañana desde Kiev.