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por Glorika Adrowicz

No lo esperaba. Entré en la habitación con la intranquilidad propia de las circunstancias, y saludé cortésmente a las visitas; me devolvieron el saludo desde la calma del hábito nacido de la espera impotente y resignada, y continuaron con sus lecturas. Más cordial fue la bienvenida de los conocidos, de los que sólo llevaban allí unas horas velando al nuevo paciente; pero entonces yo ya estaba dominado por la vergüenza y la cobardía. Quizá fue en el primer momento cuando me atrapó. Quizá antes de que encontrase su mirada, él ya me había absorbido, había captado mis movimientos inseguros, mi búsqueda indecisa. Yacía en la cama, su cabeza en el otro extremo de la diagonal que cruzaba la habitación desde la puerta, inmóvil y al acecho. Su mirada me penetró, me calificó y me desechó en un solo gesto. Una lucidez cierta que yo no podría describir, ajena a las categorías de mi juicio, y sin embargo presente y absoluta. Una llamada, pero no una súplica; una prueba tal vez desesperanzada, mas inclemente en su resolución; un fracaso que no se permitía decepcionarse. Ni siquiera desvió la mirada después de todo; me siguió mientras mi desconcierto devolvía sonrisas y saludos, me interesaba por la salud de aquel a quién venía a visitar y al que no había olvidado, le reconfortaba y animaba artificiosamente, me escondía tras el fragmento tendido de la cortina de separación.

No pregunté por él. No me atrevía. Los datos que me dieron espontáneamente – setenta y cuatro años que no aparentaba, parálisis parcial, fractura de brazos y cadera– no le definían en absoluto. Tanto menos las interpretaciones: apenas oye algo, no se entera de nada, no rige de la chola, está muy tonto. Familiares, enfermeras, médicos, visitas, todos le llamaban por su nombre en tono cariñoso, vocalizando bien, con parsimonia teñida de alegría, y hablaban de él como si no estuviera, como si de repente aquella vida de tres cuartos de siglo se hubiera perdido para siempre.

–Mañana, mañana, mañana, sí, viene Abilio, mañana, sí, mañana, como todos los días; mañana viene Abilio, sí, por la mañana, viene, sí, viene Abilio, mañana para estar contigo ¿eh?, mañana, mañana, no llores, sí, viene Abilio mañana viene, sí, mañana viene ¡cómo todos los días! Mañana viene, hala, mañana viene Abilio… mañana, sí… mañana viene Abilio y está contigo y luego vengo yo y estoy contigo, ¿eh? Mañana viene Abilio, mañana… ahora nos vamos; te damos las pastillas y tú te quedas tan dormidito, y mañana por la mañana viene Abilio otra vez, mañana por la mañana. Hala adiós, mañana viene, sí, mañana viene Abilio y está contigo.

La mujer se dio la vuelta, triunfal. Nos miró con gesto de mártir satisfecha, le lanzó aún una mirada tierna, y salió de la habitación.

Él la siguió con la mirada hasta que abandonó su campo visual.

No pude evitarlo. Esta vez lo esperaba. Lo sabía. Lo temía. Pero estaba atrapado. Su mirada me traspasó directamente; no había calor; el llanto de sus ojos no tenía que ver conmigo, no tenía que ver con la mujer que acababa de marcharse ni con nadie que tuviera una existencia propia fuera de los límites de aquella cabeza.

No era el llanto de un bebé, eso seguro.